Ya mencionábamos a propósito de los neologismos que no son solamente los hablantes quienes introducen nuevas palabras en la lengua para atender a necesidades expresivas. La Academia también tiene por costumbre lanzar propuestas que unas veces triunfan y otras no (el famoso La Academia propone…). Pues bien, hoy vamos a fijarnos en algunos de estos La Academia propone que pasaron a mejor vida. Repaso para ello los que recogía Manuel Seco en su inestimable Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (10.ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 1998). Los años transcurridos nos permiten contemplar estas propuestas con una cierta perspectiva, lo que no es posible con los términos sobre los que mantenemos discusiones parecidas en este preciso momento. Para este artículo me baso en lo que es frecuente en el español de España, aunque me alegraría enterarme de cómo andan las cosas en otros países.
La primera de estas voces es cámping. Como dice Seco: “la Academia propone utilizar en su lugar acampada o campamento” (1998: cámping). La falta de éxito probablemente se debió a que no es lo mismo irse de cámping, de acampada o de campamento, al menos en la variedad de español que a mí me resulta familiar. Un cámping son unas instalaciones en las que cualquiera puede alquilar una parcela para plantar su tienda o caravana, una acampada es la acción de acampar en algún lugar, y un campamento (en el sentido que nos interesa) es una actividad de acampada que se prolonga durante varios días o semanas y está organizada por algún organismo público, empresa o asociación. Más recientemente, en el Diccionario panhispánico de dudas (DPD, 2005), la Academia sugiere castellanizar la grafía en campin (con un plural cámpines). Solo el tiempo dirá si tendrá más éxito en este nuevo empeño que en el anterior.
Otra propuesta de castellanización gráfica fue la de kamikaze: “la Academia propone escribirla en la forma camicace, aunque la grafía usual sigue siendo la originaria, kamikaze” (Seco 1998: camicace). Basta una búsqueda en Google para darse cuenta de que la opción camicace es francamente minoritaria. Hoy ya ni siquiera la propia Academia la defiende. En el DPD aún la da por válida, pero recomienda escribirla con ka y zeta. Por otra parte, cabe preguntarse qué hubiéramos ganado si se hubiera impuesto la castellanización. La grafía internacional no parece que nos plantee especiales quebraderos de cabeza, mientras que la forma adaptada nos hubiera alejado de la escritura corriente para esta palabra en las lenguas de nuestro entorno, con lo que se hubiera entorpecido la comprensión mutua.
A los aficionados al espiritismo se les aconsejó en su día que para ponerse al habla con el otro mundo recurrieran a un medio en lugar de ir al médium, que es lo que habían hecho siempre: “La Academia propone medio [...] como equivalente de médium, ‘persona a la que se considera dotada de facilidad para comunicarse con los espíritus’” (Seco 1998: medio). El propio Seco reconocía que la forma adaptada no se usaba. No parece que se haya reactivado desde entonces, aunque se mantenga en el Diccionario de la Lengua Española (DRAE, 22.ª edición, 2001) como acepción número 12 de medio.
En el vocabulario musical también se intentó cambiar de son sustituyendo playback por previo: “Previo es el término que la Academia propone como traducción del inglés play-back, que, aunque de uso general hoy, sería ventajoso y no difícil reemplazar por su equivalente español” (Seco 1998: previo). Yo no he oído nunca a nadie decir que En la televisión se canta mucho en previo. No obstante, el DPD vuelve a la carga, ahora con pregrabado, e intenta que nos acostumbremos a decir: “En televisión normalmente se canta en pregrabado”.
También se intentó sustituir el software por programas: “La Academia propone que en lugar de esta palabra se diga programa, aunque no ha obtenido mucho éxito, debido a que en informática ya se usa programa en otro sentido” (Seco 1998: software). Finalmente, software entró en el DRAE, aunque en el DPD se sigue insistiendo en que lo cambiemos por otras palabras siempre que haya ocasión.
