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Influencia de la ortografía en la pronunciación
12 de Octubre de 2007
La palabra escrita, por su valor cultural, goza de un enorme prestigio. La mayoría de los hablantes tienen interiorizado el prejuicio de que la lengua escrita es la correcta, mientras que lo oral supone una acumulación de desviaciones respecto de ese patrón. Por eso, la ortografía influye a menudo en la pronunciación. El filólogo venezolazo Ángel Rosenblat se refería a este tipo de prejuicios como el fetichismo de la letra.
En realidad, la lengua es primariamente oral, es palabra hablada. Y esto es así tanto en la historia de los individuos como en la de las comunidades lingüísticas. Las personas aprenden primero a hablar. Algunas, no todas, aprenden después a escribir. Lo mismo vale para las comunidades lingüísticas. Todas las lenguas se hablan en primer lugar. Solo algunas de ellas (ni siquiera la mayoría) llegan a escribirse con el tiempo. No conviene perder de vista tampoco que muchas lenguas se hablan, pero no se escriben; mientras que no hay ninguna que solo se escriba sin hablarse y solo se haya escrito durante toda su historia.
La interferencias de la ortografía en la pronunciación del castellano son numerosas. Un ejemplo clásico es la reposición de los grupos consonánticos cultos (-ct-, -gn-, -pt-, etc.) por la Academia en el siglo XVIII, que contribuyó a asentar su pronunciación. En el español clásico eran frecuentes grafías y pronunciaciones como benino, efeto, conceto:
[…] aquellos á quien Dios nos hizo tanto bien que nos puso debajo de cetro de Príncipe tan benino [Hernán Cortés: Carta a Sebastián Caboto, tomado de CORDE, 12-10-2007]
Las vacilaciones en la grafía y la pronunciación eran constantes; pero una vez que la ortografía académica repone definitivamente esos grupos de origen latino en la escritura, los hablantes se sienten en la obligación de pronunciarlos. Fíjense en que hoy, precisamente, hay una gran variación en la pronunciación de esos grupos. Los hablantes vacilan para acto entre “ákto”, “ázto”, “átto” y hasta “ájto”.
También por influencia de la grafía muchos hablantes pronuncian “téksas” (Texas) o “siménez” (Ximénez) donde la norma y la tradición piden una buena jota (véase La x de México).
La equis nos da guerra también en posición final de sílaba: texto, expediente. Lo más natural en castellano es pronunciar aquí simplemente una ese (”tésto”, “espediénte”). No solo es natural, sino que es perfectamente correcto. Sin embargo, muchos hablantes creen que es menos correcto y se esfuerzan (con diferentes grados de éxito) en pronunciar “ks”. Esa es una pronunciación que normalmente se reserva para el habla muy formal o muy enfática.
A veces asoma también por ahí la pronunciación de v, sobre todo en la lectura, como hacían algunos maestros en los dictados (también para ayudar a los alumnos un poquito con la ortografía). En castellano estándar no hay diferencia alguna en la pronunciación entre b y v.
Hablantes de variedades seseantes de español se sienten frecuentemente en la obligación de diferenciar ese y ce o de reponer las eses en posición final de sílaba (estantes), en contra de lo normal y adecuado en su variedad de español. De hecho, una consecuencia más del prejuicio generalizado a favor de lo escrito es que las variantes con una pronunciación más próxima a la ortografía tienden a considerarse más correctas.
También los signos de puntuación influyen en nuestra manera de hablar y nos inducen en ocasiones a introducir pausas erróneamente en la lectura. Por ejemplo, se escribe sí, señor porque una regla de puntuación exige que los vocativos se separen con comas; pero no debemos detenernos entre esas dos palabras (y, de hecho, no lo hacemos cuando hablamos de manera espontánea). A todos nos han enseñado que los signos de puntuación sirven para representar en la escritura las pausas de la lengua oral. Esto era verdad en la Edad Media. Hoy ya no lo es tanto. Pero de eso ya nos ocuparemos otro día.
