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Apodos o sobrenombres, con mayúscula

Los apodos, motes, alias o sobrenombres que se aplican a una persona tienen el mismo tratamiento ortográfico que un nombre de pila. Se escriben, por tanto, con mayúscula, tanto cuando aparecen acompañando al nombre oficial (1)-(3) como cuando se presentan aislados (4):

(1) Simón Bolívar, el Libertador

(2) Diego el Cigala está trabajando en su nuevo disco

(3) Juan José Moreno, alias el Vaquilla, se hizo famoso por la película que se le dedicó

(4) Mañana actúa el Cigala en Barcelona

El artículo no se considera parte integrante del apodo, por lo que se escribe en minúscula, como se hace en (1)-(4), arriba. Como regla nemotécnica, podemos fijarnos en que esto es lo mismo que ocurre cuando en el habla popular se antepone el artículo a un nombre de pila: escribimos la Paqui o el Manolo, con el artículo en minúscula, y de igual manera debemos escribir la Faraona o el Potro de Vallecas. Cuando dicho artículo coincide con las preposiciones a y de, da lugar a las formas contractas al (5) y del (6), respectivamente. El motivo es el mismo: no forma parte del nombre.

(5) La película Torrente volvió a lanzar a la fama al Fary

(6) La canción más famosa del Puma es “Pavo real”

También se escriben con mayúscula inicial los sobrenombres con los que ciertos personajes han pasado a la historia:

(7) Pedro I el Cruel es también conocido como el Justiciero

(8) Juana la Loca se casó con Felipe el Hermoso

(9) Beda el Venerable fue un destacado intelectual de la Europa medieval

Hay que aclarar que las denominaciones alias, mote, apodo y sobrenombre no son necesariamente sinónimas, pero para el propósito de este breve artículo ortográfico no es necesario entrar en mayores disquisiciones.

Mayúsculas y minúsculas en apellidos

Los apellidos se escriben con mayúscula. Para saber eso no hace falta ser académico de la lengua ni leer el Blog de Lengua Española.

Más problemas, sin embargo, nos pueden plantear las preposiciones y artículos que anteceden a algunos apellidos.

Cuando el apellido va encabezado por una preposición, se producen alternancias en la escritura de esta con mayúscula o minúscula dependiendo del contexto. Lo normal es que esa preposición se escriba en minúsculas y así es como se presenta cuando el apellido en cuestión aparece arropado por el resto del nombre. Con un par de ejemplos quedará claro a qué me refiero:

(1) Me ha llamado esta mañana Javier de Mora

(2) Estoy leyendo la poesía de García de la Huerta

En los ejemplos de arriba se ve cómo la preposición está escrita en el interior de una secuencia que forma el nombre de la persona. El ejemplo (2) además nos muestra que cuando la preposición va seguida de un artículo los dos se quedan en minúscula.

Otra cosa es cuando la preposición queda al descubierto, es decir, cuando no hay otra parte del nombre propio que se escriba delante de ella y le corresponde aparecer en primer lugar como representante del nombre completo de la persona. Adopta entonces la mayúscula:

(3) El actual ministro de economía de España se llama De Guindos

(4) Estoy citado con el señor De la Hoz

Conviene aclarar, eso sí, que esta alternancia solo se produce cuando la preposición forma parte integrante del apellido, no en expresiones como señora de Fernández, que simplemente indican que el cónyuge de esa señora se llama Fernández. Esto, por otra parte, es lógico, pues la mayúscula de ejemplos como (3) y (4) tiene función delimitadora: señala el inicio de un nombre propio.

Cuando el apellido va encabezado por un artículo (sin preposición) dicho artículo se escribe siempre con mayúscula, independientemente de que se presente en el interior del nombre (5) o en primera posición (6):

(5) He invitado a Javier La Mota

(6) Me ha escrito La Mota. Al final no puede venir

Para los apellidos procedentes de lenguas que no sean el español nos atendremos a la grafía habitual en el idioma de origen.

