Neologismos

Los neologismos son, como su propio nombre indica, palabras nuevas, lexemas que se van incorporando a la lengua para hacer frente a nuevas necesidades expresivas o simplemente porque van cambiando las modas lingüísticas.

Lo más normal es que en la neología se reaproveche material lingüístico preexistente. Hay para ello, fundamentalmente, dos posibilidades: crear nuevos lexemas desde el interior de la lengua o importarlos de otras lenguas.

En el primer caso se recurre a los procesos de formación de palabras disponibles en esa lengua. Los más importantes en castellano son la composición, la derivación y la conversión. La composición consiste en unir dos palabras para formar una nueva. El ejemplo clásico es sacacorchos. La derivación consiste en formar palabras añadiendo prefijos (antivirus) o sufijos (marxismo). La conversión, por su parte, crea una nueva palabra que mantiene la forma de otra ya existente, pero pertenece a una clase diferente. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando un infinitivo (saber) se convierte en sustantivo (el saber). Otros procesos de formación de palabras son el acortamiento, la acronimia o la formación regresiva, pero revisarlos todos ahora nos llevaría demasiado lejos.

La segunda posibilidad de reaprovechamiento es importar palabras de otras lenguas. Cuando se toma una palabra tal cual y se incorpora como un cuerpo extraño, en el que se percibe inmediatamente su condición exótica, se habla de extranjerismo. Hoy día, sin duda, la mayor fuente de extranjerismos a escala mundial es el inglés. En nuestra lengua tenemos innumerables anglicismos, como software, outsourcing, snowboard… Con el tiempo, el extranjerismo crudo se puede ir suavizando, aclimatando a la lengua de acogida; poco a poco va adaptando su pronunciación, su ortografía e incluso su morfología. Se convierte entonces en lo que se conoce como préstamo (aunque el término, como sucede tantas veces en lingüística, no es inequívoco). Son préstamos palabras de uso tan corriente como espagueti o fútbol. Los dos ejemplos anteriores son evidentes y todo el mundo reconoce en ellos su procedencia italiana e inglesa, respectivamente. Sin embargo, el préstamo puede llegar a naturalizarse hasta tal punto que deje de reconocerse en él su origen ajeno. Muchas palabras que hoy pasan fácilmente por castizas no son sino préstamos antiguos, entre otras, ojalá (palabra de origen árabe), zapato (de origen turco), mermelada (del portugués) o corbata (del italiano). Otra forma más sutil de tomar vocabulario prestado es el calco, que consiste simple y llanamente en traducir una palabra de otra lengua. Por ejemplo, la metáfora del rascacielos, que nos hace imaginar un edificio tan alto que anda rascando las alturas, no se le ocurrió ni a un limeño ni a un madrileño, sino a los mismos que inventaron ese tipo de construcción, o sea, a los estadounidenses. Ellos lo llamaron skyscraper y nosotros no hicimos más que copiárselo.

Conviene aclarar, eso sí, que las fronteras entre lo autóctono y lo foráneo no siempre están perfectamente delimitadas. A veces nos encontramos con neologismos que combinan lo uno con lo otro, por ejemplo, puenting ‘saltar desde un puente con una cuerda’, que reúne una base castellana y una desinencia verbal inglesa. También existen falsos préstamos, que son palabras con apariencia extranjera, pero que no existen en la lengua de origen o, si acaso existen, tienen otro significado, como ocurre con nuestro footing, que para los hablantes de inglés es jogging.

Aunque, como decíamos, lo normal es aprovechar algún tipo de material previo, a veces sí que se produce la acuñación de palabras de la nada. Este es un recurso relativamente frecuente en la creación de nombres comerciales. Dicen que ese es el caso de Kodak y otras marcas, aunque no siempre está claro hasta qué punto se trata de un invento total o de alguna forma de reaprovechamiento que no sea evidente.

Los neologismos tienden a resultar polémicos y pueden desatar fácilmente las iras de los temidos puristas, que solo son partidarios de administrarlos con cuentagotas y en casos de extrema necesidad, o sea, cuando, después de buscar y rebuscar no se encuentra otra forma de decir lo mismo con los medios ya existentes. Suelen despertar especial recelo los extranjerismos. Aunque, para hacer honor a la verdad, la neología no siempre es fruto de hablantes despreocupados e inconscientes —de cabecitas locas, en definitiva—. Nuestros sesudos académicos también se dejan llevar de vez en cuando por arrebatos neologizantes y nos obsequian con palabras como millardo ‘mil millones’, calcada del francés e introducida en la 22.ª edición del Diccionario de la lengua española, en 2001, pero que no termina de cuajar, aunque cuente con tan importante aval.

En fin, esto es lo que te podía contar sobre el tema.

Comenta este artículo en las redes socialesShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter

 

9 pensamientos en “Neologismos

  1. Estrella

    Como siempre, genial el post.

