Como norma general se escriben con mayúscula inicial las palabras significativas que forman parte del título de una asignatura. Por ejemplo, mis alumnos del grado de Maestro en Educación Primaria tienen este cuatrimestre las siguientes asignaturas:
Didáctica de la Lengua
Didáctica de la Materia y la Energía
Didáctica de la Geografía
Didáctica de la Historia
Inglés para Primaria I
Matemáticas y su Didáctica
En la tradición hispánica, las palabras significativas que son candidatas a aparecer en estas denominaciones son por lo general sustantivos y adjetivos, aunque nada impide llamar a una asignatura algo así como Hacer Cosas con Palabras o Educar para la Convivencia. En cualquier caso, quedan excluidas las palabras con mera función gramatical como determinantes, preposiciones, etc. Nótese también que estas denominaciones se escriben en letra redonda (no en cursiva).
Cuando el nombre de la asignatura es muy largo, resulta preferible poner mayúscula tan solo en la primera palabra (sea del tipo que sea). Así se evita recargar el escrito. El nombre de la asignatura se entrecomilla entonces para poder identificar su principio y final en el texto, por ejemplo:
—Oye, que quieren meter en el plan de estudios una optativa que se va a llamar “Literatura española e hispanoamericana de los siglos XVI, XVII y XVIII en comparación con la portuguesa y brasileña del mismo periodo”.
—¡Por encima de mi cadáver!
En la práctica, se está tratando aquí el título de la asignatura igual que si fuera el de una parte de una obra (véase “Cursiva y comillas en títulos” y “Solo se pone en mayúscula la primera letra del título“). Esto no deja de tener su lógica, pues una asignatura no deja de ser una parte de una obra mayor, que es un curso.
Cómo se escribe con tilde diacrítica siempre que es palabra tónica. Esto sucede en todos sus usos interrogativos (1) y exclamativos (2):
(1) ¿Cómo es que lo grande engendra lo pequeño y lo pequeño lo grande? [Ángel Ganivet: Granada la bella]
(2) Ay… cómo duele esto… [Manuel Puig: El beso de la mujer araña]
Nótese cómo en las dos oraciones de arriba la fuerza del acento prosódico recae sobre la palabra en cuestión en una lectura en voz alta.
Dentro de los usos interrogativos y exclamativos se encuentran, por supuesto, los indirectos, que se escriben con su correspondiente tilde, en la que queda reflejada su pronunciación:
(3) Pero tampoco entiendo cómo funciona la televisión y la vemos todos los días [Fernando Savater: El gran laberinto]
(4) No sabes cómo duele [Álvaro Mutis: Ilona llega con la lluvia]
Como es habitual con este tipo de palabras, esta también admite la sustantivación anteponiéndole un determinante. Conserva en estos casos su acento prosódico y su tilde:
(5) Sólo faltaba encontrar el cómo, hallar la forma de cruzarse con el poeta y comenzar una relación de la que él no sospecharía jamás [Boris Salazar: La otra selva]
Se escribe sin tilde cuando es átono, cualquiera que sea su función. Veamos un par de ejemplos:
(6) Cada cual pinta su morada como quiere [Eduardo Galeano: Bocas del tiempo]
(7) Como él mismo es un adefesio, a todos los ve igual de gordos y deformes que él [Elena Poniatowska: La "Flor de Lis"]
En ocasiones, la alternancia entre la tilde y la ausencia de esta puede dar lugar a contrastes de significado:
(8) No hay como darse una ducha después de hacer deporte
(9) No hay cómo darse una ducha después de hacer deporte
Mientras que (8) se puede parafrasear como No hay nada mejor que darse una ducha después del deporte; (9), en cambio, significa algo así como Resulta imposible darse una ducha después de hacer deporte (digamos, por ejemplo, que porque no hay agua caliente en los vestuarios).
Otras veces alternan las formas con acento y sin acento sin que la diferencia de significado vaya más allá de matices mínimos de interpretación:
(10) Depende de como lo hagas
(11) Depende de cómo lo hagas
En cualquier caso, el factor clave para decidir si se debe escribir como con o sin tilde es su tonicidad. Según lo pronunciemos, así deberemos escribirlo, por lo que la manera más segura de salir de dudas consiste en pronunciar la frase en voz alta fijándonos bien en lo que decimos. No siempre será tan fácil el uso de la tilde diacrítica con palabras interrogativas y exclamativas, pero este caso, por lo menos, ya sabemos cómo resolverlo.