Y para los aficionados al mundo de la economía y de la empresa tenemos, por último, truste para evitar trust: “El inglés trust (que en España se pronuncia corrientemente /trust/ o /trus/) significa ‘combinación financiera que reúne varias empresas bajo una dirección única, y que ejerce un influjo preponderante en un sector económico’. La Academia propone adaptar la palabra inglesa al español en la forma truste” (Seco 1998: truste). Hoy el DPD menciona este intento, pero para reconocer su fracaso y desaconsejarlo definitivamente.
Naturalmente, no todas las propuestas académicas han tenido tan mala fortuna (y de ello nos tendremos que ocupar otro día); pero, en el fondo, la Academia propone y el hablante dispone.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La Academia propone]
Los neologismos son, como su propio nombre indica, palabras nuevas, lexemas que se van incorporando a la lengua para hacer frente a nuevas necesidades expresivas o simplemente porque van cambiando las modas lingüísticas.
Lo más normal es que en la neología se reaproveche material lingüístico preexistente. Hay para ello, fundamentalmente, dos posibilidades: crear nuevos lexemas desde el interior de la lengua o importarlos de otras lenguas.
En el primer caso se recurre a los procesos de formación de palabras disponibles en esa lengua. Los más importantes en castellano son la composición, la derivación y la conversión. La composición consiste en unir dos palabras para formar una nueva. El ejemplo clásico es sacacorchos. La derivación consiste en formar palabras añadiendo prefijos (antivirus) o sufijos (marxismo). La conversión, por su parte, crea una nueva palabra que mantiene la forma de otra ya existente, pero pertenece a una clase diferente. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando un infinitivo (saber) se convierte en sustantivo (el saber). Otros procesos de formación de palabras son el acortamiento, la acronimia o la formación regresiva, pero revisarlos todos ahora nos llevaría demasiado lejos.
La segunda posibilidad de reaprovechamiento es importar palabras de otras lenguas. Cuando se toma una palabra tal cual y se incorpora como un cuerpo extraño, en el que se percibe inmediatamente su condición exótica, se habla de extranjerismo. Hoy día, sin duda, la mayor fuente de extranjerismos a escala mundial es el inglés. En nuestra lengua tenemos innumerables anglicismos, como software, outsourcing, snowboard… Con el tiempo, el extranjerismo crudo se puede ir suavizando, aclimatando a la lengua de acogida; poco a poco va adaptando su pronunciación, su ortografía e incluso su morfología. Se convierte entonces en lo que se conoce como préstamo (aunque el término, como sucede tantas veces en lingüística, no es inequívoco). Son préstamos palabras de uso tan corriente como espagueti o fútbol. Los dos ejemplos anteriores son evidentes y todo el mundo reconoce en ellos su procedencia italiana e inglesa, respectivamente. Sin embargo, el préstamo puede llegar a naturalizarse hasta tal punto que deje de reconocerse en él su origen ajeno. Muchas palabras que hoy pasan fácilmente por castizas no son sino préstamos antiguos, entre otras, ojalá (palabra de origen árabe), zapato (de origen turco), mermelada (del portugués) o corbata (del italiano). Otra forma más sutil de tomar vocabulario prestado es el calco, que consiste simple y llanamente en traducir una palabra de otra lengua. Por ejemplo, la metáfora del rascacielos, que nos hace imaginar un edificio tan alto que anda rascando las alturas, no se le ocurrió ni a un limeño ni a un madrileño, sino a los mismos que inventaron ese tipo de construcción, o sea, a los estadounidenses. Ellos lo llamaron skyscraper y nosotros no hicimos más que copiárselo.
Conviene aclarar, eso sí, que las fronteras entre lo autóctono y lo foráneo no siempre están perfectamente delimitadas. A veces nos encontramos con neologismos que combinan lo uno con lo otro, por ejemplo, puenting ‘saltar desde un puente con una cuerda’, que reúne una base castellana y una desinencia verbal inglesa. También existen falsos préstamos, que son palabras con apariencia extranjera, pero que no existen en la lengua de origen o, si acaso existen, tienen otro significado, como ocurre con nuestro footing, que para los hablantes de inglés es jogging.
