Abr 202017
 

En el siguiente ejercicio encontrarás usos correctos e incorrectos del pronombre relativo quien. Cambia lo que sea necesario para que todas las oraciones sean correctas. Cuando termines, comprueba las soluciones.

a) El Gobierno es quien fija las prioridades en política internacional.

b) Lucio Aguado es un nadador quien se mueve en el agua como un pez.

c) Son los padres quien tienen que asegurarse de que sus hijos no muerden a personas o animales.

d) Fue el otro coche quien causó el accidente.

e) Lucio Aguado es un nadador de quien se dice que se mueve en el agua como un pez.

f) La vaca que se cruzó en la carretera fue quien causó el accidente.

g) Estas son las filósofas de quien todo el mundo habla en las redes sociales.

h) Este nadador, de quien se dice que se mueve en el agua como un pez, se llama Lucio Aguado.

i) El Óscar a la mejor actriz ha sido para Kim Santayana, quien también protagonizó Coco Chanel y los siete gigantes de Manchuria.

j) Kim Santayana es la actriz de quien todo el mundo habla en Hollywood.

 20 de Abril de 2017  ejercicios, pronombre
Abr 202017
 

Bien, se acabó la expectación. Aquí están las soluciones al ejercicio de usos correctos e incorrectos de quien. Cada respuesta correcta vale un punto. Para entender las explicaciones es muy conveniente que leas primero el artículo sobre el relativo quien.

a) El Gobierno es quien fija las prioridades… [Es correcto. El Gobierno no es una persona, pero sí una entidad personificada a la que le atribuimos la capacidad de obrar, tomar decisiones, etc.]

b) … es un nadador quien se mueve… [Incorrecto. Debe decir: “Es un nadador que se mueve en el agua como un pez”. Se trata de una oración de relativo especificativa. No va encabezada por preposición y, por tanto, no es posible usar el relativo quien]

c) Son los padres quien tienen que asegurarse… [Incorrecto. Debe decir: “Son los padres quienes tienen que asegurarse”. Quien tiene formas de singular y plural. Aquí debe aparecer en plural, ya que se refiere a padres]

d) Fue el otro coche quien causó el accidente. [Incorrecto. Un coche es una cosa. Quien se refiere a personas y, si acaso, a entidades personificadas; pero nunca a cosas. Debemos modificarlo así: “Fue el otro coche el que causó el accidente”]

e) … es un nadador de quien se dice… [Correcto. Aquí tenemos una oración de relativo especificativa encabezada por una preposición. Esa preposición es la que hace posible la aparición de quien]

f) La vaca […] fue quien causó el accidente. [Incorrecto. Debe decir: “La vaca fue la que causó el accidente”. Quien se refiere a personas, no animales. Solo podríamos utilizar este pronombre con animales en fábulas, películas de Disney u otros contextos en que los animales aparezcan personificados]

g) … las filósofas de quien todo el mundo habla… [Incorrecto. Quien debe concordar en número con su antecedente, que es filósofas. Por tanto, debemos escribir esto otro: “Las filósofas de quienes todo el mundo habla”. La preposición de es la que permite que aparezca quien en una oración de relativo especificativa]

h) Este nadador, de quien se dice… [Correcto. El uso de quien en oraciones de relativo explicativas no presenta ningún problema]

i) … Kim Santayana, quien también protagonizó… [Correcto. Quien se utiliza en una oración de relativo explicativa. Por eso no nos importa la falta de preposición]

j) … la actriz de quien todo el mundo habla… [Correcto. Hay una preposición y eso nos permite emplear este pronombre en una oración de relativo especificativa]

 20 de Abril de 2017  pronombre, soluciones
Abr 062017
 

El femenino presidenta plantea dudas a muchas personas, que no están seguras de si deben decir la presidenta o la presidente.

La forma terminada en -a es correcta y es la que se prefiere en la norma académica. Veamos un ejemplo de uso tomado de una novela de Carmen Rico Godoy:

(1) Y alguien, lo sé, alguien dejará un vaso en la barandilla de la terraza y caerá a la calle cuando pase la presidenta de la asociación de vecinos [Carmen Rico Godoy: Cómo ser mujer y no morir en el intento].

El femenino presidenta no es, ni mucho menos, una innovación de nuestros días. En una búsqueda rápida, encuentro ejemplos que se remontan al siglo XV. Incluyo aquí como muestra uno del siglo XVII, en pleno periodo clásico de nuestra lengua:

(2) Llegando, pues, al estrado, y hecha su cortesía a todos los que en pie las aguardaban, todas las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al estrado [María de Zayas y Montemayor: Desengaños amorosos. Parte segunda del sarao y entretenimiento honesto].

