Mar 102011
 

La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.

El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.

Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.

La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.

Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.

Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.

Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…

Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.

Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.

No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.

Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?

En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.

¿O no? ¿Tú qué piensas?

 10 de marzo de 2011  escritura, lengua oral, lenguas, ortografía

  9 comentarios en “La ortografía como factor de unidad lingüística”

  1. Pienso que… ¡es un magnífico artículo! Antes de leerlo, estaba seguro de que no era mala idea “Catar” o “akshen” y tus argumentos me hacen revisar mis ideas.

    Un problema relacionado con la unificación ortográfica es ¿de acuerdo a qué pronunciación adaptas un extranjerismo si quieres hacer una adaptación completa? Hemos visto en las décadas pasadas al “güisqui” y al “jipi”, que no suponen problema de escritura (dejando fuera de discusión lo extemporáneo del intento), pero también a la “gueisa” y el “beis”, cuya escritura parece pensada para burgaleses. Si se desea hacer estas adaptaciones radicales y se espera que tengan arraigo entre los hablantes, debieran hacerse con criterios más amplios.

    Saludos.

  2. Mi primer comentario después de llevar meses siguiendo este log. Algo bueno tendrá, ¿no?

    En la ortografía hay un exceso funcionalismo. Las palabras no son sólo la grafía utilizada o el significado que la RAE nos da. Escribir güisqui no despierta en mí las mismas emociones que la palabra Whisky, a la que si le añades “de malta” detrás, ya resulta hasta conmovedora. Para mi Whisky presenta infinitos matices que nadie podrá jamás documentar, salvo yo. Prefiero que no me la cambien.

    Las palabras también son emociones

    Un saludo:

    Fernando

  3. En España hubo personas que estuvierón influenciadas por las ideas de Andrés Bello. Se defendía que se tenia que escribir como se hablaba. Juan Ramón Jimenéz que conocía perfectamente las normas ortografícas escribia con “J” en vez de con “G” y a su vez influencio en otros tantos españoles. Es un debate muy antiguo. En principio, creo que las distintas Acadeias de la Lengua Española están haciendo un buen trabajo para mantener la unidad.

  4. Alberto:
    Una vez más nos sorprendes con un artículo excepcional. Comparto tus tesis y espero superar aquellas dificultades que puedan plantearme los cambios. No obstante me preocupa la dificultad que, para un buen aprendizaje, supone la existencia de lo ya escrito.
    ¡Buen trabajo, amigo!
    Un saludo,
    Cecilio

  5. Concuerdo plenamente con lo expresado en este excelente artículo; y aún más con el amigo Fernando Gastón. En Venezuela decimos yip pero escribimos jeep (una marca, un modelo) porque no nos acostumbramos a escribir yip o a decir campero o rústico, palabras que para nosotros tienen otros matices. Peor aún, en todo el mundo hispano las personas cogen (toman) cosas, menos en Venezuela, porque aquí el verbo coger significa exclusivamente “acto sexual”; ergo, aquí tomamos, agarramos, portamos, etc., pero no cogemos cosas. Y aun en el mismo país hay confusiones por los matices: En Zulia “pegar” significa, entre otras cosas, ingerir licor; en el centro del país, “pegar” también tiene connotaciones sexuales. Ciertamente, güisqui no es lo mismo whisky, ni yip lo mismo que jeep, ni Catar queda en Qatar…

  6. Yo creo que siempre han coexistido las dos tendencias: una conservadora y una más abierta o permisiva. Creo —por lo poco que sé— que cada vez que España tomó contacto con otras culturas, ingresaron muchas palabras al vocabulario castellano. Supongo que entraron más italianismos en la época que los reinos españoles tenían dominios en Italia. Ahora bien, el problema se suscita cuando hay una invasión de vocablos extranjeros y se menosprecian las palabras castellanas. Me parece que eso pasa en los medios de comunicación: algunos periodistas, algunos locutores, algunos economistas creen que usar anglicismos los hace más importantes, de lo contrario se salen de la moda que —no hay dudas— los domina. Soy argentina y lo compruebo a diario en los medios escritos, en radio y en televisión.
    Admiro a los castellanos, gallegos, catalanes, que lograron mantener sus lenguas durante los setecientos años de invasión árabe. Lógicamente, quedaron muchísimas palabras (¡y conocimientos científicos!) de esa cultura, pero el castellano no perdió su esencia, se consolidó, se expandió y hasta llegó a América. Esto no habría sucedido, si no hubiera habido un deseo y una decisión de lograrlo.

  7. @Pablo J. Acosta Ríos: No en todo el mundo hispánico. Acá en Argentina coger tiene el mismo significado que en Venezuela. Comenté ese caso como homónimo en la entrada que se hablo sobre eso.

  8. Me alegro de volver a encontrarte después de haberte conocido en la Universidad Carlos III. Asistí, dentro del programa de Aula Permanente para personas mayores, al curso “De las lenguas de Europa a las lenguas de España”. Sigo asistiendo a cursos en esa Universidad y sigo con mis inquietudes lingüisticas (aunque mi formación es puramente económica).
    Estoy muy de acuerdo con tu tesis de este artículo. En mi opinión, la ortografía es fundamental en la divulgación de una lengua y mas todavía, como bien dices, cuando el presente de la divulgación es Internet: la escritura.
    También estoy de acuerdo en mantener la ortografía de los extranjerismos. Como dice Fernando Gastón, un whisky a mí me “sabe mejor” tal cual.
    Un saludo.

  9. He estado retrasado en la lectura de tu blog, Alberto, pero te aseguro que me parece que haces un gran trabajo al escribir cada entrada, todas tan meditadas, cuidadas, sabrosas e interesantes.
    Muchas gracias aportar por tanto en una red cada vez más saturada de sosas redundancias.

    Ya me dirás si es un café o un tren, o si soluciona algo la norma (¿o es recomendación?) que han promulgado acerca del nuevo prefijo ex-.