Aunque, como decíamos, lo normal es aprovechar algún tipo de material previo, a veces sí que se produce la acuñación de palabras de la nada. Este es un recurso relativamente frecuente en la creación de nombres comerciales. Dicen que ese es el caso de Kodak y otras marcas, aunque no siempre está claro hasta qué punto se trata de un invento total o de alguna forma de reaprovechamiento que no sea evidente.
Los neologismos tienden a resultar polémicos y pueden desatar fácilmente las iras de los temidos puristas, que solo son partidarios de administrarlos con cuentagotas y en casos de extrema necesidad, o sea, cuando, después de buscar y rebuscar no se encuentra otra forma de decir lo mismo con los medios ya existentes. Suelen despertar especial recelo los extranjerismos. Aunque, para hacer honor a la verdad, la neología no siempre es fruto de hablantes despreocupados e inconscientes —de cabecitas locas, en definitiva—. Nuestros sesudos académicos también se dejan llevar de vez en cuando por arrebatos neologizantes y nos obsequian con palabras como millardo ‘mil millones’, calcada del francés e introducida en la 22.ª edición del Diccionario de la lengua española, en 2001, pero que no termina de cuajar, aunque cuente con tan importante aval.
En fin, esto es lo que te podía contar sobre el tema. A partir de aquí, es más bien el momento de que empieces tú a contarnos cosas. Como siempre, tus comentarios son bienvenidos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Neologismos]
Un falso préstamo es una palabra que en apariencia hemos tomado de otra lengua, pero solo en apariencia, pues en esa lengua o bien no existe o existe, pero con un significado diferente del que le atribuimos. El ejemplo clásico es footing, que en inglés no tiene nada que ver con echar una carrerita: el equivalente de nuestro hacer footing sería más bien to go jogging. Otros ejemplos son slip (como tipo de calzoncillos) e incluso compuestos de apariencia tan inglesa como recordman o autostop. Basta con deslizar alguno de estos falsos anglicismos en una conversación en inglés para ver la cara de extrañeza que nos ponen.
Esta manía de inventar aparentes extranjerismos no es, ni mucho menos, una peculiaridad hispánica. De hecho, algunos de los ejemplos anteriores, como footing y autostop, son creaciones francesas que copiamos después nosotros. Tampoco en alemán es desconocido este procedimiento de creación de neologismos. En esta lengua al teléfono móvil lo llaman Handy, palabra que en inglés es un adjetivo que significa ‘práctico, cómodo’, etc. y que nunca se asociaría con la telefonía móvil.
Como podemos ver, la gran fuente de falsos préstamos es actualmente el inglés. Esto se explica fácilmente por la influencia y prestigio de esta lengua, que sirve para darle un halo de distinción a todo lo que toca… o parece que toca.
Pero probablemente se te están ocurriendo unos cuantos ejemplos más. Dínoslos para que podamos hablar sobre ellos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Falsos préstamos]
Un calco es una palabra que se toma prestada de otra lengua, pero traduciéndola. El ejemplo clásico es rascacielos, que es castellano por fuera y americano por dentro. Formalmente es la traducción literal del inglés skyscraper. Conceptualmente, lo que tenemos es una metáfora que se trasplanta del ámbito lingüístico y cultural angloamericano al hispánico.
Este es un procedimiento muy frecuente para llenar lagunas léxicas con neologismos importados. Tiene además la virtud de la discreción: pasa desapercibido. ¿Qué haríamos nosotros hoy sin nuestro jardín de infancia, nuestra ciencia ficción, nuestro disco duro o nuestro ratón? Podríamos tomarlos fácilmente por naturales de la meseta castellana y, sin embargo, vienen del alemán Kindergarten y del inglés science fiction, hard disk y mouse, respectivamente.
