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Hacer los deberes

La expresión hacer los deberes es un cliché, es decir, una expresión manida que en su día pudo ser original. He aquí un par de ejemplos, uno de ellos con el infinitivo hacer los deberes (1) y el otro en la forma muy corriente con los deberes hechos (2):

(1) En este sentido, ha instado al Consistorio a “hacer los deberes” en materia de I+D+i y que no “pierda más tiempo en otras cosas” [Europa Press (España), 13-3-2012]

(2) El Gobierno belga llegará a la reunión del Eurogrupo con los deberes hechos, aunque sea a última hora [El País (España), 12-3-2012]

Desde el punto de vista estilístico, esta forma de explicarse resulta poco afortunada por lo que tiene de falta de originalidad y de expresividad. Es una fórmula que se ha repetido hasta la saciedad y ya se sabe que lo poco agrada y lo mucho cansa. Forma parte, en realidad, de ese repertorio de lugares comunes y estereotipos que nos ayudan a despachar en un par de golpes de tecla un texto nada ejemplar. Pero si seguimos tirando del hilo, veremos que hay más motivos para recelar.

Está basada en una metáfora que presenta al sujeto, a la persona que tiene que hacer los supuestos deberes, como un niño que está sometido a la tutela de padres y maestros. Ellos son quienes saben lo que está bien y lo que está mal, lo que conviene y lo que no. Aquello de lo que se habla, o sea, los deberes, aparece como una tarea inexcusable que nos viene dada: es lo que hay que hacer y cuanto antes se haga, mejor. Cuanto más protestemos o nos distraigamos, peor, justo como un niño al que le ponen tres sumas y cuatro multiplicaciones que tiene que resolver antes de la merienda. Tampoco el hacerlo tiene mayor mérito; como mucho, nos convierte en chicos aplicados. En los deberes queda poco margen para la creatividad. Hay una solución que es la buena y solo lo habremos hecho bien en la medida en que la descubramos y nos acerquemos a ella. Y, naturalmente, el no hacer la tarea o hacerla mal tiene sus consecuencias: los chicos rebeldes se quedan sin merendar.

En definitiva, hemos de ser precavidos con este tipo de expresiones. En el mejor de los casos son muestras de adocenamiento y en el peor se prestan a funcionar como una píldora en la que alguien puede encapsular un juicio resumido que espera que nos traguemos sin pasarlo por el filtro del análisis racional. Por eso, cuando nos encontremos con ellas conviene que no nos quedemos en el hastío que nos producen, sino que nos preguntemos qué es lo que ocultan en lo que parecen revelar.

Combinatoria frente a fijación

En las lenguas coexisten dos principios que son igual de importantes: la combinatoria y la fijación. Sin embargo, tradicionalmente se le ha dado más importancia al primero. Hasta tal punto es así que nos hemos acostumbrado a ver la lengua como una especie de mecano en el que se van ensamblando piezas para construir sintagmas, oraciones y textos.

Así —se suele creer—, quien disponga de los bloques de construcción (las palabras) y conozca las reglas que permiten encajarlas (la gramática), dominará una lengua. O sea, si yo conozco el determinante el/la/los/las, el sustantivo niño, el verbo comer y el sustantivo pan; y manejo, asimismo, las reglas gramaticales relativas al género, el número, la conjugación, el desempeño de funciones gramaticales como sujeto y complemento directo, etc., ya puedo construir una oración como El niño come pan. Ir creando más y más oraciones es, simplemente, cuestión de ir ampliando el inventario de palabras que sé combinar y el conjunto de reglas que rigen tales combinaciones. A esta visión parcial, simplista, de lo que es una lengua es a la que apelan estos métodos más o menos milagrosos que nos prometen enseñarnos inglés, francés o ruso a base de un puñado de vocabulario y unas cuantas nociones gramaticales.

