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Años: ¿con artículo o sin artículo?

Como norma general, debemos utilizar los números de los años sin artículo:

(1) En 1929, la fuerte depreciación sufrida por la peseta a raíz del «crack» internacional no mejoró las cosas [Elena Castro Oury: La II República y la guerra civil española].

(2) Los datos de 2011 eran ya concluyentes [Juanma Roca: El arte de la guerra hoy].

Este es el uso más extendido y es el que yo te recomiendo.

Si tú prefieres decir en el 1929del 2011, no es un error; pero hazlo bajo tu propia responsabilidad. Puede dar pie a usos inadecuados como conservar el artículo en la fecha de una carta, donde claramente se prefiere la variante sin artículo:

(3) Cáceres, 30 de octubre de 2013

Una excepción a este uso generalizado sin artículo lo constituyen los años anteriores a 1100, para los que alternan las menciones con artículo y sin artículo, pero a menos que seas historiador esto te debe preocupar más bien poco.

Únicamente es obligatorio el artículo cuando nos referimos a un año por las dos últimas cifras:

(4) Salas se muestra un poco escéptico respecto de las doctrinas de la revolución del 89 [Leopoldo Zea: Pensamiento positivista latinoamericano].

En cualquier caso, para los usos corrientes, la opción más recomendable es utilizar los números de año sin artículo.

El género

El género es una categoría gramatical propia del sustantivo y también de los pronombres, adjetivos y determinantes. Todo sustantivo que aparezca en un enunciado en español se podrá adscribir a uno de dos géneros posibles, a saber: masculino o femenino. Así, en el ejemplo (1) es femenino el sustantivo plantas; y masculinos, troncos y árboles.

(1) Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles [Gustavo Adolfo Bécquer: "El rayo de luna", Leyendas]

El sustantivo impone su género a los determinantes y adjetivos de los que se rodea y también a ciertos pronombres. Este es un fenómeno que se conoce como concordancia. En (1) podemos observarlo en el género femenino del determinante las y del adjetivo trepadoras que acompañan a plantas, así como en el artículo los que determina a troncosárboles y en el adjetivo añosos, que especifica una propiedad de troncos.

La oposición central de género en español es la que contrapone el masculino al femenino. Esta es la única que encontramos en los sustantivos. Adicionalmente, podemos identificar un género neutro que ocupa una posición periférica en el sistema y que se manifiesta, por ejemplo, en los pronombres (2, 3) y en ciertas sustantivaciones con el determinante lo (4):

(2) Esto tiene que ver con el atropello del dichoso perro [Luis Mateo Díez: Las horas completas]

(3) Tenía razón, pero ello no me impidió insultarla de nuevo antes de ponerme los zapatos [Jorge Volpi: El fin de la locura]

(4) —¿Cómo?— pregunté, ya sin tratar de ocultar lo evidente [Javier Cercas: La velocidad de la luz]

Los sustantivos del español se pueden clasificar en dos grandes grupos atendiendo no ya a su género, sino a la relación que mantienen con la categoría de género en sí. Por un lado, tenemos los sustantivos con moción de género, que adoptan el género masculino o el femenino en función del sexo del ser al que se refieren. Lógicamente, los únicos referentes posibles para estos sustantivos son seres humanos y animales sexuados. Ejemplos clásicos son niño -a, gato -a, amigo -a. Por otro lado, encontramos los sustantivos de género inherente, que, o bien son masculinos (libro, árbol), o bien son femeninos (mesa, bondad), y no tienen posibilidad de modificar su género.

Lo más habitual en los sustantivos con moción de género es que el género podamos ubicarlo en su terminación. Por eso cambia el significado de niño cuando sustituyo la -o final por una -a (niña) o el de jef-e cuando lo convierto en jef-a. En los de género inherente, en cambio, no es posible adscribir ese valor semántico a una porción concreta del sustantivo, por lo que hemos de entender que es todo él en conjunto el portador de esta categoría gramatical. Por este motivo, solo podemos hablar propiamente de morfemas o terminaciones de género en los primeros. En los segundos podemos constatar ciertas tendencias, pero que no pasan de ser eso, tendencias. Sin ir más lejos, los que terminan en -o suelen ser masculinos, como libro, suelorío; pero esto no impide que sean femeninos manofoto. También tienden a ser femeninos los terminados en -a, como mesa, líneamedicina, pero es fácil encontrar otros que son masculinos (problema, mapa).

