¿Hablamos cada vez peor?
19 de Mayo de 2008
No. La respuesta es así de simple. Y contundente. No hablamos peor. Hablamos de otras cosas. Hablamos de otro modo. Eso es todo.
El mundo cambia y también lo hace el lenguaje con el que hablamos de él. Las generaciones se suceden y cada una trae su modo de hablar, igual que trae su modo de vestir, de hacer arte o de hacer política. ¿Verdad que hoy sería ridículo vestirse como Unamuno? Pues también lo sería hablar como él. Incluso dentro de la vida de una misma persona va cambiando con los años el lenguaje. ¿O nos expresamos de la misma manera con sesenta años que con veinte?
Si la lengua fuera a peor, llegaría un momento en que no nos entenderíamos; pero eso no sucede y no puede suceder. ¿Conoces algún caso? ¿Tienes noticia de algún sitio donde hayan empezado a enredar con el idioma y al final se lo hayan cargado? Imagínate que en Suecia empezaran a hacer experimentos con el sueco hasta que lo estropearan y se tuvieran que pasar —qué sé yo— al italiano para volver a entenderse. Esto que es inconcebible con las lenguas no lo es tanto con otras construcciones colectivas, como la economía, sin ir más lejos. Todos podemos citar países donde han empezado a hurgar en el sistema económico hasta que ha dejado de funcionar. El resultado es miseria, hambre, despoblación… En ningún rincón del mundo, en ningún momento de la historia ha habido una penuria lingüística que nos haya dejado en ayunas de palabras. Por ese lado podemos estar tranquilos.
Para acercarnos al problema, tenemos que saber que existe un fenómeno que se llama cambio lingüístico y que este es universal. Hay toda una rama de la lingüística que se ocupa de estudiarlo. Todas las lenguas cambian y todas han cambiado. No pueden no cambiar. Esto en sí no es ni bueno ni malo. Es. Punto. Otra cosa es que los resultados nos gusten más o menos; pero eso ya es cuestión de gustos y sobre gustos…
La lengua no la hacen los catedráticos, ni los académicos, ni los políticos… ¡por suerte! Siempre la han hecho los hablantes de a pie, la gente normal y corriente: el niño que juega con sus amigos en el patio del colegio, el dependiente de la pollería que despacha cuarto y mitad de mollejas, la señora que merienda con sus amigas en la cafetería, los enamorados que se susurran al oído. Por eso la lengua es sensata y funciona. La comunidad de hablantes en conjunto es sabia (aunque algunos de sus individuos no lo sean tanto).
De unos siglos a esta parte, vienen metiendo cuchara también, con mayor o menor fortuna, gramáticos, gobernantes, lexicógrafos, periodistas, etc.; pero eso no invalida lo anterior. Me entran temblores de pensar en lo que pasaría si la lengua dependiera de una comisión de profesores, representantes del Ministerio de Educación, autores de libros de estilo, dueños de editoriales… y escritores de blogs sobre lengua, que son, con diferencia, los más dañinos.
Otra cuestión, que probablemente te estás planteando a estas alturas, es: “Sí, pero ¿por qué cambian las lenguas?”. Como diría un político, me alegro de que me haga esa pregunta. Por hoy, lo dejaremos aquí.
Etimología de ‘trabajo’
16 de Febrero de 2008
Trabajo viene del latín tripalium, que significaba literalmente ‘tres palos’ y era un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al reo.
