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El modelo del lenguaje como herramienta de BühlerUno de los desarrollos más notables de la concepción de la lengua como herramienta es el conocido como modelo del órganon de Karl Bühler, en el que este da cuenta de las funciones del lenguaje. Lo publica por primera vez en 1934 en su obra Teoría del lenguaje (Sprachtheorie), que fue traducida al español por Julián Marías.

El punto de partida está en el Crátilo de Platón, donde se afirma que la lengua es una herramienta (órganon en griego) y que esa herramienta sirve para que una persona le diga a otra algo sobre las cosas. Bühler desarrolla y enriquece esta metáfora platónica añadiéndole dimensiones adicionales. Su concepción se resume en un famoso diagrama que reproducimos aquí.

En el centro está el signo (Z – Zeichen), entendido como fenómeno acústico concreto, es decir, como algo que una persona concreta dice en un lugar y un momento dados. Desde este, parten unas líneas hacia arriba que lo vinculan con los objetos y estados de cosas del mundo (Gegenstände und Sachverhalte). Cuando se establece este vínculo entre un signo lingüístico y la realidad extralingüística, el primero adquiere la condición de símbolo, de algo que está ahí para representar otras cosas, y nos encontramos ante la función representativa del lenguaje (Darstellung).

La primera función del lenguaje consiste, por tanto, en decir cosas sobre el mundo, pero no es la única. El signo también aparece unido con el receptor (Empfänger), puesto que lo que se dice se dice para alguien. En este sentido, el signo lingüístico es una señal que lanzamos a nuestro interlocutor. A la función correspondiente se la denomina apelativa (Appell) por lo que tiene de llamada dirigida a alguien, con la que se pretende captar su atención y conseguir algún tipo de reacción ante lo que decimos.

No hay que olvidar tampoco que si el signo existe es porque alguien lo emite, y de ahí que aparezca también vinculado con su emisor (Sender). En esta dimensión el signo es síntoma, o sea, deja traslucir algo de lo que hay en el interior de la persona que lo emitió y su función es expresiva (Ausdruck) por cuanto permite al hablante sacar a la luz lo que lleva dentro.

El modelo del órganon no es solo un modelo del lenguaje, sino también de la comunicación y constituye un importante precedente de posteriores teorías semióticas. Será reelaborado por Jakobson, que ampliará las funciones hasta llegar a seis.

Lo importante es entender que, por encima de su apariencia abstracta, Bühler intenta explicar con su modelo algo tan sencillo y tan complicado como que yo pueda preguntar a un desconocido en la calle por dónde se va a un sitio y él me haga caso, comprenda adónde quiero ir, se dé cuenta de que estoy perdido y un poco cansado y me acompañe hasta la esquina para mostrarme el camino que quiero tomar.

Nota: la ilustración del modelo del órganon ha sido realizada por Hermy a partir del original de Karl Bühler, se ha accedido a ella a través de Wikimedia Commons y está sujeta a las licencias de documentación libre de GNU 1.2 o Creative Commons Atribución – Compartir bajo la misma licencia 3.0.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Las funciones del lenguaje de Karl Bühler]

La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.

El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.

Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.

La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.

Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.

Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.

Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…

Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.

Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.

No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.

Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?

En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.

¿O no? ¿Tú qué piensas?

La lengua es una realidad compleja y escurridiza, entre otros motivos porque no tenemos de ella el mismo tipo de experiencia que podamos tener de una roca, una manzana o un caldero. Al entendimiento humano siempre le resultan más manejables las cosas concretas. Estamos hechos así. Y por eso andamos a vueltas con las abstracciones, buscándoles semejanzas con realidades concretas en el intento de hacernos una idea lo más cabal posible de qué son y cómo son.

Dentro de este afán es donde debemos situar la construcción de los sucesivos modelos con los que hemos tratado de explicarnos la lengua. En el fondo, lo que pretendemos con ellos no es sino acercarnos a ella como si fuera otra cosa. Un venerable modelo, por su larga tradición en la historia de la reflexión lingüística, es el de la lengua como herramienta. Ya Platón se sirve de él en el Crátilo, diálogo en el que se refiere a la lengua como una herramienta que permite que una persona les comunique algo a las otras acerca de las cosas.

Vamos a tratar de ir desgranando las implicaciones de este modelo.

