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Los fonemas son unidades de análisis lingüístico que están basadas en los sonidos de una lengua, pero que no debemos confundir con estos. Un fonema es el segmento mínimo —al que llegamos por abstracción a partir de los sonidos de la cadena hablada— que es capaz de sustentar una distinción de significado careciendo de significado él mismo.

Todos tenemos la experiencia de que el habla está formada por sonidos que se van engarzando para formar una cadena. Sabemos, asimismo, que esas cadenas son portadoras de significados. Incluso somos capaces de aislar sonidos individuales en ellas y decir que boca empieza con el sonido be y poca, con el sonido pe. Los fonemas, sin embargo, no coinciden con ningún sonido particular porque se sitúan en un nivel de análisis más abstracto. Existen en español dos fonemas que representaremos como /b/ y /p/, que están basados en los sonidos anteriores, pero que no son ellos, sino que constituyen una idealización a la que llegamos a partir de ellos. Los escribimos encerrados entre barras porque esta es la convención que se utiliza para indicar que estamos representando fonemas y no grafemas, que se representan entre ángulos (<>), o sonidos, que se escriben entre corchetes ([]).

El procedimiento clásico para identificar fonemas es el establecido por los lingüistas de la Escuela de Praga en la primera mitad del siglo XX. Consiste en contraponer pares de palabras con diferente significado que compartan la totalidad de su sustancia fónica a excepción de un único segmento, o sea, un solo sonido individual. Esto es lo que ocurre con boca y poca. Su segmento inicial es el que aguanta todo el peso cuando enfrentamos una palabra con la otra. Si esa pieza falla, si por el motivo que sea no percibimos nítidamente este segmento inicial, seremos incapaces de decidir si nos han dicho lo uno o lo otro y fracasarán nuestros intentos de interpretación. Por el contrario, si la percepción es exitosa, esta nos remitirá inmediatamente al significado adecuado, es decir, seremos capaces de identificar la palabra y de entenderla. La conclusión es clara: /b/ y /p/ se oponen en español. Acabamos de identificar dos fonemas de nuestra lengua.

Si continuamos aplicando el procedimiento a nuevos pares de palabras, comprobaremos que boca no solo se opone a poca por su segmento inicial, sino también a coca, foca, loca, moca, roca y toca. De esta forma habremos identificado de una tacada los fonemas /k, f, l, m, rr, t/. Así, por medio de contraposiciones sucesivas, se llega a establecer de manera exhaustiva el repertorio de fonemas de una lengua, que constituye un conjunto limitado y cerrado.

Es fácil comprobar que los fonemas son más abstractos que los sonidos que de hecho componen el habla. En efecto, un fonema es una idealización que admite realizaciones muy diferentes. Por ejemplo, el fonema /b/ del español tiene dos variantes en el habla. En la primera no se llegan a cerrar los labios. Estos simplemente se aproximan mientras expiramos el aire y vibran las cuerdas vocales. Esta primera versión de /b/ es la que encontramos en tubo, alba o curvaEn la segunda, en cambio, los labios se juntan brevemente para interrumpir el paso del aire y liberarlo acto seguido sin que dejen de vibrar en ningún momento las cuerdas vocales. Esta es la be que aparece en comba o cuando de repente gritamos ¡Bien! El hablante nativo no es conciente de ello porque realiza todas estas operaciones de manera automática, pero está aplicando una regla por la que siempre se realiza la primera versión, menos después de una consonante nasal o en posición inicial absoluta (al empezar a hablar o después de una pausa). La primera se representa en notación fonética con una beta [β]; la segunda, con una be [b]. Es decir, en español tenemos un solo fonema /b/ con dos alófonos.

Este es el concepto de fonema del funcionalismo praguense, tal como lo concibe Nikolái Trubetskói y lo desarrolla Roman Jakobson. Está basado en la semántica, por lo que el lingüista solo puede identificar los fonemas de una lengua que entiende. La lingüística norteamericana llegará a otro procedimiento basado en la distribución. Los fonemas se aíslan a base de analizar los contextos en que puede o no puede aparecer un sonido dado. En condiciones ideales, esto permite incluso inventariar los fonemas de una lengua que no entendemos. Pero nos quedaremos aquí de momento porque esta segunda noción de fonema nos llevaría ahora demasiado lejos.

