Feb 232017
 

El sustantivo mano no nos llama la atención porque lo hemos utilizado hasta la saciedad, pero lo cierto es que es raro raro raro.

Sus extravagancias empiezan por el género. Es uno de los pocos femeninos terminados en -o que tenemos en español. Sus compañeros son algunos acortamientos como la moto (< motocicleta), algún cultismo como la libido y pocos más (no vamos a contar los que alternan entre el masculino y el femenino, como el piloto/la piloto).

También ha sido especial su evolución histórica. Mano en latín se decía manus, -us. Formaba parte de un exiguo grupo de femeninos de la cuarta declinación. Eso de que un nombre femenino terminara en -us ya era una rareza en latín. Esa era la terminación típica del masculino (de ahí vienen nuestros masculinos en -o). Los femeninos en -us no salieron muy bien parados en el paso al castellano. Casi todos desaparecieron. Los que sobrevivieron tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Algunos mudaron la terminación para no destacar. La nurus de la Roma clásica acabó convertida en la nuera castellana. Y la sucrus se reconvirtió en suegra para no ser menos. Otros se pasaron al masculino para amoldarse a su terminación. Por eso, la pinus nigra es hoy el pino negro. La manus latina fue la única que después de pasar los filtros castellanos se mantuvo como mano (la tribu se quedó en tierra de nadie con esa terminación en -u, pero eso nos daría para otro artículo).

Las excentricidades de mano continúan con los diminutivos. Unos decimos la manita y otros la manito. La forma manita es la más frecuente en España y en México, pero es una construcción peculiar. Los otros femeninos en -o conservan su terminación:

(1) la moto > la motito

(2) la foto > la fotito

Incluso, si alguien quisiera referirse cariñosamente a su libido, seguiría el mismo patrón:

(3) la libido > la libidito

Por tanto, el diminutivo la manito se limita a seguir la regla general. Esta variante, que tanto nos choca a los españoles, es la más frecuente en América, con la excepción de México.

Pero no acaban aquí las complicaciones del diminutivo. Hay un tercero en discordia: manecita. Este es el modelo que sigue la palabra manecilla, que se ha especializado para nombrar a las agujas del reloj. Y ni siquiera aquí conseguimos ponernos de acuerdo todos los hablantes. Algunos prefieren hablar de las manillas del reloj y hay incluso quien las denomina manijas. Esta última palabra es la heredera del diminutivo latino de mano: manicula.

Como ves, la palabra mano, acumula más rarezas de lo que uno pudiera esperar. La explicación es simple: la mano, como órgano de nuestro cuerpo, es importantísima para los seres humanos. Eso hace que utilicemos su nombre muy a menudo. De ahí que recordemos todas sus particularidades, que se perderían si esta palabra tuviera menos uso.

 23 de Febrero de 2017  léxico, sustantivo
Feb 162017
 

Este principio está muy relacionado con el de ir al grano. No solo tienes que ir directamente al meollo de la cuestión, sino que debes presentar esta de forma concisa. En contra de lo que pueda parecer, es más complicado escribir textos breves que dejar que nuestros escritos se alarguen indefinidamente. Lo uno necesita trabajo; para lo otro basta con dar salida a la incontinencia verbal.

La brevedad se les puede y debe exigir a todos los niveles del texto. Vayamos por orden. Empecemos por la extensión total del artículo. Esta debe ser la mínima para tratar de manera completa el contenido. Además, el tamaño del artículo tiene que permitir leerlo de una sentada (las sentadas cada vez son más cortas en el mundo digital). Si tu artículo crece y crece sin que se le vea el final, probablemente es porque no tiene unidad de contenido. En ese caso puede ser más sensato trocearlo y sacar de allí dos o tres diferentes. En cualquier caso, cuando des por concluido el texto, revísalo mientras te haces esta pregunta: ¿cómo puedo contar esto mismo de manera más breve?

Los párrafos también deben tener una extensión moderada. Un párrafo que se prolonga durante una infinidad de líneas invita al lector a salir corriendo. No obstante, tan peligrosos son los párrafos demasiado largos como los que se quedan cortos. De los párrafos tendremos que hablar en otro momento, así que no nos detendremos en ellos por ahora.

