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Tengo buenas noticias para quienes se lían con murciélago y murciégalo. Las dos sílabas finales no solo se les enredan a ellos. También se le enredaron históricamente al español.

El nombre del animalito procede del latín mur caecus, es decir, ‘ratón ciego’. Existió en castellano antiguo una forma murciego que todavía se puede encontrar en algunas variedades del español (convertida quizás en el diminutivo murceguillo, o sea, ‘ratón cieguecito’). Por una tendencia, que ha sido muy importante en la formación de nuestro léxico, a expandir las palabras añadiéndoles terminaciones que no aportan significado surgieron las formas antiguas murciégano y murciégalo. A partir de esta última, trastocando el orden de las dos sílabas finales, surgió nuestra forma actual murciélago. Este baile en la posición de los sonidos es lo que técnicamente se conoce como metátesis.

En definitiva, la actual forma murciélago no deja de ser el resultado de una confusión. Pero por si esta explicación histórica no termina de conformar a quienes se han quedado en el entrañable murciégalo, les diré que el diccionario académico todavía recoge esta palabra, aunque no la prefiere, pues ya ha quedado reducida al habla popular o regional.

La locución latina statu quo se escribe y se pronuncia así, sin -s en la primera palabra. Se utiliza en español con el significado de ‘el estado de las cosas’, ‘el orden de las cosas’ o, a veces, más específicamente, ‘el orden establecido’ (con connotaciones de inmovilismo). Se debe escribir en cursiva por ser un latinismo crudo y la pronunciación más adecuada para la segunda palabra es [kuó], con diptongo. La variante [kúo], con hiato, es semiculta y, por ello mismo, bastante extendida. Veamos un par de ejemplos en que se hace un uso correcto de ella en textos escritos:

(1) A estas alturas de la crisis el futuro sigue siendo oscuro por la falta de diagnósticos y medidas que identifiquen y cambien el statu quo especulativo que la había provocado [Del Consejo Editorial (blogs de Público.es), acceso: 3-1-2012]

(2) Los blogs han acelerado una revolución que ha demostrado el impacto de las ideas y que ha hecho temblar hasta tambalearse, e incluso caer, a quienes parecían anclados al statu quo. Blogueros contra déspotas. Opinión contra censura. Cambio contra permanencia [lainformacion.com, acceso: 3-1-2012]

En el ejemplo (1) nos encontramos con el significado más general: … que identifiquen y cambien el estado de cosas especulativo… En (2), en cambio, tenemos una muestra de la especialización semántica equivalente a ‘orden establecido’.

El origen de esta locución es una expresión latina empleada en el lenguaje jurídico: in statu quo ante bellum, que quiere decir que las cosas se deben dejar “en el estado en que se encontraban antes de la guerra”, o sea, que los contendientes deben retirar sus tropas y devolver (o recuperar) los territorios conquistados, así como renunciar a cualquier otro tipo de ventajas políticas o económicas que hayan podido adquirir durante el enfrentamiento. El motivo de que en español se prefiera la forma statu quo es que esta es la etimológica, tal como se registra en esta expresión. Nuestra lengua se alinea en esto con el francés. La variante status quo, por su parte, es la corriente en inglés y en alemán. En la expansión de su uso en castellano probablemente influyó no poco la existencia de un grupo de rock con ese mismo nombre.

Sea como sea, nos podemos hacer un favor a nosotros mismos y a nuestros lectores u oyentes si esto mismo lo decimos lisa y llanamente, explicándolo con buenas palabras en castellano (en el primer párrafo tenemos algunas opciones). Sonará menos importante, pero probablemente resultará más efectivo y nos salvará de algún que otro traspié.

Cuando llega el verano y el mercurio amenaza con reventar los termómetros, se empieza a hablar de la canícula. Hoy este sustantivo se ha convertido en sinónimo de ‘periodo de calor intenso’; pero etimológicamente tuvo un significado más preciso. Canícula es un diminutivo de can. Se trata, en realidad, de una formación latina a partir de canis, y si tuviéramos que traducirlo saldría algo así como ‘la perrita’.

La vinculación entre tan simpático animal y los calores que nos toca sufrir todos los años es astronómica. La perrita de marras es Sirio, la estrella más brillante de la constelación del Can Mayor. Antiguamente, la época más calurosa del año coincidía con los días en que Sirio salía y se ponía al mismo tiempo que el sol. Este periodo iba del 22 de julio al 23 de agosto. Pero los milenios no pasan en balde y la perrita Sirio va retrasando cada vez más sus paseos celestes. Hoy tiene al sol esperándola hasta septiembre (aunque en esto me remito al mejor criterio de los astrónomos, que uno bastante tiene con ser lingüista).

Desde un punto de vista etimológico, este uso de canícula donde realmente tiene sentido es en el hemisferio norte, puesto que la configuración del cielo nocturno en el sur es completamente diferente. Por eso siento curiosidad por saber si también se habla de la canícula en los países del hemisferio austral. Si algún lector de esas tierras me lo pudiera aclarar, se lo agradecería.

