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Un fallo garrafal en estas lides de la oratoria consiste en lanzarse a hablar a toda velocidad. Pero, un momento: ¿has intentado alguna vez llenar una botella de aceite con un embudo? ¿A que enseguida se sale? Pues lo mismo le pasa a la cabeza de tu público. El contenido es espeso y la capacidad de los oyentes para asimilarlo, limitada. Dales tiempo. Incluso desde el punto de vista acústico, se necesita más tiempo para absorber un discurso que una conversación informal.

El problema suele venir por dos causas. Para empezar, cuando nos ponemos nerviosos nos aceleramos. Podría darnos hacerlo todo más despacio, pero el caso es que tendemos a atropellarnos. Pues bien, aquí también se aplica aquello de Vísteme despacio, que tengo prisa.

La otra causa es, a menudo, que hemos preparado demasiado material y —claro— nos creemos en la obligación de soltarlo a cualquier precio. ¿Pero de qué sirve que contemos muchas cosas si nadie se entera?

Te recomiendo que planifiques y ensayes tu presentación. En los ensayos es bueno que tengas a alguien delante para que la situación sea más realista (esos sufridos hermanos, novios y compañeros de piso que están para estas ocasiones). Y si esto no es posible, también ayuda el visualizar en tu mente el lugar donde vas a hablar y el público ante el que lo vas a hacer.

Cuando por fin llegue el momento de la verdad, no claves la vista en el papel. Antes de nada, mira a las personas que te van a escuchar, respira y, cuando te des cuenta de que te están atendiendo, empieza a hablar. Durante la exposición, sigue respirando con el abdomen y mantén el contacto visual con el público, verás cómo naturalmente la cadencia del discurso se va adaptando a la situación.

Tampoco está de más que llegues con tiempo. Si vienes corriendo porque se hace tarde, seguirás a toda marcha cuando tomes la palabra.

Esto son solo un par de sugerencias. Seguro que tú tienes tus propios trucos y técnicas que quieres compartir con los demás. Déjanos tu comentario.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Fallos en una exposición oral: hablar demasiado deprisa]

No, esto no es un chiste del tipo Van un inglés, un francés y un español. Va muy en serio y espero que sirva para mostrar que lo que en unos parajes es correcto en otros se puede considerar dialectal o incluso vulgar.

El francés y el español son dos lenguas románicas que, partiendo de la base del latín vulgar, se han ido alejando poco a poco. Resulta curioso, sin embargo, que en este viaje una de las variedades del español, el andaluz, haya llegado al mismo sitio que el francés.

Para no complicar demasiado la exposición voy a pedirles a los lectores que me permitan la licencia de tratar el andaluz como si fuera una variedad homogénea, aunque todos sabemos que no lo es.

La primera coincidencia y más llamativa es el seseo. Comparemos las siguientes palabras:

Cesar – cesser [sɛ.se]

Si yo, como hablante de Castilla, pronuncio el verbo cesar, haré una diferencia entre la primera consonante y la segunda. Un hablante andaluz, en cambio, las pronunciará iguales. Pues bien, en esto coincidirá con el hablante de francés.

El francés, como lengua, es seseante. Si carece de denominación para este fenómeno, es porque cuando todo el mundo sesea desaparece la noción misma de seseo, igual que, si todos fuéramos rubios, no tendríamos nombre ni para rubio ni para moreno. Es importante explicar esto para que entendamos que el concepto de seseo, en español, solo adquiere sentido en contraste con las variedades distinguidoras del Norte de la Península Ibérica.

Otro fenómeno fonético típicamente andaluz es la pérdida de las consonantes finales. Estoy seguro de que muchos hablantes andaluces pronunciarían el verbo cesar sin la -r final. Una vez mas, es lo mismo que encontramos en francés.

