Extranjerismos

6 de Junio de 2008

Un extranjerismo (o xenismo) es una palabra tomada de otra lengua que se percibe todavía claramente como como un cuerpo extraño en la propia. Esto se nota en la ortografía, que se aparta de lo habitual, en la pronunciación, que puede ser vacilante, y en la morfología, que puede dar lugar a conflicto de normas en la formación del plural, en la conjugación, etc.

Los intercambios de léxico entre lenguas siempre han sido frecuentes. Lo que ha ido cambiando con el tiempo son las lenguas que exportan sus términos. Frecuentemente, esto se reduce a una cuestión de prestigio. Cuando una lengua goza de gran estima, todos se arriman a ella con la esperanza de que se les pegue algo de su distinción. En la Antigüedad clásica, la gran lengua de cultura, con diferencia, fue el griego. Por eso el latín estaba plagado de helenismos, algunos de los cuales hemos heredado nosotros, ya asimilados, como cátedra/ cadera, camaleón, bodega/ botica, tisana, tragedia, geranio, etc. Todos ellos fueron en su día xenismos crudos en latín.

El castellano se convirtió durante nuestros Siglos de Oro en exportador de vocabulario a escala internacional. La influencia cultural y política de Castilla se dejó notar en las lenguas de su entorno, que adoptaron nombres como sarabande (< zarabanda), alcôve (< alcoba), en el caso del francés; o grandee (< Grande de España), armada (< fuerzas navales), en el caso del inglés. Se dio aquí también un fenómeno que explica frecuentemente la difusión de los extranjerismos: quien exporta la cosa exporta la denominación. Desde la Península Ibérica se difunden productos descubiertos en el Nuevo Mundo que van a cambiar radicalmente la vida de los europeos: ¿quién se imagina hoy un mundo sin chocolate, patatas, tomates o tabaco? En la actualidad esos nombres son internacionalismos. Su origen son las lenguas americanas, pero el castellano les sirvió de vehículo.

En el mundo contemporáneo la gran influencia es sin duda la del inglés, sobre todo el de Estados Unidos. El vocabulario de nuestra lengua y de la inmensa mayoría de las lenguas de la Tierra está plagado de anglicismos como outsourcing, caucus, checklist, talkshow, blog, airbag, PC, muffin, etc.

El inglés ha asumido una función de mediador análoga a la del castellano clásico. Por ejemplo, hoy tsunami es palabra de uso más o menos frecuente en nuestra lengua; pero nosotros no hemos ido a buscarla al japonés, como tampoco lo han hecho los hablante de las otras lenguas en las que se ha introducido. Ha sido el inglés el que nos la ha servido a todos.

Frente a la adopción de palabras extranjeras hay dos posturas principales. Una es el purismo, empeñado en defender las esencias de la lengua, lo castizo. Antes de importar un término prefiere agotar todas las vías, por ejemplo:

a) Revitalizar palabras, como se hizo con azafata, que de ‘camarera de la reina’ se repescó en España para referirse a lo que en otros países llaman ‘aeromoza’.

b) Traducir las extranjeras calcándolas, como ocurrió con rascacielos (< skyscraper)

Solo se tolera el extranjerismo necesario, que es el inevitable por falta de alternativas. El purismo suele ser normativista. Espera de las Academias de la Lengua que regulen el proceso de adopción de términos foráneos.

La otra postura es el laxismo: los hablantes decidirán según sus intereses y necesidades. Después el vocabulario se irá decantando con el uso. Hay que dejar, simplemente, que la lengua evolucione, que todo siga su curso.

Estos son los dos polos. Entre medias, naturalmente, encontramos todo tipo de actitudes más o menos matizadas, más o menos consecuentes.

No hay que perder de vista tampoco que en la disputa de los extranjerismos se entremezclan consideraciones de orden extralingüístico: particularismo frente a universalismo, prestigio social y cultural, deseo de innovación o conservadurismo…

Lo que es seguro es que siempre ha habido intercambio entre lenguas. No hay en el mundo una sola lengua pura en el sentido de no mezclada. Ni el tomar palabras prestadas debilita a las lenguas ni el rechazarlas las fortalece. Una y otra postura son legítimas y tienen, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Son otros los factores que determinan el auge o decadencia de las lenguas. El intercambio de vocabulario no es nunca causa sino más bien síntoma de tales dinámicas.