Un caso interesante es el de empoderar (< empower, inglés). Nosotros hemos tomado la palabra como traducción literal de un término utilizado en los movimientos por los derechos civiles estadounidenses; pero da la casualidad de que ya existía en castellano clásico. Se ha revitalizado así un vocablo que prácticamente habíamos olvidado.
Este no es ningún invento moderno. Ya el latín in-dividuum era un calco del griego á-tomon. Los dos quieren decir originariamente ni más ni menos que ‘no dividido’.
El calco permite importar léxico de otras lenguas sin despertar las suspicacias de los temidos puristas, que suelen cebarse, más bien, en su primo hermano: el extranjerismo.
A pesar de lo que pueda parecer por el título, esta entrada no tiene nada que ver con triángulos amorosos ni nada por el estilo. Se ocupa de un modesto problema de morfología.
Si nos fijamos en el sustantivo guardés, nos daremos cuenta de que tiene una forma poco habitual para el castellano. Esto es así porque se trata de una formación regresiva a partir del femenino guardesa.
El par originario era guarda y guardesa. Este femenino presenta la misma terminación -esa que encontramos en abadesa o condesa. Solo un puñado de sustantivos forman así el femenino y tienden a pertenecer a registros cultos. Es probable que a muchos hablantes les sonara raro. Los hablantes de cualquier lengua no suelen tener mayor inconveniente en oír cosas que no entienden. Están acostumbrados desde pequeñitos. Lo que no soportan es decir cosas que no entienden. Cuando se encuentran en ese brete, buscan una explicación a su manera.
En el caso que nos ocupa, la solución fue inventarle a guardesa un masculino guardés. Ahora todo encajaba. En lugar del femenino en -esa teníamos simple y llanamente un femenino en -a. Se había producido un reanálisis, es decir, se reinterpretaron las fronteras morfológicas y donde teníamos una estructura guard-esa algunos empezaron a ver guardes-a.
El antiguo masculino guarda no desapareció, sino que quedó como un término de significado general aplicable a cualquiera que desarrolla tareas de vigilancia. Guardés/guardesa se especializó semánticamente y se utiliza, sobre todo en su forma plural los guardeses, para referirse a quienes guardan una casa o una finca, generalmente viviendo en ella. Con este significado está recogido en el diccionario.
Y esto es todo. El problema era modesto, pero espero que tuviera también su interés.
Un extranjerismo es una palabra tomada de otra lengua que se percibe todavía claramente como como un cuerpo extraño en la propia. Esto se nota en la ortografía, que se aparta de lo habitual, en la pronunciación, que puede ser vacilante, y en la morfología, que puede dar lugar a conflicto de normas en la formación del plural, en la conjugación, etc.
Los intercambios de léxico entre lenguas siempre han sido frecuentes. Lo que ha ido cambiando con el tiempo son las lenguas que exportan sus términos. Frecuentemente, esto se reduce a una cuestión de prestigio. Cuando una lengua goza de gran estima, todos se arriman a ella con la esperanza de que se les pegue algo de su distinción. En la Antigüedad clásica, la gran lengua de cultura, con diferencia, fue el griego. Por eso el latín estaba plagado de helenismos, algunos de los cuales hemos heredado nosotros, ya asimilados, como cátedra/ cadera, camaleón, bodega/ botica, tisana, tragedia, geranio, etc. Todos ellos fueron en su día extranjerismos crudos en latín.
El castellano se convirtió durante nuestros Siglos de Oro en exportador de vocabulario a escala internacional. La influencia cultural y política de Castilla se dejó notar en las lenguas de su entorno, que adoptaron neologismos de origen castellano como sarabande (< zarabanda), alcôve (< alcoba), en el caso del francés; o grandee (< Grande de España), armada (< fuerzas navales), en el caso del inglés. Se dio aquí también un fenómeno que explica frecuentemente la difusión de los extranjerismos: quien exporta la cosa exporta la denominación. Desde la Península Ibérica se difunden productos descubiertos en el Nuevo Mundo que van a cambiar radicalmente la vida de los europeos: ¿quién se imagina hoy un mundo sin chocolate, patatas, tomates o tabaco? En la actualidad esos nombres son internacionalismos. Su origen son las lenguas americanas, pero el castellano les sirvió de vehículo.
