Archivo para la categoría ‘lengua oral’

A continuación encontrarás subrayadas y en negrita las palabras tónicas. Solamente comento las más importantes. El ejercicio contiene en total cien palabras y la nota máxima es diez, por lo que deberás descontar 0,1 puntos por cada palabra tónica o átona que hayas errado.

1. Te tengo dicho que no vuelvas solo a estas horas. [El pronombre te pertenece a la catergoría de los pronombres átonos. Tengo dicho son verbos, por lo que son tónicos. La conjunción que es átona. No es un adverbio, por lo que se pronuncia con su propio acento. Solo es un adjetivo, o sea, pertenece a una de las clases de palabras típicamente tónicas. Los demostrativos, como estas, son tónicos. Horas, como buen sustantivo que es, se pronuncia tónico].

2. Cuando tengas tiempo, ven a recoger un sobre que tengo aquí para ti. [Cuando es átono lo mismo si funciona como conjunción que si funciona como relativo. Un es un indefinido y estos son tónicos. Que es aquí un pronombre relativo, por lo que es átono. Ti, aunque se escribe sin tilde, es un pronombre término de preposición y estos son siempre tónicos].

3. Nunca digas de esta agua no beberé. [La única palabra átona de esta oración es la preposición de].

4. Aquel es el colegio donde estudié de pequeño. [Aquel es un demostrativo y esto son tónicos también cuando funcionan como pronombres, como en este caso. Es se pronuncia tónico como cualquier otro verbo. Donde es aquí un relativo que se pronuncia átono].

5. ¡Pero qué locuelo! [Los exclamativos como qué se pronuncian tónicos].

6. Dice que andes lo que andes, no te andes por los Andes.

7. Nuestro líder avanzaba con decisión, aunque no supiera adónde iba. [Los posesivos son átonos, por lo que nuestro se pronuncia sin acento propio].

8. Yo me compré un todoterreno rojo para llevar a los niños al colegio. [Los pronombres personales en función de sujeto, como yo, son tónicos].

9. Haz bien los ejercicios de palabras tónicas y palabras átonas. [La conjunción y, naturalmente, es átona].

10. Una cosa es lo que se escribe y otra, lo que se pronuncia.

 

Lee en voz alta las siguientes oraciones y a continuación subraya las palabras tónicas. El ejercicio tiene sus correspondientes soluciones, que debes consultar una vez que hayas terminado.

1. Te tengo dicho que no vuelvas tú solo a estas horas.

2. Cuando tengas tiempo, ven a recoger un sobre que tengo aquí para ti.

3. Nunca digas de esta agua no beberé.

4. Aquel es el colegio donde estudié de pequeño.

5. ¡Pero qué locuelo!

6. Dice que andes lo que andes, no te andes por los Andes.

7. Nuestro líder avanzaba con decisión, aunque no supiera adónde iba.

8. Yo me compré un todoterreno rojo para llevar a los niños al colegio.

9. Haz bien los ejercicios de palabras tónicas y palabras átonas.

10. Una cosa es lo que se escribe y otra, lo que se pronuncia.

En una entrada anterior nos ocupamos de la diferencia entre palabras tónicas y palabras átonas. Allí se expusieron los casos generales y ahora llega el momento de ocuparse de los particulares, que es necesario conocer para entender cómo funciona el sistema de acentuación ortográfica del español, sobre todo en lo referente a la tilde diacrítica.

Así, aunque los adverbios en general son tónicos, tan y medio son palabras inacentuadas y por ello buscan apoyo en la siguiente palabra que contiene un acento prosódico. Esto es lo que se representa en (1b), (2b) y en los ejemplos siguientes al escribir fusionadas las palabras en cuestión:

(1a) Tan pequeño

(1b) tampeño

(2a) Medio vacía

(2b) mediobaa

A los dos adverbios anteriores hay que añadirles algunos usos de aun, concretamente, aquellos en que se puede sustituir por incluso:

(3a) Aun así, continuaremos

(3b) auna kontinuamos

Otros adverbios constituyen una excepción, pero no por falta de acento, sino, más bien, por su abundancia. Los adverbios en -mente son las únicas palabras en español que se pronuncian con dos acentos: uno en el adjetivo sobre el que se forman y otro en la terminación -mente:

(4a) Rápidamente

(4b) pidaménte

Algunos sustantivos que constituyen tratamientos de cortesía se pronuncian átonos cuando aparecen asociados a un nombre propio, entre otros, don, doña, san(ta), fray y sor:

(5a) Don Manuel

(5b) donmanuél

(6a) Santa Elena

(6b) santaena

Si no aparecen junto a un nombre propio, sino aislados, mantienen su independencia acentual, como se representa en (7a, b):