Ojalá todo fuera tan fácil. Hay otra vertiente igual de importante en el dominio de una lengua: la que tiene que ver con todas aquellas combinaciones que los hablantes no van montando pieza por pieza, sino que se encuentran ya construidas, que aparecen constituidas en bloques con mayor o menor trabazón entre sus miembros. Estas se van transmitiendo de unos hablantes a otros y se van repitiendo de generación en generación, como parte del inventario de expresiones de una comunidad lingüística.

Las más típicas son probablemente las denominadas expresiones idiomáticas. Aunque yo conozca el significado de estirar y de pata, y sea capaz de combinar estas y otras unidades de acuerdo con las reglas de la gramática, todavía no sé lo que significa estirar la pata. Evidentemente, si alguien me dice que El protagonista de la película estiró la pata no interpreto normalmente que está haciendo unos ejercicios de rehabilitación que le ha mandado el médico. Esa expresión significa en bloque y lo normal es que la interpretemos como ‘morir’, en lugar de con su significado literal. Las expresiones idiomáticas no solo son fijas, sino que además se caracterizan porque su significado no se deriva del significado de sus componentes.

Otros representantes de la combinatoria restringida son las denominadas colocaciones, que son ciertas combinaciones estables de palabras que utilizamos de manera preferente para referirnos a determinadas realidades extralingüísticas. ¿Podríamos decir en español vino rojo? Podríamos. ¿Lo decimos? Pues no, lo que de hecho decimos es vino tinto. Y quien quiera hablar esta lengua correctamente, tendrá que aprender que esa es la denominación de esa bebida. Saber una lengua no es solo entender qué combinaciones son posibles. Además es necesario saber que de todas las que lo son, en la práctica, solo se utilizan algunas. Y de la misma forma que aprendemos una combinación de la vida cotidiana, con el tiempo tendremos que ir enterándonos de que en los registros más formales se dice celebrar una conferencia, estampar un firma o refrendar un tratado. Es parte del vocabulario del español, pero de un vocabulario que está formado por secuencias de palabras y no por palabras aisladas.

Bajando ya al terreno de la gramática, encontramos numerosas locuciones prepositivas y conjuntivas que son el resultado de la fijación de lo que en su día fueron combinaciones libres. Esto ocurre, por ejemplo, con de cara a, expresión que se ha convertido en una seria competidora de la preposición para, o con por más que, que alterna con la conjunción concesiva aunque.

También se fijan fórmulas conversacionales como a decir verdad…, bien mirado…, … ¿o no?, etc. Estas nos sirven para asegurarnos de que nos están entendiendo, ir dirigiendo la conversación y gestionar diversos procesos comunicativos. Cualquiera que haya intentado cambiar de tema o ir dando por cerrada una conversación telefónica en una lengua extranjera se habrá dado cuenta de su valor y de lo difícil que resulta utilizarlas adecuadamente.

Todos los tipos presentados hasta aquí se sitúan por debajo del nivel de la oración, pero la fijación también abarca oraciones completas. Hay casos de fijación pragmática que afectan a ciertas oraciones que se dicen en situaciones comunicativas concretas o que, más bien, son las que se dicen en esas ocasiones. Por ejemplo, para hacer la compra en un mercado tradicional español resulta útil saber que si llego a un puesto y hay varias personas esperando sin hacer cola, tengo que preguntar: ¿Quién es el último? o, si quiero ser más castizo, ¿Quién da la vez? Este tipo de expresiones cambian de unos países a otros y de unas lenguas a otras. Por ejemplo, si llego a casa de mis padres y llamo al telefonillo, cuando me pregunten: ¿Quién es?, me anunciaré diciendo simplemente: Soy yo. Un inglés, en cambio, diría: It’s me ‘es yo'; y un alemán, Ich bin es ‘yo soy ello’.

Si nos seguimos adentrando en el terreno de la fijación de oraciones, nos encontraremos con el rico mundo de los refranes, proverbios, etc., de cuyo estudio se encarga la paremiología. Y si nos asomamos al más complejo todavía de los textos rutinizados, nos encontraremos con lo que se escribe en una esquela, una invitación de bodas o, incluso, con ensalmos, oraciones y fórmulas legales. Pero todo esto nos llevaría ya demasiado lejos.

