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Las palabras llanas son las que se pronuncian con un especial relieve en la penúltima sílaba, por ejemplo:

(1) Arce, examen, virus, árbol, rax, córner

Como se puede ver por los ejemplos anteriores, solo algunas de ellas tienen además acento ortográfico o tilde. La regla general para esto es de tipo negativo:

Regla: se escriben con tilde las palabras llanas que no terminan en vocal, -n o -s.

Nos encontramos, por tanto, con el reverso de la regla de acentuación de las palabras agudas.

La regla anterior explica que de los ejemplos de (1) no se tilden arce (acaba en vocal), examen (acaba en -n) y virus (acaba en -s), mientras que sí requieren acento ortográfico árbol, tórax y córner.

Existe una excepción. Si en una palabra llana la -s final va precedida inmediatamente de otra consonante, entonces sí es obligatoria la tilde, por ejemplo:

(2) Bíceps, fórceps, referéndums, superávits, cómics

Hay que tener en cuenta, además, que en ciertos casos habrá que aplicar las reglas específicas de la tilde diacrítica.

Frente a la regla para el uso de la tilde que acabamos de exponer, hay otra con muchos adeptos que dice: En caso de duda, yo la pongo —donde sea y como sea—.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Cuándo se acentúan las palabras llanas?]

Una de las faltas de puntuación más extendidas consiste en separar el sujeto del verbo con una coma. Un ejemplo de esto lo pudo ver toda España en Nochevieja por televisión. Una empresa pagó una millonada por ponerle este subtítulo al reloj de la Puerta del Sol mientras dos pelotitas se zampaban las uvas al son de las campanadas:

Empezar un nuevo año con ilusión, no tiene precio

El sujeto de esa oración es Empezar un nuevo año con ilusión y quien ha plantado ahí la coma ha caído en una vieja trampa.

A muchos nos han enseñado que la coma sirve para representar en la escritura las pausas de la pronunciación. Eso, que era cierto en la Edad Media, hoy ya no lo es tanto. A lo largo de la historia, las lenguas europeas han ido evolucionando desde sistemas de puntuación que reflejaban la oralidad hacia otros más abstractos cuya función consiste ante todo en dar pistas sobre la estructura de las oraciones y del texto.

Entre el siglo XVIII y el XIX, Goethe se peleaba con sus editores porque él puntuaba de oído sus obras de teatro —no precisamente por ignorancia sino para orientar a los actores sobre cómo quería que dijeran el texto—. La pelea venía porque en aquella época el alemán ya había realizado la transición a un sistema de puntuación sintáctico (y la puntuación del alemán es extremada en su sintacticidad).

Pues bien, en nuestro ejemplo ha habido también una lucha entre la intención comunicativa y la corrección ortográfica en la que ya sabemos quién ha salido peor parado. Uno de los lugares donde tiende a intercalarse una pausa en la lengua oral es justamente entre el sujeto y el verbo (sobre todo si aquel es largo) y toda la gracia de ese eslogan se pierde si no se marca bien la pausa, como sabrán quienes lo hayan oído.

Dicho esto, lo único que puedo añadir es que los textos de Goethe hoy los conocemos con las comas que les fueron poniendo sus editores y que si la ilusión no tiene precio; la ortografía, probablemente, tampoco.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, No se separa el sujeto del verbo con coma]

¿’Enfrente’ o ‘en frente’?

4 de Diciembre de 2009

Dentro de nuestra ya clásica serie junto o separado hoy le toca el turno a enfrente y en frente.

Enfrente, escrito en una sola palabra, es un adverbio de lugar que puede aparecer solo (1) o seguido de otra expresión introducida por de (2):

(1) Me desperté con la explosion y, al mirar enfrente, no había pared en mi habitación [Abc, acceso: 4-12-2009]

(2) Nadal y Murray juegan un partido de minitenis enfrente del Palacio de Mónaco [Público.es, acceso: 2-12-2009]

Con las normas de ortografía en la mano, nadie nos puede decir que sea incorrecto escribir eso mismo en dos palabras, pero hay una convención que dice que cuando se puede elegir entre escribir junto y separado es preferible hacerlo junto. Y es lo que yo te recomiendo.