La longitud de tus oraciones también se debe mantener bajo control. No hay sitio en Internet para las frases largas y ampulosas. Si notas que una oración se va alargando más allá de lo razonable, probablemente es porque hay un problema de estructura. Las oraciones inacabables son cerezas que vamos sacando de un cesto enganchadas las unas a las otras. Redactar con oraciones breves no es más que separar ideas y ordenarlas. Muchas personas descuidan esto porque la redacción con oraciones breves es exigente y requiere un considerable trabajo de planificación y revisión. Sin embargo, la brevedad es una muestra de cortesía del escritor para con el lector. Cuanto más se afana quien redacta, más accesible resulta el texto para quien lo tiene que leer.

La brevedad está muy relacionada con el uso económico del vocabulario. Si lo puedes decir con una palabra, no lo digas con dos (y mucho menos con cinco o seis). Es mejor registrar la vivienda que llevar a cabo el registro de la vivienda. Tu lector lo va a preferir: va a terminar de leer antes y se va a enterar mejor. Es preferible mayor a más grande. Resulta más efectivo y directo impide que no permite. Trata de encerrar tanto contenido como puedas en cada una de tus palabras. Eso sí, esta necesidad la tendremos que compaginar con la de variación, que es exigible a todo escrito.

Por último, la exigencia de brevedad también se aplica a la forma de las palabras. Si ves oportunidad de escribir ya en lugar de inmediatamente, no andes dudándolo. Es mejor contar que contabilizar o ver que visualizar. El utilizar una palabra larga en lugar de una breve solo está justificado si aporta más precisión o si nos permite introducir variación en el texto.

La búsqueda de la brevedad resulta imprescindible para escribir un blog, pero es recomendable prácticamente para cualquier tipo de texto.

 16 de Febrero de 2017  varios
Feb 072017
 

Resiliencia es un sustantivo que la Real Academia Española incorporó al Diccionario de la lengua española (DRAE) en su edición de 2014. Es una de las muchas palabras que hemos ido tomando del inglés en los últimos tiempos.

Resiliencia es ‘resistencia’, pero no una forma de resistencia cualquiera. La clave para entender su uso nos la va a dar la etimología. El inglés resilience está formado sobre el verbo latino resilire, que significaba ‘rebotar’. En este verbo latino, identificamos, a su vez, el prefijo re-, que indica repetición, y el verbo salire, que aporta la noción de ‘saltar’. La resiliencia es la capacidad para rebotar ante un impacto.

A partir de ahí se desarrolla el significado terminológico de ‘elasticidad de los materiales, capacidad de un material para recuperar su forma original después de doblarlo, retorcerlo, aplastarlo, etc.’. Veamos un ejemplo tomado de un artículo científico:

(1) La reacción de un material cuando la carga es retirada es recuperar parte de la deformación inducida; la capacidad de recuperación de dicho material es lo que comúnmente se denomina la resiliencia de los materiales [Julián Vidal y Rodrigo Osorio: Revista de la Universidad EAFIT, 2002 (125)].

Este primer significado se irá ampliando para incluir la capacidad de recuperación de mecanismos, (eco)sistemas, etc.

Sin embargo, esta palabra se conoce hoy día sobre todo por el amplio uso que se hace de ella en las ciencias sociales y, muy especialmente, en psicología. Ha pasado aquí a significar la capacidad de una persona para rehacerse ante las adversidades, para salir adelante a pesar de traumas, agresiones, pobreza extrema, etc. Ese es el significado que presenta en el siguiente ejemplo:

(2) La resiliencia protege de la adversidad, sin embargo su conocimiento científico es aún
escaso [Isabel Pérez-Olmos y otros: Revista de Salud Pública, 2005 (11)].

Este término de las ciencias sociales encierra una imagen: las personas (por lo menos algunas) tienden a recuperar su forma original después de sufrir un choque psicológico, una presión, algún acontecimiento traumático del que esperaríamos que deformara o incluso quebrara su personalidad.

Esta segunda acepción es hoy la más frecuente con diferencia. Queda recogida de forma general en una de las acepciones del DRAE:

(3) Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos [DRAE: resiliencia].

