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Son frecuentes (pero incorrectas) las construcciones del tipo Se detuvieron a cinco personas. El problema aquí es que se hace concordar al verbo (detener) con el complemento directo (a cinco personas), imponiéndole a aquel el plural de este. Veamos un ejemplo tomado de un diario de tirada nacional al que no creo que haya necesidad de mencionar porque podríamos encontrar casos semejantes en cualquier otro:
(1) Además, [...] se detuvieron a 353 de sus responsables [incorrecto]
Como es sabido, el verbo debe concordar en número con el sujeto. Por eso decimos El agente detuvo al sospechoso frente a Los agentes detuvieron al sospechoso. En cada caso, el verbo se amolda al número de su sujeto y así debe ser. Sin embargo, lo que tenemos en el ejemplo (1) es una oración impersonal con se que, como su nombre y la lógica indican, carece de sujeto. El sintagma a 353 de sus responsables, con el que se ha forzado una concordancia en plural, no es ni puede ser el sujeto. La preposición a que lo precede basta para descartarlo como tal. En consecuencia, lo que se tendría que escribir es lo siguiente:
(2) Además, se detuvo a 353 de sus responsables [correcto]
La oración impersonal mantiene el verbo en singular con independencia del número del complemento directo. Decir que Se detuvieron a cinco personas viene a ser sintácticamente como decir que El agente detuvieron a cinco personas. Igual que nos choca lo uno nos debería chocar lo otro.
El problema de concordancia se explica por un cruce con otro tipo de construcción de aspecto semejante pero estructura muy diferente, la denominada pasiva refleja, como en Se venden melones, donde melones funciona como sujeto de vender. No siempre es fácil diferenciar una de otra, pero en el caso concreto que nos ocupa, no deberíamos tener mayor problema con tal de que nos fijemos en la preposición a.
Es tan fácil como eso.
Hay un error de estilo muy frecuente que consiste en eliminar el segundo término de la correlación desde… hasta… Eso fue lo que le ocurrió al redactor de esta noticia, probablemente debido a la premura que imponía el tener que informar de los acontecimientos a medida que se producían:
El que será [...] el sexto presidente del Gobierno de la democracia desgranó sus propuestas, que van desde la modificación del sistema de pensiones, una nueva reforma laboral, la implantación de un curso más de bachiller, la reducción de los puentes y la acumulación de festivos, la posibilidad de privatizar las televisiones autonómicas y la reestructuración del sistema financiero, entre otras [El País (España), acceso: 19-12-2011]
El desde con el que se empieza a dar cuenta de las medidas propuestas por el candidato a presidente pide a continuación un hasta que se ha quedado en el tintero. O sea, que se debería haber escrito lo siguiente:
Desgranó sus propuestas, que van desde la modificación del sistema de pensiones hasta una nueva reforma laboral
Se me puede objetar que no se trata aquí de una simple expresión bimembre, sino que hay otras medidas que se enumeran y que es necesario abrazar de alguna forma en la expresión, por lo que no nos basta con las preposiciones desde y hasta. No hay problema. Para eso se inventó el pasando por, que nos permite ampliar la expresión hasta donde haga falta:
Desgranó sus propuestas, que van desde la modificación del sistema de pensiones hasta una nueva reforma laboral, pasando por la implantación de un curso más de bachiller, la reducción de los puentes y la acumulación de festivos, la posibilidad de privatizar las televisiones autonómicas y la reestructuración del sistema financiero
Descendiendo al terreno técnico, diremos que la omisión anterior constituye un anacoluto, es decir, una incoherencia, un fallo que se desliza al desplegar el plan sintáctico sobre el que se construye una oración. Más concretamente, representa una muestra de lo que la retórica clásica denominaba con un helenismo anantapódoton (que consiste precisamente en eso, en eliminar uno de los términos de una correlación, dejando la frase coja).
Así que ya sabes: no te quedes a medias. Una vez que estás en el desde, ya tienes que llegar al hasta.
Dentro del ránking de las dudas y vacilaciones ortográficas hay una que se sitúa muy arriba: la diferencia entre por qué, porque, el porqué y por que en todas sus variantes, es decir, junto o separado, con tilde o sin ella.