En primer lugar, cuando comparamos la lengua con un instrumento, estamos concibiéndola como si fuera una cosa, una realidad independiente del ser humano y externa a él. Esto es lo que se denomina, de manera un poco más técnica, reificación. Siempre tendremos más posibilidades de aprehender algo que está ahí fuera, ante nosotros, que lo que está dentro de nosotros o, simplemente, no está en ninguna parte.

En segundo lugar, las herramientas son objetos que nosotros fabricamos, es decir, la lengua es formada por el ser humano. Un aspecto muy importante del modelo, íntimamente relacionado con esto, es, precisamente, que una herramienta tiene una forma, que podemos perfeccionar o, si somos artesanos un poco torpes, empeorar o incluso destruir. Una de las tareas fundamentales de la lingüística es, de hecho, la de estudiar la forma de la lengua: su composición y disposición.

En tercer lugar, una vez que una herramienta está disponible, podemos manejarla. Aquí, nuevamente, habrá quien se sirva de ella con habilidad y quien resulte un poco negado. Las herramientas, desde luego, se manejan para algo: las podemos aplicar a diferentes tareas de acuerdo con nuestros propósitos. Para empezar, median entre nosotros y el mundo, permitiéndonos tantearlo, como hacemos con un bastón, o seccionarlo, como hacemos con un bisturí o, para decirlo de forma un poco más general, nos sirven lo mismo para explorar y conocer la realidad que nos rodea que para modificarla y modelarla. Pero la lengua, en cuanto instrumento, media además en nuestra relación con las otras personas. Nos permite comunicarnos con ellas, influir en ellas e incluso manipularlas. En definitiva, nos sirve para recorrer los diferentes senderos que van de nosotros a las cosas, de las cosas a las otras personas, de nosotros a los demás o incluso de nosotros mismos a nosotros mismos.

Como decíamos, la idea de la lengua como herramienta se puede rastrear en Platón. La encontramos también formulada en los escritos de Humboldt en el siglo XIX. Pero, sin duda, el mejor exponente de esta concepción se halla en la Teoría del lenguaje de Karl Bühler, una obra de 1934 traducida al castellano en 1950 por Julián Marías. Allí se expone el denominado modelo del órganon (órganon significa ‘herramienta’ en griego). En su modelo, Bühler le atribuye tres funciones al lenguaje: la representativa, la apelativa y la expresiva. Estas se derivan de la triple relación que entabla el signo lingüístico, a saber: con las cosas, a las que representa; con las personas que escuchan, a las que apela; y con el yo que habla, al que expresa. Estas funciones le resultarán familiares a cualquiera que haya estudiado un curso de lingüística, aunque no terminará de reconocerlas, porque la versión que ha tenido mayor resonancia ha sido la de Jakobson, que las reelabora y les añade otras tres, hasta llegar a un total de seis: referencial, poética, emotiva, conativa, fática y metalingüística.

Quien haya leído hasta aquí puede haberse quedado con la impresión de que esta idea de la lengua como herramienta únicamente tiene cabida en las especulaciones más o menos oscuras de filósofos y teóricos del lenguaje. Nada más lejos de la realidad. Nuestra cultura se encuentra hasta tal punto embebida de ella que nos resulta igual de transparente que el agua para los peces. Pero basta con detenerse a observar algunas de las imágenes que forman parte de nuestro hablar cotidiano para que empecemos a reconocerla en ellas, por ejemplo, cuando aseguramos que un escritor tiene un consumado dominio del lenguaje o que un orador ablanda las voluntades y conmueve los corazones con su discurso. Tampoco es ajeno a nuestro modelo el afirmar, como muchas veces se ha hecho, que una lengua ha alcanzado una gran perfección (como un bisturí láser, quizá) o que resulta tosca y grosera (como un cuchillo de pedernal).

Esto modelo, como todos, tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Se revela de gran utilidad si lo que queremos es atender a aspectos de la lengua como su forma y, sobre todo, su función. Se trata, principalmente, de una concepción finalista, pues la idea de herramienta está indisolublemente unida a la de finalidad. De ahí que en las explicaciones basadas en este modelo se haga hincapié, como hemos visto, en la noción de función: ¿cuáles son las funciones del lenguaje?, o sea, ¿para qué sirve el lenguaje?

Cojea, sin embargo, cuando nos tenemos que enfrentar con el cambio lingüístico. Desde esta perspectiva, la lengua se nos revela como algo fluido, que se halla inmerso en un cambio constante y gradual, mientras que un instrumento es, por naturaleza, estático. Podemos afilar un hacha, adelgazar la hoja o alargar el mango, pero no podemos sentarnos a observar cómo se transforma en motosierra de manera análoga a como el latín se convirtió en castellano (y no digamos si tenemos que explicar además la diversificación en castellano, portugués, gallego, catalán, francés, italiano, etc.). Resultan más aptos para esta tarea otros modelos, como el de la lengua como organismo, del que ya hemos hablado.

