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Oraciones de relativo explicativas

Las oraciones de relativo explicativas funcionan como un inciso respecto de la oración principal. Vamos a ver primero un ejemplo y a continuación aclararemos a qué nos referimos exactamente. La secuencia destacada en negrita en (1) es una oración de relativo explicativa:

(1) Don Sisebuto, que estaba secretamente enamorado, era un caballero a la antigua.

Cuando digo que funcionan como un inciso, a lo que me refiero es a que introducen una información que es accesoria. Nos dan una explicación adicional (de ahí su nombre), pero que no pasa de ser un añadido prescindible.

Para que veas que, efectivamente, se comportan como un inciso, prueba a quitar en (1) la oración de relativo y a colocar entre las comas las siguientes secuencias, que tienen una naturaleza muy variada y no son, ni mucho menos, oraciones de relativo:

(2) el muy cursi

(3) ¡ay!

(4) persona honrada de la cabeza a los pies

(5) para qué nos vamos a engañar

Lo que tienen en común todas esas secuencias es que se trata de añadidos que se incrustan en la oración principal, pero que no alteran su sentido. Esta nos sigue hablando en todos los casos de lo antiguo que era Sisebuto.

Por aquí podemos enlazar fácilmente con la otra característica de estas oraciones: la información que introducen es prescindible. Como son un mero añadido, podemos eliminar cualquier oración de relativo explicativa sin que se altere el sentido de la oración principal. Si hacemos eso con el ejemplo (1), lo que nos queda es lo siguiente:

(6) Don Sisebuto era un caballero a la antigua.

El ejemplo (6) es una oración completa y su sentido no ha cambiado en comparación con (1). Lo único que hemos hecho ha sido quitarle los añadidos.

En la lengua oral, las oraciones de relativo explicativas se reconocen por dos cosas: a) se marca una pausa al principio y al final; y b) la entonación desciende respecto del nivel de la oración principal y después recupera ese nivel; o sea, bajamos un escalón y después volvemos a subirlo para indicar que retomamos el hilo de lo que estábamos diciendo. En la lengua escrita es obligatorio situarlas entre comas. Todo esto permite diferenciarlas de las oraciones de relativo especificativas, que son el otro tipo que existe.

De sus compañeras especificativas nos ocuparemos en otro artículo porque para aprender bien las cosas es mejor no mezclarlas, sino aprender primero una y, cuando esa ya se domina, lanzarse a por otra. También nos ocuparemos en otro momento de la noción de oración de relativo. De momento, la daremos por sabida.

Fallos en una exposición oral: Saltarse la conclusión

Todo discurso tiene que cerrarse con una conclusión. Esto forma parte de las expectativas de tu público. Si falta, no te lo van a perdonar. Te vas a presentar tú solito como un principiante que deja coja su presentación y, con ello, habrás perdido tu oportunidad de convencer. Adiós al contrato, al puesto, al sobresaliente…

Desde los tiempos de la Grecia clásica, cualquier presentación que se precie se estructura siguiendo este principio básico, que debes grabarte con letras de oro:

Hablar de lo que se va a hablar, hablar y hablar de lo que se ha hablado

Estos tres momentos corresponden, respectivamente, a la introducción, el desarrollo y la conclusión.

La conclusión es la última oportunidad que tienes de captar la atención del público. Si no los convences ahora, ya no lo vas a hacer nunca. La gente, cuando se da cuenta de que se aproxima el final, suele estar más receptiva y quiere enterarse de todo lo que se le ha escapado antes. Emprenden entonces el regreso desde las lejanas tierras de Babia para acompañarte al menos en esos instantes finales. Aprovecha la ocasión. Es el momento de recapitular y, sobre todo, de priorizar. Plantéate una pregunta:

¿Qué es lo que quiero que recuerde mi público de todo lo que le he contado?

Cuando tengas la respuesta, prácticamente tendrás la conclusión.

