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Hacer los deberes

La expresión hacer los deberes es un cliché, es decir, una expresión manida que en su día pudo ser original. He aquí un par de ejemplos, uno de ellos con el infinitivo hacer los deberes (1) y el otro en la forma muy corriente con los deberes hechos (2):

(1) En este sentido, ha instado al Consistorio a “hacer los deberes” en materia de I+D+i y que no “pierda más tiempo en otras cosas” [Europa Press (España), 13-3-2012]

(2) El Gobierno belga llegará a la reunión del Eurogrupo con los deberes hechos, aunque sea a última hora [El País (España), 12-3-2012]

Desde el punto de vista estilístico, esta forma de explicarse resulta poco afortunada por lo que tiene de falta de originalidad y de expresividad. Es una fórmula que se ha repetido hasta la saciedad y ya se sabe que lo poco agrada y lo mucho cansa. Forma parte, en realidad, de ese repertorio de lugares comunes y estereotipos que nos ayudan a despachar en un par de golpes de tecla un texto nada ejemplar. Pero si seguimos tirando del hilo, veremos que hay más motivos para recelar.

Está basada en una metáfora que presenta al sujeto, a la persona que tiene que hacer los supuestos deberes, como un niño que está sometido a la tutela de padres y maestros. Ellos son quienes saben lo que está bien y lo que está mal, lo que conviene y lo que no. Aquello de lo que se habla, o sea, los deberes, aparece como una tarea inexcusable que nos viene dada: es lo que hay que hacer y cuanto antes se haga, mejor. Cuanto más protestemos o nos distraigamos, peor, justo como un niño al que le ponen tres sumas y cuatro multiplicaciones que tiene que resolver antes de la merienda. Tampoco el hacerlo tiene mayor mérito; como mucho, nos convierte en chicos aplicados. En los deberes queda poco margen para la creatividad. Hay una solución que es la buena y solo lo habremos hecho bien en la medida en que la descubramos y nos acerquemos a ella. Y, naturalmente, el no hacer la tarea o hacerla mal tiene sus consecuencias: los chicos rebeldes se quedan sin merendar.

En definitiva, hemos de ser precavidos con este tipo de expresiones. En el mejor de los casos son muestras de adocenamiento y en el peor se prestan a funcionar como una píldora en la que alguien puede encapsular un juicio resumido que espera que nos traguemos sin pasarlo por el filtro del análisis racional. Por eso, cuando nos encontremos con ellas conviene que no nos quedemos en el hastío que nos producen, sino que nos preguntemos qué es lo que ocultan en lo que parecen revelar.

Las funciones del lenguaje de Bühler

El modelo del lenguaje como herramienta de BühlerUno de los desarrollos más notables de la concepción de la lengua como herramienta es el conocido como modelo del órganon de Karl Bühler, en el que este da cuenta de las funciones del lenguaje. Lo publica por primera vez en 1934 en su obra Teoría del lenguaje (Sprachtheorie), que fue traducida al español por Julián Marías.

El punto de partida está en el Crátilo de Platón, donde se afirma que la lengua es una herramienta (órganon en griego) y que esa herramienta sirve para que una persona le diga a otra algo sobre las cosas. Bühler desarrolla y enriquece esta metáfora platónica añadiéndole dimensiones adicionales. Su concepción se resume en un famoso diagrama que reproducimos aquí.

En el centro está el signo (Z – Zeichen), entendido como fenómeno acústico concreto, es decir, como algo que una persona concreta dice en un lugar y un momento dados. Desde este, parten unas líneas hacia arriba que lo vinculan con los objetos y estados de cosas del mundo (Gegenstände und Sachverhalte). Cuando se establece este vínculo entre un signo lingüístico y la realidad extralingüística, el primero adquiere la condición de símbolo, de algo que está ahí para representar otras cosas, y nos encontramos ante la función representativa del lenguaje (Darstellung).

La primera función del lenguaje consiste, por tanto, en decir cosas sobre el mundo, pero no es la única. El signo también aparece unido con el receptor (Empfänger), puesto que lo que se dice se dice para alguien. En este sentido, el signo lingüístico es una señal que lanzamos a nuestro interlocutor. A la función correspondiente se la denomina apelativa (Appell) por lo que tiene de llamada dirigida a alguien, con la que se pretende captar su atención y conseguir algún tipo de reacción ante lo que decimos.

