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La sinonimia es la relación semántica que se da entre palabras o expresiones que presentan significados equivalentes. Son sinónimos, por ejemplo, burro, asno y pollino; dinero y pasta; morir y fallecer; estar, encontrarse y hallarse; o bello, hermoso, bonito y lindo. Podemos comprobar que entre las palabras de las series anteriores se da una relación de sinonimia realizando sustituciones en el interior de una oración:
(1) Platero es un {burro/asno/pollino} que protagoniza una de las obras de Juan Ramón Jiménez
(2) Coge {el dinero/la pasta} y corre
(3) El rey {ha muerto/ha fallecido}
(4) La marquesa {está/se halla/se encuentra} indispuesta
(5) Ayer disfrutamos de un {bello/hermoso/bonito/lindo} atardecer
Se suele diferenciar entre la sinonimia total y la parcial, aunque esta distinción es más que nada teórica, pues la sinonimia total, entendida como equivalencia perfecta, no pasa de ser una construcción ideal, una mera posibilidad lógica. En la práctica resulta difícil —si no imposible— señalar sinónimos totales que admitan la sustitución en cualquier contexto preservando no solo el significado sino también las connotaciones, el nivel de lengua, etc. Así, dinero y pasta en principio son sinónimos, pero la segunda denominación queda reservada para usos coloquiales o humorísticos. El presidente del Banco Central Europeo difícilmente podrá anunciar que eleva el precio de la pasta para prevenir tensiones inflacionistas.
La inexistencia de hecho de sinónimos totales se explica por varios motivos. Para empezar, sería antieconómica. Si dos palabras fueran perfectamente equivalentes, una de las dos no tardaría en ser desechada por la sencilla razón de que sobraría. Para continuar, las palabras suelen ser polisémicas, por lo que pueden resultar equivalentes en algunas de sus acepciones, pero no en todas. Morir y fallecer son sinónimos en el ejemplo (3), pero morir posee extensiones metafóricas de las que carece fallecer. Es perfectamente aceptable la oración Este televisor ha muerto (o sea, ha sufrido una avería que no tiene arreglo); pero no, en cambio, Este televisor ha fallecido. Tampoco conviene perder de vista que en el vocabulario se acumulan estratos con orígenes de lo más diverso y que pueden representar variantes dialectales, sociolectales, estilísticas, etc. Bonito y lindo son sinónimos en principio, pero el segundo resulta raro entre los hablantes de España. Estos dos adjetivos, a su vez, contrastan conjuntamente con hermoso y bello, que tendemos a identificar con la lengua literaria.
En la práctica hay que conformarse con una noción de sinonimia más débil que considera sinónimas las expresiones que presentan no ya una identidad sino una simple afinidad o semejanza de significado, es decir, una equivalencia aproximada que además se limita a algunos contextos. Esto es lo que se denomina sinonimia parcial. Así, aceptamos como sinónimas las series de los ejemplos (1)-(5), pero todos estaríamos en condiciones de identificar matices semánticos dependiendo de cuál sea la palabra concreta que seleccionemos, así como de construir nuevos contextos en los que se rompiera la relación de sinonimia.
Y ni siquiera esta versión débil está exenta de problemas. A veces nos encontramos ante expresiones que son sustituibles en ciertos contextos, pero que no son verdaderos sinónimos, sino que simplemente se refieren a las mismas realidades. La sinonimia es una relación semántica, es decir, de significado, y, por tanto, interna al sistema de la lengua. Esto otro, en cambio, son manifestaciones de un fenómeno diferente al que se denomina correferencia y que tiene que ver con el hecho de que diferentes expresiones lingüísticas se pueden referir a las mismas realidades o estados de cosas del mundo. En las siguientes oraciones podemos sustituir el papa por Benedicto XVI:
(6) El papa impartió la bendición urbi et orbi
(7) Benedicto XVI impartió la bendición urbi et orbi
Sin embargo, esto no quiere decir que nos hallemos ante sinónimos, sino que, por conocimiento del mundo, nos consta que a 18 de noviembre de 2011 Benedicto XVI es papa en Roma. La ilusión de sinonimia se desvanece en cuanto se modifica la referencia. Comparemos si no las siguientes oraciones:
(8) El primer papa fue Pedro
(9) El primer Benedicto XVI fue Pedro
La oración (9), desde luego, es inaceptable. Un efecto parecido se consigue aplicando el plural. No es lo mismo escribir una Historia de los papas que una Historia de los Benedictos XVI (?). En este caso, uno de los términos es un nombre propio, por lo que se me podría objetar que carece propiamente de significado. Fijémonos, pues, en lo que sucede con las expresiones lucero de la mañana y lucero de la tarde (ejemplos clásicos para ilustrar la diferencia entre significado y referencia). Ambas se refieren a una misma realidad extralingüística: el planeta Venus; pero es fácil percibir que su significado contiene rasgos muy diferentes.
