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Hay tres expresiones que se escriben de manera parecida, pero que no debemos confundir: asimismo, así mismo y a sí mismo. Voy a tratar de ofrecer una explicación práctica, que permita escribirlas correctamente sin entrar en análisis gramaticales.

Asimismo (en una sola palabra) equivale a también o además:

La FAO subrayó asimismo que el alza de los precios del petróleo estimuló los precios de los cultivos agrícolas (’La FAO subrayó además…’) [El Comercio (Ecuador), 7-11-2007]

Nótese que asimismo no lleva tilde cuando se escribe en una sola palabra.

¿Podríamos escribirlo también en dos palabras con este mismo significado? Podemos pero no debemos. No es incorrecto separar asimismo en dos palabras; pero es indicio de escasa pericia en la redacción. Como regla general, cuando tenemos la opción entre escribir junto o separado, es preferible escribir junto.

Así mismo (en dos palabras) podemos parafrasearlo por de esa misma manera:

—Vente así mismo, que tengo la solución (’Vente de esa misma manera’) [Nicolás Soto: Gris de tiempo gris, www.badosa.com/ebooks/n126/, acceso 7-11-2007]

Además se puede eliminar mismo sin que cambie el sentido:

Vente así, que tengo la solución

A sí mismo (en tres palabras) tiene significado reflexivo e indica una acción que el sujeto realiza sobre sí mismo (en lugar de sobre otra cosa u otra persona):

Comenzó a decirse a sí mismo que esto era una cosa muy seria [Salvador de Madariaga: El corazón de piedra verde]

En lenguaje coloquial se puede sustituir por a él mismo (pero solo en el lenguaje coloquial).

En este tercer caso, mismo puede cambiar de género para referirse, por ejemplo, a una mujer (a sí misma), lo que no es posible con las dos expresiones anteriores:

Ella comenzó a decirse a sí misma que esto era una cosa muy seria

Podemos decir que la ultracorrección consiste en ser más papista que el Papa. Los errores de ultracorrección son los que se cometen por pasarse de correctos. Fernando Lázaro Carreter definió así el término en su Diccionario de términos filológicos:

Ultracorrección. Fenómeno que se produce cuando el hablante interpreta una forma correcta del lenguaje como incorrecta y la restituye a la forma que él cree normal.

Este fenómeno también se conoce como hipercorrección.

Los hablantes que se sienten inseguros lingüísticamente tienden a generalizar incorrectamente las reglas. Por ejemplo, alguien que sabe que son incorrectos los participios acabados en -ao (acabao, destrozao, dao, etc.), cuando se encuentra una palabra como bacalao, le aplica una regla del tipo las palabras acabadas en -ao son incorrectas (las palabras, ojo, todas las palabras, no solamente los participios). O sea, si se dice acabado, destrozado, dado, también se dirá bacalado de Bilbado.

La ultracorrección se basa en la analogía: se apoya en un modelo, pero en un modelo que no es aplicable al caso concreto al que se está aplicando. Fijémonos en un par de formas ultracorrectas:

Expléndido

Espúreo

El primero es un caso de ultracorrección ortográfica (también podemos encontrarlo en la pronunciación). La x en posición final de sílaba se pronuncia corrientemente como s. Por ahí vienen las dudas. Quien sustituye la forma correcta espléndido por una forma con equis, está tomando incorrectamente como modelo palabras como explanada.

En el segundo caso nos encontramos con una palabra culta y poco frecuente. Estas son las más peligrosas para quien no domina la norma porque su poca frecuencia hace más difícil recordar su forma. Espurio (’ilegítimo, falso’), que es la forma correcta, se parece sospechosamente a palabras que nuestro hablante sabe que están mal dichas, como vidio. Nuestro hablante, que ya salió escaldado cuando se compró su primer vidio VHS, no está dispuesto a tropezar de nuevo en la misma piedra. Por eso dice o escribe espúreo siguiendo el modelo de vídeo y le parece que queda cultísimo.

