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La convergencia de las lenguas

El cambio lingüístico no solo separa unas lenguas de otras en procesos de divergencia, sino que a menudo puede hacer que lenguas alejadas se vayan aproximando. Este es un fenómeno que se conoce como convergencia y que tiende a la unificación y homogeneización de las lenguas.

La convergencia se ve favorecida por factores como el contacto. Cuanto más intensos sean los intercambios entre dos comunidades lingüísticas, más posibilidad habrá de que elementos de una lengua vayan pasando a la otra. Estos intercambios pueden ser de lo más variado: económicos, científicos, políticos, religiosos, literarios…

Por ejemplo, el cristianismo romano ha sido decisivo para la evolución convergente de las lenguas de Europa occidental. Hoy estas comparten un sistema de escritura (el alfabeto latino), un léxico asociado a los ritos cristianos (amén, evangelio, comunión…) y, sobre todo, una serie de metáforas que conforman una visión del mundo. Así, podemos encontrar la idea de la cruz asociada al sufrimiento lo mismo en el castizo ¡Qué cruz! que en el refinado excruciating inglés (como en excruciating pain: ‘dolor insoportable’, que lleva implícita la idea de que es un dolor como el de Jesús en la cruz). Si nos fijamos en el este de Europa, encontraremos muchos paralelismos, pero con el cristianismo bizantino como base.

Ya explicamos en el artículo sobre la divergencia cómo las lenguas románicas se fueron separando e individualizando a partir del latín. Sin embargo, esto es solo un aspecto de la cuestión. A lo largo de la historia, todas las grandes lenguas románicas (por número de hablantes) se han ido prestando elementos en todos los niveles. Probablemente, la que ha dejado sentir una influencia más acusada sobre todas las demás ha sido el francés. Eso es lo que explica que hoy en español sean habituales usos de la preposición a como los que encontramos en cuestiones a discutirchampú a la menta y empleos de los modos verbales como el denominado condicional de rumor. Eso por no hablar del chaparrón de galicismos que ha caído sobre nuestra lengua a lo largo de los siglos y sin los que hoy sería prácticamente imposible hablar el español: prueba si quieres a eliminar de tu vocabulario palabras como avión, aerosol, carné, gripe, hotel y filete.

Hoy, sin embargo, el español se encuentra inmerso principalmente en un proceso de convergencia con el inglés. Esto no solo afecta a los préstamos léxicos, que son de sobra conocidos y se han discutido hasta la saciedad. Más interesante es cómo esta convergencia tiende a modificar de forma más o menos sutil el significado de palabras que ya estaban en circulación. Por ejemplo, secuela no es un préstamo del inglés, pero sí es una imitación de esta lengua su uso para referirse a la segunda parte de una película.

A veces, el proceso de convergencia pasa simplemente por convertir en central un uso posible (pero periférico) de una palabra. De esta forma nos amoldamos a lo que es corriente en la otra lengua. Encontramos muestras de esto en el uso de básicamente en sustitución de fundamentalmente (un simple calco de basically). Últimamente, el sustantivo atentado anda de capa caída. Le ha salido un competidor: ataque. Naturalmente que un atentado es, en el fondo, un ataque, pero esta evolución se produce porque ataque es la traducción más rápida del inglés attack.

También se refuerzan patrones sintácticos como el de enfrentar un problema frente a enfrentarse con un problema y se convierten en moneda corriente construcciones que son gramaticalmente posibles en español, pero que no son (o no eran) idiomáticas. Sin ir más lejos, expresiones como Mi nombre es Eusebia¿Sabes qué? hubieran arrancado como mínimo una sonrisa en España hace treinta años, cuando las únicas formas concebibles eran todavía Me llamo Eusebia¿Sabes una cosa? Hoy, estas últimas ya no pueden competir con el atractivo y prestigio de My name isYou know what?

Para situarnos en un contexto más amplio, hay que señalar que estos fenómenos se producen en el marco de una convergencia internacional de las diferentes lenguas del mundo con el inglés. En este proceso, el inglés va permeando la expresión y la conceptualización de los ámbitos de experiencia más diversos para hablantes de prácticamente todas las lenguas del mundo. Esto no es sino una manifestación de un proceso de globalización que encabeza Estados Unidos como potencia hegemónica internacional.

Sin embargo, el inglés tampoco sale inalterado del proceso, pues va recogiendo elementos de las diversas lenguas con las que entra en contacto. Sin ir más lejos, el inglés ha tomado léxico del español. La coexistencia de las dos lenguas en Estados Unidos, sobre todo en el suroeste, favorece que el inglés también se hispanice. Por eso es tan frecuente oír en California, Nuevo México o Nueva York un inglés trufado de hispanismos que permite construir oraciones como I’m having a guacamole tostada: Me voy a tomar una tostada con guacamole. Sin embargo, hay que reconocer que, en conjunto, la convergencia es más fuerte en un sentido que en el otro y que no se trata de un simple fenómeno de influencia mutua entre iguales o casi iguales.

He señalado arriba que uno de los factores que favorecen la convergencia es el contacto. También desempeñan un papel decisivo el bilingüismo y el multilingüismo. Cuando una parte amplia de la sociedad habla dos o más lenguas, es inevitable que se vaya produciendo una nivelación. Esto es lo que vemos en las poblaciones bilingües español-inglés de Estados Unidos, pero también cada vez más en España, donde el conocimiento del inglés desde la infancia parece que va haciendo progresos.