(7a) Elena es una santa

(7b) ena és úna sánta

Además hay palabras que normalmente son tónicas, pero que pueden perder su tonicidad en la cadena hablada. Es lo que sucede con algunos compuestos. Así, pierde su acento prosódico (pero no el ortográfico) el primer elemento de los nombres de pila compuestos (José María: josemaa) y de los nombres de algunas ciudades (Buenos Aires: buenosáires), así como de los numerales (cuarenta mil: kuarentamíl) y de expresiones como boca arriba (bokarríba), etc. A veces, la presencia o ausencia de acento puede ser significativa. Fijémonos en el siguiente caso:

(8a) José Miguel Gómez

(8b) josemiguél mez

(8c) jo miguél mez

La pronunciación de (8b) indica que estamos hablando de un señor que se llama José Miguel y se apellida Gómez. En cambio, con la de (8c) el señor en cuestion se llama José a secas y tiene un primer apellido que es Miguel y un segundo que es Gómez. Veamos otro caso:

(9a) Guardia civil

(9b) guardiacibíl

(9c) guárdia cibíl

La denominación de (9a) puede referirse a un cuerpo de seguridad de España y de otros países o a un miembro de dicho cuerpo. Pues bien, la pronunciación que tenemos representada en (9b) se refiere a la persona y la de (9c) a la institución.

También tiende a volverse átono el primer elemento de los vocativos:

(10a) Grandísimo sinvergüenza, ¿adónde vas?

(10b) grandisimosimbergüénza ¿adónde bás?

(11a) ¡Eso no se dice, hijo desnaturalizado!

(11b) ¡éso sece ijodesnaturalido!

Por lo que respecta a las palabras átonas, habíamos dicho en la entrada anterior que lo eran, entre otras, las preposiciones. La excepción aquí es según, que se pronuncia con su propio acento:

(12a) Según convenga

(12b) según combénga

Los posesivos, por su parte, normalmente son átonos (13a, b). Sin embargo, cuando se posponen al nombre, pasan a ser tónicos (14a, b):

(13a) Mi amigo

(13b) miago

(14a) Un amigo mío

(14b) ún ago o

Son átonas, asimismo, las conjunciones; pero, como no puede ser menos, hay un puñado de conjunciones tónicas. La más frecuente es apenas, pero también se pueden citar la disyuntiva bien… bien… y la concesiva así:

(15a) Apenas salió, apareciste tú

(15b) anas salió aparecíste

(16a) Se puede pagar, bien en efectivo, bien por transferencia

(16b) sepuéde pagár bién enefekbo bién portransferéncia

(17a) No te lo pienso dar así revientes

(17b) telopiénso dár a rebiéntes

Dentro de los pronombres relativos, el que se aparta de la norma es el cual, que en todas sus variantes de género y número se pronuncia tónico (elkuál, loskuáles, etc.).

Nos queda, por último, una excepción de otro tipo. Las palabras átonas tienen que apoyarse en el acento de otra para pronunciarse. Lo normal en nuestra lengua es que busquen la siguiente palabra. Esto es lo que hemos visto en los ejemplos de arriba. Sin embargo, los denominados pronombres enclíticos lo hacen en la palabra anterior, que necesariamente es un verbo u otro pronombre enclítico. Estas combinaciones se escriben como una única palabra gráfica. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en rogándole, dándote. La secuencia se puede complicar añadiendo dos pronombres (dámelo) o incluso tres (guárdatemelo).

El conocimiento de estas excepciones es fundamental no solo por los motivos ortográficos que se indicaron al principio de la entrada, sino también para lograr una dicción natural cuando tenemos que hablar en público.

Las condiciones y necesidades de la comunicación formal ante un público están muy alejadas de las de la típica situación de habla cotidiana, que se produce cara a cara y a corta distancia. El discurso que resulta perfectamente audible y comprensible en un momento de charla mientras tomamos café se convierte en un runrún indiferenciado en cuanto empezamos a hablar en una sala.

El secreto para vocalizar está en la respiración. Esa es la base de todo discurso oral. Tendemos a respirar solamente con la parte superior de los pulmones. Un orador, en cambio, necesita acostumbrarse a hacerlo con el diafragma, a llenar los pulmones de aire desde abajo para irlos vaciando poco a poco mientras habla. El movimiento es comparable al del saco de una gaita que se hincha primero para ir encogiéndose al tiempo que se libera la melodía. Si respiras correctamente, el propio aire te irá marcando el ritmo del discurso mientras espiras.

