Archivo de Mayo de 2008

Etimología de ‘tragedia’

31 de Mayo de 2008

Nuestro nombre tragedia nos llega por mediación del latín tragoedia, tomado a su vez del griego tragoidía ‘el canto de la cabra’. El nombre griego se compone de trágos ‘cabra’ y oidía ‘canto’ (piénsese en el castellano oda).

Hay varias hipótesis para esta etimología. Según una de ellas, en los festivales en honor de Dioniso-Baco se entonaban cantos religiosos que se acompañaban del sacrificio de una cabra. También es posible que se ofreciera una cabra como premio en un certamen teatral. Este animal, en cualquier caso, remite a Dioniso, dios del vino.

Se trata de una denominación metonímica: la obra poética se nombra por uno de los elementos que acompañan la declamación o representación.

Covarrubias ya se refiere a alguna de estas hipótesis en su Tesoro de la lengua castellana o española:

TRAGEDIA, una representación de personages graves, como Dioses en la Gentilidad, Éroes, Reyes, y Príncipes; la qual de ordinario se remata con alguna gran desgracia, Lat. tragedia a Graeco tragodia. Díxose tragedia, del nombre tragos, hircus, porque al principio que se introduxo este género de poema davan por premio un cabrón, o según otros que se tiene por más cierto un cuero de vino, que como a todos consta, es el pellejo de un cabrón. Lo qual da a entender Horacio en el arte poética […]  [Covarrubias: tragedia, acceso: 31-5-2008]

¿Pantalón o pantalones?

27 de Mayo de 2008

Pantalón forma parte de un grupo de nombres que designan realidades simétricas y que tienen la particularidad de que el plural puede referirse lo mismo a una sola unidad que a varias. Técnicamente, se dice que el plural se ha neutralizado.

En este ejemplo, claramente, pantalones se refiere a un solo objeto:

Un buen día decidí que me quería poner unos pantalones negros vaqueros superchulos que combinaban de la muerte con un polo granate que tengo [paladinmd en LiveJournal, acceso: 26-5-2008]

En cambio, en este otro nos remite a una verdadera pluralidad:

Dos ciudadanos españoles han sido detenidos en el aeropuerto de Barajas cuando trataban de introducir en España 6.370 gramos de cocaína escondidos en pantalones y en varios paquetes que simulaban ser regalos […] [Me gusta Madrid, acceso: 26-5-2008]

Esto que pasa con pantalón ocurre también con alicates, tijeras, pinzas, tenazas, narices, bigotes, espaldas, calzoncillos, bragas, gafas, etc.

Normalmente los hablantes nativos saben que esto es así y emplean sin mayor problema estos nombres. El contexto suele aclarar cómo hemos de interpretar ese plural, como ocurría en los dos ejemplos de arriba.

La duda surge con el singular. ¿Es correcto decir: Me gusta ese pantalón, No encuentro la tijera, Le sienta muy bien esa gafa? Sí, lo es. La norma acepta también el singular de todos estos nombres cuando queremos referirnos a una sola unidad.

No obstante, esto tampoco quiere decir que, de hecho, alternen libremente singular y plural en este uso. Pueden entrar en juego preferencias personales. A alguien le puede gustar más la tenaza que las tenazas.

Puede haber también diferencias estilísticas. Por ejemplo, narices es más expresivo que nariz, de modo que normalmente se reserva el plural para dar más énfasis a una expresión, para hacerla destacar:

Moco Trapecista: es aquel que anda, de un hilo, colgando de tus narices cuando te da un ataque de tos [Gabi en Windows Live Spaces, acceso: 26-5-2008]

El ejemplo yo creo que como expresivo es bastante expresivo.

Los usos preferentes pueden ser típicos de ciertos grupos sociales. El común de los mortales habla de las gafas, en singular, mientras que mi larga experiencia con los ópticos me dice que te venderán el artículo con la frasecita Llévese esta gafa, que le queda muy bien.