Las traducciones de textos escritos y, sobre todo, el doblaje de producciones audiovisuales se convierten en vías privilegiadas de convergencia. De hecho, esta avanza entre otros motivos porque facilita la intercomprensión y la traducción. La convergencia va haciendo posible poco a poco una traducción palabra por palabra, a veces incluso con palabras a las que solo hay que darles algún que otro retoque en su forma. De ahí es de donde salen expresiones tan “españolas” como No puedo verte (< I can’t see you)Estaré tomando su orden en unos pocos minutos (< I’ll be taking your order in a few minutes).

En definitiva, la convergencia acerca y nivela las lenguas, pero suele acercar y nivelar más en un sentido que en otro. Al ir aproximando lo que antes estaba alejado, se convierte en una forma de cambio lingüístico que avanza en sentido opuesto al de los procesos de divergencia y que puede contrarrestarlos en parte.

 

La divergencia de las lenguas

Las lenguas cambian. Esto es un hecho. Y no solo cambian, sino que no pueden dejar de cambiar. Las alteraciones que las diferentes generaciones de hablantes van introduciendo con el paso del tiempo son en general pequeñas, pero acumulativas y esta suma de pequeños cambios da lugar a un fenómeno que se conoce como divergencia lingüística.

La divergencia se produce en dos sentidos:

1. Toda lengua se va alejando inevitablemente de sus orígenes, de su lengua madre.

2. Las diferentes variedades de una misma lengua se van apartando las unas de las otras.

Si el desplazamiento es acentuado y el periodo de tiempo lo suficientemente amplio, se produce la fragmentación.

Todos tenemos experiencia del primer tipo de divergencia. Fíjate en este texto:

(1) L. Catilina, nobili genere natus, fuit magna ui et animi et corporis, sed ingenio malo prauoque. Huic ab adulescentia bella intestina, caedes, rapinae, discordia ciuilis grata fuere, ibique iuuentutem suam exercuit.

Si has entendido las palabras de Salustio, te felicito; pero la mayor parte de los hablantes actuales de español son incapaces de encontrar en ellas este significado:

(2) Lucio Catilina, de noble linaje, fue de gran fuerza no sólo de espíritu sino también de cuerpo, pero de carácter malo y depravado. Desde su adolescencia, las luchas intestinas, las matanzas, los robos, la discordia civil le fueron gratas, y en esto ejercitó su juventud.

Aquí estamos viendo los dos extremos de este proceso de divergencia y por eso el constraste es brutal. Sin embargo, a diario experimentamos este primer aspecto de la divergencia lingüística de manera más sutil. Si me pongo a escuchar a mis alumnos, descubro todo tipo de expresiones y giros que entiendo, pero que no utilizo. Si a continuación me fijo en el habla de mis maestros, me ocurre lo mismo.

Supongamos ahora que pudiéramos formar una cadena con personas nacidas con veinte años de diferencia: mi alumno me da la mano a mí, yo se la doy a mi profesor de literatura de primero de facultad, él al el suyo… y así hasta llegar a Salustio: cien generaciones cogidas de la mano. Ahora yo me salgo de la fila y me pongo a hablar con unos y con otros. Me entendería sin mayor dificultad con los de los primeros puestos, pero según fuera remontando posiciones el habla me iría resultando más extraña y llegaría un punto en que dejaría de entenderme con la gente. Lo mismo le ocurriría a cualquier persona de nuestra cadena imaginaria. Se entendería bastante bien con los cuatro o cinco que tuviera a izquierda y a derecha, pero a partir de ahí la comunicación iría siendo cada vez más complicada hasta llegar a romperse.

Así van cambiando las lenguas. Y en algún punto de la cadena, convencionalmente, podríamos decir que se acaba el latín y empieza el castellano (o al revés).

El otro aspecto de la divergencia lingüística es el que va separando a las lenguas hermanas. Volvamos a nuestra cadena humana. Si miramos ahora alrededor, descubriremos que además del castellano están el portugués, el gallego, el catalán, el francés, el italiano, el rumano… Todas estas lenguas han salido del latín y todas ellas tienen una cadena de generaciones que las une con la madre. Si visualizamos esas cadenas, comprobaremos que todas salen del mismo sitio y después se van alejando hasta formar una estrella. Si nos vamos al centro, encontraremos un pelotón de gente en el que se aprecian algunas diferencias en la forma de hablar, pero que se entienden perfectamente las unas con las otras. Cuando los brazos de la estrella empiezan a extenderse y a separarse, todavía se puede hablar de unos a otros. Después habrá que ir levantando la voz, hasta que llega un momento en que la distancia es tan grande que la voz se pierde y se rompe la comunicación: hoy un hablante de español no se entiende con uno de francés.

El aislamiento favorece la divergencia. El factor que aceleró la disgregación del latín en una diversidad de lenguas románicas fue la caída del imperio romano. Cuando los caminos se volvieron inseguros, el comercio decayó y la literatura dejó de circular por los diferentes territorios de habla latina, cada comunidad quedó encerrada en su círculo y tomó un camino propio en lo lingüístico, lo político y lo cultural.

También influyen factores políticos. Dos comunidades lingüísticas hermanas pueden buscar intencionadamente lo que tienen en común y acentuar, en consecuencia, lo que las une en su forma de hablar; pero también pueden perseguir deliberadamente un alejamiento a través de las palabras.

Y no hay que olvidar los factores generacionales. Los hijos siempre quieren diferenciarse de los padres y uno de los recursos que utilizan para ello está en el lenguaje. Es sencillo y económico.