No todas las clases de palabras se comportan igual respecto del acento prosódico. Es una idea muy extendida que “todas las palabras se pronuncian con acento”. Sin embargo, esto solo es así cuando se emiten aisladas. En la cadena hablada, unas son tónicas y otras, átonas. Voy a explicar a continuación la diferencia entre unas y otras centrándome en los casos generales. Ya habrá tiempo de ocuparse de las excepciones.

Palabras tónicas son las que cuentan con un acento prosódico que recae sobre alguna de sus sílabas. Palabras átonas, en cambio, son las que carecen de acento propio en la cadena hablada. Estas últimas, en consecuencia, se tienen que apoyar en una palabra tónica para su pronunciación. La siguiente oración contiene ejemplos de unas y otras:

(1a) Miré por la ventana y vi un frondoso castaño

Si lees la oración (1a) en voz alta, advertirás que es así como se distribuyen los acentos y se agrupan las palabras:

(1b) mi porlabenna i ún fronso kasño

Suelen ser tónicas las palabras significativas, es decir, las que tienen significado léxico. Es fácil comprobar que en (1b) se pronuncian tónicos los sustantivos ventana y castaño, los verbos mirar y ver, y el adjetivo frondoso. Sustantivos, verbos y adjetivos son las tres clases de palabras típicamente tónicas. También suelen ser tónicos los adverbios, por ejemplo, todavía en la siguiente secuencia:

(2a) Un castaño todavía joven

(2b) ún kasño todaa jóben

Para las restantes clases de palabras ya hay que ir diferenciando casos. Dentro de los pronombres, se pronuncian con acento propio los que funcionan como sujeto (yo, tú, él, etc.) y como término de preposición (mí, ti, sí, etc.):

(3a) Tú lo quieres para ti

(3b) lokiéres para

De entre los determinantes son tónicos, entre otros, los indefinidos (por ejemplo, un, algún, ningún y todas sus variaciones de género y número), como en la palabra inicial de (2b) arriba, y los demostrativos (este, ese, aquel y sus variantes).

Tienden a ser átonas, por su parte, las palabras con función gramatical. Esto es lo que les ocurre a las preposiciones (a, de, con, por, para, sin, etc.). Son también átonos algunos determinantes, como el artículo (el, la, los, las) y los posesivos antepuestos al nombre: mi, tu, su, nuestro, vuestro. En (4b) se representa la pronunciación átona del artículo la, la preposición de y el posesivo nuestro:

(4a) La finca de nuestro abuelo

(4b) lafínka denuestroabuélo

Son átonas, asimismo, las conjunciones, como que y aunque en los siguientes ejemplos:

(5a) Veo que progresas

(5b) o keprogrésas

(6a) Aunque cueste, lo lograré

(6b) aunkekuéste lologra

Dentro de los pronombres hay división. Antes nos hemos referido a algunos de los que son tónicos, pero también los tenemos inacentuados, empezando, naturalmente, por los denominados pronombres átonos (me/nos, te/os, se, lo/los, la/las, le/les) y continuando por los relativos (que, cuando, donde, como, etc.). Obsérvense en (7b) el pronombre me y los relativos donde y que:

(7a) La ciudad donde me encuentro, que es Cáceres, es patrimonio de la humanidad

(7b) laziudád dondemenkuéntro keés zeres és patrinio delaumanidád

Hay que tener cuidado, eso sí, para no confundir los pronombres relativos con sus contrapartidas exclamativas e interrogativas, que se pronuncian y escriben con acento (¡Qué bonito!, ¿Dónde vives?).

