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En español tenemos unos cuantos pares de sustantivos en los que un cambio de género va asociado a un cambio de significado. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con el orden (‘colocación, arreglo’) y la orden (‘mandato’). No es lo mismo, consecuentemente, el orden del día, que es la relación de asuntos que se han de tratar en una reunión, que la orden del día, que son las instrucciones de un superior que habremos de cumplir durante la jornada.

Veamos unos cuantos más:

—El margen es el espacio que dejamos en blanco a los lados de una hoja, mientras que la margen es la orilla, normalmente de un río, aunque también puede serlo de un campo o de un camino.

—El pez es un animalito que vive feliz en el agua, mientras que la pez es una sustancia oscura y viscosa que se utiliza para impermeabilizar.

—Si te ponen un terminal, te han instalado un teléfono o algo por el estilo; pero si te ponen una terminal te han construido como mínimo un aeropuerto.

—El cólera es una enfermedad (que asociamos con el amor desde que García Márquez publicó su novela), pero la cólera es una pasión. Algunos la toman por montura: montan en cólera.

—En clase de lengua siempre nos recalcan la importancia de la coma para una buena redacción, pero saltarse una nunca tendrá la gravedad que reviste el coma clínico.

—El editorial es el artículo de un diario en el que la redacción de este fija su posición respecto de algún asunto de actualidad. La editorial, por su parte, es la empresa que se dedica a publicar.

—Los curas son sacerdotes, pero eso no convierte a las curas en sacerdotisas. Estas siguen siendo los cuidados que se nos prodigan para que sanemos.

—Los cometas y las cometas surcan el cielo, pero si los unos lo hacen a distancias astronómicas, las otras apenas se alzan unos metros por encima de nuestras cabezas; es más, las llevamos sujetas por un cordelito.

—El frente es un lugar donde no conviene dejarse ver si estamos en medio de una guerra (hay que evitar, sobre todo, la primera línea). La frente nunca será igual de conflictiva por muchos quebraderos de cabeza que se escondan detrás de ella.

—Por la pendiente nos deslizamos. El pendiente se desliza como mucho por la oreja.

—El parte es un informe, pero la parte es un trozo.

—El corte es un tajo, una herida. A nadie le gusta que se lo den (incluido el de mangas). ¿A quién le disgustaría, en cambio, andar por la corte codeándose con la nobleza?

—El doblez es el resultado de doblar algo, mientras que la doblez es la condición de ser doble, de tener dos caras y ser, por tanto, taimado, traicionero, poco de fiar.

Ahora ya en serio: No hay que confundir estos pares con los denominados nombres ambiguos en cuanto al género, en los que el cambio de género no da lugar a un cambio de significado.

 

Hay un uso del plural que es privativo de la autoridad. Me refiero al denominado plural mayestático. Este presenta dos caras.

La primera es la que antes se nos viene a la cabeza: una alta o altísima autoridad habla en plural cada vez que se refiere a sí misma. Esto es típico de reyes, papas y emperadores y es lo que encontramos en esta ley que da Carlos I en Toledo en 1528:

Ordenamos, i mandamos que los Estrangeros, que de Nos, i de los Reyes nuestros predecessores tuvieren cartas de naturaleza dadas según el tenor, i forma de las leyes antes de esta, para aver Beneficios en estos nuestros Reinos, que sean obligados de venir à residir personalmente à los dichos Beneficios dentro de ocho meses después que de ellos fueren proveìdos, sopena que, si ansi no lo hicieren, ayan perdido, i pierdan por el mismo hecho la dicha naturaleza, i que con ellos, como con Estrangeros, se guarden las leyes, que sobre esto hablan: i mandamos à los del nuestro Consejo que dèn sobre ello las provisiones, que fueren necesarias.