Por si esto fuera poco, pueden adoptar cualquiera de los dos géneros un número considerable de los terminados en -o (el testigo, la testigo; el modelo, la modelo) y de los terminados en -a (el atleta, la atleta; el pianista, la pianista). Los sustantivos que, como estos, tienen la facultad de modificar su género sin que ello se manifieste en una alteración de su forma constituyen un grupo particular. Se los denomina sustantivos comunes en cuanto al género.

Otro grupo particular es el de los sustantivos ambiguos en cuanto al género, que pueden presentarse con cualquiera de los dos géneros sin que el cambio de género vaya asociado a un cambio en la referencia del sustantivo. Yo puedo decir el marla mar, pero, en cualquier caso, me estaré refiriendo a la misma realidad. No hay que confundir estos con los casos de cambio de género asociado a un cambio de significado y de referencia. No es lo mismo el frente que la frente.

Existen incluso casos de oposición de género por heteronimia. Esto es lo que ocurre con pares como hombremujer, toro y vaca, en los que cada género se expresa con una palabra diferente.

Es importante, asimismo, no confundir el género como categoría gramatical con el género como noción sociocultural (qué es lo que significa ser hombre o mujer en una determinada sociedad) y, mucho menos, con el sexo como categoría biológica. Es cierto que se da una relación aproximada en algunos casos. Como hemos visto, los sustantivos que se refieren a seres vivos sexuados suelen modificar su género dependiendo del sexo de su referente. Así, yo utilizo el masculino vecino si me estoy refiriendo a un hombre, y el femenino vecina si me estoy refiriendo a una mujer; león se emplea para nombrar a un macho y leona para una hembra. Sin embargo, esto no siempre se cumple. El femenino víctima se puede referir tanto a hombres como a mujeres, y el masculino ornitorrinco se emplea tanto para machos como para hembras. Los sustantivos que presentan esta particularidad se denominan epicenos.

Los sustantivos epicenos nos dan una primera muestra de que la correlación entre el género gramatical y el sexo es aproximada y limitada. Si esto es así cuando estamos hablando de seres vivos con sexo, en cuanto nos fijemos en los sustantivos que designan realidades asexuadas, comprenderemos que su asignación a uno u otro género es perfectamente convencional. No hay nada en el objeto silla que justifique el género femenino del sustantivo silla, de la misma forma que los cuadernos, en el mundo, no presentan ninguna característica que empuje al sustantivo cuaderno a ser de género masculino. La adscripción de género de sustantivos como sillacuaderno nos dice algo sobre cómo está hecha la lengua y no sobre cómo está hecho el mundo.

La convencionalidad del género queda también de manifiesto cuando comparamos lenguas diferentes. Por ejemplo, miel es de género femenino en español y, sin embargo, este mismo sustantivo es masculino en francés (le miel). Es más, una misma palabra ha podido tener géneros diferentes en diferentes momentos históricos. Puente fue femenino hasta el siglo XVIII (de lo que han quedado rastros en los múltiples topónimos que contienen la secuencia La Puente y en el apellido homónimo). Hoy, en cambio, es masculino. El solla luna son, respectivamente, masculino y femenino en español. Sin embargo, en alemán sus géneros se invierten: die Sonne frente a der Mond, donde los artículos dieder nos indican que el primero es un femenino y el segundo, un masculino.

La conformación misma de los sistemas de género puede presentar diferencias incluso entre lenguas que están estrechamente emparentadas. Los sustantivos del español pueden tener dos géneros: masculino o femenino. Se parecen en esto a los del francés, el italiano o el portugués. Se diferencian, en cambio, de los del latín, griego, alemán y ruso, que tienen tres posibilidades: masculino, femenino y neutro.

