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‘Hacia’ y ‘de cara a’

10 de Enero de 2008

Hoy día tenemos en español una preposición hacia y una locución prepositiva de cara a con diferentes significados pero que han seguido una evolución análoga.

Nuestra preposición hacia no existía en latín. Es una invención castellana a partir de la expresión faze a, que significa, exactamente, ‘cara a’ (todavía hoy conservamos el sustantivo faz como sinónimo de cara). Esta expresión sufre un desgaste en su forma y en su significado.

En cuanto a la forma, se pierde la efe inicial (proceso común a todas las palabras que empezaban por este sonido en castellano), la preposición a pierde su independencia y se funde con el sustantivo, y la unidad resultante pierde su acento, de modo que se pronuncia apoyándose en la palabra que la sigue. Cuando decimos hacia Salamanca, en realidad estamos pronunciando una unidad con un solo acento:

“aciasalamánca”

En cuanto al significado, se pierde la referencia concreta a una parte del cuerpo (la cara) y solo queda la idea, más abstracta, de orientación.

Y así es como llegamos a nuestra actual preposición hacia.

La locución preposicional de cara a está sufriendo un proceso similar. Durante mucho tiempo estuvo rechazada por los puristas, pero su uso se ha aceptado ya en parte en la norma (véase el artículo cara en el DPD). Su origen está en una expresión de orientación espacial, como en el siguiente ejemplo, en el que se mantiene el significado literal:

Cuando no tenían frase los colocaba de cara a la pared, como niños castigados [Francisco Álvaro: El espectador y la crítica: El teatro en España, p. 159]

Naturalmente, nadie ha tenido nunca nada que objetar a este uso.

A partir de aquí surgen usos figurados en los que el espacio ya no es físico sino imaginario, metafórico, pero en los que todavía se identifica con claridad la noción espacial:

La ampliación de los márgenes al ±15% permite, de cara a la opinión pública, seguir afirmando la viabilidad del proyecto de unión monetaria [José Barea y Maite Barea: Después de Maastricht, ¿qué?, p. 30]

En el ejemplo anterior podemos imaginar a la opinión pública situada en un lugar al que se está mirando.

Llevando más allá la metáfora, se llega a una expresión abstracta con valor prospectivo y de finalidad (que podemos parafrasear con la expresión ‘con vistas a’):

La República tuvo tiempo para reorganizarse de cara a la defensa de Madrid [Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, 1936-1939, p. 447]

De forma análoga a lo que ocurrió con faze a, esta locución está sufriendo un progresivo desgaste de su forma. En el ejemplo anterior se mantiene íntegra su sustancia fónica (con un nombre flanqueado por dos preposiciones). En este otro, en cambio, la primera preposición ha desaparecido:

[…] la junta directiva […] permanece en Madrid tratando de poner en práctica una serie de proyectos internos […] (aparte de las medidas ya acordadas cara a las autoridades y prensa de Madrid) [Celso Almuiña Fernández: La prensa vallisoletana durante el siglo XIX (1808-1894), p. 538]

Para algunos hablantes, incluso, lo único que queda de la expresión inicial es el sustantivo cara, como en este ejemplo que encuentro en un foro de Internet:

[…] toda la legislatura sin hacer nada en materia de vivienda, y ahora cara las elecciones empiezan a estudiar medidas […] [Rankia, Foro de vivienda, acceso 10-1-2008]

En cuanto a la erosión del significado, se pierde la referencia a una parte concreta del cuerpo y la expresión va adquieriendo valores cada vez más abstractos, hasta el punto de que en muchos contextos es intercambiable simplemente por la preposición para.

No es casualidad que la misma parte del cuerpo intervenga en épocas diferentes en la formación de nuevas preposiciones. Este fenómeno se basa en mecanismos de conceptualización universales. Los seres humanos tratamos de entender los conceptos abstractos apoyándonos en ideas concretas, en realidades de las que tenemos una experiencia inmediata.

Uno de los primeros descubrimientos del niño es su propio cuerpo. Este conocimiento se traslada a otros ámbitos, como el espacio y el tiempo o a relaciones lógicas como la de finalidad. Pensemos, por ejemplo, que cuando queremos indicarle a alguien cómo llegar a un sitio le decimos que queda a mano izquierda o a mano derecha. El cuerpo nos sirve para estructurar nuestra percepción del espacio.