Ser capaz de distinguir entre palabras tónicas y palabras átonas es fundamental para todo el que quiera entender las reglas de acentuación, especialmente las relativas a la tilde diacrítica. Manejarse con soltura en esta parcela es, asimismo, imprescindible para quienes han de hablar en público, pues de otro modo es imposible lograr una buena locución. También importan estas nociones, y mucho, a los estudiantes de español como lengua extranjera que deseen lograr una pronunciación aceptable. Los rasgos prosódicos, como el acento y la entonación, son fundamentales para que el discurso sea percibido como natural y entendido correctamente. Pueden tener más peso, incluso, que la correcta realización de los fonemas individuales. Si con esto no te he convencido de la importancia de esta distinción, ya no sé qué más se podría hacer.

Hasta la próxima.

La palabra acento es polisémica. En el sentido que nos ocupa en esta entrada, tiene dos significados: uno referido a la escritura y otro a la pronunciación. Por un lado, nos podemos referir con ella al trazo oblicuo que se marca sobre algunas vocales en la escritura, como en habló. Por otro lado, sirve para denominar a la especial fuerza con que se pronuncia una sílaba determinada de una palabra, como ocurre al pronunciar la sílaba -bló del ejemplo anterior.

Cuando alguien nos pregunta si solo tiene acento o si las mayúsculas llevan acento, por lo general se está refiriendo a la primera acepción, la que tiene que ver con la escritura. Existen para ella dos nombres técnicos que la designan inequívocamente: acento ortográfico y acento gráfico. Estas denominaciones específicas coexisten con la de tilde, que es más frecuente aunque menos precisa, ya que puede aplicarse también al trazo ondulado que corona la eñe. No obstante, la denominación tilde por lo general nos sirve para entendernos. El único acento gráfico que tiene uso en español es el denominado acento agudo, que es el que va de izquierda a derecha, como si dijéramos echado para adelante, véase: á, é, í, ó, ú. Es un error utilizar el denominado acento grave, que discurre en sentido contrario, y, por supuesto, el circunflejo (ô).

El acento en cuanto que especial hincapié en la pronunciación de una sílaba se denomina específicamente acento prosódico (el tecnicismo prosódico viene a significar aquí algo así como ‘de la pronunciación’). Todas las palabras, cuando se pronuncian aisladas, tienen acento prosódico. Lo normal en español es que una palabra contenga uno solo. La excepción son los adverbios terminados en -mente, que tienen dos. Esta excepcionalidad en la pronunciación es la que justifica que sigan una regla particular de acentuación gráfica.

La presencia de un acento en el plano fónico no siempre se marca en la escritura. Se hace, por ejemplo, en el caso de habló, pero no en el de hablo. Para decidir qué vocales se tildan y cuáles no, existen unas reglas que son convencionales y que dividen a las palabras en tres grandes grupos: palabras esdrújulas, llanas y agudas. Estas son las reglas generales, que constituyen el núcleo del sistema. Se complementan con otras reglas particulares para acentuación de los diptongos, de los triptongos y de los hiatos. Los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo casos de tilde diacrítica.

Entre el acento ortográfico y el prosódico se da una relación asimétrica. Una tilde siempre indica que la sílaba correspondiente se pronuncia con acento prosódico. El acento prosódico, en cambio, no siempre tiene reflejo en la escritura. Así, no hay ningún signo que nos indique explícitamente que la sílaba acentuada en la pronunciación de comer es la última. Y, sin embargo, nos basta con leer esta palabra para saber que esto es así. Esto se explica porque las reglas de acentuación gráfica están formuladas de tal modo que permiten saber siempre a partir de la escritura en qué sílaba recae el acento prosódico. Gracias a ello, podemos pronunciar correctamente una palabra con la que nos topemos en la lectura y que nunca hayamos oído.

Las reglas de acentuación ortográfica del español constituyen un sistema amplio y complejo. Para darse cuenta de ello no hay más que intentar escribir un texto acentuando correctamente o ponerse a corregir exámenes como estoy haciendo ahora mismo. Pero no es ese, ni mucho menos, el único sistema amplio y complejo con el que nos enfrentamos en nuestra vida. Por poner solo un ejemplo, no creo que las reglas del fútbol tengan nada que envidiarles a estas en amplitud y complejidad y, sin embargo, me consta que muchos de mis estudiantes las dominan a la perfección aunque no atinen a poner una tilde en su sitio. Todo es cuestión de interés.

