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La lengua como organismo

6 de agosto de 2010

Los humanos nos hemos ido buscando a lo largo de la historia diferentes modelos para tratar de explicarnos una realidad tan abstracta y compleja como es la lengua. Uno que gozó de gran predicamento en el siglo XIX es el de considerar la lengua como si fuera un organismo. Encontramos esta concepción en la obra de lingüistas como Wilhelm von Humboldt, August Schleicher y otras figuras clave en la creación de la disciplina lingüística tal como hoy la conocemos. Y más allá de la repercusión teórica que tuviera en su época, esta idea se ha perpetuado en las concepciones populares. Hasta tal punto está arraigada en nosotros que la manejamos como si de verdad estuviéramos hablando de propiedades consustanciales a las lenguas, sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que estamos haciendo es manejar una serie de metáforas que, conjuntamente, constituyen una metáfora compleja de mayor nivel.

Para empezar, un organismo es un ser vivo. Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esto es lo que da sentido a preguntas como ¿cuándo nace el castellano? y es la idea que subyace a afirmaciones como que las lenguas románicas descienden del latín, que el castellano florece en el siglo XVII o que el latín es una lengua muerta.

Por otra parte, al concebir la lengua como organismo, la convertimos en una realidad independiente, igual que lo pueda ser un castaño o un gato. Si lo miramos bien, existir, lo que se dice existir, existe lo que alguien dice (o escribe) en un momento concreto. Y no solo existe, sino que tenemos una experiencia directa de ello e incluso podemos grabarlo para mostrárselo después a otra persona (Mira lo que ha dicho el Ministro de Educación). Si alguien nos pidiera que hiciéramos algo parecido con la lengua italiana, la gallega o la guaraní, nos veríamos en un apuro; y, sin embargo, todos tenemos la idea de que estas lenguas tienen entidad propia.

La idea de organismo es, asimismo, la que estamos manejando consciente o inconscientemente cuando le atribuimos a una lengua la capacidad de actuar o de reaccionar. Así, afirmamos que el inglés está conquistando el mundo o que el francés está cada vez más debilitado. A veces, incluso, nos representamos las diferentes lenguas como una diversidad de organismos que coexisten e interactúan. Por eso decimos que el inglés se está comiendo a las lenguas pequeñas o que el bretón ha conseguido sobrevivir a la presión del francés.

Un organismo tiene partes diferentes que mantienen entre sí una relación jerárquica y estructurada y a las que corresponden diferentes funciones. De la misma forma que, a primera vista, podemos diferenciar en un árbol hojas, ramas, tronco y raíces o en un animal podemos apreciar una cabeza, un tronco y unas extremidades, el estudio de las lenguas siempre ha llevado a diferenciar grandes componentes como léxico, sintaxis, morfología y semántica. A su vez, dentro del léxico, podemos diferenciar células que son los diferentes vocablos o en la sintaxis podemos reconocer diferentes estructuras que constituyen una armazón en la que encuentran su sitio las palabras… De la misma forma que los diferentes órganos y partes de un cuerpo contribuyen en conjunto al funcionamiento del todo, así la interacción de los diferentes elementos que reconocemos en los diferentes niveles de análisis lingüístico hace posible el funcionamiento de la lengua como un todo orgánico y le permite comunicar información, transmitir valores simbólicos, etc.

La popularidad de la concepción de la lengua como organismo en el siglo XIX se explica por los grandes éxitos que estaban cosechando en aquel momento las ciencias naturales. Resulta tentador en ese contexto histórico tratar de adaptar métodos que estaban cosechando éxitos nada desdeñables en su aplicación a otros objetos de estudio. Pero ahí está precisamente el punto fuerte y el talón de Aquiles de este intento. La lingüística consiguió aprovechar algunos de estos avances para describir y explicar su objeto de estudio; pero acabó topándose con una limitación radical: el lenguaje no es un organismo y, por ello, la metodología aplicada al estudio de los seres vivos no se puede trasplantar sin más a este otro campo.

Como de costumbre, he mencionado aquí tan solo unos pocos ejemplos que ilustran esta concepción organicista; pero, seguramente, a poco que reflexiones sobre la cuestión, se te ocurrirán otros aspectos que quizás quieras compartir aquí con todos nosotros.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como organismo]

¿Dónde se habla el mejor español? Hacía tiempo que quería escribir sobre este tema y me da pie ahora para ello la lectura de un interesante libro sobre la relación entre lengua e identidad en el que se trata precisamente esta cuestión en el capítulo 4, aunque en un plano general, no en el específico de nuestra lengua (Edwards, John. 2009. Language and identity: an introduction. Cambridge: Cambridge University Press).

Todos nos hemos encontrado alguna vez envueltos en una conversación sobre dónde se habla el mejor español. Respuestas clásicas en España son: en Valladolid o quizás en Castilla. Allende los mares se tiende probablemente a atribuir esta virtud a las variedades europeas de esta lengua. Normalmente la discusión se trufa con argumentos sobre la pureza o la corrección de esta o de la otra variedad. Sobre las restantes variedades se suelen tener también listos juicios de tipo estético, social, comunicativo, etc. que sirven para terminar de aderezar el tema. Así, se afirma con convencimiento que En la ciudad X tienen un acento muy gracioso, En la región Y hablan muy cateto o En el país Z no hay quien los entienda. Evitaremos aquí los ejemplos concretos porque bastante calientes están ya las cosas como para echar más leña al fuego.