La sinonimia, en definitiva, es un concepto que resulta más fácil de captar intuitivamente que de definir y hacer operativo. En la práctica, la sustitución de una palabra o expresión por otra siempre implicará introducir algún matiz en el significado, pues, como dijo Geckeler, el sistema de la lengua parece permitir que un significante tenga más de un significado, pero no que un significado tenga más de un significante.
Dos palabras son homógrafas cuando se escriben igual pero tienen diferentes significados. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con coma, que puede referirse a un signo de puntuación, representar una forma del verbo comer o corresponder al sustantivo masculino que designa un estado patológico de sopor en el que queda sumida una persona. Otros casos son amo (del verbo amar) y amo ‘dueño’, pata (ave acuática) y pata (extremidad de un animal), etc. Podemos considerar que la homografía es un caso particular o un aspecto de la homonimia.
En español, dos palabras que comparten grafía coinciden también en su pronunciación, es decir, son homófonas. En otras lenguas, como el inglés, en cambio, nos podemos encontrar con homógrafos que difieren en la pronunciación. Así, por ejemplo, frente a minute [ˈmɪnɪt], que significa ‘minuto’, encontramos minute [maɪˈnjuːt], que tiene como cognados en español el cultismo diminuto y la forma patrimonial menudo.
Hay que mencionar, eso sí, que la reforma de la ortografía de 2010 ha dado pie a que surja algún caso anecdótico de homografía con leves diferencias de pronunciación que no conciernen a los sonidos individuales sino a los denominados rasgos suprasegmentales, es decir, los que afectan a más de un fonema. Al eliminarse la tilde de guion y otros monosílabos, nos hemos encontrado con que pie (del verbo piar) confluía en la escritura con pie (extremidad). El primero se pronuncia en muchas de las variedades del español con un hiato y con el acento en la segunda vocal [pi-é], mientras que el segundo se pronuncia como un diptongo con el acento distribuido sobre la única sílaba de que consta. Dicho esto, el caso es más virtual que real porque no parece que se presente demasiado a menudo la oportunidad de conjugar el verbo piar en primera persona (yo pie) y, menos aún, de escribirlo.
En español se da una relación asimétrica entre homonimia y homografía: todos los homógrafos son homónimos, pero no todos los homónimos son homógrafos. Esto es así porque existen casos de homonimia parcial en los que la coincidencia se produce en el plano fónico, pero no en el escrito, como con vaca y baca, que se pronuncian exactamente igual, pero se oponen ortográficamente por la diferencia entre be y uve. Esto, a su vez, implica que la relación que se da entre homógrafos y homófonos es también asimétrica, puesto que todos los homógrafos son homófonos (con la mínima excepción mencionada en el párrafo anterior), pero no todos los homófonos son homógrafos (pensemos nuevamente en el par vaca/baca o en echo y hecho).
La ortografía de algunas lenguas, como el francés, tiende a evitar la homografía de ciertos homófonos, lo que da pie a una proliferación de grafías diferentes para palabras que se pronuncian igual. Eso explica las nueve grafías de la pronunciación [o] a las que ya hacíamos referencia a propósito de la homofonía: au ‘al’, aux ‘a los’, ô ‘oh’, os ‘huesos’, eau ‘agua’, eaux ‘aguas’, aulx ‘ajos’, haut ‘alto’ y hauts ‘altos’. En español, sin llegar a estos extremos, también encontramos casos en los que la ortografía previene la homografía. La tilde diacrítica tiene precisamente este propósito. Eso mismo se puede conseguir con la hache u otras grafías en otras ocasiones, como vemos a propósito de ha (del verbo haber), a (preposición) y ah (interjección). Aunque suelen entrar aquí en juego también factores etimológicos, el deseo de evitar la homografía es un factor que alimenta la resistencia a las reformas ortográficas que tratan de acercar la escritura a la pronunciación.
Un cultismo es un préstamo de una lengua clásica (por lo general, el latín; aunque también puede ser el griego). La mayor parte de las palabras de origen latino que tenemos en español tienen una tradición ininterrumpida de uso desde la Antigüedad hasta nuestros días. Pero cuidado, porque cuando hablamos aquí de latín, no hemos de pensar en los discursos de Cicerón ni en la poesía de Ovidio, sino en lo que hablaban los soldados o los mercaderes que vinieron a esta península nuestra. El léxico vulgar, que a menudo se apartaba en muchos aspectos de las formas clásicas, se fue alterando además conforme el castellano se iba alejando del latín. Así es como se forman palabras como viña, reja o llamar, que en latín clásico fueron, respectivamente, vinea, regula y clamare. Esto es lo que se denomina léxico patrimonial.
