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Neologismos
2 de septiembre de 2010
Los neologismos son, como su propio nombre indica, palabras nuevas, lexemas que se van incorporando a la lengua para hacer frente a nuevas necesidades expresivas o simplemente porque van cambiando las modas lingüísticas.
Lo más normal es que en la neología se reaproveche material lingüístico preexistente. Hay para ello, fundamentalmente, dos posibilidades: crear nuevos lexemas desde el interior de la lengua o importarlos de otras lenguas.
En el primer caso se recurre a los procesos de formación de palabras disponibles en esa lengua. Los más importantes en castellano son la composición, la derivación y la conversión. La composición consiste en unir dos palabras para formar una nueva. El ejemplo clásico es sacacorchos. La derivación consiste en formar palabras añadiendo prefijos (antivirus) o sufijos (marxismo). La conversión, por su parte, crea una nueva palabra que mantiene la forma de otra ya existente, pero pertenece a una clase diferente. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando un infinitivo (saber) se convierte en sustantivo (el saber). Otros procesos de formación de palabras son el acortamiento, la acronimia o la formación regresiva, pero revisarlos todos ahora nos llevaría demasiado lejos.
La segunda posibilidad de reaprovechamiento es importar palabras de otras lenguas. Cuando se toma una palabra tal cual y se incorpora como un cuerpo extraño, en el que se percibe inmediatamente su condición exótica, se habla de extranjerismo. Hoy día, sin duda, la mayor fuente de extranjerismos a escala mundial es el inglés. En nuestra lengua tenemos innumerables anglicismos, como software, outsourcing, snowboard… Con el tiempo, el extranjerismo crudo se puede ir suavizando, aclimatando a la lengua de acogida; poco a poco va adaptando su pronunciación, su ortografía e incluso su morfología. Se convierte entonces en lo que se conoce como préstamo (aunque el término, como sucede tantas veces en lingüística, no es inequívoco). Son préstamos palabras de uso tan corriente como espagueti o fútbol. Los dos ejemplos anteriores son evidentes y todo el mundo reconoce en ellos su procedencia italiana e inglesa, respectivamente. Sin embargo, el préstamo puede llegar a naturalizarse hasta tal punto que deje de reconocerse en él su origen ajeno. Muchas palabras que hoy pasan fácilmente por castizas no son sino préstamos antiguos, entre otras, ojalá (palabra de origen árabe), zapato (de origen turco), mermelada (del portugués) o corbata (del italiano). Otra forma más sutil de tomar vocabulario prestado es el calco, que consiste simple y llanamente en traducir una palabra de otra lengua. Por ejemplo, la metáfora del rascacielos, que nos hace imaginar un edificio tan alto que anda rascando las alturas, no se le ocurrió ni a un limeño ni a un madrileño, sino a los mismos que inventaron ese tipo de construcción, o sea, a los estadounidenses. Ellos lo llamaron skyscraper y nosotros no hicimos más que copiárselo.
Conviene aclarar, eso sí, que las fronteras entre lo autóctono y lo foráneo no siempre están perfectamente delimitadas. A veces nos encontramos con neologismos que combinan lo uno con lo otro, por ejemplo, puenting ‘saltar desde un puente con una cuerda’, que reúne una base castellana y una desinencia verbal inglesa. También existen falsos préstamos, que son palabras con apariencia extranjera, pero que no existen en la lengua de origen o, si acaso existen, tienen otro significado, como ocurre con nuestro footing, que para los hablantes de inglés es jogging.
Aunque, como decíamos, lo normal es aprovechar algún tipo de material previo, a veces sí que se produce la acuñación de palabras de la nada. Este es un recurso relativamente frecuente en la creación de nombres comerciales. Dicen que ese es el caso de Kodak y otras marcas, aunque no siempre está claro hasta qué punto se trata de un invento total o de alguna forma de reaprovechamiento que no sea evidente.
