La deslealtad lingüística es un fenómeno que contribuye a la decadencia e incluso desaparición de las lenguas. Es lo que ocurre cuando los hablantes reniegan de su propio idioma.
¿Qué puede empujar a una persona a volver la espalda a las palabras con las que la han amamantado, con las que ha declarado amor u odio, con las que ha enterrado a sus muertos? Muchas cosas, pero sobre todo que esa lengua y esa cultura se vean como una trampa, una cárcel de la que hay que escapar.
La deslealtad puede sobrevenir cuando coexisten dos lenguas con diferente estatus. Esto es lo que se conoce como diglosia. Si una de ellas está asociada con el poder, el dinero, la cultura, el prestigio, se convierte en una competidora temible.
Por ejemplo, si hablar como yo va a impedir a mis hijos prosperar en la vida, como padre no tardaré mucho en apartarlos del habla de nuestros ancestros. A partir de ese momento, la lengua está herida de muerte. Es una situación típica de las lenguas minoritarias o minorizadas. Les ha ocurrido y ocurre a las de los nativos de América. En España, sin ir más lejos, esta fue históricamente la situación del gallego.
Aquí vale el viejo refrán de “dime con quién andas y te diré quién eres”. Si como lengua te paseas en compañía de ignorantes, feos y desheredados, todo el mundo saldrá huyendo en cuanto te vea y pronto te quedarás sola. Si te dejas ver en casa de ministros, banqueros, jueces y escritores famosos, te sobrarán admiradores; serás cortejada y deseada.
Sin embargo, no hay nada determinista en este tipo de procesos. Existe también la lealtad lingüística. Factores culturales, religiosos, económicos (sobre todo factores identitarios) pueden contrarrestar la deserción.
La deslealtad tiende a reducir la diversidad lingüística del mundo; la lealtad, en cambio, contribuye a mantenerla o incluso aumentarla.
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28 de diciembre de 2008 a las 20:01
Este comentario me trae a la memoria al poeta galés Dylan Thomas. En su libro autobiográfico “Retrato del artista cachorro”(Portrait of the artist as a young dog), creo que era el título,relata cómo su abuelo decía a la familia que, en presencia de Dylan, hablasen en inglés, no en galés, entendiendo que esto le aseguraría un mejor futuro.
En España, además del gallego, que mencionas, creo que es muy elocuente el caso del vasco, rechazado por la burguesía vasca como lengua de menor prestigio que el castellano, lo que explica en buena medida su escasa implantación hasta hace poco.
En la actualidad me parece ver que en Cataluña un exceso de celo en la lealtad al catalán está llevando a algunos a intentar extender el desprestigio del castellano para propiciar la deslealtad al mismo por parte de sus hablantes. ¿No es posible la convivencia pacífica de las lenguas y sus hablantes?
29 de diciembre de 2008 a las 0:07
Lo que es seguro es que aquí cabemos todos. En la historia de la humanidad, lo normal durante milenios ha sido el multilingüismo. Esto sigue estando vigente en lugares como Borneo, donde coexiste una multiplicidad de lenguas. Cuando esto ocurre, es normal que la gente se entienda en varias lenguas aunque sea “chapurreando”. El monolingüismo es el producto relativamente reciente del cultivo de ciertas lenguas en detrimento de otras.
22 de febrero de 2009 a las 23:25
[...] Por deslealtad de los hablantes: esto se ve favorecido por situaciones de diglosia, cuando coexisten en un mismo territorio lenguas [...]
21 de enero de 2010 a las 11:59
Mi suegra,cuya lengua materna es el valenciano-catalán,se resistía a hablarles a mis hijas en valenciano porque le parecía que era un idioma “feo”.¡Hasta qué punto podemos llegar a interiorizar estas nociones de prestigio lingüístico!
29 de diciembre de 2010 a las 18:57
En España tras la dictadura, se inventaron las autonomías con el fin de contentar a los nacionalistas periféricos variados que había y que hay. Se les dieron muchas más competencias (poder) del que esperaban y pedían con la idea de que “se hartasen y dejasen de hacer las víctimas”. Pero su “hambre” no tiene límites. Si les das 10, quieren 15 y si les das 15, quieren 25 y así sucesivamente. Algo que se hizo desde la buena voluntad para que “tuviéramos la fiesta en paz” se convirtió en una pesadilla de agravios sin final.
Visto que por las “buenas” es peor el remedio que la enfermedad, lo que tocaría hacer es dejarnos de milongas y establecer un Estado central fuerte y dejando a las autonomías que gestionen uno ó dos impuestos para contentarlos o incluso eliminarlas.
En cuanto a la lengua, se estudiaría en todo el Estado en español (castellano para algunos) y por supuesto se permitirían y apoyarían actividades extraescolares (como el estudio de la otra lengua oficial en esa región) en el idioma que gustasen usar.
Esto no es autoritarismo, solo es constatar que como el “buenismo” no solo no funciona, sino que crea problemas donde no los había, pues establecer unas reglas claras de las que nadie debe salirse. Y lo siento, pero es que la convivencia entre humanos es posible estableciendo unas reglas y cumpliéndolas aunque a veces no guste.
Un ejemplo, que no viene mucho al caso, pero es ilustrativo: Si Cataluña o su gobierno no acatan ni obedecen las sentencias de los tribunales Superior y Constitucional, que son parte de las reglas que nos dimos todos los habitantes del Estado español para poder convivir sin matarnos, ¿Cómo podrían pretender que es resto de españoles acatásemos o respetáramos el hipotético “SI” en un referendum sobre la independecia? Siempre se podría decir ” yo hago trampas porque tú las hiciste antes”
En fin, es un tema muy largo y lo dejo aquí porque es tedioso escribir todo esto desde un teléfono móvil (con tildes y todo), que si no seguiría.
Gracias.
30 de diciembre de 2010 a las 10:15
Mi familia hace generaciones eran alemanes viviendo en los Estados Unidos. Con dos guerras mundiales, ser alemán dejó de ser aceptable en la primera mitad del siglo XX, y mis bisabuelos y miles de otros como ellos tuvieron que dejar el alemán y fingir de ser “buenos americanos.” Queda muy poco recuerdo de ellos en mi familia, aparte del churkrút y las salchichas.