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Estamos en agosto y el calor aprieta en el hemisferio norte. También en Estados Unidos, donde me encuentro pasando el verano por cuestiones de la vida académica esta que llevamos. Es el momento de hacer una pausa y recobrar fuerzas para volver con nuevas ideas el próximo curso.

Os doy las gracias a todos los que habéis ido siguiendo las entradas de este blog semana a semana. Vuestra compañía y vuestro entusiasmo hacen que merezca la pena escribir.

Os deseo un feliz verano (y a los del hemisferio austral, un invierno no muy frío).

Nos vemos en septiembre.

Eran muchas personas quienes me lo pedían y al final no me he podido resistir. Una cosa es leer un blog y otra la lectura más pausada que permite un libro, así que aquí está el libro del blog: Palabras de bits, palabras de tinta. Y en dos versiones, nada menos.

Para los más modernos está el libro electrónico. Te puedes descargar gratis Palabras de bits, palabras de tinta en formato PDF para leerlo en tu ordenador o Palabras de bits, palabras de tinta en formato EPUB para disfrutar de él en tu lector de libros electrónicos (esta última versión está comprimida como archivo .zip, tendrás que descomprimirla primero para leerla).

Para los clásicos está el libro impreso, que podéis comprar:

Consigue el libro impreso

Palabras de bits, palabras de tinta se publica bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0. Esto quiere decir, poco más o menos, que puedes copiar y redistribuir el libro cuantas veces quieras con algunas condiciones: tienes que indicar la autoría de Alberto Bustos, no puedes utilizarlo con fines comerciales (por ejemplo, venderlo, alquilarlo, etc.) y no puedes modificarlo. O sea, puedes publicar el libro en tu página personal, puedes imprimir el archivo y regalarle una copia a tu cuñado por su cumpleaños en venganza por algo que te haya sentado mal, puedes comprar la versión impresa y después sacarle una fotocopia a un amigo, puedes repartirles a tus alumnos copias de un artículo, de varios o de todos… Básicamente, lo que no puedes hacer es obtener un beneficio económico ni alterar mi libro para hacer tú el tuyo.

¿Y por qué se llama Palabras de bits, palabras de tinta? Bueno, lo que hay detrás de la obra se explica en el prólogo. ¿Por qué no le vas echando un vistazo?

Pues venga, disfrútalo y cuéntaselo a todo el mundo.

Algunas personas se preguntaban dónde me metía últimamente. Ha habido una pausa en la publicación que, como todo en esta vida, tiene su explicación; y, en este caso, los motivos son buenos (buenos en todos los sentidos).

He comenzado una nueva etapa profesional como Profesor Titular en la Universidad de Extremadura. Esto ha supuesto, entre otros cambios, mi traslado a la muy antigua y muy monumental ciudad de Cáceres, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1986. En los dos últimos meses, lo que ha acaparado mi atención ha sido ir descubriendo un estimulante entorno profesional que me ofrece más y mejores posibilidades, explorar Cáceres y alrededores (si no has visitado todavía esta tierra, no dejes de venir, te lo recomiendo) y, sobre todo, ir conociendo a nuevos colegas que me han dado la mejor de las acogidas posibles y han hecho cuanto estaba en su mano para facilitarme la transición.

Por otra parte, a veces hay que parar para echar a andar de nuevo con más ganas y, al cabo ya casi de tres años bregando con este blog, necesitaba también una pausa para recoger nuevas ideas y tener así algo que ofreceros a mis lectores.

Gracias por la espera. Volvemos al ataque desde Cáceres.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Una nueva etapa]

Diglosia es la situación que se da cuando en un mismo territorio coexisten dos lenguas con diverso estatus social, de modo que una de ellas se configura como lengua de prestigio frente a la otra, que queda relegada a una posición subalterna. Esta situación se ve apuntalada por los diversos ámbitos en que se puede hacer uso de una y otra. Así, la lengua dominante suele ser la que de manera oficial u oficiosa se emplea en la administración, la enseñanza, la justicia, los medios de comunicación, etc., mientras que la variedad desfavorecida queda relegada a los ámbitos familiares e informales.

Por lo general, la variedad prestigiosa suele estar mejor descrita y codificada, es decir, existe una serie de tratados gramaticales, diccionarios, prontuarios ortográficos, manuales de estilo, etc. en los que se explica cómo es la lengua y cuál es su uso correcto. Esto se suele interpretar ingenuamente en el sentido de una mayor bondad o complejidad intrínsecas de la lengua que acumula esa tradición gramatical. Así es como hay que entender, por lo general, juicios simplistas del tipo La lengua X tiene gramática, la lengua Y no tiene gramática (todas las lenguas tienen gramática, otra cosa es que alguien se haya tomado el trabajo de describirla y normalizarla).