Tampoco es incorrecto decir la presidente. Sin embargo, esta no es la forma preferida por las Academias de la Lengua y tampoco por los hablantes, que la utilizan mucho menos que la anterior.

Para entender todo esto, conviene saber que hay dos grupos dentro de los sustantivos terminados en -nte. Muchos son comunes en cuanto al género, como cantante. Decimos el cantante y la cantante, sin necesidad de alterar la terminación para expresar la alternancia de género. Otros, en cambio, sí modifican su forma para diferenciar un género del otro. Aquí tenemos presidenta, pero también farsanta, clienta o asistenta.

Es verdad que nuestros actuales sustantivos en -nte proceden de los participios de presente del latín, que no cambiaban de terminación al cambiar de género, pero eso era en latín y desde entonces ha llovido mucho. El castellano tomó un camino propio en su evolución y de ahí es de donde proceden nuestras soluciones actuales.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer es seguir empleando tranquilamente el femenino presidenta. Y si alguien, por el motivo que sea, tiene un especial interés en decir la presidente, pues que lo diga; pero que nos deje tranquilos a los demás.

Nota: los ejemplos (1) y (2) están tomados, respectivamente, del CORDE (Corpus diacrónico del español) y el CREA (Corpus de referencia del español actual). Uno y otro son obra de la Real Academia Española y se pueden consultar en su web: www.rae.es.

 6 de Abril de 2017  morfología, norma, sustantivo
Mar 302017
 

El pavo real es un ave procedente de Asia que se introdujo en Europa durante la Antigüedad clásica. Siempre ha despertado la admiración de los seres humanos por la espectacular rueda de plumas que despliega el macho cuando entra en celo.

Hay quien piensa que el adjetivo real que se le aplica viene de rey por lo majestuoso de su plumaje. Nada más lejos de la realidad. El pavo real recibe este nombre porque es el verdadero, el fetén. Se le empezó a llamar así para diferenciarlo de un advenedizo al que en su día consideraron de pega.

Cuando los españoles empezaron a explorar Norteamérica en el siglo XVI, se toparon con una especie de gallina gorda que les recordaba a los pavos que conocían de casa. En realidad, el mérito del descubrimiento fue de los aztecas, que se habían encargado de domesticar al animalito. Ellos ya llevaban siglos comiendo su carne y aprovechando sus plumas cuando los europeos empezaron a asomar la nariz por el continente. Pero el caso es que los españoles introdujeron estos animales en la península ibérica y, en un alarde de originalidad, decidieron llamarlos pavos. Ahí empezó el lío. De pronto nos encontramos con dos tipos de pavos: los de toda la vida y estos intrusos venidos de allende los mares. Y ahí fue donde alguien zanjó la discusión llamando a los primeros pavos reales, o sea, pavos auténticos. Los nuevos se tuvieron que conformar con ser pavos a secas.

La verdad es que el pavo americano no era ni la mitad de vistoso que el pavo real, pero una vez asado eso no le importaba ya a casi nadie. Sus méritos culinarios hicieron que esta ave se extendiera desde esta península nuestra al resto de Europa. El problema de cómo llamarla se empezó a plantear también en otros países. Por lo general, se reciclaron nombres que ya se venían utilizando para otras gallináceas procedentes de Asia. En inglés se le llamó turkey, es decir, ‘pollo turco’. En francés es dinde, o sea, d’Inde: ‘gallina de la India’. En holandés se le conoce como kalkoen (‘gallina de Calcuta’). En portugués, en cambio, es peru porque tuvieron una pequeña confusión entre Norteamérica y Sudamérica.

En fin, ya ves que la introducción del pavo americano supuso un cataclismo culinario y lingüístico en España y en toda Europa. En cada país fueron nombrando al animal como mejor supieron, aunque eso dio lugar a denominaciones que son disparatadas desde el punto de vista geográfico. El pavo real, por su parte, siguió haciendo la rueda sin inmutarse y proclamando orgullosamente que él es el único verdadero.

 30 de Marzo de 2017  etimología, léxico
Mar 232017
 

Antiguamente podía haber excusa para no utilizar los diccionarios. Eran caros, pesados, había que levantarse ex profeso para ir a buscarlos… Hoy, si no los usas es porque no quieres. Tienes magníficas obras que son gratis y que puedes consultar a golpe de ratón o incluso con una aplicación para teléfono móvil.