La grafía en dos palabras se reserva entonces para cuando estamos hablando de la frente, la parte del cuerpo, como aquí:

(3) La mayoría de melanomas cutáneos de cabeza y cuello se localizan en frente y cara [Revista Española de Cirugía Oral y Maxilofacial (2007) 29:1, p. 50, acceso: 4-12-2009]

En estos casos, por lo general será posible insertar un artículo (en la frente):

(4) La mayoría de melanomas cutáneos de cabeza y cuello se localizan en la frente y la cara

Naturalmente, también hay un enfrente del verbo enfrentar (por ejemplo, No se enfrente usted con él); pero eso ya es harina de otro costal.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿'Enfrente' o 'en frente'?]

No, esto no es un chiste del tipo Van un inglés, un francés y un español. Va muy en serio y espero que sirva para mostrar que lo que en unos parajes es correcto en otros se puede considerar dialectal o incluso vulgar.

El francés y el español son dos lenguas románicas que, partiendo de la base del latín vulgar, se han ido alejando poco a poco. Resulta curioso, sin embargo, que en este viaje una de las variedades del español, el andaluz, haya llegado al mismo sitio que el francés.

Para no complicar demasiado la exposición voy a pedirles a los lectores que me permitan la licencia de tratar el andaluz como si fuera una variedad homogénea, aunque todos sabemos que no lo es.

La primera coincidencia y más llamativa es el seseo. Comparemos las siguientes palabras:

Cesar – cesser [sɛ.se]

Si yo, como hablante de Castilla, pronuncio el verbo cesar, haré una diferencia entre la primera consonante y la segunda. Un hablante andaluz, en cambio, las pronunciará iguales. Pues bien, en esto coincidirá con el hablante de francés.

El francés, como lengua, es seseante. Si carece de denominación para este fenómeno, es porque cuando todo el mundo sesea desaparece la noción misma de seseo, igual que, si todos fuéramos rubios, no tendríamos nombre ni para rubio ni para moreno. Es importante explicar esto para que entendamos que el concepto de seseo, en español, solo adquiere sentido en contraste con las variedades distinguidoras del Norte de la Península Ibérica.

Otro fenómeno fonético típicamente andaluz es la pérdida de las consonantes finales. Estoy seguro de que muchos hablantes andaluces pronunciarían el verbo cesar sin la -r final. Una vez mas, es lo mismo que encontramos en francés.

De rebote, la relajación y pérdida de las consonantes finales podría llevar a confundir el singular y el plural. Uno de los mecanismos compensadores que se han desarrollado en andaluz consiste en marcar el plural mediante la apertura vocálica. En los dos ejemplos siguientes, la o abierta [ɔ] distingue el plural del singular:

Niño – niños

[ 'ni.ɲo - 'ni.ɲɔ]

Algo de esto podemos encontrar también en francés, por ejemplo, en el artículo determinado, cuyo plural se pronuncia con una e más abierta:

Leles (‘el – los’)

[lə] – [lε]

La última semejanza de que me voy a ocupar aquí tiene que ver con el uso de los pronombres personales. En castellano tenemos y usted como formas de confianza y de respeto, respectivamente, del pronombre de segunda persona. Estas formas se corresponden en plural con vosotros y ustedes:

Tú – usted

Vosotros – ustedes

Este sistema queda simplificado en andaluz con la pérdida de la forma de confianza vosotros en el plural, con lo que el anterior cuadrado castellano queda convertido en un triángulo invertido:

Tú – usted

Ustedes

Pues bien, esta es, ni más ni menos, que la disposición que encontramos en francés, lengua en la que a tu (confianza) – vous (respeto) en singular se opone únicamente vous en plural:

Tu – vous

Vous

Insisto en que para desarrollar esta breve comparación me he visto obligado a simplificar mucho y a pasar por alto la considerable diversidad de las hablas andaluzas. Lo que me interesaba no eran los detalles sino mostrar cómo un mismo fenómeno lingüístico puede tener diferente consideración social en diferentes lugares.