No estaría de más afinar un poco en la siguiente edición. Se podría indicar que es un concepto que se aplica específicamente a la psicología humana.

Existe también el adjetivo resiliente, que es lo relativo a la resiliencia.

Así que ya sabes: ante las adversidades de la vida, ¡resiliencia!

Nota: El ejemplo (2) está tomado de Real Academia Española: Banco de datos (CORPES XXI) [en línea]. Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES). <http://www.rae.es> [acceso: 7-2-2017].

 7 de Febrero de 2017  etimología, léxico, sustantivo
Ene 312017
 

No se estrenan todos los días películas protagonizadas por lingüistas, así que no he podido resistirme a la tentación de escribir una reseña sobre La llegada (Arrival). La llegada nos adentra en una aventura lingüística que constituye el máximo desafío al que se puede enfrentar un profesional de las lenguas.

Louise Banks (Amy Adams) se dispone a impartir una clase sobre el portugués a los estudiantes de su universidad cuando se produce un hecho que va a cambiar el curso de la historia. Doce naves espaciales aterrizan en diferentes puntos del planeta. Uno de ellos son las praderas del Estado de Montana.

La profesora Banks ha colaborado anteriormente con los servicios de inteligencia estadounidenses, por lo que el coronel Weber (Forest Whitaker) la recluta para que los ayude a preguntar a los alienígenas si vienen en son de paz o si pretenden achicharrarnos con rayos interestelares. Su compañero sobre el terreno en Montana será Ian Donnelly (Jeremy Renner), experto en física procedente del Laboratorio Nacional de Los Álamos.

Los alienígenas resultan ser una especie de pulpos con siete tentáculos que son los que se toman como referencia para nombrarlos: los heptápodos. La Dra. Banks establece contacto con ellos en el interior de la nave. Los militares esperan que sea capaz de traducirles sobre la marcha la lengua de los alienígenas; pero, claro, estas cosas son más complicadas.

A lo largo de la historia las civilizaciones de la Tierra se han ido descubriendo unas a otras y han llegado a entenderse a pesar de hablar lenguas que en un primer momento resultaban misteriosas. Los seres humanos nos expresamos en idiomas diferentes, pero todos los pueblos habidos y por haber tienen un idioma. Estos pueden estar muy alejados en apariencia, pero en el fondo están organizados sobre unas estructuras comunes que vienen dadas por la propia constitución de nuestro cuerpo y de nuestra mente.

Los sonidos que pueden producir nuestros órganos fonadores son los que son. Quizás un idioma determinado seleccione una vocal un poco rara o tenga debilidad por secuencias de consonantes más bien inverosímiles, pero al final todos hablamos con la misma boca. Y lo que es más importante: todos pensamos con las mismas estructuras. El cerebro humano está conformado de una misma manera en todos y cada uno de los rincones del planeta. Eso da lugar a unas estructuras cognitivas que son compartidas desde España a Indonesia, desde las selvas del Amazonas a las plantas nobles del One World Trade Center. Nos podrá costar al principio, pero el éxito final de la comunicación entre grupos humanos diferentes está garantizado.

Cuando se produce el contacto con una civilización extraterrestre, la cosa cambia. La primera tarea de la Dra. Banks es descubrir si los calamares gigantes poseen la facultad del lenguaje. En el encuentro inicial se percata de que emiten una especie de chirridos o chillidos que podrían servir de soporte a significados, de manera análoga a lo que ocurre en los lenguajes humanos. Sin embargo, la estructura de estos sonidos tiene poco que ver con la de nuestras emisiones vocales. La tarea de interpretar el idioma alienígena por esta vía resulta cuando menos descorazonadora. Además hay un problema básico.

En nuestro mundo es fácil sentar las bases de una comunicación oral rudimentaria gracias a las referencias que compartimos. Si yo no sé coreano, siempre me quedará el recurso de enseñarle a un coreano una manzana y preguntarle cómo se llama en su idioma. Después me podrá ir enseñando las palabras para el agua, la mano o el sol. En una fase posterior podremos empezar con acciones simples como correr o comer. Poco a poco nos iremos entendiendo. El problema con los heptápodos es que no pueden tener una palabra para ‘manzana’ por la sencilla razón de que en su mundo no hay manzanas de reineta ni peras conferencia. Ni siquiera sabemos si existe algo parecido a la vida vegetal. Difícilmente nos podrán enseñar cómo se dice ‘correr’, puesto que no tienen pies. No hay muchas posibilidades de entablar comunicación por esta vía por la sencilla razón de que nos falta el apoyo de una realidad compartida.