Pero finalmente este modelo se enfrenta con una limitación radical que comparte con todos los demás: la lengua puede ser, en algunos de sus aspectos, como una herramienta; pero, de hecho, no es una herramienta.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como herramienta]

Un alumno neozelandés, que estaba empezando a aprender español, un día me saludó con un alegre ¡Jola!, ¿kué tal? Al principio esto me dejó desconcertado. Después caí en la cuenta de que quería decir: Hola, ¿qué tal? Cuando le corregí, me hizo un comentario que es el que, años después, da pie a esta entrada: Pero se escribe así…

Está claro que los seres humanos sabían hablar desde mucho antes de que se empezaran a desarrollar, siquiera de forma rudimentaria, los primeros sistemas de escritura. En la historia de la humanidad primero fue lo oral y después vino lo escrito. Ese proceso por el que pasó la especie en su conjunto se ha ido repitiendo a escala más reducida para cada una de las comunidades lingüísticas del mundo, que han ido aprendiendo las unas de las otras a fijar su habla por escrito. Todas ellas sabían hablar previamente y sabían muy bien lo que decían. Es más, a día de hoy muchas lenguas del mundo siguen sin escribirse, lo que no les impide cubrir a la perfección las necesidades expresivas y comunicativas de las gentes que se sirven de ellas. No hay, en cambio, ninguna lengua que se escriba pero no se hable (y nunca se haya hablado). Por tanto, aquí también viene primero lo oral y solo después llega lo escrito (si es que llega). Este es, por otra parte, el mismo recorrido que realiza cada persona en su vida. Todos hemos aprendido primero a hablar y solo después algunos hemos aprendido a escribir. La población mundial era mayoritariamente analfabeta hasta hace unas cuantas décadas y todavía hoy la UNESCO calcula que 800 millones de personas no saben leer ni escribir. Y una vez más, salvo discapacidad, no hay nadie que sepa escribir y no sepa hablar.

Por otra parte, si nos fijamos en lo que hace el común de los mortales, veremos que pasamos mucho más tiempo hablando que escribiendo, incluso en esta época nuestra en que tecleamos como locos en ordenadores y teléfonos móviles.

Todo esto nos debería hacer sospechar que para el ser humano la lengua oral es más importante y más básica que la escrita. Y, sin embargo, ¿por qué le damos tanto valor a unos cuantos trazos grabados en un papel, una piedra o una pantalla?

La escritura es un invento poderoso. Los primeros pueblos que la conocieron adquirieron una ventaja sobre los demás que difícilmente nos podemos imaginar y que probablemente igualaba o superaba en términos proporcionales a nuestras actuales brechas tecnológicas o digitales. La escritura multiplicó las dimensiones y la complejidad de los Estados al permitir fijar las leyes de manera inalterable y enviar instrucciones precisas a los rincones más apartados de un imperio. Permitía también dejar constancia indiscutible de la propiedad. Gracias a ella el comercio pudo alcanzar unas proporciones que nadie hubiera podido soñar. Los escritos ayudaron a viajar en el tiempo y en el espacio a esos virus llamados ideas, que ahora podían transmitirse de unas personas a otras sin necesidad de que hubiera contacto directo. Y no debemos olvidar que la escritura brindaba a la divinidad nuevas formas de manifestarse. No en vano las tres religiones más exitosas del mundo —el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam— reposan sobre la autoridad de las Sagradas Escrituras. La habilidad de leer era rara y preciada porque quien la poseía se convertía en vínculo con el poder, la riqueza, la sabiduría y lo sobrenatural. Quien además sabía escribir podía aspirar a convertirse en fuente de todo esto.

No es de extrañar, por tanto, que la palabra escrita adquiriera un prestigio incomparable que llevó a invertir los términos de la relación entre lo oral y lo escrito. Si en el inicio la escritura intentaba registrar lo hablado lo mejor que podía, llegó un momento en que fue la lengua oral la que empezó a sentirse acomplejada al lado de la perfección de la lengua escrita y a sentirse en la necesidad de imitarla. La que había sido la maestra acabó reducida así a la condición de alumna rezagada. La veneración por lo escrito no se ha perdido a pesar de los saludables progresos de la alfabetización. Antes al contrario, en nuestro paso por las aulas nos han explicado que adquirir una cultura equivale, por encima de todo, a aprender a leer y escribir textos cada vez más complejos.

