Etimología de ‘alcohol’

El nombre alcohol viene del árabe hispánico al-kuhúl. Como es habitual con los arabismos castellanos, el artículo de la lengua de origen va incorporado: es la forma al- que aparece al principio de la palabra.

El significado de la palabra alcohol en la Edad Media era muy diferente del de hoy. En realidad es el antepasado del rímel. Se trataba de un polvo finísimo de antimonio que utilizaban las mujeres para pintarse los ojos. Este cosmético, por cierto, fue muy criticado en toda la literatura misógina de la Edad Media y de los Siglos de Oro (el caso era criticar a las mujeres).

La palabra se extendió desde la península ibérica a las otras lenguas de Europa. En este paso, empezaron a utilizarlo los alquimistas: primero con su significado original y después con el de ‘elemento muy fino y puro’. A partir de ahí se empieza a emplear para referirse a los productos de la destilación en general, que son, efectivamente, elementos finos y puros.

Es en el siglo XVI cuando se aplica esta denominación al espíritu de vino, o sea, el etanol, que se extrae del vino por destilación. Esto es ya lo que entendemos en nuestros días por alcohol. Se atribuye este último significado nada más y nada menos que al médico y alquimista suizo Paracelso.

Después de recorrer todo este camino, la palabra se reintroduce en el español con el significado que hoy le atribuimos. Este es, por tanto, un curioso ejemplo de préstamo de ida y vuelta: nosotros se lo enviamos a Europa y desde allí nos lo devolvieron remozado y revitalizado.

Aunque me aparte un poco de lo estrictamente etimológico, me voy a permitir recordar que alcohol se escribe con dos oes y con hache intercalada, pero se pronuncia [alkól], con una sola o. Es la pronunciación tradicional y debemos mantenerla.

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Y esta es la curiosa historia de una palabra que empezó nombrando a un cosmético y acabó siendo la responsable de nuestras noches de borrachera y, cómo no, de las mañanas de resaca que vienen después.