Podemos encontrar en España diversos ejemplos de diglosia. Un caso histórico (por citar uno solamente) es el de la posición subordinada que tradicionalmente mantenía el gallego respecto del castellano en Galicia. Esto se vio corregido a raíz del reconocimiento oficial del primero en el Estatuto de Autonomía de Galicia. En el continente americano son también frecuentes las situaciones de diglosia en que participa el español. A pesar de los avances en el reconocimiento de las lenguas nativas americanas, el español mantiene por lo general una posición de ventaja allí donde convive con ellas. Un investigador alemán que acudió a Bolivia a estudiar el contacto del español y el quechua me explicaba que se encontraba con personas que negaban conocer el quechua… pero que luego lo hablaban cuando creían que no los estaba escuchando. El motivo estaba en el diferente prestigio que creían que les confería ante aquel señor alemán el ser hablantes de lo uno o de lo otro. Pero no siempre el español sale favorecido en sus encuentros (o encontronazos) con otras lenguas. En Estados Unidos la balanza se inclina claramente a favor del inglés.

La diglosia puede precipitar la muerte de lenguas por deslealtad lingüística de los hablantes, que, ante un modelo con un estatus social más elevado, reniegan de la lengua de sus ancestros para pasarse a la competidora (o, lo que es más frecuente, hacen que se pasen a ella sus hijos).

Probablemente tú tienes algún tipo de experiencia en relación con este tema, así que te invito a que la compartas con nosotros en los comentarios. Así contribuirás a enriquecer esta entrada.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Diglosia]

Los amigos del blog que además sean facebookeros ahora pueden seguirlo por una vía más: este blog, como no podía ser menos, tiene su propia página en Facebook, en la que ya os podéis apuntar (electrónicamente). Ya somos más de doscientos. A ver si llegamos pronto a los mil.

Y, naturalmente, siguen estando ahí las otras vías de difusión: el correo electrónico, el RSS y el canal de Twitter.

Nos vemos allí, aquí y donde quiera que estéis.

Saludos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Este blog, en Facebook]

No sé si te habrás parado alguna vez a pensarlo, pero hay ciertos verbos que permiten realizar acciones tan solo con decirlos. Mira bien este ejemplo:

(1) [...] te prometo que en el futuro vigilaré mucho mi comportamiento [foros.ciudad.com, acceso: 30-12-2009]

La expresión anterior no describe el mundo, no nos dice nada sobre ningún estado de cosas extralingüístico, sino que realiza la acción de prometer.

Este tipo de verbos se denomina verbos performativos y fue el filósofo J.L. Austin quien llamó la atención sobre ellos en su libro Cómo hacer cosas con palabras (How to do things with words).

En realidad, más que de verbos performativos debemos hablar de expresiones performativas, puesto que los verbos por sí solos carecen de esta fuerza realizativa. No la adquieren hasta que quedan insertos en una expresión que ha de cumplir ciertas condiciones, entre las que se cuenta la de enunciarse en presente. El ejemplo anterior, si lo reformulamos en pretérito, tan solo describe un hecho sucedido en el pasado:

(2) Te prometí que en el futuro vigilaría mucho mi comportamiento

Las expresiones performativas han de estar en primera persona, como en (1), o ser impersonales como en (3):

(3) [...] queda usted absuelto de la acusación del robo del vehículo [...] [Yoriento, acceso: 3o-12-2009]

Estas expresiones son muy numerosas y nos servimos de ellas constantemente. Por ejemplo, ¿pasa algún día sin que pronuncies o escribas frases de este tipo?: Te prometo que…, Te advierto que…, Le doy las gracias por…, Admito que…

Algunas de ellas realizan actos socialmente institucionalizados. Todos sabemos la trascendencia que tenía en la sociedad tradicional el pronunciar las siguientes palabras:

(4) [...] te desafío a todo trance de muerte [Miguel de Cervantes: La española inglesa]

Algunos de estos actos están incluso codificados legalmente, como este:

(5) DON FIDEL.- Yo os declaro marido y mujer [Manuel Martínez Mediero: Los Medieros]

El acto anterior únicamente se consuma cuando pronuncia esa fórmula quien está investido de autoridad para ello y solo si lo hace en el contexto ceremonial adecuado. O sea, que si yo les digo a dos amigos que los declaro marido y mujer, se quedan como estaban. Y si un cura en estado de enajenación mental se echa a la calle a soltarle la dichosa formulita a toda pareja que se le ponga por medio, tampoco los casa fulminantemente.

