No se separa el sujeto del verbo con coma
10 de Enero de 2010
Una de las faltas de puntuación más extendidas consiste en separar el sujeto del verbo con una coma. Un ejemplo de esto lo pudo ver toda España en Nochevieja por televisión. Una empresa pagó una millonada por ponerle este subtítulo al reloj de la Puerta del Sol mientras dos pelotitas se zampaban las uvas al son de las campanadas:
Empezar un nuevo año con ilusión, no tiene precio
El sujeto de esa oración es Empezar un nuevo año con ilusión y quien ha plantado ahí la coma ha caído en una vieja trampa.
A muchos nos han enseñado que la coma sirve para representar en la escritura las pausas de la pronunciación. Eso, que era cierto en la Edad Media, hoy ya no lo es tanto. A lo largo de la historia, las lenguas europeas han ido evolucionando desde sistemas de puntuación que reflejaban la oralidad hacia otros más abstractos cuya función consiste ante todo en dar pistas sobre la estructura de las oraciones y del texto.
Entre el siglo XVIII y el XIX, Goethe se peleaba con sus editores porque él puntuaba de oído sus obras de teatro —no precisamente por ignorancia sino para orientar a los actores sobre cómo quería que dijeran el texto—. La pelea venía porque en aquella época el alemán ya había realizado la transición a un sistema de puntuación sintáctico (y la puntuación del alemán es extremada en su sintacticidad).
Pues bien, en nuestro ejemplo ha habido también una lucha entre la intención comunicativa y la corrección ortográfica en la que ya sabemos quién ha salido peor parado. Uno de los lugares donde tiende a intercalarse una pausa en la lengua oral es justamente entre el sujeto y el verbo (sobre todo si aquel es largo) y toda la gracia de ese eslogan se pierde si no se marca bien la pausa, como sabrán quienes lo hayan oído.
Dicho esto, lo único que puedo añadir es que los textos de Goethe hoy los conocemos con las comas que les fueron poniendo sus editores y que si la ilusión no tiene precio; la ortografía, probablemente, tampoco.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, No se separa el sujeto del verbo con coma]
Leísmo de cortesía
23 de Abril de 2008
El leísmo de cortesía es muy frecuente cuando nos dirigimos a una persona a la que tratamos de usted. Está aceptado en la norma. Consiste, como cualquier leísmo, en utilizar el pronombre le(s) para el complemento directo. Lo característico de este tipo específico es que va asociado a la forma de respeto de la segunda persona: usted(es). Se da en masculino y en femenino (aunque es más frecuente el primero), y tanto para el singular como para el plural.
Este leísmo de cortesía explica que, frecuentemente, la fórmula de despedida en una carta formal, tanto para un hombre como para una mujer, sea:
Le saluda atentamente
Teniendo en cuenta que saludar es un verbo transitivo (o sea, que rige complemento directo), lo que sería de esperar aquí es La saluda atentamente si nos dirigimos a una mujer o Lo saluda atentamente si nos dirigimos a un hombre (contando con que quien escribe no sea leísta).
Este fenómeno se constata incluso para hablantes que por lo demás no son leístas e introduce una diferenciación en el pronombre átono para dos personas verbales que normalmente coindidirían en la forma de dicho pronombre:
2.ª persona (forma de respeto): No le había reconocido [a usted]
3.ª persona: No lo había reconocido [a él]
Si nos atenemos simplemente al régimen verbal, lo que sería de esperar en los dos ejemplos anteriores es simplemente No lo había reconocido (siempre que el hablante no sea leísta, insisto). La forma leísta tiene a su favor en este caso que se percibe claramente como más respetuosa.
El leísmo es un fenómeno muy complejo en el que se cruzan norma y uso. Además, no es un fenómeno unitario, sino que coexisten tipos diferentes con diversa consideración normativa y diverso prestigio. No es de extrañar que los hablantes leístas corregidos (o sea, la mayoría de los castellanos con un cierto nivel educativo) se sientan a menudo inseguros en el uso de los pronombres átonos de tercera persona.
Gerundio como modificador de un nombre
25 de Marzo de 2008
La norma no acepta el uso del gerundio como modificador de un nombre, es decir, en función análoga a la de un adjetivo. He aquí un ejemplo de este uso incorrecto:
[...] en su patio y garaje tenía estacionada una caja de aluminio de tracto-camión conteniendo 30 toneladas de mármol negro [...] [Gaceta Parlamentaria (México), año III, n.º 515, acceso: 25-3-2008]
En la frase de arriba el gerundio se está utilizando, incorrectamente, para explicar algo a propósito de caja de aluminio, como si fuera un adjetivo. Lo que exige la norma aquí es una oración de relativo. El ejemplo anterior queda así, una vez enmendado:
En su patio y garaje tenía estacionada una caja de aluminio de tracto-camión que contenía 30 toneladas de mármol negro
Estas construcciones son, a menudo, calcos del inglés, por lo que no es raro que aparezcan en traducciones más o menos apresuradas.