La lingüística ha puesto también su granito de arena. Todo haría esperar que esta se volcara en lo oral. Pero no podemos olvidar que los estudios gramaticales (re)surgen en la Edad Media europea para dar respuesta a una necesidad muy concreta; la cultura estaba escrita en una lengua que ya no entendíamos: el latín. La gramática era un auxiliar que nos enseñaba a descifrar textos oscuros. Todavía hoy nuestras gramáticas están concebidas más para ayudar a entender que para ayudar a producir, y sirven bastante bien para dar cuenta de la lengua escrita estándar, pero naufragan en cuanto intentamos aplicarlas a la conversación cotidiana. Cuando vemos que las reglas gramaticales no encajan con nuestra forma de hablar, no llegamos a la conclusión de que la gramática está mal hecha (o de que no está hecha para eso), sino que decidimos que hablamos mal y asunto solucionado.

Por eso tienen también más prestigio las variedades de una lengua cuya pronunciación está más cercana a la ortografía. De ahí, por ejemplo, que se suela emplear como arma arrojadiza contra seseantes y ceceantes el que su pronunciación no respete la escritura.

Y así volvemos a donde empezamos. Quienes dicen eso sólo tendrían razón si la tuviera aquel alumno que saludaba a sus profesores con un Jola, ¿kué tal? Pero aquel simpático principiante probablemente se desenvuelve hoy con soltura en español y ya ha entendido que una cosa es cómo se habla y otra cómo se escribe y que históricamente el habla no es imitación de la escritura sino más bien al revés.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?]

Una vieja cuestión de la lingüística es si se puede hablar de todo en cualquier lengua o, lo que es lo mismo, si todos los idiomas de la humanidad son medios expresivos igualmente válidos, dotados del mismo potencial para poner en palabras lo que queremos decir. La cuestión no es trivial, como veremos, pues las consecuencias prácticas de una u otra respuesta pueden llegar a ser drásticas.

Para despejar las dudas desde el principio, diremos que sí, que todo parece indicar que se puede hablar de todo en cualquier lengua. Esto es, de hecho, lo que se conoce como principio de efabilidad.

Las lenguas del mundo presentan fuertes variaciones en cuanto a su vocabulario y sus estructuras gramaticales. Tan grande es la diversidad que uno puede estar tentado de pensar que cada lengua es un mundo aparte y que cada comunidad lingüística vive recluida en los límites de ese mundo. Un pueblo que habita junto al mar puede tener vocabulario para expresar peculiaridades de su medio de las que carezca un pueblo del interior y viceversa. Una sociedad tecnificada como la nuestra dispone de términos para nombrar los componentes de un teléfono móvil que no se encontrarán en sociedades que desconozcan este artilugio (suponiendo, claro está, que todavía existan tales sociedades en el mundo). ¿Quiere esto decir que las gentes del desierto no podrán hablar del mar o que será imposible explicar qué es un teléfono móvil y cómo está hecho a un grupo de población que nunca haya visto uno?

Lo que nos dice el sentido común y nuestra propia experiencia es que sí se puede. Quizás carezcamos de ciertas palabras, pero en estos casos siempre está disponible la posibilidad de explicarnos por rodeos o de acuñar nuevo vocabulario. De hecho, nosotros tampoco disponíamos del vocabulario necesario para hablar de los teléfonos móviles hasta que no se inventaron. Y otras veces la forma de hacerse con ese nuevo vocabulario es tan simple como tomarlo prestado del pueblo de al lado que ya lo tiene. Es algo que hacemos a diario.

Por lo que respecta a la gramática, hay lenguas, como la nuestra, que cuentan con un complejo sistema de tiempos verbales de pretérito, lo que nos permite afinar muchísimo en la expresión de relaciones temporales de pasado. Piénsese en los matices semánticos que encierran formas como cantaba, cantó, ha cantado, había cantado, hubo cantado… En otras lenguas, en cambio, solo hay disponible un tiempo de pretérito. ¿Limita eso las posibilidades de hablar del pasado? No necesariamente. Junto a las formas que nos ofrece la gramática hay toda una gama de elementos léxicos que también permiten matizar y graduar la narración de hechos pasados, por ejemplo, antes, después, luego, a continuación. Y si todo eso falla, siempre habrá alguna manera de explicarlo con una o más oraciones.