No hay que olvidar tampoco que si el signo existe es porque alguien lo emite, y de ahí que aparezca también vinculado con su emisor (Sender). En esta dimensión el signo es síntoma, o sea, deja traslucir algo de lo que hay en el interior de la persona que lo emitió y su función es expresiva (Ausdruck) por cuanto permite al hablante sacar a la luz lo que lleva dentro.

El modelo del órganon no es solo un modelo del lenguaje, sino también de la comunicación y constituye un importante precedente de posteriores teorías semióticas. Será reelaborado por Jakobson, que ampliará las funciones hasta llegar a seis.

Lo importante es entender que, por encima de su apariencia abstracta, Bühler intenta explicar con su modelo algo tan sencillo y tan complicado como que yo pueda preguntar a un desconocido en la calle por dónde se va a un sitio y él me haga caso, comprenda adónde quiero ir, se dé cuenta de que estoy perdido y un poco cansado y me acompañe hasta la esquina para mostrarme el camino que quiero tomar.

La metáfora

La metáfora es una vieja conocida de la retórica, que la situaba entre las figuras de dicción. Desde un punto de vista retórico, la metáfora se suele considerar una comparación abreviada que se basa en una semejanza entre dos entidades o conceptos. Así, al menos, es como nos la presenta Lausberg en su Manual de retórica literaria. Se dice que es una comparación abreviada porque carece del vínculo comparativo que encontramos en un símil como Tus dientes son como perlas. Si a partir este ejemplo nos arriesgamos a un pequeño salto y decimos Tus dientes son perlas, ya hemos entrado en el terreno de la metáfora. La semejanza habremos de buscarla en las propiedades de uno y otro elemento, que tendrán algunas en común; en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la blancura, el brillo, la dureza y, quizás, el valor.

Yo me conformaré con esta presentación esquemática de la idea tradicional, literaria, de metáfora. Personas hay que pueden abordar el asunto con mayor fundamento. A mí me interesa más aportar aquí la perspectiva del lingüista.

Fijémonos, para empezar, en la etimología. El sustantivo metáfora se deriva del verbo griego metaphéro, que significa ‘llevar algo a otro sitio, trasladarlo’. Esto es importante porque nos da una idea del mecanismo básico que subyace a la metáfora (¿no hemos dicho siempre que da lugar a significados traslaticios?).

En el corazón de todas sus definiciones encontramos la noción de que se entabla una relación entre realidades pertenecientes a dos ámbitos diferentes, de manera que se usa el primero para aprehender el segundo. Al hacerlo se proyecta sobre este último una parte de las propiedades del primero. Y si es cierto que se da una relación de semejanza entre una y otra realidad, también lo es que dicha semejanza no es inherente a ellas, sino que se trata de una semejanza inducida que no existe con independencia de la metáfora. O sea, que antes que buscarla en las cosas en sí, haríamos bien en volver la mirada hacia nuestro interior, más concretamente, al funcionamiento de nuestro sistema cognitivo.

La relación de semejanza la establecemos nosotros. En el célebre ejemplo de las perlas y los dientes, una realidad perteneciente al ámbito animal, concretamente, de la ostra, nos sirve para hablar de una parte del cuerpo de una persona. De todas las propiedades que tiene la perla, enlazamos algunas con las del diente. Ya hemos mencionado arriba la blancura, el brillo y la dureza. Y decíamos que quizás también el valor. Pero ¿esto es algo intrínseco al diente o algo que le estamos añadiendo gracias a la metáfora y que nos permite contemplarlo a una luz diferente, que es la que se desprende del mundo de las joyas, el lujo, lo precioso? Y, en cambio, hay otras propiedades de la perla que no intervienen, como la redondez o la composición química. Esto ha de ser forzosamente así, pues de lo contrario no se trataría de una comparación o asimilación, sino de que lo uno sería estrictamente lo otro.

Y si hacemos el ejercicio mental de asimilar los dientes con terrones de azúcar, bolitas de pan de Viena o trocitos de tiza, iremos viendo cómo nuestra percepción de ese diente va transformándose según la luz que arrojemos sobre él. Mucho de esto lo vamos entendiendo cada vez mejor gracias al trabajo de científicos cognitivos como George Lakoff y Mark Johnson.

