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Hay un uso del plural que es privativo de la autoridad. Me refiero al denominado plural mayestático. Este presenta dos caras.

La primera es la que antes se nos viene a la cabeza: una alta o altísima autoridad habla en plural cada vez que se refiere a sí misma. Esto es típico de reyes, papas y emperadores y es lo que encontramos en esta ley que da Carlos I en Toledo en 1528:

Ordenamos, i mandamos que los Estrangeros, que de Nos, i de los Reyes nuestros predecessores tuvieren cartas de naturaleza dadas según el tenor, i forma de las leyes antes de esta, para aver Beneficios en estos nuestros Reinos, que sean obligados de venir à residir personalmente à los dichos Beneficios dentro de ocho meses después que de ellos fueren proveìdos, sopena que, si ansi no lo hicieren, ayan perdido, i pierdan por el mismo hecho la dicha naturaleza, i que con ellos, como con Estrangeros, se guarden las leyes, que sobre esto hablan: i mandamos à los del nuestro Consejo que dèn sobre ello las provisiones, que fueren necesarias.

Como es fácil comprobar, el plural no solo afecta a los verbos (ordenamos, mandamos), sino que se extiende de manera coherente a todos los elementos del discurso que hacen referencia al hablante, lo que incluye los pronombres (nos) y los posesivos (nuestros). Resulta llamativa la forma particular que suele adoptar el pronombre personal sujeto: del nos-otros se desgaja el otros para dejar solamente el nos, tras el que se oculta el hablante del que dimana la autoridad y que posee, por tanto, la potestad para expresarse así. Aunque mayestático venga de majestad, hay que aclarar que este uso no es exclusivo de monarcas. En textos antiguos también lo encontramos en boca de dignatarios que ejercen una suerte de autoridad delegada, como ministros, rectores, obispos, etc.

El siguiente ejemplo ilustra el reverso de la forma mayestática. El plural no solo lo emplea la autoridad que habla, sino que también compromete a quien se dirige a esa autoridad, que ha de nombrarla en plural, como en este texto en que el entonces príncipe Juan Carlos responde a un discurso de su padre, Juan de Borbón, por el que este renuncia a sus aspiraciones a la corona de España:

Hoy, al ofrecer a España la renuncia a los derechos históricos que recibisteis del rey Alfonso XIII, realizáis un gran acto de servicio. Como hijo, me emociona profundamente. Al aceptarla, agradezco vuestra abnegación y desinterés y siento la íntima satisfacción de pertenecer a nuestra dinastía. Y es mi deseo que sigáis usando, como habéis hecho durante tantos años, el título de conde de Barcelona [discurso de Juan Carlos de Borbón pronunciado el 15 de mayo de 1975].

El plural mayestático conserva hasta cierto punto su vigencia en el mundo contemporáneo. Por eso he querido escoger como segundo ejemplo uno procedente de un rey que a día de hoy (18 de diciembre de 2011) está en el trono como Juan Carlos I. Es evidente, eso sí, que se halla en franco retroceso, pues los tiempos apenas dejan espacio para tales formas de expresión.

Curiosamente, la pluralidad, lo mismo que sirve para ensalzar, puede prestarse también a empequeñecer. Eso es, al menos, lo que se persigue con el plural de modestia. Es esta una buena muestra de la polivalencia de las formas lingüísticas, que, siendo idénticas en lo exterior, pueden dar pie a interpretaciones diferentes e incluso opuestas.

La valencia es el potencial que tienen ciertas palabras de regir un número determinado de elementos. Es una propiedad que se deriva de la semántica y que tiene consecuencias para la sintaxis.

Por ejemplo, no se puede concebir la idea de comer sin que haya alguien que coma y algo que es comido. Decimos por eso que el verbo comer posee dos posiciones vacías que se tienen que llenar con otros tantos elementos. Cuando esto ocurre, surge una oración como Manolo come pan.

Las raíces de esta idea se pueden rastrear hasta la gramática latina, pero en su forma actual la desarrolla el lingüista francés Lucien Tesnière en una serie de trabajos que escribe durante los años cuarenta del siglo XX y que en parte se publicarán póstumamente. La noción gramatical de valencia, tal como la concibe Tesnière, reposa sobre una metáfora química. En el colegio nos enseñaban que un átomo de oxígeno tiene la capacidad de ligar dos átomos de hidrógeno y que al hacerlo da lugar a una molécula de agua. Esto, trasladado a la sintaxis, quiere decir que cada verbo lleva en sí, en virtud de su significado, la capacidad de atraer a un número determinado de elementos, a los que liga para formar una oración.

Los verbos se clasifican en esta teoría por el número de casillas vacías que ofrecen. Los hay monovalentes (Pedro nace), divalentes (Pedro amasa pan) y trivalentes (Pedro da el pan a Juan). Existen incluso verbos cerovalentes, como los que designan fenómenos meteorológicos, que no necesitan de ningún otro elemento para que su significado esté completo (nieva).