De rebote, la relajación y pérdida de las consonantes finales podría llevar a confundir el singular y el plural. Uno de los mecanismos compensadores que se han desarrollado en andaluz consiste en marcar el plural mediante la apertura vocálica. En los dos ejemplos siguientes, la o abierta [ɔ] distingue el plural del singular:

Niño – niños

[ 'ni.ɲo - 'ni.ɲɔ]

Algo de esto podemos encontrar también en francés, por ejemplo, en el artículo determinado, cuyo plural se pronuncia con una e más abierta:

Leles (‘el – los’)

[lə] – [lε]

La última semejanza de que me voy a ocupar aquí tiene que ver con el uso de los pronombres personales. En castellano tenemos y usted como formas de confianza y de respeto, respectivamente, del pronombre de segunda persona. Estas formas se corresponden en plural con vosotros y ustedes:

Tú – usted

Vosotros – ustedes

Este sistema queda simplificado en andaluz con la pérdida de la forma de confianza vosotros en el plural, con lo que el anterior cuadrado castellano queda convertido en un triángulo invertido:

Tú – usted

Ustedes

Pues bien, esta es, ni más ni menos, que la disposición que encontramos en francés, lengua en la que a tu (confianza) – vous (respeto) en singular se opone únicamente vous en plural:

Tu – vous

Vous

Insisto en que para desarrollar esta breve comparación me he visto obligado a simplificar mucho y a pasar por alto la considerable diversidad de las hablas andaluzas. Lo que me interesaba no eran los detalles sino mostrar cómo un mismo fenómeno lingüístico puede tener diferente consideración social en diferentes lugares.

No faltará quien me diga —y con razón— que lo que aquí cuento no es, ni mucho menos, exclusivo del andaluz, sino que también es aplicable en mayor o menor medida a las variedades americanas del español. Y así es, efectivamente, porque el español de América empieza en Andalucía y continúa en Canarias. Pero ya habrá tiempo para fijarse en América; hoy me apetecía hablar de las cosas de aquende los mares.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿En qué se parecen el francés y el andaluz?]

Nota: los archivos de sonido con los que se ilustran las pronunciaciones de cesser, le y les proceden del Proyecto Shtooka y han sido publicados bajo licencia Creative Commons Atribución 2.0 Francia.

Un típico fallo de principiante cuando tenemos que hablar en público consiste en preparar material para doce presentaciones y además querer contarlo.

El miedo suele ser a quedarse sin nada que decir, pero en la práctica eso raramente pasa. El problema normalmente es el contrario y tan malo es pasarse como no llegar. Como te sientes inseguro y calculas mal el tiempo, exageras. Al final te presentas con material no para una exposición sino para un ciclo de conferencias. Eso te llevará a hablar atropelladamente, con lo que tu público te entenderá peor. En un caso extremo, puedes incurrir en la mayor desgracia de un orador: que tengan que retirarte la palabra (por pesado). Por otra parte, la experiencia me dice que las dos terceras partes de ese material suelen ser irrelevantes y solo te servirán para estrellarte. Al final te das cuenta de que has hablado mucho, has aburrido y no has contado nada de lo que tenías que contar.

¿Y cómo hay que hacerlo, entonces? Para empezar, pregúntate de cuánto tiempo dispones y cuánta información podrá asimilar tu público razonablemente. A continuación mete bien la tijera. Sí, ya sé que es duro, que quitar ese apartado sobre la cría del gusano de seda en Asia Menor es como si te cortaran un dedo de la mano, pero no hay más remedio. Tienes que dejar solamente lo que es funcional en esa exposición, o sea, relevante para el tema y de interés para el público. Piensa también que las partes que eliminas no son trabajo perdido, sino que te proporcionarán un conocimiento más amplio que te ayudará a hablar con seguridad e incluso a salir de alguna pregunta comprometida.

Cuando tengas hilvanado el contenido, empieza a ensayar para asegurarte de que te ajustas al tiempo asignado. Ten en cuenta, eso sí, que cuando salgas a la palestra es fácil que te aceleres por los nervios. Pero tienes que prepararte para ello como cuando te pruebas unos pantalones que pueden encoger. No viene mal que tengan un dedito de holgura, pero tampoco te compres dos tallas más.

Y si después de todo esto sigues sin estar seguro, lleva ya preparadas las partes del contenido que puedes eliminar sobre la marcha; no lo dejes a la improvisación.