    A mí me llama mucho la atención una cosa sobre cómo percibimos algunos extranjerismos según lo que se bautice con él aquí. Por ejemplo, cuando mencionas el caso de skyscraper, no puedo evitar pensar no en los rascacielos (edificio), sino en un formato muy concreto de publicidad en Internet (estos banners alargadísimos que ocupan el lateral de una página web). Es decir,que por un lado “calcamos” y por otro importamos para denominar algo completamente distinto a su significado original y que, en cambio, en inglés sigue siendo el mismo término. Tengo la sensación de que ocurre con muchos otros términos de este mismo ámbito de Internet, como spam, que para nosotros singnifica, exclusivamene, correo basura.

    Es decir, en realidad cogemos prestada la metáfora de otro idioma para bautizar algo nuevo y en el camino, para nosotros, pierde todo rastro de su sentido original.

  2. Iñaki

    Mi neologismo favorito es perroflauta, donde eclosionan sin modificación ni derivación alguna los dos términos que caracterizan al personaje.

  3. Bruno Fernández

    Neologismos… ultimamente en mi trabajo responsables de un sector por demás burocrático, me estan haciendo descubrir nuevas definiciones, nuevas palabras… aunque siempre la que mas define lo que genera en mi este trabajo sea “bronca” por tanta planilla a completar. jaja
    Excelente Post.
    Saludos !!! :)

  4. IreneSAlmagro

    Acabo de “descubrir” tu blog porque apareces en la lista de IBIDEM. (Enhorabuena, por cierto.) Muy interesante. ¡Me suscribo ya! ;-)

  5. María

    Muy interesante.
    Mi comentario: no soy purista, pero realmente me chocan palabras como “accesar”, “ofertar”, “socializar” (en el sentido de dar a conocer). Aquí en Quito tienen un uso bastante extendido. ¿Es así en otras partes?
    Otra curiosidad es el uso del superlativo con ciertos sustantivos (!). Si bien lo he observado en un grupo específico, me ha llamado la atención. Dicen “una colísima” por una cola muy larga o “un avioncísimo” por un avión de los grandes. ¿Qué les parece?

  6. Darianna

    ¡Qué gran blog!

    Tengo un examen de lengua de neologisimos (y más cosas) y pienso estudiarme esto :D

    Muchas gracias.
    Un saludo :)

  7. noemi

    Pues la página me parece excelente: su contenido, la intención, los comentarios. En un rato he aprendido muchísimo.
    Quiero preguntar acerca de la existencia o aceptación o no en la lengua española de vocablos como: “objetivización”, “retroalimentación”, “teoricista”, “problémico”, “accesar”. Pudiera introducir muchas más. Son tan usadas aquí que parecen haber calado ya en el subconciente de la gente; mas bien de muchos profesionales. ¿Existen realmente?
    Felicito al autor del espacio y a los colaboradores, y espero me ayuden. Adoro la lengua que aprendí de mis abuelos y realmente a veces me duele lo que estamos haciendo con ella…

  8. J L Ramírez

    Sumamente valiosas esas explicaciones acerca de los neologismos. Sólo quiero comentar que esos recursos lingüísticos no son exclusivos de “neologismos” (que se conciben a menudo como un número reducido de vocablos especiales introducidos modernamente), sino que están a la base de todo el vocabulario, cuyo desarrollo se debe a la derivación a partir de términos y raíces ya usadas anteriormente, bien en el mismo idioma, bien en otro. La introducción de extranjerismos elige, como Alberto señala, bien la traducción, bien la copia del término extranjero. Los islandeses tuvieron siempre por costumbre el no introducir el vocablo extranjero (adaptándolo a la lengua propia), sino traducir su significado a la lengua vernácula. Y los alemanes usan la palabra “Fernsehen” en vez de Televisión (visión a distancia).
    El investigar las etimologías es sumamente valioso para la formación escolar, afirma un filósofo y lingüista sueco (Hans Larsson). La palabra “coche” por ejemplo proviene de un vocable húngaro que designaba una carroza o vehículo. Curiosamente (y debido a la influencia inglesa) se ha construído la palabra “coaching” que se utiliza en varias lenguas para designar la acción de orientar a alguien en sus tareas. Hay ya incluso una formación de “coachers” (cocheros) que no conducen vehículos, sino que ayudan en tareas profesionales concretas.
    El inglés nos rebota a veces vocablos procedentes del latín. La palabra “móbil” se heredó del latín “”mobilis” (y del verbo “movere”). En español teníamos el “móvil” (que se mueve por si mismo o que incita a algo = “el móvil del crimen”). De pronto nos imponen los ingleses el uso de “móbil” para el telefonillo, llamado “celular” en Latinoamérica; como si el teléfono portátil se moviera por sí mismo.