Como es fácil comprobar, el plural no solo afecta a los verbos (ordenamos, mandamos), sino que se extiende de manera coherente a todos los elementos del discurso que hacen referencia al hablante, lo que incluye los pronombres (nos) y los posesivos (nuestros). Resulta llamativa la forma particular que suele adoptar el pronombre personal sujeto: del nos-otros se desgaja el otros para dejar solamente el nos, tras el que se oculta el hablante del que dimana la autoridad y que posee, por tanto, la potestad para expresarse así. Aunque mayestático venga de majestad, hay que aclarar que este uso no es exclusivo de monarcas. En textos antiguos también lo encontramos en boca de dignatarios que ejercen una suerte de autoridad delegada, como ministros, rectores, obispos, etc.

El siguiente ejemplo ilustra el reverso de la forma mayestática. El plural no solo lo emplea la autoridad que habla, sino que también compromete a quien se dirige a esa autoridad, que ha de nombrarla en plural, como en este texto en que el entonces príncipe Juan Carlos responde a un discurso de su padre, Juan de Borbón, por el que este renuncia a sus aspiraciones a la corona de España:

Hoy, al ofrecer a España la renuncia a los derechos históricos que recibisteis del rey Alfonso XIII, realizáis un gran acto de servicio. Como hijo, me emociona profundamente. Al aceptarla, agradezco vuestra abnegación y desinterés y siento la íntima satisfacción de pertenecer a nuestra dinastía. Y es mi deseo que sigáis usando, como habéis hecho durante tantos años, el título de conde de Barcelona [discurso de Juan Carlos de Borbón pronunciado el 15 de mayo de 1975].

El plural mayestático conserva hasta cierto punto su vigencia en el mundo contemporáneo. Por eso he querido escoger como segundo ejemplo uno procedente de un rey que a día de hoy (18 de diciembre de 2011) está en el trono como Juan Carlos I. Es evidente, eso sí, que se halla en franco retroceso, pues los tiempos apenas dejan espacio para tales formas de expresión.

Curiosamente, la pluralidad, lo mismo que sirve para ensalzar, puede prestarse también a empequeñecer. Eso es, al menos, lo que se persigue con el plural de modestia. Es esta una buena muestra de la polivalencia de las formas lingüísticas, que, siendo idénticas en lo exterior, pueden dar pie a interpretaciones diferentes e incluso opuestas.

Un préstamo es cualquier elemento que, procedente de una lengua, se introduce en otra.

Empezaremos hablando de los préstamos léxicos, que son los más típicos. Es frecuente diferenciar aquí entre un sentido amplio y un sentido estricto del término.

En sentido amplio, cualquier palabra tomada de otra lengua es un préstamo. Por ejemplo, en español lo son escáner (del inglés), menú (del francés) y pizza (del italiano).

Las palabras que no se han tomado prestadas, por su parte, se suelen denominar léxico patrimonial. En el caso del español, este es el que hemos heredado del latín vulgar, que ha llegado sin solución de continuidad hasta nuestros días, como ocurre, por ejemplo, con cabeza, chopo, reja y suegra, que proceden, respectivamente, de capitia, populus, regula y socra.

En casi todas las lenguas, incluida la nuestra, se pueden reconocer estratos de préstamos según su grado de integración en el sistema morfológico, fonológico y ortográfico. Algunas palabras son, claramente, cuerpos extraños. Salta a la vista que outsourcing, warrant o paparazzi no pueden ser léxico patrimonial castellano. Estas palabras importadas y no integradas son lo que se conoce como extranjerismos.

El extranjerismo, con el paso del tiempo, se puede ir naturalizando y a veces se llega a asimilar al léxico patrimonial hasta tal punto que tan solo el experto está en condiciones de identificarlo. El español contiene toda una legión de antiguos extranjerismos, como los de origen árabe, que para el lego en lingüística pasan por palabras tan castizas como las que más. ¿O acaso no lo parecen abalorio, acicate, adelfa, adoquín, ojalásandía? Pero casi nadie identificaría tampoco como préstamos mermelada (del portugués marmelada), zapato (del turco zabata), chaqueta (del francés jaquette) y corbata (del italiano corvatta). Préstamos en sentido estricto son estas palabras de origen extranjero que se han adaptado a la lengua receptora. No obstante, la diferencia con los extranjerismos no siempre resulta evidente y los criterios que se aplican para deslindar lo uno de lo otro pueden ser de lo más variado.