La solución que se le ocurre a la sagaz Louise Banks es pasarse al lenguaje escrito. El análisis de unos registros estáticos puede resultar más viable. Los lingüistas han acumulado una larga experiencia a lo largo de la historia descifrando los testimonios escritos de antiguas civilizaciones (unas veces con más éxito y otras con menos, pero es un reto al que sabemos enfrentarnos). ¿Tendrán algún tipo de escritura estos seres?

Resulta que, como buenos calamares, lanzan chorros de tinta. Con ellos forman unos aros ramificados que tienen toda la pinta de representar información. Siempre que se ha descifrado una lengua escrita se ha empezado por el mismo sitio: encontrar una palabra que podamos reconocer (o mejor si son varias). Se trata de agarrar un hilo del que empezar a tirar para deshacer por ahí toda la tela. Nuestra asendereada lingüista empieza con lo poco que tiene a mano: la denominación para ser humano y el nombre que se da a sí misma la raza de nuestros visitantes. También le van a servir de ayuda los nombres propios: el suyo, el de su colega Ian y el de los dos heptápodos con los que se entrevistan.

A partir de ahí, Louise se va enfrentando a la tarea de descifrar lo que resulta ser un sistema de escritura no lineal. Con la ayuda de un ordenador y con mucha intuición va analizando la poca evidencia lingüística que logra recoger. Empieza a identificar regularidades en las astas que flanquean los círculos de tinta. Eso es cuanto necesita para empezar a reconocer significados. Pero no es suficiente. Para descubrir el propósito que guía a los heptápodos, necesita descubrir si en su lenguaje existen estructuras básicas como la pregunta o nociones como la finalidad o intención.

Los avances se van sucediendo, pero llegados a un cierto punto ella y los expertos que están trabajando de manera independiente en otros puntos del planeta se dan de bruces con uno de los escollos de la comunicación: la ambigüedad. Una palabra, una sola palabra está a punto de desencadenar una catástrofe para la humanidad. La culpable es la polisemia. No voy a explicar aquí los detalles para no reventarte la película, pero sí que voy a dejar caer una pista. En nuestro idioma, una misma palabra como hoja se puede referir a realidades tan inocentes como los órganos vegetativos que cuelgan de los árboles o una lámina de papel, pero también a otras tan amenazadoras como la parte cortante de una espada o de una guillotina. En el idioma de los heptápodos parece que se dan también coincidencias semejantes…

Por suerte, la Dra. Banks alcanza el conocimiento pleno de la lengua alienígena en un momento de revelación que recuerda el Pentecostés de la tradición cristiana. Esto le abre las puertas de un nuevo nivel de conciencia y le permite alcanzar cierta forma de conocimiento que va implícita en el nuevo idioma. Este momento trascendental va a alterar de raíz la vida de la protagonista y el futuro de la humanidad.

Y hasta aquí puedo leer.

Hay algunos puntos de la película que me parecen especialmente interesantes. Para empezar, que sea la lingüista quien aporte un conocimiento nuevo e inesperado a la humanidad. El físico Ian Donnelly, como representante de las ciencias duras, queda relegado a un papel subalterno. Además, es una mujer quien lleva la batuta. Los hombres tienen un papel subordinado en el empeño de comunicarse con los representantes de la civilización exterior. Por otra parte, sus intervenciones suelen entorpecer el éxito de la misión, más que facilitarlo.

Hay también algunos puntos cuestionables. El principal es probablemente el dominio absoluto por parte de la Dra. Banks de lenguas tan dispares como el portugués, el farsi, el chino mandarín o el sánscrito. Parece como si el ser lingüista la facultara para comprender cualquier idioma de este mundo o de cualquier otro.