La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.

El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.

Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.

La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.

Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.

Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.

Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…

Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.

Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.

No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.

Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?

En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.

¿O no? ¿Tú qué piensas?

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La ortografía como factor de unidad lingüística]

Palabras homófonas son las que tienen la misma pronunciación. Algunos ejemplos de homófonos son caso ‘suceso’ y caso (del verbo casar), cojo (del verbo coger) y cojo ‘que cojea’, vaca ‘hembra del toro’ y baca ‘portaequipaje’, etc.

Como vemos arriba, los homófonos pueden tener una misma grafía (como ocurre con los dos primeros pares de ejemplos). Decimos entonces que además de ser homófonos son homógrafos. Pero también pueden presentar grafías diferentes (véase el último par).

La homofonía se puede considerar como un caso particular o un aspecto de la homonimia. Cuando las palabras en cuestión no solo suenan igual, sino que también tienen una misma escritura, nos hallamos ante homónimos totales. Si comparten la pronunciación, pero difieren en la escritura, se trata de homónimos parciales.

El cambio lingüístico puede contribuir al aumento del número de homófonos. Así, las alteraciones que con el tiempo va sufriendo la pronunciación de las palabras pueden dar pie a que unidades léxicas con etimologías diferentes converjan fonéticamente, como les ocurrió a león (animal), procedente de leonem,León (ciudad), a partir de legionem. Fenómenos de reordenación del sistema fonético del español como el seseo, el ceceo y el yeísmo han aportado nuevos homófonos a las variedades correspondientes. Hoy, la mayoría de los hablantes pronuncian exactamente igual pozo y poso, hallamos y hayamos.

En general, el desgaste de la sustancia fónica tiende a producir homófonos. Entre las lenguas de nuestro entorno, el francés y el inglés se caracterizan por haber sufrido una evolución muy radical al respecto, con una fuerte erosión fonética de los estratos más antiguos de su léxico. Esto se percibe en la abundancia de monosílabos y bisílabos e, indirectamente, en la proliferación de homófonos (por más que la ortografía enmascare esto último hasta cierto punto). Así, por ejemplo, encontramos en estas lenguas homófonos con grafías tan alejadas como poil [pwal] ‘pelo’ y poêle [pwal] ‘sartén’ o nose [nəʊz] ‘nariz’ y knows [nəʊz] ‘(él) sabe’.

Aunque los casos centrales de homofonía son los que afectan a unidades léxicas, tampoco hay que perder de vista que esta puede extenderse a secuencias completas de palabras. Eso fue lo que me llevó un buen día, picado por la curiosidad, a pedir de postre en un bar de carretera un melocotón albino, todo para encontrarme en el plato con un vulgar melocotón… ¡al vino!

Una lengua puede digerir elevadas dosis de homofonía sin que la comunicación se vea perturbada. Es perfectamente indiferente que hola y ola se pronuncien igual, pues resulta difícil imaginar algún contexto en que se pudiera producir una confusión. Sin embargo, si se percibe que la homofonía es fuente de dificultades, se puede sustituir uno de los miembros del par con el fin de evitar posibles choques. Se suele citar como ejemplo la tendencia en algunas zonas seseantes a sustituir caza por cacería o cocer por cocinar para desactivar posibles conflictos con casa y coser, respectivamente.

Antes de concluir quiero aclarar que arriba he ejemplificado siempre con pares de palabras para no complicar demasiado la exposición, pero la relación de homofonía puede abarcar series más amplias. Por ejemplo, quien escribe este blog pronuncia exactamente igual —por ser lo normal en su variedad de español— valla ‘cercado’, vaya del verbo ir, baya ‘fruto de ciertas plantas’ y baya (como en yegua baya, de color amarillento). Pero probablemente el francés es el rey de los homófonos entre las lenguas de Europa occidental. Sirva como muestra esta serie: au ‘al’, aux ‘a los’, ô ‘oh’, os ‘huesos’, eau ‘agua’, eaux ‘aguas’, aulx ‘ajos’, haut ‘alto’ y hauts ‘altos’; o sea, nada menos que nueve grafías diferentes para pronunciar algo tan simple como [o].

