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Cuando ninguno funciona como sujeto de la oración, se nos plantea el problema de cuál es la concordancia correcta para el verbo, que tendrá que tomar el número y la persona que le marque el sujeto. La concordancia en español presenta algunas complicaciones y el caso de ninguno requiere que examinemos varias posibilidades.
En el caso más sencillo, ninguno funciona como un pronombre de tercera persona singular. Se comporta, simplemente, como el contrario de alguno. Esto es lo que encontramos en el ejemplo (1), donde el verbo (bate) toma la tercera persona y el número singular que le marca el sujeto (ninguno):
(1) El tiempo no les sienta bien a los planes de pensiones: ninguno bate la inflación a largo plazo [Cotizalia (España), acceso: 18-4-2013]
Este primer caso de concordancia no presenta ninguna dificultad. Tampoco debería presentarla el siguiente. Aquí el pronombre ninguno va expandido por un complemento que se introduce con la preposición de y que tiene en su núcleo un sustantivo en plural:
(2) Ninguno de los dos equipos jugó bien [El Observador (Uruguay), acceso: 19-4-2013]
Efectivamente, en el ejemplo (2), a ninguno se le une un complemento (de los dos equipos). El núcleo de ese añadido es equipos, pero es el pronombre ninguno el que le impone el número y la persona al verbo (jugó). Es un error hacer concordar aquí el verbo con equipos: Ninguno de los dos equipos jugaron bien. En ejemplos como este, ninguno sigue comportándose como el contrario de alguno. Decimos Alguno de los dos equipos jugó bien y nunca se nos ocurriría algo así como Alguno de los dos equipos jugaron bien.
Hasta aquí todo resulta bastante lógico. La cosa se nos complica cuando aparece de por medio la idea de ‘nosotros’, ‘vosotros’ o ‘ustedes’. Esta puede presentarse de forma explícita, como en los ejemplos siguientes:
(3) Ninguno de nosotros es tan bueno como todos juntos [Río Negro (Argentina), acceso: 18-4-2013]
(4) Habéis sido mimados y consentidos: ninguno de vosotros es alguien especial [El Confidencial (España), acceso: 18-4-2013]
En (3) y (4) la concordancia del verbo se hace con ninguno; por eso aparece en ambos casos la forma es. Esto es lo más lógico y es lo propio de la lengua culta. Sin embargo, la norma del español también acepta en estos casos otro tipo de concordancia:
(5) [...] ninguno de nosotros permitiríamos que nuestros hijos aprendieran a manejar vehículos automotores para que se lanzaran desde un precipicio [ElSalvador.com (El Salvador), acceso: 18-4-2013]
(6) Ninguno de vosotros sois héroes [Torre de Babel, acceso: 18-3-2013]
En (5) y (6) la concordancia se hace, respectivamente, con nosotros y vosotros. Este tipo de concordancia es correcto, aunque resulta más presentable en el habla coloquial. Pues bien, de aquí sale un tipo de concordancia que resulta muy interesante. A veces la idea de ‘nosotros’, ‘vosotros’ o ‘ustedes’ no aparece de forma explícita, sino que va embebida dentro del pronombre ninguno. La concordancia se hace entonces obligatoriamente como si fueran esos pronombres los que estuvieran ahí. Fíjate en lo que ocurre con los ejemplos (5) y (6) cuando, por decirlo de alguna forma, embutimos la idea de ‘nosotros’ o ‘vosotros’ en ninguno:
(7) Ninguno permitiríamos que nuestros hijos aprendieran a manejar vehículos para que se lanzaran desde un precipicio
(8) Ninguno sois héroes
En estos casos, ninguno se está comportando como el contrario de todos (Todos permitiríamos…, Todos sois héroes). Esta es, además, la construcción que hay que emplear en lugar de la incorrecta Nadie queremos.
Esto ha sido solo una pequeña incursión en el fascinante mundo de la concordancia en español. Habrá más. Recuerda, eso sí, que la concordancia es uno de los puntos donde más rápidamente se retrata un hablante, con el consiguiente riesgo de dejar al descubierto vergüenzas lingüísticas de las que quizás no sea consciente el que habla, pero sí muchos de los que le escuchan.