Quien no conoce bien la lengua estándar se suele mover entre la Escila de lo vulgar y la Caribdis de lo ultracorrecto. Las dos tienen su peligro. Lo vulgar es vulgar, pero puede provocar muchas reacciones diferentes, desde el rechazo hasta la simpatía. Lo ultracorrecto, en cambio, suele resultar ridículo. Es como si nos cogieran en falta, tratando de pasar por lo que no somos, de atribuirnos una cultura postiza y que además nos viene grande.

Se escribe aún con tilde cuando se puede sustituir por todavía, y aun sin tilde cuando se puede sustituir por incluso (o siquiera).

Este es un caso de tilde diacrítica, que es la que evita que confundamos palabras diferentes que se escriben igual.

Veamos algunos ejemplos en los que aún se acentúa o se deja de acentuar correctamente:

(1) Gepro lanza una OPA por el 7,95% que aún no posee en la Compañía Española para la Fabricación Mecánica del Vidrio
(’… el 7,95% que todavía no posee’) [Cinco Días, 30-10-2007]

(2) Solbes garantiza los compromisos presupuestarios, aun con menos crecimiento (’… incluso con menos crecimiento…’) [Cinco Días, 25-10-2007]

(3) El Gobierno francés está persuadido de la «ilegalidad» de la operación […], pero aun así dará asistencia consular y jurídica a los 16 detenidos (’… incluso así dará asistencia…’) [Abc, 29-10-2007]

(4) Pero ningún hombre es respetable, ni aun los santos, ni aun los locos, ni aun los niños que juegan con piedras junto a los pozos […] (… ‘ni siquiera’) [Ana María Matute: Los soldados lloran de noche]

(5) […] el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea pasajeramente (’… aunque sea pasajeramente’) [José Ortega y Gasset: Meditaciones sobre la literatura y el arte]

El único ejemplo en que se debe acentuar aún es (1) porque se puede sustituir por todavía.

En los ejemplos (2)-(5), aun se escribe sin acento. En (2) lo podemos sustituir por incluso. Un error muy común consiste en poner tilde a aun en las expresiones aun así y ni aun. En el ejemplo (3), aun así se puede sustituir por incluso así, y en el ejemplo (4), ni aun se puede sustituir por ni siquiera. Una expresión especial es aun cuando, que equivale a aunque, como en el ejemplo (5). Tampoco en este caso hay acento.

La regla de oro de quienes no andan muy duchos en el manejo de esta tilde diacrítica es yo, por si acaso, la pongo. Esto que podríamos llamar acentuación preventiva es una manera muy segura de ir acumulando faltas de ortografía. Lo que hay que hacer es estudiar las reglas y aplicarlas.

Cursiva y comillas en títulos

26 de Octubre de 2007

Cuando en el cuerpo de un texto se menciona un título, se siguen algunas convenciones ortotipográficas para hacer ver al lector que lo que tiene ante los ojos es precisamente eso: un título.

En textos impresos, los títulos se escriben en cursiva, por ejemplo:

Cien años de soledad es una de las novelas más importantes del siglo XX

Si estamos escribiendo a mano, lo habitual con los títulos es subrayarlos.

Si lo que estamos escribiendo es el título de una parte de una obra más amplia, se escribe entre comillas (“” o «») para diferenciarlo del título de la obra completa. Esto es lo que se hace con el título de un artículo que se ha publicado en una revista, un capítulo de un libro, un poema de un poemario, etc.:

Lorca publica “Paisaje de la multitud que vomita” en Poeta en Nueva York

El último número de Revista de Occidente trae un artículo que se titula “El dilema de los biocombustibles”

En Blog de lengua española hay una entrada muy interesante sobre “Cursiva y comillas en títulos”

También le puede interesar la entrada sobre mayúsculas en los títulos.