Nombres de persona extranjeros

Con los nombres de persona extranjeros (y me refiero aquí a los nombres de pila) se constata una tendencia semejante a la de los nombres de ciudades extranjeras: cada vez se va imponiendo más la forma original.

Este es un campo en el que no existen normas rígidas, sino tan solo usos y convenciones. Tradicionalmente se traducían al castellano los nombres de pila de personalidades internacionales como escritores, filósofos, compositores, políticos, etc. Así, lo normal era hablar de Carlos Dickens, Manuel Kant, Juan Sebastián Bach, Teodoro Roosevelt, etc.

Sin embargo, hoy se mantiene casi siempre el nombre de pila original, con lo que los personajes anteriores vuelven a llamarse como les pusieron sus padres, o sea, Charles Dickens, Immanuel Kant, Johann Sebastian Bach y Theodore Roosevelt. Solo esquivan la traducción (y no siempre) algunos nombres que están ya muy asentados en nuestra tradición, como los de escritores célebres con los que todos hemos crecido. Estoy pensando, por ejemplo, en Alejandro Dumas y Julio Verne. Compruebo, eso sí, que las traducciones modernas de sus obras están divididas al respecto: algunas se mantienen fieles a la castellanización, mientras que otras se van atreviendo a introducir la forma francesa.

El único ámbito en el que mantiene su vitalidad la costumbre de castellanizar es el de los miembros de dinastías: reyes, príncipes, papas, patriarcas ortodoxos, etc. Así, hoy seguimos hablando de Isabel de Inglaterra (no Elizabeth), Alberto de Mónaco, Juan XXIII y Cirilo I. Nótese que incluso ha ocurrido que cuando un plebeyo se ha nobilizado, se le ha traducido el nombre: Grace Kelly se convirtió en Gracia de Mónaco al casarse con Rainiero III.

Sin embargo, la traducción de los nombres de cabezas coronadas no siempre está exenta de complicaciones. Cuando se creó papa al cardenal Ratzinger, este adoptó como nombre Benedictus XVI. Esto se hubiera tenido que traducir como Benito XVI (que es lo que se hizo en francés, lengua en la que se le denomina Benoît XVI). Sin embargo, teniendo en cuenta la tradición de otros papas que se habían llamado igual, se adoptó finalmente la forma Benedicto (aunque quizás influyeran en esto también razones de prestigio: Benito suena más popular, mientras que Benedicto parece transmitir mayor sensación de dignidad y gravedad).

E incluso hay nombres de monarcas que se mantienen tal cual, probablemente por la dificultad de encontrar un equivalente. Esto es lo que pasa con Harald de Noruega, con su hijo Haakon y con la princesa Mette Marit.

Todo esto forma parte, probablemente, de una tendencia más general en la lengua que tiene que ver con el mayor conocimiento de lenguas y culturas extranjeras gracias a factores como el acceso a la educación y a Internet, así como la popularización de los viajes al extranjero. Pero esto es solo una modesta reflexión que se me pasaba por la cabeza y quería compartir aquí.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Nombres de persona extranjeros]

La península ibérica (con minúsculas)

Según la Ortografía de la lengua española de 2010 (pp. 477-478), el topónimo península ibérica se ha de escribir en minúsculas. El motivo con el que se justifica esta decisión es que se trata de una secuencia formada por un sustantivo genérico (península) y un adjetivo derivado de un topónimo.

Según los nuevos criterios para el uso de las mayúsculas, el sustantivo genérico se tendría que escribir en cualquier caso con minúsculas. En cuanto al adjetivo, no es este el que ha de recibir la mayúscula sino el topónimo que le da origen, que es Iberia. Está claro que este último ha caído en desuso, puesto que no decimos las aves de Iberia sino las aves de la península ibérica, ni hablamos de los Estados que conviven en Iberia sino de los Estados que conviven en la península ibérica. Sin embargo, la falta de uso del topónimo originario no afecta a la norma, como se indica expresamente en el texto. Su existencia histórica basta para la que la secuencia de sustantivo y adjetivo no sea tratada como nombre propio a efectos ortográficos.