En definitiva, si la categoría de género del español pudo tener en sus orígenes remotos una motivación en la categoría extralingüística de sexo, hoy es una noción gramatical altamente abstracta y solo tendremos alguna posibilidad de entenderla si la inspeccionamos a la luz de criterios lingüísticos y procurando sobre todo no confundir, a la manera del pensamiento mágico, lengua y mundo.

Cualquier, cualquiera, cualesquier, cualesquiera: ejercicios

¿Sabes utilizar correctamente las formas cualquier, cualquiera, cualesquiercualesquiera? Compruébalo. Cuando termines, consulta las soluciones.

1. Este cementerio no es _______ cosa, pues las lápidas del fondo son de mármol rosa.

2. Dos puntos _______ de una recta la determinan por completo.

3. _______ de las partes podrá rescindir el contrato en caso de muerte.

4. Sofía y Gina no son dos actrices _______.

5. ¿Cuándo volveremos a tener paga extra? ¡_______ sabe!

6. ______ día vamos a tener un disgusto.

7. Millonario puede ser _______, todo es proponérselo.

8. —¿Qué ametralladora quieres? —Dame una _______.

9. Mire usted, ______ que sean sus motivos, sigo sin encontrar justificable que quiera instalar una torre petrolera en mi jardín.

10. Puede usted emplear medios pacíficos (o _______ otros medios que se le ocurran).

Determinante masculino ante nombre femenino: ejercicios

Estos son unos ejercicios para que compruebes si eres capaz de utilizar debidamente el determinante masculino ante sustantivos femeninos en secuencias como el agua. Tienes que utilizar la forma correcta de entre las posibilidades que se proponen entre paréntesis en cada caso. Cuando termines, consulta las soluciones.

1. Nunca digas de (este, -a) _____ agua no beberé.

2. Para cada examen me tienes que rellenar (un, -a) _____ acta.

3. Las grandes potencias andan loquitas por las reservas de petróleo que se acumulan en (el, la) _____ Asia central.

4. En sus ratos libres se dedicaba a fabricar (unos, -as) _____ hachas de sílex que luego iba enterrando por el campo.

5. No discutas con (el, la) ______ árbitra, que es peor.

6. Tienes que pasar por secretaría a firmarme (los, las) _____ actas.

7. Por mucho que te empeñes, por el mismo río nunca verás bajar (los, las) _____ mism(os, as)___ aguas.

8. —¿Ve usted (aquel, -la) _____ águila calv(o, -a)___ que va por ahí volando? —Sí, señor. —Pues yo no.

9. ¿Lleva usted (algún, -a) _____ arma incendiari(o, -a)___ en el equipaje de mano?

10. (El, La) _____ alfa de los griegos es el origen de la letra a.

Cincuenta y un por ciento

El numeral uno mantiene su forma plena delante de la expresión por ciento. Por eso, se debe decir veintiuno por ciento, cincuenta y uno por ciento y no veintiún por ciento, cincuenta y un por ciento.

Quienes dicen esto último están incurriendo en ultracorrección. Saben que en ocasiones uno se convierte en un. Así, por ejemplo, tenemos Cómprame un helado frente a Cómprame uno. Quien tiene la noción de que se produce este tipo de cambios puede generalizar incorrectamente la regla convirtiéndola en algo así como “Uno se convierte en un cuando lleva algo detrás”. Sin embargo, la regla que rige la pérdida de la terminación (o apócope) es más estricta, a saber:

Regla: Uno se convierte en un cuando va seguido por un sustantivo

Si aplicamos la regla anterior se entiende que digamos Cómprame un helado, puesto que aquí uno va seguido por el sustantivo helado. Entre uno y el sustantivo se puede interponer algún otro elemento, como un adjetivo: Un delicioso helado. Nótese, en cambio, que cuando no hay sustantivo de por medio volvemos a la forma uno: Me he comido uno delicioso.

Lo mismo nos da que uno aparezca formando parte de una expresión numeral más amplia. La regla se sigue aplicando igual y, por tanto, las formas correctas siguen siendo Cincuenta y un helados, Cincuenta y un deliciosos helados, Cincuenta y uno deliciosos.

