Archivo de Octubre de 2007

Se escribe aún con tilde cuando se puede sustituir por todavía, y aun sin tilde cuando se puede sustituir por incluso (o siquiera).

Este es un caso de tilde diacrítica, que es la que evita que confundamos palabras diferentes que se escriben igual.

Veamos algunos ejemplos en los que aún se acentúa o se deja de acentuar correctamente:

(1) Gepro lanza una OPA por el 7,95% que aún no posee en la Compañía Española para la Fabricación Mecánica del Vidrio
(’… el 7,95% que todavía no posee’) [Cinco Días, 30-10-2007]

(2) Solbes garantiza los compromisos presupuestarios, aun con menos crecimiento (’… incluso con menos crecimiento…’) [Cinco Días, 25-10-2007]

(3) El Gobierno francés está persuadido de la «ilegalidad» de la operación […], pero aun así dará asistencia consular y jurídica a los 16 detenidos (’… incluso así dará asistencia…’) [Abc, 29-10-2007]

(4) Pero ningún hombre es respetable, ni aun los santos, ni aun los locos, ni aun los niños que juegan con piedras junto a los pozos […] (… ‘ni siquiera’) [Ana María Matute: Los soldados lloran de noche]

(5) […] el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea pasajeramente (’… aunque sea pasajeramente’) [José Ortega y Gasset: Meditaciones sobre la literatura y el arte]

El único ejemplo en que se debe acentuar aún es (1) porque se puede sustituir por todavía.

En los ejemplos (2)-(5), aun se escribe sin acento. En (2) lo podemos sustituir por incluso. Un error muy común consiste en poner tilde a aun en las expresiones aun así y ni aun. En el ejemplo (3), aun así se puede sustituir por incluso así, y en el ejemplo (4), ni aun se puede sustituir por ni siquiera. Una expresión especial es aun cuando, que equivale a aunque, como en el ejemplo (5). Tampoco en este caso hay acento.

La regla de oro de quienes no andan muy duchos en el manejo de esta tilde diacrítica es yo, por si acaso, la pongo. Esto que podríamos llamar acentuación preventiva es una manera muy segura de ir acumulando faltas de ortografía. Lo que hay que hacer es estudiar las reglas y aplicarlas.

Los nombres ambiguos en cuanto al género son aquellos que se pueden utilizar tanto en masculino como en femenino sin que cambie su significado. Algunos ejemplos de sustantivos ambiguos en cuanto al género son mar, maratón, linde, dracma y azúcar. Veamos cómo se utilizan en textos reales:

Los expertos creen que en el fondo del mar hay cientos de navíos […] [Abc, 28-10-2007]

El paseo de la ría acogerá […] una serie de talleres infantiles sobre el medio ambiente y la mar [La Nueva España, 30-9-2007]

Azúcares crudos: azúcar terciado, azúcar blanquilla […] y azúcar granulado [Anales de Bromatología, 1967, vol. 19, p. 247]

En las dos primeras oraciones encontramos el uso masculino y femenino, respectivamente, de mar. El tercer ejemplo, el del azúcar, es muy interesante porque vemos cómo en la misma línea aparece el mismo nombre utilizado en masculino y en femenino.

Es importante tener en cuenta que el utilizar estos nombres en un género o en otro no da lugar a un cambio de significado. Por ejemplo, yo puedo irme a Alicante y sentarme en la playa. Si ese día tengo una vena lírica, probablemente diré:

Mira: ¡la mar!

Si me da por hablar de forma más neutra, lo que me saldrá será:

Mira: el mar

Pero en los dos casos estaré hablando de la misma realidad. El mar sigue siendo el mismo; solo ha cambiado el género del nombre que estoy utilizando para referirme a él.

Por lo general, los nombres ambiguos en cuanto al género se refieren a seres inanimados (y así es en los ejemplos anteriores). La excepción son dos nombres de animales: cobaya y ánade.