Las referencias principales son el Diccionario de la lengua española (también conocido como DRAE) y el Diccionario panhispánico de dudas (o DPD). Puedes consultar ambos gratuitamente en la web de la Real Academia Española. Solo tienes que seguir los enlaces que te he puesto. El DRAE te servirá para asegurarte de que las palabras significan lo que crees que significan. Ahí es adonde acudimos todos para enterarnos de qué quiere decir inconsútil o cerúleo. El DPD está más orientado a resolver cuestiones gramaticales, ortográficas, morfológicas, etc. Aquí es donde averigua uno si el verbo advertir debe llevar detrás una preposición, si arcoíris se escribe en una palabra o en dos y cómo se conjuga el verbo asolar.

Estos dos diccionarios te van a resolver el 99 % de los problemas de léxico que se te puedan presentar mientras escribes (y es importante que los vayas resolviendo a medida que escribes). Después hay todo un arsenal del que podemos echar mano, pero que por el momento solo está disponible en papel.

El Diccionario de uso del español de María Moliner sigue siendo una de las mejores obras lexicográficas para nuestra lengua. Lo es por la claridad de las definiciones, porque contiene ejemplos abundantes y bien escogidos y porque explica también algo de gramática y ortografía cuando hace falta. Para este no hay versión en línea. Sí existe una edición en CD-ROM, pero las pocas unidades de CD que quedan en los ordenadores no creo que aguanten ahí muchos años. Sea como sea, si escribes con regularidad, deberías ir pensando en hacer hueco en las estanterías para sus dos volúmenes. Con hojearlo de vez en cuando y detenerte a leer los artículos que te llamen la atención, vas a aprender más que con algunos de los cursos de redacción que ofrecen por ahí.

Para ciertas formas de escritura puede ser útil a veces el informarse sobre los orígenes del vocabulario. Para eso, la herramienta fundamental es el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Son seiscientas páginas en las que quedó condensado lo que sabía el filólogo Joan Corominas sobre la historia de las palabras. No tiene nada que envidiarle a una buena novela en una noche de invierno.

No soy muy partidario, en cambio, de los diccionarios de sinónimos. A no ser que los sepamos utilizar muy bien, suelen hacer más daño que otra cosa. Además, todavía no he encontrado uno verdaderamente bueno para nuestra lengua.

Por lo demás, en cuestión de vocabulario, cuanto más sabe uno, más duda. Es fundamental que consultes todas las palabras que te producen inseguridad y también algunas de las que no. Estas son las que nos suelen tender las zancadillas más traicioneras.

La gramática y el vocabulario se aprenden de maneras completamente diferentes. La primera la absorbemos en lo fundamental durante los primeros años de vida. Después solamente le vamos dando retoques. El aprendizaje del léxico, en cambio, se prolonga durante toda nuestra existencia. Si algún día te percatas de que se va haciendo tarde y no has aprendido ninguna palabra, no descartes la posibilidad de que estés muerto y no te hayas enterado.

 23 de Marzo de 2017  diccionarios, redacción
Mar 162017
 

La palabra carné es un préstamo del francés. Un carné es, en primer lugar, una tarjeta que sirve para acreditar la identidad de su propietario o para identificarle como miembro de alguna asociación o colectivo:

(1) Sancho se puso los guantes para examinar la foto del carné de identidad, modelo antiguo y caducado [César Pérez Gellida: Memento mori].

Menos frecuentemente, puede referirse a un cuadernito para apuntar cosas, como en el ejemplo (2):

(2) Pero también revólveres, jarrones, espejos y un carné de baile, una diminuta libreta usada por las damas en las galas para apuntar por orden las peticiones masculinas [El País (España), 2-2-2001].

Este nombre admite dos grafías: carnécarnet. Es preferible usar la primera, que es la forma castellanizada. Por lo que respecta a la lengua oral, la pronunciación sin te final no solo refleja la del original francés, sino que resulta más natural y relajada en nuestra lengua: [karné].

Ambas variantes añaden una ese para formar el plural:

(3) el carné > los carnés

(4) el carnet > los carnets

En la edición de 2014, el Diccionario de la lengua española recogió por fin el verbo carnetizar, que se emplea en algunos países de América para referirse al acto de proveer de carné a personas o grupos. También se admite el sustantivo carnetización.