Este tipo de procesos ha estado en funcionamiento desde que los seres humanos son humanos, es decir, desde que aprendieron a hablar. Por eso hemos llegado a la diversidad de lenguas actuales a partir de la lengua común que muy probablemente hablaron nuestros primeros antepasados. ¿Quiere esto decir que estamos abocados a una continua deriva que irá fragmentando cada vez más el mapa lingüístico del mundo? ¿Irá siendo el mito de Babel más cierto cada día? No necesariamente. Frente a los factores que favorecen la divergencia de las lenguas están los que producen su convergencia. Te animo a leer el artículo siguiendo el enlace.

Las funciones del lenguaje de Bühler

El modelo del lenguaje como herramienta de BühlerUno de los desarrollos más notables de la concepción de la lengua como herramienta es el conocido como modelo del órganon de Karl Bühler, en el que este da cuenta de las funciones del lenguaje. Lo publica por primera vez en 1934 en su obra Teoría del lenguaje (Sprachtheorie), que fue traducida al español por Julián Marías.

El punto de partida está en el Crátilo de Platón, donde se afirma que la lengua es una herramienta (órganon en griego) y que esa herramienta sirve para que una persona le diga a otra algo sobre las cosas. Bühler desarrolla y enriquece esta metáfora platónica añadiéndole dimensiones adicionales. Su concepción se resume en un famoso diagrama que reproducimos aquí.

En el centro está el signo (Z – Zeichen), entendido como fenómeno acústico concreto, es decir, como algo que una persona concreta dice en un lugar y un momento dados. Desde este, parten unas líneas hacia arriba que lo vinculan con los objetos y estados de cosas del mundo (Gegenstände und Sachverhalte). Cuando se establece este vínculo entre un signo lingüístico y la realidad extralingüística, el primero adquiere la condición de símbolo, de algo que está ahí para representar otras cosas, y nos encontramos ante la función representativa del lenguaje (Darstellung).

La primera función del lenguaje consiste, por tanto, en decir cosas sobre el mundo, pero no es la única. El signo también aparece unido con el receptor (Empfänger), puesto que lo que se dice se dice para alguien. En este sentido, el signo lingüístico es una señal que lanzamos a nuestro interlocutor. A la función correspondiente se la denomina apelativa (Appell) por lo que tiene de llamada dirigida a alguien, con la que se pretende captar su atención y conseguir algún tipo de reacción ante lo que decimos.

No hay que olvidar tampoco que si el signo existe es porque alguien lo emite, y de ahí que aparezca también vinculado con su emisor (Sender). En esta dimensión el signo es síntoma, o sea, deja traslucir algo de lo que hay en el interior de la persona que lo emitió y su función es expresiva (Ausdruck) por cuanto permite al hablante sacar a la luz lo que lleva dentro.

El modelo del órganon no es solo un modelo del lenguaje, sino también de la comunicación y constituye un importante precedente de posteriores teorías semióticas. Será reelaborado por Jakobson, que ampliará las funciones hasta llegar a seis.

Lo importante es entender que, por encima de su apariencia abstracta, Bühler intenta explicar con su modelo algo tan sencillo y tan complicado como que yo pueda preguntar a un desconocido en la calle por dónde se va a un sitio y él me haga caso, comprenda adónde quiero ir, se dé cuenta de que estoy perdido y un poco cansado y me acompañe hasta la esquina para mostrarme el camino que quiero tomar.

Nota: la ilustración del modelo del órganon ha sido realizada por Hermy a partir del original de Karl Bühler, se ha accedido a ella a través de Wikimedia Commons y está sujeta a las licencias de documentación libre de GNU 1.2 o Creative Commons Atribución – Compartir bajo la misma licencia 3.0.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Las funciones del lenguaje de Karl Bühler]

La ortografía como factor de unidad lingüística

La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.

El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.

Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.

La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.

Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.

Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.

Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…

Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.

Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.

No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.

Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?

En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.

¿O no? ¿Tú qué piensas?

La lengua como herramienta

La lengua es una realidad compleja y escurridiza, entre otros motivos porque no tenemos de ella el mismo tipo de experiencia que podamos tener de una roca, una manzana o un caldero. Al entendimiento humano siempre le resultan más manejables las cosas concretas. Estamos hechos así. Y por eso andamos a vueltas con las abstracciones, buscándoles semejanzas con realidades concretas en el intento de hacernos una idea lo más cabal posible de qué son y cómo son.

Dentro de este afán es donde debemos situar la construcción de los sucesivos modelos con los que hemos tratado de explicarnos la lengua. En el fondo, lo que pretendemos con ellos no es sino acercarnos a ella como si fuera otra cosa. Un venerable modelo, por su larga tradición en la historia de la reflexión lingüística, es el de la lengua como herramienta. Ya Platón se sirve de él en el Crátilo, diálogo en el que se refiere a la lengua como una herramienta que permite que una persona les comunique algo a las otras acerca de las cosas.

Vamos a tratar de ir desgranando las implicaciones de este modelo.

En primer lugar, cuando comparamos la lengua con un instrumento, estamos concibiéndola como si fuera una cosa, una realidad independiente del ser humano y externa a él. Esto es lo que se denomina, de manera un poco más técnica, reificación. Siempre tendremos más posibilidades de aprehender algo que está ahí fuera, ante nosotros, que lo que está dentro de nosotros o, simplemente, no está en ninguna parte.

En segundo lugar, las herramientas son objetos que nosotros fabricamos, es decir, la lengua es formada por el ser humano. Un aspecto muy importante del modelo, íntimamente relacionado con esto, es, precisamente, que una herramienta tiene una forma, que podemos perfeccionar o, si somos artesanos un poco torpes, empeorar o incluso destruir. Una de las tareas fundamentales de la lingüística es, de hecho, la de estudiar la forma de la lengua: su composición y disposición.