Otro caso diferente es el de las expresiones idiomáticas. Una de sus características es precisamente que son fijas, por lo que exigen o el singular o el plural. No es lo mismo decir que Manolo tiene muchas narices (idiomático: ‘tiene mucho carácter’) o que Manolo tiene mucha nariz (literal: ‘tiene un apéndice nasal de considerable tamaño’). (Narices se emplea como eufemismo en sustitución de otra parte del cuerpo también simétrica; pero eso ya es otra cuestión).

Una expresión idiomática que exige el singular, en cambio, es hacer la pinza, que significa algo así como ‘aliarse dos para neutralizar a un tercero’:

EE.UU. habría pactado con Israel hacer «la pinza» a un Gobierno de Hamás [Abc, 15-2-2006, acceso: 27-5-2008]

Y podríamos seguir, pero por hoy yo creo que ya está bien. Espero haberte resuelto alguna duda y que no hayas acabado hasta las narices con esta entrada tan larga.

Etimología de ‘alopecia’

24 de Mayo de 2008

Esta etimología puede interesar sobre todo a los lectores varones de una cierta edad. La alopecia es, como sabemos, la pérdida del cabello. El nombre viene del griego alopekía. Se deriva de alópex, -ekos (’zorra’) porque, al parecer, al animalito se le cae mucho el pelo.

Hermosa metáfora.

¡Je, je!

Añadir el DRAE al navegador

22 de Mayo de 2008

Ya no hay excusa para no consultar el Diccionario de la Real Academia Española (”No, es que me da pereza”, “¡Por no levantarme ahora!…”). Es muy fácil. Lo añadimos a los motores de búsqueda del navegador y así podemos ir buscando palabras cómodamente mientras escribimos. (Los motores de búsqueda son los que están en esa cajita que hay en la esquina superior derecha).

Visita esta página para añadir el DRAE a tus motores de búsqueda. Allí encontrarás un enlace “Diccionario - Real Academia Española”. Pincha en él y acepta. Ya puedes empezar a utilizarlo.

Este plugin es válido para Mozilla Firefox y MS Internet Explorer 7 ó superior. No sirve para versiones anteriores de Explorer.

¡Que lo disfrutes!

¿Hablamos cada vez peor?

19 de Mayo de 2008

No. La respuesta es así de simple. Y contundente. No hablamos peor. Hablamos de otras cosas. Hablamos de otro modo. Eso es todo.

El mundo cambia y también lo hace el lenguaje con el que hablamos de él. Las generaciones se suceden y cada una trae su modo de hablar, igual que trae su modo de vestir, de hacer arte o de hacer política. ¿Verdad que hoy sería ridículo vestirse como Unamuno? Pues también lo sería hablar como él. Incluso dentro de la vida de una misma persona va cambiando con los años el lenguaje. ¿O nos expresamos de la misma manera con sesenta años que con veinte?

Si la lengua fuera a peor, llegaría un momento en que no nos entenderíamos; pero eso no sucede y no puede suceder. ¿Conoces algún caso? ¿Tienes noticia de algún sitio donde hayan empezado a enredar con el idioma y al final se lo hayan cargado? Imagínate que en Suecia empezaran a hacer experimentos con el sueco hasta que lo estropearan y se tuvieran que pasar —qué sé yo— al italiano para volver a entenderse. Esto que es inconcebible con las lenguas no lo es tanto con otras construcciones colectivas, como la economía, sin ir más lejos. Todos podemos citar países donde han empezado a hurgar en el sistema económico hasta que ha dejado de funcionar. El resultado es miseria, hambre, despoblación… En ningún rincón del mundo, en ningún momento de la historia ha habido una penuria lingüística que nos haya dejado en ayunas de palabras. Por ese lado podemos estar tranquilos.