El principal portador de valencia en la oración es el verbo y, de hecho, la parte más desarrollada de la teoría de valencias es la relacionada con él. Sin embargo, no es esta la única clase de palabras con esta propiedad. Hay sustantivos con un significado relacional, que no se completa sin la intervención de otros elementos que están previstos en su plan de construcción. Por ejemplo, un sustantivo como amor no se entiende si no es relacionalmente. El amor es amor de alguien por alguien (o por algo), y este potencial se puede desplegar total o parcialmente en oraciones como El amor de Lucía por las matemáticas la hizo triunfar en la vida o El amor de su madre fue lo que le permitió salir adelante. Se diferencia amor en esto de sustantivos con un significado absoluto como zambomba, coliflor o adoquín, que no requieren de otros elementos para estar completos. También hay adjetivos con valencia, como sensible: un instrumento sensible a la luz.

Solo quedan comprendidos en la valencia los complementos obligatorios, no los opcionales. Tesnière, muy aficionado al lenguaje figurado, lo explica con su famosa comparación de la oración simple con una obra de teatro, en la que denomina a los primeros actantes y a los segundos circunstantes:

El nudo verbal [...] expresa toda una obra de teatro en pequeño. En efecto, como en una obra de teatro, implica necesariamente un proceso y, a menudo, actores y circunstancias. [...] Traspuesto del plano de la realidad dramática al de la sintaxis estructural, el proceso, los actores y las circunstancias se convierten, respectivamente, en el verbo, los actantes y los circunstantes (Lucien Tesnière: Éléments de syntaxe structurale, traducción A. B.).

Esto, aplicado a una oración como Manolo come galletas en la cama, quiere decir que el nudo verbal rige dos elementos obligatorios, que son Manolo y galletas; y que a estos se les añade uno opcional que es en la cama. El número de actantes viene dado por el verbo (esa es, de hecho, su valencia), pero no así el de circunstantes.

Hay que aclarar, eso sí, que la diferencia entre actantes y circunstantes es uno de los aspectos más peliagudos de la teoría de valencias. Se han vertido ríos de tinta sobre esta materia en disquisiciones que nada tienen que envidiarles a aquellas famosas sobre el sexo de los ángeles.

La hija de la teoría de valencias es la denominada gramática de dependencias, que explica la sintaxis como una serie de vínculos que hacen depender a unas palabras de otras en el interior de la oración. Fue una forma de hacer gramática que gozó de un considerable éxito en Europa durante la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en los países de habla alemana; pero que fue perdiendo terreno en favor de una representación alternativa que venía empujando con fuerza desde el otro lado del Atlántico: la de la estructura de constituyentes, que explica cómo se van constituyendo unidades cada vez de mayor nivel combinando elementos de los niveles inferiores.

De todo ello habrá que ir hablando a su debido tiempo.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La valencia]

La metonimia es una figura retórica. Hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero es mucho más. Se trata de una potente herramienta que amplía nuestras posibilidades expresivas tanto en la lengua literaria como en la cotidiana y que nos ayuda a entender el mundo.

Mediante la metonimia, una palabra o expresión adquiere un significado adicional que se basa en una relación de contigüidad entre la realidad que nombraba originariamente y la nueva. Contribuye, por tanto, a la polisemia. Por ejemplo: uno de los órganos que utilizamos para hablar es la lengua; esta siempre interviene en nuestra producción del habla. No es de extrañar, por tanto, que el nombre del órgano haya adquirido el significado adicional de ‘lenguaje’. Y no solo no es de extrañar, sino que se trata de una metonimia enormemente frecuente. Entre las lenguas de Europa la encontramos, por mencionar solo una de cada familia, en inglés (tongue), en checo (jazyk), en gaélico irlandés (teanga), en húngaro (nyelv) y en griego (tanto clásico como moderno: glossa). La relación que se da en este caso es de tipo instrumental, pero la tipología de las metonimias de la lengua cotidiana es de lo más variada. Así, cuando hablamos de la Casa Rosada para referirnos al gobierno argentino, la relación es de lugar. Cuando llamamos Rioja a un tipo de vino, la relación es de procedencia. O cuando al revisor del tren le llamábamos el pica, el vínculo venía por la actividad: él era la persona encargada de picar los billetes.

Hay que tener en cuenta dos puntos importantes para entender lo que es la metonimia. En primer lugar, se trata de relaciones en presencia, es decir, lo uno aparece con lo otro (por lo menos, originariamente): la lengua como órgano está presente en la producción del habla, el gobierno de Argentina está en la Casa Rosada, en la Rioja hay vino de Rioja y cuando llamamos a uno de nuestros amigos el melenas, la melena aparece con nuestro amigo. En segundo lugar (y esto se deriva de lo anterior), los dos significados se sitúan en el mismo ámbito de la realidad.

Metáfora y metonimia se diferencian en los dos puntos anteriores. Cuando hablamos de las perlas de tus dientes, las perlas no aparecen por ningún lado (si no, sería relativamente fácil hacerse rico). Lo que hay son dientes. Y lo uno y lo otro son realidades que pertenecen a ámbitos diferentes. Son relaciones en ausencia. Por otra parte, las relaciones que se dan en la metonimia son objetivas, reales: están ahí esperando a que alguien las descubra. En cambio, las que se establecen en la metáfora son relaciones subjetivas que creamos nosotros más o menos caprichosamente. No hay nada que vincule de por sí las perlas con los dientes.