Otros topónimos que han de regirse por este nuevo criterio son cordillera andina, pues andino se deriva de Andes; islas británicas, por proceder del viejo nombre Britania; península itálica (< Italia); península arábiga (< Arabia); península balcánica (< Balcanes); y cualquier otro con las mismas características.

El hecho es que está perfectamente asentado el uso de escribir estos nombres con mayúscula. Basta para comprobarlo con hojear cualquier tratado de geografía. A día de hoy una búsqueda en Internet nos confirma esto mismo con rapidez. Habrá que repetir esta misma búsqueda dentro de diez años (en Internet o en lo que haya entonces) para comprobar hasta qué punto la nueva norma es capaz de imponerse a prácticas tan arraigadas.

Uno de los puntos débiles que se venía criticando a nuestra ortografía era que solamente aportaba algunas indicaciones generales en cuanto al uso de las mayúsculas. Estas se quedaban cortas en cuanto teníamos que descender a la casuística del uso cotidiano, lo que generaba inseguridad en la escritura. El público lo pidió y las Academias regularon en detalle el uso de las mayúsculas. El caso que presento hoy es solo un ejemplo y espero poder ir ocupándome de otros en próximas entradas.

Quizás estas nuevas normas se conviertan también en una demostración de que hay que tener cuidado con lo que uno desea porque se puede ver cumplido.

Me interesa, en cualquier caso, tu opinión.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, La península ibérica (con minúsculas)]

Origen del nombre ‘Álvaro’

Álvar FáñezÁlvaro es un nombre de origen germánico. Rafael Lapesa, en su imprescindible Historia de la lengua española (Madrid: Gredos, 1981, p. 121), nos explica que es un compuesto de las raíces all ‘todo’ y wars ‘prevenido’. Podemos interpretar, por tanto, que se refiere a alguien que anda siempre alerta y prevenido. Hay que aclarar, eso sí, que la certeza en cuanto a este origen no es absoluta.

El nombre llega a la Península Ibérica con los visigodos en la época en que declinaba ya el Imperio Romano.

No son demasiadas las palabras que los visigodos dejaron en el castellano, sobre todo si las comparamos con el aporte del árabe, que es otra de las lenguas que llegaron a esta península nuestra como resultado de una conquista. Una de las áreas del vocabulario donde la huella visigótica resultó más duradera es la de los nombres propios de persona o antropónimos. Muchos de los que hoy son de uso corriente en el mundo hispánico tienen este origen.

El primer Álvaro famoso de la historia es el guerrero Álvar Fáñez, que fue sobrino del Cid y al que podemos ver en la imagen.

Esta entrada está dedicada, como no podía ser menos, a mi sobrino Álvaro.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Origen del nombre 'Álvaro']

Origen del nombre ‘Raquel’

Fotografía de Jean D'Alambert, Photo BirdyRaquel es un nombre de origen hebreo. Procede del sustantivo Rāḥel, que significa ‘oveja’, animal que simboliza la pureza.

Su vía de entrada en nuestro ámbito lingüístico y cultural fue la Biblia. Raquel es uno de los personajes del libro del Génesis. Tiene un destacado papel en la formación del pueblo de Israel, pues se casa con Jacob, con quien tiene dos hijos, José y Benjamín, de los que descienden tres de las doce tribus de Israel.

Se trata de un nombre internacional con formas ligeramente diferentes en las diversas lenguas en que lo encontramos, por ejemplo, Rachel en inglés o Rachele en italiano.

Esta entrada está dedicada a mi sobrina Raquel, que quería conocer el significado de su nombre.

Nota: La fotografía de la oveja es obra de Jean D’Alembert, Photo birdy, se distribuye bajo licencia CC-BY-SA-3.0 y ha sido obtenida de Wikimedia Commons.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Origen del nombre 'Raquel']

Acentuación de los nombres propios de persona

La Ortografía de la lengua española en su edición de 2010 detalla (pp. 636-637) cómo se ha de proceder a la hora de acentuar los nombres propios de persona. Hay que distinguir aquí entre los nombres españoles y los nombres procedentes de otras lenguas.