Para acercarnos al problema, tenemos que saber que existe un fenómeno que se llama cambio lingüístico y que este es universal. Hay toda una rama de la lingüística que se ocupa de estudiarlo. Todas las lenguas cambian y todas han cambiado. No pueden no cambiar. Esto en sí no es ni bueno ni malo. Es. Punto. Otra cosa es que los resultados nos gusten más o menos; pero eso ya es cuestión de gustos y sobre gustos…

La lengua no la hacen los catedráticos, ni los académicos, ni los políticos… ¡por suerte! Siempre la han hecho los hablantes de a pie, la gente normal y corriente: el niño que juega con sus amigos en el patio del colegio, el dependiente de la pollería que despacha cuarto de mollejas, la señora que merienda con sus amigas en la cafetería, los enamorados que se susurran al oído. Por eso la lengua es sensata y funciona. La comunidad de hablantes en conjunto es sabia (aunque algunos de sus individuos no lo sean tanto).

De unos siglos a esta parte, vienen metiendo cuchara también, con mayor o menor fortuna, gramáticos, gobernantes, lexicógrafos, periodistas, etc.; pero eso no invalida lo anterior. Me tiemblan las piernas de pensar lo que saldría si la lengua de verdad dependiera de una comisión de profesores, representantes del Ministerio de Educación, autores de libros de estilo, dueños de editoriales… y escritores de blogs sobre lengua, que son los más dañinos.

Otra cuestión, que a lo mejor ya te estás planteando a estas alturas, es: “Sí, pero ¿por qué cambian las lenguas?”. La pregunta es buena, lo complicado es la respuesta. Por hoy, lo dejaremos aquí, pero prometo volver sobre el tema.

Etimología de ‘mayo’

16 de Mayo de 2008

Mayo viene del latín maius. Era el mes de Maya (¡no la abeja sino la diosa!).

Hay dos Mayas diferentes, la griega y la romana, que acabaron confluyendo. La Maya griega era hija de Atlas, el gigante condenado a sostener el mundo sobre sus espaldas. Era la mayor de siete hermanas: las Pléyades. Según la leyenda, era una diosa tímida y hermosa que vivía en el monte Cileno, donde concibió a Hermes de Zeus.

La Maya romana era la Bona Dea (’la Buena Diosa’). En su honor se celebraba una ceremonia en mayo de la que se sabe poco porque los ritos eran secretos. Solo podían participar mujeres. Estaba estrictamente prohibida la presencia de cualquier hombre e incluso de animales machos. Era una divinidad asociada con la fertilidad y la maternidad, lo que resulta coherente con el hecho de que se la festeje en el mes central de la primavera.

Lenguaje del odio

15 de Mayo de 2008

Bloggers UniteArtículo 1
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Declaración Universal de los Derechos Humanos

Demasiado a menudo, nuestro uso del lenguaje se aleja de la exigencia de comportamiento fraternal y de reconocimiento de la igualdad en dignidad y derechos. Esto puede ocurrir de dos formas, una más brutal y la otra más sutil, tan sutil que a veces ni siquiera la percibimos.

A veces, la palabra sirve para ensañarse contra ciertos colectivos sociales. Esta es la variedad brutal del lenguaje del odio. En estos casos se busca dañar, discriminar, enfrentar. La palabra se carga de veneno en el corazón y después se escupe por la boca.

En principio cualquiera puede servir de blanco. El motivo no está en la víctima sino en el agresor. En la práctica, se suele apuntar contra extranjeros, miembros de otras etnias, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y siempre, siempre, siempre contra las mujeres. Por supuesto, el efecto es acumulativo: si por ser mujer ya estás expuesta, no digamos si eres mujer, lesbiana, extranjera y, para colmo, tienes la piel cobriza. Pero no hace falta inventarse los ejemplos; ayer, sin ir más lejos, leía en el periódico que una tienda de informática de Alcudia (Mallorca) había colocado a la puerta un cartel en el que se prohibía la entrada a “perros y rumanos”.

Lo inquietante es que se tiene más tolerancia de la que se debiera con estas manifestaciones verbales. Son muchos los que se ríen o por lo menos se sonríen cuando oyen gritar ¡Mujer tenías que ser!, ¡Sudaca! o ¡Maricón! De los que lo aprueban no hablaremos porque ya habla todo el artículo de ellos.

Cualquier grupo es vulnerable. Que nadie se crea que por ser hombre, blanco, heterosexual y padre de familia está a salvo. Ya descubrirán que no hizo la mili o que vota al partido equivocado.