En tercer lugar, una vez que una herramienta está disponible, podemos manejarla. Aquí, nuevamente, habrá quien se sirva de ella con habilidad y quien resulte un poco negado. Las herramientas, desde luego, se manejan para algo: las podemos aplicar a diferentes tareas de acuerdo con nuestros propósitos. Para empezar, median entre nosotros y el mundo, permitiéndonos tantearlo, como hacemos con un bastón, o seccionarlo, como hacemos con un bisturí o, para decirlo de forma un poco más general, nos sirven lo mismo para explorar y conocer la realidad que nos rodea que para modificarla y modelarla. Pero la lengua, en cuanto instrumento, media además en nuestra relación con las otras personas. Nos permite comunicarnos con ellas, influir en ellas e incluso manipularlas. En definitiva, nos sirve para recorrer los diferentes senderos que van de nosotros a las cosas, de las cosas a las otras personas, de nosotros a los demás o incluso de nosotros mismos a nosotros mismos.

Como decíamos, la idea de la lengua como herramienta se puede rastrear en Platón. La encontramos también formulada en los escritos de Humboldt en el siglo XIX. Pero, sin duda, el mejor exponente de esta concepción se halla en la Teoría del lenguaje de Karl Bühler, una obra de 1934 traducida al castellano en 1950 por Julián Marías. Allí se expone el denominado modelo del órganon (órganon significa ‘herramienta’ en griego). En su modelo, Bühler le atribuye tres funciones al lenguaje: la representativa, la apelativa y la expresiva. Estas se derivan de la triple relación que entabla el signo lingüístico, a saber: con las cosas, a las que representa; con las personas que escuchan, a las que apela; y con el yo que habla, al que expresa. Estas funciones le resultarán familiares a cualquiera que haya estudiado un curso de lingüística, aunque no terminará de reconocerlas, porque la versión que ha tenido mayor resonancia ha sido la de Jakobson, que las reelabora y les añade otras tres, hasta llegar a un total de seis: referencial, poética, emotiva, conativa, fática y metalingüística.

Quien haya leído hasta aquí puede haberse quedado con la impresión de que esta idea de la lengua como herramienta únicamente tiene cabida en las especulaciones más o menos oscuras de filósofos y teóricos del lenguaje. Nada más lejos de la realidad. Nuestra cultura se encuentra hasta tal punto embebida de ella que nos resulta igual de transparente que el agua para los peces. Pero basta con detenerse a observar algunas de las imágenes que forman parte de nuestro hablar cotidiano para que empecemos a reconocerla en ellas, por ejemplo, cuando aseguramos que un escritor tiene un consumado dominio del lenguaje o que un orador ablanda las voluntades y conmueve los corazones con su discurso. Tampoco es ajeno a nuestro modelo el afirmar, como muchas veces se ha hecho, que una lengua ha alcanzado una gran perfección (como un bisturí láser, quizá) o que resulta tosca y grosera (como un cuchillo de pedernal).

Esto modelo, como todos, tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Se revela de gran utilidad si lo que queremos es atender a aspectos de la lengua como su forma y, sobre todo, su función. Se trata, principalmente, de una concepción finalista, pues la idea de herramienta está indisolublemente unida a la de finalidad. De ahí que en las explicaciones basadas en este modelo se haga hincapié, como hemos visto, en la noción de función: ¿cuáles son las funciones del lenguaje?, o sea, ¿para qué sirve el lenguaje?

Cojea, sin embargo, cuando nos tenemos que enfrentar con el cambio lingüístico. Desde esta perspectiva, la lengua se nos revela como algo fluido, que se halla inmerso en un cambio constante y gradual, mientras que un instrumento es, por naturaleza, estático. Podemos afilar un hacha, adelgazar la hoja o alargar el mango, pero no podemos sentarnos a observar cómo se transforma en motosierra de manera análoga a como el latín se convirtió en castellano (y no digamos si tenemos que explicar además la diversificación en castellano, portugués, gallego, catalán, francés, italiano, etc.). Resultan más aptos para esta tarea otros modelos, como el de la lengua como organismo, del que ya hemos hablado.

Pero finalmente este modelo se enfrenta con una limitación radical que comparte con todos los demás: la lengua puede ser, en algunos de sus aspectos, como una herramienta; pero, de hecho, no es una herramienta.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como herramienta]

¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?

Un alumno neozelandés, que estaba empezando a aprender español, un día me saludó con un alegre ¡Jola!, ¿kué tal? Al principio esto me dejó desconcertado. Después caí en la cuenta de que quería decir: Hola, ¿qué tal? Cuando le corregí, me hizo un comentario que es el que, años después, da pie a esta entrada: Pero se escribe así…

Está claro que los seres humanos sabían hablar desde mucho antes de que se empezaran a desarrollar, siquiera de forma rudimentaria, los primeros sistemas de escritura. En la historia de la humanidad primero fue lo oral y después vino lo escrito. Ese proceso por el que pasó la especie en su conjunto se ha ido repitiendo a escala más reducida para cada una de las comunidades lingüísticas del mundo, que han ido aprendiendo las unas de las otras a fijar su habla por escrito. Todas ellas sabían hablar previamente y sabían muy bien lo que decían. Es más, a día de hoy muchas lenguas del mundo siguen sin escribirse, lo que no les impide cubrir a la perfección las necesidades expresivas y comunicativas de las gentes que se sirven de ellas. No hay, en cambio, ninguna lengua que se escriba pero no se hable (y nunca se haya hablado). Por tanto, aquí también viene primero lo oral y solo después llega lo escrito (si es que llega). Este es, por otra parte, el mismo recorrido que realiza cada persona en su vida. Todos hemos aprendido primero a hablar y solo después algunos hemos aprendido a escribir. La población mundial era mayoritariamente analfabeta hasta hace unas cuantas décadas y todavía hoy la UNESCO calcula que 800 millones de personas no saben leer ni escribir. Y una vez más, salvo discapacidad, no hay nadie que sepa escribir y no sepa hablar.