Los neologismos tienden a resultar polémicos y pueden desatar fácilmente las iras de los temidos puristas, que solo son partidarios de administrarlos con cuentagotas y en casos de extrema necesidad, o sea, cuando, después de buscar y rebuscar no se encuentra otra forma de decir lo mismo con los medios ya existentes. Suelen despertar especial recelo los extranjerismos. Aunque, para hacer honor a la verdad, la neología no siempre es fruto de hablantes despreocupados e inconscientes —de cabecitas locas, en definitiva—. Nuestros sesudos académicos también se dejan llevar de vez en cuando por arrebatos neologizantes y nos obsequian con palabras como millardo ‘mil millones’, calcada del francés e introducida en la 22.ª edición del Diccionario de la lengua española, en 2001, pero que no termina de cuajar, aunque cuente con tan importante aval.
En fin, esto es lo que te podía contar sobre el tema. A partir de aquí, es más bien el momento de que empieces tú a contarnos cosas. Como siempre, tus comentarios son bienvenidos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Neologismos]
El tabú
28 de julio de 2010
En todas las sociedades hay realidades que están prohibidas y que inspiran un temor y un respeto teñidos a menudo de aspectos mágicos o religiosos. Un aspecto particular de la prohibición general que pesa sobre ellas es la prohibición de nombrarlas. Así surgen los tabúes lingüísticos.
El ámbito de lo sagrado es uno de los candidatos evidentes al silencio temeroso. Uno de los tabúes primigenios de nuestra tradición religiosa y cultural es la prohibición judía de mencionar el nombre de Dios. El tetragrámmaton IHVH se escribía, pero no se pronunciaba. Por eso hoy tenemos diferentes reconstrucciones, como Jehová(h) o Yahvé(h). Así y todo, por muy poderoso que sea el pavor que nos infunda una realidad natural o sobrenatural, tampoco se puede evitar siempre hablar de ella. Por eso, como sustituto aceptable hasta cierto punto del nombre divino surge Adonái. Nos encontramos así con la otra cara del tabú, que es el eufemismo, esa palabra más o menos domesticada que nos permite referirnos, aunque sea por rodeo o por insinuación, a aquello a lo que hubiéramos preferido no tener que referirnos de ninguna manera.
El tabú puede recaer también sobre realidades que se consideran impuras. El caso más evidente, porque se repite a lo largo y ancho de las culturas del mundo, es el de la excreción. Es un tema, en sí, que evitaremos sacar en una conversación educada, sobre todo si hay comida cerca. Más de un invitado ha preguntado pudorosamente en casa ajena dónde se puede lavar las manos cuando lo que se proponía era algo completamente diferente. Pero es que, además, la palabra para referirse al lugar donde se evacuan las necesidades fisiológicas va cambiando cada pocos años. En España hemos tenido retretes, váteres, servicios y baños, y dentro de poco tendremos algo diferente. Los sucesivos eufemismos se van ensuciando con el tiempo y hay que inventarse otros nuevos. También están sujetos a tabú, naturalmente, los productos de la excreción. El valor de transgresión que tiene el nombrarlos es lo que explica que este vocabulario tienda a aparecer en interjecciones y expresiones malsonantes.
Se suele decretar interdicción lingüística, además, sobre todo aquello que constituye una amenaza para una comunidad. En tiempos pasados el peligro podía venir de animales salvajes. En checo y otras lenguas eslavas la denominación para ‘oso’ fue sustituida por medvěd: ‘el que chupa la miel’. No es difícil imaginar cuál fue la suerte que corrieron muchos de los eslavos que se atrevieron a adentrarse en las selvas heladas del Este de Europa allá por la noche de los tiempos. En la época actual, gobernantes y gentes de negocios suelen resistirse a hablar de crisis económicas. Para referirse a ellas se prefieren eufemismos como desaceleración económica. ¿O qué decir de los beneficios negativos con los que los que a veces nos regalan los gestores de empresas?