Vamos a empezar con la variante en dos palabras y con tilde: por qué. Esta es una combinación de una preposición (por) y un interrogativo o, a veces, exclamativo (qué). Sirve para preguntar por la causa de algo. Su uso más frecuente y más claro lo encontramos en las oraciones interrogativas directas:
(1) ¿Por qué no te casas?
Si leemos en voz alta la oración anterior, nos daremos cuenta de que el qué es tónico. Eso explica que lleve una tilde diacrítica que lo distingue de otros ques que en la oración carecen de acento prosódico.
Por qué también se utiliza en las oraciones interrogativas indirectas, como, por ejemplo:
(2) No sé por qué no te casas
Como vemos, también aquí el interrogativo qué es tónico, lo que justifica su tilde diacrítica. En la oración anterior, podemos reconocer que nos hallamos ante una interrogativa indirecta porque tenemos la posibilidad de construir la correspondiente interrogativa directa:
(3) Hay una cosa que no sé: ¿por qué no te casas?
Si tenemos claro este primer uso, también está a nuestro alcance el segundo, es decir, junto y sin tilde: porque. En el ochenta por ciento de los casos, este no es sino la contestación a un ¿por qué?:
(4) ¿Por qué no me caso? Porque no me da la gana
En el ejemplo anterior tenemos la secuencia completa de pregunta y respuesta: ¿Por qué…? Porque… Ni que decir tiene que la pregunta puede quedar sobreentendida y que nos podemos encontrar el dichoso porque sin pregunta previa, como aquí:
(5) No se casó porque no le dio la gana
Pero entonces podremos formular la pregunta correspondiente, como es fácil comprobar. Siempre que le podamos buscar un ¿por qué? a nuestro porque, querrá decir que se escribe junto y sin acento. En este uso, porque es una conjunción causal, es decir, tiene la función de introducir una oración que explica el motivo de algo.
En tercer lugar tenemos el porqué, en una palabra, con tilde y con el artículo delante. Se trata aquí de un sustantivo que procede de la lexicalización de la secuencia interrogativa que veíamos en primer lugar. Podemos parafrasearlo como el motivo. Se escribe siempre junto y acentuado y es el más fácil de reconocer gracias al artículo, que obligatoriamente lleva delante. Veamos un ejemplo:
(6) Cuando analizo el porqué de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa (José Ortega y Gasset: Ideas y creencias)
Como es un sustantivo a todos los efectos, podemos incluso pluralizarlo:
(7) Cuando analizo los porqués de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa
Es fácil cerciorarse de que, como decíamos, se puede sustituir por el sustantivo motivo:
(8) Cuando analizo el motivo de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa
(9) Cuando analizo los motivos de aquella ilusión óptica, hallo pronto su causa
La secuencia menos frecuente es la que se escribe en dos palabras y sin tilde: por que. La dejo para el final porque, a efectos prácticos, es la que menos dificultades nos va a plantear, ya que se presenta en pocas ocasiones. Aquí podemos tener bajo una misma forma dos estructuras sintácticas muy diferentes. En el primer caso, se trata de una preposición regida por un verbo a la que le sigue una conjunción. No se puede fundir en una palabra precisamente porque la preposición depende del verbo:
(10) El gobernador se preocupó por que el proceso electoral se desarrollara limpiamente
El verbo preocuparse rige la preposición por; preocuparse es preocuparse por algo. No es ya que el fundir la preposición con la conjunción que venga a ser como despojar al verbo de algo que le pertenece, es que si hacemos esto el significado puede modificarse radicalmente. Compara la oración (10) con esta otra:
(11) El gobernador se preocupó porque el proceso electoral se desarrollara limpiamente
Si el ejemplo (10) significaba que el gobernador puso todo su empeño en garantizar la limpieza del proceso, en (11) lo que tenemos es una conjunción causal y lo que indica es que la limpieza del proceso es causa de preocupación para el gobernador; vamos, que no tiene mucho interés en que las elecciones sean limpias. Mientras que el verbo de (10) tiene el significado de ‘ocuparse’, el de (11), en cambio, tiene el de ‘inquietarse’. Con una simple falta de ortografía le estamos dando la vuelta al significado y podemos estar calumniando a un íntegro servidor del estado (imagínate la que podemos organizar).