No faltará quien me diga —y con razón— que lo que aquí cuento no es, ni mucho menos, exclusivo del andaluz, sino que también es aplicable en mayor o menor medida a las variedades americanas del español. Y así es, efectivamente, porque el español de América empieza en Andalucía y continúa en Canarias. Pero ya habrá tiempo para fijarse en América; hoy me apetecía hablar de las cosas de aquende los mares.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿En qué se parecen el francés y el andaluz?]

Nota: los archivos de sonido con los que se ilustran las pronunciaciones de cesser, le y les proceden del Proyecto Shtooka y han sido publicados bajo licencia Creative Commons Atribución 2.0 Francia.

Observo que cada vez son más las personas que tienen dificultades con la acentuación y por eso me he decidido a ir haciendo un pequeño repaso de las normas para el uso de la tilde en el que hoy les toca el turno a las palabras agudas.

Las palabras agudas son las que tienen el acento en la última sílaba, por ejemplo:

(1) Jabón, a, correr, jersey, fe

Hay que entender aquí acento en su aspecto fónico, es decir, como el mayor relieve con que se pronuncia una de las sílabas de una palabra. Otra cosa es es el acento ortográfico o tilde, que llevarán algunas palabras agudas y otras no, dependiendo de si cumplen ciertas reglas. Todas las palabras de (1) son agudas, pero solo algunas de ellas llevan tilde, como podemos ver.

La regla básica es que las palabras agudas llevan tilde cuando terminan en vocal, -n o -s, por ejemplo:

(2) Allá, ca, conseguí, aca, ta, avión, arnés

Esta regla básica se complementa con otras.

Para empezar, no se acentúan los monosílabos, salvo casos excepcionales de tilde diacrítica. Por eso no lleva acento ortográfico fe en (1), y tampoco lo llevan otros monosílabos que muchos tienden a acentuar, como ti y di.

Hay que tener cuidado también con las palabras terminadas en vocal + -y, muchas de las cuales son agudas. Algunas forman el plural añadiendo simplemente una -s y, en ese caso, la -y pasa a -i, con lo que nos encontramos con una palabra aguda terminada en -s que obligatoriamente se escribe con tilde, por ejemplo:

(3) Jersey > jerséis, espray > espráis, taray > taráis

¿Y entonces por qué jersey, espray o taray, en singular, no llevan tilde? Muy sencillo, porque la y se considera consonante a efectos de acentuación. Sí se tildan, en cambio, las palabras agudas terminadas en otros diptongos, puesto que estos, a efectos ortográficos, se consideran como una vocal:

(4) Bonsái, Taipéi, Tolstói, previó, averiguó, interviú

Por último, hay que tener en cuenta que no se acentúan ortográficamente las palabras agudas terminadas en -s si esta letra va acompañada de otra consonante. Esto afecta solamente al plural de alguna que otra onomatopeya (5) y de un puñado de palabras de origen extranjero (6):

(5) Zigzags, tictacs

(6) Coñacs, kayaks, robots, microblogs

Como puede ver cualquiera que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, las reglas de acentuación son sencillas en principio, pero se van complicando al descender al detalle. Como dicen en inglés, el demonio está en los detalles.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Cuándo se acentúan las palabras agudas?]