Los nombres propios de persona españoles se tildan siguiendo las normas generales de acentuación. Esto incluye tanto a los nombres de pila como a los apellidos. Así, Ramón tiene acento ortográfico por ser palabra aguda terminada en ene, Gutiérrez lo tiene por ser palabra llana terminada en zeta; y Águeda, por ser esdrújula. En cambio, Cejador y Macario no se acentúan por no responder a ninguno de los casos previstos para las palabras agudas y llanas. Luis o Ruiz no se acentúan por ser monosílabos, pero sí Pío o Saúl por recaer el acento en la vocal cerrada de un hiato.

La obligación de seguir las reglas de acentuación se extiende incluso a ciertas variantes arcaicas como Laýnez o Ýñiguez en que la i griega tiene valor vocálico.

Cuando se fusionan gráficamente dos nombres, solo recibe acento ortográfico el segundo elemento del compuesto —si es que le corresponde según las reglas generales—. Así, Josemaría tiene una sola tilde a pesar de que en la versión en dos palabras José María cada nombre tenga la suya. Conviene estar atentos aquí porque una fuente frecuente de faltas de ortografía es la dificultad que tenemos a veces para asimilar que una misma palabra cambie su grafía dependiendo de las circunstancias.

En cuanto a los nombres extranjeros, se mantiene la ortografía de la lengua de origen, lo que incluye los acentos. Así, aunque Antonio no tenga tilde en español, escribimos António Lobo Antunes porque en portugués este nombre sí que la tiene; y aunque María la tenga que llevar en nuestra lengua, esto no es aplicable al nombre alemán Rainer Maria Rilke. Otra cosa sería que se tradujera el nombre. Habría que volver entonces a las reglas generales de acentuación.

En el caso de España, hay que tener en cuenta además los nombres procedentes del catalán, el euskera y el gallego. Lo que procede aquí es mantener la grafía propia de estas lenguas, a no ser que los interesados sientan el nombre como integrado en el español. Así, nos podemos encontrar con las variantes Palau, Bernabeu y Paláu, Bernabéu, según se trate, respectivamente, de apellidos catalanes tal cual o de su castellanización. Si en estos dos casos se añade una tilde en la castellanización, lo contrario ocurre con Núria, que la pierde para quedar en Nuria.

En resumen, los nombres españoles se acentúan siguiendo las reglas generales; y los restantes, según lo que se haga en la lengua de origen.

Pon en práctica todo esto con un ejercicio.

Y descárgate mi resumen de las reglas de acentuación y el manual completo con ejercicios.

Nombres de ciudades extranjeras

Las ciudades extranjeras con las que históricamente hemos mantenido unas relaciones más intensas tienden a tener versiones castellanizadas de sus nombres originales. Así, sin alejarnos mucho de la Península Ibérica, nos encontramos con que Londres no es —para nosotros— London; ni Burdeos, Bordeaux. No obstante, dicho esto, tengo la sensación de que tales denominaciones tradicionales se encuentran en retroceso últimamente y que, por ejemplo, el italiano Padova va ganando posiciones frente al castellano Padua.

La situación es compleja, y hay que diferenciar, como mínimo, tres posibilidades. Todos los ejemplos que mencionaré son europeos porque esta es la realidad que geográfica y culturalmente me resulta más próxima, pero no sería demasiado complicado dar con casos análogos en otros continentes.

En primer lugar, encontramos una serie de versiones castellanas que mantienen plenamente su vitalidad. Todavía no me he encontrado a nadie que a Cracovia la llame Kraków; o a Viena, Wien. Esto puede estar relacionado con la frecuencia de uso de las formas en cuestión o con la dificultad (real o percibida) que presente la lengua original para personas hispanohablantes.