Para que esto se dé, es necesario en primer lugar que estés relajado. Una de las consecuencias de la ansiedad es el famoso nudo en la garganta que nos impide lo mismo hablar que respirar. No nos engañemos: ponerse delante de una clase, de un grupo de posibles clientes o de un tribunal de oposición le da miedo al más pintado. La ansiedad es consustancial con este tipo de situación. Por eso hay que aprender a controlarla. Para ello son decisivos los momentos iniciales de la presentación. Lo primero es tomar conciencia de la ansiedad. En el momento en que percibamos la tensión de nuestros músculos y lo trabajoso de nuestra respiración, sentiremos que, como por arte de magia, se empieza a liberar el agarrotamiento. Entonces hay que aprovechar para llenar bien los pulmones. De esta forma podemos entrar en un círculo virtuoso porque la respiración profunda no solo ayuda a vocalizar, sino que combate la ansiedad.

Para lograr una respiración adecuada es fundamental tener un apoyo sólido. Si estás de pie, planta bien los pies en el suelo repartiendo el peso por igual sobre los dos. Deja los equilibrios a la pata coja para los flamencos. Controla esa necesidad compulsiva de echar a correr. Una vez que estás aquí, no hay escapatoria, y los saltitos y las carreritas solo sirven para empeorar tu situación. Una vez que los pies están bien apoyados en el suelo, deja que el peso del tronco repose sobre la pelvis. Ahora estás en condiciones de respirar y de hablar. Hazlo. Fíjate en cómo las sílabas se van formando al tiempo que vacías los pulmones. Haz coincidir las pausas de tu discurso con las pausas para rellenar tu reserva de aire. Cuando esto empiece a estar controlado, métete de lleno en lo que tienes que decir. Al cabo de unos minutos se habrá desvanecido la tensión y te encontrarás con que las sílabas y las ideas van fluyendo como por sí solas.

Lo anterior es la base fisiológica de una buena vocalización. Además tienes que huir de algunas de las costumbres (no tienen por qué ser vicios) del habla coloquial. Esmérate en pronunciar cada sonido individual, evitando comerte trozos de las palabras. Es posible que cuando estás hablando con tus amigos digas algo así como Ma llamao pa quedá, pero eso, delante de un público, se convierte en Me ha llamado para quedar.

Todo lo anterior se resume así: respira con ganas, deja que el aire te marque el ritmo y no les arranques los cachos a las palabras.

Los fonemas son unidades de análisis lingüístico que están basadas en los sonidos de una lengua, pero que no debemos confundir con estos. Un fonema es el segmento mínimo —al que llegamos por abstracción a partir de los sonidos de la cadena hablada— que es capaz de sustentar una distinción de significado careciendo de significado él mismo.

Todos tenemos la experiencia de que el habla está formada por sonidos que se van engarzando para formar una cadena. Sabemos, asimismo, que esas cadenas son portadoras de significados. Incluso somos capaces de aislar sonidos individuales en ellas y decir que boca empieza con el sonido be y poca, con el sonido pe. Los fonemas, sin embargo, no coinciden con ningún sonido particular porque se sitúan en un nivel de análisis más abstracto. Existen en español dos fonemas que representaremos como /b/ y /p/, que están basados en los sonidos anteriores, pero que no son ellos, sino que constituyen una idealización a la que llegamos a partir de ellos. Los escribimos encerrados entre barras porque esta es la convención que se utiliza para indicar que estamos representando fonemas y no grafemas, que se representan entre ángulos (<>), o sonidos, que se escriben entre corchetes ([]).

El procedimiento clásico para identificar fonemas es el establecido por los lingüistas de la Escuela de Praga en la primera mitad del siglo XX. Consiste en contraponer pares de palabras con diferente significado que compartan la totalidad de su sustancia fónica a excepción de un único segmento, o sea, un solo sonido individual. Esto es lo que ocurre con boca y poca. Su segmento inicial es el que aguanta todo el peso cuando enfrentamos una palabra con la otra. Si esa pieza falla, si por el motivo que sea no percibimos nítidamente este segmento inicial, seremos incapaces de decidir si nos han dicho lo uno o lo otro y fracasarán nuestros intentos de interpretación. Por el contrario, si la percepción es exitosa, esta nos remitirá inmediatamente al significado adecuado, es decir, seremos capaces de identificar la palabra y de entenderla. La conclusión es clara: /b/ y /p/ se oponen en español. Acabamos de identificar dos fonemas de nuestra lengua.

Si continuamos aplicando el procedimiento a nuevos pares de palabras, comprobaremos que boca no solo se opone a poca por su segmento inicial, sino también a coca, foca, loca, moca, roca y toca. De esta forma habremos identificado de una tacada los fonemas /k, f, l, m, rr, t/. Así, por medio de contraposiciones sucesivas, se llega a establecer de manera exhaustiva el repertorio de fonemas de una lengua, que constituye un conjunto limitado y cerrado.