El tabú es uno de los puntos donde se tocan lo lingüístico y lo cultural. Es una restricción que se impone a la lengua dentro de una determinada cultura y nos puede llevar fácilmente a incurrir en errores de comunicación intercultural. Los españoles, por ejemplo, destacan por el uso intensivo y extensivo que hacen de la denominación popular de los genitales femeninos. Cuando ese mismo español se sirve con ligereza y naturalidad del equivalente de esa palabra en otra lengua, se puede encontrar con que su aceptabilidad no es la misma y con que se ha metido en una situación embarazosa para él y sus interlocutores de la que quizás no sabrá muy bien cómo salir.
Los tabúes van cambiando a medida que cambian las sociedades. Si en el mundo occidental el sexo tenía este papel hasta hace poco, hoy se va hablando cada vez más abiertamente de él; pero, a cambio, van delimitándose otras parcelas innombrables, como todo lo relacionado con la vejez (pensemos en la cadena eufemística viejo > anciano > tercera edad > mayor).
Detrás del tabú hay una concepción mágica del lenguaje: la palabra es igual a la cosa. Si ponemos la palabra encima de la mesa es como si pusiéramos la cosa misma allí, en medio de todo el mundo. Pero precisamente en esto reside su fuerza, porque, por mucho que lingüistas y filósofos, a base de hilar fino, hayan ido introduciendo instancias intermedias entre las palabras y las cosas y hayan hecho por convencernos de que la relación entre unas y otras es puramente convencional, el hablante normal y corriente, el de andar por casa, sigue convencido de que hay un vínculo indisoluble. Y quizás este hablante no ande tan descaminado, por lo menos en lo que a él le toca, porque, aunque todos sepamos que una cosa es una foto y otra, una persona, cuando vemos la fotografía de un ser querido tendemos a desdibujar las fronteras, y esa imagen basta para evocar los sentimientos que despierta o despertaba en nosotros quien está ahí retratado.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, El tabú]
¿Qué son las colocaciones?
7 de julio de 2010
En lingüística, una colocación es una combinación estable de palabras que se emplea de manera preferente, en lugar de otras también posibles, para referirse a un determinado objeto o estado de cosas de la realidad extralingüística. Se trata de combinaciones como vino tinto, pronunciar un discurso, asquerosamente rico o fracasar estrepitosamente, que a cualquier hablante nativo le resultan conocidas, pero que, como veremos, no son en modo alguno evidentes.
El nombre colocación nos puede extrañar en un primer momento porque normalmente significa otra cosa, pero todo tiene su explicación. Colocar viene del latín con y locare y significa, por tanto, etimológicamente ‘poner junto’. En el sentido que nos interesa, lo que se junta son palabras. El término lingüístico se refiere a un fenómeno que se puede constatar en cualquier lengua: de todas las combinaciones de palabras que en principio son posibles para referirse a una realidad dada, en la práctica únicamente se utilizan unas pocas o, incluso, una sola.
Supongamos que un estudiante extranjero se presenta en un bar de Cáceres y pide un vino rojo o un vino colorado. Puede que el camarero le entienda, pero también se dará cuenta inmediatamente de que algo no encaja en la expresión (y si es un hablante nativo quien se lo pide, es probable que no le sirva el vino porque le parecerá que no está en condiciones de tomárselo). El problema consiste en que de todas las expresiones posibles para referirse a esa bebida, la única que de hecho se utiliza es vino tinto, donde aparece un adjetivo tinto que, según el diccionario, significa ‘rojo’, pero que resulta totalmente infrecuente con ese sentido fuera de esa combinación. El español, además, se aparta en esta denominación de otras lenguas, que al vino de color rojo simplemente lo llaman vino rojo; por ejemplo, el francés (vin rouge), el inglés (red wine) o el checo (červené víno).
Se dice a veces que las colocaciones son combinaciones frecuentes, aunque esto se ha de matizar. Por un lado, hay combinaciones que apenas se utilizan, como acendrada virtud, y que, sin embargo, reconocemos como secuencias prefabricadas que están disponibles en la lengua para expresar una idea determinada. Por otro lado, hay combinaciones enormemente frecuentes, como ojos verdes o una cosa, cuya frecuencia tiene que ver con cómo está hecho el mundo y no con cómo está hecha la lengua, y que, por tanto, carecen de interés para el lingüista.