 

Fallos en una exposición oral: Contar cosas que no entiendes

Si queremos que nos entiendan, lo primero es entendernos nosotros. Así de fácil. Y así de difícil. Para presentar eficazmente un producto, explicar una lección con claridad o seducir a un tribunal con un tema, es imprescindible que nos hayamos metido en las entretelas de ese producto, que nos hayamos empapado de la asignatura y que hayamos destripado esa materia.

Uno de los típicos fallos de principiante de quien tiene que hablar en público consiste en repetir conceptos, ideas y argumentos que no ha entendido, pero que le han parecido importantes. Craso error. Cualquier persona que esté escuchando y posea unos mínimos conocimientos del tema se va a percatar inmediatamente de la presencia de unos cuerpos extraños que flotan como grumos sobre tus palabras.

Todos tenemos la experiencia de haber soportado una clase confusa, una explicación farragosa. Conviene desconfiar cuando esto ocurre. Como dijo Azorín, lenguaje oscuro, pensamiento oscuro. La labor del buen profesor o del buen orador, que para el caso es lo mismo, consiste en hacer fácil lo difícil y no al revés.

Si tienes que hablar en público, debes asegurarte previamente de que entiendes a la perfección lo que vas a contar. Si hay términos que se te escapan, debes consultarlos en un diccionario, a ser posible en uno especializado. No debes descansar hasta estar convencido de que realmente has captado su significado. Arranca una hoja de un cuaderno y haz un esquema que te permita ordenar y organizar los puntos. Dibújalo: represéntate de forma gráfica los conceptos principales y traza las líneas que muestran las relaciones entre las diferentes partes. Secuestra a tu hermano, a tu pareja o a tu compañero de piso y explícale la cuestión (la mejor forma de aprender es explicar).

Y después de todo eso, cuando puedas decirte sinceramente a ti mismo que sabes de lo que estás hablando, sal ahí y cuéntanoslo a todos. Entonces sí te lo agradeceremos.

Fallos en una exposición oral: Leer

Estamos acostumbrados a verlo: un orador que se aferra a unas cuartillas y nos suelta su discurso sin despegar las narices del papel. Lo vemos en el Congreso, lo vemos en juntas de accionistas, lo vemos en el pregón de las fiestas del pueblo… Lo vemos en tantos sitios que ya casi nos hemos acostumbrado.

Leer en lugar de hablar es como montar en bicicleta con ruedines a los lados. Nos sirve al principio, nos evita accidentes, pero todavía no es montar en bicicleta de verdad. Esos apoyos sujetan, pero también limitan. Hasta que no nos libremos de ellos, no empezaremos a disfrutar de todas las piruetas y las acrobacias que son posibles en un discurso público.

A mí me dio el empujón definitivo un profesor. Yo andaba preparando la defensa de la tesis y él se ofreció a ayudarme. Quedé un día con él en su despacho, me senté enfrente para leerle lo que traía escrito y, cuando menos me lo esperaba, alargó el brazo por encima de la mesa y me arrancó los papeles de las manos. “Ahora, empieza”. No me quedó más remedio que empezar.

Una presentación oral debe ser eso, oral. Y tiene que ser así porque hablar en público es mucho más que transmitir un contenido. Es interacción, es establecer una relación entre personas, es comunicación en estado puro. Leer, en cambio, nos limita en varios sentidos. Para empezar, nos impide establecer contacto visual con el público. Los ojos están demasiado ocupados paseando por letras y renglones como para que puedan dedicarles algunas miradas a quienes han venido a vernos y a escucharnos. La lectura también nos priva de toda la riqueza de tonos e inflexiones de la voz, de la intención y matices que ponemos en la entonación. Por muy bien que leamos (y hay quien lee muy bien), el despliegue de posibilidades de la voz nunca es comparable a lo que nos sale espontáneamente cuando explicamos. La clave está ahí. No leas: cuenta.