Lo anterior viene bien para aclarar otra de las características de las expresiones performativas: no son ni verdaderas ni falsas, puesto que no describen nada. Simplemente pueden llegar a buen puerto o no. Los intentos de casar a traición del cura chiflado fracasarían, mientras que sí tendría éxito un juez en sus cabales en el contexto de una boda debidamente concertada.

Conviene explicar por último que en la lingüística española se ha asentado el anglicismo performativo, que no es sino una castellanización muy superficial de performative. Realizativo hubiera sido una traducción más certera (verbos realizativos, expresiones realizativas); pero por el motivo que sea no llegó a cuajar.

Y con esto declaro solemnemente concluida esta entrada.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Hacer cosas con palabras]

Una lengua muere cuando se queda sin hablantes, cuando ya no hay nadie en la tierra para repetir las palabras que aprendió de sus padres y abuelos.

En el mundo se hablan casi 7 000 lenguas. De estas, la mayoría apenas tiene un puñado de hablantes, lo que compromete su supervivencia. Esto es lo que ocurre en España, sin ir más lejos, con el aranés. De hecho, todos los meses muere un puñado de lenguas dispersas por diferentes puntos del planeta y nadie se entera porque no sale ni en el telediario ni en los periódicos.

Históricamente, en la Península Ibérica han desaparecido, por ejemplo, el ibérico, el hispano-céltico o el mozárabe. En época moderna tenemos casos bien documentados en Europa, como el del manés en los años setenta. Su último hablante fue un pescador llamado Ned Maddrell, que dejó un corpus de grabaciones sonoras antes de morir.

El fin de una lengua puede llegar por dos vías:

a) Por extinción de la comunidad que la hablaba: esto puede sobrevenir por diversos tipos de catástrofes naturales, pero la causa más frecuente es el choque con otra población. A menudo, la desaparición de una lengua no es sino un efecto concomitante del genocidio. Durante la Edad Moderna ha tenido aquí un papel tristemente destacado el colonialismo europeo, incluido el español. De hecho, se calcula que el punto culminante en la diversidad lingüística de la humanidad se alcanzó en el siglo XV, justo antes del inicio de la colonización europea de África, América y Oceanía.

b) Por deslealtad de los hablantes: esto se ve favorecido por situaciones de diglosia, cuando coexisten en un mismo territorio lenguas con diferente estatus. Se corre entonces el peligro de que la gente abrace la variedad de prestigio en detrimento de la que heredaron de sus ancestros. La lengua relegada acaba convirtiéndose en cosa de viejos porque ya no la aprenden los niños.

Hay quien opina que una lengua no se acaba en realidad con su último hablante sino con el penúltimo, cuando ya no queda nadie con quien dialogar.

La muerte de una lengua supone una merma irreparable para la diversidad cultural. Sin embargo, no todo son malas noticias. En tiempos recientes se han acometido también intentos de revitalización o incluso de resurrección. De ellos hablaremos otro día.

La deslealtad lingüística es un fenómeno que contribuye a la decadencia e incluso desaparición de las lenguas. Es lo que ocurre cuando los hablantes reniegan de su propio idioma.

¿Qué puede empujar a una persona a volver la espalda a las palabras con las que la han amamantado, con las que ha declarado amor u odio, con las que ha enterrado a sus muertos? Muchas cosas, pero sobre todo que esa lengua y esa cultura se vean como una trampa, una cárcel de la que hay que escapar.

La deslealtad puede sobrevenir cuando coexisten dos lenguas con diferente estatus. Esto es lo que se conoce como diglosia. Si una de ellas está asociada con el poder, el dinero, la cultura, el prestigio, se convierte en una competidora temible.

Por ejemplo, si hablar como yo va a impedir a mis hijos prosperar en la vida, como padre no tardaré mucho en apartarlos del habla de nuestros ancestros. A partir de ese momento, la lengua está herida de muerte. Es una situación típica de las lenguas minoritarias o minorizadas. Les ha ocurrido y ocurre a las de los nativos de América. En España, sin ir más lejos, esta fue históricamente la situación del gallego.

Aquí vale el viejo refrán de “dime con quién andas y te diré quién eres”. Si como lengua te paseas en compañía de ignorantes, feos y desheredados, todo el mundo saldrá huyendo en cuanto te vea y pronto te quedarás sola. Si te dejas ver en casa de ministros, banqueros, jueces y escritores famosos, te sobrarán admiradores; serás cortejada y deseada.

Sin embargo, no hay nada determinista en este tipo de procesos. Existe también la lealtad lingüística. Factores culturales, religiosos, económicos (sobre todo factores identitarios) pueden contrarrestar la deserción.

La deslealtad tiende a reducir la diversidad lingüística del mundo; la lealtad, en cambio, contribuye a mantenerla o incluso aumentarla.