Buena suerte con esa presentación. Cuando la hayas hecho, pásate por aquí y cuéntanos qué tal te ha ido y si has encontrado un truco que nos pueda servir a todos.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Fallos en una exposición oral: preparar material para 12 exposiciones]

El ideal de una escritura alfabética es que se dé una correspondencia biunívoca entre grafemas y fonemas, es decir, que a cada fonema le corresponda una letra (y solo una) y viceversa. En la práctica es raro que esto sea así.

El español ocupa una posición intermedia a este respecto entre lenguas con una gran distancia entre su escritura y su pronunciación, como pueden ser el inglés y el francés, y otras con una correspondencia muy estrecha, como el italiano y el checo. En nuestra lengua no siempre es posible determinar la escritura de una palabra a partir de su pronunciación, pero sí que se sabe siempre cuál es la pronunciación a partir de la grafía.

Son varios los tipos de desajuste que nos encontramos:

a) Una letra puede representar alternativamente dos fonemas diferentes. Esto es lo que se conoce como homografía. En el español de Castilla, que es el que habla este humilde escribiente, el grafema <c> puede representar los fonemas /k/ (como en casa) o /θ/ (como en cera), dependiendo de la vocal que aparezca a continuación.

b) También puede ocurrir que un fonema esté representado alternativamente por dos o más letras, un fenómeno que se denomina heterografía. Por ejemplo, en gerente, jarana y xico, los grafemas <g>, <j> y <x> remiten a un mismo fonema, que en notación fonológica escribimos como /x/. Lo mismo podemos decir de <b> (burro) y <v> (vaca) respecto de /b/. 

c) A veces el desajuste viene porque hace falta escribir una secuencia de dos letras para representar un único fonema. Así, en carro, cacho y queso, tenemos representaciones complejas para fonemas simples. Esto se conoce como digrafía.

d) También existe el caso contrario: una única letra para una secuencia de dos sonidos. Es lo que ocurre con la pronunciación de la <x> en examen.

e) Y por último tenemos una letra que no representa ningún fonema: <h>, como en harina. La hache se escribe porque se pronunció y es un buen ejemplo de etimología en la ortografía.

Ni que decir tiene que tales desajustes dan pie a numerosas faltas de ortografía, como sabe cualquiera que haya tenido que corregir un examen (o a quien se lo hayan devuelto corregido). Y si quieres contar tus aventuras y desventuras al respecto, puedes explayarte a tu gusto en los comentarios.

Uno de los fallos más frecuentes en una exposición oral consiste en saltarse la introducción. Esto es como si al hacer un bocadillo te olvidas de poner la tapa. El resultado puede que sea apetitoso, pero desde luego no será un bocadillo.

¿Y cómo se hace una introducción? Para empezar, tenemos que adelantarle a nuestro público el tema del discurso que va a escuchar y presentarle brevemente el contenido y sus partes. De esta forma estará preparado para irlo asimilando.

Este es también el momento de ganarnos su favor (lo que se llamaba en la retórica clásica captatio benevolentiae). Esto se puede hacer de muchas maneras: con un pequeño chascarrillo que rompa la tensión, demostrando modestia, haciendo referencia a algo que sea importante para las personas que nos están escuchando… Por ejemplo, si estás hablando para un grupo de profesores alemanes de español puedes empezar saludando y diciendo algunas palabras en su lengua. No se trata de que lo digas perfectamente sino de que demuestres interés por ellos para que así puedas enlazar con ellos como personas.

Alguien que simpatiza contigo estará más predispuesto a escucharte. Con un grupo de gente nos comunicamos en dos niveles diferentes: el intelectual y el emocional. Nos van a juzgar por el contenido de nuestro discurso, pero también por la relación humana que sepamos establecer. Es más, si hay discordancia entre lo uno y lo otro, al final pesará más lo humano.

Todo esto no es ninguna moda que se hayan inventado en un curso de comunicación efectiva de estos que se estilan ahora. Venimos haciéndolo así desde los tiempos de la Grecia clásica, cuando los ciudadanos tenían que hablar ante la asamblea para defender sus intereses. Para esto era imprescindible convencer. Y para convencer se vio enseguida que había que empezar preparando bien al público. Fue entonces cuando se estableció la costumbre de, antes de nada, hablar de lo que se va a hablar; y también la de buscar el favor de los oyentes desde el momento en que abrimos la boca.