En segundo lugar, tenemos denominaciones vacilantes. Las formas castellana y alemana Tubinga y Tübingen alternan. A Maguncia le sirve de poco el ser la cuna de la imprenta: poco a poco se va imponiendo la germana Mainz. San Francisco de Asís hoy tendría que ser San Francisco de Assisi, a juzgar por el éxito que va teniendo el nombre italiano de su ciudad. Gotemburgo también va cediendo posiciones ante el empuje de la sueca Göteborg (con una pronunciación castellanizada góteborg). Como vemos, se trata por lo general de ciudades que no se mencionan con excesiva frecuencia, lo que puede favorecer que la forma tradicional vaya cayendo en el olvido y que la original gane terreno, ayudada, probablemente, por viajes turísticos, traducciones apresuradas de noticias, búsquedas de información en Internet, etc. Los libros de estilo de los medios de comunicación, como el del diario El País, suelen recomendar las formas tradicionales, lo que no impide que en sus páginas se cuelen a menudo sus competidoras extranjerizantes.

En tercer lugar, hay que mencionar aquellos nombres que existieron históricamente, pero que hoy han quedado reducidos a meras curiosidades de la historia de la lengua. En el osario de la toponimia podemos localizar muchas de estas reliquias venerables. En tiempos se habló de la ciudad de Brema, pero la única forma que hoy sigue siendo conocida y aceptada es Bremen. Si todavía en 1906 a Ortega y Gasset le pareció normal titular uno de sus artículos “Las fuentecillas de Nuremberga”, hoy ese topónimo ha sido desplazado por la forma levemente castellanizada Núremberg, a la que nos tendremos que referir de nuevo más abajo a propósito de su pronunciación. Cuando a principios de los años noventa se discutía sobre el Tratado de la Unión Europea, también conocido como Tratado de Maastricht, alguien sacó del cajón (con escaso éxito) el viejo nombre Mastrique, que da título incluso a la tragicomedia de Lope de Vega El asalto de Mastrique. Toulouse fue Tolosa de Francia… Pero, para mi gusto, el mejor de todos estos viejos topónimos es Zaragoza de Sicilia, que es como se conoció a Siracusa por influencia del nombre catalán Saragossa de Sicília. Todavía a principios del siglo XIX, el insigne lingüista Lorenzo Hervás y Panduro se refiere así a esa ciudad en su Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (volumen 4, tratado III, parte II).

Tampoco hay que olvidar, para complicar un poco más el asunto, algunos casos como los de Múnich (en alemán, München) y Núremberg (en alemán, Nürnberg), que en la lengua oral están teniendo como competidores no los nombres originales, que resultan poco menos que impronunciables para el hispanohablante medio, sino una pronunciación anglizante miúnik, niúremberg, que tiene que ver con la manía de pronunciar todo lo extranjero como si fuera inglés.

En los ejemplos anteriores se aprecia a las claras que el nombre castellano es simplemente una versión retocada del original. Sin embargo, a veces, hay denominaciones castellanas que sorprenden por ser completamente diferentes. Así, a la ciudad bávara de Regensburg nosotros la hemos llamado siempre Ratisbona, en lo que coincidimos con los franceses, que la llaman Ratisbonne. Más espectacular aún es el caso de la renana Aachen, conocida entre los hispanohablantes como Aquisgrán y entre los francófonos como Aix-la-Chapelle: tres nombres diferentes, una misma ciudad.

Es posible que todo esto no sea sino una más de las múltiples manifestaciones de la globalización, que empuja a las lenguas hacia la convergencia. En un mundo en el que los contactos internacionales son cada vez más frecuentes, mucha gente tiene un acceso de primera mano al nombre original de estas ciudades, mientras que la referencia de la forma tradicional le resulta lejana o, directamente, desconocida. Podríamos ver aquí también una forma de favorecer la comunicación a escala internacional, evitando llamar de formas diferentes a lo que ya tiene un nombre que todos reconocen. En el otro lado de la balanza, hay que poner la pérdida o, cuando menos, decadencia de una parte del léxico que forma parte de nuestra herencia cultural.

Pero con esto no se termina la cuestión, sino que tan solo se empieza.

¿De dónde viene el nombre ‘Jesús’?

El nombre Jesús es la forma que nos llega a nosotros a través del griego y el latín del hebreo Yehošua, que significaba ‘Yahvé es el salvador’.

