‘Él’ con tilde y ‘el’ sin tilde

Dos monosílabos que se oponen en la escritura mediante una tilde diacrítica son él y el. El primero es un pronombre personal de tercera persona singular. En los ejemplos siguientes lo encontramos acompañando a un verbo como sujeto de la oración (1), dependiendo de una preposición (2) y aislado como en (3), donde el verbo se sobrentiende:

(1) […] cuando él miró, vio que estaba llorando, en silencio [Guillermo Cabrera Infante: Delito por bailar el chachachá].

(2) […] tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él [Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta].

(3) Eso él. A mí no me lo digas [Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama].

El segundo el, por su parte, es un artículo determinado. Esta clase de palabras presenta una gran complejidad en el uso. El caso central es el del artículo que precede a un sustantivo (4), aunque también puede introducir a otros elementos, como un adjetivo (5) o incluso una oración subordinada (6):

(4) Manuela seguía como la dejó el hijo [José Manuel Caballero Bonald: Ágata ojo de gato].

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(5) […] la ausencia es aire que apaga el fuego chico y aviva el grande [Carmen Martín Gaite: Nubosidad variable].

(6) Ay, tía Lola, te lo agradezco en el alma el que hayas venido [Miguel Romero Esteo: El vodevil de la pálida, pálida, pálida rosa].

Si no queremos echar mano de la gramática, tendremos que aguzar el oído para percibir la diferencia entre la palabra que se pronuncia tónica y la que se pronuncia átona en la oración. Es importante para ello que lo pronunciemos dentro de un enunciado, puesto que toda palabra que se pronuncia aislada tiene un acento prosódico, con lo que se anularía la diferencia que precisamente estamos tratando de detectar.

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