Por otra parte, si nos fijamos en lo que hace el común de los mortales, veremos que pasamos mucho más tiempo hablando que escribiendo, incluso en esta época nuestra en que tecleamos como locos en ordenadores y teléfonos móviles.

Todo esto nos debería hacer sospechar que para el ser humano la lengua oral es más importante y más básica que la escrita. Y, sin embargo, ¿por qué le damos tanto valor a unos cuantos trazos grabados en un papel, una piedra o una pantalla?

La escritura es un invento poderoso. Los primeros pueblos que la conocieron adquirieron una ventaja sobre los demás que difícilmente nos podemos imaginar y que probablemente igualaba o superaba en términos proporcionales a nuestras actuales brechas tecnológicas o digitales. La escritura multiplicó las dimensiones y la complejidad de los Estados al permitir fijar las leyes de manera inalterable y enviar instrucciones precisas a los rincones más apartados de un imperio. Permitía también dejar constancia indiscutible de la propiedad. Gracias a ella el comercio pudo alcanzar unas proporciones que nadie hubiera podido soñar. Los escritos ayudaron a viajar en el tiempo y en el espacio a esos virus llamados ideas, que ahora podían transmitirse de unas personas a otras sin necesidad de que hubiera contacto directo. Y no debemos olvidar que la escritura brindaba a la divinidad nuevas formas de manifestarse. No en vano las tres religiones más exitosas del mundo —el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam— reposan sobre la autoridad de las Sagradas Escrituras. La habilidad de leer era rara y preciada porque quien la poseía se convertía en vínculo con el poder, la riqueza, la sabiduría y lo sobrenatural. Quien además sabía escribir podía aspirar a convertirse en fuente de todo esto.

No es de extrañar, por tanto, que la palabra escrita adquiriera un prestigio incomparable que llevó a invertir los términos de la relación entre lo oral y lo escrito. Si en el inicio la escritura intentaba registrar lo hablado lo mejor que podía, llegó un momento en que fue la lengua oral la que empezó a sentirse acomplejada al lado de la perfección de la lengua escrita y a sentirse en la necesidad de imitarla. La que había sido la maestra acabó reducida así a la condición de alumna rezagada. La veneración por lo escrito no se ha perdido a pesar de los saludables progresos de la alfabetización. Antes al contrario, en nuestro paso por las aulas nos han explicado que adquirir una cultura equivale, por encima de todo, a aprender a leer y escribir textos cada vez más complejos.

La lingüística ha puesto también su granito de arena. Todo haría esperar que esta se volcara en lo oral. Pero no podemos olvidar que los estudios gramaticales (re)surgen en la Edad Media europea para dar respuesta a una necesidad muy concreta; la cultura estaba escrita en una lengua que ya no entendíamos: el latín. La gramática era un auxiliar que nos enseñaba a descifrar textos oscuros. Todavía hoy nuestras gramáticas están concebidas más para ayudar a entender que para ayudar a producir, y sirven bastante bien para dar cuenta de la lengua escrita estándar, pero naufragan en cuanto intentamos aplicarlas a la conversación cotidiana. Cuando vemos que las reglas gramaticales no encajan con nuestra forma de hablar, no llegamos a la conclusión de que la gramática está mal hecha (o de que no está hecha para eso), sino que decidimos que hablamos mal y asunto solucionado.

Por eso tienen también más prestigio las variedades de una lengua cuya pronunciación está más cercana a la ortografía. De ahí, por ejemplo, que se suela emplear como arma arrojadiza contra seseantes y ceceantes el que su pronunciación no respete la escritura.

Y así volvemos a donde empezamos. Quienes dicen eso sólo tendrían razón si la tuviera aquel alumno que saludaba a sus profesores con un Jola, ¿kué tal? Pero aquel simpático principiante probablemente se desenvuelve hoy con soltura en español y ya ha entendido que una cosa es cómo se habla y otra cómo se escribe y que históricamente el habla no es imitación de la escritura sino más bien al revés.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?]

¿Se puede hablar de todo en cualquier lengua?

Una vieja cuestión de la lingüística es si se puede hablar de todo en cualquier lengua o, lo que es lo mismo, si todos los idiomas de la humanidad son medios expresivos igualmente válidos, dotados del mismo potencial para poner en palabras lo que queremos decir. La cuestión no es trivial, como veremos, pues las consecuencias prácticas de una u otra respuesta pueden llegar a ser drásticas.

Para despejar las dudas desde el principio, diremos que sí, que todo parece indicar que se puede hablar de todo en cualquier lengua. Esto es, de hecho, lo que se conoce como principio de efabilidad.