Se escriben con minúscula las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno, como en este ejemplo:
A lo largo del pasado curso 2010-2011 participaron un total de 232 estudiantes en las sucesivas ediciones de otoño, invierno, primavera y verano de los Cursos de Lengua y Cultura Española para Extranjeros de la Universidad de La Rioja [20minutos.es, acceso: 20-1-2012]
Lógicamente, se habrá de cambiar la minúscula por mayúscula inicial cuando el sustantivo en cuestión forme parte de un nombre propio, como ocurre con el famoso Palacio de Invierno de San Petersburgo. Por lo demás, la tendencia a ponerles mayúscula a estos nombres se explica a menudo por influencia consciente o inconsciente del inglés.
En español tenemos unos cuantos pares de sustantivos en los que un cambio de género va asociado a un cambio de significado. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con el orden (‘colocación, arreglo’) y la orden (‘mandato’). No es lo mismo, consecuentemente, el orden del día, que es la relación de asuntos que se han de tratar en una reunión, que la orden del día, que son las instrucciones de un superior que habremos de cumplir durante la jornada.
Veamos unos cuantos más:
—El margen es el espacio que dejamos en blanco a los lados de una hoja, mientras que la margen es la orilla, normalmente de un río, aunque también puede serlo de un campo o de un camino.
—El pez es un animalito que vive feliz en el agua, mientras que la pez es una sustancia oscura y viscosa que se utiliza para impermeabilizar.
—Si te ponen un terminal, te han instalado un teléfono o algo por el estilo; pero si te ponen una terminal te han construido como mínimo un aeropuerto.
—El cólera es una enfermedad (que asociamos con el amor desde que García Márquez publicó su novela), pero la cólera es una pasión. Algunos la toman por montura: montan en cólera.
—En clase de lengua siempre nos recalcan la importancia de la coma para una buena redacción, pero saltarse una nunca tendrá la gravedad que reviste el coma clínico.
—El editorial es el artículo de un diario en el que la redacción de este fija su posición respecto de algún asunto de actualidad. La editorial, por su parte, es la empresa que se dedica a publicar.
—Los curas son sacerdotes, pero eso no convierte a las curas en sacerdotisas. Estas siguen siendo los cuidados que se nos prodigan para que sanemos.
—Los cometas y las cometas surcan el cielo, pero si los unos lo hacen a distancias astronómicas, las otras apenas se alzan unos metros por encima de nuestras cabezas; es más, las llevamos sujetas por un cordelito.
—El frente es un lugar donde no conviene dejarse ver si estamos en medio de una guerra (hay que evitar, sobre todo, la primera línea). La frente nunca será igual de conflictiva por muchos quebraderos de cabeza que se escondan detrás de ella.
—Por la pendiente nos deslizamos. El pendiente se desliza como mucho por la oreja.
—El parte es un informe, pero la parte es un trozo.
—El corte es un tajo, una herida. A nadie le gusta que se lo den (incluido el de mangas). ¿A quién le disgustaría, en cambio, andar por la corte codeándose con la nobleza?
—El doblez es el resultado de doblar algo, mientras que la doblez es la condición de ser doble, de tener dos caras y ser, por tanto, taimado, traicionero, poco de fiar.
Ahora ya en serio: No hay que confundir estos pares con los denominados nombres ambiguos en cuanto al género, en los que el cambio de género no da lugar a un cambio de significado.
Para aplicar correctamente las reglas de acentuación ortográfica es imprescidible determinar primero con exactitud cuál es la sílaba tónica.
La maestra que me enseñó a escribir los acentos nos tuvo primero a toda la clase un par de sesiones practicando hasta que fuimos capaces de dar con la sílaba en cuestión. Para ello tomábamos palabras aisladas que leíamos silabeando de forma muy enfática, como si cantáramos, y exagerando cada vez la pronunciación de una sílaba diferente hasta que atinábamos con la que, de manera natural, se dejaba sostener y pronunciar con más fuerza. Así, se podía apoyar toda la fuerza de la pronunciación y de la melodía en ji-RAAA-fa, demorándose en la sílaba intermedia, pero sonaba raro hacer lo mismo con JIIII-ra-fa o con ji-ra-FAAA. Habíamos encontrado la sílaba que tenía el acento.
¿Había alguna base científica en aquel ejercicio? La tenía, claro que la tenía. Para empezar, era correcto que nos hicieran practicar con palabras aisladas. La unidad a la que se le aplican las reglas de acentuación es la palabra individual, por lo que es esta la que se ha de tomar como punto de partida. Además, todas las palabras tienen acento prosódico cuando se pronuncian aisladas, pero no así en la cadena hablada, donde se alternan palabras tónicas y palabras átonas. Por último, hay que tener en cuenta que el acento fónico combina tres características: una mayor fuerza o tensión al pronunciar la sílaba a la que afecta, una mayor duración y un contraste melódico con el resto de la cadena hablada. De estos tres, el que más típicamente se asocia con el acento del español es el primero, pero eso no quita para que vaya acompañado de los otros dos. Cuando cantamos las sílabas prolongándolas y enfatizándolas, lo que logramos es presentar de forma exagerada y claramente perceptible lo que de manera inconsciente y a toda velocidad hacemos en cualquier enunciado.