  9. J L Ramírez

    Permitidme que insista en la importancia de atender al fenómeno lingüístico de la metonimia, abundando en la relación con la composición y el uso de vocablos a que tan claramente alude Alfredo Bustos. Pues si bien todos creen saber (sin tampoco propiamente saberlo) lo que supone la metáfora, son pocos los que han oído hablar y menos los que entienden qué es el fenómeno metonímico. La metonimia es un desplazamiento lingüístico a algo inmediato, tanto en la creación de nuevos términos como en su uso en situaciones concretas. Yo suelo comparar la metonimia con lo que hace un ratero, que nos provoca a que miremos a otros sitio para robarnos la cartera.
    En la vida cotidiana hay infinidad de usos metonímicos (equívocos) que pueden descubrirse bromeando. Cuando a mi alguien me pide que le dé mi teléfono, suelo contestar: “El teléfono,no, pues lo necesito. Pero puedo darle el número de mi teléfono”. Y nunca se me olvida aquel cartel de tráfico (preventivo para los conductores de automóviles) a la entrada de una escuela en el que decía “PELIGRO: Escolares”. Como si el peligro fueran los alumnos de la escuela. Y cuando alguien me pregunta si yo sé qué hora es, yo suelo contestarle: “Sí, lo sé”.
    En una ocasión, un ordenanza de un palacio toledano trató de impedirme la entrada a un patio interior, diciendo: “No se puede entrar”. Y otra vez, en la mezquita de Córdoba, trató un ordenanza de prohibirme grabar lo que iba explicando a un grupo de jóvenes del que era guía, con la frase: “No se pueden hacer grabaciones”. Mi respuesta en ambos casos, haciendo justamente lo que me prohibían, fue: “Ve usted cómo sí puedo?”. El hispanohablante es a menudo demasiado tajante y autoritario. Confunde “No esta permitido” con “No se puede”.
    Etimológicamente se usan tanto la metáfora como la metonimia como recursos en la creación de vocablos básicos. Una palabra tan usual como “idea” tiene su fundamento en la visión (“uideo”) ya que tendemos a asociar el pensamiento conceptual con la visión. “No ves que…?” decimos, en lugar de “No entiendes que…?” Cosa que no es cierta. “Comprender” es como “agarrar” (prender). La metáfora no tiene solamente su origen (como se cree) en lo visual, pues también onomatopoyéticamente y por otras asociaciones creamos términos y frases.
    Se ha dado a la visión, ya desde Aristóteles, demasiada importancia en el lenguaje, cuando el oído es todavía más importante. Un ciego de nacimiento desarrolla su pensamiento de una manera normal, mientras que un sordo de nacimiento lo tiene más difícil. Hanna Arendt escribe asombrada que Aristóteles, que tanta importancia dio a la visión, se había olvidado de un lugar en su libro De Sensu, en el que claramente afirma que el oído es más importante que la vista. Se entiende: en la creación de conceptos y expresiones, aun cuando la vista nos ofrece imágenes del entorno que nos ayudan a identificar y denominar. Naturalmente todos los sentidos intervienen en nuestra estructuración lingüística, También el tacto es indispensable para una buena orientación en el mundo. Pero se trata de distinguir entre el concepto y la palabra (las dos vertientes del signo lingüístico), o lo que Ferdinand de Saussure (aunque Eduardo Benot lo entendió y explicó mejor) denominaba “Significante” y “significado”, incluso escribiendo el primero con mayúscula, como si no fuera el significado, recogido mentalmente, el fundamento del pensar. El Significante surge somo mero instrumento comunicativo, aun cuando también constituye una especie de mapa orientador para mi mismo, cuando pienso y escribo. Pero, como decía Sexto Empírico (no Wittgenstein
    que simplemente lo plagia): “El lenguaje es como una escala, de la que nos podemos deshacer de una patada, cuando ya hemos llegado arriba del todo”.
    Suele usarse la expresión de “Visión de futuro”, pero yo prefiero hablar de “melodías de futuro”.
    La metonimia invade de un modo problemático una infinidad de sustantivos e incluso la terminología del conocimiento, que es la que más univocidad exige. Tanto la palabra “conocimiento”, como “ciencia”, “arte”, “teoría”, filosofía, etc. se usan tanto para designar lo que hacemos como su resultado. Este fenómeno, que se da en todas las lenguas desarrolladas, lo ha maneja la Real Academia al definir muchos sustantivos, distinguiendo la mera acción de su efecto o resultadt (p. Ej. “Compra”:acción y efecto de comprar). Esa doble vertiente debe usarse en toda palabra designativa de una competencia desarrollada o adquirida activa o cognitivamente. “Conocimiento” es tanto la acción como el efecto del conocer, lo mismo que la “ciencia” lo es del saber científicamente elaborado, el “arte”: la competencia adquirida y la obra realizada (obra de arte), la “teoría” (con-templación): la acción de entender y explicar algo adecuadamente y su exposición lógicamente inteligible.
    Toda significación supone (como apuntaba Alfredo Bustos) una asociación metonímica entre el sginificante y su significado. Pues cuando creemos que un “texto” (un tejido) “dice” (somo si hablara) algo, lo único que hace es mostrarnos una serie de garabatos impresos que sólo podremos asociar a algo pensado o dicho si dominamos el lenguaje escrito en cuestión y su alfabeto.
    Está claro que yo no habría podido escribir ni siquiera este texto sin hacer uso constante de recursos metonímicos y metafóricos.

Los comentarios están cerrados.