La metáfora es un instrumento de gran utilidad en la ardua tarea de explicarnos qué es y cómo es el lenguaje. Nos sirve así para desentrañar un gran número de procesos de cambio lingüístico, tanto del léxico como de la gramática.

La metáfora permite aumentar el repertorio de significados de una palabra o expresión al irle añadiendo a su significado básico otros nuevos que se derivan de este. Contribuye así al aumento de la polisemia. Por ejemplo, las partes de nuestro propio cuerpo se convierten en fuente de abundantes metáforas que nos permiten nombrar cada vez más objetos. Pocas cosas habrá que sean más importantes para un ser humano que sus manos. Y por eso vemos manos por todas partes. Así, decimos que los relojes tienen manos o manecillas (pues al fin y al cabo son pequeñas) o que tiene mano un mortero; en una partida de cartas, a quien primero juega le llamamos mano; alguien que es influyente tiene mucha mano (en el ministerio, el ayuntamiento o donde sea); una medicina que me va bien diré que es mano de santo…

Pero no hemos acabado. La acción prototípica que realizamos con las manos es la de coger cosas (aunque también podamos utilizarlas para espantarnos las moscas, aplaudir o quitarnos el sol de los ojos). Nos pasamos el día cogiendo paraguas, libros y teléfonos móviles. Eso ha dado pie a que podamos coger chistes, resfriados o enfados. Y no contentos con coger nosotros lo que de por sí es inasible, nos empeñamos en reconocer esta acción hasta en objetos y acontecimientos, de modo que aseguramos con pleno convencimiento que la tierra no coge el agua, que nos ha cogido una tormenta en medio del bosque o que nuestro nuevo coche coge muy bien las curvas. Cada uno de estos usos está basado en una metáfora diferente, pero en todos ellos reconocemos el significado básico de coger sobre el que se han formado.

A veces, los nuevos significados se van sumando a los que ya existían. En otras ocasiones, un nuevo significado puede llegar a desplazar al antiguo y quedar como único superviviente. Por ejemplo, nuestras piernas fueron en otros tiempos jamones. La palabra perna significaba en latín ‘jamón’, pero alguien tuvo un buen día la ocurrencia de utilizarla humorísticamente para nombrar las extremidades inferiores de las personas. El chiste gustó, se institucionalizó y se incorporó con ello a los significados de esa palabra, hasta que acabó perdiéndose el sentido originario y solo quedó el que conocemos hoy.

La metáfora entra a menudo en juego en la ampliación del repertorio léxico de las lenguas mediante la neología. No es difícil identificarla detrás de muchos compuestos. Pensemos, por ejemplo, en chupatintas, sacabocados o rompecorazones. ¿Y cuál, si no, fue el procedimiento por el que se formaron expresiones idiomáticas como arrimar el ascua a su sardina o dar sopas con honda?

Las metáforas también son omnipresentes en la gramática. De hecho, uno de los medios favoritos de innovación gramatical es la metáfora. Una de las principales metáforas que dan lugar a estructuras gramaticales en las lenguas del mundo es la del tiempo como espacio. Los conceptos espaciales se cuentan entre los primeros que adquiere un niño y en ellos se asienta la comprensión de nociones más abstractas, como la temporalidad y la causalidad. Una gran parte del vocabulario que se refiere a fenómenos temporales procede del ámbito espacial. Decimos que el tiempo pasa, corre o vuela, que tenemos una vida por delante, etc. Es muy frecuente en las lenguas del mundo que los tiempos de futuro se formen sobre verbos de movimiento. Un ejemplo típico es nuestra perífrasis voy a cantar, que tiene su paralelo en el inglés I’m going to sing.