Cuando un verbo se fusiona en la escritura con un pronombre, la forma resultante se tilda siguiendo las reglas generales. Esto sucede con las formas verbales de imperativo (1), gerundio (2) e infinitivo (3) a las que se les agrega al final un pronombre átono (los denominados pronombres enclíticos):
(1) Llamadla, cállate, bébetelo, recogédmelo, esperémonos
(2) Fatigándose, recordándonoslos
(3) Recuperarse, olvidársete
Tradicionalmente, se mantenía aquí la acentuación que tuviera el verbo antes de añadir los pronombres, pero esto cambió ya con la Ortografía de 1999 (la de 2010 ha confirmado este cambio). Con la norma actual, estos compuestos verbales se tildan de acuerdo con las reglas generales, lo que puede dar lugar a cambios en comparación con el verbo aislado. No hay alteración en llamad-llamadla o recuperar-recuperarse; pero sí en las restantes palabras de (1), (2) y (3), que añaden una tilde de la que carecía la forma verbal aislada (pruébese a eliminar los pronombres personales y se comprobará que esto es así). Esta innovación en la norma hizo que se añadiera a las reglas de acentuación una nueva categoría de palabras: las sobresdrújulas.
También puede ocurrir lo contrario, es decir, que al añadir el pronombre se pierda una tilde que tenía el verbo por sí solo, por ejemplo:
(4) Estate, deme
El imperativo de estar lleva tilde cuando se escribe solo (está), pero esta desaparece cuando se le añade un pronombre enclítico porque se convierte entonces en una palabra llana terminada en vocal: estate. Más curioso es el caso del imperativo de dar (dé), que lleva una tilde diacrítica cuando se escribe aislado, pero tiene que renunciar a ella cuando le añadimos un pronombre porque a partir de ese momento ya hay que tratarlo como a cualquier palabra llana terminada en vocal: deme, dele, dese (por ejemplo, Dese prisa).
Estos cambios de acentuación ortográfica son fuente constante de faltas de ortografía, por lo que hay que estar atentos a ellos.
Nadie es el contrario de alguien y por eso se comporta exactamente igual que él cuando impone su género, número o persona a otros elementos de la oración, o sea: es un pronombre de tercera persona, masculino y singular. Para que esto quede claro, lo mejor es ver un par de ejemplos en los que la concordancia es correcta:
(1) Nadie supo explicarlo [Jorge Volpi: En busca de Klingsor]
(2) Pues sí, nadie es perfecto [Almudena Grandes: El corazón helado]
En la oración (1) nadie funciona como sujeto. Hemos dicho que es un pronombre de tercera persona y singular. Por eso el verbo adopta la forma supo en lugar de supimos, supisteis o supieron. En (2) podemos ver además que es masculino porque no solo el verbo concuerda en tercera persona singular (es), sino que el adjetivo perfecto tiene terminación masculina. No sería posible aquí Nadie somos perfectos, Nadie es perfecta ni nada por el estilo. Basta con hacer una pequeña modificación en los ejemplos para comprobar que la concordancia replica la de alguien:
(3) Alguien supo explicarlo
(4) Pues sí, alguien es perfecto
Nunca se nos ocurriría decir alguien supimos explicarlo o alguien somos perfectos. En definitiva, nadie es pariente de alguien, también a efectos de concordancia.
Por lo que acabamos de explicar, ya podemos ver que uno de los usos incorrectos de nadie consiste en tratarlo como si llevara dentro un nosotros y hacer concordar el verbo entonces en primera persona del plural, por ejemplo:
(5) Si nadie queremos a Fulgencio, ¿por qué tiene que ser él presidente de la comunidad de vecinos?
Para el error de (5) tenemos dos soluciones. Si queremos mantener el nadie, tenemos que dejarlo así:
(6) Si nadie quiere a Fulgencio, ¿por qué tiene que ser él presidente?
Si lo que intentamos es resaltar la implicación de quien habla y de quienes tiene a su alrededor, tenemos que echar mano de ninguno, que sí aguanta esto:
(7) Si ninguno queremos a Fulgencio, ¿por qué tiene que ser él presidente?
Cuidado, porque es igualmente erróneo convertir el nadie en nadie de nosotros:
(8) Lo que está claro es que nadie de nosotros quiere que Fulgencio sea presidente de la escalera
También es un error tratar a nadie como si llevara dentro un vosotros o un ellos, que es lo que se hace en estos ejemplos:
(9) Nadie decíais nada
(10) Nadie sabían que estábamos allí
Para estos dos ejemplos es correcta la concordancia en tercera persona singular:
(11) Nadie decía nada
(12) Nadie sabía que estábamos allí
En resumen, la concordancia de nadie sigue el modelo de alguien. Si no podemos decir alguien queremos, tampoco diremos nadie queremos. Es alguien quiere y nadie quiere.