Según Ethnologue (en inglés), que es a día de hoy el catálogo más actualizado y exhaustivo, en el mundo se hablan 6 912 lenguas.

Con las lenguas ocurre como con la riqueza: unos pocos tienen mucho y la inmensa mayoría apenas tiene nada. El 5% de las lenguas del mundo acumulan el 95% de la población mundial. En consecuencia, queda tan solo el 5% de la población para repartir entre el 95% de las lenguas. Esto quiere decir que un puñado cuentan con cientos de millones de hablantes, mientras que hay centenares que solo son habladas por comunidades minúsculas. Todos los años mueren varias de ellas, lo que supone una pérdida irreparable para la diversidad lingüístico-cultural de la humanidad.

La cifra anterior es una aproximación. Es imposible conocer el número exacto por varias razones:

a) Para empezar, no todas las lenguas están identificadas. Hay zonas como la Amazonia o Borneo con una gran diversidad lingüística para las que todavía no disponemos de datos suficientes. Cada cierto tiempo nos enteramos por las noticias de que una expedición científica ha descubierto una especie animal o vegetal desconocida. También hay hallazgos lingüísticos de este tipo aunque no despierten tanto interés como los animalitos.

b) Muchas lenguas se conocen por varios nombres, a veces, incluso, por nombres que no se refieren exactamente a lo mismo. Piénsese, sin ir más lejos en las denominaciones español o castellano, y en la polémica sobre los nombres catalán, valenciano y mallorquín. Si en la Península Ibérica ya nos es difícil ponernos de acuerdo, aun tratándose de lenguas perfectamente documentadas y estudiadas, imagínate cómo se pueden complicar las cosas en zonas donde coexisten múltiples lenguas poco conocidas. A veces se dispone de distintas referencias con nombres diversos y no se sabe muy bien si son lenguas diferentes o denominaciones alternativas.

c) El número varía mucho dependiendo de si consideramos ciertas variedades como lenguas independientes o como dialectos de una misma lengua. Pensemos, una vez más, en el caso del catalán-valenciano-mallorquín. La decisión puede ser muy delicada, como bien sabemos, y los criterios son variables. Hay aquí factores políticos y culturales que también se tienen que considerar. Algunas comunidades enfatizan lo que une. Por ejemplo, los dialectos chinos no siempre son mutuamente comprensibles, pero por encima de esto se los considera variantes de la lengua china. Lo mismo se puede decir del árabe. El gallego y el portugués, en cambio, pueden ser en gran medida intercomprensibles, pero a nadie se le ocurriría decir hoy que el portugués es un dialecto del gallego.

A mis estudiantes les suelo decir que el valor de una lengua no depende de su número de hablantes, como el de una persona no depende del número de ceros de su  cuenta corriente (la mía tiene muchos, pero todos en el lado equivocado). Todas y cada una de las lenguas del mundo tienen su valor y aportan algo a la cultura de la humanidad. El patrimonio lingüístico también merece ser conservado. La muerte de una lengua es una pérdida irreparable.

Estamos en agosto, el calor aprieta y el cuerpo pide vacaciones; no solo a ti, lector, sino también a mí, Alberto, el sufrido escribiente de este blog.

Hace ahora un año que empecé a publicar el Blog de Lengua Española. Todo empezó como una idea que se me ocurrió dando un paseo por Berlín en otra tarde de vacaciones. Me parecía una buena forma de compartir lo mucho o lo poco que he ido aprendiendo sobre esta lengua en los años que he pasado estudiándola y enseñándola (que es, esta última, la mejor forma de aprenderla). Pero sobre todo esta iniciativa surgía de una pasión.

Amar una lengua no significa menospreciar las demás. La castellana es una más entre los miles de lenguas del mundo. Todas merecen respeto porque forman parte del patrimonio de la humanidad y contribuyen a la diversidad cultural. Su valor no se cuenta por el número de hablantes. Tampoco el valor de una persona se mide por el número de ceros de su cuenta corriente (la mía tiene muchos, pero todos en el lado malo).

Yo intuía que había ahí fuera un público que compartía esa pasión. Este año me lo ha confirmado de una manera que supera con creces mis expectativas más optimistas. A día de hoy el blog tiene más de cien suscriptores, que son sus lectores más fieles. Tú también puedes apuntarte para recibir gratuitamente los artículos por correo electrónico o por RSS. Además, mensualmente, lo visitan más de 4 000 personas que consultan un total de 9 000 páginas.

En definitiva, aprovecho este post, que ya es más largo de lo que quería, para dar las gracias a todos los lectores y desearles felices vacaciones; y para quienes no las tengan, que no se haga demasiado pesado el trabajo en verano.

Nos vemos en septiembre.