Archivo de Junio de 2008
Empoderar
12 de Junio de 2008
Se está celebrando en Madrid, en la Universidad Carlos III, un congreso sobre la presencia de las mujeres en la esfera pública. Y se plantea durante la comida la cuestión de si el verbo empoderar está en el diccionario. Pues bien, sí lo está.
Empoderar existió en castellano clásico y se ha reintroducido en la lengua actual como calco del inglés empower.
En inglés y castellano este verbo tuvo un mismo significado: conceder a alguien un poder (sobre todo como representante legal); es decir, algo así como ‘autorizar’ o ‘nombrar apoderado’. Esta acepción ya ha caído en desuso en las dos lenguas. Sin embargo, la palabra ha experimentado una revitalización en inglés y después en castellano.
El uso moderno de empower tiene su origen en los movimientos por los derechos civiles, que buscaban empoderar a sus seguidores, es decir, conquistar derechos y, con ellos, parcelas de poder para quienes estaban privados de ellos. La palabra floreció cuando fue adoptada por el movimiento feminista y fue tanto el éxito que acabaron adoptándola movimientos del más diverso signo.
Este uso renovado de empower es el que se trasplanta al español y ese es el significado actual de empoderar (aunque este todavía se hará esperar para entrar en el diccionario de la Academia). El significado de la palabra inglesa y el de su hermana castellana han evolucionado en paralelo aunque no de manera espontánea sino por influencia de una lengua sobre la otra. El movimiento de derechos civiles crea todo un aparato conceptual que desde la cultura estadounidense se exporta a otras culturas. Y con los conceptos se exportan las palabras para nombrarlos.
¿Es correcto entonces el uso de empoderar? La extensión de significado de ‘conceder un poder (legal)’ a ‘conceder derechos’ (o más bien conquistarlos), ‘asumir el control’, tiene mucho sentido lo mismo en una lengua que en la otra. Ni siquiera los puristas más recalcitrantes deberían sentirse ofendidos, pues suelen defender la revitalización de palabras como medio para nombrar las nuevas realidades. Mil veces se aplaudió el rescate de azafata (’camarera de la reina’) para referirse a la tripulante de cabina de un avión. Puede que haya quien se sienta molesto con la palabreja, pero quizás aquí se esté disfrazando de argumento lingüístico lo que en última instancia no lo es. A veces, una forma cómoda de escamotear el verdadero debate es escudarse en sutilezas filológicas. Si los diccionarios no han recogido este nuevo sentido de empoderar, deberían ir haciéndolo, puesto que esta palabra, de hecho, existe.
En cualquier caso, no podemos sino felicitarnos de iniciativas como la de las integrantes del Grupo Kore con este congreso, que es una aportación eficaz al empoderamiento de la mujer.
Etimología de ‘junio’
10 de Junio de 2008
Junio viene del latín (mensis) Iunius ‘mes de Juno’.
Juno era la hermana y esposa de Júpiter. Como diosa, representaba la feminidad y reunía los atributos que se le asignaban a esta en la sociedad tradicional, sobre todo, los de esposa y madre. Era la protectora del noviazgo, el matrimonio, el embarazo y el parto.
Los nombres de los meses en castellano presentan un mayor grado de convencionalidad que sus equivalentes latinos. Para los romanos, la relación de junio con Juno era evidente. Hoy ya no lo es. El nombre ha sufrido una desmotivación, de manera que para nosotros ya solamente se refiere al sexto mes del año.
Extranjerismos
6 de Junio de 2008
Un extranjerismo (o xenismo) es una palabra tomada de otra lengua que se percibe todavía claramente como ajena a la propia, como un cuerpo extraño. Esto se nota en la ortografía, que se aparta de lo habitual, en la pronunciación, que puede ser vacilante, y en la morfología, que puede dar lugar a conflicto de normas en la formación del plural, en la conjugación, etc.
Los intercambios de léxico entre lenguas siempre han sido frecuentes. Lo que ha ido cambiando con el tiempo son las lenguas que exportan sus términos. Frecuentemente, esto es una cuestión de prestigio. Cuando una lengua goza de gran estima, todos se arriman a ella con la esperanza de que les comunique la distinción que irradia. En la Antigüedad europea, la gran lengua de cultura, con diferencia, fue el griego. Por eso el latín estaba plagado de helenismos, algunos de los cuales hemos heredado nosotros, ya asimilados, como cátedra/ cadera, camaleón, bodega/ botica, tisana, tragedia, geranio, etc. Todos ellos fueron en su día xenismos crudos en latín.