En el mundo contemporáneo la gran influencia es sin duda la del inglés, sobre todo el de Estados Unidos. El vocabulario de nuestra lengua y de la inmensa mayoría de las lenguas de la Tierra está plagado de anglicismos como outsourcing, caucus, checklist, talkshow, blog, airbag, PC, muffin, etc.
El inglés ha asumido una función de mediador análoga a la del castellano clásico. Por ejemplo, hoy tsunami es palabra de uso más o menos frecuente en nuestra lengua; pero nosotros no hemos ido a buscarla al japonés, como tampoco lo han hecho los hablante de las otras lenguas en las que se ha introducido. Ha sido el inglés el que nos la ha servido a todos.
Frente a la adopción de palabras extranjeras hay dos posturas principales. Una es el purismo, empeñado en defender las esencias de la lengua, lo castizo. Antes de importar un término prefiere agotar todas las vías, por ejemplo:
a) Revitalizar palabras, como se hizo con azafata, que de ‘camarera de la reina’ se repescó en España para referirse a lo que en otros países llaman ‘aeromoza’.
b) Traducir las extranjeras calcándolas, como ocurrió con rascacielos (< skyscraper)
Solo se tolera el extranjerismo necesario, que es el inevitable por falta de alternativas. El purismo suele ser normativista. Espera de las Academias de la Lengua que regulen el proceso de adopción de términos foráneos.
La otra postura es el laxismo: los hablantes decidirán según sus intereses y necesidades. Después el vocabulario se irá decantando con el uso. Hay que dejar, simplemente, que la lengua evolucione, que todo siga su curso.
Estos son los dos polos. Entre medias, naturalmente, encontramos todo tipo de actitudes más o menos matizadas, más o menos consecuentes.
No hay que perder de vista tampoco que en la disputa de los extranjerismos se entremezclan consideraciones de orden extralingüístico: particularismo frente a universalismo, prestigio social y cultural, deseo de innovación o conservadurismo…
Lo que es seguro es que siempre ha habido intercambio entre lenguas. No hay en el mundo una sola lengua pura en el sentido de no mezclada. Ni el tomar palabras prestadas debilita a las lenguas ni el rechazarlas las fortalece. Una y otra postura son legítimas y tienen, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Son otros los factores que determinan el auge o decadencia de las lenguas. El intercambio de vocabulario no es nunca causa sino más bien síntoma de tales dinámicas.
El fenómeno del extranjerismo se asocia también con dos tendencias opuestas: a la convergencia y a la divergencia de las lenguas. La globalización favorece claramente el acercamiento de las lenguas y de los estilos de vida. Se trata, eso sí, de una globalización guiada por Estados Unidos y su versión de la lengua inglesa.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Extranjerismos]
El acortamiento es un procedimiento de formación de palabras que consiste en eliminar un fragmento de la palabra originaria sin que cambie su significado ni la clase de palabras a que pertenece. Se denomina también truncamiento.
Hay tres posibilidades:
a) Se elimina el final de la palabra. Este tipo se denomina apócope. Es lo más frecuente, por ejemplo:
(1) Heterosexual > hetero
(2) Universidad > uni
(3) Motocicleta > moto
b) Se elimina el principio. Su nombre técnico es aféresis. Es menos frecuente:
(4) Omnibus > bus
(5) Weblog > blog
c) Muy raramente el fragmento eliminado está en el interior de la palabra. Este caso se conoce como síncopa. Así surge Frisco, que es una denominación coloquial de la ciudad de San Francisco.
El acortamiento tiende a operar sobre palabras largas, por lo que los compuestos suelen ser buenos candidatos.