El fenómeno del extranjerismo se asocia también con dos tendencias opuestas: a la convergencia y a la divergencia de las lenguas. La globalización favorece claramente el acercamiento de las lenguas y de los estilos de vida. Se trata, eso sí, de una globalización guiada por Estados Unidos y su versión de la lengua inglesa.

La norma no acepta el uso del gerundio como modificador de un nombre, es decir, en función análoga a la de un adjetivo. He aquí un ejemplo de este uso incorrecto:

[...] en su patio y garaje tenía estacionada una caja de aluminio de tracto-camión conteniendo 30 toneladas de mármol negro [...] [Gaceta Parlamentaria (México), año III, n.º 515, acceso: 25-3-2008]

En la frase de arriba el gerundio se está utilizando, incorrectamente, para explicar algo a propósito de caja de aluminio, como si fuera un adjetivo. Lo que exige la norma aquí es una oración de relativo. El ejemplo anterior queda así, una vez enmendado:

En su patio y garaje tenía estacionada una caja de aluminio de tracto-camión que contenía 30 toneladas de mármol negro

Estas construcciones son, a menudo, calcos del inglés, por lo que no es raro que aparezcan en traducciones más o menos apresuradas.

Hay un par de excepciones que sí están aceptadas:

a) Se considera correcto este uso en títulos de cuadros, fotografías, etc., por ejemplo:

Cristo expulsando a los mercaderes del templo [Óleo de El Greco]

b) Los gerundios ardiendo e hirviendo sí se pueden utilizar como adjetivos, como en estas oraciones:

Cuando el cíclope duerme, le clava una estaca ardiendo en su único ojo [El Portal de El Algar, acceso: 25-3-2008]

¿Qué sucede si se lanza agua hirviendo al aire en un típico día invernal canadiense a -40º centígrados? [hmmm, acceso: 25-3-2008]

El gerundio en función adjetiva es, después del gerundio de posterioridad, el uso no normativo del gerundio que se da con mayor frecuencia.

Etimología de ‘robot’

15 de Enero de 2008

Robot es una palabra internacional de origen checo. A nosotros nos llega por mediación del inglés, como ha ocurrido con tantas palabras de lenguas que para los hablantes hispánicos resultan más o menos exóticas.

Su origen es el sustantivo checo robota, que significa ‘trabajos forzados, servidumbre’.

Se utiliza por primera vez en la obra de teatro R.U.R. (Robots Universales de Rossum) (1921) de Karel Čapek. El dramaturgo le atribuyó la acuñación del término a su hermano Josef, según datos aportados por Dominik Zunt (en inglés).

Este es uno de los pocos préstamos del checo que tenemos en nuestra lengua.

En la imagen se puede ver una escena de la obra de Čapek.

Escena RUR Čapek

Caucus

14 de Enero de 2008

En estos días se está utilizando mucho la palabra caucus porque se están desarrollando las primarias para elegir al nuevo Presidente de Estados Unidos.

Dentro del complejo sistema electoral de este país, los caucus son asambleas de los partidos políticos. Estas sirven en algunos Estados para elegir delegados que tendrán un papel directo o indirecto en la designación del candidato a Presidente. Iowa, por ejemplo, utiliza este sistema.

No voy a entrar aquí en los detalles de qué es un caucus. Eso lo tienes explicado en el artículo correspondiente en la Wikipedia en inglés o en español. Lo que me interesa es el uso de esta palabra en nuestra lengua.

Si vamos a buscarla a los diccionarios académicos, veremos que no aparece ni en el Diccionario de la lengua española ni en el DPD (Diccionario panhispánico de dudas). Eso no quiere decir necesariamente que su uso sea incorrecto. Esta es una de tantas palabras que no están recogidas en el diccionario pero que son necesarias. Y probablemente acabará incorporándose con el tiempo.

Su uso en relación con el proceso electoral estadounidense está más que justificado, puesto que es un nombre necesario para referirnos a esa realidad específica. Si lo sustituyéramos por uno castellano como asamblea o convención, ganaríamos quizás en casticismo, pero no en precisión ni en claridad.

Eso sí, debemos tener la precaución de escribirlo en cursiva por su condición de extranjerismo.