La llegada es imprescindible para cualquier lingüista o filólogo, independientemente de su especialidad. Tampoco disgustará a traductores e intérpretes, que se verán confrontados con algunos de los retos de su profesión. Pero por encima de eso, será un placer para toda persona que sienta curiosidad por el lenguaje o se sienta atraída por la aventura del conocimiento.

Que conste que no me llevo ningún tipo de comisión por esta reseña, pero si me está leyendo alguien de la distribuidora, que sepan que me pueden invitar al estreno de su próxima película protagonizada por lingüistas. Yo creo que son los héroes que está pidiendo hoy la sociedad.

Ficha de la película:

Título: La llegada

Título original: Arrival

País: Estados Unidos

Año: 2016

Duración: 1 hora y 56 minutos

Director: Denis Villeneuve

Guion: Eric Heisserer (a partir de un relato de Ted Chiang)

Protagonistas: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker

Música: Jóhann Jóhannsson

Fotografía: Bradford Young

Distribuidora: Paramount

 31 de Enero de 2017  reseñas, varios
Ene 242017
 

Los nombres de los números tienen su plural como cualquier sustantivo que se precie. Este se construye de manera regular; es decir, cuando la palabra en cuestión acaba en vocal, añade la terminación -s:

(1) el cero > los ceros

(2) el siete > los sietes

En cambio, cuando acaba en consonante, toma la terminación -es:

(3) el tres > los treses

(4) el diez > los dieces

El ejemplo (4) tiene un cambio de consonante (z > c) que viene dictado por las reglas de ortografía del español, que por lo general no admiten una zeta ante la vocal e.

No es difícil imaginar contextos en los que podamos usar las formas anteriores, por ejemplo, hablando de las cartas de la baraja:

(5) Sisebuto barajó y nos fue repartiendo las cartas. A mí solamente me salían doses y treses.

Algunos de estos plurales se han convertido en palabras independientes con un significado específico. Por ejemplo, si vamos a Sevilla, nos enteraremos de que los seises son diez (!) niños que celebran una danza ritual en la catedral de esa ciudad. Aunque hoy día sumen una decena, originariamente fueron seis y de ahí salió su nombre. A partir de la forma de plural seises se creó un singular regresivo seise, que es el nombre que se le da a cada una de estas criaturas.

También es interesante el plural cienes. Esta forma solo es correcta en los (raros) casos en que estamos nombrando al número cien (en lugar de utilizarlo con su valor). Por ejemplo, imagínate una tarea en la que le mandamos a alguien lo siguiente:

(6) Subraya todos los veintes y todos los cienes que encuentres en esta tabla.

Casi nunca formamos oraciones como (6). En todos los demás casos, cienes es un vulgarismo. El plural de cien cuando nos estamos refiriendo a cantidades (en lugar de nombrar el número) es cientos. Por tanto, una expresión como la de (7) es incorrecta:

(7) Te lo he explicado cienes y cienes de veces.

Debemos decir esto otro en su lugar:

(8) Te lo he explicado cientos y cientos de veces.

Un matemático, naturalmente, se aproximaría a los números como abstracciones (o yo qué sé qué cosas), pero los lingüistas nos preocupamos de cuestiones tan peregrinas como el nombre que recibe cada uno de ellos en un idioma y sus posibles plurales.

 24 de Enero de 2017  morfología, sustantivo
Ene 172017
 

En la lengua coloquial de España, una de las acepciones del verbo descambiar es ‘deshacer una compra, llevar un producto a la tienda para que nos devuelvan el dinero’. Así es como lo utiliza Antonio Soler en una de sus novelas:

(1) […] hasta que mi madre le pudo comprar otro traje blanco y unos zapatos nuevos que él descambió en la zapatería Moncayo porque le parecía que los suyos todavía le podían servir [Antonio Soler: El espiritista melancólico].

La lógica que hay detrás es la siguiente. El cambio inicial es el que hacemos al entregar dinero para adquirir un artículo. Posteriormente, deshacemos ese cambio cuando devolvemos el objeto en cuestión para recuperar su importe.

Este uso es impecable. Simplemente hay que tener en cuenta que su lugar está en la conversación con amigos y familiares o quizás en obras literarias que se hacen eco de esta forma desenfadada de hablar.

