Ene 312017
 

No se estrenan todos los días películas protagonizadas por lingüistas, así que no he podido resistirme a la tentación de escribir una reseña sobre La llegada (Arrival). La llegada nos adentra en una aventura lingüística que constituye el máximo desafío al que se puede enfrentar un profesional de las lenguas.

Louise Banks (Amy Adams) se dispone a impartir una clase sobre el portugués a los estudiantes de su universidad cuando se produce un hecho que va a cambiar el curso de la historia. Doce naves espaciales aterrizan en diferentes puntos del planeta. Uno de ellos son las praderas del Estado de Montana.

La profesora Banks ha colaborado anteriormente con los servicios de inteligencia estadounidenses, por lo que el coronel Weber (Forest Whitaker) la recluta para que los ayude a preguntar a los alienígenas si vienen en son de paz o si pretenden achicharrarnos con rayos interestelares. Su compañero sobre el terreno en Montana será Ian Donnelly (Jeremy Renner), experto en física procedente del Laboratorio Nacional de Los Álamos.

Los alienígenas resultan ser una especie de pulpos con siete tentáculos que son los que se toman como referencia para nombrarlos: los heptápodos. La Dra. Banks establece contacto con ellos en el interior de la nave. Los militares esperan que sea capaz de traducirles sobre la marcha la lengua de los alienígenas; pero, claro, estas cosas son más complicadas.

A lo largo de la historia las civilizaciones de la Tierra se han ido descubriendo unas a otras y han llegado a entenderse a pesar de hablar lenguas que en un primer momento resultaban misteriosas. Los seres humanos nos expresamos en idiomas diferentes, pero todos los pueblos habidos y por haber tienen un idioma. Estos pueden estar muy alejados en apariencia, pero en el fondo están organizados sobre unas estructuras comunes que vienen dadas por la propia constitución de nuestro cuerpo y de nuestra mente.

Los sonidos que pueden producir nuestros órganos fonadores son los que son. Quizás un idioma determinado seleccione una vocal un poco rara o tenga debilidad por secuencias de consonantes más bien inverosímiles, pero al final todos hablamos con la misma boca. Y lo que es más importante: todos pensamos con las mismas estructuras. El cerebro humano está conformado de una misma manera en todos y cada uno de los rincones del planeta. Eso da lugar a unas estructuras cognitivas que son compartidas desde España a Indonesia, desde las selvas del Amazonas a las plantas nobles del One World Trade Center. Nos podrá costar al principio, pero el éxito final de la comunicación entre grupos humanos diferentes está garantizado.

Cuando se produce el contacto con una civilización extraterrestre, la cosa cambia. La primera tarea de la Dra. Banks es descubrir si los calamares gigantes poseen la facultad del lenguaje. En el encuentro inicial se percata de que emiten una especie de chirridos o chillidos que podrían servir de soporte a significados, de manera análoga a lo que ocurre en los lenguajes humanos. Sin embargo, la estructura de estos sonidos tiene poco que ver con la de nuestras emisiones vocales. La tarea de interpretar el idioma alienígena por esta vía resulta cuando menos descorazonadora. Además hay un problema básico.

En nuestro mundo es fácil sentar las bases de una comunicación oral rudimentaria gracias a las referencias que compartimos. Si yo no sé coreano, siempre me quedará el recurso de enseñarle a un coreano una manzana y preguntarle cómo se llama en su idioma. Después me podrá ir enseñando las palabras para el agua, la mano o el sol. En una fase posterior podremos empezar con acciones simples como correr o comer. Poco a poco nos iremos entendiendo. El problema con los heptápodos es que no pueden tener una palabra para ‘manzana’ por la sencilla razón de que en su mundo no hay manzanas de reineta ni peras conferencia. Ni siquiera sabemos si existe algo parecido a la vida vegetal. Difícilmente nos podrán enseñar cómo se dice ‘correr’, puesto que no tienen pies. No hay muchas posibilidades de entablar comunicación por esta vía por la sencilla razón de que nos falta el apoyo de una realidad compartida.

La solución que se le ocurre a la sagaz Louise Banks es pasarse al lenguaje escrito. El análisis de unos registros estáticos puede resultar más viable. Los lingüistas han acumulado una larga experiencia a lo largo de la historia descifrando los testimonios escritos de antiguas civilizaciones (unas veces con más éxito y otras con menos, pero es un reto al que sabemos enfrentarnos). ¿Tendrán algún tipo de escritura estos seres?