Estas son las soluciones a los ejercicios básicos de leísmo, laísmo y loísmo. Cada respuesta vale 0,5 puntos. Es suficiente con que escribas el pronombre correcto, aunque aquí se dan algunas explicaciones adicionales para mayor claridad.
1.
a) le [es complemento indirecto]
b) Hay dos soluciones correctas. Los hablantes leístas pueden decir aquí tranquilamente le porque es un leísmo de persona singular en masculino. El resto de los hablantes dirán lo.
c) lo [es complemento directo]
d) las [es complemento directo]
e) la [es complemento directo]
f) la [es complemento directo]
g) los [es complemento directo]
h) la [es complemento directo]
i) lo [es complemento directo]
j) Los [es complemento directo]
2.
a) Es correcto porque es un complemento indirecto.
b) Es correcto. Nuevamente, se trata de un complemento indirecto. Sentar, en este sentido, no admite complemento directo.
c) Es incorrecto (se trata de un caso de laísmo). Debe decir le. En la oración no aparece de manera expresa el complemento directo (golpes o algo similar), pero sintácticamente sigue estando ahí.
d) Debe decir le, puesto que ese pronombre desempeña la función de complemento indirecto y una vueltecita, la de directo. Tal como está redactado el ejemplo original, lo que tenemos es un caso de loísmo.
e) Le: una vez más se trata de un complemento indirecto, por lo que la oración original contiene un caso de laísmo. El complemento directo es la oración subordinada que deje de imitar a la niña de El exorcista.
f) En este caso le es correcto porque se trata de un complemento directo de persona, masculino y en singular. Es el único tipo de leísmo que está admitido en la norma. La mayoría de los hablantes de español utilizan aquí lo, como en la oración h), que también es correcta.
g) Debemos decir la. Lo que tenemos aquí es un caso de leísmo femenino, que siempre es incorrecto.
h) Es correcta (ya se indicó arriba).
i) Espiándolos. Lo que teníamos era un caso de leísmo de persona en plural. No hay posibilidad de que sea correcto.
j) Es correcto. Funciona como complemento directo.
Con estos ejercicios puedes comprobar si conoces el uso básico de los pronombres átonos de tercera persona o si tiendes a incurrir en leísmo, laísmo o loísmo. Cuando termines, consulta las soluciones.
1. Rellena los huecos con el pronombre adecuado (le, les, lo, los, la, las):
a) A Obdulia ____ gustan los ejercicios de leísmo, laísmo y loísmo.
b) ¿Dónde se mete tu hermano, que hace mucho que no ____ veo?
c) —¿Y el trombón? —¡Ay, me ____ he dejado en casa!
d) Llama a tus primas, lláma____, que no se pierdan la final del campeonato de ajedrez.
e) Cuando por fin regresó la orquesta sinfónica de su gira, toda la ciudad ____ estaba esperando.
f) Esa salsa tienes que mezclar____ bien con las verduras.
g) Dicen que a aquellos biólogos todo el mundo ____ perseguía para pedirles autógrafos.
h) A Fortunata aquello fue lo que ____ llevó a la ruina.
i) A ver, ¿dónde habéis metido el botón rojo? Devolvédse____ a vuestro padre ahora mismo.
j) —¿Qué fue de los directivos de aquel banco? —____ detuvieron cuando intentaban cruzar la frontera.
2. Indica si los pronombres destacados en negrita son correctos o incorrectos. Si son incorrectos, corrígelos.
a) A Teodoro sus padres solo le daban disgustos.
b) Qué bien le sienta a tu sobrina la mitra, parece mentira.
c) No la pegues más a la pobre alfombra.
d) Dalo una vueltecita y listo.
e) Dila a tu hermana que deje de imitar a la niña de El exorcista.
f) ¿Pero este es tu hijo? Si no le conocía con esos piercings.
g) ¿Pero esta es tu hija? Si no le conocía con esos piercings.
h) ¿Pero este es tu hijo? Si no lo conocía con esos piercings.
i) Las principales agencias de inteligencia del mundo llevaban varios años espiándoles.
j) Me quedé allí agazapado escuchándolos.