La preposición también puede depender de un sustantivo (12) o incluso de un adjetivo. En estos casos se mantiene la escritura en dos palabras y sin acento:
(12) Los anuncios de las compañías muestran su interés por que los colores corporativos tengan un significado simbólico (Elena Añaños y otros: Psicología y comunicación publicitaria)
La otra estructura sintáctica que se puede esconder detrás de esta grafía es la formada por la coaparición de una preposición y un pronombre relativo (13). Se trata de una forma culta y, precisamente por eso, poco frecuente. No es demasiado difícil de reconocer porque admite la inserción de un artículo, como vemos en (14):
(13) La razón por que manda el príncipe debe ser únicamente que así se lo manda Dios (Benito Jerónimo Feijoo: La política más fina)
(14) La razón por la que manda el príncipe debe ser únicamente que así se lo manda Dios
Y, por último, para terminar de volvernos locos, hay un caso que admite la grafía en dos palabras o en una, pero siempre sin acento: cuando la secuencia de marras tiene valor final, es decir, cuando indica un para qué, como en (15) y (16):
(15) Lucharé por que se sepa la verdad (= para que se sepa)
(16) Lucharé porque se sepa la verdad (= para que se sepa)
Tanto la grafía de (15) como la de (16) son correctas.
Y eso es todo. Si has llegado hasta aquí, te felicito porque has sido constante… o, espera, ¿cómo había que escribirlo?
Un préstamo es cualquier elemento que, procedente de una lengua, se introduce en otra.
Empezaremos hablando de los préstamos léxicos, que son los más típicos. Es frecuente diferenciar aquí entre un sentido amplio y un sentido estricto del término.
En sentido amplio, cualquier palabra tomada de otra lengua es un préstamo. Por ejemplo, en español lo son escáner (del inglés), menú (del francés) y pizza (del italiano).
Las palabras que no se han tomado prestadas, por su parte, se suelen denominar léxico patrimonial. En el caso del español, este es el que hemos heredado del latín vulgar, que ha llegado sin solución de continuidad hasta nuestros días, como ocurre, por ejemplo, con cabeza, chopo, reja y suegra, que proceden, respectivamente, de capitia, populus, regula y socra.
En casi todas las lenguas, incluida la nuestra, se pueden reconocer estratos de préstamos según su grado de integración en el sistema morfológico, fonológico y ortográfico. Algunas palabras son, claramente, cuerpos extraños. Salta a la vista que outsourcing, warrant o paparazzi no pueden ser léxico patrimonial castellano. Estas palabras importadas y no integradas son lo que se conoce como extranjerismos.
El extranjerismo, con el paso del tiempo, se puede ir naturalizando y a veces se llega a asimilar al léxico patrimonial hasta tal punto que tan solo el experto está en condiciones de identificarlo. El español contiene toda una legión de antiguos extranjerismos, como los de origen árabe, que para el lego en lingüística pasan por palabras tan castizas como las que más. ¿O acaso no lo parecen abalorio, acicate, adelfa, adoquín, ojalá o sandía? Pero casi nadie identificaría tampoco como préstamos mermelada (del portugués marmelada), zapato (del turco zabata), chaqueta (del francés jaquette) y corbata (del italiano corvatta). Préstamos en sentido estricto son estas palabras de origen extranjero que se han adaptado a la lengua receptora. No obstante, la diferencia con los extranjerismos no siempre resulta evidente y los criterios que se aplican para deslindar lo uno de lo otro pueden ser de lo más variado.
Aunque no es oro todo lo que reluce. También existen los falsos préstamos, que son palabras formadas con elementos que pertenecen a otra lengua pero que, o bien no existen en esa lengua como unidad léxica, o bien tienen un significado diferente. Un slip en inglés pueden ser muchas cosas, pero lo que no tiene esta palabra, desde luego, es el sentido que nosotros le hemos atribuido de ‘calzoncillos’.
Como he dicho arriba, los préstamos más típicos son los léxicos, que constituyen una de las fuentes de las que se alimenta la neología; pero prácticamente todo puede tomarse prestado.