En fin, terminaré esta entrada, más que nada, porque ya va excediendo los límites de lo razonable y, probablemente, de la paciencia de los lectores; pero el tema es prácticamente inagotable y prometo volver al ataque tratando en detalle algunos de sus aspectos más específicos. O, para decirlo con una metáfora, esto era solamente para abrir boca.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La metáfora]

La lengua como organismo

Los humanos nos hemos ido buscando a lo largo de la historia diferentes modelos para tratar de explicarnos una realidad tan abstracta y compleja como es la lengua. Uno que gozó de gran predicamento en el siglo XIX es el de considerar la lengua como si fuera un organismo. Encontramos esta concepción en la obra de lingüistas como Wilhelm von Humboldt, August Schleicher y otras figuras clave en la creación de la disciplina lingüística tal como hoy la conocemos. Y más allá de la repercusión teórica que tuviera en su época, esta idea se ha perpetuado en las concepciones populares. Hasta tal punto está arraigada en nosotros que la manejamos como si de verdad estuviéramos hablando de propiedades consustanciales a las lenguas, sin darnos cuenta de que, en realidad, lo que estamos haciendo es manejar una serie de metáforas que, conjuntamente, constituyen una metáfora compleja de mayor nivel.

Para empezar, un organismo es un ser vivo. Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Esto es lo que da sentido a preguntas como ¿cuándo nace el castellano? y es la idea que subyace a afirmaciones como que las lenguas románicas descienden del latín, que el castellano florece en el siglo XVII o que el latín es una lengua muerta.

Por otra parte, al concebir la lengua como organismo, la convertimos en una realidad independiente, igual que lo pueda ser un castaño o un gato. Si lo miramos bien, existir, lo que se dice existir, existe lo que alguien dice (o escribe) en un momento concreto. Y no solo existe, sino que tenemos una experiencia directa de ello e incluso podemos grabarlo para mostrárselo después a otra persona (Mira lo que ha dicho el Ministro de Educación). Si alguien nos pidiera que hiciéramos algo parecido con la lengua italiana, la gallega o la guaraní, nos veríamos en un apuro; y, sin embargo, todos tenemos la idea de que estas lenguas tienen entidad propia.

La idea de organismo es, asimismo, la que estamos manejando consciente o inconscientemente cuando le atribuimos a una lengua la capacidad de actuar o de reaccionar. Así, afirmamos que el inglés está conquistando el mundo o que el francés está cada vez más debilitado. A veces, incluso, nos representamos las diferentes lenguas como una diversidad de organismos que coexisten e interactúan. Por eso decimos que el inglés se está comiendo a las lenguas pequeñas o que el bretón ha conseguido sobrevivir a la presión del francés.

Un organismo tiene partes diferentes que mantienen entre sí una relación jerárquica y estructurada y a las que corresponden diferentes funciones. De la misma forma que, a primera vista, podemos diferenciar en un árbol hojas, ramas, tronco y raíces o en un animal podemos apreciar una cabeza, un tronco y unas extremidades, el estudio de las lenguas siempre ha llevado a diferenciar grandes componentes como léxico, sintaxis, morfología y semántica. A su vez, dentro del léxico, podemos diferenciar células que son los diferentes vocablos o en la sintaxis podemos reconocer diferentes estructuras que constituyen una armazón en la que encuentran su sitio las palabras… De la misma forma que los diferentes órganos y partes de un cuerpo contribuyen en conjunto al funcionamiento del todo, así la interacción de los diferentes elementos que reconocemos en los diferentes niveles de análisis lingüístico hace posible el funcionamiento de la lengua como un todo orgánico y le permite comunicar información, transmitir valores simbólicos, etc.

La popularidad de la concepción de la lengua como organismo en el siglo XIX se explica por los grandes éxitos que estaban cosechando en aquel momento las ciencias naturales. Resulta tentador en ese contexto histórico tratar de adaptar métodos que estaban cosechando éxitos nada desdeñables en su aplicación a otros objetos de estudio. Pero ahí está precisamente el punto fuerte y el talón de Aquiles de este intento. La lingüística consiguió aprovechar algunos de estos avances para describir y explicar su objeto de estudio; pero acabó topándose con una limitación radical: el lenguaje no es un organismo y, por ello, la metodología aplicada al estudio de los seres vivos no se puede trasplantar sin más a este otro campo.

Como de costumbre, he mencionado aquí tan solo unos pocos ejemplos que ilustran esta concepción organicista; pero, seguramente, a poco que reflexiones sobre la cuestión, se te ocurrirán otros aspectos que quizás quieras compartir aquí con todos nosotros.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La lengua como organismo]

Metáforas en la gramática

Si alguien nos preguntara de pronto por la metáfora, casi todos tenderíamos a asociarla con la literatura. Puede que incluso se nos pasaran por la cabeza los ejemplos que nos ponían en clase, como aquello de las perlas de tus dientes. Simplificando mucho, podemos decir que tradicionalmente se concebía la metáfora como una figura retórica que consistía en decir esto es como esto otro o, más bien, esto es esto otro.

