Dic 062013
 

Un cálculo es una piedra. Eso lo ha aprendido dolorosamente todo el que haya tenido un cálculo en el riñón (y no digamos ya un cálculo biliar). Pero un cálculo es también una operación matemática. La relación entre lo uno y lo otro es evidente. Calcular viene del latín calculare, que originariamente era echar cuentas juntando piedras, manipulando un puñado de cantos. Los niños aprenden así las sumas y las restas, y de esa manera es como aprendió la humanidad a hacer sus primeras cuentas. Pero si me interesa esta palabra es sobre todo porque constituye un buen ejemplo de cómo la metonimia moldea el léxico de las lenguas. Las operaciones matemáticas son abstractas. No se ven, no se tocan, no están en ningún sitio y por eso mismo nos resulta complicado entenderlas, representárnoslas, referirnos a ellas. Sin embargo, sucede una cosa. Para quien está aprendiendo las operaciones básicas, las sumas y las restas, estas aparecen en un primer momento indisolublemente unidas a cosas concretas, a unos cuantos guijarros que va poniendo y va quitando, que va trasladando de un montón a otro. Estos sí que los puede ver, tocar y manipular a su antojo. ¿Qué mejor forma de referirse a esa actividad, por tanto, que llamándola con el nombre de ese objeto?

El mecanismo está claro. Igual que necesitamos echar mano de una piedra para entender una operación matemática, también tenemos que ayudarnos de esa misma piedra para darle nombre. Somos así. No damos para más. Y sin embargo, cuánto es lo que podemos conseguir a pesar de nuestras limitaciones o quizás, precisamente, gracias a ellas.

Nota: la imagen de la mano con la piedra es obra de Béotien lambda, que la ha publicado con licencia Creative Commons Atribución – Compartir igual 3.0.

 6 de diciembre de 2013  etimología