En países de Centroamérica y de la zona septentrional de Sudamérica, a descambiar se le da el sentido de ‘convertir un billete o una moneda grandes en moneda más pequeña’. Tenemos documentado este uso nada menos que en una obra de Miguel Ángel Asturias:

(2) El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquella no tenía vuelto y fue a descambiar [Miguel Ángel Asturias: El señor presidente].

Curiosamente, también puede tener el significado contrario, es decir, cambiar moneda menuda por piezas de más valor. Esto no tiene nada de extraño. En nuestra lengua hay más palabras que pueden significar una cosa y la contraria.

Para quienes ponen en duda la alcurnia de este verbo, diremos que no es ni mucho menos un invento reciente. La Academia lo recoge en el Diccionario de la lengua española desde 1843.

En definitiva, el uso de descambiar como ‘devolver un artículo para recuperar el dinero’ es correcto y cuenta con una larga tradición. Hay que saber, eso sí, en qué contextos y situaciones conviene utilizarlo (o no).

 17 de Enero de 2017  léxico, verbo
Ene 102017
 

Los verbos ingerir e injerir tienen una escritura muy parecida y se pronuncian igual, pero tienen significados diferentes.

Ingerir es meter en la boca comida, bebida o alguna otra sustancia para que llegue al estómago. Aquí tenemos un ejemplo de uso tomado de una novela:

(1) Sintió un conato de mareo, no había ingerido nada sólido desde las tres de la tarde y era casi la una del nuevo día [José Luis Martínez Ibáñez: Siempre juntos].

Este verbo se escribe con ge en todas las formas de su conjugación (sin excepción alguna). El siguiente truco te puede ayudar a recordarlo. Ingerir es tragar. Tragar se escribe con ge e ingerir también.

Injerir, por su parte, es un verbo propio de registros de lengua elevados. Tiene muy poco uso en el idioma actual. Cuando aparece, normalmente lo hace en su forma reflexiva: injerirse, que significa ‘entrometerse’ o ‘inmiscuirse’. Se utiliza sobre todo en el ámbito de la política, las instituciones y las relaciones internacionales, como en este ejemplo, tomado de un texto periodístico:

(2) El ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, negó hoy de manera categórica que Moscú se injiera en los asuntos internos de Ucrania, ya que ello va contra sus propios intereses [La Vanguardia (España), 14-4-2014].

Este verbo se escribe con jota en todas las formas de su conjugación.

A partir de injerir se deriva el sustantivo injerencia, que es lo mismo que intromisión.

(3) El Alto Tribunal carecía de independencia y, según jueces y abogados, sufría injerencias políticas [Amnistía Internacional: Informe 2011: el estado de los derechos humanos en el mundo].

El ejemplo (3) nos explica que cierto tribunal sufre intromisiones por parte de las fuerzas políticas.

Los dos verbos (ingeririnjerir) siguen el modelo de conjugación de sentir. Si te asaltan las dudas con alguna de sus formas, lo único que tienes que hacer es buscar la equivalente de sentir:

Sentir > sintió

Por tanto:

Ingerir > ingirió

Lo que me interesa de todo esto es que el verbo que se utiliza normalmente es ingerir, que siempre lleva ge. A no ser que escribas sobre política o relaciones internacionales, te puedes pasar toda una vida sin encontrar una oportunidad de usar correctamente injerir (con jota).

 10 de Enero de 2017  léxico, ortografía, verbo
Dic 202016
 

Cruasán es la castellanización de la palabra francesa croissant. El nombre francés significa ‘media luna’, por la forma que tiene este bollo de hojaldre.

Lo más recomendable cuando se escribe en español es utilizar la forma castellanizada, tal como se hace en este ejemplo:

(1) No recordaba lo bueno que era algo tan simple como un cruasán ni lo bueno que estaba un café con leche [Julio Espinosa Guerra: La fría piel de agosto].

La única pronunciación correcta es la que refleja esa palabra, o sea, [kruasán]. Debemos evitar las variantes populares curasán, croasán, crusán, curasao, etc.

Si alguien tiene mucho empeño, puede mantener el galicismo crudo, como en este ejemplo de Eduardo Galeano:

(2) Otro símbolo de Francia, el croissant, nació en Viena [Eduardo Galeano: Espejos: una historia casi universal].