Hay un par de excepciones que sí están aceptadas:
a) Se considera correcto este uso en títulos de cuadros, fotografías, etc., por ejemplo:
Cristo expulsando a los mercaderes del templo [Óleo de El Greco]
b) Los gerundios ardiendo e hirviendo sí se pueden utilizar como adjetivos, como en estas oraciones:
Cuando el cíclope duerme, le clava una estaca ardiendo en su único ojo [El Portal de El Algar, acceso: 25-3-2008]
¿Qué sucede si se lanza agua hirviendo al aire en un típico día invernal canadiense a -40º centígrados? [hmmm, acceso: 25-3-2008]
El gerundio en función adjetiva es, después del gerundio de posterioridad, el uso no normativo del gerundio que se da con mayor frecuencia.
Dequeísmo
6 de Febrero de 2008
El dequeísmo es un fenómeno antinormativo que consiste en introducir la preposición de ante la conjunción que en aquellos casos en que esta preposición no viene exigida por el verbo u otro elemento de la oración.
El ejemplo clásico es pienso de que. Álex de la Iglesia recurre humorísticamente a él cuando titula así un artículo en el que anda a vueltas con el tema:
(1) “Pienso de que existo” [El País, acceso: 6-2-2008]
Este artículo, por cierto, tiene más interés desde la perspectiva social que desde la lingüística, pues revela la percepción tan negativa que se tiene de este fenómeno.
El dequeísmo es un problema de régimen: algunos verbos rigen la preposición de y otros no. Pensemos en dos verbos de significado afín (pero no idéntico, ojo), por ejemplo, librarse de algo y evitar algo, como en las dos oraciones siguientes:
(2) Mariano se libró de que le operaran
(3) Mariano evitó que le operaran
En (2) obligatoriamente tenemos que utilizar la preposición, mientras que en (3), para decir algo muy parecido, debemos evitarla. No es de extrañar entonces que la encontremos empleada incorrectamente en ejemplos dequeístas como (4):
(4) [...] mucha gente fue convertida al señor y se evitó de que muchos hogares fueran destruidos [...] [Comentario de un usuario en L'Absurd Diari, acceso: 5-2-2008]
Las preposiciones regidas por verbos están desemantizadas; y por ahí viene el problema. Tienen una función puramente estructural: el verbo las necesita para introducir uno de sus complementos, pero no aportan ningún significado.
La dificultad no se plantea con preposiciones como las de los dos ejemplos siguientes, que no vienen regidas por el verbo sino exigidas por el sentido:
(5) El príncipe Carlos es de Zaragoza [86400, acceso: 5-2-2008]
(6) Ya sabíamos que el alma está en el cerebro [Blog de Eduard Punset, acceso: 5-2-2008]
Un hablante nativo nunca dudará de cuál es la preposición correcta en (5) ó (6). Si se le ocurriera cambiarla por otra o suprimirla, el sentido cambiaría o se perdería. En cambio, el añadir la preposición de al verbo evitar no altera el significado.
Se suele proponer un truco para saber si el verbo verdaderamente rige una preposición: sustituir la oración subordinada por el pronombre eso. Si la preposición se mantiene, está empleada correctamente:
(7) Se evitó que muchos hogares fueran destruidos > Se evitó eso
(8) Se evitó de que muchos hogares fueran destruidos > Se evitó de eso
Sin embargo, este truco, como todos, sólo funciona a veces. Yo puedo decir Necesito de tu ayuda, y, por tanto, necesito de eso, pero no Necesito de que me ayudes.
Al final, nos encontramos ante un problema de diccionario. Este nos debe informar no solo sobre el significado de los verbos sino también sobre su construcción: qué tipo de complementos admiten, si estos van introducidos por alguna preposición, etc. El Diccionario panhispánico de dudas nos ofrece esta información para los verbos más frecuentes, pero no para todos. Así, nos orienta con necesitar, pero nos deja tan perdidos como estábamos en el caso de evitar. El excelente diccionario de María Moliner sí que nos saca de apuros muchas veces.
La inseguridad es tanta que muchas veces, huyendo del dequeísmo, caemos en el queísmo. Este es el fenómeno opuesto y consiste en suprimir incorrectamente una preposición regida por un verbo, sustantivo o adjetivo.