En algunos casos la forma truncada es la única de uso corriente, quedando relegada la forma plena a lenguajes de especialidad o al lenguaje administrativo. Por ejemplo, a nadie se le ocurre decir que va al otorrinolaringólogo, en lenguaje corriente eso es el otorrino.
A veces el truncamiento da lugar a formas coloquiales (6) o afectivas (7), por lo que resulta muy frecuente en el lenguaje infantil o también en el que usan los adultos para dirigirse a los niños (8)-(10).
(6) Bolígrafo > boli
(7) Compañero > compa
(8) Colegio > cole
(9) Chuchería > chuche
(10) Cumpleaños > cumple
Muchas formas de confianza de nombres propios surgen así, como (11) y (12):
(11) Francisco > Francis, Fran
(12) Fernando > Nando, Fer
Las palabras resultantes de este proceso suelen mantener el género (13), aunque este a veces (raramente) cambia (14):
(13) El hipermercado > el híper
(14) La pornografía > el porno
Los resultados del acortamiento pueden tener diferente consideración normativa: algunos acaban convirtiéndose en formas estándar (15 y 16) y otros no (17):
(15) Taxi (< taxímetro)
(16) Radio (< radiodifusión)
(17) Peli (<película)
El acortamiento es un proceso con mucha fuerza en la lengua actual, sobre todo entre los hablantes más jóvenes. Así se van creando neologismos que aumentan el caudal léxico del castellano. Estas innovaciones se producen constantemente. Unas triunfan hasta el punto de desplazar a la palabra originaria, otras se hacen un hueco en el léxico coloquial o jergal, y otras —la mayoría— no pasan de ser ocurrencias del momento que caen en el olvido nada más pronunciarlas.
En estos días se está utilizando mucho la palabra caucus porque se están desarrollando las primarias para elegir al nuevo Presidente de Estados Unidos.
Dentro del complejo sistema electoral de este país, los caucus son asambleas de los partidos políticos. Estas sirven en algunos Estados para elegir delegados que tendrán un papel directo o indirecto en la designación del candidato a Presidente. Iowa, por ejemplo, utiliza este sistema.
No voy a entrar aquí en los detalles de qué es un caucus. Eso lo tienes explicado en el artículo correspondiente en la Wikipedia en inglés o en español. Lo que me interesa es el uso de esta palabra en nuestra lengua.
Si vamos a buscarla a los diccionarios académicos, veremos que no aparece ni en el Diccionario de la lengua española ni en el DPD (Diccionario panhispánico de dudas). Eso no quiere decir necesariamente que su uso sea incorrecto. Esta es una de tantas palabras que no están recogidas en el diccionario pero que son necesarias. Y probablemente acabará incorporándose con el tiempo.
Su uso en relación con el proceso electoral estadounidense está más que justificado, puesto que es un nombre necesario para referirnos a esa realidad específica. Si lo sustituyéramos por uno castellano como asamblea o convención, ganaríamos quizás en casticismo, pero no en precisión ni en claridad.
Eso sí, debemos tener la precaución de escribirlo en cursiva por su condición de extranjerismo.
Su plural en español es caucus, invariable. Sigue en esto el modelo de las palabras terminadas en -s que no son agudas, como virus:
El virus > los virus
El caucus > los caucus
Veamos un ejemplo de este plural en un texto periodístico de hace unos días:
El ex Gobernador de Massachussetts, Mitt Romney, ganó hoy los caucus del Partido Republicano en el Estado de Wyoming [...] [La Vanguardia (España), 5-1-2008]
Debe evitarse el plural a la inglesa caucuses.
En resumen:
a) Caucus es un neologismo necesario que nos permite referirnos de manera precisa e inequívoca a una institución determinada.
b) Como es un extranjerismo, debemos escribirlo en cursiva
c) Utilizamos para el plural la misma forma que para el singular: caucus.
Y ahora solo está por ver qué candidato saldrá al final de tanto caucus y tantas primarias.
