Jun 302017
 

Los prevaricadores tienen las piernas torcidas. Sí, sí, como lo oyes.

Todo tiene su explicación y, en este caso, la vamos a encontrar en la etimología. En nuestra lengua, prevaricar es adoptar una resolución injusta a sabiendas. Esto es un delito, pero además se trata de un delito que no puede cometer cualquiera. Está reservado a autoridades y funcionarios públicos. Es lo que hace un juez que condena injustamente al reo. Es el comportamiento del miembro de una comisión de contratación que le adjudica una obra pública a un amigo, aunque para ello tenga que echar atrás ofertas mejores.

El núcleo sobre el que está construida históricamente esta palabra es el adjetivo latino varus, que significaba ‘torcido’ y, más concretamente, ‘patizambo’. Sobre esta base se creó varicus, que era otro adjetivo que se refería a quien separaba los pies al andar. Cuando uno camina de tal guisa, es fácil torcerse; de ahí que surgiera el verbo praevaricari, que se empleaba con el sentido de ‘torcerse al andar, apartarse de la línea recta’. Además, cuando se hablaba de las labores del campo, praevaricari era ‘desviarse con el arado, hacer un surco torcido’.

Como ves, nuestros antepasados utilizaban todas estas palabras con significados concretos, muy concretos, que tenían que ver con diversos tipos de desviaciones físicas. A partir de ahí se dio un salto metafórico para hablar de lo que está moralmente torcido. El verbo se empezó a aplicar todavía en latín a quienes no actuaban con suficiente rectitud en el ejercicio de sus funciones u obligaciones. Para llegar a nuestra idea actual de prevaricar, solo hace falta acotar un poco más el significado.

Este es un hermoso ejemplo de cómo el vocabulario va multiplicando sus acepciones y destilando significados abstractos a partir de lo que se puede ver, tocar o medir. Así es como prevaricar fue pasando de la torcedura física a la torcedura moral.

 30 de Junio de 2017  etimología, léxico