Galimatías

Un galimatías es algo que no se entiende. Originariamente, este sustantivo se refería a todo aquello que se expresa con un lenguaje oscuro, confuso o embrollado y que, por tanto, resulta incomprensible. Ese es el sentido que posee en el ejemplo (1), que tomo de una obra de la novelista colombiana Ángela Becerra:

(1) Delante del café, una interminable cola de extranjeros con cámaras y mapas en las manos escuchaba el galimatías de varios guías turísticos que explicaban la historia del palazzo Pitti, mientras esperaban a que abrieran las taquillas [Ángela Becerra: Ella, que todo lo tuvo].

Tal como yo me represento la escena, los guías turísticos están contando algo de manera acelerada y además sus discursos se mezclan en medio de la calle, por lo que el resultado es de confusión para quien está observando desde fuera.

Galimatías fue ampliando su significado y acabó aplicándose a todo lo que resulta imposible de entender por lioso y embrollado. Así es como se utiliza en este otro texto:

(2) Las novelas no cambian el mundo, lo clarifican. Manuel Vázquez Montalbán lo hace, otros convierten el mundo en un galimatías y lo oscurecen más [Prólogo de Juan Madrid a Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del sur].

A pesar de su aspecto castizo, galimatías es un préstamo del francés. En esta lengua, galimatias es la denominación que se le da a un discurso confuso que parece que dice algo, pero que en realidad no significa nada.

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Se cree que esta palabra surgió de la expresión griega katà Matthaîon, es decir, ‘según (san) Mateo’. ¿Y qué culpa tenía el pobre santo de que las cosas no se entendieran? Pues toda y ninguna.

El Evangelio según san Mateo comienza con 17 versículos en los que describe la genealogía de Cristo. Esta se recitaba de manera mecánica y apresurada en las iglesias del Imperio bizantino, hasta tal punto que se convertía en un soniquete que no había forma de entender. Por eso, katà Matthaîon llegó a convertirse en sinónimo de ‘discurso incomprensible’. Con este significado pasó a los humanistas de Europa occidental. Y a través de la lengua francesa, entró en este idioma en el que tú y yo nos entendemos (o, por lo menos, lo intentamos, porque a veces acaba uno creando un galimatías sin darse cuenta).