El que no cambie el significado tampoco quiere decir que dé exactamente igual utilizar estos sustantivos en masculino o en femenino. Las diferencias no van a ser de significado sino de otro tipo.

A veces, el utilizar un género u otro es una cuestión de puras preferencias individuales. Puede haber hablantes que prefieran la forma azúcar moreno y otros que prefieran azúcar morena.

Otras veces, las diferencias tienen que ver con la pertenencia a ciertos grupos sociales. Un ejemplo que se suele repetir en los manuales es que las gentes de mar tienden a decir la mar (en femenino), mientras que quienes no tenemos mayor relación con el mar tendemos a utilizar la forma masculina.

También hay preferencias regionales. Calor es masculino para la mayoría de los hablantes de español, pero dentro de España, por ejemplo, el femenino la calor está muy extendido en ciertas zonas de Andalucía, Murcia o Cataluña.

Llegamos ahora a la cuestión de la consideración normativa de estas vacilaciones de género. Para la norma del español no todas son iguales. Algunas vacilaciones están aceptadas por la norma, como las de los ejemplos que hemos utilizado hasta ahora (salvo calor, que es un caso especial). Otras, en cambio, se condenan. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con pus, que para la norma solo es masculino, aunque para muchos hablantes sea femenino.

Esta consideración puede ir cambiando con el paso de los años. Calor tradicionalmente estaba admitido como ambiguo en cuanto al género y así se recoge todavía en el DRAE (2001). Sin embargo, con la publicación del DPD, la norma se volvió un poco más restrictiva y ya solo se admite la forma masculina. Lo contrario ha pasado con maratón. Después de años y años de condenar la forma femenina, al final se han admitido las dos, por lo que hoy este nombre ha pasado a considerarse ambiguo en cuanto al género con la bendición de las Academias.

Por último, no conviene perder de vista que hay expresiones con diferentes grados de fijación en las que es obligatorio uno u otro de los géneros. Por lo general, podemos elegir entre el mar o la mar, pero solo utilizamos la forma femenina en las siguientes expresiones fijas:

Pelillos a la mar ‘olvidemos nuestras diferencias’, ‘reconciliémonos’

La mar de (simpático, distraído, etc.) ‘muy’, intensificador

En el primer ejemplo, el artículo masculino forzaría una interpretación literal: hay unos pelillos que se arrojan al mar. En el segundo ejemplo, simplemente, daría lugar a un sinsentido.

Palíndromos

27 de Octubre de 2007

Los palíndromos son palabras o secuencias de palabras que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda.

El nombre palíndromo está formado por dos raíces griegas: pálin, que significa ‘en sentido contrario’, ‘de nuevo’, y drómos, que significa ‘carrera’, ‘recorrido’. Es decir, un palíndromo es una secuencia de caracteres que se puede recorrer una vez en el sentido normal de la lectura y otra en el contrario. Para que nos entendamos, los palíndromos vienen a ser a las palabras lo que los capicúas a los números.

El palíndromo más famoso en España probablemente es este:

DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD

Otros un poquito más simples son:

EME

RADAR

ANILINA

El director de cine Julio MÉDEM tiene un apellido palíndromo. Se ve que por ahí le cogió gusto al asunto, porque a los protagonistas de Los amantes del círculo polar los llamó OTTO y ANA.

Buscando por Internet aparecen muchos ejemplos:

LUZ AZUL

ISAAC NO RONCA ASÍ

A TI NO, BONITA

ADÁN NO CEDE CON NADA

También me encuentro este impresionante palíndromo de Ricardo Ochoa:

Adivina ya te opina, ya ni miles origina, ya ni cetro me domina, ya ni monarcas, a repaso ni mulato carreta, acaso nicotina, ya ni cita vecino, anima cocina, pedazo gallina, cedazo terso nos retoza de canilla goza, de pánico camina, ónice vaticina, ya ni tocino saca, a terracota luminosa pera, sacra nómina y ánimo de mortecina, ya ni giros elimina, ya ni poeta, ya ni vida

A ver quién se atreve a superarlo.