Es fácil comprobar que los fonemas son más abstractos que los sonidos que de hecho componen el habla. En efecto, un fonema es una idealización que admite realizaciones muy diferentes. Por ejemplo, el fonema /b/ del español tiene dos variantes en el habla. En la primera no se llegan a cerrar los labios. Estos simplemente se aproximan mientras expiramos el aire y vibran las cuerdas vocales. Esta primera versión de /b/ es la que encontramos en tubo, alba o curvaEn la segunda, en cambio, los labios se juntan brevemente para interrumpir el paso del aire y liberarlo acto seguido sin que dejen de vibrar en ningún momento las cuerdas vocales. Esta es la be que aparece en comba o cuando de repente gritamos ¡Bien! El hablante nativo no es conciente de ello porque realiza todas estas operaciones de manera automática, pero está aplicando una regla por la que siempre se realiza la primera versión, menos después de una consonante nasal o en posición inicial absoluta (al empezar a hablar o después de una pausa). La primera se representa en notación fonética con una beta [β]; la segunda, con una be [b]. Es decir, en español tenemos un solo fonema /b/ con dos alófonos.

Este es el concepto de fonema del funcionalismo praguense, tal como lo concibe Nikolái Trubetskói y lo desarrolla Roman Jakobson. Está basado en la semántica, por lo que el lingüista solo puede identificar los fonemas de una lengua que entiende. La lingüística norteamericana llegará a otro procedimiento basado en la distribución. Los fonemas se aíslan a base de analizar los contextos en que puede o no puede aparecer un sonido dado. En condiciones ideales, esto permite incluso inventariar los fonemas de una lengua que no entendemos. Pero nos quedaremos aquí de momento porque esta segunda noción de fonema nos llevaría ahora demasiado lejos.

No todas las clases de palabras se comportan igual respecto del acento prosódico. Es una idea muy extendida que “todas las palabras se pronuncian con acento”. Sin embargo, esto solo es así cuando se emiten aisladas. En la cadena hablada, unas son tónicas y otras, átonas. Voy a explicar a continuación la diferencia entre unas y otras centrándome en los casos generales. Para los casos excepcionales de palabras tónicas y átonas puedes consultar el artículo al que conduce el enlace anterior.

Palabras tónicas son las que cuentan con un acento prosódico que recae sobre alguna de sus sílabas. Palabras átonas, en cambio, son las que carecen de acento propio en la cadena hablada. Estas últimas, en consecuencia, se tienen que apoyar en una palabra tónica para su pronunciación. La siguiente oración contiene ejemplos de unas y otras:

(1a) Miré por la ventana y vi un frondoso castaño

Si lees la oración (1a) en voz alta, advertirás que es así como se distribuyen los acentos y se agrupan las palabras:

(1b) mi porlabenna i ún fronso kasño

Suelen ser tónicas las palabras significativas, es decir, las que tienen significado léxico. Es fácil comprobar que en (1b) se pronuncian tónicos los sustantivos ventana y castaño, los verbos mirar y ver, y el adjetivo frondoso. Sustantivos, verbos y adjetivos son las tres clases de palabras típicamente tónicas. También suelen ser tónicos los adverbios, por ejemplo, todavía en la siguiente secuencia:

(2a) Un castaño todavía joven

(2b) ún kasño todaa jóben

Para las restantes clases de palabras ya hay que ir diferenciando casos. Dentro de los pronombres, se pronuncian con acento propio los que funcionan como sujeto (yo, tú, él, etc.) y como término de preposición (mí, ti, sí, etc.):

(3a) Tú lo quieres para ti

(3b) lokiéres para

De entre los determinantes son tónicos, entre otros, los indefinidos (por ejemplo, un, algún, ningún y todas sus variaciones de género y número), como en la palabra inicial de (2b) arriba. También son tónicos los demostrativos (este, ese, aquel y sus variantes).

Tienden a ser átonas, por su parte, las palabras con función gramatical. Esto es lo que les ocurre a las preposiciones (a, de, con, por, para, sin, etc.). Son también átonos algunos determinantes, como el artículo (el, la, los, las) y los posesivos antepuestos al nombre: mi, tu, su, nuestro, vuestro. En (4b) se representa la pronunciación átona del artículo la, la preposición de y el posesivo nuestro:

(4a) La finca de nuestro abuelo

(4b) lafínka denuestroabuélo

Son átonas, asimismo, las conjunciones, como que y aunque en los siguientes ejemplos:

(5a) Veo que progresas

(5b) o keprogrésas

(6a) Aunque cueste, lo lograré

(6b) aunkekuéste lologra

Dentro de los pronombres hay división. Antes nos hemos referido a algunos de los que son tónicos, pero también los tenemos inacentuados, empezando, naturalmente, por los denominados pronombres átonos (me/nos, te/os, se, lo/los, la/las, le/les) y continuando por los relativos (que, cuando, donde, como, etc.). Obsérvense en (7b) el pronombre me y los relativos donde y que:

(7a) La ciudad donde me encuentro, que es Cáceres, es patrimonio de la humanidad

(7b) laziudád dondemenkuéntro keés zeres és patrinio delaumanidád

Hay que tener cuidado, eso sí, para no confundir los pronombres relativos con sus contrapartidas exclamativas e interrogativas, que se pronuncian y escriben con acento (¡Qué bonito!, ¿Dónde vives?).

Ser capaz de distinguir entre palabras tónicas y palabras átonas es fundamental para todo el que quiera entender las reglas de acentuación, especialmente las relativas a la tilde diacrítica. Manejarse con soltura en esta parcela es, asimismo, imprescindible para quienes han de hablar en público, pues de otro modo es imposible lograr una buena locución. También importan estas nociones, y mucho, a los estudiantes de español como lengua extranjera que deseen lograr una pronunciación aceptable. Los rasgos prosódicos, como el acento y la entonación, son fundamentales para que el discurso sea percibido como natural y entendido correctamente. Pueden tener más peso, incluso, que la correcta realización de los fonemas individuales. Si con esto no te he convencido de la importancia de esta distinción, ya no sé qué más se podría hacer. Bueno, sí, se podría hacer un ejercicio.

La palabra acento es polisémica. En el sentido que nos ocupa en esta entrada, tiene dos significados: uno referido a la escritura y otro a la pronunciación. Por un lado, nos podemos referir con ella al trazo oblicuo que se marca sobre algunas vocales en la escritura, como en habló. Por otro lado, sirve para denominar a la especial fuerza con que se pronuncia una sílaba determinada de una palabra, como ocurre al pronunciar la sílaba -bló del ejemplo anterior.

Cuando alguien nos pregunta si solo tiene acento o si las mayúsculas llevan acento, por lo general se está refiriendo a la primera acepción, la que tiene que ver con la escritura. Existen para ella dos nombres técnicos que la designan inequívocamente: acento ortográfico y acento gráfico. Estas denominaciones específicas coexisten con la de tilde, que es más frecuente aunque menos precisa, ya que puede aplicarse también al trazo ondulado que corona la eñe. No obstante, la denominación tilde por lo general nos sirve para entendernos. El único acento gráfico que tiene uso en español es el denominado acento agudo, que es el que va de izquierda a derecha, como si dijéramos echado para adelante, véase: á, é, í, ó, ú. Es un error utilizar el denominado acento grave, que discurre en sentido contrario (ò), y, por supuesto, el circunflejo (ô).

El acento en cuanto que especial hincapié en la pronunciación de una sílaba se denomina específicamente acento prosódico (el tecnicismo prosódico viene a significar aquí algo así como ‘de la pronunciación’). Todas las palabras, cuando se pronuncian aisladas, tienen acento prosódico. Lo normal en español es que una palabra contenga uno solo. La excepción son los adverbios terminados en -mente, que tienen dos. Esta excepcionalidad en la pronunciación es la que justifica que sigan una regla particular de acentuación gráfica.

La presencia de un acento en el plano fónico no siempre se marca en la escritura. Se hace, por ejemplo, en el caso de habló, pero no en el de hablo. Para decidir qué vocales se tildan y cuáles no, existen unas reglas que son convencionales y que dividen a las palabras en cuatro grandes grupos: palabras agudas, llanas, esdrújulas y sobresdrújulas. Estas son las reglas generales, que constituyen el núcleo del sistema. Se complementan con otras reglas particulares para acentuación de los diptongos, de los triptongos y de los hiatos. Los monosílabos no se acentúan gráficamente, salvo casos de tilde diacrítica.

Entre el acento ortográfico y el prosódico se da una relación asimétrica. Una tilde siempre indica que la sílaba correspondiente se pronuncia con acento prosódico. El acento prosódico, en cambio, no siempre tiene reflejo en la escritura. Así, no hay ningún signo que nos indique explícitamente que la sílaba acentuada en la pronunciación de comer es la última. Y, sin embargo, nos basta con leer esta palabra para saber que esto es así. Esto se explica porque las reglas de acentuación gráfica están formuladas de tal modo que permiten saber siempre a partir de la escritura en qué sílaba recae el acento prosódico. Gracias a ello, podemos pronunciar correctamente una palabra con la que nos topemos en la lectura aunque nunca la hayamos oído.

