El estratego poligloto
2 de Agosto de 2009
A mis alumnos les digo a veces que voy a escribir una novela que se va a titular El estratego poligloto. Lo hago para ver cómo reaccionan. Normalmente se echan las manos a la cabeza. Ellos lo tienen claro: se dice El estratega políglota.
Sin embargo, si acudimos al DRAE (Diccionario de la Real Academia Española, ed. 2001), nos encontraremos con que estratego y poligloto son impecables para nuestros académicos. Es más, si voy a buscar políglota, el DRAE me remitirá a otro artículo, donde averiguaré que la forma preferida es polígloto, que poligloto es igual de aceptable y, hacia el final del artículo, me explicará que para el masculino también se utiliza políglota.
Esto, evidentemente, contradice la intuición y el uso de cualquiera de nosotros. Si entendemos corrección de forma estrecha como aquello que aprueban las Academias de la Lengua, tendríamos que llegar a la conclusión de que muchas de las expresiones que están asentadas en el uso culto de principios del siglo XXI son incorrectas o, por lo menos, que no son las preferidas.
Este concepto estrecho de corrección es el que está detrás de la actitud de quien, ante cualquier duda lingüística, se lanza a por el diccionario y despacha el problema tomando a aquel como autoridad última: lo que está allí es correcto (y lo es solamente en el sentido y en la forma que allí se recoge) y lo que no está queda relegado al purgatorio de lo incorrecto (digo purgatorio porque suele ocurrir que sea redimido al cabo de unos años).
Dejando de lado lo discutible de tal concepto de corrección, este no puede ser el único por el que nos guiemos. Tiene que estar contrapesado, como mínimo, por la noción de adecuado. No todo lo que es correcto tiene que ser adecuado y no todo lo adecuado tiene por qué ser correcto. Si alguien se empeñara en ir diciendo por ahí estratego poligloto, podría acogerse al DRAE para defender que eso es correcto; pero se le podría responder lo mismo que le soltó un funcionario portugués a un representante extranjero: “Su excelencia tiene razón, pero no la tiene toda y la poca que tiene no le sirve de nada” (Gonzalo Torrente Ballester: Filomeno, a mi pesar). Si nadie habla así, por muy correcto que nos pueda parecer, está claro que no es adecuado.
Sobre todo, no se puede utilizar el diccionario como arma arrojadiza. Un diccionario es una herramienta que está hecha por personas. Por eso puede contener errores o imprecisiones, puede quedar desfasado, puede presentar lagunas… Y si una expresión generalizada entre los hablantes no aparece en el diccionario o aparece con otro sentido o con otra forma, probablemente no son los hablantes los que están equivocados.
Por encima del diccionario y de cualquier norma lingüística está el sentido común, aunque ya se sabe que ese es el menos común de los sentidos.
¿O no? ¿A ti qué te parece? ¿Te has encontrado con algún caso parecido? Cuéntanoslo para que lo sepamos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, El estratego poligloto]
Influencia de la ortografía en la pronunciación
12 de Octubre de 2007
La palabra escrita, por su valor cultural, goza de un enorme prestigio. La mayoría de los hablantes tienen interiorizado el prejuicio de que la lengua escrita es la correcta, mientras que lo oral acumula desviaciones respecto de ese patrón. Por eso, la ortografía influye a menudo en la pronunciación. El filólogo venezolano Ángel Rosenblat se refería a este tipo de prejuicios como el fetichismo de la letra.
En realidad, la lengua es primariamente oral, es palabra hablada. Y esto es así tanto en la historia de los individuos como en la de las comunidades lingüísticas. Las personas aprenden primero a hablar. Algunas, no todas, aprenden después a escribir. Lo mismo vale para la comunidad en su conjunto. Todas las lenguas se hablan en primer lugar. Solo algunas de ellas (ni siquiera la mayoría) llegan a escribirse con el tiempo. No conviene perder de vista tampoco que muchas lenguas se hablan, pero no se escriben; mientras que no hay ninguna que solo se escriba sin hablarse y solo se haya escrito durante toda su historia.