Si nos inclinamos por la grafía francesa, hay que tener la precaución de destacar la palabra en cursiva (o entrecomillarla si estamos escribiendo a mano). No obstante, hay que advertir que esta opción tiene como mínimo tres inconvenientes:

a) No permite reflejar en la escritura el plural cruasanes.

b) Puede dar pie a faltas de ortografía si no andamos muy duchos en francés.

c) Muchas personas no acertarán con la pronunciación correcta porque ni saben francés ni tienen obligación de ello. Acabarán diciendo [kroisán] o algo por el estilo.

En algunos países hispanohablantes a este bollo se le conoce como medialuna (escrito en una sola palabra). Es una magnífica opción.

En resumen: esta palabra se pronuncia siempre [kruasán]; su plural es cruasanes; lo mejor es escribirla tal como suena (cruasán); y si alguien quiere, puede mantener la grafía francesa, pero bajo su propia responsabilidad.

 20 de Diciembre de 2016  léxico
Dic 132016
 

Anteayer es un adverbio que significa ‘el día anterior a ayer’ o, lo que es lo mismo, ‘dos días antes de hoy’.

Esta forma que acabamos de mencionar es la más extendida y la más recomendable en casi todas las ocasiones. Podemos ilustrar su uso con este ejemplo:

(1) Anteayer fui víctima de una expoliación, de un robo, en pleno Madrid, a las cuatro de la tarde [Alejandro Sawa: Iluminaciones en la sombra].

El elemento ante- está relacionado con el adverbio antes. Por tanto, no debemos decir ni escribir antiayer. Esta variante incorrecta surge por un cruce con el prefijo anti-, que significa ‘contrario’. Tampoco es válida la forma antiyer.

La expresión antes de ayer también es correcta, aunque hay que reconocer que se hace un poco larga. Aquí tienes un ejemplo sacado de un texto periodístico:

(2) La duquesa de Alba cumplió antes de ayer 83 años [Abc (España), 30-3-2009].

Si lo que queremos es brevedad, habrá que optar por anteayer. No obstante, podemos mantener antes de ayer en reserva por si necesitamos variar un poco nuestro discurso o para introducir énfasis. Lo que no hay que hacer es escribirlo junto: antesdeayer.

Por último tenemos antier. En la lengua culta, solo es admisible en algunos países de América. El siguiente ejemplo está tomado de una novela del mexicano Eloy Urroz:

(3) Llegamos antier por la noche a Aix [Eloy Urroz: La mujer del novelista].

En el resto del mundo hispánico, esta forma se asocia con el habla rural o popular.

En resumen, la forma anteayer es la que nos va a servir casi siempre. Antes de ayer podemos guardarla en la recámara por si nos hace falta echarle mano de vez en cuando. Antier solamente es aceptable en ciertas variedades del español. La generalidad de los hablantes hará bien en olvidarse de ella.

 13 de Diciembre de 2016  adverbio, léxico
Dic 062016
 

El nombre cachalote es un préstamo del portugués. Está formado sobre cachola, que en esta lengua es un sinónimo popular y humorístico de cabeza. 

Por tanto, cachalote significa originariamente ‘cabezón’. No hay que ser Séneca ni Aristóteles para entender el porqué: en este mamífero destaca por encima de todo la descomunal cabeza, que además es casi cuadrada.

El término pasó del portugués al español; de allí, al francés; y desde esta última lengua se propagó a otros idiomas europeos, entre otros, el inglés (cachalot), el sueco (kaskelot) y el polaco (kaszalot).

En otras lenguas europeas encontramos también denominaciones basadas en la llamativa cabeza de este mamífero marino. En italiano se llama capodoglio, que es un compuesto de capo d’olio, o sea, cabeza de aceite, por la gran cantidad de grasa que contiene (el famoso esperma de ballena). En neerlandés se le conoce como Potvis (y de ahí sale también el nombre alemán Pottwahl). Estas dos últimas lenguas lo que hacen es comparar la testa del cachalote con una cacerola.

Así que ya ves todo lo que da de sí la cabeza de este cetáceo (por lo menos lingüísticamente).

 6 de Diciembre de 2016  etimología, léxico