El género es una categoría gramatical propia del sustantivo y también de los pronombres, adjetivos y determinantes. Todo sustantivo que aparezca en un enunciado en español se podrá adscribir a uno de dos géneros posibles, a saber: masculino o femenino. Así, en el ejemplo (1) es femenino el sustantivo plantas; y masculinos, troncos y árboles.
(1) Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles [Gustavo Adolfo Bécquer: "El rayo de luna", Leyendas]
El sustantivo impone su género a los determinantes y adjetivos de los que se rodea y también a ciertos pronombres. Este es un fenómeno que se conoce como concordancia. En (1) podemos observarlo en el género femenino del determinante las y del adjetivo trepadoras que acompañan a plantas, así como en el artículo los que determina a troncos y árboles y en el adjetivo añosos, que especifica una propiedad de troncos.
La oposición central de género en español es la que contrapone el masculino al femenino. Esta es la única que encontramos en los sustantivos. Adicionalmente, podemos identificar un género neutro que ocupa una posición periférica en el sistema y que se manifiesta, por ejemplo, en los pronombres (2, 3) y en ciertas sustantivaciones con el determinante lo (4):
(2) Esto tiene que ver con el atropello del dichoso perro [Luis Mateo Díez: Las horas completas]
(3) Tenía razón, pero ello no me impidió insultarla de nuevo antes de ponerme los zapatos [Jorge Volpi: El fin de la locura]
(4) —¿Cómo?— pregunté, ya sin tratar de ocultar lo evidente [Javier Cercas: La velocidad de la luz]
Los sustantivos del español se pueden clasificar en dos grandes grupos atendiendo no ya a su género, sino a la relación que mantienen con la categoría de género en sí. Por un lado, tenemos los sustantivos con moción de género, que adoptan el género masculino o el femenino en función del sexo del ser al que se refieren. Lógicamente, los únicos referentes posibles para estos sustantivos son seres humanos y animales sexuados. Ejemplos clásicos son niño -a, gato -a, amigo -a. Por otro lado, encontramos los sustantivos de género inherente, que, o bien son masculinos (libro, árbol), o bien son femeninos (mesa, bondad), y no tienen posibilidad de modificar su género.
Lo más habitual en los sustantivos con moción de género es que el género podamos ubicarlo en su terminación. Por eso cambia el significado de niño cuando sustituyo la -o final por una -a (niña) o el de jef-e cuando lo convierto en jef-a. En los de género inherente, en cambio, no es posible adscribir ese valor semántico a una porción concreta del sustantivo, por lo que hemos de entender que es todo él en conjunto el portador de esta categoría gramatical. Por este motivo, solo podemos hablar propiamente de morfemas o terminaciones de género en los primeros. En los segundos podemos constatar ciertas tendencias, pero que no pasan de ser eso, tendencias. Sin ir más lejos, los que terminan en -o suelen ser masculinos, como libro, suelo o río; pero esto no impide que sean femeninos mano o foto. También tienden a ser femeninos los terminados en -a, como mesa, línea o medicina, pero es fácil encontrar otros que son masculinos (problema, mapa).
Por si esto fuera poco, pueden adoptar cualquiera de los dos géneros un número considerable de los terminados en -o (el testigo, la testigo; el modelo, la modelo) y de los terminados en -a (el atleta, la atleta; el pianista, la pianista). Los sustantivos que, como estos, tienen la facultad de modificar su género sin que ello se manifieste en una alteración de su forma constituyen un grupo particular. Se los denomina sustantivos comunes en cuanto al género.
Otro grupo particular es el de los sustantivos ambiguos en cuanto al género, que pueden presentarse con cualquiera de los dos géneros sin que el cambio de género vaya asociado a un cambio en la referencia del sustantivo. Yo puedo decir el mar o la mar, pero, en cualquier caso, me estaré refiriendo a la misma realidad. No hay que confundir estos con los casos de cambio de género asociado a un cambio de significado y de referencia. No es lo mismo el frente que la frente.
Existen incluso casos de oposición de género por heteronimia. Esto es lo que ocurre con pares como hombre y mujer, toro y vaca, en los que cada género se expresa con una palabra diferente.