Mediante una evolución metonímica, adquirió el sentido de ‘penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz’ (Dicccionario de la lengua española: trabajo, 9.). Es decir, este nombre pasó de designar un instrumento de tortura a referirse a uno de los efectos de la tortura: el sufrimiento. Esto supuso perder los rasgos más específicos del significado: ya no hay aquí maderas, ni se ata a nadie a ningún sitio. Eso es lo que significa en este ejemplo de finales del siglo XVII:
[...] quando veais que Dios embia trabajos, hambres, necessidades y guerras, no os aflijais ni penseis que Dios no se acuerda de vosotros, que no ay quando mas os quiera que el dia que os dà trabajos: ya la persecucion, ya la enfermedad, ya la muerte del padre, ya la del marido, ya la pobreza [...] [Cristóbal Lozano: El Rey penitente: David arrepentido, 3.ª impresión, Valencia, 1698]
Si el sufrimiento lleva unida una retribución económica, ya está aquí nuestro actual concepto de trabajo. Se trata nuevamente de una evolución de índole metonímica, pues el sufrimiento está presente en cualquiera de las actividades con las que nos ganamos el pan. Pensemos, sin ir más lejos, en los trabajos tradicionales del campo. Cualquiera que haya vendimiado sabe lo que es el dolor de riñones, helarse por la mañana, sudar al mediodía, mojarse cuando llueve…
No, si al final va a resultar que tampoco se está tan mal en la oficina… ¿o sí?
Etimología de ‘febrero’
3 de Febrero de 2008
Febrero viene del latín februarius:
Lat. clás. februarium > lat. vulg. febrarium > cast. febrero
Este era el mes de las purificaciones. En su nombre podemos reconocer el verbo februo ‘purificar’.
En febrero se celebraba una fiesta de purificación conocida como Lupercales o fiesta de la februa. Februa era el nombre que se daba a unas tiras de piel de macho cabrío con las que los celebrantes azotaban a la gente (sobre todo a las mujeres). Este azote ritual tenía un valor purificador. Se suponía además que propiciaba la fertilidad femenina y facilitaba el parto.
Como ya hemos visto a propósito de enero, los nombres de los meses remitían a acontecimientos y divinidades. En el paso del latín al castellano se produce un proceso de convencionalización, es decir, las denominaciones se vacían de toda referencia a figuras o hechos concretos y ya solo nos remiten al mes al que nombran.
Por eso tiene sentido un artículo como este.
También te interesará conocer la etimología de los otros meses del año: enero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre.
Haplología: de ‘impudicicia’ a ‘impudicia’
18 de Enero de 2008
La haplología es un proceso fonológico por el que se elimina una secuencia de sonidos cuando en posición contigua aparece la misma u otra muy semejante. Cuando se da en el interior de una palabra, constituye un caso especial de acortamiento. El término está formado sobre dos raíces griegas: haplóos ’simple’ y logía (de logos ‘palabra, habla’), por lo que, etimológicamente, viene a significar ’simplificación de una palabra’.
Pronunciar sonidos iguales seguidos resulta a veces complicado. Por eso, puede ocurrir que se simplifique una palabra eliminando la repetición. Por ejemplo, del latín impudicitia surgió en castellano una forma impudicicia en la que se repetía la secuencia -ci-. Esta todavía se recoge en el diccionario, pero ya nadie la utiliza porque fue desplazada por la forma reducida impudicia.
El caso de impudicicia > impudicia está recogido en la norma del español, pero hay otros de tipo popular que no están aceptados, por ejemplo:
Imposibilidad > imposilidad
Parálisis > paralís
Este tipo de fenómenos se producen frecuentemente en el habla, muchas veces como resultado de lapsus e incluso sin que lleguemos a darnos cuenta.
‘Hacia’ y ‘de cara a’
10 de Enero de 2008
Hoy día tenemos en español una preposición hacia y una locución prepositiva de cara a con diferentes significados, pero que han seguido una evolución análoga.
Nuestra preposición hacia no existía en latín. Es una invención castellana a partir de la expresión faze a, que significaba, exactamente, ‘cara a’ (todavía hoy conservamos el sustantivo faz como sinónimo de cara). Esta expresión sufrió un desgaste progresivo en su forma y en su significado.