A veces, el colectivo agredido reivindica el término insultante (”Sí, y a mucha honra”). Suele ser un antídoto eficaz. Por ejemplo, algunos grupos de lesbianas han hecho bandera de palabras como bollo o bollera.

Los casos anteriores consisten en llamarle a alguien lo que es. Y se hace para dañarle. No se le censura por lo que hace o por sus cualidades morales sino por ser lo que es, por ser como es, en definitiva, por ser quien es. Para darnos cuenta de la injusticia, no hay más que pensar que es un ataque contra lo que el otro no puede (ni debe) cambiar.

La otra variedad de lenguaje del odio es más sutil. Todos participamos de ella. Por lo general, ni siquiera es malintencionada. Consiste en llamarle a alguien lo que no es, como cuando decimos: Vas hecho un gitano (’vas desaliñado’), Me hizo una judiada (’me jugó una mala pasada’), No seas nenaza (’compórtate como un macho ibérico’), Pero qué hijoputa eres (muchas veces, jocoso). Son expresiones metafóricas que nos asimilan a un grupo estigmatizado. Aunque sea sin voluntad, se perpetúa el odio originario hacia esos grupos sociales. No deja de ser una victoria de quien primero llamó al combate contra gitanos, judíos o mujeres. Si pudiera oírlo desde su tumba, a buen seguro se retorcería de placer al ver su bramido convertido en expresión de andar por casa. Es cierto que casi todas estas expresiones han sufrido una cierta desemantización. El significado se ha ido desdibujando, pero no tanto que no podamos identificarlo a poco que nos paremos a pensar en lo que estamos diciendo.

Las manifestaciones son muchas, pero la raíz es siempre la misma. Hay que atajar el lenguaje del odio antes de que crezca porque para entonces ya será tarde. La obligación de toda persona decente es combatirlo. Quien primero vio el cartel de los rumanos debía haberlo denunciado. Y si todo el mundo hubiera protestado, no habría durado ni media hora en la puerta. En esto, la defensa de los demás es, a la larga, la defensa de nosotros mismos y de los nuestros.

Cuesta muy poco. Es mucho lo que está en juego.

Los desajustes entre pronunciación y escritura son fuente de numerosas faltas de ortografía. Quienes están poco versados en la escritura dejan que la lengua oral les juegue malas pasadas ortográficas de dos maneras, principalmente:

a) Escriben de oído, es decir, escriben las palabras tal como se pronuncian

b) Se pasan de correctos: por miedo a equivocarse, desconfían de grafías que les parecen demasiado sencillas y al final incurren en ultracorrección

Podemos diferenciar dos grandes tendencias en la ortografía de las lenguas con escritura alfabética. Por un lado, encontramos sistemas como el del inglés y el francés que poco tienen ya que ver con la pronunciación (y mucho con la historia o el origen de las palabras). Esto es lo que se denomina tendencia etimológica. Por otro lado, hay sistemas muy fieles a la pronunciación, como el del italiano o el checo. Predomina en ellos la tendencia fonémica. El ideal de una ortografía fonémica es que a cada sonido le corresponda una letra y a cada letra un sonido, aunque en la práctica es raro que esto se lleve hasta las últimas consecuencias. La ortografía del castellano se sitúa a mitad de camino entre unos y otros.

Las faltas de ortografía son más frecuentes para aquellas variedades del español que han sufrido una evolución fonética más radical, ya que aumenta la distancia entre el código oral y el código escrito. Tienen mayor prestigio las variedades cuya pronunciación se mantiene más cercana a la escritura, aunque esto no pasa de ser un prejuicio de los hablantes, que creen que lo escrito es superior a lo oral. Hasta tal punto es así que la ortografía puede llegar a cambiar la pronunciación.

Probablemente, el ejemplo más famoso de dificultades ortográficas por discordancia entre pronunciación y escritura es la confusión de b y v. Estas dos grafías corresponden en español a un único sonido. Ya en tiempos de los romanos se decía: “Beati hispanii quibus bibere uiuere est” (’Dichosos los hispanos, para quienes vivir es beber’). Esto indica que ya en el latín hispánico los sonidos representados por esas dos letras habían quedado reducidos a uno (”b”), de modo que sonaban igual bibere ‘beber’ y vivere ‘vivir’. Por eso, esta falta de ortografía aparece ya en latín por estas tierras.