La metonimia no solo añade significados nuevos a palabras que ya existen. También desempeña un importante papel en la creación de nuevas palabras. Muchos compuestos se basan en una relación metonímica, como, por ejemplo, pelirrojo, ciempiés o correveidile (y lo mismo ocurre con alguna palabra formada por parasíntesis, como pordiosero).

Jakobson dijo que la metonimia era la pariente pobre de la metáfora. Se refería a que tradicionalmente ha sido esta última la más estudiada, mientras que la otra se tenía que conformar con que la mentaran de pasada. Esto se explica en parte por su naturaleza. La metáfora y la metonimia son dos hermanas, pero a la una le gusta llamar la atención y a la segunda, pasar desapercibida. Si hablamos de los panteras grises, salta a la vista que la expresión no es literal. En cambio, cuando nos dicen que Finlandia y Kósovo han establecido relaciones diplomáticas, hay que pararse un momento a pensar para percatarse de que quienes han dado ese paso son los gobiernos.

Sin embargo, metáfora y metonimia son igual de importantes. Se trata de dos mecanismos complementarios de los que se sirve nuestro sistema cognitivo para aprehender el mundo. En el fondo, cuando nos encontramos ante una realidad nueva, hay dos estrategias básicas para enfrentarnos a ella. Una consiste en decir “esto es como esto otro”. Es lo que se conoce como metáfora. La otra consiste en fijarnos en algún aspecto de esa realidad o de lo que la rodea y utilizarlo para representarnos el todo. Eso es la metonimia.

Ni más ni menos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La metonimia]

La metáfora es una vieja conocida de la retórica, que la situaba entre las figuras de dicción. Desde un punto de vista retórico, la metáfora se suele considerar una comparación abreviada que se basa en una semejanza entre dos entidades o conceptos. Así, al menos, es como nos la presenta Lausberg en su Manual de retórica literaria. Se dice que es una comparación abreviada porque carece del vínculo comparativo que encontramos en un símil como Tus dientes son como perlas. Si a partir este ejemplo nos arriesgamos a un pequeño salto y decimos Tus dientes son perlas, ya hemos entrado en el terreno de la metáfora. La semejanza habremos de buscarla en las propiedades de uno y otro elemento, que tendrán algunas en común; en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la blancura, el brillo, la dureza y, quizás, el valor.

Yo me conformaré con esta presentación esquemática de la idea tradicional, literaria, de metáfora. Personas hay que pueden abordar el asunto con mayor fundamento. A mí me interesa más aportar aquí la perspectiva del lingüista.

Fijémonos, para empezar, en la etimología. El sustantivo metáfora se deriva del verbo griego metaphéro, que significa ‘llevar algo a otro sitio, trasladarlo’. Esto es importante porque nos da una idea del mecanismo básico que subyace a la metáfora (¿no hemos dicho siempre que da lugar a significados traslaticios?).

En el corazón de todas sus definiciones encontramos la noción de que se entabla una relación entre realidades pertenecientes a dos ámbitos diferentes, de manera que se usa el primero para aprehender el segundo. Al hacerlo se proyecta sobre este último una parte de las propiedades del primero. Y si es cierto que se da una relación de semejanza entre una y otra realidad, también lo es que dicha semejanza no es inherente a ellas, sino que se trata de una semejanza inducida que no existe con independencia de la metáfora. O sea, que antes que buscarla en las cosas en sí, haríamos bien en volver la mirada hacia nuestro interior, más concretamente, al funcionamiento de nuestro sistema cognitivo.

La relación de semejanza la establecemos nosotros. En el célebre ejemplo de las perlas y los dientes, una realidad perteneciente al ámbito animal, concretamente, de la ostra, nos sirve para hablar de una parte del cuerpo de una persona. De todas las propiedades que tiene la perla, enlazamos algunas con las del diente. Ya hemos mencionado arriba la blancura, el brillo y la dureza. Y decíamos que quizás también el valor. Pero ¿esto es algo intrínseco al diente o algo que le estamos añadiendo gracias a la metáfora y que nos permite contemplarlo a una luz diferente, que es la que se desprende del mundo de las joyas, el lujo, lo precioso? Y, en cambio, hay otras propiedades de la perla que no intervienen, como la redondez o la composición química. Esto ha de ser forzosamente así, pues de lo contrario no se trataría de una comparación o asimilación, sino de que lo uno sería estrictamente lo otro.

Y si hacemos el ejercicio mental de asimilar los dientes con terrones de azúcar, bolitas de pan de Viena o trocitos de tiza, iremos viendo cómo nuestra percepción de ese diente va transformándose según la luz que arrojemos sobre él. Mucho de esto lo vamos entendiendo cada vez mejor gracias al trabajo de científicos cognitivos como George Lakoff y Mark Johnson.

