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Hoy día tenemos en español una preposición hacia y una locución prepositiva de cara a con diferentes significados, pero que han seguido una evolución análoga.

Nuestra preposición hacia no existía en latín. Es una invención castellana a partir de la expresión faze a, que significaba, exactamente, ‘cara a’ (todavía hoy conservamos el sustantivo faz como sinónimo de cara). Esta expresión sufrió un desgaste progresivo en su forma y en su significado.

En cuanto a la forma, desapareció la efe inicial, como les ocurrió a todas las palabras que empezaban por ese sonido en castellano. Además, la preposición a perdió su independencia y se fundió con el sustantivo. La unidad resultante perdió su acento y pasó a pronunciarse apoyándose en la palabra siguiente. Cuando decimos hacia Salamanca, en realidad estamos pronunciando una unidad con un solo acento:

“aciasalamánca”

En cuanto al significado, se perdieron las referencias concretas a la cara como parte del cuerpo y al estar mirando hacia un sitio. Solo quedó la idea, más abstracta, de orientación.

Y así es como llegamos a la actual preposición hacia.

De cara a está sufriendo un proceso similar. En primer lugar nos tenemos que fijar en su significado literal de orientación espacial, como en el siguiente ejemplo:

Cuando no tenían frase los colocaba de cara a la pared, como niños castigados [Francisco Álvaro: El espectador y la crítica: El teatro en España, p. 159]

A partir de aquí van surgiendo usos figurados en los que el espacio ya no es físico sino figurado, metafórico, pero en los que todavía se identifica con claridad la noción espacial:

La ampliación de los márgenes al ±15% permite, de cara a la opinión pública, seguir afirmando la viabilidad del proyecto de unión monetaria [José Barea y Maite Barea: Después de Maastricht, ¿qué?, p. 30]

Llevando más allá la metáfora, se llega a una expresión abstracta con valor prospectivo y de finalidad (que podemos parafrasear con la expresión ‘con vistas a’):

La República tuvo tiempo para reorganizarse de cara a la defensa de Madrid [Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, 1936-1939, p. 447]

De forma análoga a lo que ocurrió con faze a, esta locución está sufriendo un progresivo desgaste de su forma. En el ejemplo anterior se mantiene íntegra la sustancia fónica. En este otro, en cambio, la primera preposición ya ha desaparecido:

[...] la junta directiva [...] permanece en Madrid tratando de poner en práctica una serie de proyectos internos [...] (aparte de las medidas ya acordadas cara a las autoridades y prensa de Madrid) [Celso Almuiña Fernández: La prensa vallisoletana durante el siglo XIX (1808-1894), p. 538]

Para algunos hablantes, incluso, lo único que queda de la expresión inicial es el sustantivo cara, como en este ejemplo que encuentro en un foro de Internet:

[...] toda la legislatura sin hacer nada en materia de vivienda, y ahora cara las elecciones empiezan a estudiar medidas [...] [Rankia, Foro de vivienda, acceso 10-1-2008]

En cuanto a la erosión del significado, se pierde la referencia a una parte concreta del cuerpo y la expresión va adquiriendo valores cada vez más abstractos, hasta el punto de que en muchos contextos es intercambiable simplemente con la preposición para.

No es casualidad que la misma parte del cuerpo intervenga en épocas diferentes en la formación de nuevas preposiciones. Este fenómeno se basa en mecanismos de conceptualización universales. Los seres humanos tratamos de entender los conceptos abstractos apoyándonos en ideas concretas, en realidades de las que tenemos una experiencia inmediata.

Uno de los primeros descubrimientos del niño es su propio cuerpo. Este conocimiento se traslada a otros ámbitos, como el espacio y el tiempo o a relaciones lógicas como la de finalidad. Pensemos, por ejemplo, que cuando queremos indicarle a alguien cómo llegar a un sitio le decimos que queda a mano izquierda o a mano derecha. El cuerpo nos sirve para estructurar nuestra percepción del espacio.

Las partes del cuerpo que intervienen en la aparición de palabras gramaticales son, además, siempre las mismas. Se trata de partes muy básicas, que tienen una gran relevancia cognitiva. Las lenguas del mundo están repletas de palabras gramaticales que surgen de nombres para la cara, la frente, la espalda, las manos… Esto, en cambio, no pasa ni con las uñas, ni con el dedo gordo del pie, ni con las verrugas.