Aunque no es oro todo lo que reluce. También existen los falsos préstamos, que son palabras formadas con elementos que pertenecen a otra lengua pero que, o bien no existen en esa lengua como unidad léxica, o bien tienen un significado diferente. Un slip en inglés pueden ser muchas cosas, pero lo que no tiene esta palabra, desde luego, es el sentido que nosotros le hemos atribuido de ‘calzoncillos’.

Como he dicho arriba, los préstamos más típicos son los léxicos, que constituyen una de las fuentes de las que se alimenta la neología; pero prácticamente todo puede tomarse prestado.

Hay préstamos sintácticos. Por ejemplo, son importadas del francés construcciones del tipo sustantivo + a + sustantivo, como las que se dan en avión a reacción y champú a la clorofila. Se producen préstamos en el sistema ortográfico. La uve doble era en principio ajena a nuestro alfabeto, pero la adoptamos en su día para escribir los nombres de origen germánico (y nosotros, por nuestra parte, hemos exportado a otras lenguas grafemas como la cedilla y la eñe). E incluso hay préstamos fonéticos. Cuando alguien pronuncia flash a la inglesa, está introduciendo en nuestra lengua un elemento ajeno a su sistema fonético y fonológico. Hasta en la morfología se puede andar de prestado; prueba de ello son híbridos como puenting, que están construidos añadiendo a una base española un morfema inglés.

Los motivos que hay detrás del préstamo pueden ser de lo más diversos. A menudo, las palabras viajan unidas a las cosas: quien inventa algo nuevo, necesariamente, lo tiene que llamar de alguna forma, y después difunde juntos el objeto y su nombre. Influyen también factores de prestigio e incluso de moda. Pero todos hemos tomado algo prestado de todos. De hecho, las lenguas que más prestan suelen ser también las que más reciben. Es ya un tópico el quejarse de la avalancha de anglicismos que está entrando en español; pero quienes lo hacen suelen pasar por alto que también se han tomado muchas palabras españolas en inglés.

El intercambio de elementos entre lenguas es un proceso perfectamente normal que se da en todas las lenguas y en todas las épocas. Es parte integral y necesaria de su evolución. No hay lenguas puras en el sentido de lenguas que no hayan tomado nada prestado de otras. Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, Préstamos]

Homónimos son palabras que comparten un mismo significante pero difieren en su significado. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con pata (ave palmípeda) y pata (extremidad de un animal). La homonimia es una forma de ambigüedad léxica.

Como decíamos arriba, las palabras homónimas tienen que ser idénticas en su forma, pero aquí se pueden diferenciar dos planos: el de la fonología y el de la grafía. Si coinciden en la pronunciación, nos encontramos ante homófonos. Un ejemplo clásico en español es vaca (rumiante) frente a baca (soporte para transportar equipaje en el techo de un coche). Estas dos palabras se pronuncian exactamente igual, por lo que cumplen en el plano fonológico la condición de identidad del significante, que es necesaria para que podamos considerarlas homónimas. Sin embargo, difieren en su grafía, por lo que la homonimia habrá de considerarse parcial. Si también se escriben de la misma forma, las palabras en cuestión además son homógrafas y la homonimia es entonces total. Así sucede con pata (animal) y pata (extremidad), que ya se mencionaron, y también con cobre (metal) y cobre (del verbo cobrar) o con para (preposición) y para (del verbo parar). Dadas las características de la ortografía española, cuando dos palabras tienen idéntica grafía, también tienen idéntica pronunciación. Por ello, en nuestra lengua, todos los homógrafos son al mismo tiempo homófonos.