El principio de efabilidad es primo hermano del de traductibilidad. Si el pensamiento humano se puede expresar por igual en cualquier lengua, entonces las lenguas tienen que ser traducibles. Cualquier traductor nos podrá advertir que todo texto está plagado de matices de significado que resulta imposible verter en los moldes de otra lengua. No obstante —y hasta donde tengo noticia—, hasta la fecha ningún texto de una lengua conocida ha sido declarado intraducible. Siempre se encuentra una forma de trasladar el contenido, aunque haga falta un buen calzador o, incluso, unos cuantos martillazos. Pero esto no da al traste con el principio de efabilidad, por lo menos en una versión moderada, pues este lo que postula es que lo que se puede decir en una lengua se puede decir también en otra, pero no que todo se tenga que decir de la misma manera.

Las implicaciones de este asunto van más allá de la mera especulación teórica. Si hubiera limitaciones a lo que es expresable en una lengua, habría que admitir que hay limitaciones culturales que se derivan de este hecho. Sería predecible entonces que ciertas comunidades lingüísticas se encontrarían con dificultades básicas para la especulación filosófica, para el desarrollo tecnológico o para la creación literaria, por citar solamente algunos ejemplos, mientras que a otras su lengua les podría proporcionar una ventaja estratégica en alguno de esos campos. Podría ser que la excelencia en lo uno sólo se pudiera obtener a expensas de lo otro, que las lenguas especialmente dotadas para la lógica tuvieran un rendimiento mediocre en la lírica, o que solo se pudiera alcanzar una extraordinaria aptitud para la abstracción a costa de lo emotivo. La idea, desde luego, es tentadora y se corresponde con muchos de los estereotipos que circulan a propósito de los diferentes pueblos del mundo. Otra posibilidad, más fuerte aún, sería que ciertas lenguas sobresalieran de manera generalizada, que resultaran ser instrumentos especialmente aptos para los más diversos cometidos, de modo que el ser hablantes nativos de una determinada lengua, ya de por sí, les diera una ventaja de partida a sus poetas, filósofos, oradores, ingenieros, economistas o juristas. Un pueblo así no tardaría en convertirse en amo del mundo.

Pues bien, todo esto se ha postulado en algún momento de las lenguas más variadas. En Europa tuvimos incluso todo un discurso seudocientífico que pretendía demostrar la superioridad de las lenguas europeas. Esto implicaba la superioridad de nuestra cultura y, en definitiva, de nuestras sociedades. Si, en cambio, el pueblo X tenía una limitación radical para el pensamiento abstracto y esto constituía un impedimento para su desarrollo espiritual y material, nada más natural que acudir allí a echarles una mano… a nuestra manera. Toda esa palabrería no era sino una más de las tristes justificaciones del colonialismo y el racismo.

Son necesarias un par de advertencias antes de terminar.

La primera es que el principio de efabilidad no implica en modo alguno que todo se puede expresar con palabras. Todos nos hemos topado alguna vez con los límites del lenguaje humano, con lo inexpresable. No, este principio es más modesto. Se conforma con afirmar que si se puede decir en una lengua también se podrá decir en las otras. Y lo que no se puede decir, probablemente no se pueda decir en ninguna.

La segunda es que este principio no está tampoco exento de problemas. Algunos de ellos han sido señalados por los defensores de la hipótesis contraria, la de la relatividad lingüística. Pero de eso nos tendremos que ocupar otro día, que por hoy ya es bastante.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Se puede hablar de todo en cualquier lengua?]

Los humanos nos hemos ido buscando a lo largo de la historia diferentes modelos para tratar de explicarnos una realidad tan abstracta y compleja como es la lengua. Uno que gozó de gran predicamento en el siglo XIX es el de considerar la lengua como si fuera un organismo. Encontramos esta concepción en la obra de lingüistas como Wilhelm von Humboldt, August Schleicher y otras figuras clave en la creación de la disciplina lingüística tal como hoy la conocemos. Y más allá de la repercusión teórica que tuviera en su época, esta idea se ha perpetuado en las concepciones populares. Hasta tal punto está arraigada en nosotros que la manejamos como si de verdad estuviéramos hablando de propiedades consustanciales a las lenguas, sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que estamos haciendo es manejar una serie de metáforas que, conjuntamente, constituyen una metáfora compleja de mayor nivel.

