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Adolecer de algo es presentar algún defecto o padecer algún mal. En el siguiente ejemplo se utiliza este verbo correctamente:
(1) [...] en aquellos tiempos mis buenos propósitos adolecían de una estructura excesivamente endeble [Almudena Grandes: Las edades de Lulú]
El ejemplo (1) se interpreta así: “Mis buenos propósitos tenían un defecto: su estructura era demasiado endeble”. Otro ejemplo correcto es el siguiente, tomado de un diario peruano:
(2) [...] la Sala Penal Especializada [...] declaró nula la sentencia contra el abogado y bloggero José Alejandro Godoy por “adolecer de vicios insubsanables por la ausencia de una argumentación coherente y congruente” [La República (Perú), acceso: 30-1-2012]
Hoy lo normal es que los males de los que adolecemos sean metafóricos. Antiguamente podían ser también físicos. De hecho, ese es su sentido originario y sigue siendo correcto emplearlo así. El uso metafórico que se ha impuesto en la lengua actual y que queda ejemplificado en (1) y (2) tiene su origen en este otro. Veamos un ejemplo del siglo XIX:
(3) Además, aunque tiene ya muchos años, está fuerte, no adolece de ningún achaque y por milagro sufre la más leve indisposición [Wenceslao Ayguals de Izco: La bruja de Madrid]
En el ejemplo (3) se nos describe a una persona que a pesar de su avanzada edad no padece achaques y solo muy de vez en cuando puede llegar a encontrarse levemente indispuesta. Los ejemplos de arriba son impecables. Si alguien tiene por costumbre utilizar este verbo en el sentido literal con que aparece en (3), puede seguir haciéndolo tranquilamente. Es un uso no solo correcto sino incluso elegante.
El problema viene cuando se le atribuye al verbo adolecer de manera impropia el sentido de ‘carecer de algo’, como aquí:
(4) La selección entrenada por Claude Onesta volvió a adolecer de las ideas y la fluidez ofensiva necesarias para superar con comodidad a los eslovenos [incorrecto]
El ejemplo (4), procedente de un diario español, lo que quiere decir es que a la selección de marras le faltaron ideas y fluidez ofensivas, que carecía de estas. Pues bien, se debería haber empleado cualquiera de esos verbos para expresarlo.
Por último, no está de más aclarar que adolecer no tiene nada que ver con adolescente ni adolescencia. Este error es más raro que el de (4), pero también se da. Se trata de un caso de etimología popular. Encontramos una muestra aquí:
(5) [...] la etapa de la adolescencia, como la etimología misma de la palabra lo menciona “que adolece”, carece de la madurez para controlar el uso de dichas redes
En (5) se mezclan dos usos incorrectos: adolecer como ‘carecer de algo’ y la idea de la relación con adolescencia.
Si no quieres que tu expresión adolezca de impropiedad, la solución es fácil: consulta el diccionario primero y escribe después.
En español tenemos unos cuantos pares de sustantivos en los que un cambio de género va asociado a un cambio de significado. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con el orden (‘colocación, arreglo’) y la orden (‘mandato’). No es lo mismo, consecuentemente, el orden del día, que es la relación de asuntos que se han de tratar en una reunión, que la orden del día, que son las instrucciones de un superior que habremos de cumplir durante la jornada.
Veamos unos cuantos más:
—El margen es el espacio que dejamos en blanco a los lados de una hoja, mientras que la margen es la orilla, normalmente de un río, aunque también puede serlo de un campo o de un camino.
—El pez es un animalito que vive feliz en el agua, mientras que la pez es una sustancia oscura y viscosa que se utiliza para impermeabilizar.
—Si te ponen un terminal, te han instalado un teléfono o algo por el estilo; pero si te ponen una terminal te han construido como mínimo un aeropuerto.
—El cólera es una enfermedad (que asociamos con el amor desde que García Márquez publicó su novela), pero la cólera es una pasión. Algunos la toman por montura: montan en cólera.
—En clase de lengua siempre nos recalcan la importancia de la coma para una buena redacción, pero saltarse una nunca tendrá la gravedad que reviste el coma clínico.
—El editorial es el artículo de un diario en el que la redacción de este fija su posición respecto de algún asunto de actualidad. La editorial, por su parte, es la empresa que se dedica a publicar.
