Archivo para la categoría ‘escritura’
Las fórmulas de saludo que encabezan cartas, correos electrónicos y similares se cierran con dos puntos, tanto si se trata de documentos formales (a y b) como informales (c y d):
a)
Estimada señora:
Por la presente le notificamos que…
b)
Distinguidos socios:
La dirección del casino Eldorado tiene el gusto de anunciarles…
c)
Buenaaassss:
¿Que si os venís Nacho y tú de excursión a la sierra? Podíamos salir el sábado por la mañana y…
d)
Hola, Toñi:
Que digo yo que por qué no nos tomamos un café un día de estos…
Como se puede observar, a continuación se empieza a escribir en un nuevo párrafo. Además, este es uno de los casos en que se utiliza mayúscula después de dos puntos.
Nótese en d) que cuando el encabezamiento está formado por una interjección como hola seguida del nombre del destinatario, es necesario insertar una coma entre uno y otro. La interjección, ya de por sí, la exige; pero es que, además, el nombre funciona ahí como vocativo, por lo que habría que ponerla de todos modos. O sea, que el olvidarse de ella es doblemente imperdonable.
Hay que advertir antes de terminar que se está extendiendo cada vez más la costumbre de sustituir los dos puntos de los encabezamientos por una coma, sobre todo en los correos electrónicos. La explicación está, probablemente, en un contagio consciente o inconsciente de los hábitos ortotipográficos del inglés.
Dos palabras son homógrafas cuando se escriben igual pero tienen diferentes significados. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con coma, que puede referirse a un signo de puntuación, representar una forma del verbo comer o corresponder al sustantivo masculino que designa un estado patológico de sopor en el que queda sumida una persona. Otros casos son amo (del verbo amar) y amo ‘dueño’, pata (ave acuática) y pata (extremidad de un animal), etc. Podemos considerar que la homografía es un caso particular o un aspecto de la homonimia.
En español, dos palabras que comparten grafía coinciden también en su pronunciación, es decir, son homófonas. En otras lenguas, como el inglés, en cambio, nos podemos encontrar con homógrafos que difieren en la pronunciación. Así, por ejemplo, frente a minute [ˈmɪnɪt], que significa ‘minuto’, encontramos minute [maɪˈnjuːt], que tiene como cognados en español el cultismo diminuto y la forma patrimonial menudo.
Hay que mencionar, eso sí, que la reforma de la ortografía de 2010 ha dado pie a que surja algún caso anecdótico de homografía con leves diferencias de pronunciación que no conciernen a los sonidos individuales sino a los denominados rasgos suprasegmentales, es decir, los que afectan a más de un fonema. Al eliminarse la tilde de guion y otros monosílabos, nos hemos encontrado con que pie (del verbo piar) confluía en la escritura con pie (extremidad). El primero se pronuncia en muchas de las variedades del español con un hiato y con el acento en la segunda vocal [pi-é], mientras que el segundo se pronuncia como un diptongo con el acento distribuido sobre la única sílaba de que consta. Dicho esto, el caso es más virtual que real porque no parece que se presente demasiado a menudo la oportunidad de conjugar el verbo piar en primera persona (yo pie) y, menos aún, de escribirlo.
En español se da una relación asimétrica entre homonimia y homografía: todos los homógrafos son homónimos, pero no todos los homónimos son homógrafos. Esto es así porque existen casos de homonimia parcial en los que la coincidencia se produce en el plano fónico, pero no en el escrito, como con vaca y baca, que se pronuncian exactamente igual, pero se oponen ortográficamente por la diferencia entre be y uve. Esto, a su vez, implica que la relación que se da entre homógrafos y homófonos es también asimétrica, puesto que todos los homógrafos son homófonos (con la mínima excepción mencionada en el párrafo anterior), pero no todos los homófonos son homógrafos (pensemos nuevamente en el par vaca/baca o en echo y hecho).