La metáfora es un instrumento de gran utilidad en la ardua tarea de explicarnos qué es y cómo es el lenguaje. Nos sirve así para desentrañar un gran número de procesos de cambio lingüístico, tanto del léxico como de la gramática.

La metáfora permite aumentar el repertorio de significados de una palabra o expresión al irle añadiendo a su significado básico otros nuevos que se derivan de este. Contribuye así al aumento de la polisemia. Por ejemplo, las partes de nuestro propio cuerpo se convierten en fuente de abundantes metáforas que nos permiten nombrar cada vez más objetos. Pocas cosas habrá que sean más importantes para un ser humano que sus manos. Y por eso vemos manos por todas partes. Así, decimos que los relojes tienen manos o manecillas (pues al fin y al cabo son pequeñas) o que tiene mano un mortero; en una partida de cartas, a quien primero juega le llamamos mano; alguien que es influyente tiene mucha mano (en el ministerio, el ayuntamiento o donde sea); una medicina que me va bien diré que es mano de santo…

Pero no hemos acabado. La acción prototípica que realizamos con las manos es la de coger cosas (aunque también podamos utilizarlas para espantarnos las moscas, aplaudir o quitarnos el sol de los ojos). Nos pasamos el día cogiendo paraguas, libros y teléfonos móviles. Eso ha dado pie a que podamos coger chistes, resfriados o enfados. Y no contentos con coger nosotros lo que de por sí es inasible, nos empeñamos en reconocer esta acción hasta en objetos y acontecimientos, de modo que aseguramos con pleno convencimiento que la tierra no coge el agua, que nos ha cogido una tormenta en medio del bosque o que nuestro nuevo coche coge muy bien las curvas. Cada uno de estos usos está basado en una metáfora diferente, pero en todos ellos reconocemos el significado básico de coger sobre el que se han formado.

A veces, los nuevos significados se van sumando a los que ya existían. En otras ocasiones, un nuevo significado puede llegar a desplazar al antiguo y quedar como único superviviente. Por ejemplo, nuestras piernas fueron en otros tiempos jamones. La palabra perna significaba en latín ‘jamón’, pero alguien tuvo un buen día la ocurrencia de utilizarla humorísticamente para nombrar las extremidades inferiores de las personas. El chiste gustó, se institucionalizó y se incorporó con ello a los significados de esa palabra, hasta que acabó perdiéndose el sentido originario y solo quedó el que conocemos hoy.

La metáfora entra a menudo en juego en la ampliación del repertorio léxico de las lenguas mediante la neología. No es difícil identificarla detrás de muchos compuestos. Pensemos, por ejemplo, en chupatintas, sacabocados o rompecorazones. ¿Y cuál, si no, fue el procedimiento por el que se formaron expresiones idiomáticas como arrimar el ascua a su sardina o dar sopas con honda?

Las metáforas también son omnipresentes en la gramática. De hecho, uno de los medios favoritos de innovación gramatical es la metáfora. Una de las principales metáforas que dan lugar a estructuras gramaticales en las lenguas del mundo es la del tiempo como espacio. Los conceptos espaciales se cuentan entre los primeros que adquiere un niño y en ellos se asienta la comprensión de nociones más abstractas, como la temporalidad y la causalidad. Una gran parte del vocabulario que se refiere a fenómenos temporales procede del ámbito espacial. Decimos que el tiempo pasa, corre o vuela, que tenemos una vida por delante, etc. Es muy frecuente en las lenguas del mundo que los tiempos de futuro se formen sobre verbos de movimiento. Un ejemplo típico es nuestra perífrasis voy a cantar, que tiene su paralelo en el inglés I’m going to sing.

En fin, terminaré esta entrada, más que nada, porque ya va excediendo los límites de lo razonable y, probablemente, de la paciencia de los lectores; pero el tema es prácticamente inagotable y prometo volver al ataque tratando en detalle algunos de sus aspectos más específicos. O, para decirlo con una metáfora, esto era solamente para abrir boca.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La metáfora]

En las lenguas coexisten dos principios que son igual de importantes: la combinatoria y la fijación. Sin embargo, tradicionalmente se le ha dado más importancia al primero. Hasta tal punto es así que nos hemos acostumbrado a ver la lengua como una especie de mecano en el que se van ensamblando piezas para construir sintagmas, oraciones y textos.

Así —se suele creer—, quien disponga de los bloques de construcción (las palabras) y conozca las reglas que permiten encajarlas (la gramática), dominará una lengua. O sea, si yo conozco el determinante el/la/los/las, el sustantivo niño, el verbo comer y el sustantivo pan; y manejo, asimismo, las reglas gramaticales relativas al género, el número, la conjugación, el desempeño de funciones gramaticales como sujeto y complemento directo, etc., ya puedo construir una oración como El niño come pan. Ir creando más y más oraciones es, simplemente, cuestión de ir ampliando el inventario de palabras que sé combinar y el conjunto de reglas que rigen tales combinaciones. A esta visión parcial, simplista, de lo que es una lengua es a la que apelan estos métodos más o menos milagrosos que nos prometen enseñarnos inglés, francés o ruso a base de un puñado de vocabulario y unas cuantas nociones gramaticales.