Para empezar, un organismo es un ser vivo. Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esto es lo que da sentido a preguntas como ¿cuándo nace el castellano? y es la idea que subyace a afirmaciones como que las lenguas románicas descienden del latín, que el castellano florece en el siglo XVII o que el latín es una lengua muerta.

Por otra parte, al concebir la lengua como organismo, la convertimos en una realidad independiente, igual que lo pueda ser un castaño o un gato. Si lo miramos bien, existir, lo que se dice existir, existe lo que alguien dice (o escribe) en un momento concreto. Y no solo existe, sino que tenemos una experiencia directa de ello e incluso podemos grabarlo para mostrárselo después a otra persona (Mira lo que ha dicho el Ministro de Educación). Si alguien nos pidiera que hiciéramos algo parecido con la lengua italiana, la gallega o la guaraní, nos veríamos en un apuro; y, sin embargo, todos tenemos la idea de que estas lenguas tienen entidad propia.

La idea de organismo es, asimismo, la que estamos manejando consciente o inconscientemente cuando le atribuimos a una lengua la capacidad de actuar o de reaccionar. Así, afirmamos que el inglés está conquistando el mundo o que el francés está cada vez más debilitado. A veces, incluso, nos representamos las diferentes lenguas como una diversidad de organismos que coexisten e interactúan. Por eso decimos que el inglés se está comiendo a las lenguas pequeñas o que el bretón ha conseguido sobrevivir a la presión del francés.

Un organismo tiene partes diferentes que mantienen entre sí una relación jerárquica y estructurada y a las que corresponden diferentes funciones. De la misma forma que, a primera vista, podemos diferenciar en un árbol hojas, ramas, tronco y raíces o en un animal podemos apreciar una cabeza, un tronco y unas extremidades, el estudio de las lenguas siempre ha llevado a diferenciar grandes componentes como léxico, sintaxis, morfología y semántica. A su vez, dentro del léxico, podemos diferenciar células que son los diferentes vocablos o en la sintaxis podemos reconocer diferentes estructuras que constituyen una armazón en la que encuentran su sitio las palabras… De la misma forma que los diferentes órganos y partes de un cuerpo contribuyen en conjunto al funcionamiento del todo, así la interacción de los diferentes elementos que reconocemos en los diferentes niveles de análisis lingüístico hace posible el funcionamiento de la lengua como un todo orgánico y le permite comunicar información, transmitir valores simbólicos, etc.

La popularidad de la concepción de la lengua como organismo en el siglo XIX se explica por los grandes éxitos que estaban cosechando en aquel momento las ciencias naturales. Resulta tentador en ese contexto histórico tratar de adaptar métodos que estaban cosechando éxitos nada desdeñables en su aplicación a otros objetos de estudio. Pero ahí está precisamente el punto fuerte y el talón de Aquiles de este intento. La lingüística consiguió aprovechar algunos de estos avances para describir y explicar su objeto de estudio; pero acabó topándose con una limitación radical: el lenguaje no es un organismo y, por ello, la metodología aplicada al estudio de los seres vivos no se puede trasplantar sin más a este otro campo.

Como de costumbre, he mencionado aquí tan solo unos pocos ejemplos que ilustran esta concepción organicista; pero, seguramente, a poco que reflexiones sobre la cuestión, se te ocurrirán otros aspectos que quizás quieras compartir aquí con todos nosotros.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como organismo]

¿Dónde se habla el mejor español? Hacía tiempo que quería escribir sobre este tema y me da pie ahora para ello la lectura de un interesante libro sobre la relación entre lengua e identidad en el que se trata precisamente esta cuestión en el capítulo 4, aunque en un plano general, no en el específico de nuestra lengua (Edwards, John. 2009. Language and identity: an introduction. Cambridge: Cambridge University Press).

Todos nos hemos encontrado alguna vez envueltos en una conversación sobre dónde se habla el mejor español. Respuestas clásicas en España son: en Valladolid o quizás en Castilla. Allende los mares se tiende probablemente a atribuir esta virtud a las variedades europeas de esta lengua. Normalmente la discusión se trufa con argumentos sobre la pureza o la corrección de esta o de la otra variedad. Sobre las restantes variedades se suelen tener también listos juicios de tipo estético, social, comunicativo, etc. que sirven para terminar de aderezar el tema. Así, se afirma con convencimiento que En la ciudad X tienen un acento muy gracioso, En la región Y hablan muy cateto o En el país Z no hay quien los entienda. Evitaremos aquí los ejemplos concretos porque bastante calientes están ya las cosas como para echar más leña al fuego.