Las colocaciones son imprevisibles, de ahí la necesidad de aprenderlas. Siguiendo con nuestro ejemplo del vino tinto, no hay forma de adivinar que tinto es precisamente el adjetivo que necesitamos ahí. ¿Y por qué decimos dar un paseo? ¿No sería más lógico hacerlo como los italianos (fare una passeggiata) o los franceses (faire une promenade)? Ahí está la gracia del asunto, en que se dice así y no de otra manera. Y quien quiera hablar correctamente esta lengua tendrá que aprenderlo. Pero es que incluso nombres que presentan rasgos en común en su significado se combinan a veces con verbos diferentes. Así, se dice dar un paseo, dar una vuelta, pero no dar un recorrido o dar una excursión.
Llegados aquí hay que aclarar, no obstante, que no se deben confundir las colocaciones con otras combinaciones de palabras también imprevisibles: las expresiones idiomáticas (por ejemplo, tomar el pelo). El significado de las colocaciones es compositivo, es decir, se puede identificar qué parte del significado del conjunto aporta cada uno de los componentes individuales. Las expresiones idiomáticas, en cambio, significan en bloque, sin que se puedan identificar significados parciales que residan específicamente en cada uno de sus componentes (compara cometer un error con meter la pata).
No se puede hablar correctamente sin un dominio adecuado de las colocaciones. Una de sus características es que presentan de manera inequívoca un concepto, por lo que facilitan una comunicación económica y certera. Por ejemplo, yo puedo decir interrogar a un alumno para comprobar si ha aprendido la materia que tenía que traer estudiada para hoy y me entenderán, pero, desde luego, todo será más fácil si digo tomar la lección. Además, este tipo de expresiones distinguen a menudo niveles de lengua: si me estoy dirigiendo a un amigo, diré: Échame ahí una firma; pero en un reportaje sobre la adhesión de España a la Comunidad Económica Europea probablemente oiremos que El Presidente estampó su firma en el Tratado. Piensa en lo ridículo que sería intercambiar los verbos en estos ejemplos.
Hay diversos tipos de colocaciones, dependiendo de las clases de palabras que se combinan:
Sustantivo y adjetivo: vino tinto, error garrafal, enemigo acérrimo, soltero empedernido
Verbo y sustantivo: dar un paseo, celebrar una reunión, pronunciar un discurso, refrescar la memoria
Verbo y adverbio: saludar efusivamente, discutir acaloradamente, negar taxativamente
Adjetivo y adverbio: asquerosamente rico, gravemente herido, rematadamente loco
Sustantivo, preposición y sustantivo: loncha de jamón, banco de peces
Es fácil comprobar que estas combinaciones son propias de una determinada lengua, en este caso, del español: trata de traducir los ejemplos de arriba a otro idioma y lo verás. De hecho, una dificultad nada desdeñable en el aprendizaje de una lengua extranjera consiste precisamente en el dominio de las colocaciones. Muchos de los errores de los hablantes no nativos son vinos colorados, es decir, combinaciones de palabras que son gramaticalmente correctas, pero que nadie usa.
Y es que la lengua no es un mecano y para aprender a hablar no basta con tener unas cuantas piezas que después se van juntando. Hay que saber además que la gente, luego, solo junta algunas de esas piezas, como hacemos con tantas cosas en esta vida.
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Falsos préstamos
15 de marzo de 2010
Un falso préstamo es una palabra que en apariencia hemos tomado de otra lengua, pero solo en apariencia, pues en esa lengua o bien no existe o existe, pero con un significado diferente del que le atribuimos. El ejemplo clásico es footing, que en inglés no tiene nada que ver con echar una carrerita: el equivalente de nuestro hacer footing sería más bien to go jogging. Otros ejemplos son slip (como tipo de calzoncillos) e incluso compuestos de apariencia tan inglesa como recordman o autostop. Basta con deslizar alguno de estos falsos anglicismos en una conversación en inglés para ver la cara de extrañeza que nos ponen.