Estos vocablos patrimoniales cuentan con parientes más distinguidos, que son los que se codeaban con obispos, notarios, poetas y eruditos. Su transmisión no fue de boca a oreja, con el margen que esto deja para las variaciones y alteraciones, sino que tuvo lugar preferentemente por vía escrita. Cuando se presentaban en forma oral solía ser en contextos institucionales que los rodeaban de una cierta gravedad, como el culto religioso o la lectura en voz alta de escrituras de propiedad y fórmulas legales. La forma de estas palabras se mantuvo más próxima a la de sus originales latinos. Tan solo sufrieron las mínimas adaptaciones para que resultaran pronunciables por labios que ya no tenían los hábitos del latín sino los del romance. Es lo que ocurrió con palabras como voluntad, del latín voluntatem, evangelio, que procede del griego euangelios por mediación del latín evangelium o cátedra, otro helenismo mediado por el latín. Estos parientes de posibles son, evidentemente, los cultismos.
A menudo nos encontramos en el vocabulario de nuestra lengua con dobletes populares y cultos que comparten un mismo étimo latino y que se han especializado para significados diferentes. Así, frente a reja tenemos regla; junto a llamar, clamar; y resulta que palabras en apariencia tan alejadas como cátedra y cadera son hermanas que tomaron caminos muy diferentes.
La sustitución del latín por el castellano fue más compleja de lo que normalmente nos imaginamos. No hay, ni mucho menos, un día y una hora concretos en que muere una lengua y nace la otra. La transición es gradual y cualquier límite que se quiera fijar no pasará de ser convencional. Es más, para complicar todavía un poco las cosas, siglos después de la desaparición del imperio romano, el latín y el castellano coexistían, solo que en contextos diferentes y con funciones también diferenciadas. El gramático que explicaba las partes de la oración en latín después le pedía al zapatero que le remendara las botas en romance.
Progresivamente, el castellano va ocupando el espacio que le estaba reservado al latín y en este proceso tiene un papel destacado la apropiación del vocabulario latino. Efectivamente, si empezamos a utilizar una lengua para hablar de lo que antes le correspondía a la otra, nos vamos a encontrar con que las necesidades de vocabulario aumentan. No es lo mismo hablar del tiempo y de las cosechas que escribir la historia de un reino o compilar un tratado de astronomía. Una cosa es cantar una canción de siega y otra muy diferente componer un soneto. Ante esta necesidad de ampliar los límites de lo que se podía decir con comodidad en castellano, se podía inventar nuevas palabras o echar mano de las que ya ofrecía el latín. Por eso el reinado de Alfonso X es un periodo de incorporación acelerada de cultismos como dureza o húmedo y por eso mismo Juan de Mena en el siglo XV, Garcilaso en el XVI o Góngora en el XVII nos inundarán de latinismos como terso, atónito o fatigar. Esto les valió la censura de los puristas, que ya por aquel entonces actuaban como celosos guardianes de las esencias del idioma.
Y el desarrollo científico desde el siglo XVII hasta nuestros días no se puede concebir sin la incorporación de un sinnúmero de neologismos tomados directamente de las lenguas clásicas, como óptica, o construidos sobre raíces grecolatinas, como electricidad, fotometría o televisión. Aunque aquí ya todo se complica un poco porque el español no beberá directamente de las fuentes clásicas, sino que recogerá este vocabulario de otras lenguas de cultura como el francés y el inglés.
Lo anterior no pasa de ser un repaso forzosamente somero. Si quieres profundizar en el tema, puedes descargarte un estudio de José Luis Herrero sobre los Cultismos renacentistas donde encontrarás explicaciones más detalladas.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Cultismos]
Cuando llega el verano y el mercurio amenaza con reventar los termómetros, se empieza a hablar de la canícula. Hoy este sustantivo se ha convertido en sinónimo de ‘periodo de calor intenso’; pero etimológicamente tuvo un significado más preciso. Canícula es un diminutivo de can. Se trata, en realidad, de una formación latina a partir de canis, y si tuviéramos que traducirlo saldría algo así como ‘la perrita’.
La vinculación entre tan simpático animal y los calores que nos toca sufrir todos los años es astronómica. La perrita de marras es Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor. Antiguamente, la época más calurosa del año coincidía con los días en que Sirio salía y se ponía al mismo tiempo que el sol. Este periodo iba del 22 de julio al 23 de agosto. Pero los milenios no pasan en balde y la perrita Sirio va retrasando cada vez más sus paseos celestes. Hoy tiene al sol esperándola hasta septiembre (aunque en esto me remito al mejor criterio de los astrónomos, que uno bastante tiene con ser lingüista).