Primer y tercer

21 de Octubre de 2009

Los numerales ordinales primero y tercero tienen unas formas apocopadas primer y tercer que se usan cuando anteceden a sustantivos masculinos:

El primer planeta habitable al que viajemos se descubrirá en una década [Blog de Astronomía, acceso: 21-10-2009]

Las ventas inmobiliarias crecen un 13,1% en el tercer trimestre en Santiago de Chile [Soitu.es, acceso: 21-10-2009]

Ojo, la regla solo se aplica al masculino. Según las Academias de la Lengua, la apócope ante sustantivos femeninos hoy se considera arcaica y se debe evitar (Diccionario panhispánico de dudas, 2005: primero -ra, tercero -ra). O sea, que aquello de “en la primer cita la paica Rita me dio su amor” mejor lo dejamos para los tangos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Primer y tercer]

¿Mayúscula después de dos puntos?

14 de Septiembre de 2009

Empieza un nuevo curso y vuelvo a la carga con el blog. Y lo hago con un tema de ortografía que me proponía una lectora en uno de sus comentarios: el uso de mayúsculas después de dos puntos.

La norma general es que después de dos puntos se escribe minúscula, por ejemplo:

La entrada será sin cargo en los siguientes casos: menores de 12 años acompañados por un adulto [...], jubilados, pensionados, estudiantes, profesores y docentes [...] [La Nación, acceso: 14-9-2009]

En la Ortografía de la lengua española (1999, pp. 19, 37, 38), la Academia solamente admite mayúscula después de dos puntos en tres casos excepcionales:

a) Cuando los dos puntos introducen una cita textual:

Por eso, cuando años más tarde, Elena Castedo se reencontró con Neruda le saludó diciendo: “Estoy viva gracias a ti” [El País, acceso: 12-9-2009]

b) Tras la fórmula de saludo de una carta o escrito (lo tradicional en español es utilizar dos puntos después de dichas fórmulas):

Querida María:

Acabo de terminar la muy agradable lectura de tu Querida Alejandría, bien escrita y bien documentada, una verdadera delicia, experiencia rara para mí, que odio las novelas históricas, siéndome insoportable la inevitable mezcla de realidad y ficción [María García Esperón, acceso: 12-9-2009]

c) En documentos jurídicos y administrativos, después del verbo, escrito en mayúsculas, que indica el propósito del escrito:

D. Mariano Fernández García, con DNI 12345678Z y domicilio en Madrid, C/ Quevedo, 123,

EXPONE:

Que encontrándose en su domicilio el 30 de julio de 2009…

Se quejaba esta lectora de que la Academia es la primera en saltarse su norma y me hacía ver que lo normal en el Diccionario de la lengua española (2001) es que aparezca mayúscula después de dos puntos, como, por ejemplo, en esta acepción de dar:

16. tr. Dicho de un alumno: Recitar la lección.

¿Será que hay que aplicar aquí el viejo dicho de “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”?

A quienes también estáis empezando el curso, que os sea leve. Nos veremos por aquí.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Mayúscula después de dos puntos?]

El estratego poligloto

2 de Agosto de 2009

A mis alumnos les digo a veces que voy a escribir una novela que se va a titular El estratego poligloto. Lo hago para ver cómo reaccionan. Normalmente se echan las manos a la cabeza. Ellos lo tienen claro: se dice El estratega políglota.

Sin embargo, si acudimos al DRAE (Diccionario de la Real Academia Española, ed. 2001), nos encontraremos con que estratego y poligloto son impecables para nuestros académicos. Es más, si voy a buscar políglota, el DRAE me remitirá a otro artículo, donde averiguaré que la forma preferida es polígloto, que poligloto es igual de aceptable y, hacia el final del artículo, me explicará que para el masculino también se utiliza políglota.

Esto, evidentemente, contradice la intuición y el uso de cualquiera de nosotros. Si entendemos corrección de forma estrecha como aquello que aprueban las Academias de la Lengua, tendríamos que llegar a la conclusión de que muchas de las expresiones que están asentadas en el uso culto de principios del siglo XXI son incorrectas o, por lo menos, que no son las preferidas.