Las lenguas del mundo presentan fuertes variaciones en cuanto a su vocabulario y sus estructuras gramaticales. Tan grande es la diversidad que uno puede estar tentado de pensar que cada lengua es un mundo aparte y que cada comunidad lingüística vive recluida en los límites de ese mundo. Un pueblo que habita junto al mar puede tener vocabulario para expresar peculiaridades de su medio de las que carezca un pueblo del interior y viceversa. Una sociedad tecnificada como la nuestra dispone de términos para nombrar los componentes de un teléfono móvil que no se encontrarán en sociedades que desconozcan este artilugio (suponiendo, claro está, que todavía existan tales sociedades en el mundo). ¿Quiere esto decir que las gentes del desierto no podrán hablar del mar o que será imposible explicar qué es un teléfono móvil y cómo está hecho a un grupo de población que nunca haya visto uno?

Lo que nos dice el sentido común y nuestra propia experiencia es que sí se puede. Quizás carezcamos de ciertas palabras, pero en estos casos siempre está disponible la posibilidad de explicarnos por rodeos o de acuñar nuevo vocabulario. De hecho, nosotros tampoco disponíamos del vocabulario necesario para hablar de los teléfonos móviles hasta que no se inventaron. Y otras veces la forma de hacerse con ese nuevo vocabulario es tan simple como tomarlo prestado del pueblo de al lado que ya lo tiene. Es algo que hacemos a diario.

Por lo que respecta a la gramática, hay lenguas, como la nuestra, que cuentan con un complejo sistema de tiempos verbales de pretérito, lo que nos permite afinar muchísimo en la expresión de relaciones temporales de pasado. Piénsese en los matices semánticos que encierran formas como cantaba, cantó, ha cantado, había cantado, hubo cantado… En otras lenguas, en cambio, solo hay disponible un tiempo de pretérito. ¿Limita eso las posibilidades de hablar del pasado? No necesariamente. Junto a las formas que nos ofrece la gramática hay toda una gama de elementos léxicos que también permiten matizar y graduar la narración de hechos pasados, por ejemplo, antes, después, luego, a continuación. Y si todo eso falla, siempre habrá alguna manera de explicarlo con una o más oraciones.

El principio de efabilidad es primo hermano del de traductibilidad. Si el pensamiento humano se puede expresar por igual en cualquier lengua, entonces las lenguas tienen que ser traducibles. Cualquier traductor nos podrá advertir que todo texto está plagado de matices de significado que resulta imposible verter en los moldes de otra lengua. No obstante —y hasta donde tengo noticia—, hasta la fecha ningún texto de una lengua conocida ha sido declarado intraducible. Siempre se encuentra una forma de trasladar el contenido, aunque haga falta un buen calzador o, incluso, unos cuantos martillazos. Pero esto no da al traste con el principio de efabilidad, por lo menos en una versión moderada, pues este lo que postula es que lo que se puede decir en una lengua se puede decir también en otra, pero no que todo se tenga que decir de la misma manera.

Las implicaciones de este asunto van más allá de la mera especulación teórica. Si hubiera limitaciones a lo que es expresable en una lengua, habría que admitir que hay limitaciones culturales que se derivan de este hecho. Sería predecible entonces que ciertas comunidades lingüísticas se encontrarían con dificultades básicas para la especulación filosófica, para el desarrollo tecnológico o para la creación literaria, por citar solamente algunos ejemplos, mientras que a otras su lengua les podría proporcionar una ventaja estratégica en alguno de esos campos. Podría ser que la excelencia en lo uno sólo se pudiera obtener a expensas de lo otro, que las lenguas especialmente dotadas para la lógica tuvieran un rendimiento mediocre en la lírica, o que solo se pudiera alcanzar una extraordinaria aptitud para la abstracción a costa de lo emotivo. La idea, desde luego, es tentadora y se corresponde con muchos de los estereotipos que circulan a propósito de los diferentes pueblos del mundo. Otra posibilidad, más fuerte aún, sería que ciertas lenguas sobresalieran de manera generalizada, que resultaran ser instrumentos especialmente aptos para los más diversos cometidos, de modo que el ser hablantes nativos de una determinada lengua, ya de por sí, les diera una ventaja de partida a sus poetas, filósofos, oradores, ingenieros, economistas o juristas. Un pueblo así no tardaría en convertirse en amo del mundo.

Pues bien, todo esto se ha postulado en algún momento de las lenguas más variadas. En Europa tuvimos incluso todo un discurso seudocientífico que pretendía demostrar la superioridad de las lenguas europeas. Esto implicaba la superioridad de nuestra cultura y, en definitiva, de nuestras sociedades. Si, en cambio, el pueblo X tenía una limitación radical para el pensamiento abstracto y esto constituía un impedimento para su desarrollo espiritual y material, nada más natural que acudir allí a echarles una mano… a nuestra manera. Toda esa palabrería no era sino una más de las tristes justificaciones del colonialismo y el racismo.

Son necesarias un par de advertencias antes de terminar.

La primera es que el principio de efabilidad no implica en modo alguno que todo se puede expresar con palabras. Todos nos hemos topado alguna vez con los límites del lenguaje humano, con lo inexpresable. No, este principio es más modesto. Se conforma con afirmar que si se puede decir en una lengua también se podrá decir en las otras. Y lo que no se puede decir, probablemente no se pueda decir en ninguna.

La segunda es que este principio no está tampoco exento de problemas. Algunos de ellos han sido señalados por los defensores de la hipótesis contraria, la de la relatividad lingüística. Pero de eso nos tendremos que ocupar otro día, que por hoy ya es bastante.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Se puede hablar de todo en cualquier lengua?]