Ciento no es un sustantivo sino un numeral, por lo que no podemos quitarle su terminación a uno. En cualquier caso, si lo anterior no te termina de convencer, hay una forma rápida de entender por qué lo correcto es Cincuenta y uno por ciento. Decimos Uno por cada tres, ¿no? Bueno, pues la expresión Cincuenta y uno por ciento es lo mismo que Cincuenta y uno por cada cien. O sea, que si no vamos diciendo por ahí Cincuenta y un por cada cien, tampoco está justificado el famoso Cincuenta y un por ciento.

Estas explicaciones se refieren a la forma masculina. La femenina no pierde la -a final salvo en ciertos casos especiales en que los determinantes femeninos adoptan la forma masculina.

Así que recuerda: se dice cincuenta y uno por ciento, se dice cincuenta y uno por ciento…

Plural de modestia

El plural de modestia es un artificio retórico que consiste en utilizar un nosotros que encubre un yo. La primera persona singular se convierte en plural para que el individuo responsable de aseveraciones, juicios, propuestas, etc. pase a un segundo plano y quede oculto tras una pluralidad ficticia. Se trata de dar un paso atrás lingüísticamente para no atribuirse demasiada importancia a uno mismo.

Este particular empleo de la primera persona del plural se asocia típicamente con textos académicos y científicos. Encontramos un magnífico ejemplo en la nota preliminar que redacta Francisco Ruiz Ramón en 1971 para la segunda edición de su Historia del teatro español:

Nuestra intención al preparar la revisión de este libro para su segunda edición ha sido mantener la que presidía la primera redacción. Sin embargo, nuestra conciencia de la insuficiente presentación de algunos temas, la crítica amistosa, y por ello mismo severa de algunos amigos y colegas, aquellas reseñas en donde con espíritu objetivo —que agradecemos—se hacían reparos y se señalaban errores y erratas, la consideración más detenida de algunos puntos y nuevas lecturas, nos han decidido a rechazar páginas enteras y a escribirlas de nuevo, cambiando, en la medida en que nuestros puntos de vista habían cambiado, su enfoque, y esto, a veces, de modo sustantivo, sin que nos detuviera el expresar ideas distintas a las sostenidas antes si estas nos parecían incorrectas o insuficientes.

Quien habla en el párrafo anterior es el autor individual de un manual universitario. Podría expresar perfectamente los mismos contenidos en singular: Mi intención al preparar la revisión de este libro… mi conciencia de la insuficiente presentación de algunos temas… con espíritu objetivo —que agradezco—… me han decidido a rechazar páginas enteras. Sin embargo, prefiere ocultar pudorosamente su persona amparándose en el plural. Como se aprecia también en el ejemplo, el plural de modestia no afecta solamente a las formas verbales, sino, en general, a las palabras y expresiones capaces de expresar persona, como determinantes posesivos (nuestra intención) o pronombres (nos parecían incorrectas).

El plural de modestia no es, ni mucho menos, exclusivo del lenguaje académico, sino que puede presentarse en cualquier tipo de discurso. Sin embargo, la tradición y las convenciones de la producción científica, con sus exigencias de objetividad, parecían empujar al autor a adoptar el plural en la expresión. En las últimas décadas, no obstante, se aprecia una tendencia a emplear un estilo más directo, por lo que cada vez más se prefiere el yo a la hora de redactar un artículo o realizar una presentación en un foro científico. Ambas posibilidades entran por igual en lo que hoy día se considera una buena redacción. Son opciones diferentes que el autor tiene a su disposición y entre las cuales habrá de escoger dependiendo de si quiere situar el foco de atención sobre sí mismo o más bien apartarlo.

Otro uso particular del plural relacionado con este, aunque con motivaciones muy diferentes, es el del denominado plural mayestático, del que nos ocupamos en otro artículo.

‘Tú’ con tilde y ‘tu’ sin tilde

La tilde diacrítica permite diferenciar el  pronombre personal y el tu posesivo. El primero, con tilde, puede funcionar como sujeto de una oración (1). Esa es su función más típica, pero no la única. En el ejemplo (2) aparece aislado funcionando como vocativo y en el (3) va introducido por la preposición según, que es una de las que admite (la otra es entre).