Para empezar, hay que aclarar de qué estamos hablando verdaderamente cuando nos referimos al mejor español. ¿Tiene esto que ver con alguna cualidad intrínseca de tipo estructural o funcional? Para que nos entendamos: ¿tiene el murciano una gramática más desarrollada que el extremeño?, ¿es posible una comunicación más precisa hablando limeño que hablando porteño? Desde un punto de vista científico, la respuesta es un rotundo no. Todas las variedades de una lengua son medios igualmente aptos para desempeñar las diferentes funciones del lenguaje. No se puede sostener de ningún modo que la variedad X sea mejor que la variedad Y o que la una sea más pura y la otra esté más echada a perder.

Sin embargo, desde un punto de vista social, las cosas cambian. No hay duda de que los hablantes tienen sus propias ideas al respecto y de que las manifiestan con vehemencia. Los juicios más o menos estrictos, más o menos definidos, más o menos emocionales sobre cuáles son las variedades de su propia lengua que resultan más hermosas o más puras o más saladas o más sosas existen, son reales para quienes los emiten y tienen su valor, pero hay que saber interpretarlos. En el fondo, estos juicios no nos dicen nada sobre las variedades lingüísticas a las que en principio se refieren sino sobre la consideración que merecen los grupos que hablan esas variantes. Son el resumen de estereotipos, prejuicios, diferencias económicas, rivalidades o afinidades, procesos históricos, etc. La traducción es muy sencilla. Cuando nos dicen: En tal sitio hablan muy gracioso, lo que nos quieren decir es: Los de tal sitio son muy graciosos. Y la afirmación sobre lo cateto del habla de este pueblo o del otro no es sino una forma más o menos indirecta, más o menos socialmente aceptada de llamar catetos a los habitantes del pueblo en cuestión. No hay muchas más vueltas que darle.

Las variedades de prestigio, por su parte, suelen coincidir con las habladas por quienes históricamente han sido más exitosos. Por ejemplo, la belleza o la dignidad que se le atribuyen a un determinado acento son simplemente el reflejo del juicio colectivo que merecen los hablantes con tal acento. Se han hecho experimentos en los que se ha pedido a personas que no conocen una lengua ni el trasfondo histórico, social, económico, etc. de la comunidad que la habla que juzguen estéticamente el sonido de diferentes variedades. Sus respuestas no tenían nada que ver con las de hablantes nativos que sí están familiarizados con ese trasfondo. Quienes desconocen cuáles son las valoraciones relativas que merecen diferentes grupos de hablantes dentro de una comunidad lingüística son incapaces de atinar asignando los supuestos valores estéticos. A un panameño le puede parecer que el acento de un hondureño, un boliviano, un español o un argentino es de tal o cual manera. Lo que nos está diciendo, quizás sin ser del todo consciente de ello, es lo que le parecen los hondureños, los bolivianos, los españoles o los argentinos. Si la misma pregunta se la hiciéramos a una señora recién aterrizada de Samoa sin entender una palabra de español, te puedo asegurar que lo que le parecería sería completamente distinto.

En definitiva, y para no alargarnos más, responder a la pregunta inicial es más fácil de lo que parecía. ¿Que dónde se habla el mejor español? Pues en todas partes y en ninguna.

Hasta la semana que viene.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Dónde se habla el mejor español?]

¿Cuántas lenguas se hablan en España? La respuesta —evidente— es: depende de cómo las contemos.

Si nos atenemos a lo que dicen los textos legales, nos salen cinco en un primer recuento: castellano, catalán, valenciano, gallego y euskera. A estas habría que añadirles el aranés, que está reconocido en el Estatuto de Cataluña.

Si hacemos caso al informe de Ethnologue para España (en inglés), son trece. Para llegar a este número, hay que empezar a contar otros dialectos románicos como el aragonés, el asturiano e incluso el extremeño, que carecen de cobertura legal, pero no por ello dejan de ser reales, sobre todo para quienes piensan y se comunican en ellos. Si aumentamos un poco más la resolución de la imagen, nos encontraremos todavía con la fala, que hablan unas 5 000 personas en Extremadura, lindando con Portugal.

¿Y dónde están las que faltan hasta llegar a trece? Ahí están también el caló, muy mezclado con otras lenguas locales como el castellano, el catalán e incluso el euskera; también el quinqui, un gran desconocido. Todos sabemos que existen, pero no las percibimos porque pertenecen a minorías que son invisibles hasta para eso.

Nos faltan dos lenguas vivas y bien vivas, pero que no se hablan; y esto no es ninguna contradicción. Me refiero a la lengua de signos española y la lengua de signos catalana. No nos confundamos. No se trata de una traducción a gestos de las respectivas lenguas orales. Se trata de sistemas lingüísticos completos e independientes sobre los que todavía necesitamos muchos más estudios para conocerlos y comprenderlos mejor.

Ya tenemos las trece lenguas del informe de Ethnologue. Esto nos da un panorama lingüístico completamente diferente del de partida, que ya de por sí resulta bastante polémico.

Pero no hemos acabado. Esas son las lenguas que podemos considerar autóctonas, pero eso no quiere decir que sean las únicas que se hablan (o signan). Si queremos tener una medida de la diversidad lingüística del país, tenemos que tener en cuenta no solo a los que estaban sino también a los que van viniendo. En la España de principios del siglo XXI hay que poner en la foto lenguas como el árabe, el rumano, el inglés, el chino, el alemán, el quechua, el búlgaro y muchas otras, que han traído consigo las personas que han venido a vivir y a trabajar con nosotros, y que hacen su aportación a la riqueza lingüística y cultural del país.

Hay quien ve la diversidad lingüística del mundo como un castigo divino y hay quien la ve como parte del patrimonio de la humanidad. Lo que nadie podrá negar es que se trata de una realidad que está ahí para quedarse.

¿O no? ¿A ti qué te parece?