La ortografía de algunas lenguas, como el francés, tiende a evitar la homografía de ciertos homófonos, lo que da pie a una proliferación de grafías diferentes para palabras que se pronuncian igual. Eso explica las nueve grafías de la pronunciación [o] a las que ya hacíamos referencia a propósito de la homofonía: au ‘al’, aux ‘a los’, ô ‘oh’, os ‘huesos’, eau ‘agua’, eaux ‘aguas’, aulx ‘ajos’, haut ‘alto’ y hauts ‘altos’. En español, sin llegar a estos extremos, también encontramos casos en los que la ortografía previene la homografía. La tilde diacrítica tiene precisamente este propósito. Eso mismo se puede conseguir con la hache u otras grafías en otras ocasiones, como vemos a propósito de ha (del verbo haber), a (preposición) y ah (interjección). Aunque suelen entrar aquí en juego también factores etimológicos, el deseo de evitar la homografía es un factor que alimenta la resistencia a las reformas ortográficas que tratan de acercar la escritura a la pronunciación.
Las palabras sobresdrújulas son excepcionales en el sistema de acentuación del español. En estas palabras el acento recae en una sílaba situada antes de la antepenúltima (o sea, en la cuarta contando desde el final o, en algunos casos muy raros, en la quinta). Siempre llevan tilde.
No hay palabras simples con este tipo de acentuación en nuestra lengua. Los únicos casos son los de gerundios o imperativos a los que se les añaden pronombres átonos, por ejemplo:
(1) Cómpramela, recójanmelos, viéndooslas, contándosenos, preguntándotelo
(2) Quítensemelas, guárdatemelo
En los ejemplos de (1) el acento recae en la cuarta sílaba contando desde el final; en los de (2), en la quinta contando desde el final.
Conviene aclarar, eso sí, que formaciones como las de la segunda línea de ejemplos se pueden dar con relativa frecuencia en la lengua oral, pero en la práctica son raras en la lengua escrita. Probablemente, antes de escribir algo como “No te vayas a dejar olvidado el botón nuclear, guárdatemelo ahora mismo”, recurriríamos a una forma más clara de expresar el mismo contenido.
Hoy, al ir a coger el coche para volver a casa, me he encontrado en el parabrisas un anuncio que decía “Próxima inaugüración” y he pensado que quizás sería un buen momento para escribir sobre el uso de la diéresis.
La diéresis son dos puntos que se colocan sobre una vocal, como en agüero, lingüística o agüita. También se la puede llamar crema, aunque esta última denominación ha caído en desuso, al menos en España.
En la actual ortografía del español, solo se emplea para indicar que la u de las secuencias güe, güi se pronuncia. Estos son casos excepcionales; de ahí la necesidad de darles un tratamiento ortográfico diferenciado. Lo normal en esas combinaciones es que la u forme un dígrafo con la ge (piénsese en palabras como guerra o guitarra). Nunca aparece diéresis en las secuencias gua, guo, puesto que aquí siempre se pronuncia la u: guateque, antiguo. No hay necesidad ni posibilidad, por tanto, de diferenciar nada. Y, naturalmente, nunca aparece la diéresis si después de la u no hay otra vocal, como en el ejemplo inicial, cuya escritura correcta es inauguración. El uso de la diéresis es aquí un caso claro de ultracorrección.
Además de este uso obligatorio, ortográfico, la diéresis tiene un uso opcional. En poesía se puede utilizar para indicar que dos vocales que normalmente forman diptongo se tienen que pronunciar en sílabas separadas; por ejemplo:
Qué descansada vida
la del que huye el mundanal rüido (Fray Luis de León)
La diéresis del segundo verso nos indica que en la palabra ruido se tienen que marcar tres sílabas, lo que, a su vez, tiene consecuencias para el cómputo silábico del verso, que es un endecasílabo y no un decasílabo como cabría esperar.
Podemos vivir muchos años sin encontrarnos con este segundo uso, aunque nunca está de más saber que existe. Eso sí, a poco que escribamos, tendremos necesidad de conocer perfectamente el primero, a no ser que queramos inundar textos y parabrisas de “inaugüraciones”.
La palabra acento es polisémica. En el sentido que nos ocupa en esta entrada, tiene dos significados: uno referido a la escritura y otro a la pronunciación. Por un lado, nos podemos referir con ella al trazo oblicuo que se marca sobre algunas vocales en la escritura, como en habló. Por otro lado, sirve para denominar a la especial fuerza con que se pronuncia una sílaba determinada de una palabra, como ocurre al pronunciar la sílaba -bló del ejemplo anterior.