Augusto Monterroso era un gran aficionado a los palíndromos. Si a usted le ha picado la curiosidad, no deje de leer “Onís es asesino”, de su libro Movimiento perpetuo.

Cursiva y comillas en títulos

26 de Octubre de 2007

Cuando en el cuerpo de un texto se menciona un título, se siguen algunas convenciones ortotipográficas para hacer ver al lector que lo que tiene ante los ojos es precisamente eso: un título.

En textos impresos, los títulos se escriben en cursiva, por ejemplo:

Cien años de soledad es una de las novelas más importantes del siglo XX

Si estamos escribiendo a mano, lo habitual con los títulos es subrayarlos.

Si lo que estamos escribiendo es el título de una parte de una obra más amplia, se escribe entre comillas (“” o «») para diferenciarlo del título de la obra completa. Esto es lo que se hace con el título de un artículo que se ha publicado en una revista, un capítulo de un libro, un poema de un poemario, etc.:

Lorca publica “Paisaje de la multitud que vomita” en Poeta en Nueva York

El último número de Revista de Occidente trae un artículo que se titula “El dilema de los biocombustibles”

En Blog de lengua española hay una entrada muy interesante sobre “Cursiva y comillas en títulos”

También le puede interesar la entrada sobre mayúsculas en los títulos.

El laísmo

24 de Octubre de 2007

El laísmo es un uso antinormativo que consiste en utilizar el pronombre la(s) para el complemento indirecto femenino. El laísmo es un fenómeno fundamentalmente castellano.

La norma exige que para el complemento indirecto se utilice el pronombre le(s) tanto para el género masculino como para el femenino.

Veamos un ejemplo de laísmo:

Pues anda y dila que venga [Leandro Fernández de Moratín: El viejo y la niña]

En el ejemplo anterior, el verbo decir toma un complemento directo (que venga) y un complemento indirecto (la).

En el complemento indirecto no se hace diferencia de género en las formas del pronombre. En ejemplos como el anterior, la norma exige decir, tanto si nos estamos refiriendo a un hombre como a una mujer:

Pues anda y dile que venga

El hablante laísta reintroduce en el complemento indirecto la distinción de género. Dirá entonces, dependiendo de si se refiere a un hombre o a una mujer, respectivamente:

Dile que venga

Dila que venga

A diferencia de lo que ocurre con el leísmo (otro fenómeno antinormativo), ninguna forma de laísmo se considera correcta. Como ya decíamos al hablar del leísmo, el uso correcto de los pronombres acaba siendo un problema de diccionario. El DPD nos sacará de apuros con los verbos que más frecuentemente plantean problemas (pero no siempre).

Algunos hablantes laístas incurren por ultracorrección en leísmo femenino de persona. El laísta corregido puede llegar a desarrollar un miedo cerval al pronombre la, hasta el punto de sobregeneralizar la regla y convertirla en una afirmación general del tipo ‘la’ está mal dicho. A partir de ahí empiezan a surgir construcciones erróneas como A tu hermana no le he visto últimamente. El razonamiento es: si se dice a tu hermana le he dicho también se dirá a tu hermana le he visto. Lo que no tiene en cuenta este hablante es que la función sintáctica de a tu hermana es completamente diferente en uno y otro caso: complemento indirecto en el primero y complemento directo en el segundo.