El castellano se convirtió durante nuestros Siglos de Oro en exportador de palabras a escala internacional. La influencia cultural y política de Castilla se dejó notar en las lenguas de su entorno, que adoptaron palabras como sarabande (< zarabanda), alcôve (< alcoba), en el caso del francés; o grandee (< Grande de España, título nobiliario), armada (< fuerzas navales), en el del inglés. Se dio aquí también un fenómeno que acompaña frecuentemente al extranjerismo: quien exporta la cosa exporta el nombre. Desde la Península Ibérica se difunden productos descubiertos en el Nuevo Mundo que van a cambiar radicalmente la vida de los europeos: ¿quién se imagina hoy un mundo sin chocolate, patatas, tomates o tabaco? Hoy esos nombres son internacionalismos. Su origen son las lenguas americanas, pero el castellano les sirvió de vehículo.
Hoy la gran influencia a escala internacional es sin duda la del inglés, sobre todo por Estados Unidos. El vocabulario de nuestra lengua y de la inmensa mayoría de las lenguas del mundo está plagado de anglicismos como outsourcing, caucus, checklist, talkshow, blog, airbag, PC, muffin, etc.
El inglés también ha asumido una función de mediador análoga a la del castellano clásico. Por ejemplo, hoy tsunami es palabra de uso más o menos frecuente en nuestra lengua; pero nosotros no hemos ido a buscarla al japonés, como tampoco lo han hecho los hablante de las otras lenguas en las que se ha introducido. Ha sido el inglés el que nos la ha servido.
Frente a la adopción de palabras extranjeras hay dos posturas principales. Una es el purismo, empeñado en defender las esencias de la lengua, lo castizo. Antes de importar un término prefiere agotar todas las vías, por ejemplo:
a) Revitalizar palabras, como se hizo con azafata, que de ‘camarera de la reina’ se repescó en España para referirse a lo que en otros países llaman ‘aeromoza’.
b) Traducir las extranjeras calcándolas, como ocurrió con rascacielos (< skyscraper)
Solo se tolera el extranjerismo necesario, que es el inevitable por falta de alternativas. El purismo suele ser normativista. Espera de las Academias de la Lengua que regulen el proceso.
La otra postura es el laxismo: los hablantes decidirán según sus intereses y necesidades; el vocabulario se irá decantando con el uso; hay que dejar que la lengua evolucione…
Estos son los dos polos. Entre medias, naturalmente, encontraremos todo tipo de actitudes más o menos matizadas, más o menos consecuentes.
Se entremezclan aquí consideraciones de orden extralingüístico: particularismo, universalismo, prestigio social y cultural, deseo de innovación o de mantener las cosas como están…
Lo que es seguro es que siempre ha habido intercambio entre lenguas. No hay en el mundo una sola lengua pura en el sentido de no mezclada. Ni el tomar palabras prestadas debilita a las lenguas ni el rechazarlas las fortalece. Una y otra postura son legítimas y tienen, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Son otros los factores que tienen que ver con el auge o decadencia de las lenguas. El intercambio de vocabulario no es nunca causa sino más bien síntoma de lo uno o lo otro.
El fenómeno del extranjerismo se asocia también con dos tendencias opuestas: a la convergencia y a la divergencia de las lenguas. La globalización favorece claramente el acercamiento de las lenguas y de los estilos de vida. Se trata, eso sí, de una globalización guiada por un país, una lengua y una cultura.
¿Delante mío o delante de mí?
2 de Junio de 2008
Con delante y algunos otros adverbios de lugar (detrás, encima, debajo, enfrente, etc.) se plantea la duda de si lo correcto es delante mío o delante de mí. Para esto hay un truco que consiste en anteponer el determinante posesivo. O sea, hacerse preguntas como estas:
a) ¿Puedo decir alrededor mío? Sí, porque puedo decir a mi alrededor, por ejemplo:
Para la escena me inspiré en muchas conversaciones que había oído a mi alrededor [Lata de Zinc, acceso: 2-6-2008]
[…] tengo un ego exageradamente grande, y quisiera que el mundo girara alrededor mío [PM, acceso: 2-6-2008]
b) ¿Puedo decir delante mío? No, porque no puedo decir en mi delante. Es decir, la única posibilidad es delante de mí:
El que iba delante de mí se subió bebiendo un cartón de leche. Y, claro, me lo tiró encima [La Decadencia del Ingenio, acceso: 2-6-2008]
En el fondo, el truco anterior lo único que hace es explotar las mismas posibilidades que tenemos en mi primo frente a un primo mío.
El hablante no nativo carece de este recurso, pero puede hacer una búsqueda en Internet. Si advierte que la forma mi detrás no aparece o es escasísima, ya sabe a qué atenerse.
También hay una variante con el posesivo en femenino: delante mía. Esta no solo no es normativa sino que es menos prestigiosa todavía que delante mío.
Naturalmente, lo dicho no solo es válido para mi/ mío sino también para los otros determinantes posesivos: tu, su, etc.
Pues nada, a practicar.