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¿Académicos o profesores universitarios?

En España, cuando hablamos de académicos, tradicionalmente nos referimos a los miembros de las Reales Academias. Este término se asocia sobre todo con los miembros de la Real Academia Española, que es la encargada de velar por el idioma; pero también se aplica a los pertenecientes a las otras corporaciones, como la Real Academia de la Historia o la Real Academia Nacional de Medicina.

Sin embargo, en los últimos años va avanzando otro uso de la palabra por influencia del inglés. En esta lengua academic significa ‘profesor universitario’, por lo que fácilmente se desliza el falso amigo académico en traducciones apresuradas o descuidadas. He aquí un ejemplo:

Como la rueda, el alfabeto y la fermentación del vino, los fondos de cobertura nos hicieron levantar la ceja a los académicos [El País (España), 16-9-2007]

El ejemplo anterior está tomado de un artículo de Paul A. Samuelson, premio Nobel de economía y catedrático del MIT. El artículo original estaba escrito en inglés, y se debería haber traducido los profesores universitarios o, quizá, los miembros del mundo académico, expresión que sí se interpreta como referida a los universitarios.

Este uso va extendiéndose y ya no solo se encuentra en traducciones sino también en textos redactados directamente en español. Esto fue lo que ocurrió en este titular de noticia:

La Caixa ‘ficha’ a diez académicos para su Servicio de Estudios [Abc (España), 4-10-2005]

Cuando continuamos leyendo, descubrimos que se trata de catedráticos de universidad y, por tanto, del sentido anglizante de académico.

Habrá que ver si con el tiempo esta nueva acepción triunfa o si no pasa de ser una moda pasajera.

Billón estadounidense, billón español y millardo

Un billón en Estados Unidos y en España no son lo mismo. Aquí, y en gran parte del mundo, un billón equivale a un millón de millones:

1 billón = 1 000 000 000 000

El billón estadounidense es más modesto: se queda en mil millones (1 000 000 000). El problema viene en las traducciones, como aquí:

“Estos 100 estados, que representan a casi 4,5 billones de personas, han subrayado así su intención de proteger a su población de los problemas derivados del tabaco”, ha declarado el director general de la OMS, el doctor Lee Jong-wook [El Mundo, 29-3-2004]

Teniendo en cuenta que la población mundial es de unos 6 000 millones de personas, en la cita anterior sobran unos cuantos. O eso, o hay que entender que son billones estadounidenses mal traducidos. Entonces sí que cuadra todo, porque estaríamos hablando de 4 500 millones de personas (si la población de la Tierra se midiera de verdad en billones, andaríamos un poco apretados).

Para terminar de complicar las cosas, tenemos el millardo. En otros países, como Francia o Alemania, un millardo son mil millones (o sea, el famoso billón estadounidense). La Academia propuso esta palabra, pero de momento no parece que cuaje. A día de hoy, si hacemos una búsqueda en Internet con san Google bendito, veremos que millardo aparece en 64 000 documentos. No está mal, dirán algunos. Pero es que mil millones (búsqueda exacta) arroja más de 2 millones de resultados. La diferencia es abrumadora e indica una preferencia clara por la segunda.

Por si sirve de consuelo, los que peor lo tienen son los británicos. Su uso tradicional es como el nuestro; pero, quieras que no, se ha ido imponiendo el billón de allende los mares, así que no siempre queda claro a qué se refieren estas cantidades.

Película con secuelas

Hay un neologismo que se va abriendo paso en castellano: secuela en el sentido de ‘continuación de una película’ (segunda parte, tercera, etc.). Por ejemplo:

El joven actor Shia LaBeouf, protagonista [...] de la nueva secuela de Indiana Jones, [...] desveló el título de la cuarta entrega de la célebre saga cinematográfica [El País, 11-9-2007]

La palabra secuela traduce aquí el inglés sequel. Se trata claramente de un falso amigo: se sustituye el término inglés por la palabra que suena más parecida en español, aunque su significado sea diferente. Secuela es más bien el daño que nos deja una enfermedad.

Si el uso como ‘continuación de una película’ está triunfando no es solamente por dejadez de los traductores sino también —y sobre todo— porque llena una laguna léxica. En ciertos contextos se siente la necesidad de disponer de una denominación específica e inequívoca para esas segundas, terceras y cuartas partes.

Y ahora ya no solamente hay secuelas. Además se ha inventado la precuela (también un invento inglés trasplantado a nuestra lengua):

Brian de Palma ya tiene a sus dos finalistas para encarnar a Al Capone en la precuela de Los Intocables [El País, 23-2-2007]

La precuela es lo contrario de la secuela: una película que se rueda después de otra pero con una trama que antecede a la primera (como se hizo con la cuarta, quinta y sexta entregas de La guerra de las galaxias, que son precuelas de los tres episodios que ya se habían rodado).

Ya estoy oyendo la pregunta: ¿pero qué es lo correcto? Desde luego, secuela no aparece en el diccionario de la Academia con este sentido; y precuela, ni con ese ni con otro. Se pueden encontrar, sin duda, soluciones más elegantes e idiomáticas (aunque menos precisas). Lo que es seguro es que, si los hablantes se empeñan, la secuela y la precuela cinematográficas acabarán entrando en el diccionario.

Y que todas las secuelas que nos queden sean como esas.