Este concepto estrecho de corrección es el que está detrás de la actitud de quien, ante cualquier duda lingüística, se lanza a por el diccionario y despacha el problema tomando a aquel como autoridad última: lo que está allí es correcto (y lo es solamente en el sentido y en la forma que allí se recoge) y lo que no está queda relegado al purgatorio de lo incorrecto (digo purgatorio porque suele ocurrir que sea redimido al cabo de unos años).

Dejando de lado lo discutible de tal concepto de corrección, este no puede ser el único por el que nos guiemos. Tiene que estar contrapesado, como mínimo, por la noción de adecuado. No todo lo que es correcto tiene que ser adecuado y no todo lo adecuado tiene por qué ser correcto. Si alguien se empeñara en ir diciendo por ahí estratego poligloto, podría acogerse al DRAE para defender que eso es correcto; pero se le podría responder lo mismo que le soltó un funcionario portugués a un representante extranjero: “Su excelencia tiene razón, pero no la tiene toda y la poca que tiene no le sirve de nada” (Gonzalo Torrente Ballester: Filomeno, a mi pesar). Si nadie habla así, por muy correcto que nos pueda parecer, está claro que no es adecuado.

Sobre todo, no se puede utilizar el diccionario como arma arrojadiza. Un diccionario es una herramienta que está hecha por personas. Por eso puede contener errores o imprecisiones, puede quedar desfasado, puede presentar lagunas… Y si una expresión generalizada entre los hablantes no aparece en el diccionario o aparece con otro sentido o con otra forma, probablemente no son los hablantes los que están equivocados.

Por encima del diccionario y de cualquier norma lingüística está el sentido común, aunque ya se sabe que ese es el menos común de los sentidos.

¿O no? ¿A ti qué te parece? ¿Te has encontrado con algún caso parecido? Cuéntanoslo para que lo sepamos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, El estratego poligloto]

Numerales ordinales

26 de Junio de 2009

Los numerales ordinales sirven para expresar orden, como su propio nombre indica, por ejemplo, segundo o decimotercero.

En 1968 publica Coro de ánimas, su segundo libro, por el que le conceden el Premio Nacional de Poesía [Unas Palabras Dichas, acceso: 25-6-2009]

Osasuna es el decimotercero en la clasificación desde que ha comenzado 2009 con 5 puntos en su casillero [Navarra Sport, acceso: 25-6-2009]

Los ordinales en español son muy complicados o muy sencillos, según se mire. Son difíciles si pensamos en formas como quincuagésimo tercero (53.º) o nonagésimo quinto (95.º). Hoy son pocos ya los que las entienden y menos aún los que las utilizan. Son fáciles, en cambio, si tenemos en cuenta que solo son de uso corriente hasta décimo. También mantienen cierta vitalidad los que van de undécimo a decimonoveno. Y a partir de ahí se prefiere claramente el cardinal, como en estos ejemplos:

José María Herrero se clasificó en el puesto dieciocho y Miguel Ángel Abarca en el puesto veintidós [Noticias TeleCable Jumilla, acceso: 25-6-2009]

En 1961, la Asociación Internacional Psicoanalítica decide abrir su veintiséis Congreso Internacional con un tema anzuelo de gran actualidad: “Protesta y revolución” [Portal de Salud y Medicina Natural, acceso: 25-6-2009]

Los ordinales más elevados se han desmotivado, es decir, ya no se percibe su relación con el cardinal correspondiente, por ejemplo, no hay vínculo evidente entre cuadragésimo y cuarenta. Por eso han ido cayendo en desuso. La desmotivación es también lo que explica que formas oscuras como undécimo y duodécimo vayan siendo desplazadas por otras analógicas, más claras, como decimoprimero y decimosegundo, construidas sobre el modelo de decimotercero, decimocuarto, etc.

Mucha gente se pregunta si es mejor decir la planta treinta y dos o la planta trigésima segunda. Si nos fijamos solamente en la norma, las dos variantes son igual de aceptables, pero la primera es más clara con diferencia y eso la hará preferible en casi todas las situaciones.