Es importante, asimismo, no confundir el género como categoría gramatical con el género como noción sociocultural (qué es lo que significa ser hombre o mujer en una determinada sociedad) y, mucho menos, con el sexo como categoría biológica. Es cierto que se da una relación aproximada en algunos casos. Como hemos visto, los sustantivos que se refieren a seres vivos sexuados suelen modificar su género dependiendo del sexo de su referente. Así, yo utilizo el masculino vecino si me estoy refiriendo a un hombre, y el femenino vecina si me estoy refiriendo a una mujer; león se emplea para nombrar a un macho y leona para una hembra. Sin embargo, esto no siempre se cumple. El femenino víctima se puede referir tanto a hombres como a mujeres, y el masculino ornitorrinco se emplea tanto para machos como para hembras. Los sustantivos que presentan esta particularidad se denominan epicenos.
Los sustantivos epicenos nos dan una primera muestra de que la correlación entre el género gramatical y el sexo es aproximada y limitada. Si esto es así cuando estamos hablando de seres vivos con sexo, en cuanto nos fijemos en los sustantivos que designan realidades asexuadas, comprenderemos que su asignación a uno u otro género es perfectamente convencional. No hay nada en el objeto silla que justifique el género femenino del sustantivo silla, de la misma forma que los cuadernos, en el mundo, no presentan ninguna característica que empuje al sustantivo cuaderno a ser de género masculino. La adscripción de género de sustantivos como silla y cuaderno nos dice algo sobre cómo está hecha la lengua y no sobre cómo está hecho el mundo.
La convencionalidad del género queda también de manifiesto cuando comparamos lenguas diferentes. Por ejemplo, miel es de género femenino en español y, sin embargo, este mismo sustantivo es masculino en francés (le miel). Es más, una misma palabra ha podido tener géneros diferentes en diferentes momentos históricos. Puente fue femenino hasta el siglo XVIII (de lo que han quedado rastros en los múltiples topónimos que contienen la secuencia La Puente y en el apellido homónimo). Hoy, en cambio, es masculino. El sol y la luna son, respectivamente, masculino y femenino en español. Sin embargo, en alemán sus géneros se invierten: die Sonne frente a der Mond, donde los artículos die y der nos indican que el primero es un femenino y el segundo, un masculino.
La conformación misma de los sistemas de género puede presentar diferencias incluso entre lenguas que están estrechamente emparentadas. Los sustantivos del español pueden tener dos géneros: masculino o femenino. Se parecen en esto a los del francés, el italiano o el portugués. Se diferencian, en cambio, de los del latín, griego, alemán y ruso, que tienen tres posibilidades: masculino, femenino y neutro.
En definitiva, si la categoría de género del español pudo tener en sus orígenes remotos una motivación en la categoría extralingüística de sexo, hoy es una noción gramatical altamente abstracta y solo tendremos alguna posibilidad de entenderla si la inspeccionamos a la luz de criterios lingüísticos y procurando sobre todo no confundir, a la manera del pensamiento mágico, lengua y mundo.
¿Sabes utilizar correctamente las formas cualquier, cualquiera, cualesquier y cualesquiera? Compruébalo. Cuando termines, consulta las soluciones.
1. Este cementerio no es _______ cosa, pues las lápidas del fondo son de mármol rosa.
2. Dos puntos _______ de una recta la determinan por completo.
3. _______ de las partes podrá rescindir el contrato en caso de muerte.
4. Sofía y Gina no son dos actrices _______.
5. ¿Cuándo volveremos a tener paga extra? ¡_______ sabe!
6. ______ día vamos a tener un disgusto.
7. Millonario puede ser _______, todo es proponérselo.
8. —¿Qué ametralladora quieres? —Dame una _______.
9. Mire usted, ______ que sean sus motivos, sigo sin encontrar justificable que quiera instalar una torre petrolera en mi jardín.
10. Puede usted emplear medios pacíficos (o _______ otros medios que se le ocurran).
Ambos, ambas significa ‘los dos, uno y otro’. Puede funcionar como adjetivo (1), es decir, acompañando a un nombre, o como pronombre (2), o sea, independientemente, sin modificar el significado de otra palabra:
(1) La ONU denuncia crímenes de ambos bandos en la guerra civil siria [El País (España), acceso: 4-6-2012]
(2) El empate era esperado, nos beneficiaba a ambos [Marca (España), acceso: 4-6-2012]
Lógicamente, por su significado, solo se utiliza en plural.