En cualquier caso, si se te ocurren homófonos curiosos o tienes que algo que comentar a propósito de esta relación léxica, eres bienvenido como siempre.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Homófonos]

Una antigua regla de acentuación establecía que cuando la conjunción o aparecía entre cifras, esta se acentuaba. Con la publicación de la nueva Ortografía de la lengua española de 2010, esta tilde diacrítica queda definitivamente desterrada. A partir de ahora debemos escribir 2 o 3 sin acento ortográfico.

Hay dos motivos que han llevado a jubilar esta vieja tilde, según se nos explica en la Ortografía académica (pp. 217-218, 270-271). En primer lugar, se ha tenido en cuenta un principio general que regula el uso del acento ortográfico en español:

Solo las palabras tónicas son susceptibles de llevar tilde

Pero sucede que la conjunción o es átona, es decir, carece de acento propio en la lengua oral, por lo que para pronunciarse se apoya en la palabra que viene a continuación. En consecuencia, acentuarla en secuencias como 1 ó 2 rompía este principio general y, por tanto, iba contra la economía del sistema de acentuación ortográfica del español.

En segundo lugar, consideran los académicos que en los textos impresos o electrónicos actuales la tipografía es lo suficientemente clara como para evitar posibles confusiones. Incluso en manuscritos, basta con esmerarse un poco para que los espacios en blanco dejen claro cómo se ha de leer el texto.

Desde un punto de vista comparativo, se puede señalar que en italiano no existe nada parecido a esa tilde diacrítica y en catalán tampoco. En estas dos lenguas románicas, esa conjunción es una simple o, como en castellano, sin que hasta la fecha se haya producido ninguna catástrofe por confundir 2 o 3 con 203.

Por otra parte, la antigua norma daba pie a que muchas personas, por hipercorrección, se empeñaran en poner la tilde también cuando los números estaban escritos en letra: dos ó tres. Incluso, como me hace ver mi amiga Ester, había quien, aplicando una acentuación preventiva, escribía sopa ó ensalada.

Si esta reforma contribuyera a salvar de semejantes banderillazos a esta pobre letra, bienvenida sea.

Pero no tengamos tampoco demasiada esperanza en ello.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Por qué se deja de acentuar la conjunción o]

Un alumno neozelandés, que estaba empezando a aprender español, un día me saludó con un alegre ¡Jola!, ¿kué tal? Al principio esto me dejó desconcertado. Después caí en la cuenta de que quería decir: Hola, ¿qué tal? Cuando le corregí, me hizo un comentario que es el que, años después, da pie a esta entrada: Pero se escribe así…

Está claro que los seres humanos sabían hablar desde mucho antes de que se empezaran a desarrollar, siquiera de forma rudimentaria, los primeros sistemas de escritura. En la historia de la humanidad primero fue lo oral y después vino lo escrito. Ese proceso por el que pasó la especie en su conjunto se ha ido repitiendo a escala más reducida para cada una de las comunidades lingüísticas del mundo, que han ido aprendiendo las unas de las otras a fijar su habla por escrito. Todas ellas sabían hablar previamente y sabían muy bien lo que decían. Es más, a día de hoy muchas lenguas del mundo siguen sin escribirse, lo que no les impide cubrir a la perfección las necesidades expresivas y comunicativas de las gentes que se sirven de ellas. No hay, en cambio, ninguna lengua que se escriba pero no se hable (y nunca se haya hablado). Por tanto, aquí también viene primero lo oral y solo después llega lo escrito (si es que llega). Este es, por otra parte, el mismo recorrido que realiza cada persona en su vida. Todos hemos aprendido primero a hablar y solo después algunos hemos aprendido a escribir. La población mundial era mayoritariamente analfabeta hasta hace unas cuantas décadas y todavía hoy la UNESCO calcula que 800 millones de personas no saben leer ni escribir. Y una vez más, salvo discapacidad, no hay nadie que sepa escribir y no sepa hablar.