Para empezar, hay que aclarar de qué estamos hablando verdaderamente cuando nos referimos al mejor español. ¿Tiene esto que ver con alguna cualidad intrínseca de tipo estructural o funcional? Para que nos entendamos: ¿tiene el murciano una gramática más desarrollada que el extremeño?, ¿es posible una comunicación más precisa hablando limeño que hablando porteño? Desde un punto de vista científico, la respuesta es un rotundo no. Todas las variedades de una lengua son medios igualmente aptos para desempeñar las diferentes funciones del lenguaje. No se puede sostener de ningún modo que la variedad X sea mejor que la variedad Y o que la una sea más pura y la otra esté más echada a perder.

Sin embargo, desde un punto de vista social, las cosas cambian. No hay duda de que los hablantes tienen sus propias ideas al respecto y de que las manifiestan con vehemencia. Los juicios más o menos estrictos, más o menos definidos, más o menos emocionales sobre cuáles son las variedades de su propia lengua que resultan más hermosas o más puras o más saladas o más sosas existen, son reales para quienes los emiten y tienen su valor, pero hay que saber interpretarlos. En el fondo, estos juicios no nos dicen nada sobre las variedades lingüísticas a las que en principio se refieren sino sobre la consideración que merecen los grupos que hablan esas variantes. Son el resumen de estereotipos, prejuicios, diferencias económicas, rivalidades o afinidades, procesos históricos, etc. La traducción es muy sencilla. Cuando nos dicen: En tal sitio hablan muy gracioso, lo que nos quieren decir es: Los de tal sitio son muy graciosos. Y la afirmación sobre lo cateto del habla de este pueblo o del otro no es sino una forma más o menos indirecta, más o menos socialmente aceptada de llamar catetos a los habitantes del pueblo en cuestión. No hay muchas más vueltas que darle.

Las variedades de prestigio, por su parte, suelen coincidir con las habladas por quienes históricamente han sido más exitosos. Por ejemplo, la belleza o la dignidad que se le atribuyen a un determinado acento son simplemente el reflejo del juicio colectivo que merecen los hablantes con tal acento. Se han hecho experimentos en los que se ha pedido a personas que no conocen una lengua ni el trasfondo histórico, social, económico, etc. de la comunidad que la habla que juzguen estéticamente el sonido de diferentes variedades. Sus respuestas no tenían nada que ver con las de hablantes nativos que sí están familiarizados con ese trasfondo. Quienes desconocen cuáles son las valoraciones relativas que merecen diferentes grupos de hablantes dentro de una comunidad lingüística son incapaces de atinar asignando los supuestos valores estéticos. A un panameño le puede parecer que el acento de un hondureño, un boliviano, un español o un argentino es de tal o cual manera. Lo que nos está diciendo, quizás sin ser del todo consciente de ello, es lo que le parecen los hondureños, los bolivianos, los españoles o los argentinos. Si la misma pregunta se la hiciéramos a una señora recién aterrizada de Samoa sin entender una palabra de español, te puedo asegurar que lo que le parecería sería completamente distinto.

En definitiva, y para no alargarnos más, responder a la pregunta inicial es más fácil de lo que parecía. ¿Que dónde se habla el mejor español? Pues en todas partes y en ninguna.

Hasta la semana que viene.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Dónde se habla el mejor español?]

¿Cuántas lenguas se hablan en España? La respuesta —evidente— es: depende de cómo las contemos.

Si nos atenemos a lo que dicen los textos legales, nos salen cinco en un primer recuento: castellano, catalán, valenciano, gallego y euskera. A estas habría que añadirles el aranés, que está reconocido en el Estatuto de Cataluña.

Si hacemos caso al informe de Ethnologue para España (en inglés), son trece. Para llegar a este número, hay que empezar a contar otros dialectos románicos como el aragonés, el asturiano e incluso el extremeño, que carecen de cobertura legal, pero no por ello dejan de ser reales, sobre todo para quienes piensan y se comunican en ellos. Si aumentamos un poco más la resolución de la imagen, nos encontraremos todavía con la fala, que hablan unas 5 000 personas en Extremadura, lindando con Portugal.

¿Y dónde están las que faltan hasta llegar a trece? Ahí están también el caló, muy mezclado con otras lenguas locales como el castellano, el catalán e incluso el euskera; también el quinqui, un gran desconocido. Todos sabemos que existen, pero no las percibimos porque pertenecen a minorías que son invisibles hasta para eso.