Cuando alguien nos pregunta si solo tiene acento o si las mayúsculas llevan acento, por lo general se está refiriendo a la primera acepción, la que tiene que ver con la escritura. Existen para ella dos nombres técnicos que la designan inequívocamente: acento ortográfico y acento gráfico. Estas denominaciones específicas coexisten con la de tilde, que es más frecuente aunque menos precisa, ya que puede aplicarse también al trazo ondulado que corona la eñe. No obstante, la denominación tilde por lo general nos sirve para entendernos. El único acento gráfico que tiene uso en español es el denominado acento agudo, que es el que va de izquierda a derecha, como si dijéramos echado para adelante, véase: á, é, í, ó, ú. Es un error utilizar el denominado acento grave, que discurre en sentido contrario (ò), y, por supuesto, el circunflejo (ô).
El acento en cuanto que especial hincapié en la pronunciación de una sílaba se denomina específicamente acento prosódico (el tecnicismo prosódico viene a significar aquí algo así como ‘de la pronunciación’). Todas las palabras, cuando se pronuncian aisladas, tienen acento prosódico. Lo normal en español es que una palabra contenga uno solo. La excepción son los adverbios terminados en -mente, que tienen dos. Esta excepcionalidad en la pronunciación es la que justifica que sigan una regla particular de acentuación gráfica.
La presencia de un acento en el plano fónico no siempre se marca en la escritura. Se hace, por ejemplo, en el caso de habló, pero no en el de hablo. Para decidir qué vocales se tildan y cuáles no, existen unas reglas que son convencionales y que dividen a las palabras en cuatro grandes grupos: palabras agudas, llanas, esdrújulas y sobresdrújulas. Estas son las reglas generales, que constituyen el núcleo del sistema. Se complementan con otras reglas particulares para acentuación de los diptongos, de los triptongos y de los hiatos. Los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo casos de tilde diacrítica.
Entre el acento ortográfico y el prosódico se da una relación asimétrica. Una tilde siempre indica que la sílaba correspondiente se pronuncia con acento prosódico. El acento prosódico, en cambio, no siempre tiene reflejo en la escritura. Así, no hay ningún signo que nos indique explícitamente que la sílaba acentuada en la pronunciación de comer es la última. Y, sin embargo, nos basta con leer esta palabra para saber que esto es así. Esto se explica porque las reglas de acentuación gráfica están formuladas de tal modo que permiten saber siempre a partir de la escritura en qué sílaba recae el acento prosódico. Gracias a ello, podemos pronunciar correctamente una palabra con la que nos topemos en la lectura aunque nunca la hayamos oído.
Las reglas de acentuación ortográfica del español constituyen un sistema amplio y complejo. Para darse cuenta de ello no hay más que intentar escribir un texto acentuando correctamente o ponerse a corregir exámenes como estoy haciendo ahora mismo. Pero no es ese, ni mucho menos, el único sistema amplio y complejo con el que nos enfrentamos en nuestra vida. Por poner solo un ejemplo, no creo que las reglas del fútbol tengan nada que envidiarles a estas en amplitud y complejidad y, sin embargo, me consta que muchos de mis estudiantes las dominan a la perfección aunque no atinen a poner una tilde en su sitio. Todo es cuestión de interés.
Un grafema es la mínima unidad distintiva de un sistema de escritura, o sea, el mínimo elemento por el que se pueden distinguir por escrito dos palabras en una lengua. Así, para inventariar los grafemas que intervienen en la escritura de una lengua, lo que tenemos que hacer es ir comparando palabras escritas para descubrir diferencias mínimas que van asociadas a un cambio de significado. Por ejemplo, capa se diferencia de caza, cava, casa, caca, cana, cara, cala, cada, etc., lo que nos indica que <p, z, v, s, c, n, r, l, d> son grafemas en la escritura del español.
La convención lingüística para indicar que nos estamos refiriendo a un grafema (y no, por ejemplo, a un fonema) consiste en escribir el signo en cuestión entre paréntesis angulares <>, por ejemplo, <a>. Esta convención la hemos utilizado ya en el párrafo anterior y seguiremos haciendo uso de ella durante el resto del artículo
Acabo de mencionar el concepto de fonema, y cualquiera que tenga unas mínimas nociones de lingüística ya se habrá percatado de que el procedimiento para reconocer los grafemas es paralelo al que se emplea para identificar los fonemas de una lengua. De hecho, la noción de grafema surge por analogía con la fonema. Y no acaba aquí el paralelismo. De la misma manera que los fonemas presentan alófonos, que son diferentes posibilidades de realización de un mismo fonema, los grafemas presentan alógrafos, que son variantes de un mismo grafema. Por ejemplo, son alógrafos del grafema <a> las variantes redonda (a), cursiva (a) y negrita (a) con que puede aparecer realizado en un escrito.
