¿Qué es un grafema?

Un grafema es la mínima unidad distintiva de un sistema de escritura, o sea, el mínimo elemento por el que se pueden distinguir por escrito dos palabras en una lengua. Así, para inventariar los grafemas que intervienen en la escritura de una lengua, lo que tenemos que hacer es ir comparando palabras escritas para descubrir diferencias mínimas que van asociadas a un cambio de significado. Por ejemplo, capa se diferencia de caza, cava, casa, caca, cana, cara, cala, cada, etc., lo que nos indica que <p, z, v, s, c, n, r, l, d> son grafemas en la escritura del español.

La convención lingüística para indicar que nos estamos refiriendo a un grafema (y no, por ejemplo, a un fonema) consiste en escribir el signo en cuestión entre paréntesis angulares <>, por ejemplo, <a>. Esta convención la hemos utilizado ya en el párrafo anterior y seguiremos haciendo uso de ella durante el resto del artículo

Acabo de mencionar el concepto de fonema, y cualquiera que tenga unas mínimas nociones de lingüística ya se habrá percatado de que el procedimiento para reconocer los grafemas es paralelo al que se emplea para identificar los fonemas de una lengua. De hecho, la noción de grafema surge por analogía con la fonema. Y no acaba aquí el paralelismo. De la misma manera que los fonemas presentan alófonos, que son diferentes posibilidades de realización de un mismo fonema, los grafemas presentan alógrafos, que son variantes de un mismo grafema. Por ejemplo, son alógrafos del grafema <a> las variantes redonda (a), cursiva (a) y negrita (a) con que puede aparecer realizado en un escrito.

Para determinar exactamente el inventario de grafemas propio de la escritura del español hay que resolver varios problemas. El primero es si son grafemas secuencias como rr, qu y, muy especialmente, ch y ll. Para decidir si nos hallamos ante un grafema complejo o una sucesión de grafemas independientes, lo que tenemos que hacer es determinar si la función distintiva corresponde a los dos signos en bloque o a cada uno de ellos individualmente.

Empecemos por los que nunca se han considerado parte del alfabeto español. En el caso del dígrafo rr, una palabra como carro se opone en la lengua escrita a otras como cardo o cargo, por lo que, claramente, estamos ante una secuencia de dos grafemas idénticos. El caso de qu es un poco más complicado porque en nuestra escritura lo normal es que la cu aparezca seguida de la u. No obstante, sí que hay casos, aunque sean periféricos, en los que esta consonante puede resultar distintiva. Por ejemplo, Qatar se opone a catar, datar y matar; e Iraq se opone a Irán. Se me podrá objetar que la Ortografía de 2010 ha jubilado, precisamente, las grafías Qatar e Iraq; pero, aunque normativamente hayan perdido su vigencia, no necesariamente han desaparecido del uso. También podemos encontrar la cu con función distintiva en siglas. Por ejemplo, no es lo mismo el CNQ (Club Náutico de Quilmes) que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia). O si nos vamos al terreno de los símbolos alfabetizables, se da una oposición entre q (quintal) y g (gramo). En definitiva, aunque sea de manera marginal o por los pelos, hay que reconocer el carácter digrafemático de la secuencia qu.

Especial atención merecen las secuencias que históricamente se consideraron parte del alfabeto, es decir, ch y ll. También estas se revelan como la simple agregación de dos grafemas: chavo se opone a clavo, y llave se opone a clave. Parece, por tanto, que fueron decisiones coherentes excluirlas del sistema de alfabetización de los diccionarios primero y del alfabeto después.

El siguiente problema que hay que resolver es el del estatus de las mayúsculas. ¿Tienen valor grafemático o son simples alógrafos? Atendiendo a la capacidad distintiva, es fácil constatar que, efectivamente, las mayúsculas pueden entrar en oposición significativa con las minúsculas correspondientes. No es lo mismo Marco (nombre propio de persona) que marco (‘cerco’). No obstante, este valor distintivo está fuertemente restringido porque solo se da en posición inicial de palabra. Habría que admitir, por tanto, que hay oposición entre <a> y <A>, <b> y <B>, etc., pero para añadir a continuación que esta oposición se encuentra por lo general neutralizada y solo se manifiesta bajo circunstancias muy específicas. Esto nos complica la descripción del sistema grafemático porque nos obliga a postular la existencia de archigrafemas que engloban pares de grafemas correspondientes a la mayúscula y la minúscula.

Otro escollo tiene que ver con el papel de los signos diacríticos, es decir, los añadidos que modifican a una letra, como los acentos (á, è, ô), la diéresis (ü), la virgulilla de la eñe (ñ), el háček o gancho (č, ě), etc. Está claro que estos signos tienen valor distintivo. Se crean precisamente con esa intención. En español no es lo mismo termino que terminó, ni cana que caña. ¿Debemos considerar entonces que á, é, í, ó, ú, ü, ñ son grafemas? ¿O son, más bien, grafemas los signos ´ y ~? Independientemente de las bondades y maldades que pueda tener cada solución, hay que indicar que las Academias, en la Ortografía de 2010 no se han inclinado ni por la una ni por la otra. Es más, ni siquiera le han dado un tratamiento unitario a este problema. La solución normativa (que no necesariamente científica) es la siguiente. El acento no se considera grafema. Se introduce para ello una condición adicional: para que un signo sea considerado grafema, este ha de tener carácter secuencial, es decir, aparecer ocupando su propia posición en la cadena de la escritura y no superpuesto a otro para modificarlo. En el caso de la eñe, en cambio, sí que se opta por incorporarla con todas las de la ley al inventario de grafemas y al abecedario sin que se sienta la necesidad de justificar esta decisión.

Los elementos centrales del conjunto de grafemas que utilizamos en nuestra escritura son, sin duda, las letras del alfabeto; pero el juego de grafemas no se agota ni mucho menos con estas. Hay que añadir otros signos de suma importancia, como son los números arábigos (<1, 2, 3, 4>, etc.), así como una serie de signos que encuentran su uso en la notación matemática, lógica, científica, económica, etc., como +, *, >, @, $, &, etc.

El ideal de una escritura alfabética es que se dé una correspondencia biunívoca entre los fonemas de una lengua y los grafemas de su alfabeto, es decir, que a cada fonema le corresponda un grafema y solo uno y que a cada grafema le corresponda un fonema y solo uno. En la práctica se suelen dar desajustes entre fonología y escritura que nos alejan de ese ideal. Por ello, debemos evitar la simplificación de pensar que la escritura es un mero reflejo de la pronunciación o, al revés, que la pronunciación debe amoldarse a lo que marca la escritura.

 

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