Cuando pensamos en dequeísmo, pensamos sobre todo en construcciones verbales. Este es el caso central, aunque hay otros. Pero a cada día le basta su afán y esta entrada ya se ha alargado demasiado. Volveremos sobre el tema.
El loísmo
20 de Noviembre de 2007
El loísmo consiste en utilizar el pronombre lo para el complemento indirecto. Siempre se considera incorrecto. Se percibe como vulgar, por lo que raramente se encuentran ejemplos en la lengua escrita. Este es uno de los pocos que he podido localizar:
Al Rey lo gustó mucho la idea [El Pueblo de Ceuta (España), 6-11-2007]
La forma estándar en el ejemplo anterior hubiera sido le:
Al Rey le gustó mucho la idea
El loísmo siempre ha sido menos frecuente que el leísmo y el laísmo. Como ellos, surge en la Castilla medieval y es un fenómeno fundamentalmente castellano. En principio, ni Andalucía, ni Canarias, ni América son loístas. Digo en principio porque en la práctica sí hay islotes loístas en América, sobre todo en zonas en que el español está en contacto con lenguas indígenas como el quechua. Véase si no este ejemplo tomado de una recopilación de cuentos ecuatorianos de tradición oral:
Tenía treh hija’ mujer’ este hombre. Y de las treh hija’ mujer’ una lo salió bien simpática [...] [Paulo de Carvalho Neto: Cuentos foklóricos del Ecuador: 52 registros de la tradición oral]
En la lengua estándar hubiéramos dicho le salió bien simpática.
El leísmo
19 de Octubre de 2007
El leísmo es un uso antinormativo que consiste en utilizar el pronombre le(s) para el complemento directo:
Comenta que las autoridades les recogieron en la playa [Abc, 22-9-2007]
En el ejemplo anterior, la norma hubiera exigido escribir:
Comenta que las autoridades los recogieron en la playa
El sistema etimológico de pronombres personales átonos (es decir, el heredado del latín) únicamente comprende los pronombres lo(s), la(s) para la tercera persona del complemento directo:
Yo lo conocí el mismo día que a Bertolt Brecht [Ramón J. Sender: Álbum de radiografías secretas]
También los saludamos con efusión [Azorín: En lontananza]
Estas formas son las corrientes en Andalucía y América y son siempre correctas.
De todas las variedades de leísmo, solo el de persona singular masculino está aceptado en la norma:
Esto leía el pobre Pere cuando le mataron [Eduardo Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta]
Además existen estos otros tipos, todos ellos considerados incorrectos:
1. Leísmo de cosa:
—No, no me lastimes y te le daré [el anillo] [Mariano José de Larra: El doncel]
2. Leísmo de persona masculino plural:
Les persiguieron, les encarcelaron y les condenaron por practicar la poligamia [Fernando Arrabal: La torre herida por el rayo]
3. Leísmo de persona femenino (tanto en singular como en plural):
Si no por Isabel, vaya si me echo novia allí, que le conocí a una tal Rosita, sobrina de un cura, como para volverle loco a cualquiera [Rafael Sánchez Mazas: La nueva vida de Pedrito de Andía, tomado de DPD: leísmo]
El leísmo femenino ha existido tradicionalmente en el País Vasco y territorios limítrofes, pero hoy tiene una nueva fuente en hablantes laístas que por ultracorrección incurren en leísmo.
Para complicar más las cosas, existen ciertos casos especiales, como el denominado leísmo de cortesía, el uso del pronombre le(s) en construcciones impersonales con se, la alternancia de régimen de los verbos de afección psíquica, las construcciones causativas formadas con los verbos hacer y dejar o los cambios de régimen que están experimentando ciertos verbos.
No hay ninguna prueba o truco que nos indique de forma sencilla y fiable si estamos utilizando el pronombre correctamente. Al final, la cuestión se convierte en un problema de diccionario. El DPD nos proporciona ayuda en muchos casos dudosos, pero no es exhaustivo, por lo que no siempre nos sacará de apuros.
Con el leísmo, la norma le quita la razón a Castilla y se la da a Andalucía y América, que se han mantenido fieles al uso etimológico. Esto indica que la norma (por más que se haya orientado tradicionalmente hacia el habla de Castilla) no coincide plenamente con ninguna variedad regional concreta.
El leísmo no es ningún invento reciente. Las vacilaciones entre le y lo son constantes desde la Edad Media. Para que el hablante leísta se consuele, le diremos que está en buena compañía. Bastantes de nuestros clásicos eran leístas. Como muestra, basta un botón de Cervantes:
Cerró el papel Rutilio con intención de dársele a Policarpa [Miguel de Cervantes: Los trabajos de Persiles y Sigismunda]