En castellano antiguo se utilizaban expresiones como ambos dos (3) y ambos a dos (4):
(3) [Becerra] juntó con más union la pintura con la escultura que otros muchos pintores que usaron de ambas dos artes [Jusepe Martínez: Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, c. 1673, tomado de CORDE]
(4) Y entonces abraçáronse ambos a dos por el cuello e besáronse y dexóle ir [Anónimo: Los siete sabios de Roma, 1530, tomado de CORDE]
Hoy ya no hablamos así. Estas construcciones se interpretan como muestras de un estilo descuidado y además son redundantes, pues si ambos lleva dentro la idea de ‘dos’ no hay necesidad de reforzarlo a continuación con el numeral. O sea, la oración (5) se debe convertir en lo que tenemos en (6):
(5) Ambos dos llamaron al presidente para intentar encontrar una solución
(6) Ambos llamaron al presidente para intentar encontrar una solución
Tampoco se debe emplear ambos, ambas precedido por el artículo (los ambos, las ambas) o por cualquier otro determinante (estos ambos, tus ambos, etc.):
(7) Esta tierra reúne lo mejor de los ambos mundos
Basta con que pensemos en lo que significa ambos para llegar a tres soluciones correctas:
(8) Esta tierra reúne lo mejor de los dos mundos
(9) Esta tierra reúne lo mejor de ambos mundos
(10) Esta tierra reúne lo mejor de uno y otro mundo
También debemos evitar su uso en construcciones partitivas como uno de ambos, ninguno de ambos, cualquiera de ambos, etc.:
(11) Son noventa minutos mágicos tras los cuales uno de ambos levantará el trofeo
Aquí se impone, simplemente, de los dos:
(12) Son noventa minutos mágicos tras los cuales uno de los dos levantará el trofeo
Por último, no hay que confundirlo con sendos, que tiene valor distributivo.
Hay un qué interrogativo (1) o exclamativo (2) que se escribe con tilde diacrítica:
(1) ¿Qué mano oculta había urdido la horrible conspiración? [Juan Goytisolo: Paisajes después de la batalla]
(2) ¡Qué cosas se te ocurren, Tula! [Miguel de Unamuno: La tía Tula]
Podemos encontrarlo también precedido de preposición:
(3) Cariño, ¿por qué dejaste el psicoanalista? [Elvira Lindo: Tinto de verano]
(4) ¿Y para qué quería oxígeno, si estamos en el campo? [Juan José Alonso Millán: Pasarse de la raya]
(5) ¡De qué manera tan difícil hemos llegado a vivir juntos veinticinco años! [Ana Diosdado: Trescientos veintiuno, trescientos veintidós]
Este qué acentuado también aparece en oraciones interrogativas (6, 7) y exclamativas (8) indirectas:
(6) Y no sabemos qué es lo que quieren [Alejandro Dolina: El ángel gris]
(7) Se preguntaba con qué podría comerciar él para obtener a cambio un poco de la libertad que nadie le ofrecía [Belén Gopegui: Lo real]
(8) Hay que ver qué buen gusto tiene esta chica… [María Manuela Reina: Alta seducción]
Al igual que ocurre con otras palabras con valor interrogativo, qué se puede sustantivar anteponiéndole un determinante (9). Mantiene entonces su acento ortográfico. Como muestra el ejemplo (10), también algunas de las secuencias con preposición admiten este cambio de categoría:
(9) Más decidir sobre el qué, que pretender monopolizar el quién y el cómo [Joan Subirats, "Sociedad en cambio", La Vanguardia, 2-6-1995]
(10) [...] si por alma entendemos eso que siempre ha estado ahí sin que nosotros sepamos ni el porqué ni el para qué [Daniel Leyva: Una piñata llena de memoria]
La tilde de los ejemplos anteriores sirve para diferenciar los usos interrogativos y exclamativos frente a dos homógrafos átonos: el relativo que (11) y la conjunción que (12):
(11) Nunca te he hablado de estos ataques que sufro desde pequeño [Juan José Millás: Dos mujeres en Praga]
(12) Decidió que se despediría de ellos en cuanto le resultasen más favorables las circunstancias [Jesús Torbado: El peregrino]
Hay un uso del que átono en el que tropiezan muchas personas al escribir: a menudo aparece encabezando un enunciado interrogativo o exclamativo sin ser él mismo ni lo uno ni lo otro. Es lo que sucede en (13) y (14):
(13) ¿Que te has dejado las llaves en casa?
(14) ¡Que se me quema la comida!