(1) ¿Ves? Cuando quieres eres un hombre que da gusto contigo [Luis Landero: Juegos de la edad tardía]

(2) ¡Eh, ! —dijo Alicia [Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama]

(3) ¿Tenían que pedirte permiso, según ? [Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama]

El segundo tu es un posesivo al que encontraremos calificando a un sustantivo como sucede en (4). En (5) se ha añadido un adjetivo entre el posesivo y el sustantivo:

(4) María, sal, que venimos a ver tu casa [Camilo José Cela: Viaje a la Alcarria]

(5) ¿Cuánto hace de tu último permiso? [Jesús Fernández Santos: Jaque a la dama]

Si no queremos entrar en mayores consideraciones gramaticales, es fácil distinguirlos de oído, como suele ocurrir en los pares de monosílabos que se diferencian mediante una tilde diacrítica. El que recibe la tilde es tónico en la oración, frente al otro, que se pronuncia átono.

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‘Él’ con tilde y ‘el’ sin tilde

Dos monosílabos que se oponen en la escritura mediante una tilde diacrítica son él y el. El primero es un pronombre personal de tercera persona singular. En los ejemplos siguientes lo encontramos acompañando a un verbo como sujeto de la oración (1), dependiendo de una preposición (2) y aislado como en (3), donde el verbo se sobrentiende:

(1) [...] cuando él miró, vio que estaba llorando, en silencio [Guillermo Cabrera Infante: Delito por bailar el chachachá]

(2) [...] tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él [Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta]

(3) Eso él. A mí no me lo digas [Rafael Sánchez Ferlosio: El Jarama]

El segundo el, por su parte, es un artículo determinado. Esta clase de palabras presenta una gran complejidad en el uso. El caso central es el del artículo que precede a un sustantivo (4), aunque también puede introducir a otros elementos, como un adjetivo (5) o incluso una oración subordinada (6):

(4) Manuela seguía como la dejó el hijo [José Manuel Caballero Bonald: Ágata ojo de gato]

(5) [...] la ausencia es aire que apaga el fuego chico y aviva el grande [Carmen Martín Gaite: Nubosidad variable]

(6) Ay, tía Lola, te lo agradezco en el alma el que hayas venido [Miguel Romero Esteo: El vodevil de la pálida, pálida, pálida rosa]

Si no queremos echar mano de la gramática, tendremos que aguzar el oído para percibir la diferencia entre la palabra que se pronuncia tónica y la que se pronuncia átona en la oración. Es importante para ello que lo pronunciemos dentro de un enunciado, puesto que toda palabra que se pronuncia aislada tiene un acento prosódico, con lo que se anularía la diferencia que precisamente estamos tratando de detectar.

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‘Mí’ con tilde y ‘mi’ sin tilde

Uno de los casos de tilde diacrítica contenidos en las reglas de acentuación del español es el del par mí y mi. Para para distinguir una y otra forma podemos guiarnos por la gramática o por el oído.

Probemos primero con la gramática. El  con tilde es un pronombre personal que siempre lleva delante una preposición, mientras que su contrapartida sin acento ortográfico es un posesivo que, obligatoriamente, va seguido por un sustantivo:

(1) Pues a mí poca gracia me hace que me maldiga un espantajo así [Emilia Pardo Bazán: La madre naturaleza].

(2) ¡Déjenme ver, es mi esposa! [Juan Goytisolo: Paisajes después de la batalla].

Como podemos ver, el con tilde de (1) va introducido por la preposición a. También podría ser para mí, contra mí, sin mí, de mí, etc. El de (2), por su parte, lleva detrás el sustantivo esposa. Cuidado: este también puede ir introducido por una preposición, pero seguiremos reconociéndolo porque, a diferencia del primero, seguirá emparejado con un sustantivo: de mi esposa, con mi esposa, ante mi esposa, etc.