Ojalá todo fuera tan fácil. Hay otra vertiente igual de importante en el dominio de una lengua: la que tiene que ver con todas aquellas combinaciones que los hablantes no van montando pieza por pieza, sino que se encuentran ya construidas, que aparecen constituidas en bloques con mayor o menor trabazón entre sus miembros. Estas se van transmitiendo de unos hablantes a otros y se van repitiendo de generación en generación, como parte del inventario de expresiones de una comunidad lingüística.

Las más típicas son probablemente las denominadas expresiones idiomáticas. Aunque yo conozca el significado de estirar y de pata, y sea capaz de combinar estas y otras unidades de acuerdo con las reglas de la gramática, todavía no sé lo que significa estirar la pata. Evidentemente, si alguien me dice que El protagonista de la película estiró la pata no interpreto normalmente que está haciendo unos ejercicios de rehabilitación que le ha mandado el médico. Esa expresión significa en bloque y lo normal es que la interpretemos como ‘morir’, en lugar de con su significado literal. Las expresiones idiomáticas no solo son fijas, sino que además se caracterizan porque su significado no se deriva del significado de sus componentes.

Otros representantes de la combinatoria restringida son las denominadas colocaciones, que son ciertas combinaciones estables de palabras que utilizamos de manera preferente para referirnos a determinadas realidades extralingüísticas. ¿Podríamos decir en español vino rojo? Podríamos. ¿Lo decimos? Pues no, lo que de hecho decimos es vino tinto. Y quien quiera hablar esta lengua correctamente, tendrá que aprender que esa es la denominación de esa bebida. Saber una lengua no es solo entender qué combinaciones son posibles. Además es necesario saber que de todas las que lo son, en la práctica, solo se utilizan algunas. Y de la misma forma que aprendemos una combinación de la vida cotidiana, con el tiempo tendremos que ir enterándonos de que en los registros más formales se dice celebrar una conferencia, estampar un firma o refrendar un tratado. Es parte del vocabulario del español, pero de un vocabulario que está formado por secuencias de palabras y no por palabras aisladas.

Bajando ya al terreno de la gramática, encontramos numerosas locuciones prepositivas y conjuntivas que son el resultado de la fijación de lo que en su día fueron combinaciones libres. Esto ocurre, por ejemplo, con de cara a, expresión que se ha convertido en una seria competidora de la preposición para, o con por más que, que alterna con la conjunción concesiva aunque.

También se fijan fórmulas conversacionales como a decir verdad…, bien mirado…, … ¿o no?, etc. Estas nos sirven para asegurarnos de que nos están entendiendo, ir dirigiendo la conversación y gestionar diversos procesos comunicativos. Cualquiera que haya intentado cambiar de tema o ir dando por cerrada una conversación telefónica en una lengua extranjera se habrá dado cuenta de su valor y de lo difícil que resulta utilizarlas adecuadamente.

Todos los tipos presentados hasta aquí se sitúan por debajo del nivel de la oración, pero la fijación también abarca oraciones completas. Hay casos de fijación pragmática que afectan a ciertas oraciones que se dicen en situaciones comunicativas concretas o que, más bien, son las que se dicen en esas ocasiones. Por ejemplo, para hacer la compra en un mercado tradicional español resulta útil saber que si llego a un puesto y hay varias personas esperando sin hacer cola, tengo que preguntar: ¿Quién es el último? o, si quiero ser más castizo, ¿Quién da la vez? Este tipo de expresiones cambian de unos países a otros y de unas lenguas a otras. Por ejemplo, si llego a casa de mis padres y llamo al telefonillo, cuando me pregunten: ¿Quién es?, me anunciaré diciendo simplemente: Soy yo. Un inglés, en cambio, diría: It’s me ‘es yo’; y un alemán, Ich bin es ‘yo soy ello’.

Si nos seguimos adentrando en el terreno de la fijación de oraciones, nos encontraremos con el rico mundo de los refranes, proverbios, etc., de cuyo estudio se encarga la paremiología. Y si nos asomamos al más complejo todavía de los textos rutinizados, nos encontraremos con lo que se escribe en una esquela, una invitación de bodas o, incluso, con ensalmos, oraciones y fórmulas legales. Pero todo esto nos llevaría ya demasiado lejos.

En fin, como ves, para tratar este tema haría falta no un artículo sino un blog entero. Me conformaría si lo poco que he podido presentar —que no pretende ser exhaustivo sino representativo— ha servido para llamar la atención sobre ciertos fenómenos de lengua que resultan omnipresentes en nuestro uso diario, pero de los que raramente llegamos a tener conciencia, entre otros motivos, porque no es muy normal que nos hablen de ellos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Combinatoria frente a fijación]

Si alguien nos preguntara de pronto por la metáfora, casi todos tenderíamos a asociarla con la literatura. Puede que incluso se nos pasaran por la cabeza los ejemplos que nos ponían en clase, como aquello de las perlas de tus dientes. Simplificando mucho, podemos decir que tradicionalmente se concebía la metáfora como una figura retórica que consistía en decir esto es como esto otro o, más bien, esto es esto otro.