Históricamente, la homonimia puede tener dos tipos de origen. La primera posibilidad es que se produzca una evolución fonológica convergente, que lleva a que dos palabras que se pronunciaban de maneras diferentes queden igualadas. Hoy día tenemos como homónimos don (regalo) y don (tratamiento de respeto). Los puntos de partida son diferentes y se sitúan en dos formas latinas que sufrieron una fuerte erosión de su sustancia fónica: donum ‘regalo’ y dominum ‘señor’. El yeísmo y el seseo han contribuido al aumento del número de homónimos en castellano, al menos en la lengua oral, al igualar la pronunciación de pares como pollo y poyo o cerrar y serrar.

La segunda posibilidad es que una divergencia semántica dé lugar a significados diferentes que los hablantes dejen de percibir como vinculados. Esto fue lo que ocurrió con banco (de sentarse) y banco (de guardar el dinero… quien lo tenga). El vínculo etimológico entre uno y otro es de tipo metonímico: los predecesores de nuestros actuales banqueros hacían sus negocios en la plaza pública, adonde sacaban un banco o una mesa para atender a los clientes. Hoy se ha perdido la conciencia de este lazo histórico, por lo que parece razonable considerar que nos encontramos aquí ante dos palabras homónimas, más que ante una única palabra con significados múltiples, que es lo que se conoce como polisemia.

Llegamos con esto a un punto espinoso, que es el de la distinción entre homonimia y polisemia. Por lo general, se suele considerar necesario para que podamos hablar de polisemia que se perciba una relación entre los diferentes significados, como ocurre en el caso de cuello, que tiene diferentes acepciones referidas a una parte del cuerpo, de las botellas o de las prendas de vestir. Aunque esas realidades son muy diferentes entre sí, todos percibimos intuitivamente que los dos últimos significados encuentran su motivación en el primero. Muy diferente es la situación entre homónimos como callo (dureza de la piel) y callo (del verbo callar), donde, claramente, no hay relación alguna más allá del hecho fortuito de que coincidan en su pronunciación y escritura. Hay que advertir, eso sí, que en la práctica no siempre resulta posible una diferenciación tajante.

La homonimia puede dar lugar a conflictos: si la forma de dos palabras converge, estas se pueden llegar a confundir. Así, en un hogar seseante, una oración tan inocente como ¡Que me voy de caza! podría provocar una crisis en toda regla (o quizás una fiesta, ¿quién sabe?). Estos choques potenciales se pueden desactivar sustituyendo uno de los términos. Así, en las variedades seseantes del español cacería avanza a expensas de caza y puede resultar preferible cocinar las patatas antes que cocerlas (para salir al paso de confusiones con coser). A veces, la diferenciación se puede lograr mediante la grafía, aunque se mantenga la pronunciación. Un procedimiento para esto es la tilde diacrítica, que busca diferenciar en el papel el verbo y la preposición de. Lo mismo se consigue con la hache en el caso del sustantivo ala y la interjección hala. Asimismo, se pueden marcar distancias mediante el género (el terminal telefónico frente a la terminal del aeropuerto) o mediante el número (la esposa cónyuge‘ frente a las esposas ‘aros de metal’). También se puede retocar una de las formas. Hoy son muchas las personas que confunden especie y especia. Esto no es de extrañar si tenemos en cuenta que su origen común está en el latín species con un final ligeramente modificado.

En fin, no podemos dejar de mencionar que la homonimia puede dar lugar a juegos de palabras, como aquel que todos aprendimos de niños: “¿Usted no nada nada? Es que no traje traje”; o el de la canción de Barrio Sésamo: “Tengo una llama que Llama se llama”.

Hasta la próxima semana.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿Qué son los homónimos?]

