Dic 032014
 

Todos lo conocemos. Todos lo hemos usado. Pero ¿alguna vez nos hemos parado a pensar de dónde viene el nombre del humilde instrumento conocido como lavabo?

La palabra lavabo es la forma de futuro del verbo lavare en latín. Significa literalmente ‘yo lavaré’. Hasta aquí todo bien. No deja de tener su lógica que un objeto que sirve para lavarse las manos tenga un nombre relacionado con el verbo lavar. Pero ¿por qué en futuro? ¿Es una promesa? ¿Es para recordarnos la obligación de lavarnos las manos antes de comer?

La explicación hay que buscarla nada más y nada menos que en el rito de la misa tridentina, que es la que procede del concilio de Trento. Como es sabido, esta se oficiaba en latín. Durante la ceremonia, antes de tocar la hostia, el sacerdote se lavaba las manos y recitaba el salmo 26, 6, que dice así:

Lavabo inter innocentes manus meas
et circumdabo altare tuum, Domine.

O sea:

Lavaré mis manos entre los inocentes
y rodearé tu altar, Señor.

Para el lavatorio de manos un monaguillo se acercaba con una jarra y vertía agua sobre las manos del oficiante. Esta se recogía en un platillo. A continuación le entregaba un paño para que se secara. No es de extrañar que, por metonimia, a esta escena se la denominara el lavabo y que este nombre se extendiera a los utensilios que participaban en ella. Desde ahí solo falta dar un paso más para trasladar la imagen y la denominación a los lavabos domésticos.

La misa tridentina pasó a la historia con el concilio Vaticano II, pero la etimología de la palabra lavabo ha quedado como recuerdo de aquella etapa del catolicismo. Hoy nos brinda un hermoso ejemplo de cómo las religiones influyen en las lenguas.

 3 de Diciembre de 2014  etimología, léxico