—Los curas son sacerdotes, pero eso no convierte a las curas en sacerdotisas. Estas siguen siendo los cuidados que se nos prodigan para que sanemos.
—Los cometas y las cometas surcan el cielo, pero si los unos lo hacen a distancias astronómicas, las otras apenas se alzan unos metros por encima de nuestras cabezas; es más, las llevamos sujetas por un cordelito.
—El frente es un lugar donde no conviene dejarse ver si estamos en medio de una guerra (hay que evitar, sobre todo, la primera línea). La frente nunca será igual de conflictiva por muchos quebraderos de cabeza que se escondan detrás de ella.
—Por la pendiente nos deslizamos. El pendiente se desliza como mucho por la oreja.
—El parte es un informe, pero la parte es un trozo.
—El corte es un tajo, una herida. A nadie le gusta que se lo den (incluido el de mangas). ¿A quién le disgustaría, en cambio, andar por la corte codeándose con la nobleza?
—El doblez es el resultado de doblar algo, mientras que la doblez es la condición de ser doble, de tener dos caras y ser, por tanto, taimado, traicionero, poco de fiar.
Ahora ya en serio: No hay que confundir estos pares con los denominados nombres ambiguos en cuanto al género, en los que el cambio de género no da lugar a un cambio de significado.
La locución latina statu quo se escribe y se pronuncia así, sin -s en la primera palabra. Se utiliza en español con el significado de ‘el estado de las cosas’, ‘el orden de las cosas’ o, a veces, más específicamente, ‘el orden establecido’ (con connotaciones de inmovilismo). Se debe escribir en cursiva por ser un latinismo crudo y la pronunciación más adecuada para la segunda palabra es [kuó], con diptongo. La variante [kúo], con hiato, es semiculta y, por ello mismo, bastante extendida. Veamos un par de ejemplos en que se hace un uso correcto de ella en textos escritos:
(1) A estas alturas de la crisis el futuro sigue siendo oscuro por la falta de diagnósticos y medidas que identifiquen y cambien el statu quo especulativo que la había provocado [Del Consejo Editorial (blogs de Público.es), acceso: 3-1-2012]
(2) Los blogs han acelerado una revolución que ha demostrado el impacto de las ideas y que ha hecho temblar hasta tambalearse, e incluso caer, a quienes parecían anclados al statu quo. Blogueros contra déspotas. Opinión contra censura. Cambio contra permanencia [lainformacion.com, acceso: 3-1-2012]
En el ejemplo (1) nos encontramos con el significado más general: … que identifiquen y cambien el estado de cosas especulativo… En (2), en cambio, tenemos una muestra de la especialización semántica equivalente a ‘orden establecido’.
El origen de esta locución es una expresión latina empleada en el lenguaje jurídico: in statu quo ante bellum, que quiere decir que las cosas se deben dejar “en el estado en que se encontraban antes de la guerra”, o sea, que los contendientes deben retirar sus tropas y devolver (o recuperar) los territorios conquistados, así como renunciar a cualquier otro tipo de ventajas políticas o económicas que hayan podido adquirir durante el enfrentamiento. El motivo de que en español se prefiera la forma statu quo es que esta es la etimológica, tal como se registra en esta expresión. Nuestra lengua se alinea en esto con el francés. La variante status quo, por su parte, es la corriente en inglés y en alemán. En la expansión de su uso en castellano probablemente influyó no poco la existencia de un grupo de rock con ese mismo nombre.
Sea como sea, nos podemos hacer un favor a nosotros mismos y a nuestros lectores u oyentes si esto mismo lo decimos lisa y llanamente, explicándolo con buenas palabras en castellano (en el primer párrafo tenemos algunas opciones). Sonará menos importante, pero probablemente resultará más efectivo y nos salvará de algún que otro traspié.
