Las formas atril y amoto son el resultado de sendos procesos de reanálisis que han alterado las fronteras entre el artículo y el sustantivo.

Nuestro atril procede del latín lectorile (que, a su vez, procedía de lector). Esta fue su evolución:

Lectorile > latril > atril

La secuencia anterior se explica porque alguien debió de creer que la ele inicial formaba parte del artículo, así que una parte del nombre quedó embebida en el artículo:

El latril > el atril

El sustantivo moto, por su parte, surge de motocicleta por acortamiento:

Motocicleta > moto

Aparece así un nombre femenino terminado en -o. Esto no es más extraño que otros nombres femeninos terminados en -o como mano, pero contribuyó al cambio. Si en el caso de atril una parte del nombre pasó al determinante, en el de moto es el determinante el que le va a ceder un trocito al nombre:

Una moto > un amoto

Estas dos palabras tienen diferente consideración desde el punto de vista normativo: amoto se considera incorrecta, mientras que atril es correcta, pero, como vemos, el proceso histórico que dio lugar a su aparición es el mismo.

  1. Laura dice:

    ¡Qué injusticias se cometen! No quiero ponerme suspicaz, pero ¿no será una cuestión de género? Al atril lo consideran correcto por ser leído. Y a la pobre amoto la desestiman por ¿qué? ¿por ruidosa? ¿contaminante? En defensa de la “amoto” (es la primera vez que leo esa palabra, y ya la defiendo), diré que suena preciosamente oriental, que combina perfectamente con Kawasaki y Suzuki. Si la Academia ha tenido la manga ancha para tantas cosas, que no se nos remilgue por una a, ¡caramba!

  2. Yunfan dice:

    Para confirmar podemos ver la palabra “obispo”. La forma en latín fue EPISCOPU, que iba a dar “ebispo” en castellano. Pero una aféresis dialectal nos presenta la forma de *bispo (cf. catalán “bisbe”). Entonces hay una aglutinación de la vocal final del artículo también dialectal “elo, ela (leonés, aragonés)”: elo bispo > el obispo.

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