No lo debió de hacer demasiado mal mi maestra porque las reglas que aprendí con ella son las que he seguido aplicando hasta hoy. Más tarde he ido agregando casos excepcionales, relacionados sobre todo con la tilde diacrítica, he repasado y he ido poniéndome al día de las sucesivas novedades que han ido introduciendo las Academias, pero la base nunca me hizo falta cambiarla. Nunca les estaré lo suficientemente agradecido a ella y a las otras profesionales que con sus enseñanzas, pero sobre todo con su exquisito ejemplo lingüístico, me fueron ayudando a entender cómo se debía hablar y escribir en español.
Cuánto, cuánta, cuántos y cuántas se escriben con tilde diacrítica cuando tienen valor interrogativo (1, 3) o exclamativo (2, 4), ya sea en oraciones interrogativas y exclamativas directas (1, 2), ya sea en las correspondientes indirectas (3, 4):
(1) Manolito, ¿cuántos dioses hay? [Fernán Caballero: La gaviota]
(2) Y para el rico botín que has traído de las guerras, ¡cuánta sangre! [Isidora Aguirre: Retablo de Yumbel]
(3) Tiene muchos pedidos. Tampoco sé cuánto cobra [Adolfo Bioy Casares: Dormir al sol]
(4) Pues estupendo, no sabes cuánto me alegro por ti [Almudena Grandes: Malena es un nombre de tango]
Como es habitual con los interrogativos y exclamativos, cuánto admite la sustantivación anteponiéndole un determinante. Conserva entonces su tilde:
(5) La ciencia y la investigación españolas van a sufrir un recorte [...] de unos 600 millones de euros. Se sabe el cuánto, pero no se sabe el cómo, ni el dónde [...] [La Nueva España, acceso: 15-1-2012]
En todos los demás casos se escribe sin tilde. Veamos algunos ejemplos:
(6) Estela [...] anotaba cuanta palabra interesante decían [Roberto Arlt: "La doble trampa mortal"] (‘anotaba todas las palabras interesantes que decían’)
(7) Y cuanta más razón tienen, más lata dan [Fernando Schwartz: La conspiración del Golfo]
(8) Allí comí, dormí y escribí durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos [...] [Isabel Allende: La casa de los espíritus]
Conviene advertir que no siempre nos podremos guiar aquí por el oído, a diferencia de lo que ocurre con casos análogos de tilde diacrítica como los de que, donde o como, puesto que de los casos sin tilde unos son átonos (6, 7) y otros, tónicos (8).
Muchas personas se sienten inseguras sobre cuándo se debe escribir acerca de (junto) y cuándo a cerca de (separado). Sin embargo, no es tan difícil distinguir estas dos expresiones si nos paramos un momento a pensar.
Acerca de es equivalente a la preposición sobre. Si podemos sustituirla por esta, nos encontramos ante la variante que se escribe junta, como se puede ver en (1a) y (1b):
(1a) Debo revisar incluso mi postura acerca del neoliberalismo [Rosa María Artal: "Mea culpa", acceso: 12-1-2012]
(1b) Debo revisar incluso mi postura sobre el neoliberalismo
La expresión a cerca de, por su parte, se puede sustituir por a casi:
(2a) El presupuesto aprobado por el Consejo Rector [...] asciende a cerca de 855.600 euros [elEconomista.es, acceso: 12-1-2012]
(2b) El presupuesto aprobado por el Consejo Rector asciende a casi 855.600 euros
También anda por ahí el verbo acercar (¿Me acerca la sal?); pero no creo que merezca mayor comentario porque no es él precisamente el que nos trae quebraderos de cabeza.