La sinonimia es la relación semántica que se da entre palabras o expresiones que presentan significados equivalentes. Son sinónimos, por ejemplo, burro, asno y pollino; dinero y pasta; morir y fallecer; estar, encontrarse y hallarse; o bello, hermoso, bonito y lindo. Podemos comprobar que entre las palabras de las series anteriores se da una relación de sinonimia realizando sustituciones en el interior de una oración:
(1) Platero es un {burro/asno/pollino} que protagoniza una de las obras de Juan Ramón Jiménez
(2) Coge {el dinero/la pasta} y corre
(3) El rey {ha muerto/ha fallecido}
(4) La marquesa {está/se halla/se encuentra} indispuesta
(5) Ayer disfrutamos de un {bello/hermoso/bonito/lindo} atardecer
Se suele diferenciar entre la sinonimia total y la parcial, aunque esta distinción es más que nada teórica, pues la sinonimia total, entendida como equivalencia perfecta, no pasa de ser una construcción ideal, una mera posibilidad lógica. En la práctica resulta difícil —si no imposible— señalar sinónimos totales que admitan la sustitución en cualquier contexto preservando no solo el significado sino también las connotaciones, el nivel de lengua, etc. Así, dinero y pasta en principio son sinónimos, pero la segunda denominación queda reservada para usos coloquiales o humorísticos. El presidente del Banco Central Europeo difícilmente podrá anunciar que eleva el precio de la pasta para prevenir tensiones inflacionistas.
La inexistencia de hecho de sinónimos totales se explica por varios motivos. Para empezar, sería antieconómica. Si dos palabras fueran perfectamente equivalentes, una de las dos no tardaría en ser desechada por la sencilla razón de que sobraría. Para continuar, las palabras suelen ser polisémicas, por lo que pueden resultar equivalentes en algunas de sus acepciones, pero no en todas. Morir y fallecer son sinónimos en el ejemplo (3), pero morir posee extensiones metafóricas de las que carece fallecer. Es perfectamente aceptable la oración Este televisor ha muerto (o sea, ha sufrido una avería que no tiene arreglo); pero no, en cambio, Este televisor ha fallecido. Tampoco conviene perder de vista que en el vocabulario se acumulan estratos con orígenes de lo más diverso y que pueden representar variantes dialectales, sociolectales, estilísticas, etc. Bonito y lindo son sinónimos en principio, pero el segundo resulta raro entre los hablantes de España. Estos dos adjetivos, a su vez, contrastan conjuntamente con hermoso y bello, que tendemos a identificar con la lengua literaria.
En la práctica hay que conformarse con una noción de sinonimia más débil que considera sinónimas las expresiones que presentan no ya una identidad sino una simple afinidad o semejanza de significado, es decir, una equivalencia aproximada que además se limita a algunos contextos. Esto es lo que se denomina sinonimia parcial. Así, aceptamos como sinónimas las series de los ejemplos (1)-(5), pero todos estaríamos en condiciones de identificar matices semánticos dependiendo de cuál sea la palabra concreta que seleccionemos, así como de construir nuevos contextos en los que se rompiera la relación de sinonimia.
Y ni siquiera esta versión débil está exenta de problemas. A veces nos encontramos ante expresiones que son sustituibles en ciertos contextos, pero que no son verdaderos sinónimos, sino que simplemente se refieren a las mismas realidades. La sinonimia es una relación semántica, es decir, de significado, y, por tanto, interna al sistema de la lengua. Esto otro, en cambio, son manifestaciones de un fenómeno diferente al que se denomina correferencia y que tiene que ver con el hecho de que diferentes expresiones lingüísticas se pueden referir a las mismas realidades o estados de cosas del mundo. En las siguientes oraciones podemos sustituir el papa por Benedicto XVI:
(6) El papa impartió la bendición urbi et orbi
(7) Benedicto XVI impartió la bendición urbi et orbi
Sin embargo, esto no quiere decir que nos hallemos ante sinónimos, sino que, por conocimiento del mundo, nos consta que a 18 de noviembre de 2011 Benedicto XVI es papa en Roma. La ilusión de sinonimia se desvanece en cuanto se modifica la referencia. Comparemos si no las siguientes oraciones:
(8) El primer papa fue Pedro
(9) El primer Benedicto XVI fue Pedro
La oración (9), desde luego, es inaceptable. Un efecto parecido se consigue aplicando el plural. No es lo mismo escribir una Historia de los papas que una Historia de los Benedictos XVI (?). En este caso, uno de los términos es un nombre propio, por lo que se me podría objetar que carece propiamente de significado. Fijémonos, pues, en lo que sucede con las expresiones lucero de la mañana y lucero de la tarde (ejemplos clásicos para ilustrar la diferencia entre significado y referencia). Ambas se refieren a una misma realidad extralingüística: el planeta Venus; pero es fácil percibir que su significado contiene rasgos muy diferentes.