Si se ha seguido haciendo es porque resulta efectivo. Por eso es uno de esos clásicos que nunca se pasan de  moda.

Pronunciación de la equis

16 de Abril de 2009

La x presenta varias pronunciaciones diferentes. Es uno de los puntos en que aparecen desajustes entre escritura y pronunciación en nuestra lengua.

La primera posibilidad es pronunciarla como [ks]. Esto ocurre sobre todo cuando va entre vocales, por ejemplo, examen [eksámen], taxi [táksi]. Más relajada y también correcta es aquí la pronunciación [gs]: [egsámen, tágsi]. En este contexto se pueden oír también versiones simplificadas en [s], pero se perciben como vulgares o, en el mejor de los casos, muy informales: [esámen, tási].

Las realizaciones [ks] y [gs] también son posibles cuando la x va seguida de consonante, como en texto [téksto]. Esto es frecuente en las variedades americanas del español. En España esa pronunciación se reserva para el discurso esmerado o enfático. Lo corriente es pronunciar aquí simplemente [s]: [tésto]. Esta simplificación es impecable desde el punto de vista de la norma.

También encontramos la pronunciación [s] en posición inicial de palabra, generalmente en helenismos como xenofobia [senofóbia] y xilófono [silófono], aunque nuestros amigos mexicanos también ponen su granito de arena con algún nombre como Xochimilco [sochimílko]. La pronunciación [ks] en esta posición no solamente resulta difícil para los hablantes de castellano, sino que se siente claramente como pedante.

Y hablando de México no debemos olvidar que México, Texas y Oaxaca se dicen, respectivamente, [méjiko, téjas, uajáka] y nunca [méksico, téksas, oaksáka]. La pronunciación de x como jota también rige para algunos nombres propios de persona que mantienen esta letra como arcaísmo gráfico, por ejemplo, Ximénez [jiménez]. No obstante, siempre es prudente en casos semejantes atenerse a lo que digan los interesados (no vamos a venir aquí a decirle a nadie cómo se llama).

Por último, una lectora me explicaba un día en un comentario que, además, en algunos nombres mexicanos se encuentra la pronunciación [sh] (como en inglés she o francés chez) y me ponía como ejemplo Xola [shóla], que hasta donde he podido averiguar es una estación de metro de la Ciudad de México.

Como ves, la pronunciación de esta letra tiene sus complicaciones. He procurado exponer los casos más importantes, pero si se te ocurre alguno más, te invito a que nos lo cuentes en los comentarios para que podamos hablar entre todos sobre él.

Heterografía

21 de Enero de 2009

Uno de los desajustes que se pueden dar entre la pronunciación y la escritura es que un fonema o secuencia de fonemas se pueda escribir de maneras diferentes. Esto es lo que se denomina heterografía.

Ocurre en nuestra escritura, por ejemplo, con el fonema /b/, que admite las grafías <b> y <v>. Las palabras baca y vaca se pronuncian exactamente igual, es decir, son heterógrafos de /báka/. Otro tanto se puede decir de <g> y <j> en las secuencias <ge>, <gi>, por un lado, y <je>, <ji>, por otro lado.

En las variedades seseantes del español, es decir, en la mayoría, se multiplican los casos. Así, <za>, <zo>, <zu> y <sa>, <so>, <su> son heterógrafos de /sa/, /so/, /su/. Un sevillano leerá igual Me voy de caza y Me voy de casa. Por eso, para evitar disgustos familiares (y alguna que otra alegría) se ha convertido en habitual decir Me voy de cacería.

No hay que ser ningún águila para darse cuenta de que la heterografía es fuente de abundantes faltas de ortografía. ¿Quién no ha dudado alguna vez entre coger y cojer?

No se agotan con esto los ejemplos que se podrían proponer, pero como ya es tarde y voy estando cansado, dejaré que los amables lectores los anoten abajo como comentario. A ver quién es el primero.

Dos sonidos en una letra

26 de Noviembre de 2008

Uno de los desajustes posibles entre sonido y escritura es que una sola letra represente una secuencia de sonidos. En nuestra lengua tenemos el caso de equis, que lleva dentro la secuencia [ks]:

<x> se pronuncia [ks]

Por ejemplo:

<examen> se pronuncia [eksámen]

El ideal de una escritura alfabética es que haya una grafía y solo una para un sonido y viceversa. En la práctica, raramente se encuentran sistemas de escritura que cumplan esto (si es que hay alguno). Esta correspondencia se ve alterada también por otros fenómenos como la digrafía, trigrafía, heterografía, etc.