Si nos paramos a pensar un poco, el que más y el que menos tiene, además, la noción de que la metáfora también está presente en el lenguaje cotidiano. Se nos ocurrirán, probablemente, ejemplos como el del cuello de la botella, donde se asimila una parte de un objeto inanimado a una parte del cuerpo. El mecanismo que está funcionando aquí es el mismo. Estamos diciendo: esto (una parte de la botella) es como esto otro (una parte del cuerpo).

De lo que ya no estoy tan seguro es de que alguna vez nos hayamos dado cuenta de que la metáfora también tiene un gran rendimiento en las estructuras gramaticales de las lenguas. Desde los años ochenta, gracias a la lingüística cognitiva, se ha ido sabiendo que, en realidad, la metáfora es un mecanismo cognitivo básico de los seres humanos; de ahí que sea omnipresente. Hablamos y pensamos en metáforas e incluso actuamos a través de ellas. Nuestra mente tiene una dificultad básica para aprehender las nociones abstractas. No nos cuesta nada enterarnos de qué es una manzana. En cambio, las sumas, las restas y las raíces cuadradas ya van siendo más complicadas. Uno de los trucos de los que se sirve la mente humana para enfrentarse a realidades abstractas consiste en asimilarlas a otras más concretas, de las que tenemos una experiencia más inmediata. Dado que la gramática tiene que ver con la representación de relaciones abstractas, no hay que sorprenderse de que muchas de sus estructuras tengan una base metafórica.

Por ejemplo, ¿de qué tenemos una experiencia más inmediata? ¿De nuestro propio cuerpo o del espacio? Yo creo que está claro: un niño descubre primero que tiene cabeza, tronco, manos y pies, y solo después va asimilando relaciones espaciales como delante, detrás, a un lado, a otro, arriba, abajo, etc. Pues bien, en la lengua encontramos expresiones que aprovechan nuestro conocimiento del cuerpo para ayudarnos a entender cómo está organizado el espacio. Así, decimos que el bar está enfrente del Ayuntamiento, que la estación queda a mano izquierda, que la ciudad se construyó al pie de la montaña, que el casino se encuentra a espaldas de la catedral. Conviene señalar también que son solamente algunas partes del cuerpo, las más destacadas, las que pueden cumplir este tipo de función. Es decir, en las gramáticas de las lenguas del mundo tienden a aparecer manos, cabezas y pies, pero no muelas, tibias o juanetes (pongamos por caso).

Como todo es relativo, también lo es la noción de abstracción. Es cierto que el espacio es más abstracto que el cuerpo, pero también que nos resulta más fácil de entender que el tiempo. Es más inmediata la experiencia de encontrarse en un sitio que la de encontrarse en un momento o la de ir a alguna parte que la del transcurrir del tiempo. Por eso solemos representarnos el tiempo como si fuera un espacio por el que nos movemos. Piensa en los verbos que utilizas para expresar la experiencia temporal y verás cómo la mayoría son de significado espacial. Muchos adverbios temporales también tienen este origen. Por eso decimos Alrededor de las once, utilizando la misma expresión que para Alrededor del fuego. Tenemos incluso una perífrasis verbal (voy a estudiar) que conceptualiza la futuridad como desplazamiento en el espacio (voy a Segovia).

En fin, podríamos seguir, porque el tema es prácticamente inagotable, pero esta entrada ya va siendo lo suficientemente larga y si ha servido para hacernos reflexionar, ya habrá cumplido su objetivo. Pero si se te ocurren más ejemplos —que se te ocurrirán—, no dudes en contarlos. Así podremos discutir todos un ratito.

Brotes verdes

Últimamente hablan mucho en las noticias de los brotes verdes refiriéndose a esta economía nuestra que parece que quiere salir del coma. Esto es una metáfora que no se ha escogido por casualidad. Vamos a ver por qué.