La lengua como organismo

Los humanos nos hemos ido buscando a lo largo de la historia diferentes modelos para tratar de explicarnos una realidad tan abstracta y compleja como es la lengua. Uno que gozó de gran predicamento en el siglo XIX es el de considerar la lengua como si fuera un organismo. Encontramos esta concepción en la obra de lingüistas como Wilhelm von Humboldt, August Schleicher y otras figuras clave en la creación de la disciplina lingüística tal como hoy la conocemos. Y más allá de la repercusión teórica que tuviera en su época, esta idea se ha perpetuado en las concepciones populares. Hasta tal punto está arraigada en nosotros que la manejamos como si de verdad estuviéramos hablando de propiedades consustanciales a las lenguas, sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que estamos haciendo es manejar una serie de metáforas que, conjuntamente, constituyen una metáfora compleja de mayor nivel.

Para empezar, un organismo es un ser vivo. Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esto es lo que da sentido a preguntas como ¿cuándo nace el castellano? y es la idea que subyace a afirmaciones como que las lenguas románicas descienden del latín, que el castellano florece en el siglo XVII o que el latín es una lengua muerta.

Por otra parte, al concebir la lengua como organismo, la convertimos en una realidad independiente, igual que lo pueda ser un castaño o un gato. Si lo miramos bien, existir, lo que se dice existir, existe lo que alguien dice (o escribe) en un momento concreto. Y no solo existe, sino que tenemos una experiencia directa de ello e incluso podemos grabarlo para mostrárselo después a otra persona (Mira lo que ha dicho el Ministro de Educación). Si alguien nos pidiera que hiciéramos algo parecido con la lengua italiana, la gallega o la guaraní, nos veríamos en un apuro; y, sin embargo, todos tenemos la idea de que estas lenguas tienen entidad propia.

La idea de organismo es, asimismo, la que estamos manejando consciente o inconscientemente cuando le atribuimos a una lengua la capacidad de actuar o de reaccionar. Así, afirmamos que el inglés está conquistando el mundo o que el francés está cada vez más debilitado. A veces, incluso, nos representamos las diferentes lenguas como una diversidad de organismos que coexisten e interactúan. Por eso decimos que el inglés se está comiendo a las lenguas pequeñas o que el bretón ha conseguido sobrevivir a la presión del francés.

Un organismo tiene partes diferentes que mantienen entre sí una relación jerárquica y estructurada y a las que corresponden diferentes funciones. De la misma forma que, a primera vista, podemos diferenciar en un árbol hojas, ramas, tronco y raíces o en un animal podemos apreciar una cabeza, un tronco y unas extremidades, el estudio de las lenguas siempre ha llevado a diferenciar grandes componentes como léxico, sintaxis, morfología y semántica. A su vez, dentro del léxico, podemos diferenciar células que son los diferentes vocablos o en la sintaxis podemos reconocer diferentes estructuras que constituyen una armazón en la que encuentran su sitio las palabras… De la misma forma que los diferentes órganos y partes de un cuerpo contribuyen en conjunto al funcionamiento del todo, así la interacción de los diferentes elementos que reconocemos en los diferentes niveles de análisis lingüístico hace posible el funcionamiento de la lengua como un todo orgánico y le permite comunicar información, transmitir valores simbólicos, etc.

La popularidad de la concepción de la lengua como organismo en el siglo XIX se explica por los grandes éxitos que estaban cosechando en aquel momento las ciencias naturales. Resulta tentador en ese contexto histórico tratar de adaptar métodos que estaban cosechando éxitos nada desdeñables en su aplicación a otros objetos de estudio. Pero ahí está precisamente el punto fuerte y el talón de Aquiles de este intento. La lingüística consiguió aprovechar algunos de estos avances para describir y explicar su objeto de estudio; pero acabó topándose con una limitación radical: el lenguaje no es un organismo y, por ello, la metodología aplicada al estudio de los seres vivos no se puede trasplantar sin más a este otro campo.

Como de costumbre, he mencionado aquí tan solo unos pocos ejemplos que ilustran esta concepción organicista; pero, seguramente, a poco que reflexiones sobre la cuestión, se te ocurrirán otros aspectos que quizás quieras compartir aquí con todos nosotros.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como organismo]

¿Dónde se habla el mejor español?

¿Dónde se habla el mejor español? Hacía tiempo que quería escribir sobre este tema y me da pie ahora para ello la lectura de un interesante libro sobre la relación entre lengua e identidad en el que se trata precisamente esta cuestión en el capítulo 4, aunque en un plano general, no en el específico de nuestra lengua (Edwards, John. 2009. Language and identity: an introduction. Cambridge: Cambridge University Press).

Todos nos hemos encontrado alguna vez envueltos en una conversación sobre dónde se habla el mejor español. Respuestas clásicas en España son: en Valladolid o quizás en Castilla. Allende los mares se tiende probablemente a atribuir esta virtud a las variedades europeas de esta lengua. Normalmente la discusión se trufa con argumentos sobre la pureza o la corrección de esta o de la otra variedad. Sobre las restantes variedades se suelen tener también listos juicios de tipo estético, social, comunicativo, etc. que sirven para terminar de aderezar el tema. Así, se afirma con convencimiento que En la ciudad X tienen un acento muy gracioso, En la región Y hablan muy cateto o En el país Z no hay quien los entienda. Evitaremos aquí los ejemplos concretos porque bastante calientes están ya las cosas como para echar más leña al fuego.

