No se debe decir ‘mala ortografía’

Hoy vamos a revisar uno de los muchos bulos lingüísticos que circulan por esas redes sociales de nuestros pecados. Hay quien afirma tajante que no se debe decir mala ortografía y que tan solo es válida la expresión tiene faltas de ortografía. Siguiendo en esa línea, y ya de rebote, aprovechan para descalificar la combinación buena ortografía. Sin embargo, afirmaciones como estas se basan en un conocimiento insuficiente del significado de las palabras y, en general, del funcionamiento de las lenguas.

A menudo se recurre aquí a un argumento etimológico. Nuestro sustantivo ortografía procede del griego orthos (‘correcto’) y graphía (‘escritura’). Lo que no tienen en cuenta quienes echan mano de tales razonamientos es que la etimología no determina el significado de una palabra. Es un hecho conocido que el vocabulario va cambiando de significado a lo largo del tiempo (a veces, hasta llegar a resultados muy alejados del original). Si el significado etimológico fuera el único válido, habría que condenar infinidad de términos que son de uso corriente en la lengua actual. Por ejemplo, hoy día un popurrí es una mezcla de flores secas, pero originariamente fue una olla pod(e)rida; un cocodrilo es un reptil temible, pero etimológicamente no pasa de ser un triste gusano; un músculo es un órgano que nos da fuerza, aunque la etimología lo rebaja a la condición de ratoncillo; y un cretino fue en el pasado un sencillo y honrado cristiano.

Por otra parte, los adjetivos bueno y malo son enormemente flexibles, hasta el punto de que pueden llegar a significar todo lo contrario de lo que en principio creeríamos que significan. Piensa en la expresión (tener) un buen dolor de muelas. Para que el dolor de muelas sea bueno tiene que ser malo, muy malo. Ya Aristóteles se percató de ello. Para este filósofo, los equivalentes griegos de nuestro bueno y malo eran palabras sincategoremáticas, es decir, vocablos que están desprovistos de significado propio, de modo que solo llegan a significar algo cuando se combinan con otros, que son los que nos dan la clave para interpretarlos correctamente.

Y, por si esto fuera poco, las expresiones buena ortografía y mala ortografía se han usado con frecuencia a lo largo de la historia ¡en tratados ortográficos! (y se siguen usando). He hecho una búsqueda rápida en el Corpus Diacrónico del Español (Real Academia Española) y he encontrado ejemplos de uso de buena/mala ortografía en las siguientes obras:

  • Antonio de Torquemada: Manual de escribientes, 1552;
  • Gonzalo Correas: Arte de la lengua española castellana, 1625;
  • Mateo Alemán: Segunda parte de la vida de Guzmán de Alfarache, 1604 (me interesa porque Mateo Alemán es autor de un tratado de ortografía);
  • Bartolomé Jiménez Patón: Epítome de la ortografía latina y castellana, 1604;
  • Gregorio Mayans y Siscar: Abecé español, 1723;
  • Ignacio de Luzán: Arte de hablar, o sea, retórica de las conversaciones, 1729.

Voy a citar esta última obra porque el fragmento en cuestión es todo un programa que yo suscribiría ahora mismo:

Leyendo con atención estos autores u otros de los muchos que hay, los cuales han tratado con puridad y limpieza en nuestra lengua diversas materias, se adquirirá la propriedad de las voces, que es el primer requisito para hablar bien. Y no poco ayudará al mismo intento el continuo ejercicio de escribir con exacta diligencia y atención: de modo que, según el aviso del doctísimo P. Mabillon […] no es menester descuidarse ni aun en las cosas que acontece a menudo haber de escribir entre amigos y conocidos, como cartas familiares, billetes y otros escritos de este género; procurando en todos ellos observar exactamente la buena ortografía, las frases más proprias y los términos más castizos; que de esta suerte se perficiona grandemente el ingenio y el estilo del que escribe; y la memoria y la lengua, ayudadas de la continua práctica, cuando se ofrezca hablar tendrán siempre prontos los vocablos puros y los modos nativos de explicarse que tiene cada lengua.

Ignacio de Luzán: Arte de hablar, o sea, retórica de las conversaciones

Ya en el siglo XX, el autor colombiano y premio nobel de literatura Gabriel García Márquez escribía lo siguiente:

Desde el colegio San José tenía tan arraigado el vicio de leer todo lo que me cayera en las manos, que en eso ocupaba el tiempo libre y casi todo el de las clases. A mis dieciséis años, y con buena ortografía o sin ella, podía repetir sin tomar aliento los poemas que había aprendido en el colegio San José. Los leía y releía, sin ayuda ni orden, y casi siempre a escondidas durante las clases.

Gabriel García Márquez: Vivir para contarla

Cuando hablamos de mala ortografía, nos referimos lisa y llanamente al escaso dominio del conjunto de reglas de escritura de nuestro idioma. A quienes hacen aspavientos cada vez que se topan con esta expresión yo les recomendaría que pasen menos tiempo en Twitter criticando al resto de la humanidad y un poquito más leyendo a clásicos antiguos y modernos como Mateo Alemán o Gabriel García Márquez. Es un camino más seguro para aprender algo sobre buen hablar y buen escribir.