El caso de hacia y de cara a es interesante para ilustrar cómo las lenguas, en su evolución, siguen ciertas vías que se van repitiendo a lo largo del tiempo. Otra cosa es la consideración normativa que pueda tener esa evolución, pero eso ya es harina de otro costal.

clavelClavel es un catalanismo. Su evolución hasta llegar al castellano es esta:

Cat. clavell (‘clavo de clavar’) > cat. clavell (‘clavo de especia’) > cat. clavell (‘flor del clavel) > cast. clavel (‘flor del clavel’)

clavo de especia y clavo de clavarEste nombre está basado en una doble metáfora. En primer lugar, alguien vio una semejanza entre la forma del clavo de clavar y la del clavo de especia. Hoy pensamos en los clavos relucientes de la ferretería y nos puede parecer raro, pero mirando uno antiguo como el de la foto, la comparación no nos parecerá tan descaminada.

Sobre esta primera metáfora visual se construye la siguiente, esta vez por el olfato. Alguien debió de apreciar un cierto parecido entre el olor del clavo de especia y el de la flor, y por eso se empezó a utilizar el nombre del uno para la otra (me gustaría incluir los dos aromas en el blog, pero eso todavía no se ha inventado).

Covarrubias lo explica así en su Tesoro de la lengua castellana:

CLAVEL, flor conocida por su excelencia. Diéronle este nombre por el olor grande que tiene del clavo aromático. Hace mención della el Doctor Laguna sobre Dioscórides [...] y añade: de algunos se dice clavel en España por ser olorosa su flor, como los clavos de especias [...]

A lo mejor esta etimología te ayuda a disfrutar un poco más del próximo clavel que veas y huelas. Quién sabe…
[El autor del la foto de la flor del clavel es Darkone, quien la ha publicado bajo la Licencia Creative Commons Genérica 1.0 Reconocimiento - Compartir bajo la misma licencia]

Geranium robertianum (fruto)Geranio es una palabra de origen griego que ha llegado a través del latín a un gran número de lenguas europeas. Viene de géranos, que en griego significaba ‘grulla’, porque el fruto recuerda el pico de esta ave, como se puede apreciar en la imagen. De hecho, una de sus denominaciones en inglés es ‘pico de grulla’ (cranesbill). El nombre se basa, por tanto, en una metáfora.

Esta es el recorrido de la palabra desde el griego al castellano:

gr. géranos ‘grulla’ > gr. geránion ‘geranio’ > lat. geranium ‘geranio’ > esp. geranio

[Imagen: Geranium robertianum, autor: Michael Gasperl, Licencia GNU de Documentación Libre 1.2]

Pareja de bueyes con yugo

Pareja de bueyes con yugo

La palabra cónyuge lleva dentro el sustantivo yugo. Los cónyuges son quienes están uncidos a un mismo yugo. Tras la etimología de este nombre encontramos, pues, una metáfora.

Cónyuge viene del sustantivo latino cónjugem, que está formado por la preposición con y el nombre jugem (‘yugo’).

El verbo conjungere significaba originariamente ‘unir (animales) con un yugo’, ‘uncir’. De ahí pasó a significar simplemente ‘unir’ y, en uno de sus usos figurados, ‘unir con el vínculo del matrimonio’.

Las metáforas que usamos en español para hablar del matrimonio no son siempre las más favorables. El matrimonio no solo es un yugo que nos ponen, sino que además se contrae matrimonio igual que se contrae una enfermedad. La verdad, es como para pensárselo.

Cantimplora es un catalanismo. Según explica Coromines en el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, procede de la expresión canta i plora:

Cantimplora < canta i plora (en catalán ‘canta y llora’)

El nombre se basa, por tanto en una metáfora. Los hablantes que empezaron a utilizar esta denominación creyeron percibir una semejanza entre el ruido que hacía el líquido en el recipiente y el sonido, unas veces, de las canciones, y otras, del llanto. Detrás de esta metáfora, por tanto, está la personificación de un objeto inanimado.

Sebastián de Covarrubias explica así la voz cantimplora en su Tesoro de la lengua castellana o española:

Es una garrafa de cobre con un cuello muy largo, para enfriar en ella el agua o el vino metiéndola y encerrándola en la nieve o meneándola dentro de un cubo con la dicha nieve, cosa muy conocida y usada en España y en todas partes. Díxose cantimplora porque al dar el agua o el vino que tiene dentro, por razón del aire que se encuentra en el dicho cuello, suena en muchas diferencias, unas baxas y otras altas, unas tristes y otras alegres, que parece cantar y llorar juntamente (Covarrubias: cantimplora)

La expresión coloquial actual no hay tu tía (‘no hay remedio’, ‘es imposible cambiar las cosas’) es un hermoso ejemplo de lo que los lingüistas denominan etimología popular.