Saludos y que sobreviváis a estos calores de julio.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de 'canícula']

Etimológicamente, el nombre de la orquídea reposa en una metáfora, pero esta no se basa en nada que esté presente a simple vista, sino más bien en algo que suele permanecer oculto (en más de un sentido). Proviene del griego órchis, que significa ‘testículo’ y se le aplica porque en algunas especies las raíces forman una especie de tubérculos emparejados.

No creo que haga falta mayor explicación.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de orquídea]

Un préstamo es cualquier elemento que, procedente de una lengua, se introduce en otra.

Empezaremos hablando de los préstamos léxicos, que son los más típicos. Es frecuente diferenciar aquí entre un sentido amplio y un sentido estricto del término.

En sentido amplio, cualquier palabra tomada de otra lengua es un préstamo. Por ejemplo, en español lo son escáner (del inglés), menú (del francés) y pizza (del italiano).

Las palabras que no se han tomado prestadas, por su parte, se suelen denominar léxico patrimonial. En el caso del español, este es el que hemos heredado del latín vulgar, que ha llegado sin solución de continuidad hasta nuestros días, como ocurre, por ejemplo, con cabeza, chopo, reja y suegra, que proceden, respectivamente, de capitia, populus, regula y socra.

En casi todas las lenguas, incluida la nuestra, se pueden reconocer estratos de préstamos según su grado de integración en el sistema morfológico, fonológico y ortográfico. Algunas palabras son, claramente, cuerpos extraños. Salta a la vista que outsourcing, warrant o paparazzi no pueden ser léxico patrimonial castellano. Estas palabras importadas y no integradas son lo que se conoce como extranjerismos.

El extranjerismo, con el paso del tiempo, se puede ir naturalizando y a veces se llega a asimilar al léxico patrimonial hasta tal punto que tan solo el experto está en condiciones de identificarlo. El español contiene toda una legión de antiguos extranjerismos, como los de origen árabe, que para el lego en lingüística pasan por palabras tan castizas como las que más. ¿O acaso no lo parecen abalorio, acicate, adelfa, adoquín, ojalásandía? Pero casi nadie identificaría tampoco como préstamos mermelada (del portugués marmelada), zapato (del turco zabata), chaqueta (del francés jaquette) y corbata (del italiano corvatta). Préstamos en sentido estricto son estas palabras de origen extranjero que se han adaptado a la lengua receptora. No obstante, la diferencia con los extranjerismos no siempre resulta evidente y los criterios que se aplican para deslindar lo uno de lo otro pueden ser de lo más variado.

Aunque no es oro todo lo que reluce. También existen los falsos préstamos, que son palabras formadas con elementos que pertenecen a otra lengua pero que, o bien no existen en esa lengua como unidad léxica, o bien tienen un significado diferente. Un slip en inglés pueden ser muchas cosas, pero lo que no tiene esta palabra, desde luego, es el sentido que nosotros le hemos atribuido de ‘calzoncillos’.

Como he dicho arriba, los préstamos más típicos son los léxicos, que constituyen una de las fuentes de las que se alimenta la neología; pero prácticamente todo puede tomarse prestado.

Hay préstamos sintácticos. Por ejemplo, son importadas del francés construcciones del tipo sustantivo + a + sustantivo, como las que se dan en avión a reacción y champú a la clorofila. Se producen préstamos en el sistema ortográfico. La uve doble era en principio ajena a nuestro alfabeto, pero la adoptamos en su día para escribir los nombres de origen germánico (y nosotros, por nuestra parte, hemos exportado a otras lenguas grafemas como la cedilla y la eñe). E incluso hay préstamos fonéticos. Cuando alguien pronuncia flash a la inglesa, está introduciendo en nuestra lengua un elemento ajeno a su sistema fonético y fonológico. Hasta en la morfología se puede andar de prestado; prueba de ello son híbridos como puenting, que están construidos añadiendo a una base española un morfema inglés.

Los motivos que hay detrás del préstamo pueden ser de lo más diversos. A menudo, las palabras viajan unidas a las cosas: quien inventa algo nuevo, necesariamente, lo tiene que llamar de alguna forma, y después difunde juntos el objeto y su nombre. Influyen también factores de prestigio e incluso de moda. Pero todos hemos tomado algo prestado de todos. De hecho, las lenguas que más prestan suelen ser también las que más reciben. Es ya un tópico el quejarse de la avalancha de anglicismos que está entrando en español; pero quienes lo hacen suelen pasar por alto que también se han tomado muchas palabras españolas en inglés.