Hoy escribimos haber con hache porque hace más de 2 000 años se pronunció. Este es un buen ejemplo de ortografía etimológica. En la lengua estándar actual, esta letra no se corresponde con ningún sonido. No es de extrañar, por tanto, que dé pie a incorrecciones, ya sea por omisión (comerse la hache), ya sea por ultracorrección (escribirla indebidamente).

Las grafías c, z y s dan quebraderos de cabeza a los hablantes seseantes y ceceantes, es decir, a la inmensa mayoría. No tienen mayor problema quienes distinguen en la pronunciación “ese” y “ce” (coser frente a cocer). Pero para una gran parte de los andaluces, así como para los hablantes canarios y americanos, la corrección ortográfica depende aquí tan solo de su memoria visual.

Hoy son minoría quienes distinguen en la pronunciación entre rallar y rayar. Este es un fenómeno que se conoce como yeísmo. De ahí que sean frecuentes las vacilaciones en la escritura entre el par y/ ll.

La pronunciación de la x en final de sílaba se suele simplificar en s, de modo que extraño suena “estraño”. Esto, que es perfectamente aceptable en el habla, explica que al escribir se confundan x y s en dicha posición.

Los casos que hemos revisado hasta aquí afectan a la escritura de letras individuales. También ocurre a veces que se escriben juntas palabras que deberían ir separadas, como sobre todo. Esto se explica porque sobre, como preposición que es, carece de acento propio y se apoya en la palabra siguiente para pronunciarse, que es lo que pretende reflejar quien las une en la escritura.

Las pausas de la lengua oral nos llevan a veces a colocar comas donde no son necesarias. Es muy normal que se introduzca una pausa entre el sujeto y el verbo, sobre todo si el primero es largo: La Federación de Asociaciones de Pequeños Comerciantes | ha solicitado ayudas económicas al Gobierno. Pero nunca se puede separar el sujeto del verbo con una coma al escribir.

Si invertimos la perspectiva, las faltas de ortografía dan pistas sobre cómo se pronuncian las lenguas. Nos las han dado para lenguas de las que no tenemos documentos sonoros, como el latín. Y si hacemos un poco de lingüística-ficción es fácil imaginar que si dentro de 3 000 años un historiador de la lengua se encuentra con que en los cuadernos de los escolares del siglo XXI abundaban las confusiones entre s y c, llegará a la conclusión de que algo pasaba con la pronunciación correspondiente.

Nota: por motivos metodológicos, renuncio a incluir ejemplos con faltas de ortografía. El leer o escribir palabras con faltas refuerza la tendencia a cometerlas. Por eso, los mensajes electrónicos con faltas son nefastos para la ortografía.

Etimología de ‘obús’

2 de Mayo de 2008

Obús de 16 pulgadasObús es una de las pocas palabras de origen checo que tenemos en nuestra lengua. Nos llega a través del alemán. Y ni siquiera la tomamos directamente de aquí. Antes tiene que pasar al francés y de allí lo hará al castellano. Así pues, se trata de un préstamo de tercera mano, nada menos. Esta es la cadena:

Checo houfnice > al. Haubitze > fr. obus > esp. obús

Houfnice (pronunciado aproximadamente “jóufnitse”) significaba al principio ‘catapulta’. Solo después se empezó a utilizar para hablar de piezas de artillería. Se trata de una metáfora que se basa probablemente en la trayectoria: el obús permite lanzar los proyectiles bombeados (o sea, describiendo una parábola). De esa forma se podía disparar con facilidad por encima de las propias tropas, de forma comparable a como lo haría una catapulta.

Según el diccionario histórico alemán de los hermanos Grimm (Deutsches Wörterbuch), la palabra entra en la lengua alemana en el siglo XV a raíz de las guerras husitas en Bohemia. De ahí pasa a las otras lenguas de Europa.