En fin, como ves, para tratar este tema haría falta no un artículo sino un blog entero. Me conformaría si lo poco que he podido presentar —que no pretende ser exhaustivo sino representativo— ha servido para llamar la atención sobre ciertos fenómenos de lengua que resultan omnipresentes en nuestro uso diario, pero de los que raramente llegamos a tener conciencia, entre otros motivos, porque no es muy normal que nos hablen de ellos.

Palabras únicas en expresiones idiomáticas: ‘troche’

Todos conocemos la expresión idiomática a troche y moche, que significa ‘en gran cantidad, en abundancia’ (con una connotación de desorden), como en este ejemplo, tomado de un blog de Argentina:

(1) La “mano dura” no significa represión indiscriminada y multas a troche y moche, sino la aplicación y ejecución de sanciones a los infractores [Punto Cero hacia el Futuro, 7-1-2008].

Pero ¿te has parado alguna vez a pensar qué significa troche? Probablemente, no; y tampoco hace falta porque no significa nada. Esa palabra solo se usa dentro de la expresión a troche y moche y, precisamente, las expresiones idiomáticas se caracterizan por significar en bloque y no compositivamente a partir de los significados de sus componentes individuales.

En cuanto a moche, en algunos diccionarios podrás leer que es un adjetivo referido a ciertos pobladores nativos de Perú. Para tranquilizarte te diré que, en primer lugar, los moches peruanos poco o nada tienen que ver con esta expresión y, para continuar, si eres de Madrid como yo o quizás de la ciudad de México, probablemente nunca habrás oído hablar de ellos. Es decir, para nosotros ese significado no existe por más que virtualmente esté disponible en el sistema del léxico del castellano: nunca diríamos moche si no es poniéndole delante troche.

Esta es una más de las peculiaridades de las expresiones idiomáticas: ciertas palabras solo existen en ellas, por lo que no las encontraremos en otros contextos.

Dar de mí – dar de sí

Una expresión que a veces plantea dudas de concordancia es (no) dar de sí en el sentido de ‘(no) dar para más’, como en La pobre Pilar no da más de sí. Siempre se tiene que mantener la concordancia entre el sujeto de dar y el pronombre que sigue a la preposición de. O sea, diremos:

(1) Yo no doy más de mí (1.ª persona singular).

(2) Tú no das más de ti (2.ª persona singular).

(3) Él/ ella/ ello no da más de sí (3.ª persona singular).

(4) Ellos/ ellas no dan más de sí (3.ª persona plural).

En la tercera persona todos tenemos claro que hay que decir dar de sí:

(5) […] ni el negocio, ni las cuatro tierras, ni la casita que tengo dan más de sí [Juan Antonio de Zunzunegui: La vida como es].

Los problemas surgen cuando tenemos que hablar de la primera persona o de la segunda. Como es obligatorio mantener la concordancia, la expresión se convierte en dar de mí y dar de ti, respectivamente:

(6) Ella, en cuanto le indiqué la conveniencia de confesar con usted, aceptó, comprendiendo que yo no daba más de mí [Leopoldo Alas “Clarín”: La regenta].

(7) ¿Y te extraña que tus fans te confundan con una verdulera? No das más de ti, corazón [Jesús Alviz: Trilogía light].

Se considera incorrecto decir en estos casos Yo no doy mas de sí o Tú no das más de sí.

El perspicaz lector ya habrá notado que no hemos dicho nada del plural de la primera persona (nosotros -as) ni del de la segunda (vosotros -as). En teoría es dar de nosotros y dar de vosotros; pero en la práctica apenas se usa. Lo normal aquí es utilizar otras expresiones, como no dar para más:

(8) […] saben […] que los hombres no damos para más y que, fuera del placer que ofrecemos y recibimos, lo demás, pasiones e idealismos, es farsa en nosotros [Manuel Gálvez: La tragedia de un hombre fuerte].