La alternancia ortográfica que hemos mencionado no es exclusiva de la palabra carné. Está generalizada entre los galicismos que, en francés, terminan en -et: chalé/chalet, bidé/bidet, parqué/parquet, bufé/bufet. En todos los casos se prefiere la variante castellanizada.

En resumen, no se va a rasgar el cielo si escribes o dices carnet, pero lo que recomiendan las Academias de la Lengua y lo que te aconsejo yo modestamente es que te quedes con carné.

 16 de Marzo de 2017  léxico, ortografía, sustantivo
Mar 092017
 

En lingüística también hay prótesis. Se denomina así a los sonidos que se agregan al principio de alguna palabra. En español, concretamente, es muy frecuente la e protética. Esta vocal se antepone a ciertas secuencias iniciales de consonantes para facilitar la pronunciación.

En época latina, los habitantes de la península ibérica se encontraron con una dificultad para aprender la lengua de Roma: eran incapaces de pronunciar la ese líquida, o sea, la que aparece al principio de una palabra y va seguida de otra consonante. Los romanos decían con la mayor soltura spuma, statuascriptura. En cambio, nuestros antepasados se trabucaban con tanta consonante o al menos eso es lo que parece indicar la evolución de estas tres palabras y otras parecidas: se les añadió una e de apoyo que las dejó transformadas en nuestras actuales espuma, estatua, escritura. Ninguna ese líquida sobrevivió en el paso del latín al castellano.

No hemos superado nuestra limitación articulatoria en el curso de los milenios. En las últimas décadas hemos tomado muchos préstamos del inglés. Unos cuantos comienzan por ese líquida, por ejemplo, snob y spray. Sin embargo, nadie pronuncia estos nombres como en la lengua original. Sistemáticamente, les añadimos una e protética. Por eso, su grafía oficial se ha castellanizado como esnob, espray y con esta forma los encontraremos en el diccionario.

Además, esto no nos pasa solamente cuando introducimos palabras extranjeras en nuestra lengua. Cuando nos ponemos a estudiar otro idioma, tropezamos con el mismo escollo. En inglés o en francés se nos reconoce fácilmente por nuestra afición a deslizar una e cada vez que nos topamos con una ese líquida. Por ejemplo, si un hispanohablante intenta decir en francés structure spirale, hay muchas posibilidades de que transforme esa combinación en [estriktír espirál] o algo por el estilo. Si tratamos de explicarle a un amigo inglés que nos gusta el deporte (I like sports), lo más fácil es que acabemos diciendo [ai láik espórts].

Cada idioma tiene sus particularidades fonéticas y esta es una de las del nuestro. No es quizás la más llamativa, pero sí que se ha revelado como extraordinariamente constante a lo largo de la historia. Y ahora, si tienes lo que hay que tener, prueba a decir: Skiing is special in Spain (que viene a ser ‘esquiar en España es algo especial’).

 

 9 de Marzo de 2017  lengua oral
Mar 022017
 

Las lenguas cambian. Están en constante cambio y no pueden dejar de cambiar. Esto es un hecho. Pero ¿por qué se produce esta transformación incesante?

A menudo se cita el deseo de expresividad como uno de los factores que motivan el cambio lingüístico. Los hablantes, por lo general, somos comodones. Tendemos a servirnos de fórmulas que nos resultan familiares y que nos exigen el mínimo esfuerzo. Sin embargo, de vez en cuando, se despierta en nosotros el deseo de ser creativos para darles así más fuerza a nuestras palabras. Eso nos lleva a sustituir expresiones manidas y rutinarias por otras nuevas e inventadas.

En mi variedad de español, lo normal es decir que son “las cinco menos veinte”. Esta manera de decir la hora es breve, es informativa, se entiende con facilidad dentro de mi grupo de hablantes y cubre mis necesidades lingüísticas el 99,9 % de las veces. Sin embargo, cuando queremos captar la atención y destacar, no nos conformamos con la forma habitual, sino que inventamos giros que rompen las expectativas. Así, un locutor que quiere mantener a sus oyentes pegados a la radio podrá recurrir a rodeos como estos: “Cuando faltan veinte minutos para las cinco”, “A falta de veinte minutos para las cinco de la tarde” o “Veinte minutos más y llegaremos a las cinco de la tarde”.