Hay un neologismo que se va abriendo paso en castellano: secuela en el sentido de ‘continuación de una película’ (segunda parte, tercera, etc.). Por ejemplo:
El joven actor Shia LaBeouf, protagonista [...] de la nueva secuela de Indiana Jones, [...] desveló el título de la cuarta entrega de la célebre saga cinematográfica [El País, 11-9-2007]
La palabra secuela traduce aquí el inglés sequel. Se trata claramente de un falso amigo: se sustituye el término inglés por la palabra que suena más parecida en español, aunque su significado sea diferente. Secuela es más bien el daño que nos deja una enfermedad.
Si el uso como ‘continuación de una película’ está triunfando no es solamente por dejadez de los traductores sino también —y sobre todo— porque llena una laguna léxica. En ciertos contextos se siente la necesidad de disponer de una denominación específica e inequívoca para esas segundas, terceras y cuartas partes.
Y ahora ya no solamente hay secuelas. Además se ha inventado la precuela (también un invento inglés trasplantado a nuestra lengua):
Brian de Palma ya tiene a sus dos finalistas para encarnar a Al Capone en la precuela de Los Intocables [El País, 23-2-2007]
La precuela es lo contrario de la secuela: una película que se rueda después de otra pero con una trama que antecede a la primera (como se hizo con la cuarta, quinta y sexta entregas de La guerra de las galaxias, que son precuelas de los tres episodios que ya se habían rodado).
Ya estoy oyendo la pregunta: ¿pero qué es lo correcto? Desde luego, secuela no aparece en el diccionario de la Academia con este sentido; y precuela, ni con ese ni con otro. Se pueden encontrar, sin duda, soluciones más elegantes e idiomáticas (aunque menos precisas). Lo que es seguro es que, si los hablantes se empeñan, la secuela y la precuela cinematográficas acabarán entrando en el diccionario.
Y que todas las secuelas que nos queden sean como esas.
Me cuenta mi amigo Cecilio que a mucha gente esto de blog le suena a bloc, y la cosa tiene su lógica. Un blog es un diario personal en el que se van anotando pensamientos, noticias, ocurrencias, etc. Normalmente, las entradas aparecen listadas en orden cronológico inverso. O sea, que al fin y al cabo se trata de eso: de una especie de cuaderno electrónico que se publica en Internet. Hasta tal punto tiene lógica, que en catalán esta es la solución que se ha adoptado oficialmente, como veremos.
La forma bloc es un buen ejemplo de etimología popular: el hablante castellano se encuentra con una palabra que le resulta extraña y la asimila a otra que le resulta familiar.
Como casi todo en Internet, la palabra blog tiene su origen en inglés. Surge por acortamiento de weblog, que, a su vez, es un compuesto de web y log(book). Este último era el libro de los barcos en el que se iban anotando las incidencias de la navegación. En los barcos antiguos se guardaba junto al timón, en la bitácora, que era la caja de madera en la que iba montada la aguja de marear. De ahí la versión castellana: cuaderno de bitácora. En inglés, el recorrido del término se puede resumir así:
Web + log(book) > weblog > blog
En español tenemos dos nombres que compiten (al menos teóricamente; en la práctica, sin lugar a dudas predomina la forma inglesa):
Blog/ (cuaderno de) bitácora
En catalán, el Termcat (el centro de terminología para la lengua catalana) adoptó oficialmente en 2005 la forma bloc. Se consideró que la etimología popular (la imagen del bloc de notas) y la pronunciación [blók] motivan suficientemente esta forma.
¿Y la Academia qué dice? Ni sí ni no sino todo lo contrario. Quien quiera, que lea el artículo sobre bitácora en el DPD y, si entiende cuál es la postura académica, que vuelva y nos lo explique a todos.
El sentido común nos dice que la forma de uso corriente es blog y que este es el típico caso de palabra extranjera que viene a cubrir un vacío léxico. Hasta los puristas acérrimos suelen considerar que estos neologismos están justificados.