Esta manía de inventar aparentes extranjerismos no es, ni mucho menos, una peculiaridad hispánica. De hecho, algunos de los ejemplos anteriores, como footing y autostop, son creaciones francesas que copiamos después nosotros. Tampoco en alemán es desconocido este procedimiento. En esta lengua al teléfono móvil lo llaman Handy, palabra que en inglés es un adjetivo que significa ‘práctico, cómodo’, etc. y que nunca se asociaría con la telefonía móvil.
Como podemos ver, la gran fuente de falsos préstamos es actualmente el inglés. Esto se explica fácilmente por la influencia y prestigio de esta lengua, que sirve para darle un halo de distinción a todo lo que toca… o parece que toca.
Pero probablemente se te están ocurriendo unos cuantos ejemplos más. Dínoslos para que podamos hablar sobre ellos.
[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Falsos préstamos]
¿De dónde viene la palabra ‘bárbaro’?
28 de febrero de 2010
La palabra bárbaro viene del griego bárbaros, aunque a nosotros nos llega por intermediación del latín. Originariamente servía para referirse a los extranjeros y después, por extensión, a quienes son rudos e incultos.
Su origen está en una onomatopeya, bar-bar, y dice mucho sobre la incomprensión entre los pueblos. Bar-bar es el equivalente de nuestro bla, bla, o sea, de un parloteo que resulta ininteligible. El extranjero es el que no sabe hablar como Dios manda, el que solo es capaz de decir bla, bla, bla, bla, bla.
El hablante ingenuo es chovinista por naturaleza. Para él las lenguas del mundo se dividen en dos: la suya, que es la buena, y otra —el extranjero— que es la mala (y prueba de ello es que no se entiende). Con mi abuela solía mantener diálogos de este tipo:
—Hijo, ¿y cómo se dice pan en extranjero?
—Pues depende, abuela, es que el extranjero es muy grande.
—Yo qué sé, en extranjero, en lo que hablen por ahí.
—Bread, abuela, se dice bread —le contestaba yo por decir algo.
—Pues qué tontos, ¡con lo fácil que es decir pan!
Mi abuela no lo sabía, pero ella participaba de la misma idea que tenían los griegos de todos los demás.
Aunque si le hubieran preguntado al bárbaro, seguramente hubiera dicho que él pensaba lo mismo de los griegos.
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¿De dónde viene la palabra ‘alfil’?
3 de febrero de 2010
El árabe proporcionó una gran masa de vocabulario al castellano, la más importante después del latín. Pero su papel no se limitó a aportar su propio léxico patrimonial, sino que también sirvió de vehículo para conceptos y formas lingüísticas procedentes de otras culturas y lenguas con las que entró en contacto.
Este es el caso de alfil, que procede del árabe al ‘el’ y fīl ‘elefante’, tomado a su vez del persa pīl ‘elefante’, porque en el primitivo juego del ajedrez esta pieza era representada por dicho animal. En la imagen se puede ver un alfil del siglo XV con dos puntas en las que aún se pueden reconocer los colmillos. La hendidura del alfil moderno es un vestigio de esta antigua forma.
Como es sabido, el ajedrez se originó en la India. Desde allí se difunde a los países vecinos, incluida Persia, donde lo encontrarán los árabes, que lo llevarán hasta el Magreb y Al-Andalus. Al traer el juego también trajeron consigo las palabras para nombrar a las piezas. Nada más lógico.
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‘Excavar’ y ‘escarbar’
19 de enero de 2010
Leo y oigo últimamente con cierta frecuencia textos en los que se confunden los verbos escarbar y excavar. Y aunque los dos se refieren a acciones que guardan una cierta relación, no significan lo mismo.