Incluso hay un caso en el que puede ser incorrecto el ordinal. Cuando hablamos de reyes, emperadores, papas, etc. (digamos cabezas coronadas), la norma es utilizar el ordinal solamente hasta décimo y a partir de ahí, obligatoriamente, el cardinal. O sea, se dice Isabel segunda y Alfonso décimo, pero Alfonso doce y Luis catorce. Me acuerdo todavía de que cuando se creó Papa al cardenal Ratzinger muchos locutores no sabían si llamarle Benedicto dieciséis o Benedicto decimosexto. La confusión venía probablemente porque su antecesor era Juan Pablo segundo. Bastaría con que se hubieran acordado de Juan veintitrés y hubieran seguido el modelo.

Probablemente esta dificultad de los ordinales es lo que lleva a sustituirlos por las formas en -avo: dieciseisavo, treintaidosavo. Sin embargo, estos son numerales fraccionarios y no deben utilizarse nunca como ordinales, o sea, no debemos decir el treintaidosavo puesto.

Entre las muchas peculiaridades de estos numerales está el que primero y tercero tienen formas apocopadas primer y tercer, que se usan ante sustantivos masculinos: el primer día, el tercer milenio.

Para terminar, porque esta entrada ya va siendo bastante larga, solo me quedan unas notas ortográficas. Desde decimoprimero hasta vigesimonoveno (11.º-29.º) se pueden escribir juntos o separados, aunque, como sucede en estos casos, se prefiere la variante en una sola palabra. Ten cuidado con el acento: si escribes el numeral junto, el primer elemento del compuesto nunca lleva tilde: décimocuarto. De trigésimo primero en adelante, en teoría se escriben siempre en dos palabras. En la práctica, rara será la ocasión en que tengas que escribirlo.

Para representarlos en cifras a veces se utilizan los números romanos: XXIV Cumbre de Jefes de Estado. Más frecuentes son las letras voladas: 1.º (primero), 2.ª (segunda), etc. El punto es obligatorio entonces. Y cuando lo que abreviamos son las formas apocopadas primer o tercer esto se tiene que reflejar con la correspondiente terminación: 1.er, 3.er.

Podríamos descender a una casuística más elaborada aún, pero no merece la pena. Con esto nos podemos manejar en el noventa y nueve por ciento de los casos. Y si quieres, podemos discutir en los comentarios sobre ese uno por ciento que se nos queda en el tintero.

Dentro de las dudas ortográficas hay una serie completa que podemos llamar junto o separado. La diferencia entre sino y si no ocupa aquí un puesto de (dudoso) honor.

La diferencia gramatical es bastante clara. Sino es una conjunción adversativa y constituye una unidad que se escribe en una sola palabra (1). En cambio, si no es la agregación de una conjunción condicional (si) y una negación (no), como vemos en (2):

(1) ITER debería demostrar no solo que la fusión existe, sino que la tecnología está preparada [Instituto de la Ingeniería de España, acceso: 7-5-2009]

(2) Si no fuera por los sindicatos, aún estaríamos trabajando jornadas de entre 10 y 16 horas, como en el siglo XIX [La Barbarie, acceso: 7-5-2009]

La única pega es que si tuvieras tan claros estos conceptos gramaticales, probablemente no estarías leyendo esta entrada.

Si no andamos muy fuertes en gramática, nuestra tabla de salvación puede ser el oído. Prueba a leer en voz alta lo que vas a escribir. Sino es átono, por lo que se apoya en la palabra siguiente para su pronunciación:

Mariano no es bombero sino trapecista

“mariáno nó és bombéro sino_trapecísta”

En cambio, en la secuencia si no la primera palabra es átona y la segunda es tónica:

Si no lo veo, no lo creo

“si_nó lo_véo, nó lo_créo”