Pero cuidado, hablar sin leer no es sinónimo de improvisar. De hecho, para estar en condiciones de hacerlo, tendrás que prepararte a conciencia. Es imprescindible ensayar y ensayar antes de cada intervención. Eso es lo que te dará seguridad cuando te presentes ante el público. Lo curioso es que cuando llevas la presentación muy ensayada después no te limitas a recitarla. Una vez que tienes el guion y las ideas debidamente interiorizados, puedes permitirte introducir variaciones, adaptarte al momento, al lugar, al público… El camino está bien trazado y no hay riesgo de perderse. Por eso puedes aventurarte a hacer pequeñas excursiones por las márgenes o incluso sortear un obstáculo que te cierra el paso.

Lo que no sirve es memorizar tu intervención palabra por palabra. Eso es otra versión del leer y el resultado es más artificial si cabe. No debemos memorizar las palabras, sino la estructura y las ideas. Tienes que tener claro qué es lo que vas a ir contando en cada momento. Las palabras exactas ya se las irás poniendo y cambiarán cada vez que repitas ese discurso. Lo que nos ocurre a menudo es que cuando intentamos usar la memoria la usamos mal. En nuestra cultura esta facultad ha quedado arrinconada y desacreditada. Aprendizaje memorístico es sinónimo de inadecuado, superficial e inútil. Pero este desprecio es tan absurdo como si de pronto nos burláramos de las piernas por la sencilla razón de que hemos inventado automóviles y ascensores.

La memoria ha desempeñado un papel fundamental en culturas que estaban basadas en la palabra hablada. En la Antigüedad clásica había técnicas enormemente refinadas que ayudaban a los oradores a retener su discurso en la memoria. Una de ellas consistía en representárnoslo como un paseo por las estancias de una casa. Cuando estás haciendo la introducción, te encuentras en el vestíbulo. Para el primer apartado pasas al salón y allí vas recogiendo de las estanterías ejemplos, anécdotas y chascarrillos que dejaste debidamente preparados cuando estabas ensayando. Y así vas recorriendo toda la casa hasta llegar a la conclusión.

También te puede ayudar llevar el texto escrito, pero no leerlo. El tener tus papeles encima de la mesa te dará confianza porque sabes que puedes echarles mano en cualquier momento. Ve pasando las hojas a medida que hablas. Aunque no estás leyendo, sabes que podrías hacerlo si lo necesitaras. Llegará un momento en que dejarás de pasar las hojas. Y un buen día descubrirás que los papeles se han quedado allí delante sin tocar.

Todo esto no es fácil. No lo es para nadie. El conferenciante al que ves ahí expresándose con tanta naturalidad ha tenido que sudar y trabajar para lograr esa difícil facilidad. Tú también puedes hacerlo. Todo es cuestión de que lo intentes.

En fin, como ves, yo soy partidario de no leer; aunque también hay quien defiende que leer no solo no es malo, sino que a veces puede ser conveniente y hasta necesario. Para tener otro punto de vista sobre el arte de hablar en público, échale un vistazo a lo que cuenta mi amigo Cecilio. Y aprovecho ya para recomendarte, independientemente de esto, su blog Unas Palabras Dichas.

Fallos en una exposición oral: El baile de san Vito

Muchos de los problemas que nos asedian cuando tenemos que hablar en público son resultado del nerviosismo. Y una de las manifestaciones más evidentes de ese nerviosismo es la necesidad compulsiva de moverse de un lado para otro. En realidad, nos gustaría salir de allí corriendo, pero ya que no podemos salir, por lo menos corremos. Para colmo de males, nuestros movimientos desatalentados no contribuyen a calmarnos, sino todo lo contrario. Al final entramos en un círculo vicioso: como estamos nerviosos, nos agitamos y ese agitación alimenta nuestro nerviosismo. Hay que romper ese ciclo.