Es muy frecuente que aquí se deslice una tilde indebidamente. En el caso de las oraciones interrogativas, al menos, podemos echar mano de un truco que nos puede sacar de apuros. Si se puede contestar a esa pregunta con un sí o un no, entonces el que en cuestión no lleva tilde:
(15) —¿Que te has dejado las llaves en casa? —Sí, me las he dejado
A veces nos toparemos con pares de oraciones que, aunque sintácticamente son muy diferentes, en apariencia son iguales y en las que la presencia o ausencia de tilde puede dar lugar a contrastes de significado:
(16) No tengo qué comer
(17) No tengo que comer
La oración (16) significa ‘carezco de alimento’, mientras que la (17) se interpreta como ‘no debo comer’ o ‘no me conviene’.
El problema básico que plantea esta tilde diacrítica es que para desenvolverse entre la maraña de casos particulares son necesarios unos conocimientos de gramática que nos permitan afinar al milímetro en lo tocante a funciones y categorías. Por si fuera poco, se trata de funciones y categorías donde se dan la mano lo abstracto y lo complejo. Cada cual puede aventurarse con el análisis gramatical hasta donde le parezca seguro, pero donde dejemos de hacer pie no nos quedará más remedio que aferrarnos al oído como tabla de salvación. Las formas con tilde corresponden a palabras tónicas, mientras que las contrapartidas sin acento ortográfico son átonas. Así, ejemplos como (13) y (14) deberían ser fáciles de resolver si nos percatamos de que se pronuncian como sigue:
(18) ¿keteás dejádo lasllábes enkása?
(19) ¡kesemekéma lakomída!
Compárese lo anterior con (20) y (21):
(20) ¿ké teás dejádo? ¿lasllábes? [¿Qué te has dejado? ¿Las llaves?]
(21) ¡ké rríka está lakomída! [¡Qué rica está la comida!]
Análogamente, el contraste de significado de (16) y (17) se resuelve así en la pronunciación:
(22) nó téngo ké komér (‘carezco de comida’)
(23) nó téngo kekomér (‘no debo comer’)
En fin, con lo expuesto hasta aquí no he hecho sino tocar de pasada los puntos principales del uso de qué y que. Quien tenga la paciencia de estudiarse la prolija exposición que contiene la Ortografía de la lengua española de 2010 se convencerá de ello. Y todavía nos queda hablar de quién, cómo, cuál, (a)dónde, cuándo, cuánto y cuán.
La teoría está muy bien, pero no sustituye a la práctica. Haz unos ejercicios.
Existen dos síes diferentes que se escriben con tilde diacrítica. El primero es un pronombre reflexivo de tercera persona que resulta fácil de identificar porque siempre depende de una preposición, como vemos en el ejemplo (1). Otras combinaciones frecuentes son en sí, por sí, para sí, etc. Puede aparecer también acompañado del refuerzo mismo como en a sí mismo (2):
(1) La puesta de sol, Sr. Saila, no da más de sí. Vamos adentro [Ramón José Sender: Proverbio de la muerte]
(2) Yo fui pausadamente, como cuando quiere uno convencerse a sí mismo de que no tiene miedo [Rosa Chacel, Memorias de Leticia Valle]
El segundo es la afirmación sí (3), que técnicamente es un adverbio. Este adverbio se puede sustantivar anteponiéndole un determinante (el sí). Sigue escribiéndose entonces con acento. La más famosa de estas sustantivaciones es probablemente la que utilizó Moratín en el título de una de sus obras que recojo aquí como ejemplo (4):
(3) Sí, señor, me he casado con la hija del rey [Ray Loriga: Caídos del cielo]
(4) El sí de las niñas [Leandro Fernández de Moratín]
La contrapartida sin tilde es una conjunción que, como tal, introduce una oración.
(5) Si no has ido nunca, vas a ir hoy por primera vez [Adelaida García Morales: La tía Águeda]
Este otro si es átono. Lo que se pronuncia en la oración subordinada de (5) es esto: [sinó ás ído núnca]. No está de más indicar aquí que conviene tener cuidado para no confundir si no con sino. La explicación correspondiente se puede leer en el artículo al que conduce el enlace anterior.
Existe todavía otro si sin tilde que es el nombre de una nota musical, pero lo que de verdad se intenta diferenciar con la tilde diacrítica es lo anterior. Por eso, este se ajusta simplemente a la regla de acentuación que establece que los monosílabos no llevan tilde.