Desde un punto de vista etimológico, este uso de canícula donde realmente tiene sentido es en el hemisferio norte, puesto que la configuración del cielo nocturno en el sur es completamente diferente. Por eso siento curiosidad por saber si también se habla de la canícula en los países del hemisferio austral. Si algún lector de esas tierras me lo pudiera aclarar, se lo agradecería.
Saludos y que sobreviváis a estos calores de julio.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de 'canícula']
Con los nombres de persona extranjeros (y me refiero aquí a los nombres de pila) se constata una tendencia semejante a la de los nombres de ciudades extranjeras: cada vez se va imponiendo más la forma original.
Este es un campo en el que no existen normas rígidas, sino tan solo usos y convenciones. Tradicionalmente se traducían al castellano los nombres de pila de personalidades internacionales como escritores, filósofos, compositores, políticos, etc. Así, lo normal era hablar de Carlos Dickens, Manuel Kant, Juan Sebastián Bach, Teodoro Roosevelt, etc.
Sin embargo, hoy se mantiene casi siempre el nombre de pila original, con lo que los personajes anteriores vuelven a llamarse como les pusieron sus padres, o sea, Charles Dickens, Immanuel Kant, Johann Sebastian Bach y Theodore Roosevelt. Solo esquivan la traducción (y no siempre) algunos nombres que están ya muy asentados en nuestra tradición, como los de escritores célebres con los que todos hemos crecido. Estoy pensando, por ejemplo, en Alejandro Dumas y Julio Verne. Compruebo, eso sí, que las traducciones modernas de sus obras están divididas al respecto: algunas se mantienen fieles a la castellanización, mientras que otras se van atreviendo a introducir la forma francesa.
El único ámbito en el que mantiene su vitalidad la costumbre de castellanizar es el de los miembros de dinastías: reyes, príncipes, papas, patriarcas ortodoxos, etc. Así, hoy seguimos hablando de Isabel de Inglaterra (no Elizabeth), Alberto de Mónaco, Juan XXIII y Cirilo I. Nótese que incluso ha ocurrido que cuando un plebeyo se ha nobilizado, se le ha traducido el nombre: Grace Kelly se convirtió en Gracia de Mónaco al casarse con Rainiero III.
Sin embargo, la traducción de los nombres de cabezas coronadas no siempre está exenta de complicaciones. Cuando se creó papa al cardenal Ratzinger, este adoptó como nombre Benedictus XVI. Esto se hubiera tenido que traducir como Benito XVI (que es lo que se hizo en francés, lengua en la que se le denomina Benoît XVI). Sin embargo, teniendo en cuenta la tradición de otros papas que se habían llamado igual, se adoptó finalmente la forma Benedicto (aunque quizás influyeran en esto también razones de prestigio: Benito suena más popular, mientras que Benedicto parece transmitir mayor sensación de dignidad y gravedad).
E incluso hay nombres de monarcas que se mantienen tal cual, probablemente por la dificultad de encontrar un equivalente. Esto es lo que pasa con Harald de Noruega, con su hijo Haakon y con la princesa Mette Marit.
Todo esto forma parte, probablemente, de una tendencia más general en la lengua que tiene que ver con el mayor conocimiento de lenguas y culturas extranjeras gracias a factores como el acceso a la educación y a Internet, así como la popularización de los viajes al extranjero. Pero esto es solo una modesta reflexión que se me pasaba por la cabeza y quería compartir aquí.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Nombres de persona extranjeros]
Etimológicamente, el nombre de la orquídea reposa en una metáfora, pero esta no se basa en nada que esté presente a simple vista, sino más bien en algo que suele permanecer oculto (en más de un sentido). Proviene del griego órchis, que significa ‘testículo’ y se le aplica porque en algunas especies las raíces forman una especie de tubérculos emparejados.
No creo que haga falta mayor explicación.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de orquídea]
La valencia es el potencial que tienen ciertas palabras de regir un número determinado de elementos. Es una propiedad que se deriva de la semántica y que tiene consecuencias para la sintaxis.
Por ejemplo, no se puede concebir la idea de comer sin que haya alguien que coma y algo que es comido. Decimos por eso que el verbo comer posee dos posiciones vacías que se tienen que llenar con otros tantos elementos. Cuando esto ocurre, surge una oración como Manolo come pan.
Las raíces de esta idea se pueden rastrear hasta la gramática latina, pero en su forma actual la desarrolla el lingüista francés Lucien Tesnière en una serie de trabajos que escribe durante los años cuarenta del siglo XX y que en parte se publicarán póstumamente. La noción gramatical de valencia, tal como la concibe Tesnière, reposa sobre una metáfora química. En el colegio nos enseñaban que un átomo de oxígeno tiene la capacidad de ligar dos átomos de hidrógeno y que al hacerlo da lugar a una molécula de agua. Esto, trasladado a la sintaxis, quiere decir que cada verbo lleva en sí, en virtud de su significado, la capacidad de atraer a un número determinado de elementos, a los que liga para formar una oración.