Solo se pone en mayúscula la primera letra del título (como se ha hecho en el título de esta entrada). Esto vale para cualquier tipo de obras (con una excepción que veremos seguidamente). Es decir, se escriben así, entre otros, los títulos de:

Libros: La montaña mágica

Películas: Con faldas y a lo loco

Composiciones musicales: La consagración de la primavera

Cuadros: El gran masturbador

Esculturas: El niño de la espina

Ni que decir tiene que las palabras que de por sí empiecen por mayúscula, como los nombres propios, la conservan:

La familia de Pascual Duarte

La excepción son los títulos de publicaciones periódicas (periódicos y revistas): se pone en mayúscula la primera letra del título y de todos los sustantivos y adjetivos que contenga:

El País

El Jueves

Claves de Razón Práctica

Tendremos que hablar también más adelante sobre convenciones ortotipográficas como el uso de cursiva y comillas en los títulos.

La tilde de los demostrativos

20 de Octubre de 2007

En la inmensa mayoría de los casos es correcto escribir los demostrativos sin tilde.

En español tenemos tres series de demostrativos. Este es el conjunto completo de formas:

1. Este - esta - esto - estos - estas

2. Ese - esa - eso - esos - esas

3. Aquel - aquella- aquello - aquellos - aquellas

Los demostrativos pueden funcionar como adjetivos o como pronombres. Cuando funcionan como adjetivos, modifican a un sustantivo:

Quiero esa camisa

Cuando los demostrativos funcionan como adjetivos, nunca se acentúan.

Cuando funcionan como pronombres, desempeñan la función de un nombre o, para ser más exactos, de un sintagma nominal completo:

Quiero esa

Cuando funcionan como pronombres, algunos de ellos (no todos) puede ser obligatorio acentuarlos (en la práctica, casi nunca). Para empezar, nunca llevan tilde las formas neutras:

Esto - eso - aquello nunca se acentúan

¿Por qué? La tilde que reciben algunas de las formas pronominales es una tilde diacrítica o acento diacrítico, que es el que evita que confundamos palabras diferentes que se escriben igual. Nunca puede haber confusión con las formas neutras porque solo pueden ser pronombres. Podemos escribir:

Esto es increíble

Lo que no podemos hacer nunca es combinar esa forma del demostrativo con un nombre: esto árbol.

El resto de las formas pronominales solo es obligatorio acentuarlas si se puedan confundir con la forma adjetiva y dar lugar a interpretaciones erróneas, que es lo que puede pasar en estas dos oraciones:

Matilde dejó a ese tonto
Matilde dejó a ése tonto

La tilde nos indica que tenemos que interpretarlas así, respectivamente:

Matilde abandonó a ese tonto
A ese Matilde lo dejó tonto

Hasta aquí, en teoría, todo está muy bien. En la práctica, lo que hay que hacer es redactar de forma más clara y dejarse de tildes diacríticas. El primer par de oraciones tenemos que leerlo dos veces para enterarnos de lo que nos están diciendo. Las del segundo par, en cambio, se entienden a la primera.

No hay más casos obligatorios. Cuando los demostrativos se utilizan como pronombres sin dar lugar a ambigüedad, el acento es facultativo, es decir, queda a nuestro criterio el ponerlo o no ponerlo. Sin embargo, es preferible no poner tilde en estos casos. Cuando hay dos posibilidades correctas, y una es más sencilla y otra más complicada, se prefiere la sencilla.

En resumen, si tenemos una tilde en un demostrativo, hay que leer otra vez esa oración. Si la tilde no es obligatoria, hay que quitarla; y si lo es, hay que rehacer la oración para que desaparezca.

La palabra escrita, por su valor cultural, goza de un enorme prestigio. La mayoría de los hablantes tienen interiorizado el prejuicio de que la lengua escrita es la correcta, mientras que lo oral supone una acumulación de desviaciones respecto de ese patrón. Por eso, la ortografía influye a menudo en la pronunciación. El filólogo venezolazo Ángel Rosenblat se refería a este tipo de prejuicios como el fetichismo de la letra.

En realidad, la lengua es primariamente oral, es palabra hablada. Y esto es así tanto en la historia de los individuos como en la de las comunidades lingüísticas. Las personas aprenden primero a hablar. Algunas, no todas, aprenden después a escribir. Lo mismo vale para las comunidades lingüísticas. Todas las lenguas se hablan en primer lugar. Solo algunas de ellas (ni siquiera la mayoría) llegan a escribirse con el tiempo. No conviene perder de vista tampoco que muchas lenguas se hablan, pero no se escriben; mientras que no hay ninguna que solo se escriba sin hablarse y solo se haya escrito durante toda su historia.