Para que nos entendamos, la etimología popular consiste en intentar encontrarle una explicación a una expresión que no se entiende. Cuando el hablante no reconoce una estructura en una secuencia lingüística, reajusta esta para amoldarla a modelos conocidos. De esta forma se convierte en transparente lo que antes era opaco.

La expresión originaria era no hay tutía. El hablante actual normalmente no ha oído en su vida esa palabra. El DRAE nos dice que tutía es atutía, con lo que nos deja como estábamos. Si perseveramos y buscamos atutía, nos enteraremos de que es óxido de zinc y de que se fabricaba un ungüento con él.

Ahora todo encaja:

tutía = ungüento = remedio
o sea
no hay tutía = no hay remedio

El problema es que solo encaja ahora y el hablante necesita que todo encaje desde el principio y, si no, lo hace encajar él. Cuando se encuentra una expresión opaca, trata de hacerla transparente apoyándose en lo que conoce ( y tía). La etimología popular surge por afán de motivación y altera la forma de las palabras.

Se me podría objetar que en realidad la expresión se oscurece, pues se pierde la metáfora del ungüento; pero es que esa metáfora ya estaba perdida de todos modos y ahora por lo menos reconocemos las palabras. Tenemos una expresión idiomática que no es ni más rara ni más normal que otras como tomar el pelo o estirar la pata.

Alguien se preguntará: “Ya, pero entonces, ¿qué es lo correcto?”.

Evidentemente, la expresión vigente hoy día es no hay tu tía. Si vamos a buscar el sostén y guía de la Academia, no encontraremos tampoco una solución definitiva. El DRAE recoge la forma separada (por lo que hay que entender que se considera correcta), aunque remite a no hay tutía (junto), es decir, prefiere esta última. En cambio, en el DPD se señala como incorrecta la forma tu tía (separado).

Lo preferible es guiarse por el sentido común. Si la inmensa mayoría de los hablantes se ha decantado por una variante, la otra no es necesariamente más correcta por mucho que se empeñe el diccionario.

Al final, el diccionario tiene que hacer caso a los hablantes: ¡no hay tu tía!

Los más afortunados estarán a estas alturas apurando las vacaciones y seguro que se habrán encontrado durante sus viajes con que en Ámsterdam, Nueva York o Shanghai no se entiende uno con la misma facilidad que en Las Navas del Marqués, Tembleque o Alcorcón. Es lo que tiene esto del turismo.

Esta experiencia de la incomprensión está ahora al alcance de casi todo el mundo gracias al turismo, pero no es nueva y está anclada en la lengua y en la cultura en forma de expresiones idiomáticas. En español cuando no entendemos algo decimos:

Esto me suena a chino

A los alemanes, en cambio, lo raro les suena a español:

Das kommt mir Spanisch vor

No son los únicos que tienen esta idea de nuestro país como un lugar exótico, incomprensible. Para los checos, algo que no se entiende es un pueblo español:

To je pro mě španělská vesnice

Pero las relaciones cruzadas de incomprensión entre los pueblos no se acaban ahí, porque para los alemanes eso mismo son pueblos de Bohemia:

Das sind mir böhmische Dörfer

Y los polacos dicen que es como tragarse un sermón en turco:

Być na tureckim kazaniu

Son muchas las expresiones de este tipo. La lengua incomprensible va cambiando según países y culturas. Para los franceses es el griego (“C’est du grec pour moi”) y para los ingleses también (“It’s greek to me!”); para los italianos, el árabe (“Per me è arabo”); para los finlandenses, el hebreo (“Se on minulle hepreaa”). Estos son solo algunos ejemplos; se pueden encontrar diversas variantes en estas lenguas y metáforas parecidas en otras.

Volviendo a la imagen de los españoles, para los franceses hablar francés como una vaca española es hablarlo muy mal:

Parler français comme une vache espagnole

Vamos, que no hay quien nos entienda (se ve que enseguida se corrió la voz por Europa de que no se nos daban muy bien los idiomas).

Eso sí, el temperamento español se ha ganado a pulso su fama en el extranjero y por eso en alemán (en inglés también) se dice de quien tiene mucho amor propio que es orgulloso como un español:

Stolz wie ein Spanier!

En fin, no es lo peor que se puede ser. Esperemos que haya quedado en eso la imagen que hemos ido dando por el mundo durante estos meses de verano.