Para hablar adecuadamente, tu cuerpo se tiene que asentar sobre una base sólida. Necesitas estabilidad. Separa un poco los pies. Que queden casi en vertical con los hombros. Flexiona mínimamente las rodillas, lo justo para que el centro de gravedad del cuerpo se sitúe en las caderas. Visto desde fuera, apenas se nota; pero tú te darás cuenta de que lo has hecho correctamente porque sentirás como si el peso del cuerpo se quedara encajado en las caderas. Ya no se balancea sobre los pies. Una vez ahí, respira y siente que tienes una base firme, estable. Mira al frente. Ya puedes empezar a hablar.

Ten en cuenta que tampoco se trata de quedarse clavado como una estatua. Una vez que la exposición avance y estés un poco más relajado, puedes empezar a moverte, pero siempre de forma controlada. Lo ideal es que los desplazamientos vengan dados por la situación. Por ejemplo, acércate a la pizarra para escribir o ve hasta la pantalla donde se proyecta tu presentación para señalar alguna parte de la diapositiva. No corras. Muévete con tranquilidad y paso firme. Después, regresa sin apresurarte al punto inicial. Ahora puedes quizás dar algún paso hacia el público para establecer un contacto más estrecho o desplazarte lateralmente para subrayar una pausa.

Una vez superado el nerviosismo inicial, verás cómo tus movimientos se van acompasando con tu discurso y van volviendo a ser naturales. Ahí es adonde teníamos que llegar.

He empezado hablando del tipo de movimientos incontrolados más frecuente, pero no acaban ahí las posibilidades. Cada persona reacciona de una manera diferente ante una situación que le provoca ansiedad. A unos les da por el baile de san Vito y a otros, en cambio, parece como si les hubieran puesto una camisa de fuerza: se cruzan de brazos y piernas, se quedan encorvados y clavan la mirada en el suelo. Bien, descruza brazos y piernas, adopta una posición erguida, mira al público, planta bien los pies en el suelo, respira y… adelante.

La postura es fundamental para conectar con las personas que nos están escuchando. Cuando corremos, les estamos diciendo que no queremos estar allí. Cuando adoptamos una actitud defensiva, hacemos ver que queremos protegernos de ellos. En ambos casos, los estamos situando inconscientemente en la posición de enemigo. Lo que necesitamos es todo lo contrario: ponerlos a nuestro favor. Si quieres que ellos te acojan, acógelos tú a ellos. Nada mejor que demostrárselo con la posición de tu cuerpo.

Fallos en una exposición oral: No mirar al público

Comunicar con un público es mucho más que transmitir ideas. Cada vez que nos ponemos delante de un grupo de personas para hablar, nos van a juzgar en dos planos diferentes. El primero es el plano objetivo. Se va a valorar la información que estamos proporcionando, la claridad, la precisión, la corrección gramatical… Todo eso está muy bien, pero estás muy equivocado si te crees que ahí termina todo. Si la comunicación fuera simplemente eso, no habría necesidad de presentaciones orales. Sería más fácil informarnos por escrito.

Aquí es donde entra en juego el segundo plano, el de lo subjetivo. Las personas que están escuchándonos y mirándonos están calibrando constantemente la simpatía o el rechazo que despertamos en ellos, nuestra capacidad para conectar con ellos como seres humanos, en definitiva, nos están valorando como personas, con todo lo que eso implica.

La mirada es fundamental para crear la conexión. Cada mirada a uno de los integrantes del público es una oportunidad de cautivar, de seducir, de convencer. Y hay que empezar lo antes posible. Mientras estás esperando para empezar a hablar, no te dediques a revolver en tus papeles o a charlar con los otros miembros de la mesa. Empieza a prestar atención a tu público. Estás allí por ellos y para ellos. Obsérvalos. No se trata solamente de mirar: tienes que verlos. Así se darán cuenta de que son importantes para ti.