Y esto es lo que ha dado de sí esta entrada.

Más etimología popular: mondarinas y pelotas

Veíamos en otra entrada (‘No hay tu tía': etimología popular) que la etimología popular es un fenómeno que se produce por afán de motivación: los hablantes deforman palabras o expresiones que les resultan oscuras por no reconocer en ellas una estructura y las asimilan a modelos conocidos. Así es como surge nuestra entrañable mondarina (forma popular que no se recoge en el diccionario).

La mandarina toma su nombre del color anaranjado del traje de los mandarines de la China. La imagen es sugerente, pero los hablantes de Úbeda o Lozoyuela no debían de tenerlo tan claro, así que buscándole una explicación a la palabreja se acordaron enseguida de mondar: si se monda con facilidad, será una mondarina. Ahora ya se entendía.

Encontramos otro caso de etimología popular en la expresión idiomática en pelotas (‘desnudo’). La expresión originaria era en pelota (de pelo, con el sufijo aumentativo -ota). La idea era que estar desnudo era andar por ahí con los pelillos al aire. La expresión equivalente existe también en otras lenguas románicas. Por ejemplo, en francés ‘estar desnudo’ es être à poil (literalmente ‘estar en pelo’).

Como la gente es muy mal pensada y eso del pelo y la pelota no quedaba muy claro, se interpretó que la pelota era eso: una pelota, una bola… Y como por motivos anatómicos (¡ejem!) no podía ser una, sino que tenían que ser dos, por ahí vino el plural pelotas.

Todavía encontramos un rastro de la forma original en la expresión en pelota picada, que no admite el plural: en pelotas picadas.

¿Qué son las expresiones idiomáticas?

Las expresiones idiomáticas son secuencias de palabras cuyo significado no es compositivo, es decir, el significado de la expresión no se deriva del de sus componentes. Por ejemplo, cuando decimos “Manolo, que estás metiendo la pata…”, aunque conozcamos el significado de meter y de pata, seguimos sin entender lo que quiere decir meter la pata (‘cometer un error’).

Las expresiones idiomáticas significan en bloque. Esto se ve enseguida cuando en broma (o en serio, que de todo hay) las traducimos literalmente. Un clásico es:

From lost to the river < De perdidos al río (‘cuando una situación es desesperada, ya podemos permitirnos cualquier cosa’)

Estas expresiones admiten normalmente una interpretación literal y otra figurada, aunque la preferente suele ser la figurada. Cuando alguien dice que el abuelito estiró la pata, por lo general no interpretamos que está haciendo ejercicios para la artrosis, sino que ha muerto (vale, el ejemplo es un poco crudo, pero se entiende la idea).

Las expresiones idiomáticas son vocabulario. Expresiones como tomar el pelo (‘burlarse de alguien’), traer por la calle de la amargura (‘hacer sufrir’) o dar gato por liebre (‘engañar’) son unidades que hay que aprender igual que lo hacemos con subrogar, arremeter o persuadir.

Esta parte del vocabulario es de lo último que se aprende en una lengua extranjera, pero resulta fundamental para expresarse no ya con corrección sino con naturalidad.

Así que ya sabes: si quieres darle sopas con honda en inglés al vecino, ya puedes echar el resto con las expresiones idiomáticas.

'No hay tu tía': etimología popular

La expresión coloquial actual no hay tu tía (‘no hay remedio’, ‘es imposible cambiar las cosas’) es un hermoso ejemplo de lo que los lingüistas denominan etimología popular.

Para que nos entendamos, la etimología popular consiste en intentar encontrarle una explicación a una expresión que no se entiende. Cuando el hablante no reconoce una estructura en una secuencia lingüística, reajusta esta para amoldarla a modelos conocidos. De esta forma se convierte en transparente lo que antes era opaco.