Los verbos se clasifican en esta teoría por el número de casillas vacías que ofrecen. Los hay monovalentes (Pedro nace), divalentes (Pedro amasa pan) y trivalentes (Pedro da el pan a Juan). Existen incluso verbos cerovalentes, como los que designan fenómenos meteorológicos, que no necesitan de ningún otro elemento para que su significado esté completo (nieva).
El principal portador de valencia en la oración es el verbo y, de hecho, la parte más desarrollada de la teoría de valencias es la relacionada con él. Sin embargo, no es esta la única clase de palabras con esta propiedad. Hay sustantivos con un significado relacional, que no se completa sin la intervención de otros elementos que están previstos en su plan de construcción. Por ejemplo, un sustantivo como amor no se entiende si no es relacionalmente. El amor es amor de alguien por alguien (o por algo), y este potencial se puede desplegar total o parcialmente en oraciones como El amor de Lucía por las matemáticas la hizo triunfar en la vida o El amor de su madre fue lo que le permitió salir adelante. Se diferencia amor en esto de sustantivos con un significado absoluto como zambomba, coliflor o adoquín, que no requieren de otros elementos para estar completos. También hay adjetivos con valencia, como sensible: un instrumento sensible a la luz.
Solo quedan comprendidos en la valencia los complementos obligatorios, no los opcionales. Tesnière, muy aficionado al lenguaje figurado, lo explica con su famosa comparación de la oración simple con una obra de teatro, en la que denomina a los primeros actantes y a los segundos circunstantes:
El nudo verbal [...] expresa toda una obra de teatro en pequeño. En efecto, como en una obra de teatro, implica necesariamente un proceso y, a menudo, actores y circunstancias. [...] Traspuesto del plano de la realidad dramática al de la sintaxis estructural, el proceso, los actores y las circunstancias se convierten, respectivamente, en el verbo, los actantes y los circunstantes (Lucien Tesnière: Éléments de syntaxe structurale, traducción A. B.).
Esto, aplicado a una oración como Manolo come galletas en la cama, quiere decir que el nudo verbal rige dos elementos obligatorios, que son Manolo y galletas; y que a estos se les añade uno opcional que es en la cama. El número de actantes viene dado por el verbo (esa es, de hecho, su valencia), pero no así el de circunstantes.
Hay que aclarar, eso sí, que la diferencia entre actantes y circunstantes es uno de los aspectos más peliagudos de la teoría de valencias. Se han vertido ríos de tinta sobre esta materia en disquisiciones que nada tienen que envidiarles a aquellas famosas sobre el sexo de los ángeles.
La hija de la teoría de valencias es la denominada gramática de dependencias, que explica la sintaxis como una serie de vínculos que hacen depender a unas palabras de otras en el interior de la oración. Fue una forma de hacer gramática que gozó de un considerable éxito en Europa durante la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en los países de habla alemana; pero que fue perdiendo terreno en favor de una representación alternativa que venía empujando con fuerza desde el otro lado del Atlántico: la de la estructura de constituyentes, que explica cómo se van constituyendo unidades cada vez de mayor nivel combinando elementos de los niveles inferiores.
De todo ello habrá que ir hablando a su debido tiempo.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La valencia]
La metonimia es una figura retórica. Hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero es mucho más. Se trata de una potente herramienta que amplía nuestras posibilidades expresivas tanto en la lengua literaria como en la cotidiana y que nos ayuda a entender el mundo.
Mediante la metonimia, una palabra o expresión adquiere un significado adicional que se basa en una relación de contigüidad entre la realidad que nombraba originariamente y la nueva. Contribuye, por tanto, a la polisemia. Por ejemplo: uno de los órganos que utilizamos para hablar es la lengua; esta siempre interviene en nuestra producción del habla. No es de extrañar, por tanto, que el nombre del órgano haya adquirido el significado adicional de ‘lenguaje’. Y no solo no es de extrañar, sino que se trata de una metonimia enormemente frecuente. Entre las lenguas de Europa la encontramos, por mencionar solo una de cada familia, en inglés (tongue), en checo (jazyk), en gaélico irlandés (teanga), en húngaro (nyelv) y en griego (tanto clásico como moderno: glossa). La relación que se da en este caso es de tipo instrumental, pero la tipología de las metonimias de la lengua cotidiana es de lo más variada. Así, cuando hablamos de la Casa Rosada para referirnos al gobierno argentino, la relación es de lugar. Cuando llamamos Rioja a un tipo de vino, la relación es de procedencia. O cuando al revisor del tren le llamábamos el pica, el vínculo venía por la actividad: él era la persona encargada de picar los billetes.