Las reglas de acentuación ortográfica del español constituyen un sistema amplio y complejo. Para darse cuenta de ello no hay más que intentar escribir un texto acentuando correctamente o ponerse a corregir exámenes como estoy haciendo ahora mismo. Pero no es ese, ni mucho menos, el único sistema amplio y complejo con el que nos enfrentamos en nuestra vida. Por poner solo un ejemplo, no creo que las reglas del fútbol tengan nada que envidiarles a estas en amplitud y complejidad y, sin embargo, me consta que muchos de mis estudiantes las dominan a la perfección aunque no atinen a poner una tilde en su sitio. Todo es cuestión de interés.

La ortografía es un poderoso factor de unidad lingüística. De hecho, uno de los objetivos que las Academias afirman perseguir con la Ortografía de la lengua española de 2010 es contribuir a dicha unidad.

El español es una lengua hablada por una ingente comunidad que abarca varios cientos de millones de personas. Como lengua oficial, está presente en cuatro continentes; y, de hecho, está representada en los cinco. No es extrañar, por tanto, que su pronunciación presente un sinfín de variantes. Por ejemplo, unos somos seseantes; otros, ceceantes; y otros, distinguidores. En unas zonas se ha impuesto el yeísmo y en otras todavía pollo se opone a poyo.

Toda esta variación queda recubierta por una ortografía esencialmente unitaria. Este párrafo, sin ir más lejos, sonará muy diferente dependiendo de si lo lee en voz alta alguien de Valladolid, de Sevilla, de Chiclana de la Frontera, de Buenos Aires, de Antofagasta, de La Habana o de Tijuana. La escritura hace abstracción de tales disparidades y unifica las palabras en una grafía común. Esto facilita el entendimiento. Imaginemos, si no, lo que ocurriría si los unos escribieran secesión; los otros, sesesión; y los de más allá, cececión. O si lo que en un pueblo es llorar en el de al lado se convirtiera en yorar y en otro, incluso, en shorar.

La ortografía desempeña, por tanto, una función unificadora frente a las variantes locales. Y esto no es una particularidad nuestra. Es así en cualquiera de las modernas lenguas de cultura. Es más, esta función cobra más relieve aún en casos como el del inglés, donde la variación de unos territorios a otros puede llegar a ser drástica; o en el chino, con variedades lingüísticas o dialectos que no siempre son mutuamente comprensibles de palabra, pero sí por escrito. Esto fue así, incluso, en el latín arromanzado de la época medieval, que era latín por fuera y lengua vulgar por dentro: sobre el papel, para las personas cultas (o sea, quienes sabían leer y escribir), era latín; pero al leerlo en voz alta se transformaba por arte de birlibirloque en la lengua que hablaban todos corrientemente y que se iría convirtiendo poco a poco en castellano, normando o toscano.

Si la escritura garantiza la unidad en la dimensión espacial, también lo hace en la temporal. La ortografía es, por naturaleza, conservadora, por lo que no refleja inmediatamente las alteraciones en la pronunciación que se van acumulando con el tiempo. Nuestro actual sistema de reglas se basa en la ortografía académica de 1815. Se eliminaron entonces algunos de los desajustes entre escritura y pronunciación que venía arrastrando la tradición ortográfica castellana como resultado de cambios fonológicos o de inconsistencias históricas. Así, por ejemplo, la equis podía representar el fonema /j/ como en exemplo y la secuencia de fonemas /ks/, como en éxodo. Al eliminar esta y otras irregularidades, se facilitó el aprendizaje de la lectura y la escritura. Pero nada es gratis, como podemos comprobar cuando cae en nuestras manos un libro antiguo: hay una barrera ortográfica que dificulta el acceso.

Del mismo modo, si mañana nos decidiéramos a acometer una reforma que acercara la escritura y la fonología, todos los documentos impresos y electrónicos que venimos acumulando desde el siglo XIX se tornarían ilegibles para las generaciones que se alfabetizaran con el nuevo sistema. Por eso hay que tentarse muy bien la ropa antes de lanzarse a tales empresas, que suelen generar resistencias de todo tipo entre quienes ya saben leer, que acarrean costes económicos considerables y provocan una ruptura de la tradición cultural.