Tenemos en español pares de adverbios de lugar con a- y sin a- que a veces plantean dudas en el uso. Me refiero a parejas como fuera/afuera, dentro/adentro, delante/adelante, detrás/atrás, etc. Lo primero que tenemos que saber es que cada miembro del par admite lo mismo usos de situación (1, 2) que usos de desplazamiento (3, 4):

(1) No me diga que estoy fuera de la realidad, miss Ramos [...] [Ana María Fuster Lavín: Réquiem]

(2) Me quedé afuera aguardando a Momo [Fernán Caballero: La gaviota]

(3) Mañana me voy fuera de Lima, a descansar por unos ocho días [Carmen María Pinilla (ed.): Arguedas en el Valle del Mantaro]

(4) Espérame aquí, niña. Voy afuera a hacerme muy rico [Isabel Allende: Cuentos de Eva Luna]

Por tanto, hay que desechar la idea, bastante arraigada, de que las formas sin a- solo se utilizan cuando tienen significados estáticos y que las contrapartes con la preposición incorporada denotan exclusivamente movimiento.

La verdadera diferencia está en su capacidad para admitir un complemento o no. Las formas sin a- aceptan siempre un complemento introducido por la preposición de, como se ve en los ejemplos (1) y (3). Este no tiene por qué estar presente obligatoriamente. Puede expresarse (5) o quedar sobreentendido (6); pero, en cualquier caso, virtualmente está ahí:

(5) Me voy fuera de Lima por unos días

(6) Me voy fuera por unos días

Es frecuente, por otra parte, el uso de las formas con a- con dicho complemento, pero se considera vulgar: Me quedé afuera de la competición. Debemos evitar, por tanto, afuera de, adentro de, adelante de y atrás de.

No se utiliza la preposición a ante estos adverbios. Para eso ya están las variantes correspondientes con -a:

(7) Sigamos a delante > Sigamos adelante

Pero, sobre todo, no puede aparecer esta preposición ante las formas que ya la llevan incorporada:

(8) Vamos a adentro > Vamos adentro

Ni que decir tiene que son incorrectas expresiones redundantes como salir (a)fuera y entrar (a)dentro, pues la idea de salir ya implica que tiene que ser hacia fuera (no se puede salir hacia dentro), y en la idea de entrar va implícita la de que lo hacemos hacia dentro (por imposibilidad física y lógica de entrar hacia fuera). En estos casos debemos decir simplemente salir o entrar.

Por último, hay que mencionar la forma erosionada alante, que va desplazando en el habla coloquial (y no tan coloquial) a los adverbios adelante y delante. Como ves, está tachada, así que no creo que haga falta decir más.

Se podría continuar con el tema, pero esto es lo mínimo que es necesario saber para emplear estos pares correctamente. Y no es poco.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, 'Fuera', 'afuera' y compañía; puedes copiar este artículo para fines no comerciales, pero tienes que dejar estos enlaces]

No, esto no es un chiste del tipo Van un inglés, un francés y un español. Va muy en serio y espero que sirva para mostrar que lo que en unos parajes es correcto en otros se puede considerar dialectal o incluso vulgar.

El francés y el español son dos lenguas románicas que, partiendo de la base del latín vulgar, se han ido alejando poco a poco. Resulta curioso, sin embargo, que en este viaje una de las variedades del español, el andaluz, haya llegado al mismo sitio que el francés.

Para no complicar demasiado la exposición voy a pedirles a los lectores que me permitan la licencia de tratar el andaluz como si fuera una variedad homogénea, aunque todos sabemos que no lo es.

La primera coincidencia y más llamativa es el seseo. Comparemos las siguientes palabras:

Cesar – cesser [sɛ.se]

Si yo, como hablante de Castilla, pronuncio el verbo cesar, haré una diferencia entre la primera consonante y la segunda. Un hablante andaluz, en cambio, las pronunciará iguales. Pues bien, en esto coincidirá con el hablante de francés.

El francés, como lengua, es seseante. Si carece de denominación para este fenómeno, es porque cuando todo el mundo sesea desaparece la noción misma de seseo, igual que, si todos fuéramos rubios, no tendríamos nombre ni para rubio ni para moreno. Es importante explicar esto para que entendamos que el concepto de seseo, en español, solo adquiere sentido en contraste con las variedades distinguidoras del Norte de la Península Ibérica.

Otro fenómeno fonético típicamente andaluz es la pérdida de las consonantes finales. Estoy seguro de que muchos hablantes andaluces pronunciarían el verbo cesar sin la -r final. Una vez mas, es lo mismo que encontramos en francés.