Para determinar exactamente el inventario de grafemas propio de la escritura del español hay que resolver varios problemas. El primero es si son grafemas secuencias como rr, qu y, muy especialmente, ch y ll. Para decidir si nos hallamos ante un grafema complejo o una sucesión de grafemas independientes, lo que tenemos que hacer es determinar si la función distintiva corresponde a los dos signos en bloque o a cada uno de ellos individualmente.
Empecemos por los que nunca se han considerado parte del alfabeto español. En el caso del dígrafo rr, una palabra como carro se opone en la lengua escrita a otras como cardo o cargo, por lo que, claramente, estamos ante una secuencia de dos grafemas idénticos. El caso de qu es un poco más complicado porque en nuestra escritura lo normal es que la cu aparezca seguida de la u. No obstante, sí que hay casos, aunque sean periféricos, en los que esta consonante puede resultar distintiva. Por ejemplo, Qatar se opone a catar, datar y matar; e Iraq se opone a Irán. Se me podrá objetar que la Ortografía de 2010 ha jubilado, precisamente, las grafías Qatar e Iraq; pero, aunque normativamente hayan perdido su vigencia, no necesariamente han desaparecido del uso. También podemos encontrar la cu con función distintiva en siglas. Por ejemplo, no es lo mismo el CNQ (Club Náutico de Quilmes) que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia). O si nos vamos al terreno de los símbolos alfabetizables, se da una oposición entre q (quintal) y g (gramo). En definitiva, aunque sea de manera marginal o por los pelos, hay que reconocer el carácter digrafemático de la secuencia qu.
Especial atención merecen las secuencias que históricamente se consideraron parte del alfabeto, es decir, ch y ll. También estas se revelan como la simple agregación de dos grafemas: chavo se opone a clavo, y llave se opone a clave. Parece, por tanto, que fueron decisiones coherentes excluirlas del sistema de alfabetización de los diccionarios primero y del alfabeto después.
El siguiente problema que hay que resolver es el del estatus de las mayúsculas. ¿Tienen valor grafemático o son simples alógrafos? Atendiendo a la capacidad distintiva, es fácil constatar que, efectivamente, las mayúsculas pueden entrar en oposición significativa con las minúsculas correspondientes. No es lo mismo Marco (nombre propio de persona) que marco (‘cerco’). No obstante, este valor distintivo está fuertemente restringido porque solo se da en posición inicial de palabra. Habría que admitir, por tanto, que hay oposición entre <a> y <A>, <b> y <B>, etc., pero para añadir a continuación que esta oposición se encuentra por lo general neutralizada y solo se manifiesta bajo circunstancias muy específicas. Esto nos complica la descripción del sistema grafemático porque nos obliga a postular la existencia de archigrafemas que engloban pares de grafemas correspondientes a la mayúscula y la minúscula.
Otro escollo tiene que ver con el papel de los signos diacríticos, es decir, los añadidos que modifican a una letra, como los acentos (á, è, ô), la diéresis (ü), la virgulilla de la eñe (ñ), el háček o gancho (č, ě), etc. Está claro que estos signos tienen valor distintivo. Se crean precisamente con esa intención. En español no es lo mismo termino que terminó, ni cana que caña. ¿Debemos considerar entonces que á, é, í, ó, ú, ü, ñ son grafemas? ¿O son, más bien, grafemas los signos ´ y ~? Independientemente de las bondades y maldades que pueda tener cada solución, hay que indicar que las Academias, en la Ortografía de 2010 no se han inclinado ni por la una ni por la otra. Es más, ni siquiera le han dado un tratamiento unitario a este problema. La solución normativa (que no necesariamente científica) es la siguiente. El acento no se considera grafema. Se introduce para ello una condición adicional: para que un signo sea considerado grafema, este ha de tener carácter secuencial, es decir, aparecer ocupando su propia posición en la cadena de la escritura y no superpuesto a otro para modificarlo. En el caso de la eñe, en cambio, sí que se opta por incorporarla con todas las de la ley al inventario de grafemas y al abecedario sin que se sienta la necesidad de justificar esta decisión.