He aquí un ejemplo de leísmo ultracorrecto (y, por tanto, erróneo) que me encuentro leyendo el periódico mientras desayuno:

De producirse esa fusión, La Caixa controlaría el 8,17% del nuevo banco, lo que le convertiría en el primer accionista individual [El País, 23-10-2007]

Estos ejemplos son muy frecuentes en los medios de comunicación españoles y suelen producirse por miedo al laísmo. El redactor de esta noticia debería haber escrito:

[…] lo que la convertiría [a La Caixa] en el primer accionista […]

Al igual que ocurre con el leísmo, este es un fenómeno corriente en Castilla desde la Edad Media. De hecho, muchos de los grandes clásicos castellanos eran laístas. Santa Teresa de Jesús se nos revela muy abulense en su marcado laísmo:

A lo de escribir Teresa […], no creo si no es a la priora de Medina y a ella, por darlas contento, que no ha escrito a nadie [Santa Teresa de Jesús: Cartas]

El ganador de las elecciones legislativas polacas se llama Donald Tusk. Su nombre se pronuncia tal cual en español:

“Dónal Túsk”

La u en polaco se lee u exactamente igual que en español.

En realidad, el nombre completo es Donald Franciszek Tusk, que en una pronunciación ligeramenta españolizada da: “Dónal Franchísek Túsk” (en polaco todas las palabras son llanas). Pero con que le llamemos Donald Tusk ya hemos cumplido.

Inmediatamente han empezado a asomar por ahí pronunciaciones a la inglesa (”Dónal Tásk”). No hay necesidad de tomar la pronunciación de una tercera lengua cuando en este caso la pronunciación polaca es la solución más sencilla (por una vez y sin que sirva de precedente).

Esto es un ejemplo más de la manía de pronunciar cualquier nombre extranjero como si fuera inglés y se parece un poco a la visión del mundo que tenía mi abuela. Para ella la Tierra se dividía en dos grandes regiones: España y el extranjero. Y por eso te preguntaba qué se comía en el extranjero, cómo eran las casas en el extranjero o qué lengua hablaban en el extranjero… Y demasiado sabía la pobre para la época que le había tocado vivir y las oportunidades que había tenido de aprender.

Para quien tenga conocimientos del alfabeto fonético internacional, esta es la transcripción del nombre completo:

Donald Franciszek Tusk [’dɔnalt fran’ʧiʃɛk ‘tusk]

También le puede interesar cómo se pronuncia el nombre de Lech Kaczyński, rival político de Tusk y actual Presidente de Polonia.

Nota: es probable que algunos caracteres no aparezcan correctamente en MS Internet Explorer; se recomienda utilizar Firefox, Opera o Safari.

Solo se pone en mayúscula la primera letra del título (como se ha hecho en el título de esta entrada). Esto vale para cualquier tipo de obras (con una excepción que veremos seguidamente). Es decir, se escriben así, entre otros, los títulos de:

Libros: La montaña mágica

Películas: Con faldas y a lo loco

Composiciones musicales: La consagración de la primavera

Cuadros: El gran masturbador

Esculturas: El niño de la espina

Ni que decir tiene que las palabras que de por sí empiecen por mayúscula, como los nombres propios, la conservan:

La familia de Pascual Duarte

La excepción son los títulos de publicaciones periódicas (periódicos y revistas): se pone en mayúscula la primera letra del título y de todos los sustantivos y adjetivos que contenga:

El País

El Jueves

Claves de Razón Práctica

Tendremos que hablar también más adelante sobre convenciones ortotipográficas como el uso de cursiva y comillas en los títulos.

Todos sabemos que hay ciertos nombres propios que acaban convirtiéndose en la forma corriente para referirse a toda una clase objetos. Este proceso por el que un nombre propio se convierte en nombre común se conoce como deonimización o antonomasia.

Se da frecuentemente con las marcas comerciales. Por ejemplo, en España, durante una época, la batidora más famosa era la Braun Minipimer. Hablar de batidoras era, prácticamente, hablar de Minipimer, hasta el punto de que esta marca se llegó a convertir en un nombre común que servía (y para muchos hablantes todavía sirve) para referirse a una batidora de cualquier marca:

Minipimer (nombre propio) > la minipímer (nombre común)

Son muchas las marcas que han seguido el mismo camino; de ahí que hoy podamos decir:

Me voy a tomar un colacao (< ColaCao, marca de chocolate en polvo instantáneo)

¿Tienes un clínex? (< Kleenex, marca de pañuelos de papel)

Pásame un posit (< Post-it, marca de notas adhesivas)

Dale al chico una pesicola (< Pepsi-Cola, marca de refresco de cola)

Cuando el nombre se vuelve de uso corriente, se suelen adaptar ligeramente grafía y pronunciación, como se puede ver en los ejemplos anteriores.