Pero todo esto es solo una vertiente del problema, que es la que tiene que ver con la unidad interna de la lengua. La ortografía académica es sumamente respetuosa con ella. Y la seguirá respetando de grado o por fuerza. Todos hemos sido testigos del revuelo que se ha armado cuando se han retocado algunos aspectos marginales del sistema de acentuación gráfica, como eliminar la tilde de guion o no tildar la o cuando va entre cifras. Como para plantearse simplificar el uso de ge y jota o, no digamos, eliminar la hache…

Sin embargo, este mimo de la unidad interna deja paso a un furor reformista cuando de lo que se trata es de la otra vertiente de la unidad lingüística, la que podemos denominar unidad externa. Nuestra lengua no ha estado nunca aislada. Se ha ido conformando en el contacto y el intercambio con las lenguas de su entorno geográfico y cultural. No es posible entender lo que es hoy el español sin tener en cuenta que forma parte de una comunidad lingüística y cultural en la que convive dentro de la península ibérica con el gallego, el portugués, el euskera y el catalán; y, pasados los Pirineos, con el francés, el inglés, el alemán o el italiano. Los pueblos que hablan estas lenguas han mantenido y mantienen intensas relaciones lingüísticas, comerciales, políticas, religiosas, artísticas, etc. Por encima de sus diferencias evidentes, comparten una historia, unos valores, una visión del mundo. En América, en África o en Asia, la lengua española ha seguido cultivando y estrechando los lazos con las otras lenguas europeas que, como ella, hicieron el viaje a estos continentes y, además, los ha extendido a las lenguas nativas como el quechua, el aimara o el tagalo que sobrevivieron al encontronazo con los europeos.

Todas estas lenguas comparten una porción considerable de su léxico, que está formada por los denominados internacionalismos. Cualquier hispanohablante estrictamente monolingüe, pero con hábito de lectura, reconocerá sin mayor dificultad un gran número de palabras en un periódico inglés, francés, alemán o danés. No hay que ir a Oxford ni a Cambridge para entender por escrito la palabra inglesa action. Sin embargo, si una reforma ortográfica del inglés la convirtiera mañana en algo así como ækshon, nos ayudarían a pronunciarla, pero la dificultad inicial de acceso al inglés escrito se incrementaría considerablemente.

No es de extrañar por ello que tengan una pésima acogida ocurrencias como la de castellanizar grafías asentadas como la de Qatar. La forma con cu es claramente la que predomina a escala internacional para el nombre de ese país. Al convertirla en Catar, hacemos una dudosa aportación a la facilidad de escritura del castellano al precio de convertirnos en una isla lingüística. Teniendo en cuenta que en el mundo de hoy el acceso a la información se realiza preferentemente a través de Internet, por escrito y no necesariamente en castellano, esa supuesta facilidad se puede convertir en un quebradero de cabeza cada vez que queramos localizar las últimas noticias sobre algún acontecimiento producido en ese país o, simplemente, comprar un billete de avión para visitarlo. Cuando alteramos la grafía de topónimos e internacionalismos, estamos levantando barreras donde no las había.

Además, estas innovaciones académicas tienden a ser de ida y vuelta. Quienes adoptaran en su día la grafía camicace se encontrarán hoy con el paso cambiado porque las Academias han vuelto ya al redil internacional y nuevamente prefieren la forma kamikaze. La castellanización de güisqui tuvo el éxito que el sentido común permitía esperar. Pero nuestros académicos vuelven a la carga en la Ortografía de 2010 (pp. 86-87) y nos proponen que escribamos wiski. Y digo yo: el whisky ¿no sería mejor no tocarlo?

En definitiva, es cierto que la ortografía constituye un factor de unidad lingüística; pero también lo es que esa unidad se da, asimismo, en un conjunto orgánico que rebasa los límites de nuestra comunidad de hablantes y que quizás este sea un valor que también convenga respetar.

¿O no? ¿Tú qué piensas?

Palabras homófonas son las que tienen la misma pronunciación. Algunos ejemplos de homófonos son caso ‘suceso’ y caso (del verbo casar), cojo (del verbo coger) y cojo ‘que cojea’, vaca ‘hembra del toro’ y baca ‘portaequipaje’, etc.

Como vemos arriba, los homófonos pueden tener una misma grafía (como ocurre con los dos primeros pares de ejemplos). Decimos entonces que además de ser homófonos son homógrafos. Pero también pueden presentar grafías diferentes (véase el último par).

La homofonía se puede considerar como un caso particular o un aspecto de la homonimia. Cuando las palabras en cuestión no solo suenan igual, sino que también tienen una misma escritura, nos hallamos ante homónimos totales. Si comparten la pronunciación, pero difieren en la escritura, se trata de homónimos parciales.

El cambio lingüístico puede contribuir al aumento del número de homófonos. Así, las alteraciones que con el tiempo va sufriendo la pronunciación de las palabras pueden dar pie a que unidades léxicas con etimologías diferentes converjan fonéticamente, como les ocurrió a león (animal), procedente de leonem,León (ciudad), a partir de legionem. Fenómenos de reordenación del sistema fonético del español como el seseo, el ceceo y el yeísmo han aportado nuevos homófonos a las variedades correspondientes. Hoy, la mayoría de los hablantes pronuncian exactamente igual pozo y poso, hallamos y hayamos.