Hay préstamos sintácticos. Por ejemplo, son importadas del francés construcciones del tipo sustantivo + a + sustantivo, como las que se dan en avión a reacción y champú a la clorofila. Se producen préstamos en el sistema ortográfico. La uve doble era en principio ajena a nuestro alfabeto, pero la adoptamos en su día para escribir los nombres de origen germánico (y nosotros, por nuestra parte, hemos exportado a otras lenguas grafemas como la cedilla y la eñe). E incluso hay préstamos fonéticos. Cuando alguien pronuncia flash a la inglesa, está introduciendo en nuestra lengua un elemento ajeno a su sistema fonético y fonológico. Hasta en la morfología se puede andar de prestado; prueba de ello son híbridos como puenting, que están construidos añadiendo a una base española un morfema inglés.
Los motivos que hay detrás del préstamo pueden ser de lo más diversos. A menudo, las palabras viajan unidas a las cosas: quien inventa algo nuevo, necesariamente, lo tiene que llamar de alguna forma, y después difunde juntos el objeto y su nombre. Influyen también factores de prestigio e incluso de moda. Pero todos hemos tomado algo prestado de todos. De hecho, las lenguas que más prestan suelen ser también las que más reciben. Es ya un tópico el quejarse de la avalancha de anglicismos que está entrando en español; pero quienes lo hacen suelen pasar por alto que también se han tomado muchas palabras españolas en inglés.
El intercambio de elementos entre lenguas es un proceso perfectamente normal que se da en todas las lenguas y en todas las épocas. Es parte integral y necesaria de su evolución. No hay lenguas puras en el sentido de lenguas que no hayan tomado nada prestado de otras. Así ha sido siempre y así seguirá siendo.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Préstamos]
Una de las faltas de puntuación más extendidas consiste en separar el sujeto del verbo con una coma. Un ejemplo de esto lo pudo ver toda España en Nochevieja por televisión. Una empresa pagó una millonada por ponerle este subtítulo al reloj de la Puerta del Sol mientras dos pelotitas se zampaban las uvas al son de las campanadas:
Empezar un nuevo año con ilusión, no tiene precio
El sujeto de esa oración es Empezar un nuevo año con ilusión y quien ha plantado ahí la coma ha caído en una vieja trampa.
A muchos nos han enseñado que la coma sirve para representar en la escritura las pausas de la pronunciación. Eso, que era cierto en la Edad Media, hoy ya no lo es tanto. A lo largo de la historia, las lenguas europeas han ido evolucionando desde sistemas de puntuación que reflejaban la oralidad hacia otros más abstractos cuya función consiste ante todo en dar pistas sobre la estructura de las oraciones y del texto.
Entre el siglo XVIII y el XIX, Goethe se peleaba con sus editores porque él puntuaba de oído sus obras de teatro —no precisamente por ignorancia sino para orientar a los actores sobre cómo quería que dijeran el texto—. La pelea venía porque en aquella época el alemán ya había realizado la transición a un sistema de puntuación sintáctico (y la puntuación del alemán es extremada en su sintacticidad).
Pues bien, en nuestro ejemplo ha habido también una lucha entre la intención comunicativa y la corrección ortográfica en la que ya sabemos quién ha salido peor parado. Uno de los lugares donde tiende a intercalarse una pausa en la lengua oral es justamente entre el sujeto y el verbo (sobre todo si aquel es largo) y toda la gracia de ese eslogan se pierde si no se marca bien la pausa, como sabrán quienes lo hayan oído.
Dicho esto, lo único que puedo añadir es que los textos de Goethe hoy los conocemos con las comas que les fueron poniendo sus editores y que si la ilusión no tiene precio; la ortografía, probablemente, tampoco.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, No se separa el sujeto del verbo con coma]
Hay un caso de leísmo que está aceptado en la norma y es corriente incluso para hablantes y territorios que no son leístas. Es el que aparece asociado a construcciones impersonales con se, por ejemplo:
[...] rehuyeron combate donde se les esperaba —área del “Peñón Viejo”— y se desviaron sin molestia alguna hacia Chalco [Ciencia y Sociedad, acceso: 7-2-2009]
El ejemplo anterior es de un autor mexicano (y, por tanto, nada sospechoso de leísmo). Teniendo en cuenta que esperar rige complemento directo, aquí cabría decir se los esperaba. Sin embargo, la variante más extendida es la leísta. Ambas se consideran correctas, eso sí.