Si nos paramos a pensar un poco, el que más y el que menos tiene, además, la noción de que la metáfora también está presente en el lenguaje cotidiano. Se nos ocurrirán, probablemente, ejemplos como el del cuello de la botella, donde se asimila una parte de un objeto inanimado a una parte del cuerpo. El mecanismo que está funcionando aquí es el mismo. Estamos diciendo: esto (una parte de la botella) es como esto otro (una parte del cuerpo).

De lo que ya no estoy tan seguro es de que alguna vez nos hayamos dado cuenta de que la metáfora también tiene un gran rendimiento en las estructuras gramaticales de las lenguas. Desde los años ochenta, gracias a la lingüística cognitiva, se ha ido sabiendo que, en realidad, la metáfora es un mecanismo cognitivo básico de los seres humanos; de ahí que sea omnipresente. Hablamos y pensamos en metáforas e incluso actuamos a través de ellas. Nuestra mente tiene una dificultad básica para aprehender las nociones abstractas. No nos cuesta nada enterarnos de qué es una manzana. En cambio, las sumas, las restas y las raíces cuadradas ya van siendo más complicadas. Uno de los trucos de los que se sirve la mente humana para enfrentarse a realidades abstractas consiste en asimilarlas a otras más concretas, de las que tenemos una experiencia más inmediata. Dado que la gramática tiene que ver con la representación de relaciones abstractas, no hay que sorprenderse de que muchas de sus estructuras tengan una base metafórica.

Por ejemplo, ¿de qué tenemos una experiencia más inmediata? ¿De nuestro propio cuerpo o del espacio? Yo creo que está claro: un niño descubre primero que tiene cabeza, tronco, manos y pies, y solo después va asimilando relaciones espaciales como delante, detrás, a un lado, a otro, arriba, abajo, etc. Pues bien, en la lengua encontramos expresiones que aprovechan nuestro conocimiento del cuerpo para ayudarnos a entender cómo está organizado el espacio. Así, decimos que el bar está enfrente del Ayuntamiento, que la estación queda a mano izquierda, que la ciudad se construyó al pie de la montaña, que el casino se encuentra a espaldas de la catedral. Conviene señalar también que son solamente algunas partes del cuerpo, las más destacadas, las que pueden cumplir este tipo de función. Es decir, en las gramáticas de las lenguas del mundo tienden a aparecer manos, cabezas y pies, pero no muelas, tibias o juanetes (pongamos por caso).

Como todo es relativo, también lo es la noción de abstracción. Es cierto que el espacio es más abstracto que el cuerpo, pero también que nos resulta más fácil de entender que el tiempo. Es más inmediata la experiencia de encontrarse en un sitio que la de encontrarse en un momento o la de ir a alguna parte que la del transcurrir del tiempo. Por eso solemos representarnos el tiempo como si fuera un espacio por el que nos movemos. Piensa en los verbos que utilizas para expresar la experiencia temporal y verás cómo la mayoría son de significado espacial. Muchos adverbios temporales también tienen este origen. Por eso decimos Alrededor de las once, utilizando la misma expresión que para Alrededor del fuego. Tenemos incluso una perífrasis verbal (voy a estudiar) que conceptualiza la futuridad como desplazamiento en el espacio (voy a Segovia).

En fin, podríamos seguir, porque el tema es prácticamente inagotable, pero esta entrada ya va siendo lo suficientemente larga y si ha servido para hacernos reflexionar, ya habrá cumplido su objetivo. Pero si se te ocurren más ejemplos —que se te ocurrirán—, no dudes en contarlos. Así podremos discutir todos un ratito.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Metáforas en la gramática]

No. La respuesta es así de simple. Y contundente. No hablamos peor. Hablamos de otras cosas. Hablamos de otro modo. Eso es todo.

El mundo cambia y también lo hace el lenguaje con el que hablamos de él. Las generaciones se suceden y cada una trae su modo de hablar, igual que trae su modo de vestir, de hacer arte o de hacer política. ¿Verdad que hoy sería ridículo vestirse como Unamuno? Pues también lo sería hablar como él. Incluso dentro de la vida de una misma persona va cambiando con los años el lenguaje. ¿O nos expresamos de la misma manera con sesenta años que con veinte?

Si la lengua fuera a peor, llegaría un momento en que no nos entenderíamos; pero eso no sucede y no puede suceder. ¿Conoces algún caso? ¿Tienes noticia de algún sitio donde hayan empezado a enredar con el idioma y al final se lo hayan cargado? Imagínate que en Suecia empezaran a hacer experimentos con el sueco hasta que lo estropearan y se tuvieran que pasar —qué sé yo— al italiano para volver a entenderse. Esto que es inconcebible con las lenguas no lo es tanto con otras construcciones colectivas, como la economía, sin ir más lejos. Todos podemos citar países donde han empezado a hurgar en el sistema económico hasta que ha dejado de funcionar. El resultado es miseria, hambre, despoblación… En ningún rincón del mundo, en ningún momento de la historia ha habido una penuria lingüística que nos haya dejado en ayunas de palabras. Por ese lado podemos estar tranquilos.