Escarbar es remover la tierra, pero de manera superficial; y además este verbo contiene la idea de que se trata de un movimiento rápido y repetitivo, como el que hacen los animales con las patas en el suelo. Esto se percibe claramente en el siguiente ejemplo (aunque aquí no haya animales):
Mithradates [...] hizo del Ponto el centro de un auténtico imperio que comprendía las ciudades del Mar Negro, la Cólquida [...] y el reino del Bósforo y Crimea, donde “bastaba con escarbar la tierra para que rindiera semilla al treinta por uno” [Argelaguer Vall del Llierca, acceso: 19-1-2010]
Excavar, en cambio, implica un movimiento que puede ser lento o rápido —esto es indiferente— y cuyo propósito o resultado principal es precisamente el de ahondar hasta abrir un hoyo. En el ejemplo citado a continuación se utiliza correctamente este verbo:
[...] Benedicto XVI ha autorizado excavar y abrir la tumba del apóstol en la basílica de San Pablo Extramuros, cubierta de hormigón desde finales del siglo IV [Abc.es, acceso: 19-1-2010]
Y por hoy ya vale de escarbar en el uso del vocabulario. ¡Hasta pronto!
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¿De dónde viene ‘ojalá’?
8 de diciembre de 2009
Ojalá es uno de los muchos arabismos que tenemos en castellano. Viene de la expresión wa shā’ llah ‘quiera Dios’.
La memoria de este significado se ha perdido y únicamente lo podemos reconstruir mediante la etimología. Quien dice hoy ojalá no piensa en Dios ni deja de pensar, tan solo le da a la oración un matiz optativo (ojo, entiéndase esta palabra como término lingüístico con el significado de ‘deseo de que se realice algo’). Pero curiosamente el significado etimológico sigue encajando a la perfección en los contextos en que aparece esta interjección. Si no me crees (que no tienes por qué creerme), prueba a sustituir ojalá por quiera Dios (que) en unas cuantas oraciones. ¡Ojalá funcione!
Etimología de ‘miércoles’
4 de noviembre de 2009
Miércoles es, etimológicamente, el día de Mercurio. Este era para los romanos el dios del comercio, el protector de los viajeros y el emisario de los dioses.
En latín clásico, el nombre del día de la semana era Mercuri dies ‘día de Mercurio’. De ahí tenía que haber salido miércole si todo hubiera seguido su curso; pero se coló una -s antietimológica por analogía con martes, jueves y viernes, que eran Martis dies, Jovis dies y Veneris dies, respectivamente. Siguiendo ese modelo, la gente empezó a decir Mercuris dies. Eso mismo es lo que le pasó a lunes.
En castellano, miércoles perdió el elemento dies porque se impuso la versión abreviada Mercuris. Sin embargo, en otras lenguas románicas sí que se conserva dicho elemento embebido en el nombre. En francés e italiano va al final (mercredi, mercoledi) porque vienen de la versión Mercuris dies. En cambio, en catalán dimecres aparece antepuesto porque salió de dies Mercuris.
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Galleguismos
15 de octubre de 2009
En castellano tenemos un puñado de palabras tomadas del gallego. Algunas tienen que ver con la gastronomía, como albariño, ribeiro, queimada, grelo o vieira. Otras, con rasgos que se consideran típicos del carácter gallego, como morriña (aunque para compensar tenemos nada menos que sarao, ¡quién lo diría!). También hemos tomado alguna que otra de la cultura popular, como meiga, o de la cultura material, como botafumeiro o pazo. Encontramos incluso una afección de la piel: el sarpullido.
No son muchos los galleguismos, y, además, algunos se mueven en un terreno dudoso porque no siempre es fácil discernir si un préstamo determinado procede de la lengua gallega o de su hermana, la portuguesa. Es lo que ocurre, por ejemplo, con achantarse y chamizo.
Podemos decir que ha sido mucho más intenso el influjo del castellano sobre el gallego que al revés, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta cuáles han sido las relaciones de poder en la Península Ibérica durante siglos.
Si quieres ayudar a completar esta breve lista, serás bienvenido.
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