Resulta que, como buenos calamares, lanzan chorros de tinta. Con ellos forman unos aros ramificados que tienen toda la pinta de representar información. Siempre que se ha descifrado una lengua escrita se ha empezado por el mismo sitio: encontrar una palabra que podamos reconocer (o mejor si son varias). Se trata de agarrar un hilo del que empezar a tirar para deshacer por ahí toda la tela. Nuestra asendereada lingüista empieza con lo poco que tiene a mano: la denominación para ser humano y el nombre que se da a sí misma la raza de nuestros visitantes. También le van a servir de ayuda los nombres propios: el suyo, el de su colega Ian y el de los dos heptápodos con los que se entrevistan.

A partir de ahí, Louise se va enfrentando a la tarea de descifrar lo que resulta ser un sistema de escritura no lineal. Con la ayuda de un ordenador y con mucha intuición va analizando la poca evidencia lingüística que logra recoger. Empieza a identificar regularidades en las astas que flanquean los círculos de tinta. Eso es cuanto necesita para empezar a reconocer significados. Pero no es suficiente. Para descubrir el propósito que guía a los heptápodos, necesita descubrir si en su lenguaje existen estructuras básicas como la pregunta o nociones como la finalidad o intención.

Los avances se van sucediendo, pero llegados a un cierto punto ella y los expertos que están trabajando de manera independiente en otros puntos del planeta se dan de bruces con uno de los escollos de la comunicación: la ambigüedad. Una palabra, una sola palabra está a punto de desencadenar una catástrofe para la humanidad. La culpable es la polisemia. No voy a explicar aquí los detalles para no reventarte la película, pero sí que voy a dejar caer una pista. En nuestro idioma, una misma palabra como hoja se puede referir a realidades tan inocentes como los órganos vegetativos que cuelgan de los árboles o una lámina de papel, pero también a otras tan amenazadoras como la parte cortante de una espada o de una guillotina. En el idioma de los heptápodos parece que se dan también coincidencias semejantes…

Por suerte, la Dra. Banks alcanza el conocimiento pleno de la lengua alienígena en un momento de revelación que recuerda el Pentecostés de la tradición cristiana. Esto le abre las puertas de un nuevo nivel de conciencia y le permite alcanzar cierta forma de conocimiento que va implícita en el nuevo idioma. Este momento trascendental va a alterar de raíz la vida de la protagonista y el futuro de la humanidad.

Y hasta aquí puedo leer.

Hay algunos puntos de la película que me parecen especialmente interesantes. Para empezar, que sea la lingüista quien aporte un conocimiento nuevo e inesperado a la humanidad. El físico Ian Donnelly, como representante de las ciencias duras, queda relegado a un papel subalterno. Además, es una mujer quien lleva la batuta. Los hombres tienen un papel subordinado en el empeño de comunicarse con los representantes de la civilización exterior. Por otra parte, sus intervenciones suelen entorpecer el éxito de la misión, más que facilitarlo.

Hay también algunos puntos cuestionables. El principal es probablemente el dominio absoluto por parte de la Dra. Banks de lenguas tan dispares como el portugués, el farsi, el chino mandarín o el sánscrito. Parece como si el ser lingüista la facultara para comprender cualquier idioma de este mundo o de cualquier otro.

La llegada es imprescindible para cualquier lingüista o filólogo, independientemente de su especialidad. Tampoco disgustará a traductores e intérpretes, que se verán confrontados con algunos de los retos de su profesión. Pero por encima de eso, será un placer para toda persona que sienta curiosidad por el lenguaje o se sienta atraída por la aventura del conocimiento.

Que conste que no me llevo ningún tipo de comisión por esta reseña, pero si me está leyendo alguien de la distribuidora, que sepan que me pueden invitar al estreno de su próxima película protagonizada por lingüistas. Yo creo que son los héroes que está pidiendo hoy la sociedad.

Ficha de la película:

Título: La llegada

Título original: Arrival

País: Estados Unidos

Año: 2016

Duración: 1 hora y 56 minutos

Director: Denis Villeneuve

Guion: Eric Heisserer (a partir de un relato de Ted Chiang)

Protagonistas: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker

Música: Jóhann Jóhannsson

Fotografía: Bradford Young

Distribuidora: Paramount

 31 de enero de 2017  reseñas, varios