May 042017
 

Mi colega (y querido tocayo) Alberto Gómez Font nos propone en su libro Errores correctos un catálogo de palabras y expresiones que estuvieron condenadas por la norma, pero que, poco a poco, se han ido haciendo un hueco en diccionarios y gramáticas. Hoy podemos utilizar este centenar largo de vocablos con las bendiciones de las Academias de la Lengua (lo que debería bastar para ponernos a resguardo de los rayos y centellas de los puristas). El mundo avanza, las sociedades cambian y por eso la norma se debe actualizar: renovarse o morir. Alberto Gómez Font tiene una perspectiva privilegiada sobre este proceso. A su formación lingüística le suma una brillante trayectoria profesional como asesor lingüístico en el Departamento de Español Urgente de la Agencia Efe, coordinador general de la Fundación del Español Urgente, director del Instituto Cervantes de Rabat y miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Ninguno de los artículos de este libro tiene desperdicio. Reproduzco como muestra uno que me ha llamado especialmente la atención:

nominar

Durante algunos años del siglo XX, la aparicion del verbo nominar se producía anual y puntualmente —y solo una vez al año— en todos los medios de comunicación en vísperas de la concesión de los premios cinematográficos Óscar. Cuando se creó el Departamento de Español Urgente en la Agencia Efe, en 1980, ese fue uno de los anglicismos que atacamos desde el principio; primero convencimos al corresponsal de Efe en Los Ángeles para que dejara de usarlo y, tras lograrlo, su desaparición de nuestras noticias hizo el efecto esperado: sirvió de ejemplo para cientos de periodistas hispanohablantes de América y de España.

Después, con la creación en España de los premios Goya para la industria del cine español, vimos cómo renacían nominar, nominados y nominaciones, aunque, de momento, ahí se quedaba la cosa: era un anglicismo propio de la jerga de los premios cinematográficos. Pero de pronto irrumpió en otro terreno, el de la política, y empezaron a verse en todos los periódicos frases como esta: «Comienzan los problemas en la nominación de candidatos de los diferentes partidos ante las próximas elecciones municipales». ¿Habría alguna razón subliminal para meter en el mismo saco a actores y políticos…?

Años después comenzaron a emitirse en la televisión unos programas-concursos en los que se encierra (siguen hoy en antena) a unas personas —en una casa, una isla, una granja…— y se las somete a determinadas pruebas, para ir expulsándolas de manera sucesiva, hasta que una gane el concurso. Pues bien: a los designados para ser expulsados se los nomina.

Ni unos ni otros hacían bien —hasta hace muy poquito tiempo— al usar ese verbo ya que el único significado de nominar era «dar nombre a una persona o cosa», definición que coincide con la segunda acepción del verbo bautizar.

¿Qué ocurría? Pues lo mismo que tantas otras veces: se trataba de un calco originado por una mala traducción del verbo homónimo inglés nominate, que en esa lengua significa ‘proponer la candidatura de…’, ‘proponer a uno como candidato’, ‘nombrar a uno para…’. Y de su derivado nomination, que debíamos traducir como nombramiento o propuesta.

Parecía estar claro que si hablamos de políticos y de elecciones, en lugar de la nominación de candidatos deberemos referirnos a la proclamación de candidatos o la elección de candidatos. Y en lugar de nominar candidatos lo que debía hacerse era proponer, presentar o proclamar candidatos. Pero a los hispanohablantes les fascinaba tanto ese nuevo uso de nominar que, finalmente, llegó al Diccionario en el 2001.

Por cierto: el otro día me regalaron un gatito por mi cumpleaños y aún no he decidido cómo nominarlo: Félix, Fritz, Jinks, Pumby, Silvestre, Rigodón… ¿Me ayudan?

© Alberto Gómez Font. 2017. Errores correctos. Mi oxímoron. Madrid: Pie de Página. ISBN: 978-84-946688-4-5 (15 €). Reproducido con permiso de la editorial.

 

 4 de mayo de 2017  varios