La expresión originaria era no hay tutía. El hablante actual normalmente no ha oído en su vida esa palabra. El DRAE nos dice que tutía es atutía, con lo que nos deja como estábamos. Si perseveramos y buscamos atutía, nos enteraremos de que es óxido de zinc y de que se fabricaba un ungüento con él.

Ahora todo encaja:

tutía = ungüento = remedio
o sea
no hay tutía = no hay remedio

El problema es que solo encaja ahora y el hablante necesita que todo encaje desde el principio y, si no, lo hace encajar él. Cuando se encuentra una expresión opaca, trata de hacerla transparente apoyándose en lo que conoce ( y tía). La etimología popular surge por afán de motivación y altera la forma de las palabras.

Se me podría objetar que en realidad la expresión se oscurece, pues se pierde la metáfora del ungüento; pero es que esa metáfora ya estaba perdida de todos modos y ahora por lo menos reconocemos las palabras. Tenemos una expresión idiomática que no es ni más rara ni más normal que otras como tomar el pelo o estirar la pata.

Alguien se preguntará: “Ya, pero entonces, ¿qué es lo correcto?”.

Evidentemente, la expresión vigente hoy día es no hay tu tía. Si vamos a buscar el sostén y guía de la Academia, no encontraremos tampoco una solución definitiva. El DRAE recoge la forma separada (por lo que hay que entender que se considera correcta), aunque remite a no hay tutía (junto), es decir, prefiere esta última. En cambio, en el DPD se señala como incorrecta la forma tu tía (separado).

Lo preferible es guiarse por el sentido común. Si la inmensa mayoría de los hablantes se ha decantado por una variante, la otra no es necesariamente más correcta por mucho que se empeñe el diccionario.

Al final, el diccionario tiene que hacer caso a los hablantes: ¡no hay tu tía!

Me suena a chino: expresiones idiomáticas e incomprensión

Los más afortunados estarán a estas alturas apurando las vacaciones y seguro que se habrán encontrado durante sus viajes con que en Ámsterdam, Nueva York o Shanghai no se entiende uno con la misma facilidad que en Las Navas del Marqués, Tembleque o Alcorcón. Es lo que tiene esto del turismo.

Esta experiencia de la incomprensión está ahora al alcance de casi todo el mundo gracias al turismo, pero no es nueva y está anclada en la lengua y en la cultura en forma de expresiones idiomáticas. En español cuando no entendemos algo decimos:

Esto me suena a chino

A los alemanes, en cambio, lo raro les suena a español:

Das kommt mir Spanisch vor

No son los únicos que tienen esta idea de nuestro país como un lugar exótico, incomprensible. Para los checos, algo que no se entiende es un pueblo español:

To je pro mě španělská vesnice

Pero las relaciones cruzadas de incomprensión entre los pueblos no se acaban ahí, porque para los alemanes eso mismo son pueblos de Bohemia:

Das sind mir böhmische Dörfer

Y los polacos dicen que es como tragarse un sermón en turco:

Być na tureckim kazaniu

Son muchas las expresiones de este tipo. La lengua incomprensible va cambiando según países y culturas. Para los franceses es el griego (“C’est du grec pour moi”) y para los ingleses también (“It’s greek to me!”); para los italianos, el árabe (“Per me è arabo”); para los finlandenses, el hebreo (“Se on minulle hepreaa”). Estos son solo algunos ejemplos; se pueden encontrar diversas variantes en estas lenguas y metáforas parecidas en otras.

Volviendo a la imagen de los españoles, para los franceses hablar francés como una vaca española es hablarlo muy mal:

Parler français comme une vache espagnole

Vamos, que no hay quien nos entienda (se ve que enseguida se corrió la voz por Europa de que no se nos daban muy bien los idiomas).

Eso sí, el temperamento español se ha ganado a pulso su fama en el extranjero y por eso en alemán (en inglés también) se dice de quien tiene mucho amor propio que es orgulloso como un español:

Stolz wie ein Spanier!

En fin, no es lo peor que se puede ser. Esperemos que haya quedado en eso la imagen que hemos ido dando por el mundo durante estos meses de verano.