Yo lo único que entiendo de economía es que cada vez me cuesta más llegar a fin de mes. El común de los mortales no nos enteramos demasiado de si los grandes indicadores macroeconómicos están mejorando, si la gente está comprando más casas en Florida o si Obama, Lula y Merkel han decidido crear un nuevo orden financiero internacional.

Pero sucede que la economía es confianza y si no tenemos confianza y empezamos a gastar, no vamos a salir nunca de la dichosa crisis. Y por eso se intenta decirle a la gente que aunque no se note mucho de momento pronto vamos a empezar a levantar cabeza.

La metáfora de los brotes verdes asimila la situación económica a la vida de las plantas. Un brote, por definición, es pequeño, pero tiene el potencial de crecer y convertirse en una gran planta. El verde no solo es el color de la vida, del resurgir, sino que además inspira confianza; por eso los médicos llevan batas verdes. Las plantas, cuando crecen, son fuente de alimento y de todo tipo de bienes. Después del invierno de la recesión viene la primavera del despegue económico. Al principio apenas se nota; los primeros días de sol todavía conviven con el frío, pero conforme vayamos avanzando, todo irá floreciendo, hasta que lleguemos al verano, en que todo fructifica y después al otoño cuando madura. Para entonces ya se estará fraguando el próximo invierno, pero eso queda lejos y más vale no pensarlo.

Un brote es delicado y tierno. Se malogra fácilmente. Así, si la recuperación no llega, no se podrá echar la culpa a quienes la han vaticinado. Es como cuando vuelve el frío y la helada quema las yemas de los árboles. Pero un brote también se puede cuidar y abrigar y eso probablemente es lo que quieren nuestros mandamases que pensemos que están haciendo ellos.

Y más vale que sea así por la cuenta que nos trae.

Cultura de la propiedad

Me entero por la prensa de que en España se van a eliminar las subvenciones a la compra de pisos y veo resurgir de sus cenizas una de las expresiones preferidas de los años de la especulación: la cultura de la propiedad. Durante las pasadas fiebres inmobiliarias se entendía esta cultura como una necesidad compulsiva de comprar casa, consustancial con el genio hispánico. Veamos un ejemplo que refleja bastante bien el uso de la expresión de marras:

(1) La cultura de la propiedad está tan arraigada que el 92% de los cabezas de familia de entre 65 y 75 años son propietarios de una vivienda, valorada de media en unos 180.300 euros [Demayores.com, 11-10-2008].

La palabra cultura se utiliza para ennoblecer sin necesidad de entrar en discusiones racionales. Su simple presencia basta para realzar lo que se le pone al lado; lo mismo da que sea un bloque de viviendas o una berenjena.

Lo que tenemos detrás es una metáfora que asimila la compra de una casa con la composición de los Conciertos de Brandeburgo o la lectura del Quijote. Se explota el prestigio de las manifestaciones más genuinas del espíritu humano, las que nos hacen verdaderamente personas y nos diferencian de otras especies del planeta. Se asocia así una operación mercantil con valores de urbanidad, desarrollo y civilización, y se la presenta como algo valorado en nuestra sociedad, con una tradición y un arraigo, consustancial con nuestra forma de ver el mundo y entender la vida.

Lo que tiene este tipo de lenguaje es que es como un calcetín al que fácilmente se le da la vuelta. Así, la cultura de la propiedad fácilmente se transforma mediante otra metáfora en la mentalidad del pisito. Es la misma realidad contemplada bajo otra luz, ahora francamente negativa, por ejemplo:

(2) Hay que pensar que la mentalidad del pisito se ha terminado, y creo que es bueno para todos. A partir de ahora a alquilar a precios razonables [comentario de un lector en El Economista, 30-4-2008].

Metáforas como estas se prestan fácilmente a la manipulación. Es conveniente pararse a pensar lo que hay detrás de ellas si no nos queremos dejar llevar a terrenos que quizá no sean los que más nos convienen.

La pierna es un jamón

Nuestro nombre pierna viene del latín perna, que significaba ‘jamón’.

‘Pierna’ se decía en latín clásico crus, pero en el habla popular se prefería la otra forma, que era más divertida. Esto era típico del latín vulgar: se sustituían las expresiones serias del habla culta por otras más expresivas.