La interferencias de la ortografía en la pronunciación del castellano son numerosas. Un ejemplo clásico es la reposición de los grupos consonánticos cultos (-ct-, -gn-, -pt-, etc.) por la Academia en el siglo XVIII, que contribuyó a asentar su pronunciación. En el español clásico eran frecuentes grafías y pronunciaciones como benino, efeto, conceto:
[...] aquellos á quien Dios nos hizo tanto bien que nos puso debajo de cetro de Príncipe tan benino [Hernán Cortés: Carta a Sebastián Caboto, tomado de CORDE, 12-10-2007]
Las vacilaciones en la grafía y la pronunciación eran constantes; pero una vez que la ortografía académica repone definitivamente esos grupos de origen latino en la escritura, los hablantes se sienten en la obligación de pronunciarlos. Fíjate en que hoy, precisamente, hay una gran variación en la pronunciación de esos grupos. Por ejemplo, los hablantes vacilan para acto entre “ákto”, “ázto”, “átto” y hasta “ájto”.
También por influencia de la grafía muchos hablantes pronuncian “téksas” (Texas) o “siménez” (Ximénez) donde la norma y la tradición piden una buena jota (véase La x de México).
La equis nos da guerra también en posición final de sílaba: texto, expediente. Lo más natural en castellano es pronunciar aquí simplemente una ese (“tésto”, “espediénte”). No solo es natural, sino que es perfectamente correcto. Sin embargo, muchos hablantes creen que es menos correcto y se esfuerzan (con diferentes grados de éxito) en pronunciar “ks”. Esa es una pronunciación que normalmente se reserva para el habla formal o enfática.
A veces asoma también por ahí la pronunciación de v, sobre todo en la lectura, como hacían algunos maestros en los dictados (también para ayudar a los alumnos un poquito). En castellano estándar no hay diferencia alguna en la pronunciación entre b y v.
Hablantes de variedades seseantes del español intentan a veces diferenciar ese y ce o reponer las eses en posición final de sílaba (estantes), en contra de lo normal y adecuado en su variedad. De hecho, una consecuencia más del prejuicio generalizado a favor de lo escrito es que las variantes con una pronunciación más próxima a la ortografía tienden a considerarse más correctas.
También los signos de puntuación influyen en nuestra manera de hablar y nos inducen en ocasiones a introducir pausas erróneamente en la lectura. Por ejemplo, se escribe sí, señor porque una regla de puntuación exige que los vocativos se separen con comas; pero no debemos detenernos entre esas dos palabras (y, de hecho, no lo hacemos en el habla espontánea). A todos nos han enseñado que los signos de puntuación sirven para representar en la escritura las pausas de la lengua oral. Esto era verdad en la Edad Media. Hoy ya no lo es tanto. Pero de eso ya nos ocuparemos otro día.
Pronunciación de palabras extranjeras
10 de Octubre de 2007
En la pronunciación de los extranjerismos, globalmente, más que de normas, podemos hablar de tendencias y usos. No obstante, en los casos concretos sí que puede haber norma. Me plantea mi amiga y ex alumna Nieves un caso muy interesante: el de élite. Para este galicismo coexisten tres pronunciaciones:
a) [élite] (esdrújula)
b) [elíte] (llana)
c) [elít] (a la francesa)
Digo que es interesante porque aquí se resumen las tres posibilidades de pronunciación de los extranjerismos:
a) Una pronunciación castellanizada a partir de la grafía, o sea, leerlo como si fuera español
b) Una pronunciación castellanizada que no coincide ni con la grafía ni con la pronunciación en la lengua original
c) Una pronunciación lo más cercana posible a la de la lengua original
En el uso existe una clara preferencia por élite (al menos en España); la pronunciación llana elite es minoritaria; y la pronunciación a la francesa se siente como pedante.
En la norma encontramos dos posibilidades: se consideran correctas élite y elite. La Academia patrocinó activamente la forma llana, pero ha acabado por reconocer que tiene mayor aceptación la esdrújula y ya la da como preferente. Esto se refleja en el orden en que aparecen en el lema del artículo correspondiente en el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española):
élite o elite
El DPD acepta las dos pronunciaciones pero aclara que es más frecuente élite.