Este fenómeno afecta tanto al singular como al plural. Es claramente más frecuente en masculino, aunque también se puede encontrar asociado al femenino:
[Isis] era más prominente mitológicamente como la esposa y hermana de Osiris y la madre de Horus y se le adoraba como la esposa y madre arquetípica [Cat Thinking, acceso: 7 de febrero de 2009]
Oraciones como la anterior no se consideran incorrectas; pero, en cualquier caso, lo habitual aquí es se la adoraba.
Esta no es sino una más de las ramificaciones del complejo fenómeno gramatical del leísmo.
El queísmo es un fenómeno antinormativo que consiste en eliminar ante la conjunción que una preposición exigida por un verbo (1a), sustantivo (2a) o adjetivo (3a):
(1a) Me acuerdo que hasta a Zidane le pusieron en duda cuando llegó [...] [As, acceso, 17-10-2008] [incorrecto]
(1b) Me acuerdo de que hasta a Zidane le pusieron en duda cuando llegó
(2a) Si la carrera a la Casa Blanca es una competición de fondo, que lo es, no cabe duda que el senador por Illinois, el demócrata Barack Obama, sigue llevando la delantera a su rival, el senador por Arizona, el republicano John McCain [La Vanguardia, acceso: 17-10-2008] [incorrecto]
(2b) Si la carrera a la Casa Blanca es una competición de fondo, que lo es, no cabe duda de que el senador por Illinois, el demócrata Barack Obama, sigue llevando la delantera a su rival, el senador por Arizona, el republicano John McCain
(3a) Estoy seguro que los mismos que lo hicieron el martes, cantarán el himno cuando Francia juegue en la Eurocopa o el Mundial [Público, acceso: 17-10-2008] [incorrecto]
(3b) Estoy seguro de que los mismos que lo hicieron el martes, cantarán el himno cuando Francia juegue en la Eurocopa o el Mundial
Las formas correctas son las de (1b), (2b) y (3b). El que el sustantivo forme parte de una locución, como en el ejemplo (2), no afecta a su régimen.
Normalmente, la preposición suprimida es de, como en los ejemplos anteriores, aunque también pueden ser otras, como en:
(4a) Esta versión fue desmentida por Xulio Calviño, quien insistió que un coche de un año [...] no tiene por qué pasar la ITV [La Voz de Galicia, acceso: 17-10-2008] [incorrecto]
(4b) Esta versión fue desmentida por Xulio Calviño, quien insistió en que un coche de un año no tiene por qué pasar la ITV
La pregunta del millón es, naturalmente, cómo sé yo si tengo que utilizar preposición y cuál. Para esto no hay reglas, puesto que es un problema léxico. Forma parte de la idiosincrasia de ciertas palabras el incluir una determinada preposición en su plan de construcción. El único remedio consiste en consultar el diccionario. El Diccionario panhispánico de dudas nos será de utilidad, por lo menos para los casos más frecuentes. Te recomiendo que lo añadas a los motores del búsqueda del navegador para tenerlo siempre a mano. También el María Moliner contiene información útil sobre régimen.
Como los hablantes se sienten inseguros, unas veces eliminan y otras veces añaden preposiciones incorrectamente. Cuando ocurre esto último, nos encontramos con el fenómeno opuesto, conocido como dequeísmo.
Me pregunta Jorge, estudiante de informática de la Universidad Carlos III, por la diferencia entre explotar y explosionar. Los dos verbos se usan para hablar de detonaciones, pero con algunas diferencias en cuanto a sus posibilidades sintácticas.
Explotar es un verbo intransitivo, o sea, podemos decir que algo explota:
El reactor número 4 de la central [...] de Chernóbil, situada en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, explotó el 26 de abril de 1986 [Desenchufados, acceso: 4-9-2008]
Lo que no debemos decir es que alguien explota algo (en el sentido de detonar). Para eso podemos recurrir a un rodeo, hacer explotar, aunque ya tenemos un verbo que significa lo mismo en una sola palabra y nos permite, por tanto, una expresión más económica: explosionar, como en la cita siguiente:
Artificieros de la Armada explosionan un obús de la Guerra Civil en Barbate [titular de una noticia en 20minutos.es, acceso: 10-9-2008]
No es incorrecto usar explosionar como intransitivo, como en el ejemplo siguiente:
Las 13 personas resultaron quemadas cuando explosionó un camión que cargaba gas dentro de una planta [...] [Yahoo! Noticias, acceso: 11-9-2008]
Pero aquí podríamos haber dicho simplemente “cuando explotó un camión” y sería preferible porque es una forma más breve y más sencilla.