En cuanto a la forma, desapareció la efe inicial, como les ocurrió a todas las palabras que empezaban por ese sonido en castellano. Además, la preposición a perdió su independencia y se fundió con el sustantivo. La unidad resultante perdió su acento y pasó a pronunciarse apoyándose en la palabra siguiente. Cuando decimos hacia Salamanca, en realidad estamos pronunciando una unidad con un solo acento:
“aciasalamánca”
En cuanto al significado, se perdieron las referencias concretas a la cara como parte del cuerpo y al estar mirando hacia un sitio. Solo quedó la idea, más abstracta, de orientación.
Y así es como llegamos a la actual preposición hacia.
De cara a está sufriendo un proceso similar. En primer lugar nos tenemos que fijar en su significado literal de orientación espacial, como en el siguiente ejemplo:
Cuando no tenían frase los colocaba de cara a la pared, como niños castigados [Francisco Álvaro: El espectador y la crítica: El teatro en España, p. 159]
A partir de aquí van surgiendo usos figurados en los que el espacio ya no es físico sino figurado, metafórico, pero en los que todavía se identifica con claridad la noción espacial:
La ampliación de los márgenes al ±15% permite, de cara a la opinión pública, seguir afirmando la viabilidad del proyecto de unión monetaria [José Barea y Maite Barea: Después de Maastricht, ¿qué?, p. 30]
Llevando más allá la metáfora, se llega a una expresión abstracta con valor prospectivo y de finalidad (que podemos parafrasear con la expresión ‘con vistas a’):
La República tuvo tiempo para reorganizarse de cara a la defensa de Madrid [Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, 1936-1939, p. 447]
De forma análoga a lo que ocurrió con faze a, esta locución está sufriendo un progresivo desgaste de su forma. En el ejemplo anterior se mantiene íntegra la sustancia fónica. En este otro, en cambio, la primera preposición ya ha desaparecido:
[...] la junta directiva [...] permanece en Madrid tratando de poner en práctica una serie de proyectos internos [...] (aparte de las medidas ya acordadas cara a las autoridades y prensa de Madrid) [Celso Almuiña Fernández: La prensa vallisoletana durante el siglo XIX (1808-1894), p. 538]
Para algunos hablantes, incluso, lo único que queda de la expresión inicial es el sustantivo cara, como en este ejemplo que encuentro en un foro de Internet:
[...] toda la legislatura sin hacer nada en materia de vivienda, y ahora cara las elecciones empiezan a estudiar medidas [...] [Rankia, Foro de vivienda, acceso 10-1-2008]
En cuanto a la erosión del significado, se pierde la referencia a una parte concreta del cuerpo y la expresión va adquiriendo valores cada vez más abstractos, hasta el punto de que en muchos contextos es intercambiable simplemente con la preposición para.
No es casualidad que la misma parte del cuerpo intervenga en épocas diferentes en la formación de nuevas preposiciones. Este fenómeno se basa en mecanismos de conceptualización universales. Los seres humanos tratamos de entender los conceptos abstractos apoyándonos en ideas concretas, en realidades de las que tenemos una experiencia inmediata.
Uno de los primeros descubrimientos del niño es su propio cuerpo. Este conocimiento se traslada a otros ámbitos, como el espacio y el tiempo o a relaciones lógicas como la de finalidad. Pensemos, por ejemplo, que cuando queremos indicarle a alguien cómo llegar a un sitio le decimos que queda a mano izquierda o a mano derecha. El cuerpo nos sirve para estructurar nuestra percepción del espacio.
Las partes del cuerpo que intervienen en la aparición de palabras gramaticales son, además, siempre las mismas. Se trata de partes muy básicas, que tienen una gran relevancia cognitiva. Las lenguas del mundo están repletas de palabras gramaticales que surgen de nombres para la cara, la frente, la espalda, las manos… Esto, en cambio, no pasa ni con las uñas, ni con el dedo gordo del pie, ni con las verrugas.
El caso de hacia y de cara a es interesante para ilustrar cómo las lenguas, en su evolución, siguen ciertas vías que se van repitiendo a lo largo del tiempo. Otra cosa es la consideración normativa que pueda tener esa evolución, pero eso ya es harina de otro costal.