Cuando una expresión innovadora tiene éxito, empieza a ser repetida por más y más hablantes. De esta manera, puede ir haciéndose un hueco entre el repertorio de expresiones de una comunidad lingüística. Con el paso de los años (o de los siglos), esa forma que un día fue original irá desgastándose. Se incorporará al acervo de las expresiones estándar de esa lengua y se convertirá en candidata a ser arrinconada por otras expresiones más innovadoras. El futuro del verbo cantar en latín era cantabo. Ese tiempo verbal fue desplazado poco a poco por una expresión nueva: la perífrasis cantare habeo, que originariamente tenía un significado de obligación (‘tengo que cantar’). El uso, a lo largo de los siglos, fue erosionando esta perífrasis. Al final quedó reducida a lo que hoy es el futuro de indicativo: cantar-é, cantar-ás, cantar-á (prueba a separar las desinencias y comprobarás que lo que hay detrás es el verbo haber, al que simplemente le falta la hache). Sin embargo, hoy apenas utilizamos ese tiempo verbal para expresar futuro porque tenemos una perífrasis más reciente formada sobre una idea de movimiento: voy a cantar. Como ves, lo que hemos hecho a lo largo de miles de años es ir dando vueltas en círculo o quizás en espiral.

Lo humorístico tiene un papel destacado en estos mecanismos de creatividad expresiva. En latín clásico, ‘pierna’ se decía crus, cruris, pero los hablantes se empezaron a poner de acuerdo en que era más divertido llamar a eso ‘jamón’ (imagínate a un legionario riéndose de sus compañeros o a un abuelo entusiasmado con los jamoncitos de su nieta). El caso es que fue ganando terreno este uso de la palabra que servía para nombrar los jamones en latín, o sea, perna. Hoy en español no queda rastro del clásico crus, cruris como no sea en el tecnicismo crural (‘relativo al muslo’). Se ha impuesto la palabra pierna y nos inventamos otras metáforas cuando queremos nombrar esa parte del cuerpo con una cierta expresividad: pueden ser palillos, patas (como las de los animales) o, por supuesto, jamones. Descubrimos aquí una vez más el movimiento de noria que es tan característico del cambio lingüístico.

‘Cabeza’ en latín era caput, capitis, pero en la lengua coloquial se fue haciendo cada vez más normal sustituir ese nombre por testa, que significaba ni más ni menos que ‘tiesto’. De manera parecida, nosotros nos referimos a las cabezas como ollas, cacerolas o similares. De ese tiesto del latín coloquial salieron sustantivos tan respetables como el francés tête, el italiano testa y términos castellanos que hoy tienen poco uso, como testatestuz.

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero lo que hemos contado hasta aquí basta para ilustrar cómo los hablantes a veces sienten ganas de innovar, de ser originales, de llamar la atención o, simplemente, de jugar con el lenguaje. Cuando esas invenciones triunfan, la lengua se va modificando. Así ha sido desde que los seres humanos empezamos a hablar y así será hasta el día en que callemos definitivamente.

 2 de Marzo de 2017  lenguas
Feb 232017
 

El sustantivo mano no nos llama la atención porque lo hemos utilizado hasta la saciedad, pero lo cierto es que es raro raro raro.

Sus extravagancias empiezan por el género. Es uno de los pocos femeninos terminados en -o que tenemos en español. Sus compañeros son algunos acortamientos como la moto (< motocicleta), algún cultismo como la libido y pocos más (no vamos a contar los que alternan entre el masculino y el femenino, como el piloto/la piloto).

También ha sido especial su evolución histórica. Mano en latín se decía manus, -us. Formaba parte de un exiguo grupo de femeninos de la cuarta declinación. Eso de que un nombre femenino terminara en -us ya era una rareza en latín. Esa era la terminación típica del masculino (de ahí vienen nuestros masculinos en -o). Los femeninos en -us no salieron muy bien parados en el paso al castellano. Casi todos desaparecieron. Los que sobrevivieron tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Algunos mudaron la terminación para no destacar. La nurus de la Roma clásica acabó convertida en la nuera castellana. Y la sucrus se reconvirtió en suegra para no ser menos. Otros se pasaron al masculino para amoldarse a su terminación. Por eso, la pinus nigra es hoy el pino negro. La manus latina fue la única que después de pasar los filtros castellanos se mantuvo como mano (la tribu se quedó en tierra de nadie con esa terminación en -u, pero eso nos daría para otro artículo).