Lo que no se debe decir, claro, es hacer explosionar porque es pan con pan… (dentro de explosionar ya está la idea de hacer, causar).
A estas alturas te habrás percatado de que en la explicación se han deslizado dos normas generales que conviene tener en cuenta para una expresión correcta y elegante:
a) Si puedes decirlo en una palabra, no lo digas en dos
b) Si puedes escoger una palabra breve y sencilla, no escojas una larga y complicada
En resumen, menos es más.
Ah, y antes de que se me olvide, me alegro de que los informáticos también se preocupen por la lengua.
Con delante y algunos otros adverbios de lugar (detrás, encima, debajo, enfrente, etc.) se plantea la duda de si lo correcto es delante mío o delante de mí. Para esto hay un truco que consiste en anteponer el determinante posesivo, O sea, hacerse preguntas como estas:
a) ¿Puedo decir delante mío? No, porque no puedo decir en mi delante. Es decir, la única posibilidad es delante de mí, como en este ejemplo:
El que iba delante de mí se subió bebiendo un cartón de leche. Y, claro, me lo tiró encima [La Decadencia del Ingenio, acceso: 2-6-2008]
b) ¿Puedo decir alrededor mío? Sí, porque puedo decir a mi alrededor, por ejemplo:
Para la escena me inspiré en muchas conversaciones que había oído a mi alrededor [Lata de Zinc, acceso: 2-6-2008]
[...] tengo un ego exageradamente grande, y quisiera que el mundo girara alrededor mío [PM, acceso: 2-6-2008]
Naturalmente, el truco funciona no solo con mi/ mío sino también con los otros determinantes posesivos: tu, su, etc. En el fondo, lo único que hacemos aquí es explotar las mismas posibilidades que tenemos en mi primo frente a un primo mío.
El hablante no nativo carece de este recurso, pero puede hacer una búsqueda en Internet. Si advierte que la forma mi detrás no aparece o es escasísima, ya sabe a qué atenerse.
Conviene aclarar antes de terminar que también circula por ahí una variante en femenino: delante mía. Esta no solo no es normativa sino que es menos prestigiosa aún que delante mío.
Pues nada, a practicar.
El leísmo de cortesía es muy frecuente cuando nos dirigimos a una persona a la que tratamos de usted. Está aceptado en la norma. Consiste, como cualquier leísmo, en utilizar el pronombre le(s) para el complemento directo. Lo característico de este tipo específico es que va asociado a la forma de respeto de la segunda persona: usted(es). Se da en masculino y en femenino (aunque es más frecuente el primero), y tanto para el singular como para el plural.
Este leísmo de cortesía explica que, frecuentemente, la fórmula de despedida en una carta formal, tanto para un hombre como para una mujer, sea:
Le saluda atentamente
Teniendo en cuenta que saludar es un verbo transitivo (o sea, que rige complemento directo), lo que sería de esperar aquí es La saluda atentamente si nos dirigimos a una mujer o Lo saluda atentamente si nos dirigimos a un hombre (contando con que quien escribe no sea leísta).
Este fenómeno se constata incluso para hablantes que por lo demás no son leístas e introduce una diferenciación en el pronombre átono para dos personas verbales que normalmente coindidirían en la forma de dicho pronombre:
2.ª persona (forma de respeto): No le había reconocido [a usted]
3.ª persona: No lo había reconocido [a él]
Si nos atenemos simplemente al régimen verbal, lo que sería de esperar en los dos ejemplos anteriores es simplemente No lo había reconocido (siempre que el hablante no sea leísta, insisto). La forma leísta tiene a su favor en este caso que se percibe claramente como más respetuosa.
El leísmo es un fenómeno muy complejo en el que se cruzan norma y uso. Además, no es un fenómeno unitario, sino que coexisten tipos diferentes con diversa consideración normativa y diverso prestigio. No es de extrañar que los hablantes leístas corregidos (o sea, la mayoría de los castellanos con un cierto nivel educativo) se sientan a menudo inseguros en el uso de los pronombres átonos de tercera persona.