El muy zorro, la muy zorra

5 de Marzo de 2008

Un indicio de que una palabra o expresión se utiliza de manera sexista es que el femenino tenga una interpretación negativa de la que carece el masculino.

Por ejemplo, si yo le digo a un señor que es un zorro, probablemente se pondrá tan contento porque le estoy pintando como persona astuta, avispada (algo que a casi todos nos gustaría ser). Ni que decir tiene que el resultado en femenino no sería el mismo, pues una de las acepciones de zorra, recogida incluso en el diccionario, es la de ‘prostituta’. De hecho, muchas de las expresiones sexistas van a parar al mismo sitio: sirven para atacar a la mujer por el flanco de la moral sexual tradicional. Fíjate si no en cómo cambia la interpretación de este ejemplo al sustituir fulano por fulana:

Yo abrí la puerta y el fulano me entregó un enorme ramo de rosas rojas con un gesto tímido y molesto [...] [Charco sin nube, acceso: 28-2-2008 (blog eliminado a 6-12-2009)]

Por esto mismo, no tiene la misma gravedad decirle a un hombre que es un guarro (a muchos ni siquiera les molestaría) que tachar a una mujer de guarra. Si me refiero a un político como hombre público, no tendrá nada que objetar, mientras que una política no creo que estuviera encantada de oírse llamar mujer pública.

Fuera ya de lo sexual, en muchos casos la forma masculina es claramente más prestigiosa. Es difícil utilizar la palabra poetisa sin evocar la idea de una chica un poco cursi que escribe versitos en sus ratos libres. Este es el papel en que se encasillaba a la mujer que se dedicaba a la lírica. No es que faltaran mujeres que crearan una poesía de calidad; es que sus méritos se silenciaban, se borraban sistemáticamente en este terreno y en todos los que no fueran los propios de su sexo. Los focos del reconocimiento caían sobre el hombre, el poeta, que —ese sí— hacía una literatura sublime, digna de admiración. Un caso análogo era el de filósofo frente a filósofa o incluso ingeniero frente a ingeniera. El femenino de estos nombres solía llevar asociadas connotaciones ridículas o despectivas. La mujer que no se conformaba con el papel limitado y subordinado que se le asignaba en la sociedad tradicional era denigrada y ridiculizada.

Hoy la misoginia y la discriminación se van superando, aunque sea lentamente, pero su memoria se ha hecho fuerte en los elementos más irracionales del lenguaje, en aquellos que más difícilmente son sometidos a una crítica consciente. El despojar a palabras como estas de su carga negativa sería una aportación a la igualdad.

En la entrada anterior (¿Sexismo en el diccionario?) nos preguntábamos si consideraciones sexistas pueden influir en la ordenación alfabética de los diccionarios. La cuestión es por qué en ciertos lemas como abogado, da aparece primero el masculino (rompiendo la secuencia alfabética). El problema es un poco más complejo de lo que parece.

Palabras como abogado admiten diferentes terminaciones que expresan género y número. El conjunto de formas completo es:

abogado
abogada
abogados
abogadas

En el diccionario, para abreviar, se toma una forma como representante de todas. Así nos ahorramos el decir: “la palabra abogado, abogada, abogados, abogadas“. Simplemente hablamos de “la palabra abogado“. Esto es lo que se denomina forma canónica. En nuestra tradición lexicográfica, para los nombres es el masculino singular; para los verbos, el infinitivo.

En el caso de los nombres de profesión el diccionario debe especificar que existe el femenino porque no siempre es así; por ejemplo, para piloto no hay (hoy por hoy) una forma pilota.

Para alfabetizar las entradas se toma en cuenta solamente la forma canónica. La terminación de femenino que aparece a continuación es una indicación adicional sobre la existencia de una forma femenina.

Con esto queda aclarado por qué el orden es abogado, da y no al revés. ¿Pero queda resuelta la duda de si el diccionario es sexista? En realidad, no. Solo se desplaza a un nivel superior. La forma canónica es convencional. Por ejemplo, para el verbo, en castellano, tomamos el infinitivo (amar), pero en latín tradicionalmente se utiliza la 1.ª persona singular del presente de indicativo (amo).

Así que la pregunta ahora es otra: ¿por qué tiene que ser el masculino la forma canónica?

Déjanos tu respuesta como comentario.

¿Sexismo en el diccionario?

24 de Agosto de 2007

El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) sigue el orden alfabético, pero una alumna de la Universidad para Mayores de la Carlos III me llamó un día la atención sobre un posible caso de sexismo en la alfabetización: en los nombres de profesión aparece en primer lugar el masculino y a continuación, abreviado, el femenino:

abogado, da.

Decía mi alumna que el orden alfabético, lógicamente, debería ser:

abogada, do.

Se preguntaba si la alteración del orden se debía a que el oficio se asociaba típicamente a un sexo u otro. Sin embargo, no parece que influyan consideraciones de este tipo; prueba de ello es este lema, que se refiere a un oficio tradicionalmente femenino:

partero, ra.

Resulta llamativo también que quien va por ahí concertando amores no sea celestino, na sino celestina a secas. Los únicos celestinos previstos en el DRAE (estos sí celestino, na) son los monjes de la Orden de los Celestinos. El oficio más antiguo del mundo tampoco es puto, ta (ya me parecía a mí…), sino que ahí también se le cede la exclusiva a la mujer (puedes buscar la palabra tú mismo si te interesa).