Hay que tener en cuenta dos puntos importantes para entender lo que es la metonimia. En primer lugar, se trata de relaciones en presencia, es decir, lo uno aparece con lo otro (por lo menos, originariamente): la lengua como órgano está presente en la producción del habla, el gobierno de Argentina está en la Casa Rosada, en la Rioja hay vino de Rioja y cuando llamamos a uno de nuestros amigos el melenas, la melena aparece con nuestro amigo. En segundo lugar (y esto se deriva de lo anterior), los dos significados se sitúan en el mismo ámbito de la realidad.
Metáfora y metonimia se diferencian en los dos puntos anteriores. Cuando hablamos de las perlas de tus dientes, las perlas no aparecen por ningún lado (si no, sería relativamente fácil hacerse rico). Lo que hay son dientes. Y lo uno y lo otro son realidades que pertenecen a ámbitos diferentes. Son relaciones en ausencia. Por otra parte, las relaciones que se dan en la metonimia son objetivas, reales: están ahí esperando a que alguien las descubra. En cambio, las que se establecen en la metáfora son relaciones subjetivas que creamos nosotros más o menos caprichosamente. No hay nada que vincule de por sí las perlas con los dientes.
La metonimia no solo añade significados nuevos a palabras que ya existen. También desempeña un importante papel en la creación de nuevas palabras. Muchos compuestos se basan en una relación metonímica, como, por ejemplo, pelirrojo, ciempiés o correveidile (y lo mismo ocurre con alguna palabra formada por parasíntesis, como pordiosero).
Jakobson dijo que la metonimia era la pariente pobre de la metáfora. Se refería a que tradicionalmente ha sido esta última la más estudiada, mientras que la otra se tenía que conformar con que la mentaran de pasada. Esto se explica en parte por su naturaleza. La metáfora y la metonimia son dos hermanas, pero a la una le gusta llamar la atención y a la segunda, pasar desapercibida. Si hablamos de los panteras grises, salta a la vista que la expresión no es literal. En cambio, cuando nos dicen que Finlandia y Kósovo han establecido relaciones diplomáticas, hay que pararse un momento a pensar para percatarse de que quienes han dado ese paso son los gobiernos.
Sin embargo, metáfora y metonimia son igual de importantes. Se trata de dos mecanismos complementarios de los que se sirve nuestro sistema cognitivo para aprehender el mundo. En el fondo, cuando nos encontramos ante una realidad nueva, hay dos estrategias básicas para enfrentarnos a ella. Una consiste en decir “esto es como esto otro”. Es lo que se conoce como metáfora. La otra consiste en fijarnos en algún aspecto de esa realidad o de lo que la rodea y utilizarlo para representarnos el todo. Eso es la metonimia.
Ni más ni menos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La metonimia]
Un préstamo es cualquier elemento que, procedente de una lengua, se introduce en otra.
Empezaremos hablando de los préstamos léxicos, que son los más típicos. Es frecuente diferenciar aquí entre un sentido amplio y un sentido estricto del término.
En sentido amplio, cualquier palabra tomada de otra lengua es un préstamo. Por ejemplo, en español lo son escáner (del inglés), menú (del francés) y pizza (del italiano).
Las palabras que no se han tomado prestadas, por su parte, se suelen denominar léxico patrimonial. En el caso del español, este es el que hemos heredado del latín vulgar, que ha llegado sin solución de continuidad hasta nuestros días, como ocurre, por ejemplo, con cabeza, chopo, reja y suegra, que proceden, respectivamente, de capitia, populus, regula y socra.
En casi todas las lenguas, incluida la nuestra, se pueden reconocer estratos de préstamos según su grado de integración en el sistema morfológico, fonológico y ortográfico. Algunas palabras son, claramente, cuerpos extraños. Salta a la vista que outsourcing, warrant o paparazzi no pueden ser léxico patrimonial castellano. Estas palabras importadas y no integradas son lo que se conoce como extranjerismos.
El extranjerismo, con el paso del tiempo, se puede ir naturalizando y a veces se llega a asimilar al léxico patrimonial hasta tal punto que tan solo el experto está en condiciones de identificarlo. El español contiene toda una legión de antiguos extranjerismos, como los de origen árabe, que para el lego en lingüística pasan por palabras tan castizas como las que más. ¿O acaso no lo parecen abalorio, acicate, adelfa, adoquín, ojalá o sandía? Pero casi nadie identificaría tampoco como préstamos mermelada (del portugués marmelada), zapato (del turco zabata), chaqueta (del francés jaquette) y corbata (del italiano corvatta). Préstamos en sentido estricto son estas palabras de origen extranjero que se han adaptado a la lengua receptora. No obstante, la diferencia con los extranjerismos no siempre resulta evidente y los criterios que se aplican para deslindar lo uno de lo otro pueden ser de lo más variado.