Naturalmente, estas denominaciones varían de unos países a otros e incluso de unas regiones a otras, dependiendo de qué marcas se popularizaran allí.

La deonimización también puede afectar a nombres de personas. Un zepelín es un globo dirigible que toma su nombre de su inventor (Ferdinand von Zeppelin), una rebeca es una chaqueta de punto a la que se empezó a llamar así porque la llevaba la protagonista de la película de Hitchcock (Rebeca). También hay casos con nombres de lugares (holanda, tipo de tela procedente de este país) y, en general, con cualquier tipo de nombre propio.

La deonimización se basa a menudo en la metonimia, es decir, en relaciones de contigüidad. En los ejemplos anteriores hemos encontrado diferentes variedades: un tipo por el conjunto de ejemplares (la minipímer), el creador por la creación (el zepelín), el portador por el objeto (la rebeca), la procedencia por el producto (holanda), etc.

También hay casos de deonimización basados en la metáfora, o sea, en relaciones de semejanza. Cuando decimos de un chico que está hecho un donjuán, estamos diciendo que es como Don Juan (Tenorio) porque anda por ahí rompiendo corazones a su imagen y semejanza.

La tilde de los demostrativos

20 de Octubre de 2007

En la inmensa mayoría de los casos es correcto escribir los demostrativos sin tilde.

En español tenemos tres series de demostrativos. Este es el conjunto completo de formas:

1. Este - esta - esto - estos - estas

2. Ese - esa - eso - esos - esas

3. Aquel - aquella- aquello - aquellos - aquellas

Los demostrativos pueden funcionar como adjetivos o como pronombres. Cuando funcionan como adjetivos, modifican a un sustantivo:

Quiero esa camisa

Cuando los demostrativos funcionan como adjetivos, nunca se acentúan.

Cuando funcionan como pronombres, desempeñan la función de un nombre o, para ser más exactos, de un sintagma nominal completo:

Quiero esa

Cuando funcionan como pronombres, algunos de ellos (no todos) puede ser obligatorio acentuarlos (en la práctica, casi nunca). Para empezar, nunca llevan tilde las formas neutras:

Esto - eso - aquello nunca se acentúan

¿Por qué? La tilde que reciben algunas de las formas pronominales es una tilde diacrítica o acento diacrítico, que es el que evita que confundamos palabras diferentes que se escriben igual. Nunca puede haber confusión con las formas neutras porque solo pueden ser pronombres. Podemos escribir:

Esto es increíble

Lo que no podemos hacer nunca es combinar esa forma del demostrativo con un nombre: esto árbol.

El resto de las formas pronominales solo es obligatorio acentuarlas si se puedan confundir con la forma adjetiva y dar lugar a interpretaciones erróneas, que es lo que puede pasar en estas dos oraciones:

Matilde dejó a ese tonto
Matilde dejó a ése tonto

La tilde nos indica que tenemos que interpretarlas así, respectivamente:

Matilde abandonó a ese tonto
A ese Matilde lo dejó tonto

Hasta aquí, en teoría, todo está muy bien. En la práctica, lo que hay que hacer es redactar de forma más clara y dejarse de tildes diacríticas. El primer par de oraciones tenemos que leerlo dos veces para enterarnos de lo que nos están diciendo. Las del segundo par, en cambio, se entienden a la primera.