Si la diferencia entre la categoría de pronombre personal y la de posesivo no nos saca de dudas, tendremos que fiarnos de nuestro oído. Cuando pronunciamos estos monosílabos dentro de una oración, el que lleva la tilde diacrítica es tónico, mientras que el que no la lleva es átono. Si pruebas a leer en voz alta los dos ejemplos de arriba, oirás lo siguiente:

(3) puesamí póca grácia meáce

(4) és miespósa

En (3), las palabras átonas pues y a se apoyan en el acento del  pronombre para pronunciarse, mientras que en (4) es el mi posesivo el que necesita el acento del sustantivo esposa. Para percibir la diferencia es importante que pronunciemos el mi/mí en cuestión dentro de una cadena de palabras. Si los pronunciamos aislados, nos quedaremos en las mismas porque todas las palabras, cuando se pronuncian aisladas, son tónicas.

Existe, además, un sustantivo mi que es el nombre de una nota musical y que se escribe también sin acento, pero la verdadera oposición es entre los dos que hemos comparado arriba. Este otro se escribe con relativa poca frecuencia y no parece que dé lugar a confusión, por lo que no merece la pena entrar en mayor detalle.

No está de más advertir antes de terminar que la analogía nos puede jugar una mala pasada con la acentuación de la serie de pronombres mí – ti – sí. Se tildan el de primera persona y el de tercera, lo que lleva a mucha gente a pensar que también hay que hacerlo con el de segunda, que va en medio de la serie, como en un bocadillo; pero, como sabemos, ti no lleva tilde, aunque yo creo que esto queda más claro si escribimos la serie con alguna preposición, que es lo que nos encontraremos en la práctica:

De mí – de ti – de sí

En definitiva, para utilizar correctamente la tilde diacrítica necesitas, en primer lugar, conocer los pares de palabras afectados y, a continuación, ser capaz de realizar algunas operaciones gramaticales básicas o, si no, por lo menos, de aguzar el oído. Tú sabrás lo que se te da mejor.

Lo mejor ahora es que hagas un ejercicio para practicar. Y para que te sirva de recordatorio, te he preparado un resumen de las reglas de uso del acento. Cuando lo hayas leído, estarás en condiciones de hincarle el diente al supermegamanual de acentuación.

Por qué, porque, el porqué, por que

Dentro del ránking de las dudas y vacilaciones ortográficas hay una que se sitúa muy arriba: la diferencia entre por qué, porque, el porqué y por que en todas sus variantes, es decir, junto o separado, con tilde o sin ella.

Vamos a empezar con la variante en dos palabras y con tilde: por qué. Esta es una combinación de una preposición (por) y un interrogativo o, a veces, exclamativo (qué). Sirve para preguntar por la causa de algo. Su uso más frecuente y más claro lo encontramos en las oraciones interrogativas directas:

(1) ¿Por qué no te casas?

Si leemos en voz alta la oración anterior, nos daremos cuenta de que el qué es tónico. Eso explica que lleve una tilde diacrítica que lo distingue de otros ques que en la oración carecen de acento prosódico.

Por qué también se utiliza en las oraciones interrogativas indirectas, como, por ejemplo:

(2) No sé por qué no te casas

Como vemos, también aquí el interrogativo qué es tónico, lo que justifica su tilde diacrítica. En la oración anterior, podemos reconocer que nos hallamos ante una interrogativa indirecta porque tenemos la posibilidad de construir la correspondiente interrogativa directa:

(3) Hay una cosa que no sé: ¿por qué no te casas?

Si tenemos claro este primer uso, también está a nuestro alcance el segundo, es decir, junto y sin tilde: porque. En el ochenta por ciento de los casos, este no es sino la contestación a un ¿por qué?:

(4) ¿Por qué no me caso? Porque no me da la gana

En el ejemplo anterior tenemos la secuencia completa de pregunta y respuesta: ¿Por qué…? Porque… Ni que decir tiene que la pregunta puede quedar sobreentendida y que nos podemos encontrar el dichoso porque sin pregunta previa, como aquí:

(5) No se casó porque no le dio la gana

Pero entonces podremos formular la pregunta correspondiente, como es fácil comprobar. Siempre que le podamos buscar un ¿por qué? a nuestro porque, querrá decir que se escribe junto y sin acento. En este uso, porque es una conjunción causal, es decir, tiene la función de introducir una oración que explica el motivo de algo.