Los elementos centrales del conjunto de grafemas que utilizamos en nuestra escritura son, sin duda, las letras del alfabeto; pero el juego de grafemas no se agota ni mucho menos con estas. Hay que añadir otros signos de suma importancia, como son los números arábigos (<1, 2, 3, 4>, etc.), así como una serie de signos que encuentran su uso en la notación matemática, lógica, científica, económica, etc., como +, *, >, @, $, &, etc.
El ideal de una escritura alfabética es que se dé una correspondencia biunívoca entre los fonemas de una lengua y los grafemas de su alfabeto, es decir, que a cada fonema le corresponda un grafema y solo uno y que a cada grafema le corresponda un fonema y solo uno. En la práctica se suelen dar desajustes entre fonología y escritura que nos alejan de ese ideal. Por ello, debemos evitar la simplificación de pensar que la escritura es un mero reflejo de la pronunciación o, al revés, que la pronunciación debe amoldarse a lo que marca la escritura.
La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.
El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.
Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.
La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.
Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.
Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.
Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…
Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.
Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.
No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.
Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?
En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.
¿O no? ¿Tú qué piensas?
La Ortografía de la lengua española en su versión de 2010 trae algunas novedades. Una de las que han armado más revuelo es que se deja de acentuar gráficamente un puñado de palabras que tradicionalmente tenían tilde, como guion, hui, truhan, fie, pie (del verbo piar), lie, rio, lio, riais, Sion, ion, etc. (Ortografía, pp. 225, 235-236).
En realidad, la novedad no es tanta. Ya en la edición de 1999, la Academia aceptaba la doble grafía, con y sin tilde, para todas estas palabras. El único cambio en la actual es que esa tilde, que antes era facultativa, se elimina definitivamente.
Lo que se busca con esto es ganar en regularidad. La acentuación de estas palabras constituía una anomalía dentro del sistema de uso de la tilde, puesto que ortográficamente se deben considerar monosílabas con independencia de que unos hablantes pronuncien “guion” (en una sílaba); y otros, “gui-on” (en dos).
Las reglas de acentuación se basan en una serie de convenciones que se pueden apartar ocasionalmente de lo que efectivamente se pronuncia. El caso que nos ocupa no pasa de ser uno más de los desajustes entre escritura y pronunciación que salpican nuestra ortografía. Si no nos extraña que hola se escriba con hache, tampoco nos debería sorprender que, convencionalmente, consideremos guion monosílabo (de hecho, lo es para muchos hispanohablantes, insisto).
La convención general de la que se deriva la falta de tilde en guion y sus compañeros es que cuando se unen una vocal abierta (a, e, o) y una cerrada (i, u) o dos vocales cerradas diferentes, tenemos un diptongo. A tal efecto, la presencia de una hache, como en truhan, es indiferente.
Al aplicar de forma coherente esta convención, nos encontramos con que estas palabras son monosílabas. Y como es bien sabido, los monosílabos no se acentúan salvo casos de tilde diacrítica.
Nuestros académicos hacen hincapié (pp. 226-227), además, en que la finalidad de la tilde no es marcar la división en sílabas, sino indicar cuál es la sílaba tónica.
De este modo, al eliminar el curioso privilegio de que gozaban estos monosílabos, se consigue regularizar el conjunto, con lo que sale beneficiado el principio de economía, aunque pueda quedar maltrecha la costumbre. Nada sale gratis en esta vida.
Las antiguas reglas de acentuación establecían que cuando la conjunción o aparecía entre cifras, esta se acentuaba. Con la publicación de la nueva Ortografía de la lengua española de 2010, esta tilde diacrítica queda definitivamente desterrada. A partir de ahora debemos escribir 2 o 3 sin acento ortográfico.
Hay dos motivos que han llevado a jubilar esta vieja tilde, según se nos explica en la Ortografía académica (pp. 217-218, 270-271). En primer lugar, se ha tenido en cuenta un principio general que regula el uso del acento ortográfico en español:
Solo las palabras tónicas son susceptibles de llevar tilde
Pero sucede que la conjunción o es átona, es decir, carece de acento propio en la lengua oral, por lo que para pronunciarse se apoya en la palabra que viene a continuación. En consecuencia, acentuarla en secuencias como 1 ó 2 rompía este principio general y, por tanto, iba contra la economía del sistema de acentuación ortográfica del español.
En segundo lugar, consideran los académicos que en los textos impresos o electrónicos actuales la tipografía es lo suficientemente clara como para evitar confusiones. Incluso en manuscritos basta con esmerarse un poco para que los espacios en blanco dejen claro cómo se ha de leer el texto.