¿Cómo se pronuncia ‘Texas’?

28 de Octubre de 2008

El otro día, oyendo la radio, me encontré con que en una cuña de una película doblada pronunciaron cuatro o cinco veces “teksas”, a la inglesa (y eso, en treinta segundos mal contados).

La equis de Texas, como la equis de México, se pronuncia siempre como jota, o sea, “tejas”.

La pronunciación como “ks” se explica por la influencia de la ortografía en la pronunciación, en este caso, reforzada por el inglés.

Las dos grafías, con equis (Texas) y con jota (Tejas), son correctas. Usar una u otra es una mera cuestión de preferencia personal.

¿Hablamos cada vez peor?

19 de Mayo de 2008

No. La respuesta es así de simple. Y contundente. No hablamos peor. Hablamos de otras cosas. Hablamos de otro modo. Eso es todo.

El mundo cambia y también lo hace el lenguaje con el que hablamos de él. Las generaciones se suceden y cada una trae su modo de hablar, igual que trae su modo de vestir, de hacer arte o de hacer política. ¿Verdad que hoy sería ridículo vestirse como Unamuno? Pues también lo sería hablar como él. Incluso dentro de la vida de una misma persona va cambiando con los años el lenguaje. ¿O nos expresamos de la misma manera con sesenta años que con veinte?

Si la lengua fuera a peor, llegaría un momento en que no nos entenderíamos; pero eso no sucede y no puede suceder. ¿Conoces algún caso? ¿Tienes noticia de algún sitio donde hayan empezado a enredar con el idioma y al final se lo hayan cargado? Imagínate que en Suecia empezaran a hacer experimentos con el sueco hasta que lo estropearan y se tuvieran que pasar —qué sé yo— al italiano para volver a entenderse. Esto que es inconcebible con las lenguas no lo es tanto con otras construcciones colectivas, como la economía, sin ir más lejos. Todos podemos citar países donde han empezado a hurgar en el sistema económico hasta que ha dejado de funcionar. El resultado es miseria, hambre, despoblación… En ningún rincón del mundo, en ningún momento de la historia ha habido una penuria lingüística que nos haya dejado en ayunas de palabras. Por ese lado podemos estar tranquilos.

Para acercarnos al problema, tenemos que saber que existe un fenómeno que se llama cambio lingüístico y que este es universal. Hay toda una rama de la lingüística que se ocupa de estudiarlo. Todas las lenguas cambian y todas han cambiado. No pueden no cambiar. Esto en sí no es ni bueno ni malo. Es. Punto. Otra cosa es que los resultados nos gusten más o menos; pero eso ya es cuestión de gustos y sobre gustos…

La lengua no la hacen los catedráticos, ni los académicos, ni los políticos… ¡por suerte! Siempre la han hecho los hablantes de a pie, la gente normal y corriente: el niño que juega con sus amigos en el patio del colegio, el dependiente de la pollería que despacha cuarto y mitad de mollejas, la señora que merienda con sus amigas en la cafetería, los enamorados que se susurran al oído. Por eso la lengua es sensata y funciona. La comunidad de hablantes en conjunto es sabia (aunque algunos de sus individuos no lo sean tanto).

De unos siglos a esta parte, vienen metiendo cuchara también, con mayor o menor fortuna, gramáticos, gobernantes, lexicógrafos, periodistas, etc.; pero eso no invalida lo anterior. Me entran temblores de pensar en lo que pasaría si la lengua dependiera de una comisión de profesores, representantes del Ministerio de Educación, autores de libros de estilo, dueños de editoriales… y escritores de blogs sobre lengua, que son, con diferencia, los más dañinos.

Otra cuestión, que probablemente te estás planteando a estas alturas, es: “Sí, pero ¿por qué cambian las lenguas?”. Como diría un político, me alegro de que me haga esa pregunta. Por hoy, lo dejaremos aquí.