Una vez que empieces a hablar, no dejes que la mirada se pierda en el vacío o se concentre en tus notas (¡no leas!). Mira al público, pero no te limites a abarcarlo de forma general. Además de eso, tienes que dedicar momentos de atención únicos e individuales a cada una de las personas que están compartiendo ese momento contigo. Algunas miradas serán rápidas (un simple toque de atención: te he visto y sé que estás ahí, existes para mí); otras se detendrán un poco más en su destinatario. En ocasiones, incluso, tendremos que remachar el discurso concentrando toda la atención en una persona determinada.

Tu mirada es una herramienta preciosa para conectar con tu público. No la desperdicies.

Y si quieres, hasta podemos resumirlo todo en una frase: si tú no los miras, ¿cómo quieres que ellos te escuchen?

Este es uno de los diez errores garrafales que puedes evitar en una presentación oral.

Fallos en una exposición oral: Hablar hasta que te retiren la palabra

Una de las mayores desgracias que le pueden suceder a un orador es que le retiren la palabra. Sí, que le tengan que cortar.

Todos hemos presenciado (o vivido en nuestras carnes) este tipo de situaciones: como nos hemos empecinado en contar la vida y milagros de ese escritor que hemos elegido como tema, resulta que nos hemos metido en los minutos finales y no nos queda tiempo para hablar de su obra, que es lo que tenemos que hacer. ¿Cómo lo arreglamos? ¡Seguimos!… hasta que nos cortan. Donde pone escritor y obra puedes poner desarrolloproductohistoria de nuestra ONGqué vamos a hacer con la subvención. Da lo mismo.

En esta vida nadie te da dinero ilimitado para que te compres todos los caprichos que te apetezcan. Nunca vas a tener una casa con espacio infinito para que la llenes de trastos. ¿Por qué crees que alguien te va a dar todo el tiempo que te venga en gana para contar lo primero que se te pase por la cabeza?

En una presentación oral el tiempo está tasado y el superarlo da muestras de escasa planificación, impericia y falta de profesionalidad. Además, es una descortesía hacia el público, hacia los organizadores y hacia los otros ponentes. Si tu presentación se alarga, se retrasan las de los demás.

Es muy difícil ocupar justamente el tiempo que tenemos asignado. Por eso, siempre hay un margen de tolerancia por arriba y por abajo, pero puestos a elegir, es preferible quedarse levemente por debajo. Los minutos que te sobren los puedes utilizar para agradecimientos, recalcar alguna cuestión, llamar la atención sobre implicaciones y derivaciones del tema que habría que considerar en otro momento y para que el público pueda intervenir.

Lo que no debes hacer en ningún caso es acelerarte, empezar a revolver en tus papeles y soltar de pronto perlas como estas: “Bueno, como ya no me da tiempo, voy a saltarme algunas cosas que traía preparadas”. “Se me quedan varios puntos sin explicar, pero bueno…”. Otro clásico es empezar a pasar a toda velocidad las diapositivas que estabas proyectando. Un edificio público tiene que tener un plan de evacuación por si hay una emergencia y una presentación en público tiene que tener su plan para abreviar. Señálate previamente en tus notas las partes que puedes eliminar. Resume. Cuenta lo esencial.

Si te atienes al tiempo establecido, comprobarás que la comunicación es más efectiva y que tienes más éxito en tus presentaciones. Poco a poco irás desarrollando el hábito y te ajustarás al tiempo de manera inconsciente.

Soluciones: palabras tónicas y palabras átonas I

A continuación encontrarás subrayadas y en negrita las palabras tónicas. Solamente comento las más importantes. El ejercicio contiene en total cien palabras y la nota máxima es diez, por lo que deberás descontar 0,1 puntos por cada palabra tónica o átona que hayas errado.

1. Te tengo dicho que no vuelvas solo a estas horas. [El pronombre te pertenece a la catergoría de los pronombres átonos. Tengo dicho son verbos, por lo que son tónicos. La conjunción que es átona. No es un adverbio, por lo que se pronuncia con su propio acento. Solo es un adjetivo, o sea, pertenece a una de las clases de palabras típicamente tónicas. Los demostrativos, como estas, son tónicos. Horas, como buen sustantivo que es, se pronuncia tónico].