La norma general es que los nombres de enfermedades se escriben con minúscula:
Se morían de varicela, de sarampión, de gripe, de tristeza, de alcoholismo [Abel Posse: La pasión según Eva]
El amor en los tiempos del cólera [novela de Gabriel García Márquez]
Esto es lógico porque se trata de nombres comunes. Una mención aparte merece el nombre sida, que se escribe con todas sus letras en minúscula, aunque tiene su origen en la sigla correspondiente a síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Veamos un ejemplo con la grafía correcta:
Acabo de leer el bestseller de García Márquez en Los Ángeles y pienso en el amor en tiempos del sida [Carlos Fuentes: El naranjo]
No obstante, se ha de hacer una precisión a la regla general. Algunos nombres de enfermedades contienen un nombre propio que por lo general corresponde al de su descubridor. Dicho nombre propio mantiene su mayúscula solamente cuando va incluido en una expresión del tipo enfermedad de…, mal de…, síndrome de…, etc.:
Una hormona derivada de la grasa visceral [...] puede representar un factor de riesgo en el desarrollo de demencia y enfermedad de Alzheimer en las mujeres, según un estudio [...] [elEconomista.es, acceso: 10-1-2012]
Un grupo de niños con síndrome de Down y los futbolistas de la plantilla del Valencia comparten un calendario que ha sido presentado hoy [Abc (España), acceso: 10-1-2012]
Como consecuencia de las torturas que sufrió en los periodos de detención, años después le fue diagnosticada la enfermedad de Parkinson [Europapress.es, acceso: 10-1-2012]
En cambio, cuando ese mismo antropónimo se emplea aislado para referirse a la enfermedad, pasa a escribirse con minúsculas:
Por primera vez en Canarias, una asociación prestará tratamientos de asnoterapia a enfermos de párkinson, autismo, parálisis cerebral y alzhéimer [Eldia.es, acceso: 10-1-2012]
Esto es así porque se convierte entonces en nombre común. Se trata de un fenómeno que se denomina deonimización. Nótese, además, que en el ejemplo de arriba se ha castellanizado la grafía de alzhéimer y párkinson añadiéndoles una tilde. Esto no solo es correcto, sino que es lo obligatorio en estos dos casos concretos.
Esta delimitación en el uso de mayúsculas y minúsculas en nombres de enfermedades ha sido otra de las novedades que nos ha traído la Ortografía de la lengua española de 2010. Solo espero que a nadie le dé por ello urticaria o sarampión.
La locución latina statu quo se escribe y se pronuncia así, sin -s en la primera palabra. Se utiliza en español con el significado de ‘el estado de las cosas’, ‘el orden de las cosas’ o, a veces, más específicamente, ‘el orden establecido’ (con connotaciones de inmovilismo). Se debe escribir en cursiva por ser un latinismo crudo y la pronunciación más adecuada para la segunda palabra es [kuó], con diptongo. La variante [kúo], con hiato, es semiculta y, por ello mismo, bastante extendida. Veamos un par de ejemplos en que se hace un uso correcto de ella en textos escritos:
(1) A estas alturas de la crisis el futuro sigue siendo oscuro por la falta de diagnósticos y medidas que identifiquen y cambien el statu quo especulativo que la había provocado [Del Consejo Editorial (blogs de Público.es), acceso: 3-1-2012]
(2) Los blogs han acelerado una revolución que ha demostrado el impacto de las ideas y que ha hecho temblar hasta tambalearse, e incluso caer, a quienes parecían anclados al statu quo. Blogueros contra déspotas. Opinión contra censura. Cambio contra permanencia [lainformacion.com, acceso: 3-1-2012]
En el ejemplo (1) nos encontramos con el significado más general: … que identifiquen y cambien el estado de cosas especulativo… En (2), en cambio, tenemos una muestra de la especialización semántica equivalente a ‘orden establecido’.
El origen de esta locución es una expresión latina empleada en el lenguaje jurídico: in statu quo ante bellum, que quiere decir que las cosas se deben dejar “en el estado en que se encontraban antes de la guerra”, o sea, que los contendientes deben retirar sus tropas y devolver (o recuperar) los territorios conquistados, así como renunciar a cualquier otro tipo de ventajas políticas o económicas que hayan podido adquirir durante el enfrentamiento. El motivo de que en español se prefiera la forma statu quo es que esta es la etimológica, tal como se registra en esta expresión. Nuestra lengua se alinea en esto con el francés. La variante status quo, por su parte, es la corriente en inglés y en alemán. En la expansión de su uso en castellano probablemente influyó no poco la existencia de un grupo de rock con ese mismo nombre.
Sea como sea, nos podemos hacer un favor a nosotros mismos y a nuestros lectores u oyentes si esto mismo lo decimos lisa y llanamente, explicándolo con buenas palabras en castellano (en el primer párrafo tenemos algunas opciones). Sonará menos importante, pero probablemente resultará más efectivo y nos salvará de algún que otro traspié.
Se escriben en minúscula los nombres de los meses: enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre.
Estos que acabamos de nombrar son los del calendario gregoriano. Son los más frecuentes por la sencilla razón de que este es el calendario que utilizamos en los países hispánicos. Pero también se rigen por esta norma los nombres de las unidades en que se organiza el año en otros sistemas. Por ejemplo, a raíz de la Revolución francesa se cambió todo el sistema de meses con sus nombres. Pues bien, se escribirán igualmente en minúscula vendimiario, brumario, frimario, ventoso, germinal, termidor, etc. Y lo mismo se aplica a los meses del calendario musulmán, como safar o ramadán.
La excepción la constituyen, como es lógico, aquellas denominaciones de meses que forman parte de un nombre propio, como avenida del Primero de Mayo, hospital Doce de Octubre, Revolución de Octubre, etc.