Las formas atril y amoto son el resultado de sendos procesos de reanálisis que han alterado las fronteras entre el artículo y el sustantivo.
Nuestro atril procede del latín lectorile (que, a su vez, procedía de lector). Esta fue su evolución:
Lectorile > latril > atril
La secuencia anterior se explica porque alguien debió de creer que la ele inicial formaba parte del artículo, así que una parte del nombre quedó embebida en el artículo:
El latril > el atril
El sustantivo moto, por su parte, surge de motocicleta por acortamiento:
Motocicleta > moto
Aparece así un nombre femenino terminado en -o. Esto no es más extraño que otros nombres femeninos terminados en -o como mano, pero contribuyó al cambio. Si en el caso de atril una parte del nombre pasó al determinante, en el de moto es el determinante el que le va a ceder un trocito al nombre:
Una moto > un amoto
Estas dos palabras tienen diferente consideración desde el punto de vista normativo: amoto se considera incorrecta, mientras que atril es correcta, pero, como vemos, el proceso histórico que dio lugar a su aparición es el mismo.
Dime qué te parece
SIGUE LEYENDO:
- Plural de modestia (11 de noviembre de 2011)
- ‘Tú’ con tilde y ‘tu’ sin tilde (4 de noviembre de 2011)
- ‘Él’ con tilde y ‘el’ sin tilde (3 de noviembre de 2011)
- ‘Mí’ con tilde y ‘mi’ sin tilde (23 de octubre de 2011)
- Por qué, porque, el porqué, por que (2 de octubre de 2011)
30 de julio de 2008 a las 18:23
¡Qué injusticias se cometen! No quiero ponerme suspicaz, pero ¿no será una cuestión de género? Al atril lo consideran correcto por ser leído. Y a la pobre amoto la desestiman por ¿qué? ¿por ruidosa? ¿contaminante? En defensa de la “amoto” (es la primera vez que leo esa palabra, y ya la defiendo), diré que suena preciosamente oriental, que combina perfectamente con Kawasaki y Suzuki. Si la Academia ha tenido la manga ancha para tantas cosas, que no se nos remilgue por una a, ¡caramba!
14 de septiembre de 2010 a las 11:57
Para confirmar podemos ver la palabra “obispo”. La forma en latín fue EPISCOPU, que iba a dar “ebispo” en castellano. Pero una aféresis dialectal nos presenta la forma de *bispo (cf. catalán “bisbe”). Entonces hay una aglutinación de la vocal final del artículo también dialectal “elo, ela (leonés, aragonés)”: elo bispo > el obispo.