Las excentricidades de mano continúan con los diminutivos. Unos decimos la manita y otros la manito. La forma manita es la más frecuente en España y en México, pero es una construcción peculiar. Los otros femeninos en -o conservan su terminación:

(1) la moto > la motito

(2) la foto > la fotito

Incluso, si alguien quisiera referirse cariñosamente a su libido, seguiría el mismo patrón:

(3) la libido > la libidito

Por tanto, el diminutivo la manito se limita a seguir la regla general. Esta variante, que tanto nos choca a los españoles, es la más frecuente en América, con la excepción de México.

Pero no acaban aquí las complicaciones del diminutivo. Hay un tercero en discordia: manecita. Este es el modelo que sigue la palabra manecilla, que se ha especializado para nombrar a las agujas del reloj. Y ni siquiera aquí conseguimos ponernos de acuerdo todos los hablantes. Algunos prefieren hablar de las manillas del reloj y hay incluso quien las denomina manijas. Esta última palabra es la heredera del diminutivo latino de mano: manicula.

Como ves, la palabra mano, acumula más rarezas de lo que uno pudiera esperar. La explicación es simple: la mano, como órgano de nuestro cuerpo, es importantísima para los seres humanos. Eso hace que utilicemos su nombre muy a menudo. De ahí que recordemos todas sus particularidades, que se perderían si esta palabra tuviera menos uso.

 23 de Febrero de 2017  léxico, sustantivo
Feb 162017
 

Este principio está muy relacionado con el de ir al grano. No solo tienes que ir directamente al meollo de la cuestión, sino que debes presentar esta de forma concisa. En contra de lo que pueda parecer, es más complicado escribir textos breves que dejar que nuestros escritos se alarguen indefinidamente. Lo uno necesita trabajo; para lo otro basta con dar salida a la incontinencia verbal.

La brevedad se les puede y debe exigir a todos los niveles del texto. Vayamos por orden. Empecemos por la extensión total del artículo. Esta debe ser la mínima para tratar de manera completa el contenido. Además, el tamaño del artículo tiene que permitir leerlo de una sentada (las sentadas cada vez son más cortas en el mundo digital). Si tu artículo crece y crece sin que se le vea el final, probablemente es porque no tiene unidad de contenido. En ese caso puede ser más sensato trocearlo y sacar de allí dos o tres diferentes. En cualquier caso, cuando des por concluido el texto, revísalo mientras te haces esta pregunta: ¿cómo puedo contar esto mismo de manera más breve?

Los párrafos también deben tener una extensión moderada. Un párrafo que se prolonga durante una infinidad de líneas invita al lector a salir corriendo. No obstante, tan peligrosos son los párrafos demasiado largos como los que se quedan cortos. De los párrafos tendremos que hablar en otro momento, así que no nos detendremos en ellos por ahora.

La longitud de tus oraciones también se debe mantener bajo control. No hay sitio en Internet para las frases largas y ampulosas. Si notas que una oración se va alargando más allá de lo razonable, probablemente es porque hay un problema de estructura. Las oraciones inacabables son cerezas que vamos sacando de un cesto enganchadas las unas a las otras. Redactar con oraciones breves no es más que separar ideas y ordenarlas. Muchas personas descuidan esto porque la redacción con oraciones breves es exigente y requiere un considerable trabajo de planificación y revisión. Sin embargo, la brevedad es una muestra de cortesía del escritor para con el lector. Cuanto más se afana quien redacta, más accesible resulta el texto para quien lo tiene que leer.

La brevedad está muy relacionada con el uso económico del vocabulario. Si lo puedes decir con una palabra, no lo digas con dos (y mucho menos con cinco o seis). Es mejor registrar la vivienda que llevar a cabo el registro de la vivienda. Tu lector lo va a preferir: va a terminar de leer antes y se va a enterar mejor. Es preferible mayor a más grande. Resulta más efectivo y directo impide que no permite. Trata de encerrar tanto contenido como puedas en cada una de tus palabras. Eso sí, esta necesidad la tendremos que compaginar con la de variación, que es exigible a todo escrito.

Por último, la exigencia de brevedad también se aplica a la forma de las palabras. Si ves oportunidad de escribir ya en lugar de inmediatamente, no andes dudándolo. Es mejor contar que contabilizar o ver que visualizar. El utilizar una palabra larga en lugar de una breve solo está justificado si aporta más precisión o si nos permite introducir variación en el texto.

La búsqueda de la brevedad resulta imprescindible para escribir un blog, pero es recomendable prácticamente para cualquier tipo de texto.

 16 de Febrero de 2017  varios