Por otra parte, si nos fijamos en lo que hace el común de los mortales, veremos que pasamos mucho más tiempo hablando que escribiendo, incluso en esta época nuestra en que tecleamos como locos en ordenadores y teléfonos móviles.

Todo esto nos debería hacer sospechar que para el ser humano la lengua oral es más importante y más básica que la escrita. Y, sin embargo, ¿por qué le damos tanto valor a unos cuantos trazos grabados en un papel, una piedra o una pantalla?

La escritura es un invento poderoso. Los primeros pueblos que la conocieron adquirieron una ventaja sobre los demás que difícilmente nos podemos imaginar y que probablemente igualaba o superaba en términos proporcionales a nuestras actuales brechas tecnológicas o digitales. La escritura multiplicó las dimensiones y la complejidad de los Estados al permitir fijar las leyes de manera inalterable y enviar instrucciones precisas a los rincones más apartados de un imperio. Permitía también dejar constancia indiscutible de la propiedad. Gracias a ella el comercio pudo alcanzar unas proporciones que nadie hubiera podido soñar. Los escritos ayudaron a viajar en el tiempo y en el espacio a esos virus llamados ideas, que ahora podían transmitirse de unas personas a otras sin necesidad de que hubiera contacto directo. Y no debemos olvidar que la escritura brindaba a la divinidad nuevas formas de manifestarse. No en vano las tres religiones más exitosas del mundo —el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam— reposan sobre la autoridad de las Sagradas Escrituras. La habilidad de leer era rara y preciada porque quien la poseía se convertía en vínculo con el poder, la riqueza, la sabiduría y lo sobrenatural. Quien además sabía escribir podía aspirar a convertirse en fuente de todo esto.

No es de extrañar, por tanto, que la palabra escrita adquiriera un prestigio incomparable que llevó a invertir los términos de la relación entre lo oral y lo escrito. Si en el inicio la escritura intentaba registrar lo hablado lo mejor que podía, llegó un momento en que fue la lengua oral la que empezó a sentirse acomplejada al lado de la perfección de la lengua escrita y a sentirse en la necesidad de imitarla. La que había sido la maestra acabó reducida así a la condición de alumna rezagada. La veneración por lo escrito no se ha perdido a pesar de los saludables progresos de la alfabetización. Antes al contrario, en nuestro paso por las aulas nos han explicado que adquirir una cultura equivale, por encima de todo, a aprender a leer y escribir textos cada vez más complejos.

La lingüística ha puesto también su granito de arena. Todo haría esperar que esta se volcara en lo oral. Pero no podemos olvidar que los estudios gramaticales (re)surgen en la Edad Media europea para dar respuesta a una necesidad muy concreta; la cultura estaba escrita en una lengua que ya no entendíamos: el latín. La gramática era un auxiliar que nos enseñaba a descifrar textos oscuros. Todavía hoy nuestras gramáticas están concebidas más para ayudar a entender que para ayudar a producir, y sirven bastante bien para dar cuenta de la lengua escrita estándar, pero naufragan en cuanto intentamos aplicarlas a la conversación cotidiana. Cuando vemos que las reglas gramaticales no encajan con nuestra forma de hablar, no llegamos a la conclusión de que la gramática está mal hecha (o de que no está hecha para eso), sino que decidimos que hablamos mal y asunto solucionado.

Por eso tienen también más prestigio las variedades de una lengua cuya pronunciación está más cercana a la ortografía. De ahí, por ejemplo, que se suela emplear como arma arrojadiza contra seseantes y ceceantes el que su pronunciación no respete la escritura.

Y así volvemos a donde empezamos. Quienes dicen eso sólo tendrían razón si la tuviera aquel alumno que saludaba a sus profesores con un Jola, ¿kué tal? Pero aquel simpático principiante probablemente se desenvuelve hoy con soltura en español y ya ha entendido que una cosa es cómo se habla y otra cómo se escribe y que históricamente el habla no es imitación de la escritura sino más bien al revés.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Qué es primero: lo oral o lo escrito?]