En general, el desgaste de la sustancia fónica tiende a producir homófonos. Entre las lenguas de nuestro entorno, el francés y el inglés se caracterizan por haber sufrido una evolución muy radical al respecto, con una fuerte erosión fonética de los estratos más antiguos de su léxico. Esto se percibe en la abundancia de monosílabos y bisílabos e, indirectamente, en la proliferación de homófonos (por más que la ortografía enmascare esto último hasta cierto punto). Así, por ejemplo, encontramos en estas lenguas homófonos con grafías tan alejadas como poil [pwal] ‘pelo’ y poêle [pwal] ‘sartén’ o nose [nəʊz] ‘nariz’ y knows [nəʊz] ‘(él) sabe’.

Aunque los casos centrales de homofonía son los que afectan a unidades léxicas, tampoco hay que perder de vista que esta puede extenderse a secuencias completas de palabras. Eso fue lo que me llevó un buen día, picado por la curiosidad, a pedir de postre en un bar de carretera un melocotón albino, todo para encontrarme en el plato con un vulgar melocotón… ¡al vino!

Una lengua puede digerir elevadas dosis de homofonía sin que la comunicación se vea perturbada. Es perfectamente indiferente que hola y ola se pronuncien igual, pues resulta difícil imaginar algún contexto en que se pudiera producir una confusión. Sin embargo, si se percibe que la homofonía es fuente de dificultades, se puede sustituir uno de los miembros del par con el fin de evitar posibles choques. Se suele citar como ejemplo la tendencia en algunas zonas seseantes a sustituir caza por cacería o cocer por cocinar para desactivar posibles conflictos con casa y coser, respectivamente.

Antes de concluir quiero aclarar que arriba he ejemplificado siempre con pares de palabras para no complicar demasiado la exposición, pero la relación de homofonía puede abarcar series más amplias. Por ejemplo, quien escribe este blog pronuncia exactamente igual —por ser lo normal en su variedad de español— valla ‘cercado’, vaya del verbo ir, baya ‘fruto de ciertas plantas’ y baya (como en yegua baya, de color amarillento). Pero probablemente el francés es el rey de los homófonos entre las lenguas de Europa occidental. Sirva como muestra esta serie: au ‘al’, aux ‘a los’, ô ‘oh’, os ‘huesos’, eau ‘agua’, eaux ‘aguas’, aulx ‘ajos’, haut ‘alto’ y hauts ‘altos’; o sea, nada menos que nueve grafías diferentes para pronunciar algo tan simple como [o].

En cualquier caso, si se te ocurren homófonos curiosos o tienes que algo que comentar a propósito de esta relación léxica, eres bienvenido como siempre.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Homófonos]

Las antiguas reglas de acentuación establecían que cuando la conjunción o aparecía entre cifras, esta se acentuaba. Con la publicación de la nueva Ortografía de la lengua española de 2010, esta tilde diacrítica queda definitivamente desterrada. A partir de ahora debemos escribir 2 o 3 sin acento ortográfico.

Hay dos motivos que han llevado a jubilar esta vieja tilde, según se nos explica en la Ortografía académica (pp. 217-218, 270-271). En primer lugar, se ha tenido en cuenta un principio general que regula el uso del acento ortográfico en español:

Solo las palabras tónicas son susceptibles de llevar tilde

Pero sucede que la conjunción o es átona, es decir, carece de acento propio en la lengua oral, por lo que para pronunciarse se apoya en la palabra que viene a continuación. En consecuencia, acentuarla en secuencias como 1 ó 2 rompía este principio general y, por tanto, iba contra la economía del sistema de acentuación ortográfica del español.

En segundo lugar, consideran los académicos que en los textos impresos o electrónicos actuales la tipografía es lo suficientemente clara como para evitar confusiones. Incluso en manuscritos basta con esmerarse un poco para que los espacios en blanco dejen claro cómo se ha de leer el texto.

Desde un punto de vista comparativo, se puede señalar que en italiano no existe nada parecido a esa tilde diacrítica y en catalán tampoco. En estas dos lenguas románicas, esa conjunción es una simple o, como en castellano, sin que hasta la fecha se haya producido ninguna catástrofe por confundir 2 o 3 con 203.

Por otra parte, la antigua norma daba pie a que muchas personas, por hipercorrección, se empeñaran en poner la tilde también cuando los números estaban escritos en letra: dos ó tres. Incluso había quien, aplicando una acentuación preventiva, escribía sopa ó ensalada.