La interferencias de la ortografía en la pronunciación del castellano son numerosas. Un ejemplo clásico es la reposición de los grupos consonánticos cultos (-ct-, -gn-, -pt-, etc.) por la Academia en el siglo XVIII, que contribuyó a asentar su pronunciación. En el español clásico eran frecuentes grafías y pronunciaciones como benino, efeto, conceto:

[…] aquellos á quien Dios nos hizo tanto bien que nos puso debajo de cetro de Príncipe tan benino [Hernán Cortés: Carta a Sebastián Caboto, tomado de CORDE, 12-10-2007]

Las vacilaciones en la grafía y la pronunciación eran constantes; pero una vez que la ortografía académica repone definitivamente esos grupos de origen latino en la escritura, los hablantes se sienten en la obligación de pronunciarlos. Fíjense en que hoy, precisamente, hay una gran variación en la pronunciación de esos grupos. Los hablantes vacilan para acto entre “ákto”, “ázto”, “átto” y hasta “ájto”.

También por influencia de la grafía muchos hablantes pronuncian “téksas” (Texas) o “siménez” (Ximénez) donde la norma y la tradición piden una buena jota (véase La x de México).

La equis nos da guerra también en posición final de sílaba: texto, expediente. Lo más natural en castellano es pronunciar aquí simplemente una ese (”tésto”, “espediénte”). No solo es natural, sino que es perfectamente correcto. Sin embargo, muchos hablantes creen que es menos correcto y se esfuerzan (con diferentes grados de éxito) en pronunciar “ks”. Esa es una pronunciación que normalmente se reserva para el habla muy formal o muy enfática.

A veces asoma también por ahí la pronunciación de v, sobre todo en la lectura, como hacían algunos maestros en los dictados (también para ayudar a los alumnos un poquito con la ortografía). En castellano estándar no hay diferencia alguna en la pronunciación entre b y v.

Hablantes de variedades seseantes de español se sienten frecuentemente en la obligación de diferenciar ese y ce o de reponer las eses en posición final de sílaba (estantes), en contra de lo normal y adecuado en su variedad de español. De hecho, una consecuencia más del prejuicio generalizado a favor de lo escrito es que las variantes con una pronunciación más próxima a la ortografía tienden a considerarse más correctas.

También los signos de puntuación influyen en nuestra manera de hablar y nos inducen en ocasiones a introducir pausas erróneamente en la lectura. Por ejemplo, se escribe sí, señor porque una regla de puntuación exige que los vocativos se separen con comas; pero no debemos detenernos entre esas dos palabras (y, de hecho, no lo hacemos cuando hablamos de manera espontánea). A todos nos han enseñado que los signos de puntuación sirven para representar en la escritura las pausas de la lengua oral. Esto era verdad en la Edad Media. Hoy ya no lo es tanto. Pero de eso ya nos ocuparemos otro día.

En mi calle hay un bar con este rótulo en la puerta:

Casa fundada en 1.989

Esto es un error ortográfico o, más bien, ortotipográfico. La convención es que los números de año se escriben sin punto. Lo que debería haber escrito el rotulista es:

Casa fundada en 1989

En realidad, los millares ya no llevan punto sino un espacio en blanco; pero en este caso ni siquiera eso: los números de año se escriben seguidos, sin puntos ni espacios.

Esto mismo se aplica a los números de página. La convención es escribir:

pp. 2384-2412

Las posibilidades que se presentan para equivocarse aquí son menos porque los libros suelen tener menos de mil páginas.

Este es un caso de ultracorrección ortotipográfica, es decir, nos equivocamos por pasarnos de correctos; como en las siete y media, que o te pasas o no llegas.