De rebote, la relajación y pérdida de las consonantes finales podría llevar a confundir el singular y el plural. Uno de los mecanismos compensadores que se han desarrollado en andaluz consiste en marcar el plural mediante la apertura vocálica. En los dos ejemplos siguientes, la o abierta [ɔ] distingue el plural del singular:

Niño – niños

[ 'ni.ɲo - 'ni.ɲɔ]

Algo de esto podemos encontrar también en francés, por ejemplo, en el artículo determinado, cuyo plural se pronuncia con una e más abierta:

Leles (‘el – los’)

[lə] – [lε]

La última semejanza de que me voy a ocupar aquí tiene que ver con el uso de los pronombres personales. En castellano tenemos y usted como formas de confianza y de respeto, respectivamente, del pronombre de segunda persona. Estas formas se corresponden en plural con vosotros y ustedes:

Tú – usted

Vosotros – ustedes

Este sistema queda simplificado en andaluz con la pérdida de la forma de confianza vosotros en el plural, con lo que el anterior cuadrado castellano queda convertido en un triángulo invertido:

Tú – usted

Ustedes

Pues bien, esta es, ni más ni menos, que la disposición que encontramos en francés, lengua en la que a tu (confianza) – vous (respeto) en singular se opone únicamente vous en plural:

Tu – vous

Vous

Insisto en que para desarrollar esta breve comparación me he visto obligado a simplificar mucho y a pasar por alto la considerable diversidad de las hablas andaluzas. Lo que me interesaba no eran los detalles sino mostrar cómo un mismo fenómeno lingüístico puede tener diferente consideración social en diferentes lugares.

No faltará quien me diga —y con razón— que lo que aquí cuento no es, ni mucho menos, exclusivo del andaluz, sino que también es aplicable en mayor o menor medida a las variedades americanas del español. Y así es, efectivamente, porque el español de América empieza en Andalucía y continúa en Canarias. Pero ya habrá tiempo para fijarse en América; hoy me apetecía hablar de las cosas de aquende los mares.

[Blog de Lengua Española de Alberto Bustos, ¿En qué se parecen el francés y el andaluz?]

Nota: los archivos de sonido con los que se ilustran las pronunciaciones de cesser, le y les proceden del Proyecto Shtooka y han sido publicados bajo licencia Creative Commons Atribución 2.0 Francia.

Los nombres y adjetivos que terminan en vocal + y tienen dos posibilidades para formar el plural: algunos añaden solamente -s; y otros, -es. Un ejemplo del primer tipo es jersey:

¿Por qué las ovejas no encogen cuando llueve y los jerséis de lana sí? [irrelevante, acceso: 30-3-2009]

Como podemos ver en la oración de arriba, estas palabras tienen la peculiaridad ortográfica de que la y cambia a i al añadir el sufijo. Nótese que el plural del ejemplo anterior se acentúa porque es una palabra aguda terminada en -s. También siguen este modelo espráis, taráis, yoqueis, etc.

Entre las palabras que añaden -es tenemos rey, ley, buey, convoy, bocoy. Veamos un nuevo ejemplo:

Faltan leyes que sancionen el derroche indiscriminado [Blog del Proyecto Lemu, acceso: 30-3-2009]

Algunas palabras oscilan o han oscilado entre un plural y otro. Por ejemplo, guirigay admite los dos; mientras que convoy tiene hoy un plural convoyes que ha acabado imponiéndose a convoys.

No hay forma de saber de antemano qué sufijo es el necesario. Esto forma parte de la idiosincrasia de cada palabra y es, por tanto, un problema que nos debería resolver el diccionario. Sin embargo, los diccionarios tradicionales no incluían información sobre la formación del plural ni siquiera para las palabras que podían resultar dudosas. El Diccionario panhispánico de dudas ha venido a llenar esta laguna, al menos para las palabras más frecuentes.