En español hay una tradición de pronunciar los extranjerismos según la grafía como si fueran palabras autóctonas. Esta es la posibilidad a) de arriba. Compartimos tal costumbre con otras lenguas de nuestro entorno como el inglés y el francés.
En cambio, en otras lenguas, como el alemán, se valora el conseguir una pronunciación fiel al original o, al menos, lo más cercana posible. Esto también tiene sus límites. Es imposible conocer la pronunciación de todas las lenguas y no siempre es fácil imitarla. A veces los locutores de las noticias sudan tinta china para nombrar a los mandatarios de los diferentes países en las cumbres de la Unión Europea.
En los últimos años se aprecia en España un mayor interés por mantener la pronunciación original (posibilidad c), sobre todo para el inglés. El resultado muchas veces son pronunciaciones made in Spain (posibilidad b), o sea, pronunciaciones que son en realidad invento nuestro; por ejemplo, Tom Cruise pronunciado “Tom Cruis” (en lugar de “Crus”, que sería lo más cercano a la pronunciación inglesa).
Un poco irritante es la manía de pronunciar a la inglesa todo lo extranjero. Así, al pobre Paul Klee (que era de un pueblo de al lado de Berna y no de Milwaukee), le convierten en “Pol Kli”, cuando bastaría con leer tal cual “Paul Klee” para que saliera una forma cercana al original. Al primer presidente del Banco Central Europeo, Wim Duisenberg, muchos le llamaban en España “Uim Díusenber”. La pronunciación a la holandesa hubiera dado (en versión española) algo así como “Bim Dóisemberj”, con jota al final (muy complicado). Otros, en cambio, preferían atenerse a nuestra socorrida tradición de leer el nombre como se escribe.
DPD: Diccionario panhispánico de dudas
28 de Septiembre de 2007
El Diccionario panhispánico de dudas (DPD) es una obra de la Real Academia Española (RAE) en colaboración con las otras 21 Academias de la Lengua Española. Su objetivo es solucionar las principales dudas e inseguridades que se presentan en el uso del castellano.
La primera edición es de 2005. Existen dos versiones:
En papel: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Diccionario panhispánico de dudas. Madrid. Santillana. 2005.
Electrónica: contiene íntegro el texto de la versión en papel y se puede consultar gratis en Internet.
El DPD abandona el concepto de norma centrada en Castilla y da cuenta de la variedad de usos aceptables en los distintos territorios de habla española. Lo que es correcto en Madrid no lo es necesariamente en Lima o Caracas. Por ejemplo, la forma de confianza vosotros solo se utiliza en España (y ni siquiera en todo el país). En otros lugares la forma corriente es ustedes:
Frente a ustedes [...], vosotros es la forma empleada en la mayor parte de España para el tratamiento informal; [...]. Esta forma pronominal, así como las formas verbales de segunda persona del plural que le corresponden (calláis, bebíais, escribisteis, saldréis, etc.), carecen de uso en América y en algunas áreas meridionales españolas, como Canarias y Andalucía occidental, donde para el tratamiento informal en plural se emplea ustedes (DPD: vosotros).
Es decir, si a un hablante mexicano le diera por tratar de vosotros a sus amigos, vecinos y hermanos, no estaría hablando bien porque este no es el uso común en su variedad de español.
En definitiva, esta obra trata de resaltar la unidad en la diversidad y de conformar una norma policéntrica que dé acomodo a la amplia comunidad de hablantes de castellano.
El DPD no es exhaustivo. Sólo contiene unas 7 000 entradas dedicadas a las dudas más comunes. En su elaboración se tuvieron en cuenta las consultas que reciben a diario las Academias (por ejemplo, las que le llegan a la RAE a través de su formulario electrónico).
Algunas de las soluciones que propone pueden resultar discutibles. A veces no se hace eco del uso, sino que trata de crearlo. Por ejemplo, para el anglicismo gay se recomienda la pronunciación [gái], aun reconociendo que lo normal es pronunciarlo a la inglesa. Habrá que ver si arraiga.
En cualquier caso, el DPD representa una guía imprescindible no solo para profesionales de la lengua como profesores, periodistas o traductores, sino también para cualquier persona interesada en hablar y escribir correctamente.
Y ya puestos, ¿por qué no añades el DPD a Firefox? Te será útil.