La aliteración es la repetición de uno o más sonidos en una secuencia fónica. Es uno de los recursos clásicos de la poesía. Un ejemplo que hizo famoso Dámaso Alonso se encuentra en la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora:

Infame turba de nocturnas aves

Como se puede ver, en el verso anterior se repite -tur-, que además es la sílaba tónica en ambos casos, lo que le da aún más fuerza.

Si me ocupo hoy de la aliteración no es porque este blog de lengua se empiece a escorar hacia la literatura sino porque las figuras retóricas tienen también su vertiente lingüística. La retórica, la pobre, hoy tiene mala fama, pero en sus inicios lo que intentaba era algo tan sencillo (y tan complicado) como enseñarnos a hablar de forma efectiva, persuasiva y, a ser posible, elegante.

Lo que hay que advertir aquí es que si la aliteración puede ser un valor en poesía, por lo general constituye un defecto en la prosa. Gómez Torrego, en su imprescindible manual Hablar y escribir correctamente, presenta el siguiente ejemplo, plagado de aliteraciones indeseables:

Se apoderó de él tan terrible terror que se quedó sin saber qué comentar

En cuanto leemos esa oración en voz alta, nos damos cuenta de que aparece tres veces el sonido t en posición inicial de palabra y otras dos la erre fuerte —con el agravante de que esta última está incluida en una sílaba tónica, lo que le da más realce, de manera análoga a lo que ocurría con el endecasílabo gongorino de arriba—. Por si fuera poco, a continuación se repiten machaconamente el sonido k y la ese.

Se deslizan más aliteraciones de las que creemos en textos escritos en silencio, aporreando a toda prisa las teclas del ordenador. En el fondo, tenían razón nuestros mayores, que solían escribir prácticamente al dictado, repitiendo para sí mismos las palabras que la mano iba dibujando sobre el papel.

Nunca está de más leer un texto en voz alta antes de darlo por terminado. Esta sencilla operación nos revelará aspectos en los que no habíamos reparado mientras redactábamos. Y esto, que por lo general es recomendable, se vuelve imprescindible si lo escrito está destinado a presentarse de viva voz, como ocurre con un discurso o una noticia radiofónica.

Un fallo garrafal en estas lides de la oratoria consiste en lanzarse a hablar a toda velocidad. Pero, un momento: ¿has intentado alguna vez llenar una botella de aceite con un embudo? ¿A que enseguida se sale? Pues lo mismo le pasa a la cabeza de tu público. El contenido es espeso y la capacidad de los oyentes para asimilarlo, limitada. Dales tiempo. Incluso desde el punto de vista acústico, se necesita más tiempo para absorber un discurso que una conversación informal.

El problema suele venir por dos causas. Para empezar, cuando nos ponemos nerviosos nos aceleramos. Podría darnos hacerlo todo más despacio, pero el caso es que tendemos a atropellarnos. Pues bien, aquí también se aplica aquello de Vísteme despacio, que tengo prisa.

La otra causa es, a menudo, que hemos preparado demasiado material y —claro— nos creemos en la obligación de soltarlo a cualquier precio. ¿Pero de qué sirve que contemos muchas cosas si nadie se entera?

Te recomiendo que planifiques y ensayes tu presentación. En los ensayos es bueno que tengas a alguien delante para que la situación sea más realista (esos sufridos hermanos, novios y compañeros de piso que están para estas ocasiones). Y si esto no es posible, también ayuda el visualizar en tu mente el lugar donde vas a hablar y el público ante el que lo vas a hacer.

Cuando por fin llegue el momento de la verdad, no claves la vista en el papel. Antes de nada, mira a las personas que te van a escuchar, respira y, cuando te des cuenta de que te están atendiendo, empieza a hablar. Durante la exposición, sigue respirando con el abdomen y mantén el contacto visual con el público, verás cómo naturalmente la cadencia del discurso se va adaptando a la situación.

Tampoco está de más que llegues con tiempo. Si vienes corriendo porque se hace tarde, seguirás a toda marcha cuando tomes la palabra.