La sinonimia, en definitiva, es un concepto que resulta más fácil de captar intuitivamente que de definir y hacer operativo. En la práctica, la sustitución de una palabra o expresión por otra siempre implicará introducir algún matiz en el significado, pues, como dijo Geckeler, el sistema de la lengua parece permitir que un significante tenga más de un significado, pero no que un significado tenga más de un significante.
Dos palabras son homógrafas cuando se escriben igual pero tienen diferentes significados. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con coma, que puede referirse a un signo de puntuación, representar una forma del verbo comer o corresponder al sustantivo masculino que designa un estado patológico de sopor en el que queda sumida una persona. Otros casos son amo (del verbo amar) y amo ‘dueño’, pata (ave acuática) y pata (extremidad de un animal), etc. Podemos considerar que la homografía es un caso particular o un aspecto de la homonimia.
En español, dos palabras que comparten grafía coinciden también en su pronunciación, es decir, son homófonas. En otras lenguas, como el inglés, en cambio, nos podemos encontrar con homógrafos que difieren en la pronunciación. Así, por ejemplo, frente a minute [ˈmɪnɪt], que significa ‘minuto’, encontramos minute [maɪˈnjuːt], que tiene como cognados en español el cultismo diminuto y la forma patrimonial menudo.
Hay que mencionar, eso sí, que la reforma de la ortografía de 2010 ha dado pie a que surja algún caso anecdótico de homografía con leves diferencias de pronunciación que no conciernen a los sonidos individuales sino a los denominados rasgos suprasegmentales, es decir, los que afectan a más de un fonema. Al eliminarse la tilde de guion y otros monosílabos, nos hemos encontrado con que pie (del verbo piar) confluía en la escritura con pie (extremidad). El primero se pronuncia en muchas de las variedades del español con un hiato y con el acento en la segunda vocal [pi-é], mientras que el segundo se pronuncia como un diptongo con el acento distribuido sobre la única sílaba de que consta. Dicho esto, el caso es más virtual que real porque no parece que se presente demasiado a menudo la oportunidad de conjugar el verbo piar en primera persona (yo pie) y, menos aún, de escribirlo.
En español se da una relación asimétrica entre homonimia y homografía: todos los homógrafos son homónimos, pero no todos los homónimos son homógrafos. Esto es así porque existen casos de homonimia parcial en los que la coincidencia se produce en el plano fónico, pero no en el escrito, como con vaca y baca, que se pronuncian exactamente igual, pero se oponen ortográficamente por la diferencia entre be y uve. Esto, a su vez, implica que la relación que se da entre homógrafos y homófonos es también asimétrica, puesto que todos los homógrafos son homófonos (con la mínima excepción mencionada en el párrafo anterior), pero no todos los homófonos son homógrafos (pensemos nuevamente en el par vaca/baca o en echo y hecho).
La ortografía de algunas lenguas, como el francés, tiende a evitar la homografía de ciertos homófonos, lo que da pie a una proliferación de grafías diferentes para palabras que se pronuncian igual. Eso explica las nueve grafías de la pronunciación [o] a las que ya hacíamos referencia a propósito de la homofonía: au ‘al’, aux ‘a los’, ô ‘oh’, os ‘huesos’, eau ‘agua’, eaux ‘aguas’, aulx ‘ajos’, haut ‘alto’ y hauts ‘altos’. En español, sin llegar a estos extremos, también encontramos casos en los que la ortografía previene la homografía. La tilde diacrítica tiene precisamente este propósito. Eso mismo se puede conseguir con la hache u otras grafías en otras ocasiones, como vemos a propósito de ha (del verbo haber), a (preposición) y ah (interjección). Aunque suelen entrar aquí en juego también factores etimológicos, el deseo de evitar la homografía es un factor que alimenta la resistencia a las reformas ortográficas que tratan de acercar la escritura a la pronunciación.
Un cultismo es un préstamo de una lengua clásica (por lo general, el latín; aunque también puede ser el griego). La mayor parte de las palabras de origen latino que tenemos en español tienen una tradición ininterrumpida de uso desde la Antigüedad hasta nuestros días. Pero cuidado, porque cuando hablamos aquí de latín, no hemos de pensar en los discursos de Cicerón ni en la poesía de Ovidio, sino en lo que hablaban los soldados o los mercaderes que vinieron a esta península nuestra. El léxico vulgar, que a menudo se apartaba en muchos aspectos de las formas clásicas, se fue alterando además conforme el castellano se iba alejando del latín. Así es como se forman palabras como viña, reja o llamar, que en latín clásico fueron, respectivamente, vinea, regula y clamare. Esto es lo que se denomina léxico patrimonial.