Origen de los adverbios terminados en -mente
19 de Diciembre de 2007
Los adverbios terminados en -mente (por ejemplo, sinceramente) no existían en latín. Son una innovación de las lenguas románicas. Surgen de expresiones como esta:
Clara mente (‘con mente clara’)
Lo que tenemos en el ejemplo es un adjetivo (clara) combinado con el sustantivo mente. El sustantivo y el adjetivo están en caso ablativo, que era el del complemento circunstancial. Esta combinación podía aparecer en oraciones del tipo:
Te lo digo con la mente clara
Al principio, los adjetivos tenían que ser compatibles con el significado de mente. Despues mente se va vaciando de significado hasta quedar convertido en un elemento que sirve para formar adverbios a partir de adjetivos. La pérdida de significado va acompañada de la pérdida de libertad en el plano formal: deja de ser una palabra independiente para convertirse en un sufijo que forzosamente va ligado a un adjetivo.
Todavía encontramos un indicio de su origen en el hecho de que el adverbio se construya a partir de la forma femenina del adjetivo. El sustantivo mente era femenino y el adjetivo tenía que concordar con él.
Encontramos otro rastro de su procedencia en el doble acento que presentan estos adverbios en la lengua oral; decimos:
Cláraménte
Tanto el adjetivo como el sufijo adverbializador -mente llevan su propio acento como recuerdo de que en su día fueron palabras independientes. Esto es excepcional en nuestra lengua. Lo normal es que los compuestos lleven un solo acento, por ejemplo sacacórchos, donde el acento recae únicamente sobre el segundo componente.
También en la lengua escrita, la acentuación de los adverbios en -mente es particular: solo lleva tilde el adverbio si el adjetivo la lleva por sí solo, como rápidamente.
Hay otra peculiaridad más que se explica por su origen. Cuando se coordinan dos de estos adverbios, lo normal es que el sufijo sólo aparezca en el segundo:
Este es un punto de vista general en todos los asuntos políticos: cuanto se haga, hay que hacerlo honrada y sinceramente [Ángel Ganivet: Idearium español]
Esto no ocurre con otros sufijos. Es el antiguo sustantivo independiente que asoma una vez más.
El sustantivo latino mens, mentis se ha roto en dos en su paso al castellano y a las otras lenguas románicas: un nombre mente que es su sucesor directo y un sufijo adverbializador -mente. Hoy los hablantes no reconocen ninguna relación entre uno y otro a pesar de que históricamente son hermanos y tienen la misma forma. Es normal: los hablantes se dedican a hablar y no a hacer historia de la lengua. ¡Por suerte!
Origen de ‘conmigo’
8 de Octubre de 2007
¿Te has preguntado alguna vez por qué decimos conmigo y no con mí? La explicación es de tipo histórico.
Etimológicamente, decir conmigo (o contigo o consigo) es decir dos veces lo mismo. La terminación -go es lo que ha quedado de la erosión fonética y semántica de la preposición latina cum ‘con’. Digo preposición, pero en realidad sería más exacto hablar de posposición, puesto que se posponía al pronombre. En latín, conmigo se decía:
mecum (< me + cum)
Esta forma constaba del pronombre me y la posposición cum. Como la terminación -cum se iba desgastando y se iba percibiendo cada vez menos la idea de ‘con’, se le empezó a añadir como refuerzo otra vez la preposición, pero, esta vez sí, como preposición, es decir, precediendo al pronombre me; por así decir, haciendo un bocadillo:
mecum > micu(m) > migo > conmigo
Por eso hoy decimos conmigo y no con mí, que es lo que cabría esperar, igual que decimos con nosotros, sin mí, para mí, a mí, etc. Fíjate en que en italiano, por ejemplo, se dice con me.
La forma intermedia migo no está documentada. Los filólogos llegan a ella por reconstrucción. Esto es algo muy normal en la lingüística histórica.