2. Cuando tengas tiempo, ven a recoger un sobre que tengo aquí para ti. [Cuando es átono lo mismo si funciona como conjunción que si funciona como relativo. Un es un indefinido y estos son tónicos. Que es aquí un pronombre relativo, por lo que es átono. Ti, aunque se escribe sin tilde, es un pronombre término de preposición y estos son siempre tónicos].

3. Nunca digas de esta agua no beberé. [La única palabra átona de esta oración es la preposición de].

4. Aquel es el colegio donde estudié de pequeño. [Aquel es un demostrativo y esto son tónicos también cuando funcionan como pronombres, como en este caso. Es se pronuncia tónico como cualquier otro verbo. Donde es aquí un relativo que se pronuncia átono].

5. ¡Pero qué locuelo! [Los exclamativos como qué se pronuncian tónicos].

6. Dice que andes lo que andes, no te andes por los Andes.

7. Nuestro líder avanzaba con decisión, aunque no supiera adónde iba. [Los posesivos son átonos, por lo que nuestro se pronuncia sin acento propio].

8. Yo me compré un todoterreno rojo para llevar a los niños al colegio. [Los pronombres personales en función de sujeto, como yo, son tónicos].

9. Haz bien los ejercicios de palabras tónicas y palabras átonas. [La conjunción y, naturalmente, es átona].

10. Una cosa es lo que se escribe y otra, lo que se pronuncia.

 

Ejercicios: palabras tónicas y palabras átonas I

Lee en voz alta las siguientes oraciones y a continuación subraya las palabras tónicas. El ejercicio tiene sus correspondientes soluciones, que debes consultar una vez que hayas terminado.

1. Te tengo dicho que no vuelvas tú solo a estas horas.

2. Cuando tengas tiempo, ven a recoger un sobre que tengo aquí para ti.

3. Nunca digas de esta agua no beberé.

4. Aquel es el colegio donde estudié de pequeño.

5. ¡Pero qué locuelo!

6. Dice que andes lo que andes, no te andes por los Andes.

7. Nuestro líder avanzaba con decisión, aunque no supiera adónde iba.

8. Yo me compré un todoterreno rojo para llevar a los niños al colegio.

9. Haz bien los ejercicios de palabras tónicas y palabras átonas.

10. Una cosa es lo que se escribe y otra, lo que se pronuncia.

Palabras tónicas y palabras átonas: casos excepcionales

En una entrada anterior nos ocupamos de la diferencia entre palabras tónicas y palabras átonas. Allí se expusieron los casos generales y ahora llega el momento de ocuparse de los particulares, que es necesario conocer para entender cómo funciona el sistema de acentuación ortográfica del español, sobre todo en lo referente a la tilde diacrítica.

Así, aunque los adverbios en general son tónicos, tan y medio son palabras inacentuadas y por ello buscan apoyo en la siguiente palabra que contiene un acento prosódico. Esto es lo que se representa en (1b), (2b) y en los ejemplos siguientes al escribir fusionadas las palabras en cuestión:

(1a) Tan pequeño

(1b) tampeño

(2a) Medio vacía

(2b) mediobaa

A los dos adverbios anteriores hay que añadirles algunos usos de aun, concretamente, aquellos en que se puede sustituir por incluso:

(3a) Aun así, continuaremos

(3b) auna kontinuamos

Otros adverbios constituyen una excepción, pero no por falta de acento, sino, más bien, por su abundancia. Los adverbios en -mente son las únicas palabras en español que se pronuncian con dos acentos: uno en el adjetivo sobre el que se forman y otro en la terminación -mente:

(4a) Rápidamente

(4b) pidaménte

Algunos sustantivos que constituyen tratamientos de cortesía se pronuncian átonos cuando aparecen asociados a un nombre propio, entre otros, don, doña, san(ta), fray y sor:

(5a) Don Manuel

(5b) donmanuél

(6a) Santa Elena

(6b) santaena

Si no aparecen junto a un nombre propio, sino aislados, mantienen su independencia acentual, como se representa en (7a, b):

(7a) Elena es una santa

(7b) ena és úna sánta

Además hay palabras que normalmente son tónicas, pero que pueden perder su tonicidad en la cadena hablada. Es lo que sucede con algunos compuestos. Así, pierde su acento prosódico (pero no el ortográfico) el primer elemento de los nombres de pila compuestos (José María: josemaa) y de los nombres de algunas ciudades (Buenos Aires: buenosáires), así como de los numerales (cuarenta mil: kuarentamíl) y de expresiones como boca arriba (bokarríba), etc. A veces, la presencia o ausencia de acento puede ser significativa. Fijémonos en el siguiente caso:

(8a) José Miguel Gómez

(8b) josemiguél mez

(8c) jo miguél mez

La pronunciación de (8b) indica que estamos hablando de un señor que se llama José Miguel y se apellida Gómez. En cambio, con la de (8c) el señor en cuestion se llama José a secas y tiene un primer apellido que es Miguel y un segundo que es Gómez. Veamos otro caso:

(9a) Guardia civil

(9b) guardiacibíl

(9c) guárdia cibíl

La denominación de (9a) puede referirse a un cuerpo de seguridad de España y de otros países o a un miembro de dicho cuerpo. Pues bien, la pronunciación que tenemos representada en (9b) se refiere a la persona y la de (9c) a la institución.

También tiende a volverse átono el primer elemento de los vocativos:

(10a) Grandísimo sinvergüenza, ¿adónde vas?

(10b) grandisimosimbergüénza ¿adónde bás?

(11a) ¡Eso no se dice, hijo desnaturalizado!

(11b) ¡éso sece ijodesnaturalido!

Por lo que respecta a las palabras átonas, habíamos dicho en la entrada anterior que lo eran, entre otras, las preposiciones. La excepción aquí es según, que se pronuncia con su propio acento:

(12a) Según convenga

(12b) según combénga

Los posesivos, por su parte, normalmente son átonos (13a, b). Sin embargo, cuando se posponen al nombre, pasan a ser tónicos (14a, b):

(13a) Mi amigo

(13b) miago

(14a) Un amigo mío

(14b) ún ago o

Son átonas, asimismo, las conjunciones; pero, como no puede ser menos, hay un puñado de conjunciones tónicas. La más frecuente es apenas, pero también se pueden citar la disyuntiva bien… bien… y la concesiva así:

(15a) Apenas salió, apareciste tú

(15b) anas salió aparecíste

(16a) Se puede pagar, bien en efectivo, bien por transferencia

(16b) sepuéde pagár bién enefekbo bién portransferéncia

(17a) No te lo pienso dar así revientes

(17b) telopiénso dár a rebiéntes

Dentro de los pronombres relativos, el que se aparta de la norma es el cual, que en todas sus variantes de género y número se pronuncia tónico (elkuál, loskuáles, etc.).

Nos queda, por último, una excepción de otro tipo. Las palabras átonas tienen que apoyarse en el acento de otra para pronunciarse. Lo normal en nuestra lengua es que busquen la siguiente palabra. Esto es lo que hemos visto en los ejemplos de arriba. Sin embargo, los denominados pronombres enclíticos lo hacen en la palabra anterior, que necesariamente es un verbo u otro pronombre enclítico. Estas combinaciones se escriben como una única palabra gráfica. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en rogándole, dándote. La secuencia se puede complicar añadiendo dos pronombres (dámelo) o incluso tres (guárdatemelo).

El conocimiento de estas excepciones es fundamental no solo por los motivos ortográficos que se indicaron al principio de la entrada, sino también para lograr una dicción natural cuando tenemos que hablar en público.

Descárgate las reglas de acentuación resumidas.