En tercer lugar tenemos el porqué, en una palabra, con tilde y con el artículo delante. Se trata aquí de un sustantivo que procede de la lexicalización de la secuencia interrogativa que veíamos en primer lugar. Podemos parafrasearlo como el motivo. Se escribe siempre junto y acentuado y es el más fácil de reconocer gracias al artículo, que obligatoriamente lleva delante. Veamos un ejemplo:

(6) Cuando analizo el porqué de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa (José Ortega y Gasset: Ideas y creencias)

Como es un sustantivo a todos los efectos, podemos incluso pluralizarlo:

(7) Cuando analizo los porqués de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa

Es fácil cerciorarse de que, como decíamos, se puede sustituir por el sustantivo motivo:

(8) Cuando analizo el motivo de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa

(9) Cuando analizo los motivos de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa

La secuencia menos frecuente es la que se escribe en dos palabras y sin tilde: por que. La dejo para el final porque, a efectos prácticos, es la que menos dificultades nos va a plantear, ya que se presenta en pocas ocasiones. Aquí podemos tener bajo una misma forma dos estructuras sintácticas muy diferentes. En el primer caso, se trata de una preposición regida por un verbo a la que le sigue una conjunción. No se puede fundir en una palabra precisamente porque la preposición depende del verbo:

(10) El gobernador se preocupó por que el proceso electoral se desarrollara limpiamente

El verbo preocuparse rige la preposición por; preocuparse es preocuparse por algo. No es ya que el fundir la preposición con la conjunción que venga a ser como despojar al verbo de algo que le pertenece, es que si hacemos esto el significado puede modificarse radicalmente. Compara la oración (10) con esta otra:

(11) El gobernador se preocupó porque el proceso electoral se desarrollara limpiamente

Si el ejemplo (10) significaba que el gobernador puso todo su empeño en garantizar la limpieza del proceso, en (11) lo que tenemos es una conjunción causal y lo que indica es que la limpieza del proceso es causa de preocupación para el gobernador; vamos, que no tiene mucho interés en que las elecciones sean limpias. Mientras que el verbo de (10) tiene el significado de ‘ocuparse’, el de (11), en cambio, tiene el de ‘inquietarse’. Con una simple falta de ortografía le estamos dando la vuelta al significado y podemos estar calumniando a un íntegro servidor del estado (imagínate la que podemos organizar).

La preposición también puede depender de un sustantivo (12) o incluso de un adjetivo. En estos casos se mantiene la escritura en dos palabras y sin acento:

(12) Los anuncios de las compañías muestran su interés por que los colores corporativos tengan un significado simbólico (Elena Añaños y otros: Psicología y comunicación publicitaria)

La otra estructura sintáctica que se puede esconder detrás de esta grafía es la formada por la coaparición de una preposición y un pronombre relativo (13). Se trata de una forma culta y, precisamente por eso, poco frecuente. No es demasiado difícil de reconocer porque admite la inserción de un artículo, como vemos en (14):

(13) La razón por que manda el príncipe debe ser únicamente que así se lo manda Dios (Benito Jerónimo Feijoo: La política más fina)

(14) La razón por la que manda el príncipe debe ser únicamente que así se lo manda Dios

Y, por último, para terminar de volvernos locos, hay un caso que admite la grafía en dos palabras o en una, pero siempre sin acento: cuando la secuencia de marras tiene valor final, es decir, cuando indica un para qué, como en (15) y (16):

(15) Lucharé por que se sepa la verdad (= para que se sepa)

(16) Lucharé porque se sepa la verdad (= para que se sepa)

Tanto la grafía de (15) como la de (16) son correctas.

Y eso es todo. Si has llegado hasta aquí, te felicito porque has sido constante… o, espera, ¿cómo había que escribirlo?

De todas formas, lo mejor para que te aclares es que hagas un ejercicio.