Estos vocablos patrimoniales cuentan con parientes más distinguidos, que son los que se codeaban con obispos, notarios, poetas y eruditos. Su transmisión no fue de boca a oreja, con el margen que esto deja para las variaciones y alteraciones, sino que tuvo lugar preferentemente por vía escrita. Cuando se presentaban en forma oral solía ser en contextos institucionales que los rodeaban de una cierta gravedad, como el culto religioso o la lectura en voz alta de escrituras de propiedad y fórmulas legales. La forma de estas palabras se mantuvo más próxima a la de sus originales latinos. Tan solo sufrieron las mínimas adaptaciones para que resultaran pronunciables por labios que ya no tenían los hábitos del latín sino los del romance. Es lo que ocurrió con palabras como voluntad, del latín voluntatem, evangelio, que procede del griego euangelios por mediación del latín evangelium o cátedra, otro helenismo mediado por el latín. Estos parientes de posibles son, evidentemente, los cultismos.
A menudo nos encontramos en el vocabulario de nuestra lengua con dobletes populares y cultos que comparten un mismo étimo latino y que se han especializado para significados diferentes. Así, frente a reja tenemos regla; junto a llamar, clamar; y resulta que palabras en apariencia tan alejadas como cátedra y cadera son hermanas que tomaron caminos muy diferentes.
La sustitución del latín por el castellano fue más compleja de lo que normalmente nos imaginamos. No hay, ni mucho menos, un día y una hora concretos en que muere una lengua y nace la otra. La transición es gradual y cualquier límite que se quiera fijar no pasará de ser convencional. Es más, para complicar todavía un poco las cosas, siglos después de la desaparición del imperio romano, el latín y el castellano coexistían, solo que en contextos diferentes y con funciones también diferenciadas. El gramático que explicaba las partes de la oración en latín después le pedía al zapatero que le remendara las botas en romance.
Progresivamente, el castellano va ocupando el espacio que le estaba reservado al latín y en este proceso tiene un papel destacado la apropiación del vocabulario latino. Efectivamente, si empezamos a utilizar una lengua para hablar de lo que antes le correspondía a la otra, nos vamos a encontrar con que las necesidades de vocabulario aumentan. No es lo mismo hablar del tiempo y de las cosechas que escribir la historia de un reino o compilar un tratado de astronomía. Una cosa es cantar una canción de siega y otra muy diferente componer un soneto. Ante esta necesidad de ampliar los límites de lo que se podía decir con comodidad en castellano, se podía inventar nuevas palabras o echar mano de las que ya ofrecía el latín. Por eso el reinado de Alfonso X es un periodo de incorporación acelerada de cultismos como dureza o húmedo y por eso mismo Juan de Mena en el siglo XV, Garcilaso en el XVI o Góngora en el XVII nos inundarán de latinismos como terso, atónito o fatigar. Esto les valió la censura de los puristas, que ya por aquel entonces actuaban como celosos guardianes de las esencias del idioma.
Y el desarrollo científico desde el siglo XVII hasta nuestros días no se puede concebir sin la incorporación de un sinnúmero de neologismos tomados directamente de las lenguas clásicas, como óptica, o construidos sobre raíces grecolatinas, como electricidad, fotometría o televisión. Aunque aquí ya todo se complica un poco porque el español no beberá directamente de las fuentes clásicas, sino que recogerá este vocabulario de otras lenguas de cultura como el francés y el inglés.
Lo anterior no pasa de ser un repaso forzosamente somero. Si quieres profundizar en el tema, puedes descargarte un estudio de José Luis Herrero sobre los Cultismos renacentistas donde encontrarás explicaciones más detalladas.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Cultismos]
Cuando llega el verano y el mercurio amenaza con reventar los termómetros, se empieza a hablar de la canícula. Hoy este sustantivo se ha convertido en sinónimo de ‘periodo de calor intenso’; pero etimológicamente tuvo un significado más preciso. Canícula es un diminutivo de can. Se trata, en realidad, de una formación latina a partir de canis, y si tuviéramos que traducirlo saldría algo así como ‘la perrita’.