Para acercarnos al problema, tenemos que saber que existe un fenómeno que se llama cambio lingüístico y que este es universal. Hay toda una rama de la lingüística que se ocupa de estudiarlo. Todas las lenguas cambian y todas han cambiado. No pueden no cambiar. Esto en sí no es ni bueno ni malo. Es. Punto. Otra cosa es que los resultados nos gusten más o menos; pero eso ya es cuestión de gustos y sobre gustos…

La lengua no la hacen los catedráticos, ni los académicos, ni los políticos… ¡por suerte! Siempre la han hecho los hablantes de a pie, la gente normal y corriente: el niño que juega con sus amigos en el patio del colegio, el dependiente de la pollería que despacha cuarto y mitad de mollejas, la señora que merienda con sus amigas en la cafetería, los enamorados que se susurran al oído. Por eso la lengua es sensata y funciona. La comunidad de hablantes en conjunto es sabia (aunque algunos de sus individuos no lo sean tanto).

De unos siglos a esta parte, vienen metiendo cuchara también, con mayor o menor fortuna, gramáticos, gobernantes, lexicógrafos, periodistas, etc.; pero eso no invalida lo anterior. Me entran temblores de pensar en lo que pasaría si la lengua dependiera de una comisión de profesores, representantes del Ministerio de Educación, autores de libros de estilo, dueños de editoriales… y escritores de blogs sobre lengua, que son, con diferencia, los más dañinos.

Otra cuestión, que probablemente te estás planteando a estas alturas, es: “Sí, pero ¿por qué cambian las lenguas?”. Como diría un político, me alegro de que me haga esa pregunta. Por hoy, lo dejaremos aquí.

Hoy día tenemos en español una preposición hacia y una locución prepositiva de cara a con diferentes significados, pero que han seguido una evolución análoga.

Nuestra preposición hacia no existía en latín. Es una invención castellana a partir de la expresión faze a, que significaba, exactamente, ‘cara a’ (todavía hoy conservamos el sustantivo faz como sinónimo de cara). Esta expresión sufrió un desgaste progresivo en su forma y en su significado.

En cuanto a la forma, desapareció la efe inicial, como les ocurrió a todas las palabras que empezaban por ese sonido en castellano. Además, la preposición a perdió su independencia y se fundió con el sustantivo. La unidad resultante perdió su acento y pasó a pronunciarse apoyándose en la palabra siguiente. Cuando decimos hacia Salamanca, en realidad estamos pronunciando una unidad con un solo acento:

“aciasalamánca”

En cuanto al significado, se perdieron las referencias concretas a la cara como parte del cuerpo y al estar mirando hacia un sitio. Solo quedó la idea, más abstracta, de orientación.

Y así es como llegamos a la actual preposición hacia.

De cara a está sufriendo un proceso similar. En primer lugar nos tenemos que fijar en su significado literal de orientación espacial, como en el siguiente ejemplo:

Cuando no tenían frase los colocaba de cara a la pared, como niños castigados [Francisco Álvaro: El espectador y la crítica: El teatro en España, p. 159]

A partir de aquí van surgiendo usos figurados en los que el espacio ya no es físico sino figurado, metafórico, pero en los que todavía se identifica con claridad la noción espacial:

La ampliación de los márgenes al ±15% permite, de cara a la opinión pública, seguir afirmando la viabilidad del proyecto de unión monetaria [José Barea y Maite Barea: Después de Maastricht, ¿qué?, p. 30]

Llevando más allá la metáfora, se llega a una expresión abstracta con valor prospectivo y de finalidad (que podemos parafrasear con la expresión ‘con vistas a’):

La República tuvo tiempo para reorganizarse de cara a la defensa de Madrid [Hugh Thomas: La Guerra Civil Española, 1936-1939, p. 447]

De forma análoga a lo que ocurrió con faze a, esta locución está sufriendo un progresivo desgaste de su forma. En el ejemplo anterior se mantiene íntegra la sustancia fónica. En este otro, en cambio, la primera preposición ya ha desaparecido:

[...] la junta directiva [...] permanece en Madrid tratando de poner en práctica una serie de proyectos internos [...] (aparte de las medidas ya acordadas cara a las autoridades y prensa de Madrid) [Celso Almuiña Fernández: La prensa vallisoletana durante el siglo XIX (1808-1894), p. 538]

Para algunos hablantes, incluso, lo único que queda de la expresión inicial es el sustantivo cara, como en este ejemplo que encuentro en un foro de Internet:

[...] toda la legislatura sin hacer nada en materia de vivienda, y ahora cara las elecciones empiezan a estudiar medidas [...] [Rankia, Foro de vivienda, acceso 10-1-2008]

En cuanto a la erosión del significado, se pierde la referencia a una parte concreta del cuerpo y la expresión va adquiriendo valores cada vez más abstractos, hasta el punto de que en muchos contextos es intercambiable simplemente con la preposición para.