Aunque no es oro todo lo que reluce. También existen los falsos préstamos, que son palabras formadas con elementos que pertenecen a otra lengua pero que, o bien no existen en esa lengua como unidad léxica, o bien tienen un significado diferente. Un slip en inglés pueden ser muchas cosas, pero lo que no tiene esta palabra, desde luego, es el sentido que nosotros le hemos atribuido de ‘calzoncillos’.
Como he dicho arriba, los préstamos más típicos son los léxicos, que constituyen una de las fuentes de las que se alimenta la neología; pero prácticamente todo puede tomarse prestado.
Hay préstamos sintácticos. Por ejemplo, son importadas del francés construcciones del tipo sustantivo + a + sustantivo, como las que se dan en avión a reacción y champú a la clorofila. Se producen préstamos en el sistema ortográfico. La uve doble era en principio ajena a nuestro alfabeto, pero la adoptamos en su día para escribir los nombres de origen germánico (y nosotros, por nuestra parte, hemos exportado a otras lenguas grafemas como la cedilla y la eñe). E incluso hay préstamos fonéticos. Cuando alguien pronuncia flash a la inglesa, está introduciendo en nuestra lengua un elemento ajeno a su sistema fonético y fonológico. Hasta en la morfología se puede andar de prestado; prueba de ello son híbridos como puenting, que están construidos añadiendo a una base española un morfema inglés.
Los motivos que hay detrás del préstamo pueden ser de lo más diversos. A menudo, las palabras viajan unidas a las cosas: quien inventa algo nuevo, necesariamente, lo tiene que llamar de alguna forma, y después difunde juntos el objeto y su nombre. Influyen también factores de prestigio e incluso de moda. Pero todos hemos tomado algo prestado de todos. De hecho, las lenguas que más prestan suelen ser también las que más reciben. Es ya un tópico el quejarse de la avalancha de anglicismos que está entrando en español; pero quienes lo hacen suelen pasar por alto que también se han tomado muchas palabras españolas en inglés.
El intercambio de elementos entre lenguas es un proceso perfectamente normal que se da en todas las lenguas y en todas las épocas. Es parte integral y necesaria de su evolución. No hay lenguas puras en el sentido de lenguas que no hayan tomado nada prestado de otras. Así ha sido siempre y así seguirá siendo.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Préstamos]
La metáfora es una vieja conocida de la retórica, que la situaba entre las figuras de dicción. Desde un punto de vista retórico, la metáfora se suele considerar una comparación abreviada que se basa en una semejanza entre dos entidades o conceptos. Así, al menos, es como nos la presenta Lausberg en su Manual de retórica literaria. Se dice que es una comparación abreviada porque carece del vínculo comparativo que encontramos en un símil como Tus dientes son como perlas. Si a partir este ejemplo nos arriesgamos a un pequeño salto y decimos Tus dientes son perlas, ya hemos entrado en el terreno de la metáfora. La semejanza habremos de buscarla en las propiedades de uno y otro elemento, que tendrán algunas en común; en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la blancura, el brillo, la dureza y, quizás, el valor.
Yo me conformaré con esta presentación esquemática de la idea tradicional, literaria, de metáfora. Personas hay que pueden abordar el asunto con mayor fundamento. A mí me interesa más aportar aquí la perspectiva del lingüista.
Fijémonos, para empezar, en la etimología. El sustantivo metáfora se deriva del verbo griego metaphéro, que significa ‘llevar algo a otro sitio, trasladarlo’. Esto es importante porque nos da una idea del mecanismo básico que subyace a la metáfora (¿no hemos dicho siempre que da lugar a significados traslaticios?).
En el corazón de todas sus definiciones encontramos la noción de que se entabla una relación entre realidades pertenecientes a dos ámbitos diferentes, de manera que se usa el primero para aprehender el segundo. Al hacerlo se proyecta sobre este último una parte de las propiedades del primero. Y si es cierto que se da una relación de semejanza entre una y otra realidad, también lo es que dicha semejanza no es inherente a ellas, sino que se trata de una semejanza inducida que no existe con independencia de la metáfora. O sea, que antes que buscarla en las cosas en sí, haríamos bien en volver la mirada hacia nuestro interior, más concretamente, al funcionamiento de nuestro sistema cognitivo.
La relación de semejanza la establecemos nosotros. En el célebre ejemplo de las perlas y los dientes, una realidad perteneciente al ámbito animal, concretamente, de la ostra, nos sirve para hablar de una parte del cuerpo de una persona. De todas las propiedades que tiene la perla, enlazamos algunas con las del diente. Ya hemos mencionado arriba la blancura, el brillo y la dureza. Y decíamos que quizás también el valor. Pero ¿esto es algo intrínseco al diente o algo que le estamos añadiendo gracias a la metáfora y que nos permite contemplarlo a una luz diferente, que es la que se desprende del mundo de las joyas, el lujo, lo precioso? Y, en cambio, hay otras propiedades de la perla que no intervienen, como la redondez o la composición química. Esto ha de ser forzosamente así, pues de lo contrario no se trataría de una comparación o asimilación, sino de que lo uno sería estrictamente lo otro.