Hay un caso de leísmo que está aceptado en la norma y es corriente incluso para hablantes y territorios que no son leístas. Es el que aparece asociado a construcciones impersonales con se, por ejemplo:

[...] rehuyeron combate donde se les esperaba —área del “Peñón Viejo”— y se desviaron sin molestia alguna hacia Chalco [Ciencia y Sociedad, acceso: 7-2-2009]

El ejemplo anterior es de un autor mexicano (y, por tanto, nada sospechoso de leísmo). Teniendo en cuenta que esperar rige complemento directo, aquí cabría decir se los esperaba. Sin embargo, la variante más extendida es la leísta. Ambas se consideran correctas, eso sí.

Este fenómeno afecta tanto al singular como al plural. Es claramente más frecuente en masculino, aunque también se puede encontrar asociado al femenino:

[Isis] era más prominente mitológicamente como la esposa y hermana de Osiris y la madre de Horus y se le adoraba como la esposa y madre arquetípica [Cat Thinking, acceso: 7 de febrero de 2009]

Oraciones como la anterior no se consideran incorrectas; pero, en cualquier caso, lo habitual aquí es se la adoraba.

Esta no es sino una más de las ramificaciones del complejo fenómeno gramatical del leísmo.

Un calco es una palabra que se toma prestada de otra lengua, pero traduciéndola. El ejemplo clásico es rascacielos, que es castellano por fuera y americano por dentro. Formalmente es la traducción literal del inglés skyscraper. Conceptualmente, lo que tenemos es una metáfora que se trasplanta del ámbito lingüístico y cultural angloamericano al hispánico.

Este es un procedimiento muy frecuente para llenar lagunas léxicas con neologismos importados. Tiene además la virtud de la discreción: pasa desapercibido. ¿Qué haríamos nosotros hoy sin nuestro jardín de infancia, nuestra ciencia ficción, nuestro disco duro o nuestro ratón? Podríamos tomarlos fácilmente por naturales de la meseta castellana y, sin embargo, vienen del alemán Kindergarten y del inglés science fiction, hard disk y mouse, respectivamente.

Un caso interesante es el de empoderar (< empower, inglés). Nosotros hemos tomado la palabra como traducción literal de un término utilizado en los movimientos por los derechos civiles estadounidenses; pero da la casualidad de que ya existía en castellano clásico. Se ha revitalizado así un vocablo que prácticamente habíamos olvidado.

Este no es ningún invento moderno. Ya el latín in-dividuum era un calco del griego á-tomon. Los dos quieren decir originariamente ni más ni menos que ‘no dividido’.

El calco permite importar léxico de otras lenguas sin despertar las suspicacias de los temidos puristas, que suelen cebarse, más bien, en su primo hermano: el extranjerismo.

Las palabras terminadas en -s forman el plural de dos maneras diferentes, dependiendo de la sílaba en que recaiga el acento.

Si la palabra es aguda, es decir, si va acentuada en la última sílaba, añade -es. Así, de obús, tenemos obuses:

[...] mis padres aceptaron casi encantados, porque entonces lo que más nos tiraban eran obuses y como nosotros vivíamos en el último piso, los oíamos silbar por encima del tejado y nos daba mucho miedo [Soy una Pobre Pensionista, acceso: 19-1-2009]

Si el acento recae en cualquier otra sílaba, la forma de plural es la misma que la del singular, por ejemplo, el lunes – los lunes:

Esta mañana me he levantado y era lunes, y ya todos los lunes son malos, pero si encima sales a la calle y llueve, y se te olvida el abono transporte [...] [Principio de Incertidumbre, acceso: 19-1-2009]

Esta regla se aplica también a las palabras que terminan en -x porque lo que cuenta aquí no es la escritura sino la pronunciación, de modo que el plural de fénix es los fénix:

Prepotentes, orgullosos y sibaritas, los Fénix no se distinguen por tener una relación bondadosa con las demás razas de la Bruma [Los Cuentos de la Bruma, acceso: 19-1-2009]

También nos hace dudar a veces el plural de las palabras terminadas en y en .