Es lo mismo que hacemos hoy cuando nos ponemos a hablar de nuestras cosas con nuestros amigos, familiares, compañeros de trabajo… Es más, esta misma metáfora sigue vivita y coleando en el mundo hispánico. Cuando un abuelo dice orgulloso “qué jamones tiene esta niña”, está asociando la pierna de la criatura y la pata del animalito, como se ha hecho durante miles de años a orillas del Mediterráneo, donde el cerdo tiene una enorme relevancia cultural.

Imagínate un buen jamón. Todo lo que te sugiere es lo que lleva dentro esta metáfora: una pata lustrosa, recubierta de carne sabrosa y consistente, que solo de verla ya se le hace a uno la boca agua…

Estos mecanismos expresivos son fundamentales en el cambio lingüístico. Lo que empieza siendo una ocurrencia ingeniosa puede triunfar, de modo que la gente lo va repitiendo. Si tiene más éxito todavía, puede asentarse en el léxico de una lengua y, con un poco de suerte, llegar a desplazar a la expresión original.

Las lenguas sirven para que la gente hable de lo que siente, lo que le preocupa, lo que necesita. Sirven para regañar, embaucar y decir tonterías. Y dentro de esa masa va el fermento del cambio, que permite que las palabras y quienes las pronuncian vayan acompasados en su recorrido por el mundo.

A nivel de

A nivel de es una de esas expresiones que nos hacen dudar. Quien más y quien menos tiene la conciencia difusa de que es incorrecta y puede darle miedo emplearla.

Vamos a intentar separar el grano de la paja.

En su uso literal siempre es correcta, es decir, cuando expresa altura física relativa, como en este ejemplo:

(1) Nadal: “No juego a nivel del mar, Querrey tiene más opciones” [El País, 18-9-08].

El sentido está claro: el tenista se siente más cómodo jugando a ciertas alturas que a otras y la del mar no le favorece. Impecable.

La expresión de marras también tiene usos figurados. Aquí es donde vienen las complicaciones. Solo son correctos aquellos usos en que metafóricamente se presentan alturas relativas, como se hace en este diario dominicano:

(2) Pero la variedad de los estudios a nivel de licenciatura, de maestría y doctorado es un indicador estimulante que nos permite ver el futuro del país con optimismo [DiarioLibre.com, 11-11-2008].

Los estudios universitarios son como una escalera que se va subiendo. Primero se estudia la licenciatura, después viene la maestría y, por último, el doctorado. En general, está justificado el uso metafórico de a nivel de cuando hay una idea de jerarquía, escalafón, rango, etc.

Los otros usos se consideran incorrectos. Normalmente no aportan nada a la oración, que quedaría mucho mejor sin ese añadido; sin ir más lejos:

(3) El Real Unión se clasificó así para octavos de final de la Copa del Rey y agrava la crisis a nivel de juego del equipo merengue [EcoDiario.es, 11-11-08].

Aquí hubiera sido preferible decir simplemente:

(4) El Real Unión se clasificó así para octavos de final de la Copa del Rey y agrava la crisis de juego del equipo merengue.

En definitiva, antes de usar a nivel de pregúntate si expresa altura relativa física o figurada. De lo contrario, no añadirá nada a tu texto, sino que lo afeará.

Etimología de ‘obús’

Obús de 16 pulgadasObús es una de las pocas palabras de origen checo que tenemos en nuestra lengua. Nos llega a través del alemán. Y ni siquiera la tomamos directamente de aquí. Antes tiene que pasar al francés y de allí lo hará al castellano. Así pues, se trata de un préstamo de tercera mano, nada menos. Esta es la cadena:

Checo houfnice > al. Haubitze > fr. obus > esp. obús

Houfnice (pronunciado aproximadamente “jóufnitse”) significaba al principio ‘catapulta’. Solo después se empezó a utilizar para hablar de piezas de artillería. Se trata de una metáfora que se basa probablemente en la trayectoria: el obús permite lanzar los proyectiles bombeados (o sea, describiendo una parábola). Así se podía disparar fácilmente por encima de las propias tropas, de forma comparable a como lo haría una catapulta.

Según el diccionario histórico alemán de los hermanos Grimm (el Deutsches Wörterbuch), la palabra entra en la lengua alemana en el siglo XV a raíz de las guerras husitas, que agitaron Bohemia por motivos político-religiosos. De ahí pasa a las otras lenguas de Europa.