La vinculación entre tan simpático animal y los calores que nos toca sufrir todos los años es astronómica. La perrita de marras es Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor. Antiguamente, la época más calurosa del año coincidía con los días en que Sirio salía y se ponía al mismo tiempo que el sol. Este periodo iba del 22 de julio al 23 de agosto. Pero los milenios no pasan en balde y la perrita Sirio va retrasando cada vez más sus paseos celestes. Hoy tiene al sol esperándola hasta septiembre (aunque en esto me remito al mejor criterio de los astrónomos, que uno bastante tiene con ser lingüista).
Desde un punto de vista etimológico, este uso de canícula donde realmente tiene sentido es en el hemisferio norte, puesto que la configuración del cielo nocturno en el sur es completamente diferente. Por eso siento curiosidad por saber si también se habla de la canícula en los países del hemisferio austral. Si algún lector de esas tierras me lo pudiera aclarar, se lo agradecería.
Saludos y que sobreviváis a estos calores de julio.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de 'canícula']
Con los nombres de persona extranjeros (y me refiero aquí a los nombres de pila) se constata una tendencia semejante a la de los nombres de ciudades extranjeras: cada vez se va imponiendo más la forma original.
Este es un campo en el que no existen normas rígidas, sino tan solo usos y convenciones. Tradicionalmente se traducían al castellano los nombres de pila de personalidades internacionales como escritores, filósofos, compositores, políticos, etc. Así, lo normal era hablar de Carlos Dickens, Manuel Kant, Juan Sebastián Bach, Teodoro Roosevelt, etc.
Sin embargo, hoy se mantiene casi siempre el nombre de pila original, con lo que los personajes anteriores vuelven a llamarse como les pusieron sus padres, o sea, Charles Dickens, Immanuel Kant, Johann Sebastian Bach y Theodore Roosevelt. Solo esquivan la traducción (y no siempre) algunos nombres que están ya muy asentados en nuestra tradición, como los de escritores célebres con los que todos hemos crecido. Estoy pensando, por ejemplo, en Alejandro Dumas y Julio Verne. Compruebo, eso sí, que las traducciones modernas de sus obras están divididas al respecto: algunas se mantienen fieles a la castellanización, mientras que otras se van atreviendo a introducir la forma francesa.
El único ámbito en el que mantiene su vitalidad la costumbre de castellanizar es el de los miembros de dinastías: reyes, príncipes, papas, patriarcas ortodoxos, etc. Así, hoy seguimos hablando de Isabel de Inglaterra (no Elizabeth), Alberto de Mónaco, Juan XXIII y Cirilo I. Nótese que incluso ha ocurrido que cuando un plebeyo se ha nobilizado, se le ha traducido el nombre: Grace Kelly se convirtió en Gracia de Mónaco al casarse con Rainiero III.
Sin embargo, la traducción de los nombres de cabezas coronadas no siempre está exenta de complicaciones. Cuando se creó papa al cardenal Ratzinger, este adoptó como nombre Benedictus XVI. Esto se hubiera tenido que traducir como Benito XVI (que es lo que se hizo en francés, lengua en la que se le denomina Benoît XVI). Sin embargo, teniendo en cuenta la tradición de otros papas que se habían llamado igual, se adoptó finalmente la forma Benedicto (aunque quizás influyeran en esto también razones de prestigio: Benito suena más popular, mientras que Benedicto parece transmitir mayor sensación de dignidad y gravedad).
E incluso hay nombres de monarcas que se mantienen tal cual, probablemente por la dificultad de encontrar un equivalente. Esto es lo que pasa con Harald de Noruega, con su hijo Haakon y con la princesa Mette Marit.
Todo esto forma parte, probablemente, de una tendencia más general en la lengua que tiene que ver con el mayor conocimiento de lenguas y culturas extranjeras gracias a factores como el acceso a la educación y a Internet, así como la popularización de los viajes al extranjero. Pero esto es solo una modesta reflexión que se me pasaba por la cabeza y quería compartir aquí.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Nombres de persona extranjeros]
Etimológicamente, el nombre de la orquídea reposa en una metáfora, pero esta no se basa en nada que esté presente a simple vista, sino más bien en algo que suele permanecer oculto (en más de un sentido). Proviene del griego órchis, que significa ‘testículo’ y se le aplica porque en algunas especies las raíces forman una especie de tubérculos emparejados.