Y si hacemos el ejercicio mental de asimilar los dientes con terrones de azúcar, bolitas de pan de Viena o trocitos de tiza, iremos viendo cómo nuestra percepción de ese diente va transformándose según la luz que arrojemos sobre él. Mucho de esto lo vamos entendiendo cada vez mejor gracias al trabajo de científicos cognitivos como George Lakoff y Mark Johnson.
La metáfora es un instrumento de gran utilidad en la ardua tarea de explicarnos qué es y cómo es el lenguaje. Nos sirve así para desentrañar un gran número de procesos de cambio lingüístico, tanto del léxico como de la gramática.
La metáfora permite aumentar el repertorio de significados de una palabra o expresión al irle añadiendo a su significado básico otros nuevos que se derivan de este. Contribuye así al aumento de la polisemia. Por ejemplo, las partes de nuestro propio cuerpo se convierten en fuente de abundantes metáforas que nos permiten nombrar cada vez más objetos. Pocas cosas habrá que sean más importantes para un ser humano que sus manos. Y por eso vemos manos por todas partes. Así, decimos que los relojes tienen manos o manecillas (pues al fin y al cabo son pequeñas) o que tiene mano un mortero; en una partida de cartas, a quien primero juega le llamamos mano; alguien que es influyente tiene mucha mano (en el ministerio, el ayuntamiento o donde sea); una medicina que me va bien diré que es mano de santo…
Pero no hemos acabado. La acción prototípica que realizamos con las manos es la de coger cosas (aunque también podamos utilizarlas para espantarnos las moscas, aplaudir o quitarnos el sol de los ojos). Nos pasamos el día cogiendo paraguas, libros y teléfonos móviles. Eso ha dado pie a que podamos coger chistes, resfriados o enfados. Y no contentos con coger nosotros lo que de por sí es inasible, nos empeñamos en reconocer esta acción hasta en objetos y acontecimientos, de modo que aseguramos con pleno convencimiento que la tierra no coge el agua, que nos ha cogido una tormenta en medio del bosque o que nuestro nuevo coche coge muy bien las curvas. Cada uno de estos usos está basado en una metáfora diferente, pero en todos ellos reconocemos el significado básico de coger sobre el que se han formado.
A veces, los nuevos significados se van sumando a los que ya existían. En otras ocasiones, un nuevo significado puede llegar a desplazar al antiguo y quedar como único superviviente. Por ejemplo, nuestras piernas fueron en otros tiempos jamones. La palabra perna significaba en latín ‘jamón’, pero alguien tuvo un buen día la ocurrencia de utilizarla humorísticamente para nombrar las extremidades inferiores de las personas. El chiste gustó, se institucionalizó y se incorporó con ello a los significados de esa palabra, hasta que acabó perdiéndose el sentido originario y solo quedó el que conocemos hoy.
La metáfora entra a menudo en juego en la ampliación del repertorio léxico de las lenguas mediante la neología. No es difícil identificarla detrás de muchos compuestos. Pensemos, por ejemplo, en chupatintas, sacabocados o rompecorazones. ¿Y cuál, si no, fue el procedimiento por el que se formaron expresiones idiomáticas como arrimar el ascua a su sardina o dar sopas con honda?
Las metáforas también son omnipresentes en la gramática. De hecho, uno de los medios favoritos de innovación gramatical es la metáfora. Una de las principales metáforas que dan lugar a estructuras gramaticales en las lenguas del mundo es la del tiempo como espacio. Los conceptos espaciales se cuentan entre los primeros que adquiere un niño y en ellos se asienta la comprensión de nociones más abstractas, como la temporalidad y la causalidad. Una gran parte del vocabulario que se refiere a fenómenos temporales procede del ámbito espacial. Decimos que el tiempo pasa, corre o vuela, que tenemos una vida por delante, etc. Es muy frecuente en las lenguas del mundo que los tiempos de futuro se formen sobre verbos de movimiento. Un ejemplo típico es nuestra perífrasis voy a cantar, que tiene su paralelo en el inglés I’m going to sing.
En fin, terminaré esta entrada, más que nada, porque ya va excediendo los límites de lo razonable y, probablemente, de la paciencia de los lectores; pero el tema es prácticamente inagotable y prometo volver al ataque tratando en detalle algunos de sus aspectos más específicos. O, para decirlo con una metáfora, esto era solamente para abrir boca.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La metáfora]