Nos faltan dos lenguas vivas y bien vivas, pero que no se hablan; y esto no es ninguna contradicción. Me refiero a la lengua de signos española y la lengua de signos catalana. No nos confundamos. No se trata de una traducción a gestos de las respectivas lenguas orales. Se trata de sistemas lingüísticos completos e independientes sobre los que todavía necesitamos muchos más estudios para conocerlos y comprenderlos mejor.

Ya tenemos las trece lenguas del informe de Ethnologue. Esto nos da un panorama lingüístico completamente diferente del de partida, que ya de por sí resulta bastante polémico.

Pero no hemos acabado. Esas son las lenguas que podemos considerar autóctonas, pero eso no quiere decir que sean las únicas que se hablan (o signan). Si queremos tener una medida de la diversidad lingüística del país, tenemos que tener en cuenta no solo a los que estaban sino también a los que van viniendo. En la España de principios del siglo XXI hay que poner en la foto lenguas como el árabe, el rumano, el inglés, el chino, el alemán, el quechua, el búlgaro y muchas otras, que han traído consigo las personas que han venido a vivir y a trabajar con nosotros, y que hacen su aportación a la riqueza lingüística y cultural del país.

Hay quien ve la diversidad lingüística del mundo como un castigo divino y hay quien la ve como parte del patrimonio de la humanidad. Lo que nadie podrá negar es que se trata de una realidad que está ahí para quedarse.

¿O no? ¿A ti qué te parece?

Según Ethnologue (en inglés), que es a día de hoy el catálogo más actualizado y exhaustivo, en el mundo se hablan 6 912 lenguas.

Con las lenguas ocurre como con la riqueza: unos pocos tienen mucho y la inmensa mayoría apenas tiene nada. El 5% de las lenguas del mundo acumulan el 95% de la población mundial. En consecuencia, queda tan solo el 5% de la población para repartir entre el 95% de las lenguas. Esto quiere decir que un puñado cuentan con cientos de millones de hablantes, mientras que hay centenares que solo son habladas por comunidades minúsculas. Todos los años mueren varias de ellas, lo que supone una pérdida irreparable para la diversidad lingüístico-cultural de la humanidad.

La cifra anterior es una aproximación. Es imposible conocer el número exacto por varias razones:

a) Para empezar, no todas las lenguas están identificadas. Hay zonas como la Amazonia o Borneo con una gran diversidad lingüística para las que todavía no disponemos de datos suficientes. Cada cierto tiempo nos enteramos por las noticias de que una expedición científica ha descubierto una especie animal o vegetal desconocida. También hay hallazgos lingüísticos de este tipo aunque no despierten tanto interés como los animalitos.

b) Muchas lenguas se conocen por varios nombres, a veces, incluso, por nombres que no se refieren exactamente a lo mismo. Piénsese, sin ir más lejos en las denominaciones español o castellano, y en la polémica sobre los nombres catalán, valenciano y mallorquín. Si en la Península Ibérica ya nos es difícil ponernos de acuerdo, aun tratándose de lenguas perfectamente documentadas y estudiadas, imagínate cómo se pueden complicar las cosas en zonas donde coexisten múltiples lenguas poco conocidas. A veces se dispone de distintas referencias con nombres diversos y no se sabe muy bien si son lenguas diferentes o denominaciones alternativas.

c) El número varía mucho dependiendo de si consideramos ciertas variedades como lenguas independientes o como dialectos de una misma lengua. Pensemos, una vez más, en el caso del catalán-valenciano-mallorquín. La decisión puede ser muy delicada, como bien sabemos, y los criterios son variables. Hay aquí factores políticos y culturales que también se tienen que considerar. Algunas comunidades enfatizan lo que une. Por ejemplo, los dialectos chinos no siempre son mutuamente comprensibles, pero por encima de esto se los considera variantes de la lengua china. Lo mismo se puede decir del árabe. El gallego y el portugués, en cambio, pueden ser en gran medida intercomprensibles, pero a nadie se le ocurriría decir hoy que el portugués es un dialecto del gallego.

A mis estudiantes les suelo decir que el valor de una lengua no depende de su número de hablantes, como el de una persona no depende del número de ceros de su  cuenta corriente (la mía tiene muchos, pero todos en el lado equivocado). Todas y cada una de las lenguas del mundo tienen su valor y aportan algo a la cultura de la humanidad. El patrimonio lingüístico también merece ser conservado. La muerte de una lengua es una pérdida irreparable.