No creo que haga falta mayor explicación.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de orquídea]
La valencia es el potencial que tienen ciertas palabras de regir un número determinado de elementos. Es una propiedad que se deriva de la semántica y que tiene consecuencias para la sintaxis.
Por ejemplo, no se puede concebir la idea de comer sin que haya alguien que coma y algo que es comido. Decimos por eso que el verbo comer posee dos posiciones vacías que se tienen que llenar con otros tantos elementos. Cuando esto ocurre, surge una oración como Manolo come pan.
Las raíces de esta idea se pueden rastrear hasta la gramática latina, pero en su forma actual la desarrolla el lingüista francés Lucien Tesnière en una serie de trabajos que escribe durante los años cuarenta del siglo XX y que en parte se publicarán póstumamente. La noción gramatical de valencia, tal como la concibe Tesnière, reposa sobre una metáfora química. En el colegio nos enseñaban que un átomo de oxígeno tiene la capacidad de ligar dos átomos de hidrógeno y que al hacerlo da lugar a una molécula de agua. Esto, trasladado a la sintaxis, quiere decir que cada verbo lleva en sí, en virtud de su significado, la capacidad de atraer a un número determinado de elementos, a los que liga para formar una oración.
Los verbos se clasifican en esta teoría por el número de casillas vacías que ofrecen. Los hay monovalentes (Pedro nace), divalentes (Pedro amasa pan) y trivalentes (Pedro da el pan a Juan). Existen incluso verbos cerovalentes, como los que designan fenómenos meteorológicos, que no necesitan de ningún otro elemento para que su significado esté completo (nieva).
El principal portador de valencia en la oración es el verbo y, de hecho, la parte más desarrollada de la teoría de valencias es la relacionada con él. Sin embargo, no es esta la única clase de palabras con esta propiedad. Hay sustantivos con un significado relacional, que no se completa sin la intervención de otros elementos que están previstos en su plan de construcción. Por ejemplo, un sustantivo como amor no se entiende si no es relacionalmente. El amor es amor de alguien por alguien (o por algo), y este potencial se puede desplegar total o parcialmente en oraciones como El amor de Lucía por las matemáticas la hizo triunfar en la vida o El amor de su madre fue lo que le permitió salir adelante. Se diferencia amor en esto de sustantivos con un significado absoluto como zambomba, coliflor o adoquín, que no requieren de otros elementos para estar completos. También hay adjetivos con valencia, como sensible: un instrumento sensible a la luz.
Solo quedan comprendidos en la valencia los complementos obligatorios, no los opcionales. Tesnière, muy aficionado al lenguaje figurado, lo explica con su famosa comparación de la oración simple con una obra de teatro, en la que denomina a los primeros actantes y a los segundos circunstantes:
El nudo verbal [...] expresa toda una obra de teatro en pequeño. En efecto, como en una obra de teatro, implica necesariamente un proceso y, a menudo, actores y circunstancias. [...] Traspuesto del plano de la realidad dramática al de la sintaxis estructural, el proceso, los actores y las circunstancias se convierten, respectivamente, en el verbo, los actantes y los circunstantes (Lucien Tesnière: Éléments de syntaxe structurale, traducción A. B.).
Esto, aplicado a una oración como Manolo come galletas en la cama, quiere decir que el nudo verbal rige dos elementos obligatorios, que son Manolo y galletas; y que a estos se les añade uno opcional que es en la cama. El número de actantes viene dado por el verbo (esa es, de hecho, su valencia), pero no así el de circunstantes.
Hay que aclarar, eso sí, que la diferencia entre actantes y circunstantes es uno de los aspectos más peliagudos de la teoría de valencias. Se han vertido ríos de tinta sobre esta materia en disquisiciones que nada tienen que envidiarles a aquellas famosas sobre el sexo de los ángeles.
La hija de la teoría de valencias es la denominada gramática de dependencias, que explica la sintaxis como una serie de vínculos que hacen depender a unas palabras de otras en el interior de la oración. Fue una forma de hacer gramática que gozó de un considerable éxito en Europa durante la segunda mitad del siglo XX, sobre todo en los países de habla alemana; pero que fue perdiendo terreno en favor de una representación alternativa que venía empujando con fuerza desde el otro lado del Atlántico: la de la estructura de constituyentes, que explica cómo se van constituyendo unidades cada vez de mayor nivel combinando elementos de los niveles inferiores.
De todo ello habrá que ir hablando a su debido tiempo.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La valencia]