Ortografía, correo electrónico, chat, messenger y SMS
21 de Septiembre de 2007
Los profesores se quejan: los alumnos cometen cada vez más faltas de ortografía. Y enseguida se señala a un sospechoso: la comunicación electrónica. ¿Quién respeta las convenciones ortográficas en un correo electrónico, en un chat, en los servicios de mensajería instantánea o en los mensajes a móviles? Parece hasta anticuado entretenerse en poner acentos, haches y comas.
Después de la queja y la acusación suele venir un lamento porque los jóvenes no leen. Esto es doblemente injusto. Para empezar, ¿cuándo se ha leído en España o en los países de habla hispana? Parece como si ahora los jóvenes fueran los culpables de un problema que arrastramos de antiguo. Y para continuar resulta que esta es la generación que más lee y escribe de la historia de la humanidad, solo que leen y escriben peor y más deprisa -dicen unos- o simplemente de otra forma -dicen otros-. En la comunicación electrónica se desdibujan las fronteras entre lengua oral y lengua escrita. El medio es escrito pero la rapidez, la espontaneidad, la falta de planificación son propias de la lengua oral.
La memoria visual es fundamental para fijar la escritura. El ver una y otra vez una palabra escrita correctamente ayuda a que su forma se grabe en la mente. Esto, unido al refuerzo que supone el escribirla (correctamente), contribuye al aprendizaje ortográfico.
¿Qué ocurre cuando hacemos lo contrario? Lógicamente, si leemos y escribimos palabras con incorrecciones ortográficas y, sobre todo, si esto se convierte en un hábito, es muy difícil que retengamos la imagen correcta. Si esto te da igual, no hace falta que sigas leyendo; pero si la ortografía te parece importante te voy a dar un consejo:
No escribas nunca con faltas de ortografía
Nunca, de verdad. Aunque sea un correo electrónico, aunque vayas con prisa, aunque estés ligando en el messenger y no tengas tiempo para mirar el diccionario, aunque estés dándole a la tecla del móvil… Al final no sabrás si burro es con be o con uve.
Tampoco estaría de más pedirles a quienes se comunican con nosotros por escrito que no nos envíen mensajes con faltas de ortografía porque se nos acabarán pegando. Es una cuestión de higiene ortográfica.
La x de México
12 de Septiembre de 2007
La x de México es un arcaísmo gráfico. Esta grafía representaba en castellano antiguo el mismo sonido que tenemos hoy en palabras de otras lenguas como, por ejemplo:
Francés: chez
Gallego: xunta
En castellano antiguo se escribía con x no solo México sino también otras palabras como Xerez, dexar o texer. Este sonido no existe en castellano actual porque a partir del siglo XV se va imponiendo la pronunciación que tenemos hoy en Jerez.
En la Ortografía de 1815 la Academia establece para estas palabras la grafía j:
dexar > dejar
Como suele ocurrir, quedaron rastros de la grafía antigua en los nombres de lugares (México, Oaxaca, Texas) y de personas (Ximénez).
En el caso de los nombres de lugares, es correcta la grafía con x o con j (Texas/ Tejas), pero se prefiere la forma con x. En el caso de México, es incluso una deferencia hacia los mexicanos el utilizar la x, pues ellos lo prefieren así.
Para los nombres de personas, la grafía correcta es la que se haya mantenido tradicionalmente en cada familia.
Sin embargo, una cosa es la escritura y otra la pronunciación. No debemos dejarnos confundir por la x de estas palabras, que se tiene que pronunciar como una j. Se dice:
Un rastro de la antigua pronunciación se encuentra en la palabra inglesa sherry. En la época en que los ingleses empezaron a comprar vino en Jerez, el nombre de la ciudad todavía se pronunciaba Xerez. Ellos llamaban a ese vino en su lengua sherris. Después la -s final se confundió con una forma de plural y se formó el falso singular sherry, que es la forma que todavía hoy se utiliza.
NOTA: la pronunciación de los archivos de sonido corresponde a un hablante de Castilla.