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Podcast: de dónde viene la palabra ‘tenis’

La palabra tenis tiene bastantes cosas que decirnos sobre la situación lingüística de Inglaterra en la Edad Media. En este podcast descubrirás quién tenía tiempo y ganas para jugar o cómo el vocabulario de una lengua contiene pistas sobre quién manda y quién trabaja en un país durante un periodo determinado.

En la grabación nos oirás al periodista David Callejo y a mí hablando sobre estas y otras cuestiones. La sección Blog de Lengua se emite todas las semanas en el programa Hoy por Hoy de la Cadena SER de Madrid Norte y Madrid Sur. Nos puedes oír en la radio o, a través del podcast, en el blog.

No te pierdas tampoco el siguiente podcast, que trata sobre adecuo y adecúo, y además explica algunas cuestiones sobre la evolución de las lenguas.

 

Podcast: Nike, Ajax, Audi, Volvo

El español y todas las lenguas de Europa están plagados de palabras de origen griego y latino. Las lenguas y las culturas de la Antigüedad clásica gozan de un gran prestigio y constituyen la base de la civilización occidental. No debe extrañarnos, por tanto, que algunas marcas traten de capitalizar la admiración que aún hoy sentimos por los pueblos que estaban detrás de ellas.

En este podcast repaso junto con David Callejo, periodista de la Cadena SER de Madrid Sur, la conexión con Grecia y Roma que mantienen cuatro grandes marcas de nuestros días a través de sus nombres: Nike, Ajax, Audi y Volvo.

La próxima semana hablaremos sobre el origen de la palabra tenis. Te aseguro que tiene su interés.

Etimología de ‘carro’

Carro es una de las pocas palabras de origen celta que tenemos en español. Nos llega por mediación del latín carrus desde una lengua celta ya desaparecida: el galo.

Los romanos tomaron prestada esta palabra para denominar al carro céltico, que no solo constituía un poderoso medio de transporte, sino que además les otorgó a los pueblos celtas una ventaja militar que resultó decisiva en su fuerte expansión por el continente europeo.

Carro se relaciona también con correr. Las dos palabras son, probablemente, descendientes de una raíz indoeuropea más antigua que heredaron tanto el latín como el celta.

Etimología de ‘algarabía’

La palabra algarabía se suele utilizar en el sentido de ‘griterío y confusión’, aunque etimológicamente tan solo significa ‘lengua árabe’ (al’arabîya). Es más, si consultas el diccionario, comprobarás que todavía se registra esta otra acepción, aunque ha caído en desuso.

Esta voz surge en la Edad Media, justo cuando se están formando las lenguas románicas y los reinos cristianos en la península ibérica. Este es un proceso que se desarrolla unas veces en tensa oposición y otras veces en enfrentamiento abierto con el poder político, económico, militar y cultural de los árabes, que desde el siglo VIII constituyen la fuerza predominante en los territorios hispánicos.

Otros significados de algarabía son ‘lengua ininteligible’ o ‘expresarse de manera atropellada y pronunciando mal las palabras’. En el fondo, este vocablo es un resumen de la incomprensión, los recelos y la animadversión entre comunidades que se disputan un mismo territorio y que están separadas por lenguas, religiones y culturas diferentes. Lo del otro es lo raro, lo que no se entiende, lo que está mal dicho. Y lo mío es, naturalmente, lo correcto, lo claro, lo normal.

De esta forma, los antiguos hablantes de castellano crearon su propia versión del concepto de ‘bárbaro’ de los griegos. Comparando la etimología de algarabía y bárbaro nos percatamos de que los seres humanos mantienen actitudes y sentimientos muy semejantes a lo largo de los siglos e incluso de los milenios.

Las lenguas dan pistas sobre la historia y la forma de ver el mundo de las gentes que las hablaron. Por eso, el vocabulario es un libro que se abre para quien sabe leer en él.

Etimología de campechano

Campechano era y es la denominación que se les da a los habitantes de Campeche, una región histórica de la península de Yucatán que constituye hoy día uno de los estados de México. A partir de aquí surgió un sentido figurado que resulta frecuente en la lengua coloquial: ‘persona agradable, llana, poco dada a las formalidades’.

El vínculo entre una y otra acepción está en el carácter que se les atribuía a los naturales de Campeche. Al parecer, nuestros antepasados los veían como una gente sencilla y amable, que se caracterizaba por tener un trato especialmente agradable.

No he tenido ocasión de desplazarme hasta Campeche para comprobarlo, pero si algún día lo hago, informaré al respecto.

Etimología de negocio

El sustantivo castellano negocio procede del latín negotium. Esta palabra, a su vez, está formada por la negación nec y el sustantivo otium ‘ocio':

nec + otium > negotium (literalmente, ‘lo que no es ocio’)

Es una forma curiosa de conceptualizar esta realidad extralingüística. Para los romanos los negocios u ocupaciones son lo que hacemos cuando no estamos disfrutando de nuestro tiempo libre.

Es también interesante que hoy en francés esta idea se expresa preferentemente con el sustantivo affaire, que es precisamente su reverso. Affaire es literalmente ‘lo que hay que hacer’. También existe en esta lengua négoce, pero su uso es más restringido.

El castellano se ha mantenido fiel a la palabra latina, por más que su significado originario haya quedado borrado por el paso del tiempo y ya solo sea accesible cuando nos paramos a reflexionar o cuando alguien nos muestra lo que lleva dentro.