No es casualidad que la misma parte del cuerpo intervenga en épocas diferentes en la formación de nuevas preposiciones. Este fenómeno se basa en mecanismos de conceptualización universales. Los seres humanos tratamos de entender los conceptos abstractos apoyándonos en ideas concretas, en realidades de las que tenemos una experiencia inmediata.

Uno de los primeros descubrimientos del niño es su propio cuerpo. Este conocimiento se traslada a otros ámbitos, como el espacio y el tiempo o a relaciones lógicas como la de finalidad. Pensemos, por ejemplo, que cuando queremos indicarle a alguien cómo llegar a un sitio le decimos que queda a mano izquierda o a mano derecha. El cuerpo nos sirve para estructurar nuestra percepción del espacio.

Las partes del cuerpo que intervienen en la aparición de palabras gramaticales son, además, siempre las mismas. Se trata de partes muy básicas, que tienen una gran relevancia cognitiva. Las lenguas del mundo están repletas de palabras gramaticales que surgen de nombres para la cara, la frente, la espalda, las manos… Esto, en cambio, no pasa ni con las uñas, ni con el dedo gordo del pie, ni con las verrugas.

El caso de hacia y de cara a es interesante para ilustrar cómo las lenguas, en su evolución, siguen ciertas vías que se van repitiendo a lo largo del tiempo. Otra cosa es la consideración normativa que pueda tener esa evolución, pero eso ya es harina de otro costal.

Si yo me voy a preguntarle a mi madre si ella sabe gramática, probablemente me mandará a freír espárragos porque ya me tiene dicho que ella, de gramática, nada. Pero eso solo es cierto en parte.

Hay al menos tres sentidos diferentes de ‘gramática’, aunque el hablante de andar por casa esto no lo sabe y no tiene por qué saberlo:

  1. Hay una gramática que es un conocimiento implícito que posee cualquier hablante de una lengua,
  2. hay una gramática descriptiva y
  3. hay una gramática normativa.

Cualquier hablante de cualquier lengua del mundo, con estudios o sin ellos, posee un conocimiento gramatical como conocimiento implícito. Es decir, domina una serie de reglas que rigen su forma de hablar, pero no sabe que las sabe. Mi madre, por más que se empeñe en que no sabe gramática, nunca se equivocará con el subjuntivo. En cambio, un hablante extranjero después de años y años de estudiar el subjuntivo sigue tropezando en esa piedra. Es más, mi madre (que cree que no sabe gramática) se dará cuenta inmediatamente del tropiezo y corregirá al pobre estudiante (“Eso no se dice así, se dice asá”). Pero si le preguntamos por qué se dice así y no asá, será ella la que se encuentre en apuros. Le estamos exigiendo otro tipo de conocimiento gramatical que solo poseen algunas personas, que lo han adquirido mediante el estudio.

El conocimiento gramatical implícito se puede hacer explícito mediante la introspección y la observación: entramos en el terreno de la gramática descriptiva. A poco que empecemos a examinar una lengua nos daremos cuenta de que hay una serie de regularidades que podemos formular como reglas. Las primeras gramáticas surgen por un hecho tan sencillo como que alguien se sienta una tarde de verano a la orilla del río y empieza a preguntarse:

¿Por qué algunas palabras admiten varias terminaciones (niño, -a, -os, -as) y otras no (para, exactitud)?

¿Por qué puedo decir “un guisante, dos guisantes, tres guisantes” pero no “una harina, dos harinas, tres harinas”?

Cada vez que damos con la respuesta podemos formular una regla que da cuenta de múltiples casos. Progresivamente, vamos estando en condiciones de responder a más preguntas y de formular reglas más elaboradas.

La gramática descriptiva se limita a describir la lengua tal como es, tal como la usan los hablantes, sin entrar en consideraciones sobre lo correcto y lo incorrecto. Esto último es el terreno del tercer tipo de conocimiento gramatical.

Algunos hablantes dicen “Se me ha caído el vaso”; y otros, “Me se ha caído el vaso”. Una gramática descriptiva se limitará a tomar nota de las dos variantes. Una gramática normativa, ante esta variación, dictará reglas prescriptivas, o sea, dirá: “La primera forma es correcta; la segunda, incorrecta”.

No hay que perder de vista que en la gramática normativa hay siempre un cierto grado de arbitrariedad. Lo que se hace es seleccionar una posibilidad entre varias que también serían viables, de manera semejante a como en la Europa continental hemos decidido que se circula por la derecha, aunque sería perfectamente posible hacerlo por la izquierda y, de hecho, así es en Gran Bretaña, Nueva Zelanda o Japón.

La norma es convencional, pero eso tampoco significa que nos la podamos saltar tranquilamente. El circular por la derecha o por la izquierda también es convencional, pero una vez que se ha adoptado la norma si decidimos ir al revés de todo el mundo las consecuencias no se harán esperar.

En cuestión de lengua, en cualquier caso, es necesario conocer la norma porque solo así tendremos libertad para decidir si la respetamos o si nos la saltamos. De lo contrario, no hay elección, sino que nos vemos limitados a expresarnos de la única manera que sabemos y podemos.