Punto, coma, millares y decimales

2 de Octubre de 2007

El uso tradicional español (que coincide con el de la Europa continental y otros muchos países) consiste en utilizar el punto como separador de millares y la coma como separador de decimales, o sea:

1.000,3 (”mil coma tres”)

En los países anglosajones la tradición era precisamente la contraria: coma para millares y punto para decimales:

1,000.3 (”mil punto tres”)

Como esto daba lugar a confusiones, se creó la norma ISO 31:1992 para unificar la práctica a escala internacional. Desde entonces se utiliza un espacio en blanco para separar millares y, preferentemente, una coma para los decimales (aunque también se admite el punto):

1 000,3 (forma preferida)

o

1 000.3 (forma aceptable, sobre todo en los países donde es la tradición)

La Ortografía académica de 1999 ya se hace eco de estas novedades:

Aunque todavía es práctica común separar los millares, millones, etc., mediante un punto (o una coma en algunos lugares de América), la norma internacional establece que se prescinda de él. Para facilitar la lectura de estas expresiones, especialmente cuando constan de muchas cifras, se recomienda separarlas mediante espacios por grupos de tres. Por ejemplo: 4 829 430. […] Es aceptable, de acuerdo con la normativa internacional, el uso del punto para separar la parte entera de la parte decimal en las expresiones numéricas escritas con cifras. Por ejemplo: 3.1416. Pero en este caso es preferible el uso de la coma (RAE. Ortografía de la lengua española. Madrid. Espasa. 1999. p. 52).

El uso tradicional sigue teniendo bastante vitalidad. Sin ir más lejos, diarios con tanta difusión como El País o Abc se atienen a él (así lo exigen sus respectivos libros de estilo), por ejemplo:

[…] el Gobierno prevé elevar un 10,1%, hasta 14.085,29 millones, el gasto en otras prestaciones económicas de la Seguridad Social […] (Abc, 26 de septiembre de 2007).

No obstante, lo mejor es que nos vayamos acostumbrando al uso unificado: espacio para separar millares, coma (o punto) para separar decimales. Esto favorece la comunicación a escala mundial, lo que resulta cada vez más importante por el aumento de las relaciones internacionales en todos los órdenes.

Son excepciones a esta regla los números de año y página.

Los profesores se quejan: los alumnos cometen cada vez más faltas de ortografía. Y enseguida se señala a un sospechoso: la comunicación electrónica. ¿Quién respeta las convenciones ortográficas en un correo electrónico, en un chat, en los servicios de mensajería instantánea o en los mensajes a móviles? Parece hasta anticuado entretenerse en poner acentos, haches y comas.

Después de la queja y la acusación suele venir un lamento porque los jóvenes no leen. Esto es doblemente injusto. Para empezar, ¿cuándo se ha leído en España o en los países de habla hispana? Parece como si ahora los jóvenes fueran los culpables de un problema que arrastramos de antiguo. Y para continuar resulta que esta es la generación que más lee y escribe de la historia de la humanidad, solo que leen y escriben peor y más deprisa -dicen unos- o simplemente de otra forma -dicen otros-. En la comunicación electrónica se desdibujan las fronteras entre lengua oral y lengua escrita. El medio es escrito pero la rapidez, la espontaneidad, la falta de planificación son propias de la lengua oral.

La memoria visual es fundamental para fijar la escritura. El ver una y otra vez una palabra escrita correctamente ayuda a que su forma se grabe en la mente. Esto, unido al refuerzo que supone el escribirla (correctamente), contribuye al aprendizaje ortográfico.

¿Qué ocurre cuando hacemos lo contrario? Lógicamente, si leemos y escribimos palabras con incorrecciones ortográficas y, sobre todo, si esto se convierte en un hábito, es muy difícil que retengamos la imagen correcta. Si esto te da igual, no hace falta que sigas leyendo; pero si la ortografía te parece importante te voy a dar un consejo:

No escribas nunca con faltas de ortografía

Nunca, de verdad. Aunque sea un correo electrónico, aunque vayas con prisa, aunque estés ligando en el messenger y no tengas tiempo para mirar el diccionario, aunque estés dándole a la tecla del móvil… Al final no sabrás si burro es con be o con uve.

Tampoco estaría de más pedirles a quienes se comunican con nosotros por escrito que no nos envíen mensajes con faltas de ortografía porque se nos acabarán pegando. Es una cuestión de higiene ortográfica.