Esto son solo un par de sugerencias. Seguro que tú tienes tus propios trucos y técnicas que quieres compartir con los demás. Déjanos tu comentario.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Fallos en una exposición oral: hablar demasiado deprisa]

No, esto no es un chiste del tipo Van un inglés, un francés y un español. Va muy en serio y espero que sirva para mostrar que lo que en unos parajes es correcto en otros se puede considerar dialectal o incluso vulgar.

El francés y el español son dos lenguas románicas que, partiendo de la base del latín vulgar, se han ido alejando poco a poco. Resulta curioso, sin embargo, que en este viaje una de las variedades del español, el andaluz, haya llegado al mismo sitio que el francés.

Para no complicar demasiado la exposición voy a pedirles a los lectores que me permitan la licencia de tratar el andaluz como si fuera una variedad homogénea, aunque todos sabemos que no lo es.

La primera coincidencia y más llamativa es el seseo. Comparemos las siguientes palabras:

Cesar – cesser [sɛ.se]

Si yo, como hablante de Castilla, pronuncio el verbo cesar, haré una diferencia entre la primera consonante y la segunda. Un hablante andaluz, en cambio, las pronunciará iguales. Pues bien, en esto coincidirá con el hablante de francés.

El francés, como lengua, es seseante. Si carece de denominación para este fenómeno, es porque cuando todo el mundo sesea desaparece la noción misma de seseo, igual que, si todos fuéramos rubios, no tendríamos nombre ni para rubio ni para moreno. Es importante explicar esto para que entendamos que el concepto de seseo, en español, solo adquiere sentido en contraste con las variedades distinguidoras del Norte de la Península Ibérica.

Otro fenómeno fonético típicamente andaluz es la pérdida de las consonantes finales. Estoy seguro de que muchos hablantes andaluces pronunciarían el verbo cesar sin la -r final. Una vez mas, es lo mismo que encontramos en francés.

De rebote, la relajación y pérdida de las consonantes finales podría llevar a confundir el singular y el plural. Uno de los mecanismos compensadores que se han desarrollado en andaluz consiste en marcar el plural mediante la apertura vocálica. En los dos ejemplos siguientes, la o abierta [ɔ] distingue el plural del singular:

Niño – niños

[ 'ni.ɲo - 'ni.ɲɔ]

Algo de esto podemos encontrar también en francés, por ejemplo, en el artículo determinado, cuyo plural se pronuncia con una e más abierta:

Leles (‘el – los’)

[lə] – [lε]

La última semejanza de que me voy a ocupar aquí tiene que ver con el uso de los pronombres personales. En castellano tenemos y usted como formas de confianza y de respeto, respectivamente, del pronombre de segunda persona. Estas formas se corresponden en plural con vosotros y ustedes:

Tú – usted

Vosotros – ustedes

Este sistema queda simplificado en andaluz con la pérdida de la forma de confianza vosotros en el plural, con lo que el anterior cuadrado castellano queda convertido en un triángulo invertido:

Tú – usted

Ustedes

Pues bien, esta es, ni más ni menos, que la disposición que encontramos en francés, lengua en la que a tu (confianza) – vous (respeto) en singular se opone únicamente vous en plural:

Tu – vous

Vous

Insisto en que para desarrollar esta breve comparación me he visto obligado a simplificar mucho y a pasar por alto la considerable diversidad de las hablas andaluzas. Lo que me interesaba no eran los detalles sino mostrar cómo un mismo fenómeno lingüístico puede tener diferente consideración social en diferentes lugares.

No faltará quien me diga —y con razón— que lo que aquí cuento no es, ni mucho menos, exclusivo del andaluz, sino que también es aplicable en mayor o menor medida a las variedades americanas del español. Y así es, efectivamente, porque el español de América empieza en Andalucía y continúa en Canarias. Pero ya habrá tiempo para fijarse en América; hoy me apetecía hablar de las cosas de aquende los mares.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿En qué se parecen el francés y el andaluz?]

Nota: los archivos de sonido con los que se ilustran las pronunciaciones de cesser, le y les proceden del Proyecto Shtooka y han sido publicados bajo licencia Creative Commons Atribución 2.0 Francia.