No hay más casos obligatorios. Cuando los demostrativos se utilizan como pronombres sin dar lugar a ambigüedad, el acento es facultativo, es decir, queda a nuestro criterio el ponerlo o no ponerlo. Sin embargo, es preferible no poner tilde en estos casos. Cuando hay dos posibilidades correctas, y una es más sencilla y otra más complicada, se prefiere la sencilla.

En resumen, si tenemos una tilde en un demostrativo, hay que leer otra vez esa oración. Si la tilde no es obligatoria, hay que quitarla; y si lo es, hay que rehacer la oración para que desaparezca.

El leísmo

19 de Octubre de 2007

El leísmo es un uso antinormativo que consiste en utilizar el pronombre le(s) para el complemento directo:

Comenta que las autoridades les recogieron en la playa [Abc, 22-9-2007]

En el ejemplo anterior, la norma hubiera exigido escribir:

Comenta que las autoridades los recogieron en la playa

El sistema etimológico de pronombres personales átonos (es decir, el sistema heredado del latín) únicamente comprende los pronombres lo(s), la(s) para la tercera persona del complemento directo:

Yo lo conocí el mismo día que a Bertolt Brecht [Ramón J. Sender: Álbum de radiografías secretas]

También los saludamos con efusión [Azorín: En lontananza]

Estas formas son las corrientes en Andalucía y América y son siempre correctas.

De todas las variedades de leísmo, solo el de persona singular masculino está aceptado en la norma:

Esto leía el pobre Pere cuando le mataron [Eduardo Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta]

Además existen estos otros tipos, todos ellos considerados incorrectos:

1. Leísmo de cosa:

—No, no me lastimes y te le daré [el anillo] [Mariano José de Larra: El doncel]

2. Leísmo de persona masculino plural:

Les persiguieron, les encarcelaron y les condenaron por practicar la poligamia [Fernando Arrabal: La torre herida por el rayo]

3. Leísmo de persona femenino (tanto en singular como en plural):

Si no por Isabel, vaya si me echo novia allí, que le conocí a una tal Rosita, sobrina de un cura, como para volverle loco a cualquiera [Rafael Sánchez Mazas: La nueva vida de Pedrito de Andía, tomado de DPD: leísmo]

El leísmo femenino ha existido tradicionalmente en el País Vasco y territorios limítrofes, pero hoy tiene una nueva fuente en hablantes laístas corregidos que por ultracorrección incurren en leísmo.

Para complicar más las cosas, existen ciertos casos especiales, como el denominado leísmo de cortesía, el uso del pronombre le(s) en construcciones impersonales con se, la alternancia de régimen de los verbos de afección psíquica, las construcciones causativas formadas con los verbos hacer y dejar o los cambios de régimen que están experimentando ciertos verbos. Nos iremos ocupando de todos ellos en sucesivas entradas y nos conformaremos por el momento con presentar los aspectos básicos de un fenómeno tan complejo como este.

No hay ninguna prueba o truco que nos pueda indicar de forma sencilla y fiable si estamos utilizando el pronombre le correctamente. Al final, la cuestión se convierte en un problema de diccionario. El DPD nos proporciona ayuda en muchos casos dudosos, pero no es exhaustivo, por lo que no siempre nos sacará de apuros.

Con el leísmo, la norma le quita la razón a Castilla y se la da a Andalucía y América, que se han mantenido fieles al uso etimológico. Esto indica que la norma (por más que se haya orientado tradicionalmente hacia el habla de Castilla) no coincide plenamente con ninguna variedad regional concreta.

El leísmo no es ningún invento reciente. Las vacilaciones entre le y lo vienen siendo constantes desde la Edad Media. Para que el hablante leísta se consuele un poco, le diremos que está en muy buena compañía. Algunos de nuestros grandes clásicos eran leístas. Como muestra, ahí va un buen leísmo de cosa, nada más y nada menos que de Cervantes:

Cerró el papel Rutilio con intención de dársele a Policarpa [Miguel de Cervantes: Los trabajos de Persiles y Sigismunda]