Las partes del cuerpo que intervienen en la aparición de palabras gramaticales son, además, siempre las mismas. Se trata de partes muy básicas, que tienen una gran relevancia cognitiva. Las lenguas del mundo están repletas de palabras gramaticales que surgen de nombres para la cara, la frente, la espalda, las manos… Esto, en cambio, no pasa ni con las uñas, ni con el dedo gordo del pie, ni con las verrugas.

El caso de hacia y de cara a es interesante para ilustrar cómo las lenguas, en su cambio, siguen algunas vías que se van repitiendo a lo largo del tiempo y cómo desde posiciones puristas se suelen condenar fenómenos de cambio lingüístico perfectamente naturales y necesarios. En cambio, los resultados más antiguos (y, por tanto, más prestigiosos) del mismo proceso no se enfrentan a la misma condena.

¿Qué es saber gramática?

30 de Septiembre de 2007

Si yo me voy a preguntarle a mi madre si ella sabe gramática, probablemente me mandará a freír espárragos porque ya me tiene dicho que ella, de gramática, nada. Pero eso solo es cierto en parte. Hay al menos tres sentidos diferentes de ‘gramática’, aunque el hablante de andar por casa esto no lo sabe y no tiene por qué saberlo:

  1. Hay una gramática que es un conocimiento implícito que posee cualquier hablante de una lengua,
  2. hay una gramática descriptiva y
  3. hay una gramática normativa.

Cualquier hablante de cualquier lengua del mundo, con estudios o sin ellos, posee un conocimiento gramatical como conocimiento implícito. Es decir, domina una serie de reglas que son las que rigen su forma de hablar, pero no sabe que las sabe. Mi madre, por más que se empeñe en que no sabe gramática, nunca se equivocará con el subjuntivo. En cambio, un hablante extranjero después de años y años de estudiar el subjuntivo sigue tropezando en esa piedra. Es más, mi madre (que cree que no sabe gramática) se dará cuenta inmediatamente del tropiezo y corregirá al pobre estudiante en apuros (”Eso no se dice así, se dice asá”). Pero si le preguntamos por qué se dice así y no asá, será ella la que se encuentre en un apuro. Le estamos exigiendo otro tipo de conocimiento gramatical que solo poseen algunos hablantes, que lo han adquirido mediante el estudio.

El conocimiento gramatical implícito se puede hacer explícito mediante la introspección y la observación: entramos en el terreno de la gramática descriptiva. A poco que empecemos a examinar una lengua nos daremos cuenta de que hay una serie de regularidades que podemos formular como reglas. Las primeras gramáticas surgen por un hecho tan sencillo como que alguien se sienta una tarde de verano a la orilla del río y empieza a preguntarse:

¿Por qué algunas palabras admiten varias terminaciones (niño, -a, -os, -as) y otras no (para, que)?

¿Por qué puedo decir “un guisante, dos guisantes, tres guisantes” pero no “una harina, dos harinas, tres harinas”?

Cada vez que damos con la respuesta a una de estas preguntas podemos formular una regla que nos permite dar cuenta de una multiplicidad de casos. Progresivamente, vamos estando en condiciones de responder a más preguntas y de formular reglas más elaboradas. La gramática descriptiva se limita a describir la lengua tal como es, tal como la usan los hablantes, sin entrar en consideraciones sobre lo correcto y lo incorrecto. Esto último es el terreno del tercer tipo de conocimiento gramatical.

Algunos hablantes dicen “Se me ha caído el vaso”; y otros, “Me se ha caído el vaso”. Una gramática descriptiva se limitará a tomar nota de las dos variantes. Una gramática normativa, ante esta variación, dictará reglas prescriptivas, o sea, dirá: “La primera forma es correcta; la segunda, incorrecta”.

No hay que perder de vista que en la gramática normativa hay siempre un cierto grado de arbitrariedad. Lo que se hace es seleccionar una posibilidad entre varias que también serían viables, de manera semejante a como en la Europa continental hemos decidido que se circula por la derecha, aunque sería perfectamente posible hacerlo por la izquierda y, de hecho, así es en Gran Bretaña, Nueva Zelanda o Japón.

La norma es convencional, pero eso tampoco significa que nos la podamos saltar tranquilamente. El circular por la derecha o por la izquierda también es convencional, pero una vez que se ha adoptado la norma si decidimos ir al revés de todo el mundo las consecuencias no se harán esperar.

En cuestión de lengua, en cualquier caso, es necesario conocer la norma porque solo así tendremos libertad para decidir si la respetamos o si nos la saltamos. De lo contrario, no hay elección, sino que nos vemos limitados a expresarnos de la única manera que sabemos y podemos.