Su plural en español es caucus, invariable. Sigue en esto el modelo de las palabras terminadas en -s que no son agudas, como virus:

El virus > los virus

El caucus > los caucus

Veamos un ejemplo de este plural en un texto periodístico de hace unos días:

El ex Gobernador de Massachussetts, Mitt Romney, ganó hoy los caucus del Partido Republicano en el Estado de Wyoming [...] [La Vanguardia (España), 5-1-2008]

Debe evitarse el plural a la inglesa caucuses.

En resumen:

a) Caucus es un extranjerismo necesario que nos permite referirnos de manera precisa e inequívoca a una institución determinada.

b) Como es un extranjerismo, debemos escribirlo en cursiva

c) Utilizamos para el plural la misma forma que para el singular: caucus.

Y ahora solo está por ver qué candidato saldrá al final de tanto caucus y tantas primarias.

Un billón en Estados Unidos y en España no son lo mismo. Aquí, y en gran parte del mundo, un billón equivale a un millón de millones:

1 billón = 1 000 000 000 000

El billón estadounidense es más modesto: se queda en mil millones (1 000 000 000). El problema viene en las traducciones, como aquí:

“Estos 100 estados, que representan a casi 4,5 billones de personas, han subrayado así su intención de proteger a su población de los problemas derivados del tabaco”, ha declarado el director general de la OMS, el doctor Lee Jong-wook [El Mundo, 29-3-2004]

Teniendo en cuenta que la población mundial es de unos 6 000 millones de personas, en la cita anterior sobran unos cuantos. O eso, o hay que entender que son billones estadounidenses mal traducidos. Entonces sí que cuadra todo, porque estaríamos hablando de 4 500 millones de personas (si la población de la Tierra se midiera de verdad en billones, andaríamos un poco apretados).

Para terminar de complicar las cosas, tenemos el millardo. En otros países, como Francia o Alemania, un millardo son mil millones (o sea, el famoso billón estadounidense). La Academia propuso esta palabra, pero de momento no parece que cuaje. A día de hoy, si hacemos una búsqueda en Internet con San Google bendito, veremos que millardo aparece en 64 000 documentos. No está mal, dirán algunos. Pero es que mil millones (búsqueda exacta) arroja más de 2 millones de resultados. La diferencia es abrumadora e indica una preferencia clara por la segunda.

Por si sirve de consuelo, los que peor lo tienen son los británicos. Su uso tradicional es como el nuestro; pero, quieras que no, se ha ido imponiendo el billón de allende los mares, así que no siempre queda claro a qué se refieren estas cantidades.

Película con secuelas

5 de Octubre de 2007

Hay un neologismo que se va abriendo paso en castellano: secuela en el sentido de ‘continuación de una película’ (segunda parte, tercera, etc.). Por ejemplo:

El joven actor Shia LaBeouf, protagonista [...] de la nueva secuela de Indiana Jones, [...] desveló el título de la cuarta entrega de la célebre saga cinematográfica [El País, 11-9-2007]

La palabra secuela traduce aquí el inglés sequel. Se trata claramente de un falso amigo: se sustituye el término inglés por la palabra que suena más parecida en español, aunque su significado sea diferente. Secuela es más bien el daño que nos deja una enfermedad.

Si el uso como ‘continuación de una película’ está triunfando no es solamente por dejadez de los traductores sino también —y sobre todo— porque llena una laguna léxica. En ciertos contextos se siente la necesidad de disponer de una denominación específica e inequívoca para esas segundas, terceras y cuartas partes.

Y ahora ya no solamente hay secuelas. Además se ha inventado la precuela (también un invento inglés trasplantado a nuestra lengua):

Brian de Palma ya tiene a sus dos finalistas para encarnar a Al Capone en la precuela de Los Intocables [El País, 23-2-2007]

La precuela es lo contrario de la secuela: una película que se rueda después de otra pero con una trama que antecede a la primera (como se hizo con la cuarta, quinta y sexta entregas de La guerra de las galaxias, que son precuelas de los tres episodios que ya se habían rodado).

Ya estoy oyendo la pregunta: ¿pero qué es lo correcto? Desde luego, secuela no aparece en el diccionario de la Academia con este sentido; y precuela, ni con ese ni con otro. Se pueden encontrar, sin duda, soluciones más elegantes e idiomáticas (aunque menos precisas). Lo que es seguro es que, si los hablantes se empeñan, la secuela y la precuela cinematográficas acabarán entrando en el diccionario.

Y que todas las secuelas que nos queden sean como esas.