Etimología de halcón

La palabra halcón tiene su origen, probablemente, en el latín falx, que significaba ‘hoz’. La explicación está en la forma curva que adoptan sus garras, al modo de dicho instrumento. De esta opinión son, por lo menos, Covarrubias y Corominas, aunque también hay quien ha buscado el parecido en el pico o en las alas. Nos encontramos, en cualquier caso, ante una denominación metonímica que reposa sobre la semejanza de forma entre dos objetos del mundo.

Esta etimología no es segura. Hay quien prefiere ver un origen germánico en esta palabra. En tiempos de Covarrubias se la llegó a relacionar incluso con el árabe. Sin embargo, no seguiremos estos caminos porque lo más razonable parece pensar que es herencia del latín, como la mayor parte del léxico de nuestra lengua y de sus hermanas, las otras lenguas románicas que todavía se hablan en el mundo.

Etimología de ‘sábado’

Sábado es día de descanso. Lo es en la práctica y lo es en la etimología.

Su origen remoto está en el hebreo šabbat, que era el día de descanso de los judíos. El significado de esa palabra era simplemente eso: ‘descanso’.

Antes de aterrizar en el castellano, pasó por un par de etapas intermedias. Desde el hebreo se introdujo en el griego con la forma sábbaton y a través de esta lengua llegó al latín del cristianismo como sabbatum.

Así fue como consiguió desplazar al antiguo día de Saturno (dies Saturni), del que todavía queda memoria en el inglés Saturday.

La evolución desde el hebreo al castellano, resumida, queda así:

(1) šabbat > sábbaton > sabbatum > sábado

Aunque pueda parecer muy diferente, el castellano sábado tiene el mismo origen que el francés samedi y el alemán Samstag. Estas dos formas, a su vez, tienen más en común de lo que parece. Ambas dan testimonio de otra rama de la evolución desde el hebreo. Para empezar, las dos incorporan la palabra día:

(2) same-di

(3) Sams-tag

Lo segundo que las une es que proceden de una versión popular del griego sábbaton:

(4) sámbaton

De ahí debió de salir una forma latina sambatum.

Sábado constituye un hermoso ejemplo de cómo, en cuanto empezamos a arañar en la superficie, comprobamos que es mucho lo que une al vocabulario de las lenguas europeas, incluso cuando no lo parece a simple vista.

‘Bonito’ y ‘bueno’ son lo mismo

No sé si te has parado a pensarlo, pero etimológicamente bonitobueno son lo mismo.

El adjetivo bonito es simplemente un antiguo diminutivo de bueno. La relación que se da entre las dos palabras es la misma que tenemos entre poderpuedo. Fíjate en este paralelismo y lo verás claro:

Bonito – bueno

Poderpuedo

Lo que marca la negrita en las líneas de arriba es la sílaba tónica. En muchas palabras del español se da un fenómeno fonético heredado de la época de transición desde el latín al castellano por el que la vocal o diptonga en ue cuando recibe el acento prosódico. Esto es especialmente visible en la conjugación de verbos como poder, contar, rodar, etc.

Inicialmente, bonito era un simple diminutivo, igual que guapito o rubito. Posteriormente se especializó para el significado de ‘lindo’ y a partir de ese momento quedó desplazado en su función de diminutivo por una nueva forma: buenecito.

A partir de ahí, bueno y bonito siguieron caminos separados hasta que se llegó a perder la conciencia de su relación. Y así es cómo a partir de una misma palabra hemos llegado a tener dos diferentes.

Estas rupturas dentro del léxico son relativamente frecuentes y están relacionadas con un fenómeno al que los especialistas en lingüística histórica se refieren como especialización semántica. Lo saco aquí a colación porque me parece una forma curiosa de poner de manifiesto las relaciones profundas que a veces unen unas palabras con otras y que a menudo pasan desapercibidas para el común de los hablantes.

Etimología de ‘cálculo’

Un cálculo es una piedra. Eso lo ha aprendido dolorosamente todo el que haya tenido un cálculo en el riñón (y no digamos ya un cálculo biliar). Pero un cálculo es también una operación matemática.

La relación entre lo uno y lo otro es evidente. Calcular viene del latín calculare, que originariamente era echar cuentas juntando piedras, manipulando un puñado de cantos. Los niños aprenden así las sumas y las restas, y de esa manera es como aprendió la humanidad a hacer sus primeras cuentas.

Pero si me interesa esta palabra es sobre todo porque constituye un buen ejemplo de cómo la metonimia moldea el léxico de las lenguas. Las operaciones matemáticas son abstractas. No se ven, no se tocan, no están en ningún sitio y por eso mismo nos resulta complicado entenderlas, representárnoslas, referirnos a ellas. Sin embargo, sucede una cosa. Para quien está aprendiendo las operaciones básicas, las sumas y las restas, estas aparecen en un primer momento indisolublemente unidas a cosas concretas, a unos cuantos guijarros que va poniendo y va quitando, que va trasladando de un montón a otro. Estos sí que los puede ver, tocar y manipular a su antojo. ¿Qué mejor forma de referirse a esa actividad, por tanto, que llamándola con el nombre de ese objeto?

Mano con piedra

Un cálculo de regular tamaño

El mecanismo está claro. Igual que necesitamos echar mano de una piedra para entender una operación matemática, también tenemos que ayudarnos de esa misma piedra para darle nombre.

Somos así. No damos para más. Y sin embargo, cuánto es lo que podemos conseguir a pesar de nuestras limitaciones o quizás, precisamente, gracias a ellas.

Nota: la imagen de la mano con la piedra es obra de Béotien lambda, que la ha publicado con licencia Creative Commons Atribución – Compartir igual 3.0.