Desde un punto de vista comparativo, se puede señalar que en italiano no existe nada parecido a esa tilde diacrítica y en catalán tampoco. En estas dos lenguas románicas, esa conjunción es una simple o, como en castellano, sin que hasta la fecha se haya producido ninguna catástrofe por confundir 2 o 3 con 203.
Por otra parte, la antigua norma daba pie a que muchas personas, por hipercorrección, se empeñaran en poner la tilde también cuando los números estaban escritos en letra: dos ó tres. Incluso había quien, aplicando una acentuación preventiva, escribía sopa ó ensalada.
Un pictograma es un dibujo convencionalizado que representa un objeto de manera simplificada y permite transmitir, de este modo, una información también convencionalizada. Los pictogramas son independientes de cualquier lengua particular porque no representan palabras sino realidades.
La pictografía es uno de los primeros estadios por los que pasa el desarrollo de la escritura en la historia de las culturas y de las personas. En todas las culturas, mucho antes de que se llegara a fijar el lenguaje por escrito, se logró transmitir informaciones mediante dibujos que representaban objetos del entorno. En algún momento, se deja de inventar un dibujo nuevo cada vez que se quiere representar algo y se empieza a reaprovechar dibujos conocidos que ya están en circulación. Empieza así un proceso de fijación y convencionalización que puede conducir a nuevas fases en el desarrollo de la escritura. Nuestro alfabeto tiene un origen pictográfico aunque sus huellas hayan quedado borradas por milenios de evolución. Aunque hoy no sea en absoluto evidente, la historia de la a comienza con el dibujo de una cabeza de buey, y la be fue primero una casita.
También los niños, antes de saber escribir las palabras mamá o coche, son capaces de dibujar un monigote que ellos saben que es su madre o un cajón con ruedas que quiere ser un coche. Cada persona reproduce así en su historia individual un paso que se ha dado muchas veces colectivamente en la historia de la humanidad.
Como decíamos, los pictogramas son independientes de la lengua. No representan ninguna palabra de ningún idioma y, mucho menos, estructuras sintácticas o morfológicas. Eso no impide, sin embargo, que cuando los veamos hagamos algo que nos es natural ante cualquier tipo de dibujo: verbalizar lo que estamos viendo. Por aquí se va pasando a otra etapa que es la de asociar cierta palabra con cierto dibujo: nos vamos deslizando desde el mundo de la pictografía al de la logografía y la fonografía.
Los sistemas pictográficos son inherentemente limitados, pues solo podemos dibujar lo que vemos. Se pueden ampliar los límites hasta cierto punto si reaprovechamos el dibujo que representa un objeto para referirnos a la acción en que típicamente interviene ese objeto. Por ejemplo, el dibujo de un pie nos puede servir también para la acción de andar. Nos vamos aproximando así al terreno de la ideografía, que nos permite ya representar nociones abstractas mediante signos convencionales rompiendo la barrera de la representación icónica.
No debemos quedarnos, sin embargo, con la idea de que la pictografía es un mero procedimiento rudimentario para empezar a fijar información sobre soportes físicos. Los pictogramas están más presentes que nunca en el mundo actual. Son de gran utilidad allí donde se reúnen poblaciones internacionales que hablan una diversidad de lenguas. ¿Qué haríamos nosotros en el aeropuerto de Moscú sin el pictograma de recogida de equipajes? ¿O en los juegos olímpicos sin los monigotes nadadores, saltadores, etc. que hemos asociado a las diferentes disciplinas deportivas?
Es más, los pictogramas resultan muy eficaces en contextos técnicos. ¿Qué es más práctico: describir un circuito eléctrico con palabras o representarlo utilizando dibujos convencionales para resistencias, interruptores, condensadores, etc.? Evidentemente, lo segundo, que ofrece una interpretación unívoca, por encima de las ambigüedades de las lenguas, y posibilita una comunicación internacional entre especialistas. ¿Y qué sería de los usuarios de ordenadores sin los iconos en forma de carpetas, papeleras o altavoces que han ido poblando nuestras pantallas desde los años ochenta del siglo XX?
No parece, por tanto, que esta veterana de la comunicación se vaya a jubilar en un futuro inmediato. En la simplicidad de la pictografía está, precisamente, su robustez. Por eso ha llegado hasta nuestros días y está más en forma que nunca.