El intercambio de elementos entre lenguas es un proceso perfectamente normal que se da en todas las lenguas y en todas las épocas. Es parte integral y necesaria de su evolución. No hay lenguas puras en el sentido de lenguas que no hayan tomado nada prestado de otras. Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Préstamos]

El sustantivo entusiasmo procede del griego enthousiasmós, que viene a significar etimológicamente algo así como ‘rapto divino’ o ‘posesión divina’.

En efecto, el sustantivo griego está formado sobre la preposición en y el sustantivo theós ‘dios’. La idea que hay detrás es que cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo es un dios el que entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse, como les ocurría —creían los griegos— a los poetas, los profetas y los enamorados.

Todos ellos estaban poseídos por la divinidad y por ello merecían respeto y admiración, pues llegaban a alturas que no podían ni siquiera vislumbrar las gentes de a pie, por no decir pedestres.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de 'entusiasmo']

Chillar es tocar la flauta, al menos, etimológicamente.

Esta palabra procede del latín fistulare, que significaba ‘tocar la flauta’. Una fístula, en sentido general, es un canal o un conducto; y eso, al fin y al cabo, y no otra cosa, es una flauta. El paso de fistulare al significado de ‘chillar’ reposa sobre una metáfora. Los chillidos de personas y animales quedan asimilados a los pitidos agudos que salen de una flauta (sobre todo, cuando desafinamos).

El verbo latino se debió de deformar en latín vulgar hasta convertirse en *tsisclare. Esta forma lleva un asterisco delante porque no está atestiguada; pero tuvo que existir, pues de lo contrario no se entiende de dónde pudo salir toda una serie de cognados románicos como el castellano antiguo chirlar, el gallego-portugués chilrar, el aragonés chilar y el catalán xisclar.

Pero no se acaba ahí la descendencia del verbo latino fistulare. Ha tenido también su prolongación en euskera con las voces txistulari ‘flautista’ y txistu ‘flauta vasca’.

Esto es solo un ejemplo de lo que se puede encontrar uno hojeando el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Coromines, que no es lo peor que se puede hacer un miércoles por la tarde.

Álvar FáñezÁlvaro es un nombre de origen germánico. Rafael Lapesa, en su imprescindible Historia de la lengua española (Madrid: Gredos, 1981, p. 121), nos explica que es un compuesto de las raíces all ‘todo’ y wars ‘prevenido’. Podemos interpretar, por tanto, que se refiere a alguien que anda siempre alerta y prevenido. Hay que aclarar, eso sí, que la certeza en cuanto a este origen no es absoluta.

El nombre llega a la Península Ibérica con los visigodos en la época en que declinaba ya el Imperio Romano.

No son demasiadas las palabras que los visigodos dejaron en el castellano, sobre todo si las comparamos con el aporte del árabe, que es otra de las lenguas que llegaron a esta península nuestra como resultado de una conquista. Una de las áreas del vocabulario donde la huella visigótica resultó más duradera es la de los nombres propios de persona o antropónimos. Muchos de los que hoy son de uso corriente en el mundo hispánico tienen este origen.

El primer Álvaro famoso de la historia es el guerrero Álvar Fáñez, que fue sobrino del Cid y al que podemos ver en la imagen.

Esta entrada está dedicada, como no podía ser menos, a mi sobrino Álvaro.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Origen del nombre 'Álvaro']

Fotografía de Jean D'Alambert, Photo BirdyRaquel es un nombre de origen hebreo. Procede del sustantivo Rāḥel, que significa ‘oveja’, animal que simboliza la pureza.

Su vía de entrada en nuestro ámbito lingüístico y cultural fue la Biblia. Raquel es uno de los personajes del libro del Génesis. Tiene un destacado papel en la formación del pueblo de Israel, pues se casa con Jacob, con quien tiene dos hijos, José y Benjamín, de los que descienden tres de las doce tribus de Israel.

Se trata de un nombre internacional con formas ligeramente diferentes en las diversas lenguas en que lo encontramos, por ejemplo, Rachel en inglés o Rachele en italiano.

Esta entrada está dedicada a mi sobrina Raquel, que quería conocer el significado de su nombre.

Nota: La fotografía de la oveja es obra de Jean D’Alembert, Photo birdy, se distribuye bajo licencia CC-BY-SA-3.0 y ha sido obtenida de Wikimedia Commons.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Origen del nombre 'Raquel']

Una alcancía es una hucha. Se trata de una palabra de origen árabe que, al menos en España, va cayendo en desuso.

Según nos explica Coromines en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, el sustantivo alcancía viene probablemente del árabe vulgar kanzîya. Y digo probablemente porque se trata de una forma no documentada. Kanzîya es un adjetivo femenino derivado de kanz, que significa ‘tesoro escondido’. Como es típico en los arabismos castellanos, alcancía lleva incorporado el artículo árabe (la sílaba al- por la que comienza) y viene a significar, por tanto, algo así como ‘la del tesoro escondido’.

Efectivamente, la alcancía encierra tesoros y no es el menor de ellos este antiguo significado.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Etimología de 'alcancía']