En los países de habla española no tiene nada de particular llamarse así: ¿quién no tiene un amigo o familiar con ese nombre? Sin embargo, personas procedentes de otros países de tradición cristiana se quedan a menudo sorprendidas con esta costumbre tan hispánica. Que alguien se llame Jesús les resulta a ellos tan extraño como nos resultaría nosotros que un padre quisiera ponerle a su hijo Cristo o, incluso, Dios.

Detrás de esta escasez del nombre Jesús hay una mezcla de devoción y temor religiosos. En Alemania llegó a estar prohibido dárselo a los niños porque se consideraba que podía herir los sentimientos de la comunidad cristiana. En 1998 el tribunal de Fráncfort del Meno lo autorizó argumentando que si nadie se escandalizaba porque hubiera personas llamadas María tampoco tendría por qué pasar nada si alguien se llamaba Jesús. La nota de prensa relativa a la sentencia se refería explícitamente a lo corriente del nombre en los países de habla española, de notoria tradición cristiana, como prueba de que nadie tenía por qué ofenderse.

Que paséis todos unas felices fiestas.

Isla California

Aprovechando que estoy en la afortunada California, me gustaría hablar hoy sobre el origen de este nombre.

En la época en que los españoles empezaron a explorar esta parte de América, allá por la primera mitad del siglo XVI, tenían gran éxito los libros de caballerías. En uno de ellos, Las sergas de Esplandián de Garci Rodríguez de Montalvo, aparece la fabulosa Isla California:

Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California, muy llegada a la parte del Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras sin que algún varón entre ellas hubiese, que casi como las amazonas era su estilo de vivir. Estas eran de valientes cuerpos, y esforzados y ardientes corazones, y de grandes fuerzas; la ínsula en sí la más fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se hallaba. Las sus armas eran todas de oro y también las guarniciones de las bestias fieras en que, después de las haber amansado, cabalgaban, que en toda la isla no había otro metal alguno.

Gobernaba la isla una hermosa reina llamada Calafia. La falta de hombres no era una casualidad. Tenía la siguiente explicación (atención, viajeros desprevenidos):

[...] los hombres que prendían llevábanlos consigo, dándoles las muertes que adelante oiréis. Y algunas veces que tenían paces con sus contrarios, mezclábanse con toda seguranza unas con otros y habían ayuntamientos carnales, de donde se seguía quedar muchas dellas preñadas, y si parían hembra guardábanla, y si parían varón luego era muerto. La causa dello, según se sabía, era porque en sus pensamientos tenían firme de apocar los varones en tan pequeño número que sin trabajo los pudiesen señorear, con todas sus tierras, y guardar aquellos que entendiesen que cumplía para que la generación no pereciese.

Para entender por qué se le dio a este territorio el nombre de una isla hay que tener en cuenta que esta parte del continente americano fue mal conocida durante siglos. Lo primero que se descubrió y exploró es la Península de la Baja California; pero al principio la confundieron con una isla. Esto se puede apreciar en el mapa de abajo, de 1650, en el que aparece una isla de gran tamaño al Oeste de México. También veremos que el resto del Occidente norteamericano, simplemente, era desconocido.

Isla California

Las tierras americanas y los hechos de la conquista se presentaban con dimensiones colosales ante los ojos de los europeos de la época. No había nada en su mundo comparable con aquello y por eso echaron mano de la literatura, del mundo fantástico de los libros de caballerías, donde todo era posible.

El origen del nombre, como tantas cosas, fue cayendo en el olvido con el paso del tiempo hasta convertirse en un enigma. Esto dio lugar a especulaciones etimológicas que lo situaban en el latín (callida fornax ‘horno caliente’), una mezcla de castellano y catalán (cal + forno ‘horno de cal’), el árabe (kalifat ‘califato’) o las lenguas indígenas. El misterio se resolvió por fin en 1862, cuando el escritor estadounidense Edgar Everett Hale se topó con la Isla California en las Sergas de Esplandián y comprendió que todo encajaba.