Para empezar, hay que aclarar de qué estamos hablando verdaderamente cuando nos referimos al mejor español. ¿Tiene esto que ver con alguna cualidad intrínseca de tipo estructural o funcional? Para que nos entendamos: ¿tiene el murciano una gramática más desarrollada que el extremeño?, ¿es posible una comunicación más precisa hablando limeño que hablando porteño? Desde un punto de vista científico, la respuesta es un rotundo no. Todas las variedades de una lengua son medios igualmente aptos para desempeñar las diferentes funciones del lenguaje. No se puede sostener de ningún modo que la variedad X sea mejor que la variedad Y o que la una sea más pura y la otra esté más echada a perder.

Sin embargo, desde un punto de vista social, las cosas cambian. No hay duda de que los hablantes tienen sus propias ideas al respecto y de que las manifiestan con vehemencia. Los juicios más o menos estrictos, más o menos definidos, más o menos emocionales sobre cuáles son las variedades de su propia lengua que resultan más hermosas o más puras o más saladas o más sosas existen, son reales para quienes los emiten y tienen su valor, pero hay que saber interpretarlos. En el fondo, estos juicios no nos dicen nada sobre las variedades lingüísticas a las que en principio se refieren sino sobre la consideración que merecen los grupos que hablan esas variantes. Son el resumen de estereotipos, prejuicios, diferencias económicas, rivalidades o afinidades, procesos históricos, etc. La traducción es muy sencilla. Cuando nos dicen: En tal sitio hablan muy gracioso, lo que nos quieren decir es: Los de tal sitio son muy graciosos. Y la afirmación sobre lo cateto del habla de este pueblo o del otro no es sino una forma más o menos indirecta, más o menos socialmente aceptada de llamar catetos a los habitantes del pueblo en cuestión. No hay muchas más vueltas que darle.

Las variedades de prestigio, por su parte, suelen coincidir con las habladas por quienes históricamente han sido más exitosos. Por ejemplo, la belleza o la dignidad que se le atribuyen a un determinado acento son simplemente el reflejo del juicio colectivo que merecen los hablantes con tal acento. Se han hecho experimentos en los que se ha pedido a personas que no conocen una lengua ni el trasfondo histórico, social, económico, etc. de la comunidad que la habla que juzguen estéticamente el sonido de diferentes variedades. Sus respuestas no tenían nada que ver con las de hablantes nativos que sí están familiarizados con ese trasfondo. Quienes desconocen cuáles son las valoraciones relativas que merecen diferentes grupos de hablantes dentro de una comunidad lingüística son incapaces de atinar asignando los supuestos valores estéticos. A un panameño le puede parecer que el acento de un hondureño, un boliviano, un español o un argentino es de tal o cual manera. Lo que nos está diciendo, quizás sin ser del todo consciente de ello, es lo que le parecen los hondureños, los bolivianos, los españoles o los argentinos. Si la misma pregunta se la hiciéramos a una señora recién aterrizada de Samoa sin entender una palabra de español, te puedo asegurar que lo que le parecería sería completamente distinto.

En definitiva, y para no alargarnos más, responder a la pregunta inicial es más fácil de lo que parecía. ¿Que dónde se habla el mejor español? Pues en todas partes y en ninguna.

Diglosia

Diglosia es la situación que se da cuando en un mismo territorio coexisten dos lenguas con diverso estatus social, de modo que una de ellas se configura como lengua de prestigio frente a la otra, que queda relegada a una posición subalterna. Esta situación se ve apuntalada por los diversos ámbitos en que se puede hacer uso de una y otra. Así, la lengua dominante suele ser la que de manera oficial u oficiosa se emplea en la administración, la enseñanza, la justicia, los medios de comunicación, etc., mientras que la variedad desfavorecida queda relegada a los ámbitos familiares e informales.

Por lo general, la variedad prestigiosa suele estar mejor descrita y codificada, es decir, existe una serie de tratados gramaticales, diccionarios, prontuarios ortográficos, manuales de estilo, etc. en los que se explica cómo es la lengua y cuál es su uso correcto. Esto se suele interpretar ingenuamente en el sentido de una mayor bondad o complejidad intrínsecas de la lengua que acumula esa tradición gramatical. Así es como hay que entender, por lo general, juicios simplistas del tipo La lengua X tiene gramática, la lengua Y no tiene gramática (todas las lenguas tienen gramática, otra cosa es que alguien se haya tomado el trabajo de describirla y normalizarla).

Podemos encontrar en España diversos ejemplos de diglosia. Un caso histórico (por citar uno solamente) es el de la posición subordinada que tradicionalmente mantenía el gallego respecto del castellano en Galicia. Esto se vio corregido a raíz del reconocimiento oficial del primero en el Estatuto de Autonomía de Galicia. En el continente americano son también frecuentes las situaciones de diglosia en que participa el español. A pesar de los avances en el reconocimiento de las lenguas nativas americanas, el español mantiene por lo general una posición de ventaja allí donde convive con ellas. Un investigador alemán que acudió a Bolivia a estudiar el contacto del español y el quechua me explicaba que se encontraba con personas que negaban conocer el quechua… pero que luego lo hablaban cuando creían que no los estaba escuchando. El motivo estaba en el diferente prestigio que creían que les confería ante aquel señor alemán el ser hablantes de lo uno o de lo otro. Pero no siempre el español sale favorecido en sus encuentros (o encontronazos) con otras lenguas. En Estados Unidos la balanza se inclina claramente a favor del inglés.

La diglosia puede precipitar la muerte de lenguas por deslealtad lingüística de los hablantes, que, ante un modelo con un estatus social más elevado, reniegan de la lengua de sus ancestros para pasarse a la competidora (o, lo que es más frecuente, hacen que se pasen a ella sus hijos).